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sábado, 11 de mayo de 2024

Sobre algunos de mis monstruos

Muchas de las ideas a partir de las que surgen las entradas que a través de este blog comparto nacen cuando conduzco, actividad que me resulta extraordinariamente anodina e insulsa, pero que, por alguna recóndita razón, me ayuda a situarme en una suerte de trance consciente en el que mi pobre imaginación y mi exigua creatividad se acentúan levemente. Tampoco es que se produzca en mi cabeza una suerte de combustión intelectual deslumbrante, pero oye, alguna bombilla que antes sólo titilaba, se ilumina por completo. También esos minutos que discurren entre el despertar y el acto de levantarse de la cama por las mañanas son terreno fértil para que mi subconsciente proyecte alguna imagen, frase o elucubración a las que, durante el desayuno, mi cabeza intentará dar forma literaria. Pero es generalmente al volante de mi Sportage donde parece que mi yo escritor adquiere una presencia más tangible y donde comienza el proceso que desemboca en entradas como esta. Y fue precisamente en tal coyuntura, circulando a cien kilómetros por hora por la carretera de Extremadura, a la altura de los campos de fútbol Iker Casillas de Móstoles, cuando repentinamente se apareció en mi memoria el recuerdo nítido del primero de los monstruos reales a los que he tenido la desgracia (o la fortuna, según se mire, dado que todo es aprendizaje) de tener que enfrentarme en mi devenir por esta vida.


Aunque desconozco si aún seguirá viva, ya que cuando la conocí yo era tan sólo un universitario en prácticas y ella la directora del gabinete de prensa en el que las ejercí, y arrastraba ya a sus espaldas algunas décadas dedicada al mundo de la prensa del motor, me reservaré su nombre y me referiré a ella empleando las iniciales del mismo: PG. No estoy del todo seguro, veintiocho años después, si padecía un ligero estrabismo o si, por el contrario, era el efecto que en los demás provocaba su ceja siempre alzada, modo Carlo Ancelotti, que constituía el rasgo facial más llamativo de su rostro. No era demasiado alta, pero solía calzar zapatos de tacón alto y vestidos de alta costura que portaba, a falta de elegancia y estilo, con arrogancia e indiferente soltura. Era una déspota con un carácter belicoso y autoritario que tenía a todo el departamento en vilo cuando zascandileaba por la oficina. No eran muchos los días que nos castigaba con su presencia, ya que solía ser invitada frecuentemente a simposios, congresos y eventos, pero a nosotros siempre nos parecían eternos los días que desfilaba con sus andares decididos por los pasillos de aquellos despachos de la Castellana repartiendo latigazos verbales. Y si te llamaba a su cubil, fueses el becario - como lo era yo - o fueses el responsable de las relaciones con los más afamados periodistas del sector, como lo era un tal Luis que ejercía, a ojos de los más jóvenes, de marido maltratado de la arpía aquella, un sudor frío comenzaba a deslizarse por tu espalda y sentías cómo te ibas haciendo más y más pequeño a medida que te ibas aproximando a su guarida. Reconozco que, en lo económico, fui tremendamente afortunado, ya que no sólo eran unas prácticas remuneradas, sino que además la cantidad que percibía era muy superior a la que algunos compañeros recibían en sus respectivos destinos. También admito que las funciones que yo desempeñaba por aquel entonces en el gabinete eran fundamentalmente de archivo y documentación, bastante alejadas de su interés y de su radio de acción, por lo que durante aquellos primeros meses, si lo pasé mal, no fue tanto por cómo me trataba a mí, sino por la crueldad con la que trataba al resto del equipo, hasta el punto de que todos los días alguien se iba llorando a su casa al terminar la jornada. Sucedió que unos meses después de finalizar las prácticas, aquella empresa se puso en contacto conmigo directamente y me ofreció sustituir a la secretaria de PG. durante unos meses, dado que Rosa, la que ostentaba aquel cargo, iba a ser madre. Me debatí indeciso durante unas horas entre ser la víctima principal de aquella arpía durante medio año, el extraordinario salario que se me abonaría y la magnífica oportunidad que me ofrecía aquella primera propuesta laboral tras mi graduación. Era joven y acepté con algunas reticencias que me guardé para mí mismo por miedo a mostrar debilidad alguna ya en el primer envite. Sabía que iba a ser una etapa complicada, pero me quedé corto. Fue un tormento que casi termina con mi autoestima nada más iniciar mi andadura profesional. Tampoco es que yo fuera entonces un tipo con un elevado concepto de sí mismo, pero salí de aquella experiencia laboral sintiéndome el más inútil gusano que pululaba por Infojobs a la búsqueda de un trabajo estable en el mundo del periodismo. Si hasta tuve que viajar con ella a lugares idílicos como un castillo en Cork (Irlanda) y una mansión a orillas del Rhin a su paso por Alemania para la presentación a la prensa nacional de un par de productos de la compañía. Un estreno terrorífico. Mi primer monstruo laboral y seguramente el que mi memoria conserva como el más aterrador de todos ellos.

La avalancha de licenciados que en aquellos tiempos saturábamos el mercado laboral provocó que muy pocos pudiéramos terminar ejerciendo de aquello para lo que habíamos estudiado y muchos fuimos a parar al depauperado sector del telemarketing, territorio hasta entonces ocupado mayoritariamente por amas de casa de mediana edad que trabajaban a media jornada y cuyos salarios complementaban a los de sus maridos, por lo general mejor situados y mejor pagados en aquella época en que la mujer era todavía una figura más vinculada, salvo casos como el de PG., a la crianza de la prole familiar y al ámbito de las tareas domésticas. A todos aquellos universitarios que aterrizamos en aquellas plataformas telefónicas que tanto se alejaban, en lo profesional y lo salarial, de nuestras expectativas, las empresas nos recibieron con los brazos abiertos. Carne joven, JASP y dispuestos a trabajar jornadas completas, fines de semana y fiestas de guardar. Una ganga. Tuve, antes de recalar en aquel escenario donde transcurrirían mis siguientes veinte años, una breve experiencia en el sector hostelero, como coordinador en una tienda de Telepizza. Y también allí me topé con algunos monstruos, pero estos se encontraban generalmente al otro lado de la barra y por lo tanto, salvo algún que otro susto que recibí de manera muy puntual, no merecen ser incluidos en mi pequeña antología de criaturas malvadas y ruines 

Veinte años en una empresa donde la rotación de personal es elevada y las condiciones laborales son precarias dan para tener que enfrentarte a toda clase de criaturas horribles y amenazantes, aparte por supuesto de los energúmenos que, desde el otro lado del teléfono, te increpan e insultan y a los que, más pronto que tarde, uno termina acostumbrándose irremediablemente. Pero también me topé con monstruos a este lado de la línea a los que en más de una ocasión, de no ser yo, según dicen, tan educado, respetuoso y diplomático, a buen seguro habría mandado a Siberia de una buena patada en las posaderas y un Sayonara, baby al más puro estilo Terminator.



