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sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


lunes, 30 de octubre de 2023

El caballo blanco de Santiago

Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?


Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.

Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.

La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney. 


Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.

Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.





lunes, 21 de agosto de 2023

Campeon@s... una vez más

No me acostumbro. Se me siguen poniendo los pelos como escarpias e incluso a veces tengo que hacer un titánico esfuerzo para no derramar unas lagrimillas con los triunfos de los deportistas españoles por el mundo. Y eso que no me considero un tipo que sienta la patria desde las vísceras, de esos que se ponen firmes en su casa cuando en algún evento suena el himno nacional o que añoran los tiempos en que éramos un Imperio, pero es que, en lo que al deporte se refiere, me emociono con una facilidad inusitada. Este fin de semana ha sido con nuestras Campeonas del Mundo de Fútbol. ¡Qué jabatas! ¡Qué valientes! ¡Cómo juegan!


Y es que, ¿quién nos lo iba a decir? En 1988, cuando yo tenía quince años, la edad de mi hijo pequeño, que España conquistase algún título en cualquier deporte era algo completamente inusual y extraordinario. Y lo de que una mujer destacara, vamos, era más fácil creer en los lagartos extraterrestres de V, aquella legendaria serie que en los años 80 nos conmocionó a todos. Concretamente fue durante aquel verano, el de 1988, cuando Perico Delgado se alzó con su único Tour de Francia, logro inédito desde precisamente 1973, el año en que nací, y aquello fue la repanocha, fiesta nacional si me apuras. En fútbol, las noches más gloriosas que yo había vivido hasta entonces habían sido las del 12 a 1 a Malta, el subcampeonato de Europa de 1984 y el 5 a 1 a Dinamarca en octavos de final del Mundial de México de 1986. Hacía 25 años que un club español no levantaba la Copa de Europa (la actual Champions League), 22 desde la última vez que un tenista español había ganado un Grand Slam (Manolo Santana), 4 desde la plata en Baloncesto en los Juegos Olímpicos de los Ángeles, y suma y sigue. La nuestra fue una generación que creció viendo a sus ídolos tropezar una y otra vez. Que, a pesar de todo, de saber que no éramos favoritos, que en ciertos deportes nos encontrábamos en las antípodas del éxito, nos arremolinábamos exaltados y animosos alrededor de la televisión para jalear a nuestros deportistas como si no hubiera un mañana.

Marcos nació en el año 2008. Desde entonces, las selecciones absolutas de fútbol han ganado dos Mundiales y una Eurocopa y los clubes españoles han alzado diez veces la Champions League. En baloncesto dos platas y un bronce olímpico, un Mundial, cuatro Eurobasket y lo que me dejo en el tintero. Ha visto a Rafa Nadal ganar diecinueve Grand Slam, a Fernando Alonso triunfar en Fórmula 1, a Pau Gasol conseguir dos anillos de la NBA, a Carolina Marín proclamarse tres veces campeona del mundo y seis de Europa en bádminton, y así podría seguir durante seis o siete párrafos más. Aparte por supuesto de los muchos veranos que llevamos disfrutando de los triunfos de las canteras. Vamos, que lo de quedar segundos en cualquier disciplina, que en mi infancia constituía una hazaña que alzaba al deportista a la categoría de héroe, para él es hoy un fracaso estrepitoso y a qué esperan para cambiar al entrenador. La victoria convertida en rutina.


Y es que todo cambió, en mi opinión, a raíz de las Olimpiadas de Barcelona. Creo que fue en aquel evento cuando todos, comenzando por las distintas federaciones y terminando por el más escéptico españolito de a pie, comprendimos que el cielo era el límite y que el hecho de haber nacido en Madrid, Sevilla, Barcelona o Teruel no suponía un hándicap, sino que, como descendientes del Cid, Cristóbal Colón o Don Miguel de Cervantes, sobraba en esta tierra materia prima como para fabricar campeones hasta el noble arte del ping pong.

