Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Televisión. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de febrero de 2024

Zorra

Aunque han pasado ya unos cuantos días desde que resultara elegida como canción que representará a nuestro país en el próximo festival de Eurovisión, no me quería quedar con las ganas de comentar la jugada. Porque a mí el sarao este me parece ya un despropósito de magnitudes apocalípticas. Y es que, en el intento de RTVE por reinventarse y mantener la atención del público, el susodicho certamen se ha convertido en una pasarela de monigotes, esperpentos y aspirantes a famosillos que me provocan a veces auténticas arcadas. No he sido nunca yo demasiado eurovisivo y a buen seguro estaré, en opinión de muchos, completamente incapacitado para emitir opiniones al respecto, pero mi libertad de expresión - y mucho más en mi terreno, es decir, aquí, en este blog - me empuja a no callármelas ni debajo del agua. 

Siempre he ido a contrapié con este festival: cuando Bravo y su Lady lady consiguieron un tercer puesto tras el batacazo de Remedios Amaya y su barca, yo escuchaba a Parchís y a Enrique y Ana; cuando la Década Prodigiosa y su Made in Spain sonaba en las emisoras del país a todas horas, yo estaba en mi fase de rock patrio ochentero;  cuando nos representó un jovencísimo (y feo) Sergio Dalma con Bailar pegados, yo me encontraba - musicalmente hablando - en las Antípodas de las baladitas ñoñas con perfume italiano y sacudía mi exigua melena con Aerosmith, Van Halen o Bon Jovi; con el fenómeno OT, como casi todos los españoles, me enganché al Europe's living a celebration de Rosa López, aunque llegado el día señalado estaba hasta la glotis de la cancioncita y me encerré en mi habitación a escuchar a Estopa; y así, sucesivamente. Y estos últimos años, para qué negarlo, mirando el concurso por encima del hombro, incrédulo ante nuestra falta de buen gusto. 



Y este año iba por el mismo camino, es decir, desdén e indiferencia absoluta hacia todo lo relacionado con esta pantomima musical, pero por casualidad cayó en mis manos el listado de artistas que iban a participar en el Benidorm Fest y debo confesar que me entusiasmé porque algunos de los artistas incluidos son de mi agrado y pensé que sí, que este año por fin llevaríamos un tema en condiciones. Que ganase o no era otra cosa. Pero al menos presentar una canción de la que pudiera sentirme orgulloso. Marlena y su Amor de verano era mi favorita. Las sigo desde hace un par de años, cuando su Me sabe mal fue una de las canciones del verano. Me hipnotiza la voz de Ana y sus melodías son optimistas y bailables. Pero también se presentaba uno de mis más recientes descubrimientos, Miss Cafeina. O Lérica y María Peláe, que sin volverme loco, se dejan escuchar. Localicé una playlist en Deezer con las dieciséis canciones y me quedé absolutamente horrorizado. Por Dios, qué desastre de selección. Y la que menos me gustó, con diferencia, fue Zorra. Y pensé: "ya está, esa va a ser". Y si no, por ahí le andará. Toma ya, En el blanco. Otro año que ni me molestaré en consultar las redes sociales para ver cómo hemos quedado.

Si salgo sola, soy la zorra
Si me divierto, la más zorra
Si alargo y se me hace de día,
Soy más zorra todavía 

Pura poesía y musicalidad, sí, señor. Original y con mensaje. Que Sabina no la escuche, por favor, que se da un garbeo hasta el Wizink y se tira - esta vez de cabeza - desde el escenario y sin bombín  Acabaremos todos tarareándola, por supuesto, de eso no me cabe ninguna duda. Y ¿quién sabe? En el escenario tan LGBTQ+ en que se ha convertido Eurovision a lo mejor hasta ganamos. Pero con la música tan variada que se produce en este país y la calidad y el arte que tienen muchos de nuestros artistas, vergüenza me da que nos represente esta bazofia electrónica cuyo único mérito reside en el impacto de repetir la palabreja que le da título al tema en cada verso. Supongo que no hay otra manera de que este tipo de músicos consiga enlazar dos rimas. Así nos va: en los últimos 20 años sólo Channel y su SloMo (que tampoco es que sea una obra maestra) ha logrado quedar entre las diez canciones más votadas. 


Yo, visto lo visto, iba preparando para el año que viene una versión a lo David Ghetta de Paquito, el chocolatero, interpretada a ser posible por Don José Luis Zapatero y Don Mariano Rajoy, ambos equipados con el último modelito de Cristina Pedroche y coros a cargo del Cholo Simeone y de Yolanda Díaz. ¿Qué no? Pues yo creo que triunfábamos. Total: puestos a ponernos en ridículo, hagámoslo con un poco más de originalidad.

