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sábado, 16 de septiembre de 2023

Elemental, querido Watson

Ardía en deseos de que se publicara "El problema final", la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Esta no era como mis anteriores primeras veces con las distintas historias que el autor cartagenero había compartido con sus lectores durante las últimas tres décadas. Por decirlo de una manera poética, venía sintiendo mariposas en el estómago desde que se anunció antes del verano este nuevo lanzamiento. Suelo aguardar sus relatos con impaciencia, pero con este en concreto eran tan grandes las ganas que incluso me tentó la idea de presentarme a primera hora de la mañana en la puerta de la librería más cercana y comprar el libro en papel el día de su salida al mercado, como hacía en los tiempos en que los dispositivos electrónicos de lectura eran tan sólo un prototipo. Aparte de mi declarada admiración por su literatura, en este nuevo proyecto ya adelantó en alguna entrevista que el argumento giraría en torno a uno de esas figuras literarias únicas y universales que me acompañaron en las tardes lluviosas de los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia: Sherlock Holmes. Nada más y nada menos. Un nuevo giro de tuerca en el variado crisol que conforma la producción novelística del escritor, miembro de la Real Academia de la Lengua Español, vilipendiado por muchos y venerado por otros tantos. Desde el Club Dumas y el Capitán Alatriste, pasando entre medias por la batalla de Trafalgar, la Reina del Sur y la revolución de Pancho Villa, hasta llegar al 221B de Baker Street.


Aunque los personales trazos del autor son fácilmente identificables en cada uno de los capítulos que componen la historia y aunque el personaje principal guarda grandes similitudes con los clásicos "héroes cansados" que pueblan su obra, por momentos tuve la extraña sensación de no estar leyendo realmente a Don Arturo, sino de nuevo a Sir Arthur Conan Doyle, el creador del celebérrimo detective y de su ayudante, el doctor Watson. Han pasado por mis manos otras recreaciones de estos personajes y aún tengo alguna pendiente de leer, como es "Estudio en negro", de José Carlos Somoza, pero hasta la fecha ninguna de ellas había logrado retrotraerme al universo holmesiano y al género de la "novela-problema" de manera tan contundente. No sólo he recordado relatos concretos de las aventuras del investigador londinense, sino que han regresado también a mí otras historias cumbre de la literatura detectivesca de finales del XIX y principios del XX, especialmente las de Gaston Leroux y Maurice Leblanc, a los que, aunque de soslayo, también se hace referencia en "El problema final". Puede ser en cualquier caso que la alta estima en que tengo al otrora corresponsal de guerra y a su obra literaria distorsione la impresión que otros puedan llevarse a leer esta novela, pero en cualquier caso estoy convencido que los que en su día disfrutaron del sabueso más famoso del género como yo lo hice, encontrarán entre sus páginas entretenimiento en abundancia y misterios de sobra que resolver.

Como aficionado al cine que se tragaba todas aquellas películas clásicas que echaban en la 1 los sábados después de comer, he disfrutado además como un cochino en una porqueriza con las numerosas referencias y las curiosas anécdotas verídicas sobre aquel Hollywood dorado en el que campaban a sus anchas los Gary Cooper, Laurence Oliver, James Stewart, Grace Kelly o Greta Garbo, entre otros. No revelaré a cuento de qué se mezcla a Sherlock Holmes y su leal Watson con todo ese elenco de artistas excepcionales que dieron vida a algunos de los personajes más emblemáticos de la historia del cine, simplemente os animo a que os sumerjáis también vosotros en la novela para descubrirlo y quizá disfrutarlo tanto como yo.

