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sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


viernes, 9 de febrero de 2024

Zorra

Aunque han pasado ya unos cuantos días desde que resultara elegida como canción que representará a nuestro país en el próximo festival de Eurovisión, no me quería quedar con las ganas de comentar la jugada. Porque a mí el sarao este me parece ya un despropósito de magnitudes apocalípticas. Y es que, en el intento de RTVE por reinventarse y mantener la atención del público, el susodicho certamen se ha convertido en una pasarela de monigotes, esperpentos y aspirantes a famosillos que me provocan a veces auténticas arcadas. No he sido nunca yo demasiado eurovisivo y a buen seguro estaré, en opinión de muchos, completamente incapacitado para emitir opiniones al respecto, pero mi libertad de expresión - y mucho más en mi terreno, es decir, aquí, en este blog - me empuja a no callármelas ni debajo del agua. 

Siempre he ido a contrapié con este festival: cuando Bravo y su Lady lady consiguieron un tercer puesto tras el batacazo de Remedios Amaya y su barca, yo escuchaba a Parchís y a Enrique y Ana; cuando la Década Prodigiosa y su Made in Spain sonaba en las emisoras del país a todas horas, yo estaba en mi fase de rock patrio ochentero;  cuando nos representó un jovencísimo (y feo) Sergio Dalma con Bailar pegados, yo me encontraba - musicalmente hablando - en las Antípodas de las baladitas ñoñas con perfume italiano y sacudía mi exigua melena con Aerosmith, Van Halen o Bon Jovi; con el fenómeno OT, como casi todos los españoles, me enganché al Europe's living a celebration de Rosa López, aunque llegado el día señalado estaba hasta la glotis de la cancioncita y me encerré en mi habitación a escuchar a Estopa; y así, sucesivamente. Y estos últimos años, para qué negarlo, mirando el concurso por encima del hombro, incrédulo ante nuestra falta de buen gusto. 



Y este año iba por el mismo camino, es decir, desdén e indiferencia absoluta hacia todo lo relacionado con esta pantomima musical, pero por casualidad cayó en mis manos el listado de artistas que iban a participar en el Benidorm Fest y debo confesar que me entusiasmé porque algunos de los artistas incluidos son de mi agrado y pensé que sí, que este año por fin llevaríamos un tema en condiciones. Que ganase o no era otra cosa. Pero al menos presentar una canción de la que pudiera sentirme orgulloso. Marlena y su Amor de verano era mi favorita. Las sigo desde hace un par de años, cuando su Me sabe mal fue una de las canciones del verano. Me hipnotiza la voz de Ana y sus melodías son optimistas y bailables. Pero también se presentaba uno de mis más recientes descubrimientos, Miss Cafeina. O Lérica y María Peláe, que sin volverme loco, se dejan escuchar. Localicé una playlist en Deezer con las dieciséis canciones y me quedé absolutamente horrorizado. Por Dios, qué desastre de selección. Y la que menos me gustó, con diferencia, fue Zorra. Y pensé: "ya está, esa va a ser". Y si no, por ahí le andará. Toma ya, En el blanco. Otro año que ni me molestaré en consultar las redes sociales para ver cómo hemos quedado.

Si salgo sola, soy la zorra
Si me divierto, la más zorra
Si alargo y se me hace de día,
Soy más zorra todavía 

Pura poesía y musicalidad, sí, señor. Original y con mensaje. Que Sabina no la escuche, por favor, que se da un garbeo hasta el Wizink y se tira - esta vez de cabeza - desde el escenario y sin bombín  Acabaremos todos tarareándola, por supuesto, de eso no me cabe ninguna duda. Y ¿quién sabe? En el escenario tan LGBTQ+ en que se ha convertido Eurovision a lo mejor hasta ganamos. Pero con la música tan variada que se produce en este país y la calidad y el arte que tienen muchos de nuestros artistas, vergüenza me da que nos represente esta bazofia electrónica cuyo único mérito reside en el impacto de repetir la palabreja que le da título al tema en cada verso. Supongo que no hay otra manera de que este tipo de músicos consiga enlazar dos rimas. Así nos va: en los últimos 20 años sólo Channel y su SloMo (que tampoco es que sea una obra maestra) ha logrado quedar entre las diez canciones más votadas. 


Yo, visto lo visto, iba preparando para el año que viene una versión a lo David Ghetta de Paquito, el chocolatero, interpretada a ser posible por Don José Luis Zapatero y Don Mariano Rajoy, ambos equipados con el último modelito de Cristina Pedroche y coros a cargo del Cholo Simeone y de Yolanda Díaz. ¿Qué no? Pues yo creo que triunfábamos. Total: puestos a ponernos en ridículo, hagámoslo con un poco más de originalidad.

sábado, 18 de noviembre de 2023

Un Red Bull para las musas

Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.




Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.

Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro  hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.



No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


martes, 3 de octubre de 2023

Lo que la cancha nos da: la legión extranjera

Hay quien afirma que toda esta historia empezó con Luka Doncic, que él fue el primero de muchos, aunque yo estoy convencido de que todo esto se inició mucho antes, cuando las fronteras entre países y continentes se abrieron al libre mercado. También aseguran que fue Alberto Angulo, coordinador de la cantera de baloncesto del Real Madrid, con aquella incorporación procedente de Eslovenia al equipo infantil del club blanco, quien abrió las puertas de nuestro baloncesto base a las decenas de serbios, letones, senegaleses, nigerianos, rumanos y demás "chavales" de lejanos países que poco a poco han ido invadiendo nuestras canchas. No me atrevería yo a calificarle de precursor de este desatino, o al menos no sé hasta qué punto se le podría responsabilizar de lo que luego ha ido ocurriendo en nuestro baloncesto. Dicen también que no hay nada que se pueda hacer para detener este fenómeno y, de hecho, por lo que yo observo cada fin de semana en los distintos pabellones de Madrid, el asunto está más que asumido por jugadores, padres, entrenadores, árbitros y por todos los estamentos deportivos de la Comunidad y del propio Gobierno. Unos atribuyen la negligencia a la hora de poner freno a este hecho - o al menos a minimizar su impacto - a la Federación de Baloncesto de Madrid, otros a la Española y otros al Consejo Superior de Deportes. En cualquier caso, el daño (no puedo llamarlo de otra manera) ya está hecho. Y no seré yo quien proponga una solución, ya que intuyo que el entramado legal y los intereses económicos sobre los que se sostiene todo este sistema son demasiado complejos para alguien como yo, que no tengo conocimiento de primera mano sobre ello sino que me baso en lo que leo y lo que escucho. Pero como siempre - y en eso los españolitos de a pie hemos cursado varios máster - me queda el derecho al pataleo.