Desde entonces, he tenido la fortuna y la oportunidad de vibrar con nuestros deportistas tanto como ayer lo hice con las Bonmatí, Codina, Salma o Carmona, que también tiene bemoles lo de esta última, marcar el gol más importante de la historia reciente del fútbol de este país sin saber que tu padre ha fallecido hace unas horas. El caso es que lo que mi hijo ve hoy como algo natural, como algo que va estrechamente unido a nuestra bandera, a mí me sigue poniendo la piel de gallina y un nudo en la garganta. Porque durante muchos años fui testigo de lo complicado y duro que debía ser alcanzar la gloria.

Yo les recuerdo con frecuencia que todo es cíclico, tal vez un discurso demasiado derrotista que nace de aquellos años de sequía deportiva en los que yo pasé de niño a hombre. Que hoy estás arriba, pero que mañana puede ser que veas a otros quedar por encima de ti y que habrá que estar preparado para cuando eso llegue. Que cuando no se gana, se aprende. Que el deporte te da lecciones cada día. Y que cuando recibes una como la de ayer, como la que nuestras chicas impartieron, hay que celebrarlo como si nunca más vuelva a ocurrir. Porque a lo peor será así. Aunque a la vuelta de la esquina nos aguarde un Mundial de Baloncesto masculino, en el que además participará nuestro Juan Núñez, y tengamos la firme pero secreta convicción de que llegaremos hasta la final.

¡Qué afortunados son nuestros hijos de contar con tantos y tantos referentes! Aparecen hasta debajo de las piedras y a nadie parece ya sorprenderle que, antes de que un deportista estratosférico e irrepetible como Rafa Nadal anuncie su retirada, tengamos ya en primera línea de batalla a su recambio, Carlos Alcaraz. O que un fenómeno como Ricky Rubio se caiga a última hora del plantel de la selección y durante los partidos de preparación para el Mundial apenas le hayamos echado de menos.

Pues que siga la fiesta, me alegro por lo que estas generaciones podrán contarles a sus nietos. A los míos, cuando lleguen, de mi época infantil, no me quedará más remedio que hablarles de libros. Es lo que hay.

jueves, 27 de abril de 2023

Lo que la cancha nos da: dos años de frustración

Si hay algo que frustra más a un deportista joven que fallar una canasta, errar un penalti o perder un partido es, sin lugar a dudas, no tener la oportunidad de jugar. Por mi experiencia como jugador de fútbol-sala y la que observo que van adquiriendo mis hijos en el baloncesto, tengo la certeza de que acostumbra a pasarlo mucho peor el que ve los partidos desde el banquillo, viendo cómo la decepción le va mordisqueando la moral a menudo que los minutos van pasando y amargado porque quiere participar y el entrenador no lo considera oportuno que el niño que está en cancha y las cosas no le salen como le gustaría. Al finalizar el encuentro el primero volverá a su casa cabizbajo y con todas las hormonas pidiéndole la acción que no ha protagonizado y el segundo, según el acierto que haya tenido durante el partido, más o menos contento, pero con la confianza en sí mismo menos deteriorada.

Entre marzo del año 2020 y enero de 2021 todos nuestros chicos, grandes y pequeños, se vieron obligados por causas ajenos a ellos a permanecer en el banquillo.

Las diferentes competiciones que la Federación de Baloncesto de Madrid organiza, al igual que sucedió en el resto de Comunidades, fueron suspendidas con la llegada del Covid. Era el momento más interesante de la temporada, cuando se empiezan a disputar los partidos que deciden qué equipos jugarán los playoffs, aunque el instante en que ocurrió era realmente irrelevante.



