Mostrando entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de mayo de 2024

El diccionario

Ferroprusiato. Gamón. Palimpsesto. Prohijar. Bahorrina. Jerapellina. Palabrejos, en resumen, que forman parte de nuestra rica lengua castellana, aunque su uso no sea habitual y no tengamos la mayoría de los hispanohablantes conocimiento, de hecho, ni de su existencia ni de su significado. Y en torno a esta ignorancia gravita uno de los juegos con los que, cuando yo era tan sólo un proyecto del hombre que hoy soy, por entonces un idealista barbilampiño con muchos pájaros en la cabeza, jóvenes y mayores, hasta tres generaciones de la familia Rincón, nos entreteníamos dentro de las casas familiares cuando la climatología nos era adversa. Y a veces también, sólo por el capricho de compartir momentos divertidos con padres, hermanos, primos y abuelos y de modelar nuevos recuerdos en común, cuando el sol brillaba en su cénit.


No era el único entretenimiento que reunía a nuestra familia en torno a una mesa. Somos todos de buen comer y proclives al diálogo y a la confidencia, especialmente cuando nos sentimos amparados por la tranquilidad que proporciona saberse rodeado de personas en las que sabes que puedes confiar, así que cualquier recuerdo que prevalece de aquellas reuniones arranca con opíparas y prolongadas comidas cuajadas de conversaciones animadas y en las que los más jóvenes adquiríamos, participáramos en mayor o menor medida de ellas, conocimientos que en ocasiones nos aportaban herramientas, a efectos prácticos, mucho más útiles que las que en el colegio o instituto nuestros profesores nos trataban de proporcionar. Y aunque disfrutábamos de aquellos ratos, a casi todos, antes de que los postres y los cafés aterrizasen sobre el mantel, nos empezaba ya a urgir el sacar del armario de los juegos de mesa el que sirviera para alargar durante algunas horas aquellos encuentros. Tal vez mi memoria me juegue una mala pasada, pero creo recordar que el Trivial Pursuit y el Intelect eran los favoritos de todos. Hubo otros, como el Scattergories, el Cluedo o el Pictionary. También juegos más clásicos como el ajedrez, el parchís, las damas, el dominó o el tute. Pero yo creo que con el que mejor nos lo pasábamos era precisamente con el más económico de todos ellos: el diccionario.

Viene esto a cuento de que hace unos días nos reunimos de nuevo todos, a excepción lógicamente de aquellos que nos han ido dejando por el camino desde entonces y con la incorporación de las nuevas camadas. Una vez más una fotografía similar: tres generaciones alrededor de una mesa con viandas, bebida y prisas por ponernos todos al día de nuestras respectivas peripecias. Celebramos el reencuentro en Valdemorillo, en la urbanización de mi primo David, propietarios él y su mujer de una extensa parcela que en su día - hace ya años - me pareció agreste y descuidada y en la que han ido ampliando magistralmente el espacio habitable mediante anexos edificados mayoritariamente con sus propias manos. En el más reciente, una suerte de cabaña acristalada que me devolvió reminiscencias de la típica casa del árbol que vemos habitualmente en las películas americanas, comimos, charlamos y reímos durante esa agradable tarde de primavera. Y alguien propuso, cuando estábamos ya con los cafés, jugar a algo. Y otro alguien sugirió recuperar aquel juego que tantas tardes nos tuvo entretenidos, de manera que mi primo desapareció durante unos minutos en el interior de la vivienda para regresar portando un completo diccionario.