domingo, 7 de enero de 2024

Hablando en serie

Cuando hace veinte años nos preguntaban a los de mi quinta por las diez series que más nos habían impactado a lo largo de nuestra vida, coincidíamos por lo general al nombrar un puñado de títulos legendarios que son ya historia antigua de la televisión. El medio ha cambiado tanto en estos tres lustros que hoy sería casi imposible que eso ocurriera. Seguro que algunos títulos se repetirían por pertenecer al imaginario colectivo de aquellos que crecimos con sólo dos canales, la restricción de los dos rombos y esperando que llegara cada semana el capítulo de rigor de Falcon Crest, Verano azul, Médico de familia, Compañeros, Friends, V o Farmacia de guardia. Pero la caja tonta ha dejado de serlo. Por supuesto, hay quien sigue idiotizándose frente al televisor con los Sálvame de turno y los reality shows más burdos que las cadenas de televisión siguen concibiendo, pero ahora uno puede elegir prescindir de tanta programación basura y convertir el televisor en una fuente más de aprendizaje cultural. Documentales, cine clásico, series de todo tipo y origen, estrenos cinematográficos... nunca fui seriéfilo, fundamentalmente porque nunca, hasta la llegada de las plataformas digitales, hubo la suficiente variedad como para poder volverse adicto a ese tipo de formato televisivo. Incluso ahora no me considero tal, pero sí que dedico unas cuantas horas al mes a evadirme frente a la pantalla de la tele, la tablet o el móvil (según lo que esté libre en ese momento) siguiendo las peripecias del sinfín de personajes que componen el elenco de la oferta televisiva. Y al escribir el habitual post de todos los años sobre mis libros y álbumes musicales favoritos de 2023, pensé que hacer una lista de mis series preferidas podría ser un buen contenido para una nueva entrada. Asi que ahí van. Del diez al uno para darle intriga al tema. Espero que, si no las habéis visto, os animéis, dado que, de una manera u otra, todas ellas tienen algo que ofrecer.

10. THE WALKING DEAD

No resulta fácil mantener el interés del gran público durante once temporadas. Y de hecho, no lo consigue. Al menos en mi caso, que por hartazgo de la propia trama y por restarme tiempo de otras series que también quería ver, la abandoné sin remordimientos allá por la séptima. Pero hay que reconocerle a esta adaptación de los cómics de Robert Kirkman que fue precursora de una nueva televisión más moderna e imprevisible, con un tratamiento psicológico de los personajes más profundo y donde - ¿por qué no? - uno de los supuestos protagonistas podía morir en la primera temporada.


9. STRANGER THINGS

El mérito de esta serie reside en su capacidad para enganchar por igual a las nuevas generaciones y a los que ya peinamos canas. Hay mucho (por no decir todo) de aquellos años 80 en los que crecimos los que hoy rondamos el medio siglo. Hay guiños por doquier al universo que Steven Spielberg creó en aquella década para los que entonces éramos niños. El argumento, especialmente en la primera temporada, es un calco de Ojos de fuego, la novela de Stephen King. La música podría comercializarse como un recopilatorio de los mejores temas pop y rock de los setenta y ochenta. Es, en definitiva, un producto para cualquier tipo de espectador (monstruos y criaturas malignas aparte).


8. BREAKING BAD

No sabría muy bien cómo calificar a esta serie. De culto, eso seguro. No en vano los principales críticos especializados de todo el mundo la sitúan por lo general en el podio de las mejores series de la historia. A mí no me pareció para tanto, pero cierto es que tampoco pude desenredarme a tiempo de las peripecias de Walter White, profesor de química con problemas económicos y un cáncer de pulmón inoperable, magistralmente interpretado por Bryan Cranston, que para afrontar sus necesidades financieras comienza a cocinar y vender metanfetamina. La evolución del personaje y unos magníficos secundarios obligan a cualquier adicto a las series a verla al menos una vez.


7. CHERNOBYL

El mimo y la elegancia empleados en esta producción de HBO y Sky para dramatizar y recrear los sucesos acaecidos en la central nuclear de Chernóbil en 1986 merece un lugar de privilegio en esta lista. Consiguió un éxito abrumador e inesperado, fraguado en buena medida gracias al boca a boca. Respetando fielmente los hechos, acerca al público general la catástrofe y las consecuencias originadas por la misma y que mantuvieron en vilo a millones de europeos durante meses. Indispensable.

6. PULSERAS ROJAS

Las producciones españolas - a destacar, como en este caso, las procedentes de Cataluña - ocupan un lugar importante en el catálogo de las principales plataformas de streaming y poco a poco van compitiendo con las grandes apuestas internacionales. Pulseras rojas se convirtió en un referente en ese sentido y dio en la diana al tocar las fibras más sensibles del espectador español medio. Basado en las experiencias personales de Albert Espinosa, luchador contra el cáncer desde niño, nos sumerge en el ambiente de una planta oncológica infantil desde una perspectiva optimista. Emotiva.


5. PATRIA

La mejor serie española, bajo mi parecer, de esta nueva era de la televisión. Se antojaba inevitable y al mismo tiempo necesaria, por el escabroso tema que aborda y por la espectacular acogida que tuvo entre crítica y público la novela de Fernando Aramburu en la que está basada. La realidad de un País Vasco partido en dos por la lucha armada de ETA. La tensa convivencia entre las familias de ambos bandos. La herida abierta y supurante que nunca se cierra de las víctimas. Una producción de escándalo, una fotografía magistral, una banda sonora envolvente y unas interpretaciones simplemente geniales.