Aunque era una medida que todos, a excepción tal vez de los propios chavales, considerábamos necesaria e inevitable, cruzábamos los dedos para que se encontrase la manera de que los niños pudiesen seguir practicando su deporte favorito. Y si eso no era viable, que al menos el parón no durase demasiado. Porque una infancia o una adolescencia sin deporte, en mi modesta opinión, las hace incompletas. Sin hablar de que a nivel familiar el confinamiento desató un conflicto educativo entre padres e hijos en cuanto a la manera en que debía sustituirse el tiempo que antes se empleaba en encestar o meter un gol. Los chicos se tiraron a los dispositivos tecnológicos como posesos y los padres tuvimos que intentar contener aquello como buenamente pudimos. Enhorabuena a aquellos que lo lograron porque me temo que casi ninguno lo conseguimos.

Cuando el mundo se paró, Sergio y Marcos se encontraban, deportivamente hablando, en años críticos. Todas las temporadas son importantes, pero tal y como el baloncesto federado está organizado, hay años de transición (jugadores de primer año de cada categoría) y críticos (de segundo). En estos últimos es cuando un chaval puede jugar una Final Four, ganar un Campeonato de Madrid o incluso ser seleccionado para participar en un Campeonato de España representando a tu Comunidad. Incluso, si ya eres realmente bueno, una futura promesa, ya puedes entrar en convocatorias de la Selección Española para participar en torneos internacionales de carácter formativo. No quiero con esto decir que para los chavales que se encontraban en años de transición la situación fuese menos complicada, ya que al final esto afectaba más a la pasión que cada crío siente por su deporte, y eso es algo más personal y complejo. Pero para mis chavales, que no saben vivir sus vidas sin el baloncesto y que, aunque tenían pocas o casi ninguna posibilidad de conseguir titulos o ser seleccionados, aquello era un drama. Incluso para nosotros, quienes, a través de su experiencia, habíamos aprendido a amar este deporte y añorábamos, por mucho baloncesto que viésemos en Youtube, presenciarlo en directo.

Cierto es que durante lo que restaba de temporada los clubes intentaron mantener enchufados a los chavales con ejercicios a realizar en casa con el fin de que se mantuviesen en forma y que se organizaron videoconferencias grupales para que todos siguiesen en contacto con sus compañeros. Cierto es también que allá por el mes de octubre de 2020 la Federación comenzó a trabajar sobre distintos escenarios de cara a no perder también la temporada 2021 y que los chicos, aunque con mascarilla y numerosas medidas de control, pudieran volver al menos a los entrenamientos. Pero fueron meses duros donde esa ausencia se hizo muy presente.


Personalmente, lo que más tristeza me produjo de esa época, teniendo en cuenta que nosotros habíamos podido disfrutarlo con Sergio, fue que no se pudo celebrar el Campeonato de España Mini de Selecciones Autonómicas en Cádiz, que es para mí, sin lugar a dudas, el torneo más bonito en el que un crío puede participar. Y eso que Marcos no iba a ser seleccionado en ningún caso, pero aún así me resultó muy triste ver cómo una generación fantástica del baloncesto madrileño, la del año 2008, se quedaba sin poder disfrutar de ese acontecimiento para el que se llevaban preparando en algunos casos cuatro años.

La competición regresó en enero de 2021 con un formato que, aunque no satisfizo a nadie, al menos supuso para los chicos una vuelta a las canchas que necesitaban más que el comer. Era lógico hacerlo de la manera que se hizo dado que aún había que respetar ciertas medidas necesarias. Por ejemplo, no se permitía público en los pabellones, se limitó mucho el número de partidos para dejar tiempo de descanso entre jornadas con el fin de asegurarse de que no había contagios e incluso hubo partidos que se suspendieron o aplazaron porque algún niño de uno de los equipos contendientes había contraido el virus. También se establecieron tiempos muertos adicionales para limpiar el balón con gel hidroalcohólico. Un sucedáneo de lo que es la competición real que, como digo, permitió a los chicos recuperar sensaciones tras tanta inactividad, pero que nos dejó a todos la sensación de que realmente el campeonato no era tal y que habían sido dos los años perdidos.