Las reglas del juego son muy simples pero el objeto del mismo puede llevar a confusión si no se explica con claridad. Tan sólo es necesario un diccionario o una enciclopedia, tantas hojas de papel y lapiceros como participantes haya y un buen puñado de mentes curiosas e ingeniosas dispuestas a trabajar. Uno de los participantes, llamémosle Maestro, busca en el diccionario una palabra poco común y la pronuncia en voz alta. Cada uno de los concursantes escribe una posible definición de ese término. El Maestro debe copiar en un papel la acepción que figura en el diccionario. Una vez todos los participantes han terminado, el Maestro recoge todas las hojas de papel, las mezcla y a continuación las va leyendo en voz alta. Gana aquel que adivina cuál de todas las definiciones leídas es la correcta, siendo además quien tomará a continuación el diccionario y buscará una nueva palabra con la que desafiar a los demás. Podría entenderse que el objetivo es componer una definición que se acerque lo más posible al significado real del vocablo. Y lógicamente, si alguien fuera capaz de clavar dicha definición, despertaría el asombro y provocaría el aplauso de todos los presentes, dado que hablamos de palabras raras y poco conocidas. Pero la meta no es esa, sino mostrar la suficiente habilidad e imaginación para despertar la duda en los demás y se confundan. Da lugar esto a situaciones hilarantes y desternillantes, como es de suponer.

Así que ahí estábamos todos, expectantes ante el primer reto, cuando una voz joven preguntó, como podía esperarse, si se podía utilizar Google. Un fiel reflejo de cómo han cambiado los tiempos en pocas décadas. Los diccionarios, como en su día los dinosaurios, van camino de la extinción. Tras aclarar el asunto (obviamente se descartó ese tipo de ayudas), la primera palabra resonó entre aquellas cuatro paredes, generando las primeras risas y murmullos. Hubo quien optó precisamente por el humor, otros que se aplicaron a la labor de acumular en la misma frase un puñado de tecnicismos para generar una duda razonable entre todos los demás, los más jóvenes tiraban de cultura popular con referencias, por ejemplo, al Demogorgon de Stranger things... en fin, cada cual intentaba despistar, con mejores o peores resultados, al resto de rivales. Pasamos un rato tan divertido como los de antaño y nos resultó gratificante ver que nuestros hijos, víctimas de una cultura eminentemente tecnológica, se olvidaban durante un rato de teléfonos móviles y demás cacharros, se relajaban y trataban de potenciar todas sus capacidades con el fin de vencer a sus mayores. Aunque creo, y eso me congratula, que al final, como nos pasaba a nosotros cuando teníamos su edad, llegaron a la conclusión de que lo menos importante de este inofensivo entretenimiento era ganar.




sábado, 23 de marzo de 2024

Me he vuelto Classic

Me sucedió una cosa curiosa la otra tarde mientras circulaba con el coche por mi antiguo barrio, a la búsqueda de un sitio donde aparcarlo con la intención de subir un rato a casa de mis padres y compartir un rato agradable con ellos. La cosa estaba imposible. Por más vueltas que daba a la manzana, no encontraba ni un solo hueco libre. Mal día y mala hora. Es una zona residencial que en su día presumió de ser joven y que ha envejecido bien, en buena medida porque parte de la vida que transcurre entre sus calles se concentra en el Polideportivo Estoril II, lugar con más de cuatro décadas que acoge a niños, jóvenes y adultos con su extensa oferta sociodeportiva. Mientras recorría las calles Picasso, Velázquez, Españoleto y Alcalde de Móstoles una y otra vez, bordeando sus instalaciones y el parque en el que yo jugaba de pequeño, mi mente empezó a entretenerse recuperando recuerdos de años pasados con inusitada nitidez: el banco en el que me sentaba todas las tardes con mis amigos a comer pipas y a discutir si Hugo Sánchez era el mejor delantero de la historia o si alguna vez la selección española volvería a superar los cuartos de final en un Mundial de fútbol; la pequeña pradera de césped en la que, cuando no andaban por la zona los jardineros, nos colábamos a jugar al fútbol; el poyete en el que en las noches de verano, cuando mi amigo y vecino Mati y yo bajábamos la basura, nos quedábamos charlando durante un largo rato sobre las chicas que nos gustaban y el futuro que nos esperaba; el portal en el que vivía mi amigo Iván, el de mi amiga Carmen o el de la primera chica a la que besé, sin pena ni gloria, una tal Mercedes a la que tardé poco en perder la pista; el lugar donde antiguamente se encontraba el único kiosco del barrio, en el que me compraba de niño chicles, cromos, tebeos y algo más tarde, cuando ya mis preocupaciones eran otras menos inocentes, novelas de bolsillo, tabaco y alguna que otra revista porno. Y todos aquellos recuerdos me envolvieron en una nube de dulce nostalgia que hizo que aquel rato se me hiciera un poco más corto. Y comencé a pensar que han pasado muchos años desde entonces, tantos que parece que todo aquello sucedió en otra vida. Mi memoria se afanaba extrayendo con avidez de sus entrañas las cosas que entonces hacíamos, la ropa que vestíamos, la forma en que hablábamos, el modo en que nos relacionábamos unos con otros, las costumbres que nos representaban.