La lectura de "El problema final" ha avivado un propósito que he ido postergando durante muchos años. Yo acostumbraba a releer libros, algunos hasta cuatro o cinco veces. No era extraño dado que, aparte de los que por mi cumpleaños y en Navidades me regalaban, pocos más caían en mis manos. Las bibliotecas de Móstoles no estaban tan bien surtidas como lo están hoy, no existían, como ya he señalado antes, los ebooks y comprar libros era algo que mi economía no siempre podía permitirse. Y yo era un ávido lector, así que no me quedaba otra, para alimentar mi hambre lectora, que regresar a aquellos que ya había leído y que, de una manera u otra, me habían impresionado. Dejé de hacerlo a medida que el acceso a las novedades literarias fue haciéndose más sencillo. Ahora siempre hay algo nuevo al que hincarle el diente. Sin ir más lejos, en mi Kindle me esperan ahora mismo un centenar de libros publicados en los últimos tres años. Retornar a Sherlock Holmes no sólo ha despertado en mí las ganas de volver a sumergirme en aquel mundo victoriano en el que transcurren sus aventuras e intentar de nuevo resolver los crímenes que Conan Doyle ideó, sino también encontrarme de nuevo con otros relatos y aventuras que marcaron mis años más jóvenes, así que ya he descargado en mi dispositivo algunos libros como "Miguel Strogoff", "Historia de dos ciudades", "Ivanhoe", "El conde de Montecristo" o "Los miserables"Y para empezar a cumplir este capricho y sin más demora, me he embarcado ya en una recopilación maravillosa, con comentarios aclaratorios y multitud de notas a pie de página, titulada "Todo Sherlock Holmes". El reto promete, puesto que no sólo recopila en más de mil páginas todo lo que Sir Arthur escribió teniendo como protagonista a nuestro detective, sino que a parte de una introducción sumamente amena sobre todo el universo holmesiano, a cada relato le acompaña un pequeño estudio que realiza oportunas aclaraciones sobre la historia en cuestión.

Podría haber empezado a releer mi pasado con el "Drácula" de Bram Stoker o con "Los hijos del capitán Grant", de Verne, por poner un par de ejemplos, pero no, no podía ser de otra manera tras la experiencia de estos últimos días. El cuerpo me pedía regresar a Holmes cuanto antes y ahí ando, dichoso de regresar al Londres del inspector Lestrade, el profesor James Moriarty y la fatal Irene Adler, enfangado ya hasta las cejas con un "Estudio en escarlata", pasmado de nuevo ante las sagaces deducciones del más famoso detective literario de todos los tiempos: Sherlock Holmes. 

jueves, 20 de julio de 2023

Así nos ven

Las historias de inocentes acusados y condenados injustamente por un crimen que no cometieron llevan sucediéndose desde que el mundo es mundo. Las de personas reales o personajes ficticios que arrastran durante sus vidas una culpa que no es suya simplemente por encontrarse en el lugar y momentos equivocados. Y suelen conmovernos. Mucho.

La justicia es un concepto muy volátil que en ocasiones es ninguneado en aras de intereses políticos, prebendas económicas o prejuicios raciales o religiosos, pero al mismo tiempo es el mínimo que cualquier ciudadano del mundo civilizado exige para sí mismo y para los demás. Pocos atropellos nos escuecen más, como seres humanos, que los que se cometen en su nombre.


Quizá por eso, Así nos ven, la miniserie de unas seis horas que recientemente ha estrenado Netflix, me ha dejado con el cuerpo del revés. Como decía, no es un relato que sorprenda por su originalidad o por su afán innovador, pero es desde luego una pequeña joya televisiva que da testimonio de cómo un error policial (y el empeño de sus responsables en encubrirlo) puede malograr la vida de, en este caso, cuatro jóvenes de color y otro latino, residentes en el barrio neoyorquino de Harlem, de entre quince y dieciséis años, que fueron en 1989 acusados de, entre otros muchos cargos, violación e intento de homicidio y que pasaron entre rejas, sufriendo las consecuencias de ser negros y además supuestos violadores, entre cuatro y doce años.

Es una historia real, no es ficción, y por lo que he podido investigar, los policías, la fiscal y el juez que se ocuparon de aquel caso de "los violadores de Central Park", así como un jovencísimo Donald Trump, empeñado en su indudable culpabilidad hasta el punto de intentar rehabilitar la pena de muerte en el Estado de Nueva York, actuaron con tan mala fe como en la serie se muestra, y los chicos, más allá del odio que hacia la comunidad negra ha existido y sigue existiendo, los candidatos menos imaginables que pudieron encontrar para cargarles el mochuelo. A uno ya no le sorprende que en un país tan racista como lo es Estados Unidos, treinta años después se eligiese como Presidente al mencionado Trump.