En lo deportivo, bueno, Sergio y sus compañeros, a los que perjudicó más que a otros una competición tan corta y con tantos matices, realizaron un papel discreto, nada que resaltar, mientras que los pequeños, que participaban en categoría Preinfantil, arrasaron y se proclamaron nuevamente Campeones de Madrid, para cerrar un ciclo fantástico protagonizado por una generación de Alcorcón Basket sencillamente alucinante.


Ójala nuestros chicos y las nuevas generaciones que vayan llegando no tengan nunca que pasar por esto.




jueves, 2 de febrero de 2023

The Crown

¿Cómo es posible que una serie de televisión que aborda un asunto a priori tan soso como es la historia de la monarquía británica durante el siglo XX vaya ya por su cuarta temporada, obteniendo premios y mejorando año tras año sus niveles de audiencia y sus calificaciones en páginas especializadas como Rotten Tomatoes? Esta fue la pregunta que aproximadamente hace dos años me hice con motivo del sonado estreno de su cuarta entrega en Netflix. El atractivo que hasta ese momento tenía para mí el asunto, el justo. Siempre me ha parecido la inglesa una de las familias reales más aburridas, viviendo en un universo absolutamente alternativo, exento de preocupaciones y plagado de lujos. Que en el Reino Unido tuviese éxito la serie tenía su explicación por lo arraigada que se encuentra la institución real en la cultura británica, pero que triunfase también en el resto del continente, era algo que no me podía explicar.

Así pues, ni corto ni perezoso, me sumergí en "The crown" con esa sensación de "no voy a aguantar ni dos capítulos" que me asalta frente a series de éxito que intuyo me van a defraudar. Mi sorpresa fue mayúscula y hoy, tras haber finalizado la quinta temporada y rezando para que la siguiente no tarde otros dos años en ver la luz, puedo responder a la pregunta que en su día me hice.


En primer lugar está el elenco de actores, la gran mayoría de origen británico, que interpretan a los miembros de la realeza, primeros ministros y otros personajes históricos de relevancia en el devenir de la historia de Inglaterra durante el siglo XX. Creo que no hay ninguno que cojee en su interpretación, brillando todos a un altísimo nivel interpretativo. Uno de los principales (y necesarios) aciertos que tiene la serie es que para cada época narrada el personaje es interpretado por un actor diferente, de edad similar a la que los personajes reales tenían en aquel momento. Así, por ejemplo, la reina Isabel es interpretada en su juventud por Claire Elizabeth Foy, en su primera madurez por Olivia Colman y en esta última temporada, en que la vejez se empieza a cernir sobre la reina, por Imelda Stauton. Pero hay personajes cuya presencia en la serie no tiene la misma continuidad, como John Lithgow, increible en el papel de Winston Churchill o Gillian Anderson como Margaret Thatcher, que ofrecen un auténtico recital de virtuosismo actoral y dan una gran credibilidad a la historia.

En segundo lugar está la selección que los realizadores han hecho de los episodios más relevantes del reinado de Isabel II  y la manera en que se abordan los hechos. La originalidad es una de las garantías de calidad de este producto y es claramente apreciable en la forma en que nos invitan a conocer, por ejemplo, hechos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, el suceso de la gran niebla tóxica que asoló Londres en diciembre de 1952 o la irrupción de Dodi Al-Fayed en la vida de la princesa Diana. Todos los capítulos arrancan de una manera única y con una calidad cinematográfica impresionante.

Los escenarios y las localizaciones en las que se ha rodado hasta la fecha "The Crown", aun no siendo las verdaderas, recrean con absoluta precisión los palacios de Buckingham o Kensington y la abadía de Westminster, entre otras. En cuanto a las exteriores, cabe mencionar que tanto Málaga, donde se recrea el viaje de la reina Isabel II y su marido Felipe a Australia, y Barcelona, ciudad en la que se grabaron los planos correspondientes a las escenas parisienses, son algunas de las ubicaciones utilizadas. La majestuosidad de los decorados, la elegancia del vestuario y una fotografía excepcional convierten la serie en un espectáculo visual deslumbrante.