A todo esto, para hacer aún más inmersiva la experiencia, sonaban de manera consecutiva en la radio del coche, sintonizada mi emisora favorita, canciones de aquellos 80 y 90 en los que se desarrolló mi infancia y mi adolescencia. Y es que recientemente deserté, hastiado de escuchar tanto reggaeton y horrores similares, de mis amados 40 principales. Pero no me fui muy lejos, ya que sintonicé una mañana, silenciando enfadado a Omar Montes, los 40 Classic. Justo en ese instante el locutor, un tal Javier Peredo, lanzaba a los oyentes una pregunta del tipo ¿eres de los que se lanzaba, sin casco ni protección alguna, por un terraplén, montado en tu bicicleta BH o tu Orbea, como si fueras un esquiador profesional compitiendo en los Juegos Olímpicos de invierno? Y concluyó: Si hiciste eso, eres Classic y esta es tu emisora. Y cuando terminó de hablar, casualmente comenzaron a sonar los acordes de la que sin duda es mi canción favorita de la historia: With or without you, de U2. Y a esa, durante el recorrido le siguieron I don't want a lover, de Texas, Summer 69, de Bryan Adams, Cruz de navajas, de Mecano y Al calor del amor en un bar, de Gabinete Caligari. Llegué aquel día a mi destino berreando, completamente desmelenado (ojo a la metáfora), eso de "jefe, no se queje y ponga otra copita más".

Así pues, ahí estaba yo, escuchando la música de otros tiempos, dejando que mi memoria trabajase a pleno rendimiento, sintiéndome cómodo en mi nostalgia, intentando encontrar, sin prisa, un lugar donde aparcar mi coche. Identificándome como nunca en los días anteriores con lo que venía a ser el oyente tipo de la emisora de radio clasiquera. De los que piensa que otro gallo nos habría cantado en este país si la EGB, el BUP y el COU no hubieran desaparecido. De esos que no logra entender el sentido de llevar los pantalones colgando y dejando a la vista los calzoncillos. De los que aún, de vez en cuando, sigue utilizando expresiones como "guay del Paraguay", sabe quienes eran los Goonies y también lo que significa la palabra "supercalifragilisticoespialidoso. De los que no duda sobre cómo continúa la canción que comienza "por la mañana yo me levanto y voy corriendo desde mi cama". O esa otra que decía "sufre, mamón, devuélveme a mi chica". De los que se emociona cuando escucha la melodía de Verano azul o ve en televisión que están reponiendo Farmacia de guardia. De los que se acuerda de cómo se jugaba a las canicas, a burro o al destornillador. De los que manejaba pesetas y no euros. De esos a los que sus padres mandaban a la cama cuando en la pantalla del televisor, en la esquina superior, aparecían dos rombos.