El primero no lo era, pero supongo que la experiencia con P.G. y mi obvia bisoñez hicieron que desde el primer día etiquetara a JR., la cabeza visible del cliente para el que trabajábamos, como un nuevo monstruo y que todo mi cuerpo se pusiera en tensión cuando se acercaba a mi mesa, aunque fuera tan sólo para darme los buenos días o felicitarme por mi labor. Supongo que a JR. - continuemos con las abreviaturas - debió sorprenderle e incomodarle que, el día que regresé a la oficina tras haber sido padre por primera vez y él se acercó a mi puesto para interesarse por cómo habían ido las cosas, yo me pusiera a sudar tan profusamente que la camisa azul claro que llevaba puesta viró en un par de minutos en un tono tan oscuro que cuando él, muy discreto y prudente, optó por retirarse a su despacho sin hacer referencia alguna a los goterones de sudor que caían por mi ya despoblada frente y a la transformación del color de mi camisa, tuve que salir corriendo al aseo y permanecer allí encerrado cerca de una hora intentando por todos los medios que la prenda volviera a su estado original. JR. no era ni mucho menos un monstruo, como fui entendiendo con el paso del tiempo, pero yo no podía verlo en aquel entonces de otro modo. 

Después de JR. aterrizó en mi departamento, para reorganizarlo y dirigirlo desde una perspectiva diferente, una pareja inusual que me hizo pasar unos años duros. No me generaban tanto terror como en su día lo hizo PG. pero me llevaron al límite en tantas ocasiones que no soy capaz de relatar una anécdota concreta sin que se interpongan y superpongan en la narración detalles de otras situaciones de similar pelaje. Lo cierto es que, cada uno a su manera, eran personajes caricaturescos, de esos que habrían podido aparecer sin desentonar en aquella serie de Tele Cinco que tanta fama alcanzó en aquellos años: Camera Café. La jefa era GS. y en lo físico se asemejaba peligrosamente a mi primer gran monstruo: mujer madura, conocedora del poder que sobre ella recaía y tan encantada de que fuera así que lo esgrimía en ocasiones sin venir a cuento y de manera desproporcionada. Se ceñía tanto a lo que de ella se esperaba y era tan condenadamente corporativa que a veces el respeto que su posición me provocaba tornaba en chanza cuando abandonaba la sala en la que nos habíamos reunido. Le daban igual los métodos, tan sólo le importaban los resultados. Y si estos no se alcanzaban, nunca alzaba la voz ni parecía asomarse al borde de un ataque de locura asesina como ocurría con PG., aquella arpía que me desvirgó laboralmente en lo que a jefes se refiere. No, a GS., cuando las cosas no funcionaban como ella había previsto, la musicalidad de su acento argentino se le iba diluyendo y viraba hacia el tono seco y tajante de la lengua germánica, que manejaba con maestría, y la mirada limpia y clara que solía dirigirte al saludar se transformaba en una oscuridad apabullante que te hacía sentir un ser tan, tan inferior y tan poco digno de cualquier aprecio que debías sentirte agradecido porque se te permitiera respirar el mismo aire que ella consumía. La secundaba en todas sus acciones su secuaz - valga la redundancia - IG. Tan cómica era su apariencia física que, de haberse rodado en aquella época la mítica Campeones, habría protagonizado el papel principal del equipo entrenado por Javier Gutiérrez. Calvo, con unas gafas similares a las de Rompetechos y una minusvalía visual del 80%. Pesado y cansino en el diálogo, saltaba del colegueo fuera de la oficina al totalitarismo laboral con la agilidad de un saltamontes. Al finalizar la jornada yo intentaba salir antes que él, dado que ambos tomábamos el mismo tren y adquirió la costumbre de acoplarse a mí en el viaje de vuelta siempre que le era posible. A pesar de su ceguera, no sé cómo lo hacía, lograba yo pocas veces escaparme de su vigilancia a la hora de abandonar la empresa y me veía obligado a aguantar sus soliloquios durante la hora y cuarto que tardábamos en llegar a Móstoles. Resultaba incómodo escuchar en el tren sus propuestas para quedar un fin de semana por ahí los dos para cenar y tomar unas copas como si fuéramos amigos de toda la vida cuando tan sólo unos minutos antes te había estado amenazando en la oficina con rescindir el contrato que como clientes tenían con mi empresa o con prescindir de la mitad de mi equipo si yo no lograba que se alcanzaran los resultados. Eran, por decirlo de algún modo, monstruos amables, de esos que asustan poco y molestan mucho. O quizá es que yo ya no era el mismo que vivió aterrorizado en el gabinete de prensa que PG. dirigía o el que rompió a sudar frente a JR. cuando se interesó por mi situación familiar y yo entreví en él al payaso Pennywise.

Tal vez me creí entonces que ya ningún jefe o cliente me podría aterrorizar. Craso error. Y es que el miedo tiene muchas caras, ya que cuando logré salir de aquella empresa, a la que, no obstante, debo casi todo lo que profesionalmente soy y de la que me marché con más tristeza que alborozo, recalé en una aún mayor, en un sector diferente, con una posición y un salario que nunca había disfrutado y me topé con el último (hasta la fecha) de mis monstruos. En cierto sentido, el peor de todos. Porque los anteriores siempre fueron de frente, les veías venir. Pero este último me engañó desde el primer minuto bajo su apariencia servicial, colaboracionista y confiado en tus posibilidades. A su lado comprendí que hay personas que ocupan cargos elevados tan sólo por su capacidad para exprimir hasta la última gota a los que les rodean sin despeinarse y hacerte sentir culpable al mismo tiempo por no cumplir nunca sus expectativas. Hagas lo que hagas. Eches las horas que eches.


Y sin embargo, tengo la sensación de que GQ., mi último monstruo, y yo habríamos congeniado a las mil maravillas fuera del entorno laboral si nos hubiéramos topado en algún momento de nuestras vidas en territorio menos hostil. Pero me generan una gran desconfianza, y más aún después de haber compartido ocho meses de mi vida laboral con él, las personas que necesitan utilizar un disfraz en el despacho para generar confianza, respeto e incluso en ocasiones miedo entre sus subalternos. Tal era el caso de este responsable entre cuyas garras fui a caer y que nunca me dio pistas, a pesar del buenrollismo con el que maquilló sus palabras de bienvenida, sobre el funcionamiento del departamento, sobre las funciones que desempeñaría o sobre la posición que debía adoptar en las numerosas reuniones semanales que mantendría con los clientes a los que brindábamos nuestros servicios. Dejé por ello en evidencia a la compañía y quedé yo peligrosamente expuesto desde el primer día al no haber sido informado de que nunca debíamos presentar en aquellas reuniones interminables los datos reales de productividad y rendimiento de nuestro equipo, sino aquellos que el cliente quería escuchar. Intentar adaptarme por mí mismo a aquel pandemonio, algo que nunca conseguí del todo, me costó cientos de horas que regalé a la empresa y buena parte de mi salud, recibiendo siempre como reconocimiento a mi esfuerzo una nueva exigencia o un sibilino rapapolvo. Era GQ. un maestro en el uso de las artimañas más viles para sacar el máximo partido a su plantilla y no parecía sufrir en exceso al hacer sentir a quienes trabajábamos para él que no estábamos a la altura del salario que la empresa nos pagaba. 