Que nadie que se aventure a ver esta serie espere el trepidante ritmo de series como "Stranger things", giros de guión como los de "Juego de tronos" o diálogos como los de "Peaky Blinders". Es una serie sobria, elegante e inteligente, magistralmente construida, pero con una cadencia pausada y muy particular no apta para todos los públicos. No hay sustos, ni persecuciones por los tejados ni carreras de coches. No hay misterios que resolver ni grandes dramas que nos hagan llorar. Pero es, sin lugar a dudas, una de esas series que son fiel reflejo de una época histórica y en la que los personajes y las relaciones que entre ellos y con el resto del mundo mantienen se convierten en los pilares que soportan todo el edificio.

Pero si te gusta la Historia o si eres un fanático de las grandes interpretaciones y el cine de calidad, no dudes en verla. Te garantizo que no te defraudará.



jueves, 5 de enero de 2023

Amarraditos los dos

Uno no sabe muy bien por dónde empezar un relato cuando tiene el convencimiento que el material que tiene entre sus manos es históricamente valioso y cuando trata además de personas a las que se ha querido y admirado. Tampoco resulta sencillo tratar de condensar sesenta años de amor en unas pocas líneas y hacer justicia a sus protagonistas. Escribir sobre Santiago y Soledad, mis abuelos maternos, supone una tarea que siempre he deseado acometer porque todo lo que vivieron en la Guerra Civil, la manera en que se conocieron y el legado que dejaron componen una oda a la fuerza del amor y a la importancia de la familia. Pero no negaré que me genera un enorme respeto poner en negro sobre blanco sus biografías. No me puedo resistir en cualquier caso a hablaros de ellos, aunque sea brevemente, y, puesto que por algún lado hay que comenzar, me parece de justicia arrancar mi narración con la persona que, hace más de ochenta años, inició la cadena de acontecimientos que nos han conducido al día de hoy, a este momento en que me atrevo a rescatar de la memoria familiar la historia de mis abuelos.

Avinyó, primavera de 1938. En este pequeño municipio de la provincia de Barcelona, cuyo censo no superaba entonces los mil habitantes, Tina Rincón, maestra republicana y colaboradora del Socorro Rojo, dirige la escuela del pueblo. Junto con su hermana pequeña pudo escapar de Madrid y refugiarse en zona republicana, desde donde colabora como buenamente puede con la resistencia que trata de detener los avances de las tropas de Franco. Dos de sus hermanos, Froilán y Santiago, forman parte del ejército republicano que combate ferozmente en el frente de El Escorial. Ambos, por sus estudios, lucen los galones de Teniente y los dos han resultado ya heridos de poca gravedad, pudiendo reincorporarse a la contienda una vez recuperados..

Mi abuelo Santiago en 1937


Viendo el cariz que la guerra iba tomando, desde los colegios de Madrid se comenzaron a organizar Colonias para alejar a los niños de la capital. Un pequeño grupo llegó hasta Avinyó, sucios, cansados y asustados. Tina acogió en su casa a una niña de trece años, llamada Soledad, huérfana de padre poco antes de iniciarse la guerra y que había dejado atrás a su madre y a tres hermanas, quienes no pudieron ser trasladadas, amén de a otros dos hermanos que también combatían por la República. Era una niña de natural alegre, muy trabajadora y con un afán desmedido por aprender. Durante su estancia allí, Tina pidió a su hermana pequeña y a Soledad que escribiesen cartas a Froilán y Santiago, sus hermanos, para transmitirles ánimo y aliento. Aquella situación duró muy poco tiempo, dado que Tina y su hermana tuvieron que huir a Francia al comprobar que los nacionales se iban a alzar, tarde o temprano, con la victoria en aquella guerra.