Así que me he vuelto Classic. Y tan feliz y orgulloso. Que sí. Que es otra manera de decir "carca", "viejales" o como se nos llame hoy en día. Acepto mi naturaleza y mi edad, estoy la mar de a gusto con ambas, reconciliado conmigo mismo. Pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me encanta la sensación de caminar por algún rincón de mi ciudad y que me sacuda el recuerdo de lo que, treinta o cuarenta años atrás, me ocurrió allí a mí. Y no sólo pensarlo. Si voy acompañado de alguno de mis hijos, les castigo contándoles la anécdota de turno y alabando la vida que entonces llevábamos. Batallitas del abuelo Cebolleta. Pues vale, me encanta haber llegado aquí y verlo todo de esta manera. O, volviendo a mi coche, recorrer cien kilómetros de autopista y ser capaz de cantar todos y cada uno de los versos que van sonando en los 40 Classic. O al menos, tararear los estribillos. Y que suene Cuando brille el sol, de La Guardia, y me vengan a memoria las fiestas veraniegas que se organizaban para los jóvenes en lo que entonces era la pista de patinaje del polideportivo; que Glen Medeiros entone el Nada cambiará mi amor por ti y yo me acuerde de esos primeros amores platónicos de mi adolescencia; el We are the champions de Queen y me retrotraiga a aquel gol de Pedja Mijatovic con el que lloré de alegría cuando mi pasión era el fútbol; el You give love a bad name de Bon Jovi y me acuerde de lo grande que me sentía al pasear por mis calles con mi "loro" sobre el hombro y la música tronando a mi alrededor; y o el Así estoy yo sin ti de Joaquín Sabina que despertó mi pasión por la música y la poesía.



Supongo que, en cualquier caso, he sido Classic desde antes de saber que lo soy. En realidad, creo que lo he sido siempre. De los que no se atrevía a decirle a una chica lo mucho que le gustaba, pero la escondía en la mochila de manera anónima cualquier tontería el día de San Valentín. De los que siempre han sujetado la puerta al prójimo. De los que se partía la cara en el patio del colegio con el chulo de turno si se metía con alguna niña, incluso aunque no fuera de mi clase, y aceptaba el castigo que el profesor le impusiese sin rechistar, con la cara dolorida por los golpes recibidos y el orgullo henchido por haber actuado como un héroe. De los que se ponían americana y corbata en las ocasiones especiales y nunca se pondrá calcetines blancos con los vaqueros. De esos a los que una chica deja porque quiere menos poesía y más marcha. De los que escribían poesía y leían a oscuras cuando los demás ya dormían. Un tío que, para según qué cosas, ya les parecía un poco rarito a los de mi quinta y al que seguramente los chicos de hoy en día serían incapaces de comprender.

No cambio nada de todo aquello. Ni una coma. Y ahora me reconforta pensar así. Contemplar mi pasado desde la atalaya de mi madurez presente y ser consciente de ello me hace enfocar el futuro con una perspectiva privilegiada. Porque sé que venga lo que venga, va a sumar tanto o más que lo ya vivido.

viernes, 9 de febrero de 2024

Zorra

Aunque han pasado ya unos cuantos días desde que resultara elegida como canción que representará a nuestro país en el próximo festival de Eurovisión, no me quería quedar con las ganas de comentar la jugada. Porque a mí el sarao este me parece ya un despropósito de magnitudes apocalípticas. Y es que, en el intento de RTVE por reinventarse y mantener la atención del público, el susodicho certamen se ha convertido en una pasarela de monigotes, esperpentos y aspirantes a famosillos que me provocan a veces auténticas arcadas. No he sido nunca yo demasiado eurovisivo y a buen seguro estaré, en opinión de muchos, completamente incapacitado para emitir opiniones al respecto, pero mi libertad de expresión - y mucho más en mi terreno, es decir, aquí, en este blog - me empuja a no callármelas ni debajo del agua. 

Siempre he ido a contrapié con este festival: cuando Bravo y su Lady lady consiguieron un tercer puesto tras el batacazo de Remedios Amaya y su barca, yo escuchaba a Parchís y a Enrique y Ana; cuando la Década Prodigiosa y su Made in Spain sonaba en las emisoras del país a todas horas, yo estaba en mi fase de rock patrio ochentero;  cuando nos representó un jovencísimo (y feo) Sergio Dalma con Bailar pegados, yo me encontraba - musicalmente hablando - en las Antípodas de las baladitas ñoñas con perfume italiano y sacudía mi exigua melena con Aerosmith, Van Halen o Bon Jovi; con el fenómeno OT, como casi todos los españoles, me enganché al Europe's living a celebration de Rosa López, aunque llegado el día señalado estaba hasta la glotis de la cancioncita y me encerré en mi habitación a escuchar a Estopa; y así, sucesivamente. Y estos últimos años, para qué negarlo, mirando el concurso por encima del hombro, incrédulo ante nuestra falta de buen gusto. 