4. CÓMO CONOCÍ A VUESTRA MADRE

Cada generación tiene su comedia de referencia y supongo que la mía debería haber sido Friends. Pero no. Lo que no encontré en ella en los 90, lo hallé una década después en esta inolvidable serie que nos acompañó durante nueve años. Doscientos ocho capítulos de unos veinte minutos de duración son los que tarda el arquitecto Ted Mosby en contarles a sus hijos cómo conoció a la que se convirtió en su madre. Divertida hasta decir basta, pero con inigualables dosis de ternura. Como la relación de Marshall y Lily, dos de mis personajes favoritos de la pequeña pantalla. Sin olvidar, por supuesto, a Barney. Un crack.

3. THE NEWSROOM

Aaron Sorkin. Para aquellos a quien nos apasiona el cine y la televisión, su nombre es sinónimo de entretenimiento inteligente. El mejor guionista vivo de Hollywood. Suyas son maravillas como Algunos hombres buenos (1992), El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006), Moneyball (2011) o la más reciente El juicio de los siete de Chicago (2020). Y The newsroom es, para mi gusto, el mayor tesoro de su trabajo. Unos Jeff Daniels y Emily Mortimer colosales lideran el equipo de informativos de una cadena de televisión norteamericana. Incluye coberturas de hechos reales que le dan a la trama una credibilidad sobria y espectacular al mismo tiempo. Idónea para aspirantes a periodistas y amantes de la historia más reciente.

2. JUEGO DE TRONOS

Mentiría como un bellaco si dijese que me adelanté al noventa por ciento del planeta al descubrir la saga Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin. Me gustaría haberlo hecho, pero en mi caso, no fue así. Me hipnotizó la primera temporada que HBO emitió y que cambió muchas de las normas de la ficción televisiva. Y después de verla, con la cabeza aún en llamas tras el sorprendente desenlace del último capítulo, me lancé como un poseso a la librería a por los volúmenes que su autor hubiera publicado hasta aquel momento. "A mí es que el género fantástico...", me han dicho algunos. Juzgar así esta obra - tanto la literaria como la televisiva - es quedarse en la superficie. La política, el sexo, la guerra, la intriga, el drama y el terror se entremezclan para dibujar un tapiz de personajes con un recorrido espectacular. Una producción mastodóntica que adelantó a la creación literaria (locos estamos porque Martin publique el siguiente tomo antes de morirse) y tuvo que desarrollar líneas argumentales sin respaldo literario. Aún así, la historia se sostiene. El único pero que se le puede poner es ese final que a pocos agradó y que a casi todos decepcionó. Todo lo demás, pura delicatessen.

1. THE CROWN

Seguramente pocos mencionarán este título, que recoge en seis temporadas las siete décadas de reinado de Isabel II de Inglaterra, entre sus series favoritas. Porque la monarquía inglesa aburre y hasta se detesta. Porque la susodicha daba una imagen de vivir apartada de la realidad y recelosa de los avances sociales que se iban produciendo a su alrededor, aislada en una institución arcaica que se resistió durante años a alinearse con la modernidad. Y a la que aún hoy le cuesta. Porque aparentemente nada hay en común entre alguien de su posición y el resto del planeta. Y posiblemente todo ello sea cierto. Pero hay mucho más en esta serie. Ya le desiqué un post cuando finalizó, hace cosa de un año, la quinta temporada u jace pocos días terminé de ver la sexta y última y mi sensación es la de haber tenido la oportunidad de contemplar, desde una perspectiva completamente diferente, los acontecimientos históricos más importantes de esos setenta años y de entender un poco mejor el rol de esta mujer en la historia reciente del Reino Unido. Cómo su vida estuvo consagrada a mantener firme el legado que de muy joven heredó y al que siempre fue fiel. No pretendo convencer a nadie de las bondades del personaje ni de las pequeñas maravillas cinematográficas, interpretativas e históricas que uno encuentra en cada capítulo que compone la serie. Merece la pena. Ahí lo dejo. Yo, ahora que ha finslizado, la dejaré reposar. Que haga la digestión. Y luego, volveré a verla. Sin duda.



P.S. Y se me quedan en el tintero otras grandes series que perfectamente podrían entrar en mi top 10 y que no puedo dejar de mencionar.

This is us
El cuento de la criada
Last chance U Basket
Fariña
Narcos
Citas
Godless
The last of us
Merlí
Peaky Blinders
Black mirror


jueves, 20 de julio de 2023

Así nos ven

Las historias de inocentes acusados y condenados injustamente por un crimen que no cometieron llevan sucediéndose desde que el mundo es mundo. Las de personas reales o personajes ficticios que arrastran durante sus vidas una culpa que no es suya simplemente por encontrarse en el lugar y momentos equivocados. Y suelen conmovernos. Mucho.