Dejemos por el momento a Tina, a la que recuperaremos más adelante, y continuemos nuestra historia siguiendo los pasos de la pequeña Soledad. Aún permaneció un tiempo en Avinyó hasta que la situación se volvió insostenible. El nuevo director del colegio, ante la inminente llegada del ejército franquista, metió a las niñas en camiones y cruzaron la frontera con Francia. Lo hicieron justo a tiempo, dado que minutos después de cruzar uno de los puentes del camino, éste fue destruido por las bombas enemigas. El resto del viaje se desarrolló sin incidencias importantes y finalmente llegaron a Perpiñán, donde acabaron recluidas en un campo de concentración. Soledad y el resto de aquella expedición permanecieron a salvo allí hasta el final del conflicto.

Una vez terminada la guerra, cuando a Perpiñán llegó la noticia de que quien lo desease podía volver a territorio español, Soledad no lo dudó ni un momento y viajó en tren hasta Biarritz. Desde allí continuó su camino hasta Logroño y por último a Calahorra, donde sabía que se encontraba su hermana mayor. El marido de esta había muerto fusilado poco antes de terminar la guerra, así que las dos hermanas regresaron en cuanto les fue posible a la capital para reunirse con el resto de la familia. Los hermanos, Angel y Carlos, habían muerto en combate, por lo que en un mundo de hombres, las cinco mujeres se enfrentaban a un futuro muy incierto. Pero no se amilanaron y trabajaron duro, pudiendo salir adelante gracias a su habilidad para diseñar y fabricar redecillas de pelo y pequeños broches que vendían a una de las perfumerías más conocidas de la calle Serrano, Alvaro Gómez.

Pasaron los años y un día, paseando Soledad por la calle San Bernardo, se encontró con su antigua maestra, Tina. No hay constancia de cómo reaccionaron ambas, pero imagino ese reencuentro como una emotiva sucesión de gestos de asombro y lágrimas de alivio. Superada la sorpresa, Tina relató a su alumna sus vivencias en París y su regreso a España. Sus hermanos, Santiago y Froilán, a quienes habíamos dejado batallando en El Escorial cuando les mencionamos, con la llegada de los nacionales, habían estado presos en la cárcel de Carabanchel hasta que un juez dio orden de que fuesen fusilados. Sólo gracias a la intervención en el último momento del Marqués de Lozoya, amigo de la familia, les fue conmutada la pena por la de cárcel y trabajos forzados. En aquel momento se encontraban en la cárcel de San Bernardo, a pocas pasos de donde profesora y pupila se habían encontrado tantos años después. Tina invitó a Soledad a acompañarla a visitarlos y ésta, que tan sólo conocía a Santiago por una foto y por la correspondencia que habían intercambiado, accedió.

Después de esa visita, sobre cuyo contenido sólo podemos fantasear, Santiago y Soledad retomaron aquella relación epistolar, que se prolongó en el tiempo mientras él cumplía su condena en el Batallón de Trabajadores de Gaucín, en Málaga y que terminó convirtiéndose en noviazgo cuando él fue liberado y pudo retornar a Madrid.

Mis abuelos, Soledad y Santiago, el día de su boda, en 1947


La vida para ellos no resultó fácil al principio, dado que los antecedentes de mi abuelo le obligaban a aceptar trabajos infames en los que no le fuese exigido el Certificado de Penales. Su noviazgo y los sueños de futuro que ambos compartían fueron los motores que les impulsaron hacia adelante hasta que, en 1947, lograron entrar los dos en una productora americana de cine, la Paramount Pictures, y pudieron contraer finalmente matrimonio. Y ahí, justo en aquel altar, comenzó la mayor aventura de sus vidas, en la que yo tuve la fortuna de obtener el papel del nieto mayor.

Reían casi siempre, cantaban con frecuencia y amaban la cultura: leían mucho, eran grandes aficionados al teatro y, por supuesto, al cine. Mi abuelo coleccionaba sellos y monedas y a los dos les encantaba visitar museos. Cuando las cosas empezaron a irles bien, compraron una segunda vivienda en Villalba, donde yo les visitaba con frecuencia y con mucho entusiasmo. Allí paseábamos por la sierra, jugábamos al ajedrez, al Intelect y al Trivial y nos bañábamos en la piscina. Por aquel entonces estar con ellos era para mí el mejor de los planes. Porque si de algo disfrutaban más que de las aficiones mencionadas, era de reunir a la familia y pasar tiempo con sus seis nietos.