Y este año iba por el mismo camino, es decir, desdén e indiferencia absoluta hacia todo lo relacionado con esta pantomima musical, pero por casualidad cayó en mis manos el listado de artistas que iban a participar en el Benidorm Fest y debo confesar que me entusiasmé porque algunos de los artistas incluidos son de mi agrado y pensé que sí, que este año por fin llevaríamos un tema en condiciones. Que ganase o no era otra cosa. Pero al menos presentar una canción de la que pudiera sentirme orgulloso. Marlena y su Amor de verano era mi favorita. Las sigo desde hace un par de años, cuando su Me sabe mal fue una de las canciones del verano. Me hipnotiza la voz de Ana y sus melodías son optimistas y bailables. Pero también se presentaba uno de mis más recientes descubrimientos, Miss Cafeina. O Lérica y María Peláe, que sin volverme loco, se dejan escuchar. Localicé una playlist en Deezer con las dieciséis canciones y me quedé absolutamente horrorizado. Por Dios, qué desastre de selección. Y la que menos me gustó, con diferencia, fue Zorra. Y pensé: "ya está, esa va a ser". Y si no, por ahí le andará. Toma ya, En el blanco. Otro año que ni me molestaré en consultar las redes sociales para ver cómo hemos quedado.

Si salgo sola, soy la zorra
Si me divierto, la más zorra
Si alargo y se me hace de día,
Soy más zorra todavía 

Pura poesía y musicalidad, sí, señor. Original y con mensaje. Que Sabina no la escuche, por favor, que se da un garbeo hasta el Wizink y se tira - esta vez de cabeza - desde el escenario y sin bombín  Acabaremos todos tarareándola, por supuesto, de eso no me cabe ninguna duda. Y ¿quién sabe? En el escenario tan LGBTQ+ en que se ha convertido Eurovision a lo mejor hasta ganamos. Pero con la música tan variada que se produce en este país y la calidad y el arte que tienen muchos de nuestros artistas, vergüenza me da que nos represente esta bazofia electrónica cuyo único mérito reside en el impacto de repetir la palabreja que le da título al tema en cada verso. Supongo que no hay otra manera de que este tipo de músicos consiga enlazar dos rimas. Así nos va: en los últimos 20 años sólo Channel y su SloMo (que tampoco es que sea una obra maestra) ha logrado quedar entre las diez canciones más votadas. 


Yo, visto lo visto, iba preparando para el año que viene una versión a lo David Ghetta de Paquito, el chocolatero, interpretada a ser posible por Don José Luis Zapatero y Don Mariano Rajoy, ambos equipados con el último modelito de Cristina Pedroche y coros a cargo del Cholo Simeone y de Yolanda Díaz. ¿Qué no? Pues yo creo que triunfábamos. Total: puestos a ponernos en ridículo, hagámoslo con un poco más de originalidad.

domingo, 7 de enero de 2024

Hablando en serie

Cuando hace veinte años nos preguntaban a los de mi quinta por las diez series que más nos habían impactado a lo largo de nuestra vida, coincidíamos por lo general al nombrar un puñado de títulos legendarios que son ya historia antigua de la televisión. El medio ha cambiado tanto en estos tres lustros que hoy sería casi imposible que eso ocurriera. Seguro que algunos títulos se repetirían por pertenecer al imaginario colectivo de aquellos que crecimos con sólo dos canales, la restricción de los dos rombos y esperando que llegara cada semana el capítulo de rigor de Falcon Crest, Verano azul, Médico de familia, Compañeros, Friends, V o Farmacia de guardia. Pero la caja tonta ha dejado de serlo. Por supuesto, hay quien sigue idiotizándose frente al televisor con los Sálvame de turno y los reality shows más burdos que las cadenas de televisión siguen concibiendo, pero ahora uno puede elegir prescindir de tanta programación basura y convertir el televisor en una fuente más de aprendizaje cultural. Documentales, cine clásico, series de todo tipo y origen, estrenos cinematográficos... nunca fui seriéfilo, fundamentalmente porque nunca, hasta la llegada de las plataformas digitales, hubo la suficiente variedad como para poder volverse adicto a ese tipo de formato televisivo. Incluso ahora no me considero tal, pero sí que dedico unas cuantas horas al mes a evadirme frente a la pantalla de la tele, la tablet o el móvil (según lo que esté libre en ese momento) siguiendo las peripecias del sinfín de personajes que componen el elenco de la oferta televisiva. Y al escribir el habitual post de todos los años sobre mis libros y álbumes musicales favoritos de 2023, pensé que hacer una lista de mis series preferidas podría ser un buen contenido para una nueva entrada. Asi que ahí van. Del diez al uno para darle intriga al tema. Espero que, si no las habéis visto, os animéis, dado que, de una manera u otra, todas ellas tienen algo que ofrecer.