Entrecomillaba lo de "chavales" porque observando los rasgos físicos de algunos de estos jugadores, especialmente los procedentes de África, uno alberga serias dudas de que tengan la edad que en sus papeles figura. Creo que no supone motivo alguno de discusión a estas alturas del siglo XXI que los hombres de raza negra, por razones principalmente genéticas, suelen desarrollarse más y mucho más rápido que los miembros del resto de etnias. No es extraño por lo tanto que en la NBA, la competición de baloncesto más exigente del mundo, haya muchos más jugadores de color que blancos. Pero, a pesar de todo eso, un niño de trece o catorce años sigue siendo un niño en Madrid, Tokio o Nairobi y hay poco margen para las equivocaciones, aunque el individuo mida más de dos metros y calce un cincuenta. Por no hablar de su actitud sobre el parqué o incluso, si les observas con atención, fuera de la cancha. Durante estos años he visto jugar en categorías cadete, infantil o incluso pre infantil a chicos que difícilmente podían tener menos de diecinueve años. Por el tono muscular, por los rasgos faciales, por los bigotes que lucen, más propios de treintañeros que de púberes en pleno crecimiento, y también por la forma de moverse y actuar en la cancha. También he visto, por el contrario, a otros de rasgos indudablemente infantiles, más largos que un día sin pan, eso sí, pero con la inocencia y el susto todavía bailando un zapateado en sus miradas. Pero lo cierto es que el sistema es un coladero, algo de lo que muchos se aprovechan para su beneficio personal o corporativo. Han proliferado los ojeadores que se recorren el continente africano, incluso los poblados más recónditos, a la búsqueda de la gallina de los huevos de oro que poder vender al mejor postor en Europa. En algunos casos los chavales no saben ni qué edad tienen en realidad, pero no debe resultar difícil, por lo que aquí calificaríamos simplemente como una "propinilla", que algún funcionario firme un documento oficial que certifique que el niño tiene catorce años cuando en realidad ya tiene dieciocho. Y cuando llega a Europa, el país receptor debe asumir que lo que se indica en los documentos es cierto. Algunos clubes de cantera, por supuesto, también se aprovechan de ello, dado que esos jugadores no sólo les ayudan a subir un nivel en lo deportivo, sino que además, si realmente hay buenos mimbres y se hace un buen trabajo con el jugador, pueden incluso obtener un beneficio económico considerable si logran colocárselo a un equipo profesional europeo. Y se benefician también las Federaciones, al menos la de Madrid, cuyo reglamento al respecto es sorprendentemente laxo y prácticamente les autoriza a convocar al recién llegado para defender los colores de la Comunidad sin apenas haber pisado el avión el aeropuerto de Barajas.



El caso de los jugadores balcánicos es diferente, dado que suele haber pocas dudas sobre posibles fraudes relacionados con la fecha de nacimiento y tampoco suelen poseer unas cualidades físicas superiores a las de un Pepe o un Manolo. Si atraen a los clubes por alguna razón es porque, debido a la cultura baloncestística que existe en esa zona del planeta, se trata de jugadores dotados de una técnica exquisita para este deporte y por ello son también un caramelo para quienes han adoptado esta filosofía globalizadora, con la que a quien más se perjudica, por mucho que me quieran vender algunos lo contrario, es a los niños madrileños que disfrutan con el baloncesto y sueñan con llegar a dedicarse profesionalmente a ello. Se me ocurre un ejemplo muy representativo de lo que pretendo explicar. Hace unos cinco o seis años la Federación de Baloncesto de Madrid, en plena polémica por este asunto, tuvo el cuajo de presentar al Campeonato de España de Comunidades Autónomas de categoría cadete una selección en la que tan sólo había tres jugadores nacidos en España. El resto eran todos foráneos, algunos sin llevar ni siquiera en nuestro país tres meses. Creo que nunca me he alegrado tanto de que Cataluña, con doce jugadores de su propia cantera, ganase aquel torneo. Chicos madrileños que llevaban dos o tres años trabajando para ese evento se tuvieron que quedar en sus casas para hacer hueco a otros que, en opinión de la Federación, eran más madrileños que ellos.

Tanto ha crecido el asunto que han nacido nuevos clubes que se hacen llamar Academies o que se han reconvertido y han decidido seguir esta filosofía de anteponer la victoria a la formación. Entre los primeros cabe destacar SBA (Spanish Basketball Academy), plagado de balcanicos, o incluso el recién creado Pablo Laso Academy (también se me ha caído ese mito). Entre los segundos, destacan Torrelodones y Torrejón, que suelen presentar en sus rosters un par de "chavales" de dudosa legalidad. El colmo de este despropósito, si hacemos caso a los insistentes rumores que circularon al respecto, se produjo hace también unos cuatro años en Alcalá, cuando el padre adinerado de uno de los jugadores, decidió que su hijo tenia que ir a un Campeonato de España de Clubes y se trajo, pagándolo de su bolsillo y garantizando a la criatura alojamiento, manutención y estudios, un africano absolutamente dominador para intentar conseguirlo. No lo consiguió. Otro ejemplo: un chico de San Agustín de Guadalix, que hoy juega en el primer equipo de Fuenlabrada y que coincidió en Infantil con Sergio en el Real Madrid en categoría Infantil nos confesó hace un par de años, cuando él militaba en Zentro Basket y nos enfrentábamos a ellos, que menos mal que se manejaba bien con el inglés, ya que si no fuera por eso ni se enteraría de lo que se hablaba en los entrenamientos. 



No se escapan los grandes clubes de la cantera madrileña de este circo. Real Madrid (por supuesto), Estudiantes o Fuenlabrada han entrado también en este juego, aunque en el caso de los dos últimos, imagino que por problemas presupuestarios, parece que han aflojado o incluso han desistido de seguir por ese camino, y vuelven a trabajar, casi totalmente, sólo con chicos españoles. Han sido muchos, no obstante, los clubes que se han resistido durante estos años a esta marea, pero la gran mayoría se ven forzados a competir en Plata y Bronce (Segunda y Tercera División) y los que resisten en Oro, con una filosofía similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol, se pueden contar casi con los dedos de una mano (Canoe, Alcorcón Basket, Alcobendas, Las Rozas o Tres Cantos). Tienen mucho mérito, en esta realidad, esos clubes que, sea en Oro o en Bronce, siguen comprometiéndose con los chavales madrileños y que, incluso los que tienen presupuesto para ello, se nieguen a entrar en esta dinámica y mantengan su compromiso de seguir formando y enseñando a nuestros hijos.

Nos lamentamos luego de que en la ACB, la liga profesional de baloncesto en España, siete de cada diez jugadores sean extranjeros. O de que en el Real Madrid-Barcelona de este pasado fin de semana sólo hubiera, entre los veinticuatro jugadores convocados, ocho españoles y de que tan sólo uno fuera titular. Nos parece sorprendente que tipos con tanto talento y futuro como Juan Núñez tengan que emigrar a Alemania para poder jugar. Nos escandaliza que promesas como Aday Mara, Baba Miller o Izan Almansa opten por abandonar España y probar suerte en los Estados Unidos. ¿Qué esperábamos? Como ocurre en casi todos los ámbitos, sólo reconocemos el talento cuando se aleja de nosotros y amenaza con convertirse en propiedad de otros.