La justicia es un concepto muy volátil que en ocasiones es ninguneado en aras de intereses políticos, prebendas económicas o prejuicios raciales o religiosos, pero al mismo tiempo es el mínimo que cualquier ciudadano del mundo civilizado exige para sí mismo y para los demás. Pocos atropellos nos escuecen más, como seres humanos, que los que se cometen en su nombre.


Quizá por eso, Así nos ven, la miniserie de unas seis horas que recientemente ha estrenado Netflix, me ha dejado con el cuerpo del revés. Como decía, no es un relato que sorprenda por su originalidad o por su afán innovador, pero es desde luego una pequeña joya televisiva que da testimonio de cómo un error policial (y el empeño de sus responsables en encubrirlo) puede malograr la vida de, en este caso, cuatro jóvenes de color y otro latino, residentes en el barrio neoyorquino de Harlem, de entre quince y dieciséis años, que fueron en 1989 acusados de, entre otros muchos cargos, violación e intento de homicidio y que pasaron entre rejas, sufriendo las consecuencias de ser negros y además supuestos violadores, entre cuatro y doce años.

Es una historia real, no es ficción, y por lo que he podido investigar, los policías, la fiscal y el juez que se ocuparon de aquel caso de "los violadores de Central Park", así como un jovencísimo Donald Trump, empeñado en su indudable culpabilidad hasta el punto de intentar rehabilitar la pena de muerte en el Estado de Nueva York, actuaron con tan mala fe como en la serie se muestra, y los chicos, más allá del odio que hacia la comunidad negra ha existido y sigue existiendo, los candidatos menos imaginables que pudieron encontrar para cargarles el mochuelo. A uno ya no le sorprende que en un país tan racista como lo es Estados Unidos, treinta años después se eligiese como Presidente al mencionado Trump.


Pero más allá de la historia, de los detalles de la investigación y de los flashback que nos ayudan a entender las vidas de los muchachos antes de que se convirtieran en enemigos públicos del pueblo americano, todo ello superfluo por haber sido ya el argumento de muchas novelas y películas, está la manera de contarlo. Ya lo he dicho tantas veces que lamento repetirme yo también, pero el cómo vale muchas veces por sí solo el precio a pagar por escuchar o ver lo mismo que otras veces.

Y es que todo, absolutamente todo, lo que rodea a esta producción, destila una impresionante calidad cinematográfica. Directores, guionistas, actores, fotógrafos, escenógrafos y tramoyistas. Simplemente excelsos. Inconmensurables. Y detrás de todos ellos, como productora ejecutiva, una de las voces negras más radicales y al mismo tiempo más comerciales de la nación americana: la celebérrima periodista Oprah Winfrey.

Más allá del espinoso asunto del color de la piel, late en el relato un mensaje que en muchas ocasiones, aquí en casa, hemos transmitido a nuestros propios hijos: no basta sólo con ser buenas personas, sino también ser lo suficientemente inteligentes para saber evitar los conflictos que pueden tener consecuencias serias para vuestro futuro. Uno de los mayores miedos que nos invaden a los padres de adolescentes es el de las compañias con las que nuestros hijos se juntan y las acciones a las que estos pueden arrastrarles. Cierto es, como en Así nos ven, que a veces ni siquiera eso es suficiente, que incluso siguiendo ese consejo protector, nuestros hijos pueden encontrarse igualmente en el ojo del huracán, pero nunca está de más educarles al respecto.


Os garantizo que no recibo comisiones de Netflix por recomendar sus productos, pero es que, a pesar de la masiva pérdida de afiliados que les ha generado el cambio en su política de streaming, sigue siendo, con notable diferencia, la plataforma digital más completa, tanto cuantitativamente como - y esta serie es un claro ejemplo - cualitativamente.

PS: Y si buscáis algo más motivador, me permito sugeriros encarecidamente una película, también basada en hechos reales, que no os dejará indiferentes y que también se encuentra en esta plataforma y se ha estrenado recientemente: Las nadadoras.

Pura delicatessen.



sábado, 11 de marzo de 2023

The last of us

Si este servidor está suscrito a Netflix es por la gran variedad de títulos que ofrece en su plataforma. Siempre hay, además de muchas series y películas irrelevantes, algunas que realmente merecen la pena. La suscripción a Amazon Prime es casi de naturaleza obligada si eres usuario habitual de sus servicios (¿y quién no lo es hoy en día?), pero su oferta audiovisual gratuita es bastante pobre. Y luego está HBO Max, cuya propuesta es cuantitativamente muy reducida, pero con producciones de altísima calidad. Sólo ellos podían llevar a la pantalla las historias de los Lannister y los Targaryen, por ejemplo. Y sólo ellos, ¿cómo no?, podían atreverse a transformar uno de los videojuegos más vendidos de la historia en una serie de televisión imprescindible.