10. THE WALKING DEAD

No resulta fácil mantener el interés del gran público durante once temporadas. Y de hecho, no lo consigue. Al menos en mi caso, que por hartazgo de la propia trama y por restarme tiempo de otras series que también quería ver, la abandoné sin remordimientos allá por la séptima. Pero hay que reconocerle a esta adaptación de los cómics de Robert Kirkman que fue precursora de una nueva televisión más moderna e imprevisible, con un tratamiento psicológico de los personajes más profundo y donde - ¿por qué no? - uno de los supuestos protagonistas podía morir en la primera temporada.


9. STRANGER THINGS

El mérito de esta serie reside en su capacidad para enganchar por igual a las nuevas generaciones y a los que ya peinamos canas. Hay mucho (por no decir todo) de aquellos años 80 en los que crecimos los que hoy rondamos el medio siglo. Hay guiños por doquier al universo que Steven Spielberg creó en aquella década para los que entonces éramos niños. El argumento, especialmente en la primera temporada, es un calco de Ojos de fuego, la novela de Stephen King. La música podría comercializarse como un recopilatorio de los mejores temas pop y rock de los setenta y ochenta. Es, en definitiva, un producto para cualquier tipo de espectador (monstruos y criaturas malignas aparte).


8. BREAKING BAD

No sabría muy bien cómo calificar a esta serie. De culto, eso seguro. No en vano los principales críticos especializados de todo el mundo la sitúan por lo general en el podio de las mejores series de la historia. A mí no me pareció para tanto, pero cierto es que tampoco pude desenredarme a tiempo de las peripecias de Walter White, profesor de química con problemas económicos y un cáncer de pulmón inoperable, magistralmente interpretado por Bryan Cranston, que para afrontar sus necesidades financieras comienza a cocinar y vender metanfetamina. La evolución del personaje y unos magníficos secundarios obligan a cualquier adicto a las series a verla al menos una vez.


7. CHERNOBYL

El mimo y la elegancia empleados en esta producción de HBO y Sky para dramatizar y recrear los sucesos acaecidos en la central nuclear de Chernóbil en 1986 merece un lugar de privilegio en esta lista. Consiguió un éxito abrumador e inesperado, fraguado en buena medida gracias al boca a boca. Respetando fielmente los hechos, acerca al público general la catástrofe y las consecuencias originadas por la misma y que mantuvieron en vilo a millones de europeos durante meses. Indispensable.

6. PULSERAS ROJAS

Las producciones españolas - a destacar, como en este caso, las procedentes de Cataluña - ocupan un lugar importante en el catálogo de las principales plataformas de streaming y poco a poco van compitiendo con las grandes apuestas internacionales. Pulseras rojas se convirtió en un referente en ese sentido y dio en la diana al tocar las fibras más sensibles del espectador español medio. Basado en las experiencias personales de Albert Espinosa, luchador contra el cáncer desde niño, nos sumerge en el ambiente de una planta oncológica infantil desde una perspectiva optimista. Emotiva.


5. PATRIA

La mejor serie española, bajo mi parecer, de esta nueva era de la televisión. Se antojaba inevitable y al mismo tiempo necesaria, por el escabroso tema que aborda y por la espectacular acogida que tuvo entre crítica y público la novela de Fernando Aramburu en la que está basada. La realidad de un País Vasco partido en dos por la lucha armada de ETA. La tensa convivencia entre las familias de ambos bandos. La herida abierta y supurante que nunca se cierra de las víctimas. Una producción de escándalo, una fotografía magistral, una banda sonora envolvente y unas interpretaciones simplemente geniales.

4. CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

Cada generación tiene su comedia de referencia y supongo que la mía debería haber sido Friends. Pero no. Lo que no encontré en ella en los 90, lo hallé una década después en esta inolvidable serie que nos acompañó durante nueve años. Doscientos ocho capítulos de unos veinte minutos de duración son los que tarda el arquitecto Ted Mosby en contarles a sus hijos cómo conoció a la que se convirtió en su madre. Divertida hasta decir basta, pero con inigualables dosis de ternura. Como la relación de Marshall y Lily, dos de mis personajes favoritos de la pequeña pantalla. Sin olvidar, por supuesto, a Barney. Un crack.

3. THE NEWSROOM

Aaron Sorkin. Para aquellos a quien nos apasiona el cine y la televisión, su nombre es sinónimo de entretenimiento inteligente. El mejor guionista vivo de Hollywood. Suyas son maravillas como Algunos hombres buenos (1992), El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006), Moneyball (2011) o la más reciente El juicio de los siete de Chicago (2020). Y The newsroom es, para mi gusto, el mayor tesoro de su trabajo. Unos Jeff Daniels y Emily Mortimer colosales lideran el equipo de informativos de una cadena de televisión norteamericana. Incluye coberturas de hechos reales que le dan a la trama una credibilidad sobria y espectacular al mismo tiempo. Idónea para aspirantes a periodistas y amantes de la historia más reciente.

2. JUEGO DE TRONOS

Mentiría como un bellaco si dijese que me adelanté al noventa por ciento del planeta al descubrir la saga Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin. Me gustaría haberlo hecho, pero en mi caso, no fue así. Me hipnotizó la primera temporada que HBO emitió y que cambió muchas de las normas de la ficción televisiva. Y después de verla, con la cabeza aún en llamas tras el sorprendente desenlace del último capítulo, me lancé como un poseso a la librería a por los volúmenes que su autor hubiera publicado hasta aquel momento. "A mí es que el género fantástico...", me han dicho algunos. Juzgar así esta obra - tanto la literaria como la televisiva - es quedarse en la superficie. La política, el sexo, la guerra, la intriga, el drama y el terror se entremezclan para dibujar un tapiz de personajes con un recorrido espectacular. Una producción mastodóntica que adelantó a la creación literaria (locos estamos porque Martin publique el siguiente tomo antes de morirse) y tuvo que desarrollar líneas argumentales sin respaldo literario. Aún así, la historia se sostiene. El único pero que se le puede poner es ese final que a pocos agradó y que a casi todos decepcionó. Todo lo demás, pura delicatessen.

1. THE CROWN

Seguramente pocos mencionarán este título, que recoge en seis temporadas las siete décadas de reinado de Isabel II de Inglaterra, entre sus series favoritas. Porque la monarquía inglesa aburre y hasta se detesta. Porque la susodicha daba una imagen de vivir apartada de la realidad y recelosa de los avances sociales que se iban produciendo a su alrededor, aislada en una institución arcaica que se resistió durante años a alinearse con la modernidad. Y a la que aún hoy le cuesta. Porque aparentemente nada hay en común entre alguien de su posición y el resto del planeta. Y posiblemente todo ello sea cierto. Pero hay mucho más en esta serie. Ya le desiqué un post cuando finalizó, hace cosa de un año, la quinta temporada u jace pocos días terminé de ver la sexta y última y mi sensación es la de haber tenido la oportunidad de contemplar, desde una perspectiva completamente diferente, los acontecimientos históricos más importantes de esos setenta años y de entender un poco mejor el rol de esta mujer en la historia reciente del Reino Unido. Cómo su vida estuvo consagrada a mantener firme el legado que de muy joven heredó y al que siempre fue fiel. No pretendo convencer a nadie de las bondades del personaje ni de las pequeñas maravillas cinematográficas, interpretativas e históricas que uno encuentra en cada capítulo que compone la serie. Merece la pena. Ahí lo dejo. Yo, ahora que ha finslizado, la dejaré reposar. Que haga la digestión. Y luego, volveré a verla. Sin duda.