Hay quienes sostienen que esto es positivo para nuestro baloncesto. Que los que lleguen a la Selección Española Absoluta, lo harán más preparados física y mentalmente. Que eso nos permitirá competir a un nivel más alto en los grandes eventos baloncestísticos del planeta. Que la gloria nos espera a la vuelta de la esquina. Está por verse. A nivel nacional salimos ahora de una etapa repleta de grandes éxitos, cosechados precisamente por una generación de jugadores que disfrutaron de la oportunidad de formarse arropados por el sistema tradicional de formación y de competición, donde los recursos humanos y económicos invertidos por el Ministerio y por las Federaciones correspondientes se destinaban exclusivamente a su desarrollo deportivo y humano. El efecto que todo esto tendrá en nuestro baloncesto está aún por determinarse. Por el momento, y durante los pocos o muchos años que me queden de poder disfrutar de mis hijos en una cancha de baloncesto, seguiré admirando la valentía con la que se plantan sobre el parqué frente a tipos que pesan veinte kilos más que ellos y que les sacan tres cabezas. Y lo haré mordiéndome las uñas, desviando la mirada cuando tengan un encontronazo con cualquiera de ellos durante un lance del juego, temiendo que en el topetazo salgan mal parados. Y seguiré bromeando con ellos sobre la posibilidad de que los hijos de ese jugador, al que han tenido que defender hoy y que supuestamente tiene su misma edad, estaban en la grada jaleando a su padre.






miércoles, 27 de septiembre de 2023

Fábula de los conejos

Nunca ha sido Ismael Serrano uno de mis cantautores favoritos. Me cuesta encontrarle el punto, pero lo mismo me ocurre con Serrat y dudo que ni yo ni nadie se atreva a desdeñar su arte, así que escucho de tarde en tarde sus canciones porque, a pesar de mis vastas limitaciones, entre los versos de uno y de otro siempre doy con alguna historia que despierta mi interés o con alguna frase que me atrapa entre sus redes. Tienen este tipo de individuos, sin lugar a dudas, más de poetas que de cantantes. No hay que irse muy lejos para encontrar el mejor de los ejemplos: justo ahí al lado, en la Calle Melancolía, habita Sabina, un inigualable poeta que es, al mismo tiempo, un deficiente cantante.


Sea como sea, en el último disco de Ismael Serrano he encontrado una pequeña joya, llamada "Fábula de los conejos" que ejemplifica y representa, en estos tiempos esperpénticos de elecciones generales en pleno mes de julio, investiduras, amnistías y habituales reproches entre los que afirman ser la izquierda de este país, los que hacen otro tanto por el lado opuesto y los que les hacen los coros a ambas facciones, el dislate político en el que vivimos desde hace ya unos cuantos años. Yo, como españolito de a pie y miembro en pleno derecho de esta colonia de conejos, estoy ya muy, pero que muy cansado. Que ya sé que en realidad el único derecho que en realidad me queda -no hace falta que nadie me lo recuerde- es el del pataleo. Viene a contar este cuentecillo musical de Ismael que, habiendo puesto los conejos suficiente distancia con los lobos, al escapar de sus fauces, se detuvieron a tomar resuello y les dio por ponerse a hablar. Que si hay que ir a la guerra contra nuestros depredadores, que si quién de nosotros es el más apto para liderarnos, que si tal vez deberíamos montar una asamblea para decidirlo, que si eso no es necesario porque no cabe duda de que yo soy el más apropiado, que si déjame que me ría, etc. Y mientras ellos discutían bobadas, llegaron los lobos y les dieron alcance. Inmersos en ese bucle estamos en este país durante este siglo XXI: cuando creemos haber superado una crisis, nuestros líderes políticos nos abocan indefectiblemente a otra porque, mientras se la miden para ver quien la tiene más grande, se descuidan y los problemas nos vuelven a cercar.

Y luego están los medios de comunicación, que no dejan de ser herramientas que los partidos utilizan de manera sibilina para inclinar la balanza de la opinión pública hacia su flanco. El Cuarto Poder lo llaman y con razón. Una vez más, de un mismo hecho, los dos diarios de información general informan de manera muy diferente. Dice El Mundo; aliado tradicional de la derecha y fan incondicional del candidato del PP, que "Sánchez desprecia al Congreso", haciendo alusión a su negativa a rebatir a Feijoo en el primer día del debate de investidura y a enviar en su lugar al estrado a uno de los miembros de su cohorte. El País, siempre más a la izquierda que su contrincante periodístico, titula "Sánchez descoloca al PP". ¿Se trata entonces de desprecio o de una maniobra de distracción? ¿Es el Congreso el agraviado o lo es el PP? Pues según el periódico que leas, puede ser que te formes una opinión u otra. 

Y mientras tanto, los conejos permanecemos en nuestra madriguera, haciendo malabarismos para que nuestros gazapos puedan estudiar, se alimenten y puedan vestirse con algo más decente que un taparrabos, para que la luz siga llegando a nuestro hogar por las noches y para que no pasemos frío este invierno, para que el precio de la gasolina y los préstamos hipotecarios no nos terminen de ahogar, mientras nos conformamos con las escasas migajas que los poderosos dejan de vez en cuando caer sobre nuestras praderas en forma de Bono Cultural o Ayudas Sociales y nos entretenemos viendo programas del corazón y partidos de fútbol. Y a todo esto, Lorena Castell riéndose de todos nosotros...

Y de esta manera, queridos amigos, el año 2023 se nos irá de las manos escuchando cómo los aullidos de los lobos se van acercando cada vez más y sin terminar de decidir quién nos gobernará en este país de toros y pandereta.


miércoles, 30 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: Juan Núñez

No fue la primera vez que le veía jugar, pero sí la primera que consiguió dejarme completamente boquiabierto. Él tenía sólo diez años y era su primera temporada compitiendo a nivel federado, aunque Miguel, su padre, había sido entrenador durante muchos años en Canoe y es de suponer que el chaval debía haber mamado ya buenas dosis de baloncesto en casa. Se disputaba la final del Campeonato de Clubes de Madrid en categoría Alevin. Fue el amo y señor del partido, pero lo más sorprendente, desde mi punto de vista, sucedió cuando tan sólo restaban unos segundos para concluir el encuentro. Incluso a mí, que aún no sabía apenas nada de este deporte, me llamaron la atención su temple y su inteligencia. Alcorcón Basket ganaba por pocos puntos, cuatro tal vez, no lo recuerdo con exactitud, y tenían la posesión del balón. Pidió la bola y, en vez de precipitarse hacia la canasta contraria como haría casi cualquier niño de esa edad, buscó con la mirada el marcador electrónico para ver cuánto tiempo quedaba y, metafóricamente hablando, le cantó una nana a la pelota. Nadie más, ni rivales ni compañeros, pudo tocarla hasta que sonó el bocinazo que indicaba el final del partido y Alcorcón Basket estalló de júbilo con el primer título de su historia. No fue la excelente visión de juego que le ha caracterizado siempre o el clásico pase en largo a una mano que siempre le definió los que me hicieron sospechar que aquel chaval era distinto. Fue ese control de los tiempos, esa madurez para decidir qué hacer cualquier otra cosa que no fuera dormir el partido podría perjudicar a su equipo, lo que me dejó anonadado. Resulta extraño ver algo así en un crío de tan corta edad y de ahí mi asombro.