Para los que no conozcan el argumento de The last of us, nos encontramos en un escenario postapocalíptico muy recurrente en las producciones televisivas y cinematográficas de los últimos años. En este caso se trata de un hongo que, debido al calentamiento global de la tierra, ha logrado invadir el cerebro humano, ha mermado notablemente a la población y amenaza con su extinción. Nuestros protagonistas, Joel (interpretado por el chileno Pedro Pascal) y Ellie (encarnado por Bella Ramsey), inician una suerte de road movie que les hará atravesar los Estados Unidos para comprobar si la sangre de Ellie, una adolescente que estuvo en contacto con el hongo y no resultó contagiada, puede ser la clave para conseguir una vacuna eficiente.

Si nos quedamos sólo con el argumento, el videojuego y la serie no aportan nada que otros no hayan hecho ya antes. Es en la magnificencia de los escenarios, en unos logrados efectos especiales, en la partitura de Santaolalla y sobre todo en la relación que se establece entre los personajes principales donde la serie alcanza la excelencia y supera la experiencia que nos proporciona el juego, ampliando el universo de la saga y ofreciendo un contexto a personajes secundarios cuyo papel en la consola es puramente anecdótico.


La serie no es sólo amena gracias a las elaboradas escenas de acción, sino que se balancea con elegancia entre el drama y la comedia al mismo tiempo que nos coloca frente a interrogantes de hondo calado humano, científico y metafísico. La relación entre Joel, una suerte de arisco traficante de objetos difíciles de conseguir en un mundo arrasado y que perdió a su hija cuando la pandemia se inició, y Ellie, una joven algo desvergonzada que trata de asimilar su posición en este contexto, es pura delicatessen. Ambos actores están soberbios, especialmente ella, que eleva a su personaje a una dimensión superior, y pulsan las teclas adecuadas para que los espectadores deseemos, no sólo que sobrevivan, sino que sean capaces de darse el uno al otro lo que ambos necesitan: cariño entre tanta maldad y desesperación.

Mi hijo mayor, Sergio y yo, nos volvimos hace tres o cuatro años adictos al videojuego, y el hecho de que ahora podamos disfrutar de una serie basada en el mismo nos ha hecho reencontrarnos, no sólo con una historia apasionante, sino también con nosotros mismos. Ha sido la excusa perfecta para sacarle de su cueva y volver a disfrutar juntos frente a la televisión de algo que no se puede pagar de ningún modo ni expresar con palabras. Y estamos disfrutando cada segundo.

Y por cómo se está desarrollando esta primera temporada, todo apunta a que tenemos The last of us para tres o cuatro años más.

Gracias, HBO Max, por este nuevo regalo.



sábado, 18 de febrero de 2023

El Doctor Jeckyll y Mr. Hyde

La víspera de Reyes del año 1886, Robert Louis Stevenson, que ya se había hecho famoso en toda Gran Bretaña pocos años antes con La isla del tesoro, publicó un relato corto llamado El extraño caso del Doctor Jekyll y Mr. Hyde en el que un abogado investiga la posible relación entre un viejo amigo científico y un criminal que campa a sus anchas por la ciudad cometiendo las mayores atrocidades. Esta novela sienta las bases de lo que años después, en psiquiatría, se conocería como el trastorno disociativo de la identidad o trastorno de personalidad múltiple. Pero no es de psicología de lo que hoy quiero hablar, aunque me servirá para sostener mi argumento, sino de, una vez más, nuestros hijos.


Yo no sé si ocurrirá en todos los hogares, pero lo que sucede en el mío cuando cualquiera de mis angelicales criaturas agarran el mando y se sientan frente a la televisión para jugar a la consola me plantea una disyuntiva complicada: ¿la desconecto o llamo a un exorcista? 

Tal y como el Dr. Jekyll se transformaba en el malvado señor Hyde tras consumir una pócima de su invención, así mis hijos, especialmente el pequeño, se convierten en gárgolas malhabladas y de trato arisco cuando dedican su tiempo a la Playstation. Decirles que se supone que es esa una actividad para entretenerse y relajarse es como nombrar a la bicha, inmediatamente te conviertes en el centro de sus iras. El mero hecho de pasar a su lado y recordarles que tienen que bajar la basura o que en media hora nos vamos a comer a casa de sus abuelos recibe como respuesta, en el mejor de los casos, un gruñido gutural y espeluznante. Eso por no hablar de las lindezas que les dedican a voz en grito a sus rivales como si fuesen hooligans ingleses absolutamente embolingados.

Recientemente Marcos, de la rabia que se apoderó de él al perder un partido o ser castigado con un penalty en contra en el Fifa23, vete tú a saber, pegó tal golpe contra el mural del salón que rompió uno de los cristales del mueble. El muy cachondo se protege preguntándonos que a ver quién tiene en el bloque un mueble tuneado como el nuestro.

Y es que resulta que nosotros tenemos la consola en el salón, lugar de paso frecuente para toda la familia. Esto compromete también la televisión principal de la casa, lo que los fines de semana, que es cuando están autorizados a jugar, hace que se produzcan situaciones conflictivas si queremos ver, por ejemplo, una película. Les cuesta entender que no es que nosotros les echemos del salón, sino que se acabó el período de concesión de ese espacio que nosotros, como propietarios de la casa, les otorgamos.

