Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida para poder cumplir su sueño y estudiar la carrera universitaria de Enfermería. Una lástima a la larga para el gremio, pero su vocación por ayudar a los demás la impedía rendirse y emprendió voluntariosa su andadura laboral como Auxiliar de Clínica en residencias privadas de la tercera edad, donde avariciosos empresarios sangraban económicamente a los familiares de los pacientes mientras a ella la pagaban un salario de risa. Aprovechó la experiencia, no obstante, para ampliar su formación y mejorar sus habilidades sanitarias y sociales,
Años más tarde, poco tiempo después de dar a luz a su primer hijo, allá por el año 2004, consiguió una suplencia de seis meses en uno de los hospitales más emblemáticos y longevos de la Comunidad de Madrid, el Ramón y Cajal.
En términos logísticos el reto se antojaba, viviendo en Móstoles, con un hijo que aún no había cumplido el año y un marido que trabajaba por entonces en Tres Cantos de ocho de la mañana a cinco de la tarde, como un salto mortal sin red. Pero la pasión que la joven sanitaria sentía por su profesión, las opciones de crecimiento personal y profesional que un hospital de esas características le ofrecía y, por supuesto, dado que no todo se hace por amor al arte, un sueldo más acorde con la labor que desempeñaba, la impulsaron a aceptar aquella propuesta sin apenas dudarlo.
Los años fueron transcurriendo y ella iba encadenando contratos de corta duración, con breves lapsos de tiempo en el paro entre unos y otros, hasta que se hizo acreedora de un puesto interino gracias a la calidad y eficiencia que en su trabajo había demostrado en todas las plantas, consultas y especialidades en las que tuvo la suerte de ir recalando.
Por aquel camino fue conociendo a mucha gente que, ávida como estaba ella de adquirir conocimientos, la enseñó, la ayudó a crecer y con la que forjó fuertes lazos de amistad que en muchos casos aún mantiene, dado que es de natural leal, risueña y divertida. Pero es también nuestra protagonista una persona de fuerte carácter y un compromiso tan rígido con su trabajo que a veces se transforma en un terremoto al que no todo el mundo es capaz de adaptarse y sobrevivir. Hubo por ello también gente de la que recibió ladinas zancadillas y que le tendió cobardes trampas que por momentos la sumían en una honda melancolía que arrastraba hasta su hogar y que teñía de sombras sus días libres para desesperación de su marido, el servidor que esta historia cuenta hoy aquí.
Se propuso, cuando ya formaba parte activa y relevante del personal sanitario del Ramón y Cajal, aprobar esa oposición que le diese acceso a una plaza propia con la que poder afrontar su futuro con una mayor estabilidad, poder disfrutar de las ventajas que esa condición laboral traía aparejadas y que además la permitiese tomar decisiones en relación a su permanencia allí o a la opción de solicitar un traslado a uno más cercano a su domicilio. Durante más de un año intentó distribuir todo su tiempo entre tres frentes bien definidos: su trabajo, sus estudios y su familia. Aunque, en cónclave familiar, se acordó que bien nos compensaba a todos el que la oposición se convirtiese en su máxima prioridad, de manera que se apuntó a una Academia en Madrid y durante esos catorce meses casi no pudo disfrutar de su marido y sus dos hijos tanto como a ella la habría gustado. Como no podía ser de otra manera dada su perseverencia y su sentido de la responsabilidad, aprobó el examen con una nota lo suficientemente alta como para tener a su disposición casi cualquier plaza ofertada en la Comunidad de Madrid.
Pero entonces la mujer, que ya no era tan joven, pero que, cual Wendy en el País de Nunca Jamás, conservaba un espíritu juvenil y una energía inagotable, vivió la experiencia laboral más intensa de toda su carrera, que frenó además en seco durante cuatro años todo el papeleo burocrático y administrativo relacionado con la toma de posesión de su plaza.
La pandemia del año 2020 supuso para ella, como para todo el personal sanitario de España, una prueba terriblemente exigente a nivel físico y mental que no todos sus compañeros fueron capaces de soportar, y los que lo hicieron, como ella, quedaron emocionalmente marcados por las escenas que se vieron obligados a presenciar y protagonizar. Largas jornadas embutidos en un traje EPI, desbordado el Hospital por el número de pacientes ingresados, viendo morir a quienes hasta unos minutos antes habían estado cuidando con mimo y esmero, facilitando a los pacientes en mejor estado la comunicación con sus familias, cruzando Madrid cada día de punta a punta por autopistas vacías o en vagones desiertos y aplaudiendo entre lágrimas a aquellos supervivientes que conseguían vencer a la enfermedad y regresar a sus hogares por su propio pie.
Ninguna persona que no viviese aquello como nuestros sanitarios lo hicieron puede comprender las fronteras anímicas a las que todos ellos se vieron empujados. Una de las consecuencias más relevantes de aquellos meses fue la unión, el compañerismo y la solidaridad que se forjaron en aquella primera línea de soldados que combatían cara a cara con el COVID.