Transcurrió el tiempo y el siglo XXI llegó. Para él, que había estado a punto de ser fusilado setenta años antes, y para ella, que aún recordaba a sus hermanos muertos en el frente, parecía un milagro. Pero la vida no perdona y todo había cambiado mucho para ellos. A instancias de sus hijas, mi madre y mi tía Eva, contrataron a una chica que les ayudara, ya que él se sentía cansado y ella a veces se perdía en el laberinto de su memoria. El Alzhéimer la fue poco a poco haciendo su prisionera y al final no reconocía a sus hijas, nietos o bisnietos. Mantenía, sin embargo, angustiosas conversaciones con sus hermanos fallecidos. Tan sólo sabíamos que seguía ahí, con nosotros, cuando su marido la hablaba. Se calmaba entonces, incluso sonreía al escuchar esa voz que probablemente ya imaginaba en su cabeza cuando a los catorce años aquel soldado republicano la escribía las cartas que ella recibía exiliada en Avinyó.

Soledad y Santiago, celebrando en 1997 sus Bodas de Oro


Pero un día él se marchó para siempre. Nos dejó y la voz de Santiago desapareció. Ella, perdida en la bruma de su conciencia, esperó durante unas semanas y, al no encontrar más que su eco, decidió partir en su búsqueda, dejándonos en poco menos de dos meses a las hijas sin padres y a los nietos sin abuelos. Ocurrió en la primavera de 2010 y dolió, dolió mucho, pero heredamos tantos recuerdos y tantas historias compartidas que les hemos seguido sintiendo cerca en cada reunión familiar.

Mi memoria vuela a veces a aquellos días en que les visitábamos en su casa de la calle Vinaroz, muy cerca del Auditorio, al que asistían siempre que tenían ocasión, y me veo allí, en el despacho de mi abuelo, leyendo alguno de los libros de su biblioteca mientras él cataloga sus colecciones de sellos y monedas, ambos en silencio, mecidos tan sólo por la voz de mi abuela, que tararea una canción alegre de su infancia, aún dueña de sí misma, mientras trastea en la cocina. Nos veo a los tres: ellos, agradecidos por todo lo que la vida les dio, y yo deseando que aquel instante dure siempre, que nada ni nadie lo rompa. Y entonces mi abuelo, con su voz grave, con la que comienza a acompañar la canción que su esposa, en otra habitación, continúa cantando, me mira, me sonríe, saca un caramelo violeta de los que siempre guarda en su escritorio y que compra en la Puerta del Sol, me lo tiende y me guiña un ojo, haciéndome sentir, entonces y ahora, el niño más afortunado sobre la faz de la tierra.

Mis abuelos, en Villalba en 1991





martes, 22 de noviembre de 2022

El brazalete y el himno

En todas las competiciones deportivas de carácter planetario, tales como unas Olimpiadas o el Mundial de fútbol que actualmente se está disputando en Qatar, salen a la luz las grandes diferencias sociales, políticas, religiosas y culturales que existen entre Occidente y Oriente. Por no hablar de que ciertos enfrentamientos deportivos, como ocurrió con el Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86 o como podría haber sucedido con un Rusia-Ucrania que no se disputará en este, transcienden lo meramente futbolístico. Es el apoyo a la comunidad LGTBIQ+, colectivo discriminado por el país anfitrión, el asunto que en estos primeros días de competición está acaparando portadas y haciendo arder las redes sociales.


Aunque no conozcamos con detalle los criterios y los procedimientos que se aplican para la concesión de este tipo de eventos a países o ciudades, creo que es vox populi que el dinero, hoy en día, constituye un factor determinante. Y a los qataríes, que presumen de tener una renta per cápita que multiplica por dos la de los españoles, les sale por las orejas. Creo que hasta el más despistado entiende que, si un pais como Qatar se convierte hoy en capital mundial del fútbol, es más por la intención de hacer crecer un negocio sumamente lucrativo que por aspectos meramente deportivos.