Durante los meses siguientes tuvimos la fortuna de coincidir con mucha frecuencia con él y con sus padres, gente cordial, sencilla y de conversación variada y amena, dado que tanto Sergio como, por supuesto, Juan eran convocados para todas las jornadas de preparación que la Federación de Madrid organizaba para el Campeonato de España de Seleccones Autonómicas a celebrar en Cádiz. Él ya había fichado por el Real Madrid, un año antes de lo que es habitual, y su baloncesto estaba creciendo a un ritmo imparable. Detrás del artista que desplegaba su talento sobre la cancha, en el trato más cercano, era un niño que en presencia de adultos se comportaba con educación y que escuchaba, respetuoso, lo que a su alrededor se hablaba, mirando a los ojos a su interlocutor y exhibiendo esa media sonrisa picaruela que aún conserva. De lo que observábamos de su relación con los compañeros, nos llamaba la atención que, sin ser el más travieso, ni el más introvertido, sin destacar en su comportamiento para bien o para mal en ningún sentido, todos los demás orbitaban de manera natural alrededor de él y buscaban su aprobación. Nunca le vi, como a otros, reirse a carcajadas, pero en sus ojos podía percibirse que se lo pasaba bien en ese ambiente. Si alguna vez se enfadaba era consigo mismo, nunca con los demás. Un líder silencioso. Creo que todos los que conformábamos aquel grupo, entrenadores, padres y chavales, teníamos claro que si alguno de los doce que formaban aquel equipo llegaba algún día a poder vivir del baloncesto, sería seguramente él.

Si mi hijo Sergio tuvo su minuto de gloria fue en buena medida gracias a Juan. Ocurrió en la final de aquel Campeonato entre Madrid y Cataluña. Con el marcador aún apretado, el rival tiró a canasta, el balón no entró y el rebote lo cogió uno de nuestros jugadores altos, tal vez Harold, Sediq (el hermano de Usman Garuba) o Baba Miller (otro crack del que un día hablaré). Entregó inmediatamente el balón al base, a Juan, que con uno de esos recursos que había adquirido en su época en el balonmano, donde también brilló, lanzó un pase largo a la pista contraria, donde ya corría Sergio, que recibió y sin oposición, machacó el aro. Creo que nunca dejaré de presumir, a la vista de lo que Juan está haciendo en este Mundial y de los éxitos que le esperan, de que fue él quien le brindó aquella asistencia a mi hijo.


Coincidieron los dos un año después en el Real Madrid, donde Juan ya se había convertido en una de las más firmes promesas del baloncesto nacional. Sólo eran infantiles, pero él ya dejaba en cada campo algún detalle de crack mundial, y jugaba en muchas ocasiones con los cadetes porque tenía nivel para ello. Su palmarés en categorías inferiores, tanto con el Real Madrid como con la Selección española empezaba a ser alucinante y tuvimos la suerte de poder compartir y celebrar con su familia un Campeonato de Madrid, un Campeonato de España de Clubes en Pontevedra y una Minicopa en Canarias, experiencia esta última que siempre recordaré por una comida inolvidable que compartimos con sus padres y con los de Jorge Rosón, otro de los componentes de aquel equipo.

Le veo hoy en las portadas de los periódicos por todo lo que, con sólo diecinueve años, ha conseguido en Alemania y lo que está haciendo en el Mundial y me invade una agradable sensación: la de ver cómo uno de esos chavales que aún creían en el Ratoncito Pérez cuando les conocimos está cumpliendo no sólo sus sueños, sino también, de alguna manera, los de todos los que algún día jugaron con él y no lograron llegar hasta donde él ya ha llegado. No siento envidia de que no sea mi hijo el que esté ahí, frente a las cámaras, defendiendo su derecho a divertirse y su obligación de hacer mejores a los compañeros, que ha sido desde que le vimos por primera vez lo que siempre ha hecho en todas las canchas en las que ha jugado: disfrutar y ayudar a que los compañeros también lo hagan. Lo que siento, viéndole vestir la camiseta de la Selección absoluta, es un enorme orgullo de que mi hijo, aunque haya sido de manera efímera, haya formado parte, de algún modo, de la historia de Juan Núñez, un jugador al que estoy convencido, como ya intuíamos hace siete u ocho años, le espera una larga carrera llena de éxitos.









viernes, 25 de agosto de 2023

Qué manera tan triste de ver la vida pasar

Aunque creo haber aprendido por fin a someterlos a mi voluntad, al menos en el cara a cara, ya que aquí, en el blog, es otra historia, se me llevan los demonios cuando veo a mis seres más queridos desperdiciar horas, quemar neuronas y atrofiar funciones cerebrales visionando en bucle ridículos vídeos en Tik Tok, historias insustanciales en Instagram y buceando en los estados de sus contactos en Facebook o en Whatsapp. Especialmente cuando se trata de niños o adolescentes. Me repatea hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.


Sí, sí, ya sé que cada cual emplea su tiempo en lo que le apetece y mejor le parece, y por ello unos leemos o escribimos y otros viven pendientes de la última foto o vídeo que Fulanito y Menganita han subido a las redes. Unos, hasta que no hemos desayunado, no le echamos un vistazo al móvil y otros se tiran media hora en la cama vagabundeando por las redes sociales hasta que deciden finalmente ponerse en marcha. Que todos, incluido yo mismo, le echamos un vistazo a estas cosas de vez en cuando, pero yo me refiero a los que son capaces de permanecer tirados en la cama o en el sofá durante tres horas largas sin realizar ninguna otra actividad más que deslizar el dedo de arriba a abajo o de derecha a izquierda sobre la pantalla táctil del dispositivo. Y sorprenderse después, cuando por fin salen del trance en el que han permanecido inmersos, por las cosas que han ocurrido a su alrededor mientras ellos se encontraban abducidos por las redes. Esos a los que no te queda más remedio que decirles, con cierta condescendencia, "te lo dije, pero estabas con el móvil".

Me decía un gran amigo mío hace ya unos meses, en relación a este blog, que disfruta leyéndome aunque no siempre esté de acuerdo con mis ideas, pero que en su opinión me expongo demasiado. Que me abro a los demás en exceso y muestro sin pudor mis vergüenzas y mis orgullos. Eso fue lo que yo interpreté de sus palabras, creo que de manera acertada. Y seguramente tiene toda la razón, porque me he percatado de que rara vez se equivoca al catalogar a la gente y porque me ha dado muestras de sobra durante estos años de que goza de un criterio lúcido en el que uno puede confiar ciegamente. No recibí este comentario como una crítica, sino como la constatación de un hecho que, por cierto, querido amigo, no va a variar, ya que yo no sé escribir ni ser de otra manera. Y aunque supiese, creo que a estas alturas del partido tampoco modificaría un ápice mi manera de jugar.