En su caso emergió una amistad única y posiblemente irrepetible con un celador que, cosas de la vida, se había criado en las calles de Martos, el pueblo jienense del que también procedía su familia materna. Con él y su esposa, que también trabajaba en el Ramón y Cajal, floreció una relación tan estrecha que en sus escasos días libres se veían, respetando obviamente las restricciones impuestas, y hablaban constantemente por teléfono para desconcierto (y a veces enojo) de quien esto escribe, que no lograba comprender que, tras siete horas de trabajo, se tirasen otras dos más por las tardes enganchados a la línea telefónica.
Cuando lo más duro de la pandemia parecía ir quedándose ya atrás, la heroína de esta crónica tuvo que afrontar uno de los varapalos más impactantes y dolorosos de su vida: Fran, ese celador que había velado por ella desde que se conocieron, que había luchado a su lado, hombro con hombro, contra el virus y con el que había compartido risas y lágrimas, falleció en enero del año 2022, dejándola un vacío que nadie nunca podrá rellenar. Ella sabe que su amigo sigue protegiéndola desde el más allá y él se marchó con la tranquila certeza de que nuestra protagonista nunca abandonará a Mariví, su viuda.
Aquella trágica pérdida y su creciente descontento con las políticas de la nueva Dirección del Hospital Ramón y Cajal la animaron a valorar firmemente la opción de solicitar, cuando la Administración fuese capaz de reactivar todo el protocolo relativo a la oposición que en su día aprobó, una plaza en el Hospital de Móstoles, a cuatro escasos minutos a pie desde su casa. Porque, siendo completamente honesto, si las cosas no hubiesen cambiado tanto, ella habría preferido sin lugar a dudas seguir levantándose a las cinco de la mañana y atravesar Madrid para continuar en su Ramón y Cajal durante mucho, mucho tiempo más.
Hace un par de meses, cuatro años después del examen en que se ganó su plaza fija, realizó el trámite necesario para tomar posesión de su plaza en Móstoles, si bien el acto en sí, demostrando una vez más la escasa importancia que para la Presidenta de la Comunidad de Madrid tiene la Sanidad Pública, se continuó demorando y en el momento en que escribo aún no hay una fecha oficial fija de incorporación en su nuevo destino. Se rumorea que el 21 o el 28 de abril, el 3 de mayo o incluso en octubre.
A pesar de ello, unas horas antes de que yo empezase a contar esta historia, Nuria se marchó ilusionada, pero al mismo tiempo algo triste, con el maletero del coche a rebosar de bebida y comida con la férrea determinación de agradecer a sus compañeros del Ramón y Cajal su amistad y su apoyo durante todo este tiempo en una suerte de despedida oficial en la que estos a su vez le han brindado un homenaje que la ha conmovido y emocionado profundamente.
Yo, como compañero permanente de viaje de esa pedazo de TCAE que es Nuria, quiero agradecer con el corazón en la mano a todo el personal del Ramón y Cajal que ha trabajado con ella durante todos estos años esos abrazos que en los momentos que lo ha necesitado le habéis dado, las innumerables y escandalosas risas que habéis compartido con ella, la mano amiga en su espalda que la habéis hecho sentir cuando se encontraba próxima a desfallecer y, por supuesto, la paciencia de la que en algún momento habréis tenido que echar mano para aguantarla. Sé de lo que hablo porque llevo treinta años a su lado y las cosas no siempre son sencillas con ella, pero siempre, siempre, acaba mereciendo la pena.
Aunque mi agradecimiento va dirigido a todos y cada uno de vosotros, tanto a los que simplemente la saludabais por el pasillo como a los que compartisteis durante diez años las vicisitudes de la planta de Ortogeriatría, me gustaría mencionar en concreto los nombres de algunas personas que he tenido además el privilegio de conocer personalmente y que me consta que habéis sido especialmente importantes durante diferentes etapas para ella: Espe, José Ángel, Miriam, Andrés, Natalia, Marivi, Rocío y, sobre todo, Fran.
Tengo la certeza de que a muchos de vosotros os volveré a ver, que seguiréis formando parte de la vida de Nuria y, por lo tanto, también de la mía. También la esperanza de que cuando nos veamos no sea en instalaciones sanitarias, sino en una terraza de verano o en algún restaurante donde compartamos cervezas, tapas y risas.
Porque siempre sentiré que estoy en deuda con vosotros por cuidar con tanto cariño y durante tanto tiempo del regalo más grande que la vida me ha concedido. Y ella, por su parte, ha querido dejaros aquí el enlace al que constituye su regalo de despedida para todos vosotros.
Un fuerte abrazo para todos y mucha suerte en el futuro.

Hace bastante tiempo hubo un presentador de TV (Fernando Tola) que siempre le decia a sus invitadas "Nena, tu vales mucho" pues eso es lo que hay que decirle a esta pedazo de profesional
ResponderEliminarJajaja, a Tola le habrían sin duda demandado hoy en día por llamar "nena" a una mujer, pero sí, mi "nena" vale mucho. Besos
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