Hoy, ya dos años después de aquella pesadilla, no hay monstruos a mi alrededor en esta nueva empresa. O al menos no han dado aún la cara. He conseguido camuflarme entre el pelotón de trabajadores del escalafón más bajo del organigrama corporativo, donde las responsabilidades que asumo son mucho más limitadas que en mis anteriores posiciones y donde me limito a fichar, a realizar mi labor de la manera más eficaz y eficiente posible y a volver a mi casa sin presión, miedos o trabajos pendientes. Alejado de los monstruos. Y ahí pretendo quedarme, cómodo y tranquilo, mientras pueda. Porque lo peor del ser humano aparece sin duda en otro tipo de escenarios, muy alejados de estos en los que han discurrido hasta la fecha mis andanzas laborales, pero cierto es también que fluye mucha maldad y bajeza en los pasillos de cualquier oficina moderna. También entre esas paredes habitan los monstruos. Tened cuidado con ellos.

jueves, 11 de abril de 2024

Pocas cosas nos pasan

He llegado a la conclusión, tras estos cuatro meses dedicado al sector de los seguros del hogar, de que soy un hombre afortunado. O que soy más inocente que el día del Padre, vete tú a saber, que no se debe olvidar que ha sido siempre el nuestro el país de la picaresca por antonomasia y uno ya no sabe, cuando alguien te cuenta que, de manera accidental, se le ha resbalado la olla cocinando, ha golpeado el cristal de la vitrocerámica y lo ha roto o lo ha astillado, si están achacando al infortunio lo que en realidad responde a una acción intencionadamente deliberada. Cinco o seis veces al día me cuentan la misma historia. Y yo soy uno entre los miles de teleoperadores que atienden a diario a asegurados que comunican siniestros de esta índole en sus hogares. Así que a uno le cuesta creer que haya tanto torpe en este país, sinceramente. Pero si me hago el tonto y parto de la base de que la mayoría de mis interlocutores dicen la verdad, acabo pensando que tengo suerte por el bajo índice de siniestralidad que registra mi casa.


El mencionado es un ejemplo exagerado, dado que, más allá de la hipotética astucia que pueda uno atribuirle a los asegurados, cierto es en realidad que el volumen de siniestros en el hogar que se producen a diario es desmesurado. El agua es el principal protagonista de muchas de las pequeñas historias que recibo en mi puesto de trabajo. Desde condensaciones que generan moho en los marcos de las ventanas y que rara vez cubren las compañías aseguradoras hasta inundaciones domésticas por la rotura de una tubería que provocan auténticos desastres en los domicilios propios y ajenos. Y es que muchas veces este tipo de incidencias no afectan directamente a los tomadores del seguro, sino a sus sufridos vecinos, que de la noche a la mañana se encuentran desoladoras manchas de humedad o goteras en sus aseos y cocinas que pondrán patas arriba la logística familiar durante días, semanas o incluso meses. Y es que el agua - y esto es algo de lo que ya me advirtieron en los primeros días de formación - es el mayor enemigo de los hogares. Siempre busca una salida y tiene por costumbre descender, por lo que casi siempre son los habitantes de los pisos más bajos los afectados. Salvo cuando se trata de agua de lluvia, en cuyo caso son los que viven en los más altos quienes nos llaman para pedir ayuda.

Me he familiarizado con términos que nunca antes había escuchado o que no estaba acostumbrado a manejar en una conversación ordinaria. Y los que aún iré aprendiendo gracias a la reciente conversión de mi contrato fijo discontinuo en fijo ordinario. Por poner un ejemplo, no es raro que de una comunidad de vecinos de la zona valenciana te llamen y te digan que necesitan una chupona para un embozo que esta produciendo una fuga de agua en las racholas del baño. Ahí es nada. Que alguien me traduzca, por favor, o que me enseñe el idioma. Porque una chupona no es una jugadora de fútbol que no pasa nunca el balón a sus compañeras, sino el habitual camión cuba que utilizan los poceros para liberar atascos o embozos en las conducciones del agua. Y el vocablo rachola es el empleado en zonas de Murcia y Valencia para referirse a las baldosas del suelo. Otras palabras y expresiones como mediador, instrucciones periciales , bajante comunitaria, loza sanitaria, válvula de desagüe, canalón, hurto, cerrajero, localizador de fugas o similares constituyen hoy en día buena parte del vocabulario que a lo largo del día manejo con naturalidad. Es lo bueno que tiene trabajar en un sector en el que antes nunca habías estado empleado: que tu cultura, quieras o no, aumenta.

Luego están las situaciones curiosas y excepcionales con las que con menor frecuencia se topa uno y que son, al fin y al cabo, las que consiguen que tu labor, por repetitiva, no te suma en una tediosa monotonía, que es a la larga el riesgo que uno asume al dedicarse a la atención telefónica, sea en el sector que sea. Como también evitan que puedas adormilarte esos encantadores asegurados y aseguradas que, antes de darte los buenos días y presentarse, te espetan de primeras un "vamos a ver..." que ya augura, por el tono y la intención, que vas a tener que soportar un chaparrón de improperios durante unos minutos y echar mano de toda tu paciencia y profesionalidad durante el resto de la llamada para no mandar a Cuenca al pobre individuo que te ha elegido como receptor obligado de su comprensible frustración y lógica desesperación. Porque uno, en muchos casos, no puede evitar empatizar e identificarse con el susodicho.

Entre las anécdotas más sorprendentes de las que puedo rendir cuentas hay dos bastante recientes que merece la pena mencionar. La primera de ellas entraría dentro de la tipología del robo, aunque por sus peculiares características tuve grandes dudas sobre si se produjo dentro o fuera de la vivienda. Fue el hijo de la asegurada quien nos llamó, un hombre al que atribuí, por el grosor de su voz, unos cincuenta y cinco años. Me contó que su madre había bajado a la calle a comprar y que por el camino alguien la drogó mediante una sustancia inhaladora que anula la personalidad. Bajo los efectos del alucinógeno la ordenaron subir a la vivienda, coger todas sus joyas y el dinero en metálico que hubiera en la casa (en torno a 300 euros), bajarse con ello a la calle de nuevo y entregárselo a los forajidos sin decir nada a nadie. Y así hizo la buena mujer. De lo que haya ocurrido después, de cómo haya actuado el seguro, nada sé y nada me llegará. Me limité a escuchar entre incrédulo e indignado el relato que del suceso hacía el hijo, asegurarme de que habían presentado la correspondiente denuncia y hacer llegar el expediente a la compañía aseguradora para su valoración. Pero telita, de ser cierto, los límites a los que la maldad humana puede asomarse. El segundo caso estaría englobado en la casuística de la responsabilidad civil en una comunidad de vecinos. Pues resulta que uno de sus miembros accede al garaje con su coche. Al parecer, las luces de dicho garaje están programadas para apagarse pasado un tiempo determinado. Por las razones que fueran - y aquí ya hay lugar para lo que la imaginación de cada cual quiera suponer - el tiempo se acaba, los fluorescentes se apagan, el garaje queda oscuras y el hombre, que aún no había llegado a su plaza, se estampa contra una columna. Las consecuencias del topetazo, por las que el individuo solicita indemnización, incluyen daños en el vehículo y un profundo corte en la ceja que le obligó a desplazarse a urgencias para ser atendido. Esto le supuso además perder un avión que iba a coger esa misma tarde, tener que comprar otro billete de ida y modificar el de la fecha de vuelta. En fin, por pedir que no quede. El no ya lo tiene, ¿verdad?