Anda por lo tanto Marcos exigiendo que reformemos su dormitorio para disponer de su propia tele y Playstation, algo a lo que, por razones logísticas en primer lugar y por motivos de salud mental en segundo, nos negamos en redondo. Emplea las más sutiles estrategias para alcanzar su objetivo y parece que no se rendirá en su propósito pese a que le hemos dejado claro que lo solicitado nunca le será concedido. Pero ahí continua, intentando beneficiarse de esas ocasiones en que nos ve con la guardia baja, a veces provocadas por él mismo mediante zalamerías y caricias.


Así que la alusión al célebre personaje de Stevenson cobra todo su sentido porque mis hijos son entre semana unos para convertirse, consola mediante, en otros muy diferentes los sábados y domingos. Y eso por no hablar de las vacaciones, cuando el salón de mi casa se transforma en el gallinero de un estadio de fútbol o baloncesto y nos toca a nosotros convertirnos en los malos de la película intentando hacerles comprender que son víctimas de la más sutil clase de brujería y que el mundo que tienen que descubrir, que necesitan descubrir, está sólo a unos pasos de ellos, justo al otro lado de la puerta.

jueves, 2 de febrero de 2023

The Crown

¿Cómo es posible que una serie de televisión que aborda un asunto a priori tan soso como es la historia de la monarquía británica durante el siglo XX vaya ya por su cuarta temporada, obteniendo premios y mejorando año tras año sus niveles de audiencia y sus calificaciones en páginas especializadas como Rotten Tomatoes? Esta fue la pregunta que aproximadamente hace dos años me hice con motivo del sonado estreno de su cuarta entrega en Netflix. El atractivo que hasta ese momento tenía para mí el asunto, el justo. Siempre me ha parecido la inglesa una de las familias reales más aburridas, viviendo en un universo absolutamente alternativo, exento de preocupaciones y plagado de lujos. Que en el Reino Unido tuviese éxito la serie tenía su explicación por lo arraigada que se encuentra la institución real en la cultura británica, pero que triunfase también en el resto del continente, era algo que no me podía explicar.

Así pues, ni corto ni perezoso, me sumergí en "The crown" con esa sensación de "no voy a aguantar ni dos capítulos" que me asalta frente a series de éxito que intuyo me van a defraudar. Mi sorpresa fue mayúscula y hoy, tras haber finalizado la quinta temporada y rezando para que la siguiente no tarde otros dos años en ver la luz, puedo responder a la pregunta que en su día me hice.


En primer lugar está el elenco de actores, la gran mayoría de origen británico, que interpretan a los miembros de la realeza, primeros ministros y otros personajes históricos de relevancia en el devenir de la historia de Inglaterra durante el siglo XX. Creo que no hay ninguno que cojee en su interpretación, brillando todos a un altísimo nivel interpretativo. Uno de los principales (y necesarios) aciertos que tiene la serie es que para cada época narrada el personaje es interpretado por un actor diferente, de edad similar a la que los personajes reales tenían en aquel momento. Así, por ejemplo, la reina Isabel es interpretada en su juventud por Claire Elizabeth Foy, en su primera madurez por Olivia Colman y en esta última temporada, en que la vejez se empieza a cernir sobre la reina, por Imelda Stauton. Pero hay personajes cuya presencia en la serie no tiene la misma continuidad, como John Lithgow, increible en el papel de Winston Churchill o Gillian Anderson como Margaret Thatcher, que ofrecen un auténtico recital de virtuosismo actoral y dan una gran credibilidad a la historia.

En segundo lugar está la selección que los realizadores han hecho de los episodios más relevantes del reinado de Isabel II  y la manera en que se abordan los hechos. La originalidad es una de las garantías de calidad de este producto y es claramente apreciable en la forma en que nos invitan a conocer, por ejemplo, hechos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, el suceso de la gran niebla tóxica que asoló Londres en diciembre de 1952 o la irrupción de Dodi Al-Fayed en la vida de la princesa Diana. Todos los capítulos arrancan de una manera única y con una calidad cinematográfica impresionante.

Los escenarios y las localizaciones en las que se ha rodado hasta la fecha "The Crown", aun no siendo las verdaderas, recrean con absoluta precisión los palacios de Buckingham o Kensington y la abadía de Westminster, entre otras. En cuanto a las exteriores, cabe mencionar que tanto Málaga, donde se recrea el viaje de la reina Isabel II y su marido Felipe a Australia, y Barcelona, ciudad en la que se grabaron los planos correspondientes a las escenas parisienses, son algunas de las ubicaciones utilizadas. La majestuosidad de los decorados, la elegancia del vestuario y una fotografía excepcional convierten la serie en un espectáculo visual deslumbrante.