No sé si la forma en que yo me ofrezco a los demás a través de este espacio virtual puede compararse con el modo en que otros se exponen en las redes sociales; si es lo mismo compartir aquí mi opinión sobre un tema, la última hazaña de mis hijos en vis cómica o los sentimientos que de mí se adueñan frente a algún suceso que mostrarle al mundo mi nuevo tatuaje, lo bien que me queda este nuevo corte de pelo o la manera tan sexy en la que perreo el último tema de Ozuna. Sí, ya sé que no todo lo que se exhibe en estas plataformas es tan burdo e inmaduro, pero no nos engañemos: la mayoría de los que viven secuestrados por las redes sociales no las utilizan ni mucho menos para entretenerse con la última historia que la cuenta del Museo del Prado haya colgado. Y, desde luego, ya os garantizo que nuestros hijos no lo hacen. En el mejor de los casos, como en el de los míos, gran parte del tiempo que pasan desconectados de la realidad es para visualizar vídeos deportivos, aunque, incluso siendo estos bastante inocuos, preferiría que soltaran esos malditos artefactos y ya no que cogiesen un libro, algo a lo que parecen tenerle alergia, pero sí que al menos llamasen a sus amigos y se fueran al cine, a un teatro, a un centro comercial, a un monólogo, a una cancha de basket o a un parque para relacionarse de un modo más cercano con el resto del planeta.

Habrá quien me diga que es una cuestión de educación y yo no se lo rebatiré. Darle a un niño de nueve años un teléfono móvil es una irresponsabilidad imperdonable. Las posibilidades de que ese niño desarrolle su imaginación y adquiera habilidades para relacionarse socialmente quedarán indefectiblemente limitadas. Y será culpa nuestra. Que el niño vea en casa a su madre, a su padre o a ambos encadenados a cualquier dispositivo genera ya una necesidad en el niño que podría evitarse. Pero intentar educar a los hijos en un empleo responsable de la tecnología no garantiza tampoco que la criatura vaya a escapar de la tiranía de los celulares. Porque hoy en día uno ya no es propietario de un teléfono, sino que sucede a la inversa. Los móviles nos poseen a nosotros.

Aunque todos miremos hacia otro lado, desde mi punto de vista no hay grandes diferencias entre esta adicción y una pandemia en toda regla. No provoca muertos, sino idiotez, sedentarismo y aislamiento social. No provoca que los hospitales se colapsen, pero genera un empobrecimiento cultural y conductas sociales claramente anómalas. No obliga al Gobierno a confinarnos en nuestras casas, sino que nosotros mismos nos encerramos voluntariamente en el mutismo más absoluto incluso cuando estamos rodeados de gente. ¡Qué rabia me da cuando estás hablando con alguien y al mismo tiempo anda respondiendo un whatsapp o reproduciendo un vídeo en YouTube que le ha llamado la atención! O cuando estás comiendo con esa persona, contándole tus cosas, y te deja con la palabra en la boca porque le ha saltado una notificación no puede dejar de atender y resulta ser una tontería que podía esperar hasta después de comer. O cuando estás viendo una película en casa que tú ya has visto pero que has elegido con intención y tu hijo la está ignorando para ver un vídeo que le han mandado de un torneo de bofetadas. Les quitaría el móvil de las manos y lo tiraría por el balcón. Y que reventase en mil pedazos. 

En Citas, una serie catalana de Pau Freixas que puede verse en Amazon Prime, así como Citas Barcelona, una especie de secuela de la primera, hay un episodio en concreto que pone de manifiesto cómo la comunicación escrita a través de redes puede llegar a anular en una persona el deseo de ir más allá a la hora de conocer mejor a su interlocutor. Cada episodio de la serie recoge la historia de dos personas que contactan a través de Tinder y lo que sucede en sus respectivas citas. En este capítulo en cuestión, Aurora, una mujer muy activa en el chat de la aplicación pero reacia a quedar con ninguno de sus contactos, recibe la visita por sorpresa de Pinyó, uno de los hombres con los que conversa habitualmente y con el que parece haberse producido una conexión especial. Él insiste en que cenen juntos y ella accede reticente. La cita resulta ser un absoluto desastre porque ella comprende que su capacidad de relacionarse, de ser ella misma, ha quedado limitada por completo al anonimato del chat. El episodio se cierra con una Aurora decepcionada consigo misma, de regreso en un vagón del metro, iniciando sin embargo un nuevo chat con un nuevo contacto.

Son ya varias las entradas que sobre este asunto he publicado y seguramente seguirá cayendo alguna de vez en cuando. No lo puedo evitar. Me considero en la obligación de seguir alertando de lo que esta dependencia provoca en las personas y en la forma en la que se relacionan. Lo siento por los que tuerzan el gesto al sentirse aludidos, pero la realidad, por mucho que pueda incomodar, es esta y me temo que los únicos que se frotan las manos con esta adicción, aparte por supuesto de los fabricantes y las compañías que invierten en este mercado y que se están haciendo de oro a nuestra costa, son los psicólogos, que de seguir así no van a dar abasto en el futuro para atender a tanta clientela.

lunes, 21 de agosto de 2023

Campeon@s... una vez más

No me acostumbro. Se me siguen poniendo los pelos como escarpias e incluso a veces tengo que hacer un titánico esfuerzo para no derramar unas lagrimillas con los triunfos de los deportistas españoles por el mundo. Y eso que no me considero un tipo que sienta la patria desde las vísceras, de esos que se ponen firmes en su casa cuando en algún evento suena el himno nacional o que añoran los tiempos en que éramos un Imperio, pero es que, en lo que al deporte se refiere, me emociono con una facilidad inusitada. Este fin de semana ha sido con nuestras Campeonas del Mundo de Fútbol. ¡Qué jabatas! ¡Qué valientes! ¡Cómo juegan!


Y es que, ¿quién nos lo iba a decir? En 1988, cuando yo tenía quince años, la edad de mi hijo pequeño, que España conquistase algún título en cualquier deporte era algo completamente inusual y extraordinario. Y lo de que una mujer destacara, vamos, era más fácil creer en los lagartos extraterrestres de V, aquella legendaria serie que en los años 80 nos conmocionó a todos. Concretamente fue durante aquel verano, el de 1988, cuando Perico Delgado se alzó con su único Tour de Francia, logro inédito desde precisamente 1973, el año en que nací, y aquello fue la repanocha, fiesta nacional si me apuras. En fútbol, las noches más gloriosas que yo había vivido hasta entonces habían sido las del 12 a 1 a Malta, el subcampeonato de Europa de 1984 y el 5 a 1 a Dinamarca en octavos de final del Mundial de México de 1986. Hacía 25 años que un club español no levantaba la Copa de Europa (la actual Champions League), 22 desde la última vez que un tenista español había ganado un Grand Slam (Manolo Santana), 4 desde la plata en Baloncesto en los Juegos Olímpicos de los Ángeles, y suma y sigue. La nuestra fue una generación que creció viendo a sus ídolos tropezar una y otra vez. Que, a pesar de todo, de saber que no éramos favoritos, que en ciertos deportes nos encontrábamos en las antípodas del éxito, nos arremolinábamos exaltados y animosos alrededor de la televisión para jalear a nuestros deportistas como si no hubiera un mañana.