Otro de los alicientes más atractivos que ofrece este empleo es tratar con todo tipo de personajes de los más variados plumajes: el desdichado que presupone que cualquier cosa que suceda en su casa está cubierta por la póliza que en su día contrató y que expresa sin ambages su incredulidad cuando se le explica que no, que si se ha tropezado al salir de la bañera y se ha fracturado la muñeca en tres puntos no procede indemnización por parte del seguro del hogar; el resabiado agente del seguro que pretende que se le atienda de urgencia y no en el plazo ordinario porque el grifo del lavabo de un cliente gotea ligeramente cuando lo cierra; el inseguro que nunca ha hecho uso de sus derechos, que no quiere quedar como un ignorante y que agradece sorprendido tu amabilidad cuando le dices que sí, que por supuesto procede que reparemos la tubería que, sin pretenderlo, ha agujereado con el taladro al ir a colocar un cuadro en la pared de su salón y que también subsanaremos los daños que la fuga de agua ha provocado en el parqué; y por supuesto, esos ancianos que no te dan pie a intervenir en la conversación hasta que, con la excusa de que les mandemos un manitas para cambiar el mecanismo de la cisterna, te han informado de que ellos no pueden hacerlo por sí mismos por sus achaques, que te detallan con todo lujo de detalles, de que bastante tienen sus hijos, con sus trabajos y la crianza de los nietos, que por cierto son unos preciosos querubines dotados de una inteligencia sin parangón, como para ir a echarles una mano. Y por el camino, te ponen además al día también de lo que en ese momento están viendo en la televisión.

No es un trabajo aburrido. O al menos a mí no me lo parece. Tampoco es demasiado agobiante, aunque a veces no haya tiempo ni de coger aire entre llamada y llamada. Y sobre todo, le hace a uno feliz el darse cuenta de cuán pocas cosas pasan - y que siga así - en mi casa.







sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


lunes, 5 de febrero de 2024

Una nueva realidad

Me invade una rabia inmensa cuando me paro a pensar en ello. Incluso me hace enrojecer esta sensación de no estar cumpliendo con el trato que en su momento hice conmigo mismo. Y lo peor de todo es que todos los días, en algún momento, me veo asaltado por ese incómodo pensamiento. Tampoco me satisface ninguna de las excusas que le presento inútilmente a mi conciencia, buscando una absolución que ni yo mismo me creo. Todas las justificaciones que dibujo en mi mente me parecen nimias e irrelevantes. La certeza de estar engañándome a mí mismo es demasiado intensa y persistente.


El caso es que escribir se ha vuelto cada vez más complicado para mi. O tal vez sería más apropiado decir que encontrar tiempo para escribir se ha transformado en una tóxica utopía. Las veinticuatro horas del día se me quedan definitivamente cortas. Y la realidad es que las ideas continúan fluyendo. Las ganas de plasmarlas sobre el papel son tan apremiantes como lo eran hace tan sólo un par de meses. Pero ya no dispongo ni mucho menos de las horas que antes me sobraban para sentarme frente al ordenador y trabajar con tranquilidad sobre lo que me ronda por la cabeza. Aunque me encuentre feliz por haber retornado a una normalidad que aún se me antoja frágil y por haberme adaptado sin dificultad a mi nuevo puesto de trabajo, siento que algo me falta. Ese ventanuco por el que me escapaba casi a diario para llegar a este poco conocido rincón y entretenerme engarzando palabras como otros lo hacen completando sudokus, pintando cuadros, haciendo volar cometas o simplemente mirando a la gente pasear desde el balcón. Añoro esos lapsos de tiempo en que mi cabeza se ausentaba a otros lugares en los que la única urgencia era ser capaz de poner en negro sobre blanco mis pensamientos. Pero reconozco que no sólo era lo que tocaba en este momento, sino que deseo fervientemente que esta situación se prolongue tanto tiempo como sea posible.

Puede resultar confuso, pero en la actual coyuntura mi orden de prioridades se ha visto irremediablemente alterado. No sólo mi actividad en el blog se ha reducido hasta adquirir un aspecto casi comatoso. He abandonado otras aficiones y entretenimientos que durante meses me han ayudado a combatir el tedio de la convalecencia. La consola de juegos, en lo que a mí respecta, se ha convertido en otro jarrón del salón al que quitarle el polvo. Hasta hace poco andaba de sol a sol reproduciendo playlists mientras me dedicaba a otros menesteres y ahora la música sólo me hace compañía en momentos muy puntuales de la jornada. He pasado de ser un consumado navegante de Internet y de las redes sociales a contemplar desde lejos el extenso mar cibernético. Visitaba a mis padres cada tres o cuatro días y ahora no es raro que transcurra una semana completa sin verles. Los cursos online en los que me había embarcado a fin de completar mi curriculum avanzan cual tortugas sobre el asfalto y dudo de si llegaré a la meta antes de que expire un plazo que se me antojó a priori generoso cuando me inscribí en ellos. Mis horas se reparten en este nuevo escenario entre la jornada laboral, las tareas domésticas y en compartir todo el tiempo que puedo con Nuria y con los chicos. Porque esa sí que se ha convertido, tras lo vivido, en mi prioridad absoluta. Es el único instante en el que no me pesa que en este blog empiecen a acumularse telarañas: esos ratos charlando con mi hermosa mujer, riendo con mis hijos, o viceversa. Tan sólo la lectura no se ha visto perjudicada por estos cambios en mis ritmos vitales, ya que leo tanto o más que antes. Porque es un hábito que nunca sacrificaré y porque en lo que va de año han pasado por mis manos novelas, que sin ser excepcionales, han colmado mis expectativas y me han resultado francamente entretenidas.