Que nadie que se aventure a ver esta serie espere el trepidante ritmo de series como "Stranger things", giros de guión como los de "Juego de tronos" o diálogos como los de "Peaky Blinders". Es una serie sobria, elegante e inteligente, magistralmente construida, pero con una cadencia pausada y muy particular no apta para todos los públicos. No hay sustos, ni persecuciones por los tejados ni carreras de coches. No hay misterios que resolver ni grandes dramas que nos hagan llorar. Pero es, sin lugar a dudas, una de esas series que son fiel reflejo de una época histórica y en la que los personajes y las relaciones que entre ellos y con el resto del mundo mantienen se convierten en los pilares que soportan todo el edificio.

Pero si te gusta la Historia o si eres un fanático de las grandes interpretaciones y el cine de calidad, no dudes en verla. Te garantizo que no te defraudará.



jueves, 19 de enero de 2023

Entrenador Mosley

Las palabras de un entrenador pueden cambiar radicalmente la vida de un chaval. 

Esta frase, que el entrenador de baloncesto del East Los Angeles College pronuncia en el último capítulo de Last Chance U Basketball, resume lo que esta docuserie deportiva propone. Porque, si bien los capítulos giran en torno a la vida de los chavales con problemas que llegan al centro y que intentan aprovechar, a través del baloncesto, una de las últimas oportunidades que les quedan para enderezar sus vidas, es su figura la que protagoniza realmente esta inspiradora historia.

El deporte y la juventud están íntimamente ligados y, siendo como es la adolescencia una etapa de conflictos internos de amplio espectro, la influencia que un entrenador (de cualquier disciplina) tiene sobre los jóvenes a su cargo no es nada desdeñable. A mí me ocurre a veces que mis hijos no han seguido ciertos consejos que les he podido ofrecer en momentos concretos, no necesariamente relacionados con el baloncesto, hasta que sus entrenadores se han expresado en términos similares.Y entonces, sí, eso pasa a ser palabra sagrada. En el caso de los alumnos del ELAC esto se eleva a la enésima potencia, dado que hablamos de jóvenes que tienen serios problemas de adaptación. 

John Mosley dirige desde hace veinte años un programa de apoyo a estudiantes de entre diecinueve y veintidós años que han tomado malas decisiones en su vida o que se han visto perjudicados por las tomadas por sus padres. Todos ellos tienen en común dos cosas: su pasión por el baloncesto y la necesidad perentoria de aprobar sus estudios preuniversitarios para obtener una beca deportiva en alguna Universidad que les pernita acceder a una vida más digna. Y el entrenador Mosley se convierte para ellos, durante los dos años que pueden permanecer en el colegio, en tutor, sargento, hermano, padre y todo lo que sea necesario para que al menos unos pocos alcancen su objetivo.

Durante las dos temporadas que actualmente pueden verse en Netflix -y no parece que vaya a ver más por la manera en que se cierra la segunda- seguiremos muy de cerca a las dos últimas promociones que han pasado por el ELAC y los esfuerzos que Mosley y su equipo de entrenadores hacen para que estos muchachos puedan integrarse en la sociedad en base a unos valores centrados en la unidad y el esfuerzo. No seremos capaces de enfadarnos con el coach cuando le veamos forzar los límites deportivos y personales del grupo con el fin de obligarles a madurar y ser conscientes de la precaria situación personal en la que se encuentran y el pobre futuro que puede esperarles a cada uno de ellos si no exprimen la oportunidad que se les brinda. Y no lo haremos porque también nosotros nos sentiremos parte de ese cuerpo técnico cuyo único objetivo es ayudarles a ser mejores para que puedan labrarse, ya no una carrera deportiva (algo que indudablemente sí tienen en mente los jugadores), sino un porvenir que les haga sentirse orgullosos de ellos mismos.


Sudaremos, lloraremos y, sobre todo, lucharemos con ellos en cada entrenamiento y partido. Nos implicaremos en cada historia y llegaremos a desear estar en ese vestuario, formar parte de todo lo que envuelve al grupo. Estudiaremos con ellos, ya que de nada les servirán sus capacidades físicas si no logran sacar también adelante sus exámenes. Nos preguntaremos en ocasiones si trabajar con el entrenador Mosley ha sido una nueva mala decisión y llegaremos, como ellos, a odiarle en esos instantes. Pero también le agradeceremos, cuando todo termine, los desvelos que a nuestra cuenta ha padecido, lo que nos ha enseñado al obligarnos a superar, no sólo al rival, sino a nosotros mismos.


La fórmula no es nueva. Hay muchos paralelismos entre esta serie y la película Coach Carter, de Samuel L, Jackson, posiblemente una de las mejores películas de la Historia sobre el mundo del baloncesto. Además, la franquicia Last Chance U se inició ya hace unos años con el rugby, estando también disponibles en Netflix las cinco temporadas existentes. Pero, a pesar de no ser un concepto nuevo, engancha desde el primer momento gracias a una cuidada realización.

Si bien las tomas de cancha están grabadas con dinamismo para que vibremos con la espectacularidad del baloncesto americano, que es lo que cualquier aficionado al deporte busca en un formato de estas características, el valor humano y educativo de este documental lo convierten en una pieza indispensable para todo aquel cuya labor implique trabajar en la formación de gente joven: profesores, psicólogos, instructores, padres y, por supuesto, entrenadores. 