P.S. Y se me quedan en el tintero otras grandes series que perfectamente podrían entrar en mi top 10 y que no puedo dejar de mencionar.

This is us
El cuento de la criada
Last chance U Basket
Fariña
Narcos
Citas
Godless
The last of us
Merlí
Peaky Blinders
Black mirror


martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


martes, 21 de noviembre de 2023

La biblioteca

¿Se puede afirmar que uno ha soñado cuando lo que realmente ha hecho mientras dormía ha sido recordar?

He abierto mis ojos esta mañana sintiéndome abotargado por una pegajosa nostalgia, mecido por sensaciones que en otro tiempo me eran cotidianas y que creía haber extraviado, pero que el sueño (o la memoria) me han devuelto al despertar.

En mi sueño visitaba la Biblioteca Pública de Móstoles y me dejaba imbuir como antaño por el reverencial respeto que desde niño se apodera de mí en este tipo de lugares: el silencio, la ilusión, la expectativa y, sobre todo, la posibilidad de retirar un libro de una estantería, hojearlo percibiendo la textura del papel impreso y dirigirme al mostrador de préstamos para certificar que, durante quince días, ese ejemplar sería únicamente mío. Bueno, esos tres ejemplares. Porque eran los que cada quince días me llevaba a mi casa.

Supongo que visitar la biblioteca y elegir mis tres libros sería el equivalente cultural del joven enamorado de la moda que decide acercarse un rato al centro comercial a comprarse unos trapos y acaba echando allí la tarde completa. A mí me ocurría lo mismo. Siempre había más de tres libros que me apetecía echarme al coleto. Incluso a veces utilizaba el carnet de Nuria y en vez de tres eran seis los que me llevaba.

Un día pedí que me regalasen un Kindle por mi cumpleaños. Tenía meridianamente claro que iba a extrañar el tacto del papel, el olor de la tinta fresca o el de las páginas manoseadas por otros muchos lectores que hicieron suyos antes que yo esos ejemplares. Que añoraría la excitación de revisar los títulos grabados en los lomos, el arte de las portadas y la promesa de las contraportadas. Pero también que mi espalda agradecería el no tener que cargar siempre con el peso de dos libros en la mochila al ir a trabajar. Que ganaría tiempo al no tener que desplazarme para conseguir mis libros. Que en un dispositivo sólo un poco más grande que un teléfono móvil podría llevar miles de novelas. Que ya no tendría que inventarme formas de hacer sitio en mis estanterías para hacerle un hueco a mi última adquisición. Y todo ello, tanto las nostalgias del papel en mis manos como las certezas digitales de mi e-book, se ha cumplido.


Y a ello me he acostumbrado. No me arrepiento, aunque admito que cuando voy a un centro comercial, La Casa del Libro o la Fnac son paradas obligatorias en las que permanezco al menos media hora intentando reencontrarme con aquellas sensaciones, aún a sabiendas de que no me llevaré ningún ejemplar.

Pero, tal y como mi sueño me demostró, no es lo mismo ni mucho menos. Porque una biblioteca es más que una tienda y, por supuesto, mucho más que un libro electrónico. Porque en una biblioteca no sólo el silencio o la comunión existente entre los que pasamos horas allí convierte la visita en una experiencia íntima. Porque en una biblioteca pareces escuchar los susurros de las voces mudas de los autores, muertos o vivos, de éxito o casi desconocidos, de nuestra tierra o de otras más lejanas. Porque en la biblioteca se palpa el respeto y el aire huele a cultura.


No sé si soy capaz de explicarlo adecuadamente, pero de lo que tengo una absoluta certeza tras este sueño es de que en breve, aunque sea tan sólo para revivir un pellizco de todo aquello, haré una visita tranquila y relajada al que fue, durante muchos años, uno de mis lugares favoritos del mundo.




lunes, 30 de octubre de 2023

El caballo blanco de Santiago

Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?


Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.

Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.

La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney. 


Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.

Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.





Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?