Admito que no puedo comprometerme a mantener el mismo ritmo de publicaciones que durante más de un año sostuve, y es esta una realidad que me fastidia. Por mí el primero, pero también por quienes esperan con ilusión mis escritos y acceden a la página a diario para comprobar si hay algo nuevo, como hacen mis padres. Pero sí puedo garantizar que buscaré huecos en mi apretada agenda para mantener con vida este invento que en un momento de gran vulnerabilidad me mantuvo a flote y al que tanto le debo. Seguiré por aquí. No dudéis en visitarme de vez en cuando. Aunque sea con menor frecuencia, continuaré dando salida a todas esas cosas que se apelotonan en mi cabeza. Palabra de este cronista temporero.



miércoles, 10 de enero de 2024

Empatía en números rojos

No hagas de tu problema mi problema

De la prolija formación que estoy recibiendo en mi nuevo empleo, tal vez sea esa frase, para mí y para el resto de compañeros que se han incorporado a la par que yo, la que en buena medida recoge el espíritu que nos debe guiar en la correcta realización de nuestras recién estrenadas funciones. Ya escribí una entrada, titulada Frente al defecto de pedir y que no llegué a publicar por temor a herir la susceptibilidad de algunas personas, en la que esa idea, aunque no era la base sobre la que se sustentaba aquel ejercicio literario, se escurría subrepticiamente entre las líneas de algunas de las frases que lo componían. Aquella hablaba más del egoísmo de algunos en sus interacciones con otros individuos de corte más generoso y esta pretende hablar de la empatía que en ciertas situaciones uno debe amordazar. Son cosas diferentes.

Pensaba que supondría para mí un reto más exigente prescindir de una cualidad sobre la que, si bien no creo que pueda presumir en exceso, he estado trabajando arduamente durante estos últimos años, tanto en lo personal como en lo profesional. No sé si debido a que me están adiestrando a conciencia para atender desde una cierta distancia emocional a personas que contactan conmigo en busca de ayuda o si la razón del fenómeno se encuentra en esta nueva perspectiva con la que enfoco mi vida en esta nueva etapa, en la que lo laboral queda, sin que por ello se vea afectada mi productividad, reducido a un rol secundario, pero el caso es que en estas primeras semanas de tanteo no he sentido lástima alguna ante situaciones que en otro tiempo me habrían hecho dudar entre el deber y la compasión. Que, todo hay que decirlo, siempre acababa cumpliendo fielmente con el primero, aunque internamente me estuviera rasgando las vestiduras por no poder ejercer la segunda.

Por poner algunos ejemplos. Hija ya acercándose a la tercera edad que llama desesperada y asustada desde el teléfono de la vecina porque se ha dejado dentro de la vivienda las llaves, el móvil y... a la madre centenaria, más sorda que una tapia y con problemas de salud. La hago partícipe de mi comprensión e incluso comparto su preocupación, pero es todo maquillaje en realidad, ya que me siento emocionalmente alejado de su drama. Las normas son las normas. Antes de tres horas no puedo garantizarle que un cerrajero vaya a su domicilio. Ruegos y súplicas. No hagas de tu problema mi problema, pienso para mí mismo. Un señor que informa de que desde hace tres días, debido posiblemente a la rotura de una tubería comunitaria, se le está viniendo abajo el techo del baño. Que vayamos urgentemente porque teme que se derrumbe sobre el lavabo que compró y le instalaron hace un mes. Las normas son las normas. Si ha dejado usted pasar tres días para comunicárnoslo, tan urgente no es. El fontanero pasará en el plazo máximo de veinticuatro horas. Es lo que hay. Con educación, pero sin piedad. Empatía en números rojos. Que luego las cosas no tienen por qué ser tan rígidas como aquí las cuento porque, con la debida autorización y un poco de presión sobre los operarios en cuestión que deban acometer la reparación, los plazos se acortan. Pero la base es esa: no hagas de tu problema mi problema. Como nos dijo aquel el primer día de formación. Y nos puso un ejemplo muy ilustrativo: un rayo cae sobre el columpio metálico que una familia tiene en el jardín. El impacto provoca que el columpio salga impulsado contra la fachada de la casa y la derrumbe como una bola de demolición. ¿Qué cubre el seguro? Lo afectado por la caída del rayo, no por el desplazamiento del columpio. Y yo, ¿para qué quiero el columpio si mi hijo tiene ya cuarenta años y no me ha dado nietos? Lo comprendo, señora, pero es su problema, no el mío.

Así que ahí andamos. Escuchando las historias más psicodélicas y los ayes más sentidos de nuestros amados asegurados. Buscando la mejor solución que podamos ofrecerles, pero ciñéndonos letra por letra a lo contratado y firmado por ellos mismos. Simpatizando con sus desvelos de cara a la galería, pero poniendo barreras necesarias a sus espaldas para que, cuando llegue la hora de apagar el ordenador y regresar a nuestras casas, esos problemas que a ellos les afectan hasta poner patas arriba sus vidas, no hagan lo mismo con las nuestras. Como hacen otros tantos profesionales - y a un nivel aún mayor- con el fin de salvaguardar su integridad emocional, como, por ejemplo, médicos o personal de las fuerzas del orden.



Sintiéndolo mucho, como diría Sabina. O poco, no sabría decir en realidad si analizo la distancia que con tanta facilidad estoy interponiendo entre mis interlocutores y yo. No me siento peor persona por ello, así que sin remordimientos ni lamentos de ningún tipo. Que ya sufrí lo mío por no ser capaz en trabajos anteriores de comportarme así. Y uno ya va, metafóricamente hablando, peinando canas.

viernes, 5 de enero de 2024

Cuidar lo de dentro

En estos tiempos en que la inmediatez y las prisas gobiernan con mano firme las vidas de quienes habitamos en las grandes ciudades, conservar la capacidad de distinguir entre lo importante y lo irrelevante se ha convertido en una habilidad de un valor incalculable, pero necesaria a la vez para poder gozar, en términos emocionales, de una vida sana.

Hemos evolucionado hasta el punto de que las empresas se comprometen contractualmente a garantizar la desconexión digital de sus empleados. Pero no es este un compromiso real, dado que esa meta sólo podría alcanzarse mediante el cierre efectivo de los accesos a los aplicativos corporativos desde cualquier dispositivo fuera del horario laboral. Queda por tanto a discreción del trabajador que esa desconexión se produzca realmente. Y el que más y el que menos, tropieza. Y aquella tarea que no había podido completar se la lleva a casa. Pero incluso el que no se encuentra en esa situación o aquel que es capaz de evitar la tentación de dejarse arrastrar en su tiempo libre hacia sus obligaciones laborales, debe combatir aún con otro enemigo aún más insistente. Porque desconexión digital no es sinónimo de desconexión mental. Muchas veces uno no puede evitar, fuera del horario laboral, seguir divagando y reflexionando sobre cuestiones que deberían quedar relegadas a esas cuarenta horas semanales que vendemos a nuestras respectivas compañías, a veces por un salario insuficiente. Pasar la noche en vela visualizando las posibles situaciones que se producirán en esa reunión tan importante que tenemos al día siguiente con el Departamento Financiero. Devanarse los sesos intentando encontrar la manera de cumplir con los nuevos objetivos que la Jefatura ha decidido establecer para el próximo ejercicio. Diseñar estrategias para poder aportar soluciones a las necesidades de los clientes. Esas cosas.