Porque, como nos enseña el entrenador Mosley, las palabras de un entrenador pueden cambiar la vida de los chavales.

lunes, 2 de enero de 2023

El nuevo Verano Azul

Pues me lo creí, piqué como un idiota. Vaya en mi descargo que no sé en qué día vivo y que no son los Santos Inocentes una celebración que en casa tengamos muy presente. Y que me habría hecho mucha ilusión, sobre todo por los nombres que hipotéticamente iban a participar en el remake de Verano azul.

Cuando Chanquete se murió, yo había cumplido ocho años, así que las lágrimas y la conmoción duraron varias semanas. Inevitable. Como cuando David el Gnomo se convirtió en árbol. Por mucho que aquella imagen pretendiese evitar traumas a nuestras inocentes seseras, para mí fue otra de esas muertes televisivas devastadoras que marcan tu infancia. ¿Se emocionan o traumatizan hoy los niños de la misma manera que lo hacíamos nosotros cuando nuestros personajes ficticios más queridos desaparecían de nuestras vidas? Quizá con Amador, el de La que se avecina, si decidiesen borrarle de la serie, cosa que dudo. Porque no sé los de los demás, pero mis hijos le adoran.


Es que tú fíjate, es una broma que no nos importaría tragarnos, al menos a mí, tal y como está planteada. Comenzando por el elegido para liderar este remake, que no sería otro que Fernando León de Aranoa, garantía de calidad en todos sus proyectos y que ha demostrado, en obras como Los lunes al sol o la más reciente Sintiéndolo mucho, ser un maestro a la hora de reflejar los sufrimientos y las pasiones de sus personajes. Y Verano azul, por mucho que fuese un fenómeno de masas en los años ochenta, apuntaba directamente a los corazones de los espectadores a través de unos personajes muy cercanos en los que todos, de una u otra manera, nos reconocíamos.

Y hablando de los protagonistas, los actores supuestamente seleccionados para encarnar a los personajes adultos, podrán gustar más o menos, pero a mí me iban generando, según iba cayendo en la trampa, una expectación más que justificada. Karra Elejalde interpretando a un Chanquete moderno, menudo desafío habría supuesto para el actor vasco, más que capacitado, a mi parecer, para enriquecer al personaje con nuevos matices. Elena Rivero, una habitual de nuestras series desde su aparición en Cuéntame cómo pasó, nos traería de vuelta a Julia, la pintora. Como padres de los miembros de la pandilla, un grupo de actores que son un auténtico lujo para cualquier director: Maribel Verdú, Rodolfo Sancho, Candela Peña, Fernando Tejero, Ana Turpin, Willy Toledo y el propio Juanjo Artero (el Javi de la serie original). 

Si la inocentada chirriaba por algún lado era con el elenco infantil, mencionándose como candidatos entre otros a Carlos Higes, nuestro último representante en Eurovisión Junior, o Josetxo, ganador de Masterchef Junior. Pero, aún siendo bastante incongruente la elección de estos chavales para interpretar a Javi y Quique respectivamente, yo seguía tragándome la bola. 

Que la música también se ajustaría a los nuevos tiempos, que C. Tangana sería el encargado de adaptar la mítica canción de cabecera y que Quevedo tendría un papel importante en la banda sonora no me descolocó demasiado. Hay que intentar enganchar a nuestros jóvenes para repetir el éxito cosechado con la versión original, pensé, así que conmigo la broma aún funcionaba.

Que la acción se desarrollaría en esta ocasión en la Playa de los Locos en Suances, en vez de en Nerja, me parecía a priori irrelevante, aunque llegué a interpretar el cambio de localización como una intención de recrear las andanzas de los chavales en un escenario diferente, con una luz distinta. Incluso llegué a plantearme optimista los temas que podrían abordarse en este remake: la delincuencia juvenil, la dependencia tecnológica, la xenofobia o la manera tan radicalmente diferente de entender el sexo entre nuestra generación y la actual.

Inocente, inocente. Me tocó retocar esta entrada para no caer en el mayor de los ridículos si la publicaba.

Pero, ¿os imagináis? Piraña ya no comería bocatas, sino kebabs, que pediría a Glovo desde su Iphone 11. Bea ya no se sonrojaría ante los torpes escarceos de Javi y Pancho, sino que sería ella la que les sacaría los colores bailándoles atrevida un reggaeton. Desi no usaría gafas, sino lentillas. Javi sería un gay reprimido y Julia una lesbiana despechada viviendo un verano de desenfreno, por eso de acoger en la serie a la comunidad LGTQB, y Pancho sería un mulato con muchas horas de gimnasio, por el tema interacial. A Tito ya no se le pondria cara de besugo viendo a las chicas pasearse en bikini por la playa, sino que les pediría su insta a todas y cada una de ellas.

En cualquier caso habría sido bonito volver a cantar el No nos moverán a ritmo de María Becerra y a silbar aquella melodía que a nuestra generación le hace recordar inevitablemente a ese grupo de niños que vivía el verano tal y como nosotros lo hacíamos.


Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?