Marcos nació en el año 2008. Desde entonces, las selecciones absolutas de fútbol han ganado dos Mundiales y una Eurocopa y los clubes españoles han alzado diez veces la Champions League. En baloncesto dos platas y un bronce olímpico, un Mundial, cuatro Eurobasket y lo que me dejo en el tintero. Ha visto a Rafa Nadal ganar diecinueve Grand Slam, a Fernando Alonso triunfar en Fórmula 1, a Pau Gasol conseguir dos anillos de la NBA, a Carolina Marín proclamarse tres veces campeona del mundo y seis de Europa en bádminton, y así podría seguir durante seis o siete párrafos más. Aparte por supuesto de los muchos veranos que llevamos disfrutando de los triunfos de las canteras. Vamos, que lo de quedar segundos en cualquier disciplina, que en mi infancia constituía una hazaña que alzaba al deportista a la categoría de héroe, para él es hoy un fracaso estrepitoso y a qué esperan para cambiar al entrenador. La victoria convertida en rutina.


Y es que todo cambió, en mi opinión, a raíz de las Olimpiadas de Barcelona. Creo que fue en aquel evento cuando todos, comenzando por las distintas federaciones y terminando por el más escéptico españolito de a pie, comprendimos que el cielo era el límite y que el hecho de haber nacido en Madrid, Sevilla, Barcelona o Teruel no suponía un hándicap, sino que, como descendientes del Cid, Cristóbal Colón o Don Miguel de Cervantes, sobraba en esta tierra materia prima como para fabricar campeones hasta el noble arte del ping pong.

Desde entonces, he tenido la fortuna y la oportunidad de vibrar con nuestros deportistas tanto como ayer lo hice con las Bonmatí, Codina, Salma o Carmona, que también tiene bemoles lo de esta última, marcar el gol más importante de la historia reciente del fútbol de este país sin saber que tu padre ha fallecido hace unas horas. El caso es que lo que mi hijo ve hoy como algo natural, como algo que va estrechamente unido a nuestra bandera, a mí me sigue poniendo la piel de gallina y un nudo en la garganta. Porque durante muchos años fui testigo de lo complicado y duro que debía ser alcanzar la gloria.

Yo les recuerdo con frecuencia que todo es cíclico, tal vez un discurso demasiado derrotista que nace de aquellos años de sequía deportiva en los que yo pasé de niño a hombre. Que hoy estás arriba, pero que mañana puede ser que veas a otros quedar por encima de ti y que habrá que estar preparado para cuando eso llegue. Que cuando no se gana, se aprende. Que el deporte te da lecciones cada día. Y que cuando recibes una como la de ayer, como la que nuestras chicas impartieron, hay que celebrarlo como si nunca más vuelva a ocurrir. Porque a lo peor será así. Aunque a la vuelta de la esquina nos aguarde un Mundial de Baloncesto masculino, en el que además participará nuestro Juan Núñez, y tengamos la firme pero secreta convicción de que llegaremos hasta la final.

¡Qué afortunados son nuestros hijos de contar con tantos y tantos referentes! Aparecen hasta debajo de las piedras y a nadie parece ya sorprenderle que, antes de que un deportista estratosférico e irrepetible como Rafa Nadal anuncie su retirada, tengamos ya en primera línea de batalla a su recambio, Carlos Alcaraz. O que un fenómeno como Ricky Rubio se caiga a última hora del plantel de la selección y durante los partidos de preparación para el Mundial apenas le hayamos echado de menos.

Pues que siga la fiesta, me alegro por lo que estas generaciones podrán contarles a sus nietos. A los míos, cuando lleguen, de mi época infantil, no me quedará más remedio que hablarles de libros. Es lo que hay.

domingo, 13 de agosto de 2023

Lewis y el síndrome de Tourette

Todos hemos tenido alguna vez ese sueño en el que nos enfrentamos a una situación en la que nuestras vergüenzas quedan expuestas ante un auditorio que se burla de nosotros. Hay numerosas variantes, pero supongo que la más recurrente es la de aparecer desnudos sobre un escenario. Aunque no se trate más que de una jugarreta de nuestro subconsciente mientras dormimos, la sensación de vulnerabilidad, inseguridad y pudor que nos produce es tan real que no nos cuesta ponernos en el lugar de otros cuando esa pesadilla se hace real. Y viral, ya que hoy en día la desgracia ajena interesa a todo el mundo. El otro día me vinieron estos pensamientos a la cabeza al conocer la historia de Lewis Capaldi.

Su voz me llamó inmediatamente la atención hará ya unos años, cuando comenzó a adquirir cierta popularidad con Grace y me encandiló (como a medio planeta) con Someone you loved. Un talento musical como el suyo y unas letras tan íntimas y a la vez tan universales. Iba a triunfar, seguro, yo no tenía la menor duda. Que fuese escocés, gordo y demasiado joven, o que aparentase ser el típico friqui marginal que vive encerrado en su cuarto enganchado a un ordenador eran aspectos completamente irrelevantes. Un artista como la copa de un pino al que le auguraba el mayor de los éxitos a nivel internacional.


Soy aficionado a la música, pero también siento una profunda curiosidad por las personas que con sus letras, con sus instrumentos y con sus voces, desde un escenario, un estudio de grabación o incluso un despacho, hacen que llegue hasta nosotros y que cambie y mejore nuestras vidas. Me gusta escarbar en los entresijos de la industria discográfica y en la vida de los artistas. ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué les inspira? ¿Cómo fue su infancia? Navego en Wikipedia, leo biografías sobre ellos (la última, la de Antonio Vega) y veo documentales (el último, sobre P!nk). Sorprendentemente, con Lewis Capaldi no llevé a cabo, a pesar de cuánto me habían gustado sus primeros temas, ese ejercicio detectivesco. Incluso el episodio de su colapso en Glastonbury, en que el público tuvo que terminar el tema porque él colapsó, me pasó desapercibido.

Tenía pendiente desde hace un par de meses en mi lista de Netflix el documental llamado Lewis Capaldi: How I'm feeling now. Me encantan este tipo de programas porque ahondan casi siempre en la persona más que en su trabajo, pero hay tan pocos en las plataformas digitales que los dosifico. Hace unos días le llegó el momento al de Lewis y me quedé anonadado.