Cuidar lo de dentro debería ser la prioridad de todo hijo de vecino. Velar en primer lugar por mantener un equilibrio emocional y mental que nos permita disfrutar de todo aquello que crece a nuestro alrededor. Disponer de tiempo para dedicar en exclusiva a esas aficiones que nos enriquecen y que dan sentido a nuestra existencia. Y con atender a nuestro interior no sólo me refiero a nuestra psique y nuestro cuerpo, sino también a quienes cohabitan con nosotros en nuestros hogares. Ser capaces de aparcar en la entrada de nuestras casas los problemas y las preocupaciones que pueda acarrear nuestra actividad profesional para centrarnos única y exclusivamente en aquellos que realmente importan: nuestras familias y nuestros amigos. Aporta satisfacción y tranquilidad mantener con nuestro entorno laboral una relación cordial y amistosa, que en ocasiones puede llegar a convertirse en algo más estrecho, pero no podemos permitir que las rencillas con un compañero o la hostilidad que despierta en nosotros un superior en la oficina hagan sombra a aquellos que se mantendrán siempre a nuestro lado, ya sea por lazos familiares o porque a ellos nos une algo permanente. Cuidar lo de dentro es también eso: que nuestros seres queridos puedan también disfrutar de todo lo bueno que hay en nosotros.


Para este año que acaba de arrancar ese es mi propósito principal: darle a los míos lo mejor que puedo ofrecer. Que mi mujer y mis hijos sientan, en todos los momentos compartidos, que nada tiene para mí más importancia que aquello que a ellos les preocupa. Aprovechar cada instante a su lado. Que todos mis esfuerzos tengan como objetivo final hacerles sonreír. Que el trabajo y todo lo que le rodea se acabe en el momento que entre en nuestra casa. Que mis padres me sientan más cerca. Tener tiempo para tomarme unas cervezas con esos amigos que, incluso de vacaciones en Canadá o en la India, están siempre ahí. Cuidarme y cuidar de los míos.

Porque eso es lo que cuenta. Lo demás es meramente accesorio.



domingo, 10 de diciembre de 2023

¡Cuánto valgo!

Desde hace unas semanas, como si de un mantra budista se tratara, lo canturreo mentalmente varias veces al día. Más por no olvidarlo en los momentos en que el desánimo aletea a mi alrededor que por forzarme a creerlo, ya que realmente pienso que es así, que no subyace soberbia ni presunción algunos en la certeza que albergo de que yo valgo mucho más de lo que el mercado laboral, al que intento regresar desde hace cuatro meses, parece querer hacerme creer. Si insisto en repetirme esa cantinela es porque la opción contraria, la de que soy yo el equivocado al valorar mis capacidades, la de que me pueda estar cegando el orgullo, me aterra.
 

Recuerdo, cuando me debatía dubitativo hace casi tres años entre acogerme o no al ERE presentado por mi empresa de toda la vida, cómo mi compañera Vero, a la que ya dediqué en su día una entrada en este blog alabando su determinación de conseguir un empleo público, me animaba a lanzarme a la aventura alegando que la experiencia y los conocimientos adquiridos durante los veinte años que habíamos dedicado a la Compañía eran garantía suficiente para conseguir un trabajo mejor. O en su defecto, que siempre podríamos regresar al Tercer Mundo laboral que pretendíamos abandonar. A mí ese argumento no me terminaba de convencer. Podía ser válido para ella, que siempre ha sido más inteligente, viva y despierta que yo, pero en mi interior bullían serias dudas de que pudiera serlo también para mí. No fue aquello lo que me convenció de dar el paso, sino la acumulación de razones que, pensándolo fríamente, no debía ignorar y que, puestas unas junto a las otras, anunciaban que si no aprovechaba aquella oportunidad podía encontrarme, como así les ocurrió a muchos compañeros que optaron por quedarse, en una situación muy delicada. Así que me apunté al ERE y abandoné la empresa con cierto pesar y agradeciendo sinceramente todo lo que por mí habían hecho durante tantos años. Recupero aquel argumento que en su momento esgrimió Vero porque a la larga me he dado cuenta de que yo tenía razón.

Tardé alrededor de siete meses en encontrar un empleo que se ajustase a mis necesidades y exigencias. Reconozco que, resguardado bajo la seguridad que me proporcionó un finiquito y una indemnización generosas, amén de la protección suplementaria que me otorgaba el ser beneficiario de la prestación por desempleo, me permití entonces ser tan selectivo como deseé. Luego vino lo que vino. Un trabajo que me llevó al límite, el despido posterior sin haber llegado a cumplir un año en la empresa y la enfermedad que me sobrevino cuando iba a comenzar a moverme otra vez en busca de un nuevo empleo. Y hasta hace cuatro meses, cuando empecé a sentirme lo suficientemente recuperado para reanudar esa búsqueda que me vi forzado a cancelar en su momento.



No está resultando nada fácil. Y eso que he ido rebajando mis expectativas a medida que la fecha de dejar de percibir la prestación se iba acercando. Me habría gustado probar suerte en otro sector más afín a mis gustos e intereses, pero de los puestos para los que me postulé - y fueron unos cuantos - nadie, ni una triste alma, se puso nunca en contacto conmigo. Bien por correo, bien en el estado de mis candidaturas en Infojobs y Linkedin, el veredicto me decepcionaba constantemente: descartado. La falta de experiencia en labores a desempeñar, la edad de la que ya presumo, el no disponer de alguna titulación que reforzase mi candidatura. ¿Quién sabe? No encontré ahí oportunidades. Me resigné a regresar al mundo del telemarketing donde tengo un importante bagaje como Coordinador, pero las ofertas para ese puesto son escasas, dado que suelen cubrirse dichas vacantes con promociones internas. Aún así conseguí concertar un puñado de entrevistas esperanzadoras. Asistí a las mismas con la ilusión de alguien que busca su primer empleo y con la seguridad de que mis credenciales eran inmejorables. No sé que pudo fallar, pero la respuesta fue la misma en todas ellas: "sea para decirte que sí o para todo lo contrario, te llamaremos en breve". Ninguno cumplió. Silencio administrativo. Bajé de nuevo el listón. A estas alturas no me importa empezar una vez más de cero. Las ofertas existentes para teleoperadores y gestores telefónicos son descorazonadoras: salarios bajísimos, horarios extenuantes que se dan de cabezazos con la conciliación familiar, funciones mayoritariamente de recobros, retención de clientes o venta y para colmo, casi todas se encuentran en la otra punta de Madrid. Aún así me inscribo en todas aquellas que cumplen unos mínimos. Cerca de cien ofertas en un mes. Tan sólo he superado el primer filtro, ese que los Departamentos de Selección realizan en base a tu currículum, sin llegar siquiera a conocerte, en cinco casos. Me resulta sorprendente que mi experiencia tenga tan poco valor. Solamente uno de ellos parece que saldrá finalmente adelante y, salvo que se produzca algún imprevisto o cambio de planes de última hora, en menos de una semana iniciaré una formación que aún no tengo muy claro - y no porque no lo haya yo preguntado, sino porque han sido un tanto ambiguos al respecto - si es selectiva y remunerada o no. Un contrato de tres meses con posibilidades de... Veinte años en el sector y varios meses en búsqueda activa de empleo para llegar a lo que posiblemente le ofrecen también a los estudiantes que buscan un dinerillo para sus gastos atendiendo telefónicamente a asegurados que comunican siniestros en sus hogares. Pero doy gracias. Es una oportunidad.