La decisión de la FIFA de sancionar con una tarjeta amarilla a cualquier jugador que portase en un partido el brazalete arcoiris de apoyo a la comunidad LGTBIQ+, además de la pertinente multa para su Federación, me parece -y ya veo a algunos llevándose las manos a la cabeza- razonable. Porque, vamos a ver, esto no es una pachanga que hayamos organizado de hoy para mañana con los amigos y que nos hayamos encontrado, al llegar al pabellón, con algo incómodo o desagradable. Hablamos de un evento que se acordó hace casi una década. ¿No tuvimos tiempo de protestar entonces? ¿No hemos tenido ocasión, una vez aceptada la sede, de decir "con nosotros no contéis"? ¿O es que pensábamos que nuestros anfitriones cambiarían su forma de comportarse en su propia casa porque llegamos de visita? Y la FIFA, que es la autoridad máxima a la hora de tomar decisiones en este ámbito, ha optado por que las cosas no se desmadren. Para compensar a las Federaciones que han visto frustrado su intento de apoyar la causa, ha propuesto que aquellos jugadores que lo deseen pueden llevar una cinta en el brazo con el lema "El fútbol une al mundo", que será sustituido a partir de las rondas eliminatorias por el mensaje "No a la discriminación".

Así que llegábamos a los prolegómenos del Inglaterra-Irán, con los hijos de la Gran Bretaña, que han optado por no tentar a la suerte de ser sancionados, sustituyendo el gesto del brazalete por el de hincar todos la rodilla en señal de protesta y recibir de regalo los abucheos del público iraní. Al final los deportistas son los verdaderos protagonistas de este circo y los que tienen que dar ejemplo a nuestros jóvenes, por lo que me parece una medida acorde con la situación: acatamos, pero mostramos de manera pacífica nuestro desacuerdo.


En el otro lado, la selección iraní, que se niega a entonar el himno de su país. Su propia afición abuchea y yo, intrigado, presto atención a lo que puedan aportar los comentaristas mientras busco en Google la información necesaria para entender la mudez de los jugadores y el cabreo de sus seguidores. Porque debo ser sincero: leo periódicos digitales, pero suelo centrarme en las secciones de Nacional y Cultura fundamentalmente y en aquellos sucesos de carácter internacional que suscitan mi interés o preocupación, como es el conflicto entre rusos y ucranianos. De la República Islámica de Irán, más allá de que es una teocracia muy opresora, nada de nada.

Pues bien, el nombre clave en esta historia es Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años que ha fallecido mientras estaba bajo custodia policial tras haber sido detenida por la policía de la moral iraní debido a que, ojo al dato, no llevaba bien puesto el velo. Una más de esas brutales historias del mundo árabe que en Occcidente nos indignan y que en este caso generó manifestaciones multitudinarias de protesta por parte de la propia población iraní. 

Aclarado por tanto el motivo de que unos no canten el himno y otros lo abucheen, me quito el sombrero ante los componentes de esta selección, que se arriesgan al regresar a su país, cuando ya no sean noticia, a vete tú a saber qué castigos por parte de su Gobierno. Porque a la policía de la moral iraní no le resultará sencillo identificar al que estuviese en la grada vituperando el himno, pero a los que estaban en el césped, mudos y orgullosos, haciendo historia, a esos los tienen bien fichados. Y seguro que les esperan y no con los brazos abiertos.

Y uno, que sabe que las comparaciones son odiosas, pero que no puede evitarlas, es incapaz ahora de contemplar la protesta inglesa de la misma manera que antes. Porque hay quienes agachan la cabeza cuando el precio de no hacerlo no es tan alto y otros que la mantienen erguida, desafiando al peligro, aunque el castigo puede ser, literalmente, perderla.




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