El reportaje se rodó mientras el artista preparaba su segundo disco, Broken by desire to be heavenly sent, una pequeña joya musical que cobra un valor mayor tras el visionado del documental, y acompaña al cantante en el proceso de introspección al que se ve abocado a causa de ciertos problemas de salud que ni su entorno ni él mismo son capaces de identificar. Los realizadores, mediante entrevistas realizadas a los padres, a los amigos, a los colaboradores y al propio Lewis, logran que la magia de sus canciones queden relegadas a un segundo plano y que emerja la figura del chaval que desde los dos años de vida, cuando comenzó a trastear con la guitarra y el piano, encontró en la música su razón de ser. Siempre quiso componer. Siempre quiso cantar. Uno se mete en la piel de Capaldi de tal manera que es capaz de palpar la angustia que se va apoderando de él al descubrir, cuando por fin ha alcanzado su objetivo, que algo extraño le sucede. Que los tics que en el pasado eran sólo eso, pequeños tics, se están poco a poco convirtiendo en un serio impedimento para hacer aquello para lo que ha venido al mundo.

Es estremecedor y al mismo tiempo emocionante ver las imágenes del concierto de Glastonbury. Cómo los espasmos musculares se adueñan de tal manera de su cuerpo que es el público quien tiene que terminar Someone you loved. Cómo él, a quien imaginamos devastado y avergonzado por la penosa situación en la que se encuentra, no puede hacer otra cosa más que observar y agradecer a esos miles de personas que corean una de sus canciones más emotivas sin poder ni siquiera acompañarles con su voz.


A raíz de este episodio, Lewis comunicó a la prensa que cesaba indefinidamente toda actividad musical a causa de sus problemas, que inicialmente atribuían a la ansiedad. Pero a lo largo del reportaje descubrimos que no es tal la enfermedad que el artista padece, sino el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico cuyos primeros síntomas son movimientos involuntarios de la cara, de los brazos o del tronco. Con su nuevo álbum en el mercado - insisto, una maravilla - su gira, que iba a pasar por Madrid y Barcelona, ha sido cancelada. El artista ya ha informado de que está trabajando para tomar el control de su enfermedad y poder reanudar su carrera musical, pero que en el caso de que hacerlo perjudique más su salud, dejará la música definitivamente.

Y uno, tras ver el documental completo, siente inevitablemente una simpatía cómplice con el cantante, cruza los dedos para que no sea así como termine esta aventura para la que llevaba toda la vida preparándose y tararea uno de sus temas más hermosos, Wish you the best. Porque al menos en mi caso, eso es lo único que puedo desearle en un trance como este: lo mejor.





viernes, 7 de julio de 2023

Cambio el 23 por el 25

Unilateralmente he decidido este año intercambiar las fechas de mi cumpleaños y de mi santo. Sin consultar a la Iglesia, al Registro Civil o a la madre que me parió. El 23 de julio celebraré el día de Santiago Apóstol y el 25 mis cincuenta palos. El Gobierno me obliga a ello, así que a pedirle explicaciones al señor Pedro Sánchez, a quien las urnas, me temo, le van a hacer pagar -entre otras cosas- la felonía de convocar elecciones en fechas tan poco apropiadas.

Ya me pareció un error plantarlas en pleno verano y un fastidio que el día elegido fuese precisamente el de mi cumpleaños. Más aún después de que las Autonómicas tuvieran lugar el 28 de mayo, fecha en la que es mi querida esposa la que sopla las velas. Y la amenaza estaba ahí, no era algo sobre lo que pudiésemos intervenir o adoptar medidas para que no sucediera. Que Nuria haya sido finalmente elegida como Presidenta de una Mesa Electoral ha elevado la situación a nivel de putada inolvidable. No sólo porque no podré celebrar con ella una fecha tan simbólica como puede parecer el cumplir medio siglo, aunque a mí, en realidad, no me parezca muy diferente a cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, sino porque además nos parte las vacaciones en canal. Ah, también a mi hermana le ha tocado el premio gordo, ya que ocupará asimismo la Presidencia en una Mesa Electoral de su municipio. Estas cosas tiene la política, que siempre deja damnificados y daños colaterales entre los españolitos de a pie. Rara vez nos libramos. Supongo que si no se ha elegido el cuatro, el trece o el veintiséis de agosto para los comicios es porque entonces serían ellos, nuestros políticos, quienes se quedarían sin vacaciones. Claro, eso sería intolerable, además de que este disparate electoral no olería peor de lo que ya huele. Un tufillo a intereses personales que echa para atrás.


Ajo y agua, como se suele decir en casos así. Pero lo cierto es que quiero que dejen de pasarnos cosas, tanto buenas como malas. Las primeras porque, visto lo visto con la plaza de Nuria en el Hospital de Móstoles, casi siempre tienen su reverso; y las segundas porque, por definición, a nadie agradan. Anhelo unos meses de rutina y aburrimiento, de que lo más sorprendente que nos ocurra sea que salgamos una noche a cenar los cuatro juntos o que Nuria y yo nos quedemos dormidos viendo una película en la televisión. Aunque me quede durante un tiempo sin temas sobre los que escribir. Ya me buscaré la vida rebuscando entre mis recuerdos.

Es cierto eso de que uno se siente más vivo cuantas más experiencias atesora, pero no lo es menos que uno se siente más cansado y estresado ante un exceso de estímulos y preocupaciones continuados como el que nosotros llevamos soportando los tres últimos años. El cerebro necesita actividad para alcanzar su máximo rendimiento, pero también necesita paradas periódicas en boxes porque si no, como dice mi amigo Pablo, se gripa. Así que cruzo los dedos para que durante el resto del verano y si es posible también durante el próximo curso, nuestras vidas se estanquen un poco y disfrutemos de un poco de paz y sosiego. 


Por el momento, toca reorganizarse e intentar convertir este tropiezo en una oportunidad. Para Nuria, de aprender desde dentro, en la medida de lo posible, cómo funciona el sistema electoral; para los chicos, para que reflexionen sobre la democracia, el sistema político bajo cuya ala están creciendo, y entiendan que a veces toca sacrificarse por el bien común; y para mí, bueno, supongo que para quitarle hierro a una fecha que, sin ser, como ya he dicho, especialmente relevante para mí, no deja de tener su aquel.

Y a soplar las velas este año dos días después de lo normal.

Sin problemas.

martes, 20 de junio de 2023

Un cadáver en la oficina

No tuve conocimiento de lo ocurrido hasta que alguien compartió el lunes en uno de los grupos de whatsapp el artículo que hacía referencia a lo sucedido en un Call Center de Madrid el pasado 13 de junio, hace ya una semana. El titular era el siguiente: "Teleoperadores en una empresa de Madrid, obligados a seguir trabajando junto al cadáver de una compañera muerta".


Ojala pudiera decir que la noticia me sorprendió. Uno no es de piedra y me sentí tan horrorizado y escandalizado como cualquiera, pero en mi cabeza se encendió antes un "no me extraña" que un "¿cómo puede ocurrir algo así?". Y eso es quizá lo más espeluznante de todo, que a los que conocemos ese particular universo que conforman las plataformas digitales nada nos impresiona de lo que en ellas acontece.