Me decía no hace mucho uno de mis hermanos, alguien con menos estudios que yo, pero hecho a sí mismo y de quien pronto hablaré en el blog, que le extrañaba, con lo capacitado que él me ve, con todo lo que leo, con tantas cosas como sé, lo mucho que me está costando encontrar un empleo en Madrid. Y yo intentaba justificarme con distintas razones y explicaciones, como si no estuviera haciendo lo suficiente para acertar en la diana. Pero no es así. Le dedico varias horas al día, me pateo virtualmente plataformas especializadas y páginas web corporativas, escribo a antiguos contactos en el sector, estoy en contacto con la Oficina de Empleo de la Comunidad, realizo cursos...

Sigo en mis trece. No me queda otra que dejarme acunar por mi mantra y tener paciencia. Yo valgo mucho y tarde o temprano, quien me de una oportunidad, se percatará de ello. 

Es tan sólo una cuestión de tiempo.





sábado, 18 de noviembre de 2023

Un Red Bull para las musas

Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.




Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.

Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro  hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.



No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


jueves, 26 de octubre de 2023

Al final... se me rifan

Es que no falla. Las tres veces que me he visto en una situación como la actual me ha ocurrido lo mismo. Supongo que la ley de Murphy es tan infalible como la de la gravedad o como el teorema de Pitágoras. Te puedes pasar meses moviendo tu currículum vitae, confiando que alguna empresa se interese por ti, y no recibir ninguna contestación. Y el día menos pensado, cuando empieza a invadirte el desánimo, suena tu teléfono y ya no deja de hacerlo en toda la mañana y tienes finalmente que hacer el pino puente para cuadrar en tu agenda todas las entrevistas para las que te citan. Es, por supuesto, una gran noticia esta, sarna con gusto no pica, pero te entra un poco de agobio, especialmente cuando llevas alejado del entorno laboral tanto tiempo y temes estropear el negocio sin darte cuenta con una palabra fuera de lugar o una frase poco apropiada. Pero, como supongo que pensará el entrenador de cualquier club grande, bendito problema el tener dónde elegir.


Ahora tengo por delante un par de días en los que deberé tomar decisiones importantes sobre mi futuro laboral inmediato. La última vez que me vi en esta misma encrucijada, aunque sólo lo comprendí meses después, elegí mal. En realidad, es presuntuoso afirmar tal cosa ya que nadie me garantiza que me hubiera ido mejor en los trabajos que rechacé entonces. Quizá todo habría sido aún peor, ¿quién sabe? Pero el caso es que la elección final me reportó pobres beneficios y numerosos disgustos. Confío que estaré más acertado en esta ocasión, aunque no puedo negar que la experiencia previa dejó en mí una huella tan profunda que, aunque lo intento con todas mis fuerzas, noto cómo me condiciona ahora. Esa sutil inseguridad que amenaza con atenazarte y nublarte la razón esta ahí, picoteando mi ánimo.

Tenía mis objetivos claramente definidos, pero ahora se han enturbiado ligeramente al no cumplir ninguna de las ofertas todas mis expectativas. Habría pecado de ingenuo si hubiese creído realmente que iba a presentarse una vacante cerca de casa, con un salario interesante, un horario que me permitiera gozar de una conciliación familiar digna y realizando unas funciones de mi gusto. No lo hice. Supe en todo momento que la mesa estaría coja. Y a pesar de tener esa certeza, siento un leve resquemor. Nada me hace creer que lo mereciese, pero habría estado bien encontrar a estas alturas el trabajo de mi vida, ¿no? Toca ahora decidir si opto por ese contrato que me permitiría trabajar desde casa pero que tiene fecha de caducidad o ese otro que apriori me garantiza una estabilidad indefinida pero que me exigirá atravesar de nuevo cada mañana Madrid. O ese otro con un salario más alto que los demás, pero donde tendré que cumplir un horario endemoniado. O aquel que me ofrece una empresa de prestigio pero en el que intuyo que me tocará de nuevo verme sometido a una presión y un estrés que malditas las ganas que tengo de volver a sufrir.


En fin, son curiosas estas paradojas. Como la de llevar dos meses peinando el mercado, preocupado por no llamar la atención de ninguna empresa, y ahora, a la vista de que en pocos días volveré al mundo laboral, salvo que ocurra un desastre, sentir ya que voy a extrañar ser responsable de las tareas domésticas, tener tiempo de sobra para charlar con mis hijos o para avanzar en mi novela y el caprichoso temor de no haber aprovechado estos meses de asueto adecuadamente. Pero la vida es en sí misma una hermosa paradoja en la que muchas veces no apreciamos lo que tenemos y envidiamos aquello de lo que carecemos y que disfrutan otros. Estoy ansioso por sumergirme en una nueva aventura y a la vez decaído por dejar atrás esta vida de amo de casa en la que tan cómodo - dolores aparte- me he sentido.

En cualquier caso, me siento afortunado. Las preocupaciones que ahora me inquietan en nada se parecen a las que llevo padeciendo desde hace ya demasiado tiempo. Aquellas eran feas y desagradables y estas, al menos, se dejan mirar y, en muchos aspectos, sobre todo en el económico, me aportan una cierta calma y serenidad. 

Ahora sólo queda acertar con la combinación ganadora y regresar al redil del que he vivido apartado durante casi año y medio. Con optimismo e ilusión. Como deben afrontarse todas las cosas.



viernes, 29 de septiembre de 2023

Reinicio laboral

Ante la pregunta que me han hecho sobre mis objetivos laborales que me han hecho durante la que ha sido mi primera entrevista de trabajo después de muchos meses de vagar por el desierto, he hecho especial hincapié en mi respuesta en que no soy a estas alturas especialmente ambicioso en ningún sentido, que interpreto mi próximo empleo más bien como una oportunidad para reiniciarme. Un nuevo comienzo, por decirlo de otra manera. No sólo por el hecho de que he permanecido forzosamente inactivo durante más de un año, sino porque también mi perspectiva sobre la vida y el papel que lo laboral desempeña en ella han cambiado mucho. Mi interlocutora se ha mostrado sorprendida por la franqueza de mi contestación, franqueza sobre la que he sustentado todas y cada una de mis afirmaciones posteriores. Porque yo ya no tengo edad para fingir ser lo que en realidad no soy. Por eso y porque en mi anterior empleo maximicé algunas de mis virtudes en una coyuntura similar a la de hoy con el fin de aparentar a los ojos de mis entrevistadores ser el candidato idóneo, cosechando al final, para mi infortunio, lo que irresponsablemente había sembrado. Si el karma existe, creo que se excedió conmigo en esa ocasión. Pero me he propuesto no repetir los mismos errores.



Supongo que la sorpresa de mi interlocutora habrá tornado en estupefacción, aunque no haya dejado, por profesionalidad, traslucir su asombro, cuando me ha interrogado sobre mis dotes comerciales.

- Pues están por descubrir, potenciar y explotar, dado que no soy comercial.

No me había pillado en fuera de juego, aunque yo a ella sí. Era plenamente consciente al presentar mi candidatura de que el puesto exigía unas ciertas habilidades comerciales que, por mis experiencias previas, tan sólo he tenido que emplear de soslayo. He aclarado una situación que de primeras le ha debido parecer ligeramente inusual e incluso creo haber superado de manera notable las pruebas posteriores a las que me ha sometido para medir mis aptitudes, aunque supongo que a la hora de decidir si soy apto para cubrir la vacante ofertada pesarán esas piedras que contra mi propio tejado he lanzado. Pero volvemos en este punto a los valores de transparencia y sinceridad con los que me presentaré a las próximas entrevistas que surjan. Del mismo modo que he sido honesto con mis carencias, lo he sido también con mis virtudes, que me consta son muchas y algunas de ellas, modestia aparte, excepcionales para el empleo en cuestión. En estas cosas ni me gusta perder el tiempo ni hacérselo perder a los demás, y por ello también he advertido sobre mi reciente enfermedad, prácticamente superada, pero de la que aún cuelgan flecos por cerrar en forma de consultas médicas a las que deberé asistir y que me obligarán a ausentarme en alguna ocasión durante el período de formación programado.

Supongo que cualquiera que haya leído hasta aquí opinará que no sé venderme y que pocas son las opciones que tengo de conseguir el puesto. Es posible, pero me siento orgulloso de mi proceder, de dejar las cosas claras desde el principio para evitar malentendidos o situaciones incómodas que puedan surgir más adelante. De haber puesto sobre la mesa con firmeza y claridad todo lo que puedo ofrecer, pero también de haber mostrado mis carencias de forma positiva. Y de hecho, mi interlocutora, al finalizar la entrevista, me ha felicitado por cómo he gestionado la misma, me ha confesado que mi candidatura le ha impresionado y que tendré pronto noticias suyas, una vez que termine de conversar con el resto de candidatos. Me niego, a mis cuarenta y diez, a interpretar un papel ficticio en este tipo de envites. Al menos, por ahora, que la soga no está tensa. Este soy yo. Estas (el compromiso, la responsabilidad, el esfuerzo o el orden), mis virtudes. Y aquellos otros mis defectos. A pecho descubierto. O lo tomas o lo dejas. Puedes arriesgarte conmigo y ayudarme en mi propósito de resetearme laboralmente o puedes descartarme para quedarte con otro candidato que quizá sea más válido que yo, que a lo mejor haya soltado una sarta de mentiras y con el que te lleves una desagradable sorpresa en el futuro.


Me recuerda esto a una anécdota curiosa que me ocurrió hace al menos quince años en un proceso de selección que pusimos en marcha para contratar un teleoperador que hablara portugués. Como es de rigor, el departamento de Recursos Humanos realizó la selección previa para, a continuación, enviarme a aquellos que superaron las pruebas y tomar yo la decisión definitiva. Entre los cuatro o cinco a los que recibí, había uno cuyo currículum me llamó mucho la atención. Era un documento en Word feo, mal redactado y con faltas de ortografía, algo que me chirrió porque las experiencias laborales que en él se recogían, en el caso de un chico tan joven como lo era aquel, denotaban las cualidades propias de un experto en el sector y no concordaba con ellas el aspecto desastrado de aquellas hojas de papel que daban cuenta de sus méritos y destrezas. Apareció en la entrevista adecuadamente vestido con una camisa lisa, sin corbata, unos pantalones chinos y unos zapatos negros, se presentó de manera correcta y me dio la mano con fuerza. Le noté yo, no obstante, algo nervioso, con la mirada un tanto huidiza y particularmente inquieto según nos dirigíamos a la sala donde él y yo íbamos a reunirnos. Y de repente, una vez sentados cara a cara, ocurrió. No me hizo falta ni abrir la boca, sólo una mirada fue suficiente. Se desmoronó y me confió, con el miedo y el arrepentimiento refulgiendo en sus ojos, que nada de lo que figuraba en el currículum que nos había hecho llegar era cierto, que ni él mismo entendía como Recursos Humanos no había descubierto su añagaza. Parecía estar confesando el peor de los crímenes. Que él, en realidad, trabajaba como albañil en una obra en Parla por cuatro perras. Que su chica estaba harta y que le había dado un ultimátum: o encuentras un trabajo como Dios manda o me voy y no me vuelves a ver el pelo. Que estaba enamorado hasta las trancas y que no imaginaba la vida sin ella. Se encontraba al borde de las lágrimas y debo reconocer que a mí, durante unos segundos, me tentó la idea de saltarme las normas y darle una oportunidad. Pero pensé en el resto de candidatos a los que tenía que entrevistar y decidí que sería una falta de respeto hacia ellos. Pensé también en mi jefa, que había depositado su confianza en mí para esta labor que habitualmente desempeñábamos juntos pero que ese día se había visto obligada por otros asuntos a delegar en mí, y concluí que no podía defraudarla. Así que, con la mayor delicadeza que fui capaz de reunir, traté de quitarle hierro al asunto, advirtiéndole, sin embargo, de que lógicamente quedaba descartado del proceso por no dar el perfil que andábamos buscando, le acompañé a la puerta, le di ánimos antes despedirme,  le observé abandonar el edificio con los hombros caídos y la cabeza gacha y fui a buscar al siguiente candidato, que a la postre se hizo con el trabajo. Desconozco qué fue de aquel albañil o si su chica terminó dejándole finalmente. Pero hoy pienso que obré bien. No tanto por mí, ya que a buen seguro, de haberle dado cobijo en mi equipo y haberse descubierto el pastel, yo habría salido del paso con una mera amonestación. No. Sobre todo por él, porque el tiempo que hubiera pasado con nosotros habría supuesto con toda probabilidad un tormento como el que yo sufrí por pretender ser quien no era.

Tal vez me equivoqué y me vea obligado a rectificar en un par de meses, pero creo sinceramente que, a estas alturas de la película, me he ganado el derecho de poner algunas condiciones o al menos a exigir unos mínimos a quien me quiera emplear y no sólo a aceptar sin preguntar lo que me pongan en el plato, como también tengo la responsabilidad de prometer sólo aquello a lo que pueda comprometerme.

Quiero trabajar. Quiero ser útil. Quiero ser productivo. Pero también deseo gozar de una calidad de vida de la que no he disfrutado en los veintitantos años que llevo trabajando y poder también dormir tranquilo por las noches.

No creo estar pidiendo tanto ni estar ofreciendo poco.



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