Los que hemos trabajado en el sector sabemos aún el largo camino que a las empresas de Telemarketing les queda por recorrer en cuanto a los derechos del trabajador. Y no me refiero sólo a unas condiciones laborales o a un salario dignos, que también, sino a unos mínimos que están más relacionados con el bienestar físico y mental de sus trabajadores. Porque al final, lo que estas compañías parecen no comprender en toda su magnitud es que los teleoperadores constituyen la piedra angular del negocio. Juega a su favor que en la puerta hay cientos de personas que necesitan trabajar, y que si este o aquel no aguanta las condiciones o el ritmo de trabajo, no tienen que llevar a cabo un proceso de selección demasiado exhaustivo para obtener un recambio. Sus clientes, las grandes compañías que subcontratan con ellos los servicios de atención al cliente, son aliados pasivos de los atropellos y desmanes que se producen a diario en las plataformas, ya que en la mayoría de los casos conocen la realidad de lo que en los Call Center ocurre.

Yo no sé si esta pobre mujer falleció porque ya tenía algún tipo de dolencia previa o porque le pasó factura el estrés al que estos trabajadores están sometidos. Pero es muy posible que llevase un buen rato sintiéndose mal y que no se atreviese a decir nada por miedo a recibir una reprimenda de sus responsables por entorpecer con sus quejas el ritmo del servicio o por provocar un atasco en la cola de llamadas. Quién sabe. El caso es que se derrumbó de repente y no cayó al suelo porque el compañero o compañera que estaba a su lado la sujetó. Cuentan en el artículo que se la intentó reanimar mientras se aguardaba a que los servicios médicos llegaran, pero que al no conseguirlo y comprobar que había fallecido, su cuerpo quedó en el suelo, a los pies de sus compañeros, a la espera de que apareciese el SAMUR. Y que en todo momento, y especialmente tras constatarse el deceso, la indicación que recibieron los trabajadores fue que siguieran atendiendo las llamadas. Yo, que sé en lo que el trabajo consiste, no me imagino cómo es posible seguir realizándolo mientras contemplas el cadáver de la compañera con la que has compartido chascarrillos hasta hace unos minutos entre llamada y llamada. Esa compañera que te había confesado emocionada el día anterior que la comunión de su hijo había sido un éxito, que su marido y ella habían conseguido un apartamento en la costa para el verano a muy buen precio, que su padre había estado pachucho pero que ya le habían dado el alta médica o que su nieto había comenzado a gatear. Cualquiera de esas cosas o todas a la vez. Cuando el Samur llegó, tan sólo pudieron certificar la muerte para después abandonar el lugar en busca de otra urgencia que atender. Los agentes siguieron atendiendo llamadas. Un enlace sindical, alertado por whatsapp por un teleoperador, se acercó al edificio y solicitó a la policía que ordenase el paro inmediato de la actividad, pero estos indicaron que no tenían potestad para ello. Los agentes siguieron atendiendo llamadas. Pasaron tres dramáticas horas hasta que por fin hizo acto de presencia el responsable de Salud Laboral de la empresa y autorizó el desalojo de la planta. Tres horas trabajando junto al cadáver de la compañera, a la que al menos se había tapado con una manta.

Debo reconocer que, siendo yo coordinador en una de las campañas en las que trabajé, viví una situación similar que, gracias a Dios, no tuvo un final tan trágico. Y debo admitir que también yo, como responsable de aquel grupo en ese turno, di instrucciones para que todo el mundo siguiese atendiendo llamadas mientras un compañero que estaba en período de pruebas sufría un ataque epiléptico. Vaya en mi descargo que no di aquella orden porque me preocupase o no perder llamadas, de las que me olvidé absolutamente mientras duró aquel episodio, sino porque una de las pocas cosas que yo sabía de esta enfermedad es que hay que procurar tumbar al paciente, evitar que se muerda la lengua y crear un espacio a su alrededor para que pueda respirar adecuadamente. Y a ello me apliqué con la ayuda de las dos personas que más cerca estaban del chaval. Ni siquiera sabía si esos primeros auxilios que le estábamos ofreciendo eran los adecuados porque nadie nos había formado a ninguno para afrontar semejante trance. Cuando pasó el ataque, yo estaba sudando como un pollo y me temblaban las manos. Al chico le mandé a su casa y tuve que dar parte del suceso. Al día siguiente, cuando entró por la puerta, le recriminé que no hubiese avisado de que algo así le ocurría de vez en cuando y le pedí instrucciones sobre cómo proceder si esta situación se repetía. Incluso mandé un mail a mis compañeros de Coordinación por si algo así volvía a suceder en sus turnos transmitiendo lo que el trabajador me había indicado que debíamos hacer. Tuve la mala suerte de que volvió a ocurrir, tres días más tarde, de nuevo en mi turno porque se había olvidado de tomar su medicación. Después de aquello no volví a saber de él, dado que la empresa decidió comunicarle que no había superado el período de prueba, decisión con la que yo estuve de acuerdo porque me pareció una irresponsabilidad la manera de proceder del individuo. Pero ni siquiera a raíz de aquello la empresa nos impartió ningún tipo de cursillo sobre cómo tratar este o cualquier otro tipo de emergencia sanitaria.

Lo que las empresas alegan ante los teleoperadores en situaciones de este tipo - y en este caso así ocurrió también - es que "somos un servicio esencial". En este caso, el de la compañera fallecida, se trataba de una plataforma dedicada a atender las incidencias de los clientes de una compañía eléctrica de prestigio. ¿Servicio esencial?


Recuerdo que, durante los primeros días de la pandemia, nos aterrorizaba salir a la calle, pero nosotros tuvimos que asistir a la oficina para cumplir con nuestro deber porque éramos también un servicio esencial mientras la empresa se organizaba para que pudiéramos trabajar desde casa, ya que no estaba preparada para afrontar una situación como aquella. El Gobierno había determinado que los teleoperadores lo éramos, al mismo nivel que los sanitarios, sin distinguir entre quienes gestionaban llamadas en el Teléfono de la Esperanza o los que, como nosotros, atendíamos simplemente llamadas de clientes con problemas para utilizar sus tarjetas de crédito. ¿Servicio esencial?

Dicen que el Defensor del Paciente ha solicitado a la Fiscalía que se abra una investigación. Intuyo que, en caso de ser autorizada y llevada a cabo, pasarán muchos meses hasta que se llegue a alguna conclusión y que posiblemente la resolución adoptada, que dudo ocupe más que una escueta nota de prensa en los medios, obligará a la empresa en cuestión a revisar sus protocolos para este tipo de situaciones y, en el mejor de los casos, a pagar una indemnización a la familia de la fallecida.

El sector, me temo que como hasta ahora, seguirá siendo un estercolero en el que a nadie con poder real de decisión le importará en exceso lo que ocurra, por muy esenciales que nos digan que somos. Por que a algunos, los cadáveres, incluso en la oficina, mejor ocultarlos en el armario.

Aunque huelan.


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