Pero más allá de la historia, de los detalles de la investigación y de los flashback que nos ayudan a entender las vidas de los muchachos antes de que se convirtieran en enemigos públicos del pueblo americano, todo ello superfluo por haber sido ya el argumento de muchas novelas y películas, está la manera de contarlo. Ya lo he dicho tantas veces que lamento repetirme yo también, pero el cómo vale muchas veces por sí solo el precio a pagar por escuchar o ver lo mismo que otras veces.

Y es que todo, absolutamente todo, lo que rodea a esta producción, destila una impresionante calidad cinematográfica. Directores, guionistas, actores, fotógrafos, escenógrafos y tramoyistas. Simplemente excelsos. Inconmensurables. Y detrás de todos ellos, como productora ejecutiva, una de las voces negras más radicales y al mismo tiempo más comerciales de la nación americana: la celebérrima periodista Oprah Winfrey.

Más allá del espinoso asunto del color de la piel, late en el relato un mensaje que en muchas ocasiones, aquí en casa, hemos transmitido a nuestros propios hijos: no basta sólo con ser buenas personas, sino también ser lo suficientemente inteligentes para saber evitar los conflictos que pueden tener consecuencias serias para vuestro futuro. Uno de los mayores miedos que nos invaden a los padres de adolescentes es el de las compañias con las que nuestros hijos se juntan y las acciones a las que estos pueden arrastrarles. Cierto es, como en Así nos ven, que a veces ni siquiera eso es suficiente, que incluso siguiendo ese consejo protector, nuestros hijos pueden encontrarse igualmente en el ojo del huracán, pero nunca está de más educarles al respecto.


Os garantizo que no recibo comisiones de Netflix por recomendar sus productos, pero es que, a pesar de la masiva pérdida de afiliados que les ha generado el cambio en su política de streaming, sigue siendo, con notable diferencia, la plataforma digital más completa, tanto cuantitativamente como - y esta serie es un claro ejemplo - cualitativamente.

PS: Y si buscáis algo más motivador, me permito sugeriros encarecidamente una película, también basada en hechos reales, que no os dejará indiferentes y que también se encuentra en esta plataforma y se ha estrenado recientemente: Las nadadoras.

Pura delicatessen.



jueves, 2 de febrero de 2023

The Crown

¿Cómo es posible que una serie de televisión que aborda un asunto a priori tan soso como es la historia de la monarquía británica durante el siglo XX vaya ya por su cuarta temporada, obteniendo premios y mejorando año tras año sus niveles de audiencia y sus calificaciones en páginas especializadas como Rotten Tomatoes? Esta fue la pregunta que aproximadamente hace dos años me hice con motivo del sonado estreno de su cuarta entrega en Netflix. El atractivo que hasta ese momento tenía para mí el asunto, el justo. Siempre me ha parecido la inglesa una de las familias reales más aburridas, viviendo en un universo absolutamente alternativo, exento de preocupaciones y plagado de lujos. Que en el Reino Unido tuviese éxito la serie tenía su explicación por lo arraigada que se encuentra la institución real en la cultura británica, pero que triunfase también en el resto del continente, era algo que no me podía explicar.

Así pues, ni corto ni perezoso, me sumergí en "The crown" con esa sensación de "no voy a aguantar ni dos capítulos" que me asalta frente a series de éxito que intuyo me van a defraudar. Mi sorpresa fue mayúscula y hoy, tras haber finalizado la quinta temporada y rezando para que la siguiente no tarde otros dos años en ver la luz, puedo responder a la pregunta que en su día me hice.


En primer lugar está el elenco de actores, la gran mayoría de origen británico, que interpretan a los miembros de la realeza, primeros ministros y otros personajes históricos de relevancia en el devenir de la historia de Inglaterra durante el siglo XX. Creo que no hay ninguno que cojee en su interpretación, brillando todos a un altísimo nivel interpretativo. Uno de los principales (y necesarios) aciertos que tiene la serie es que para cada época narrada el personaje es interpretado por un actor diferente, de edad similar a la que los personajes reales tenían en aquel momento. Así, por ejemplo, la reina Isabel es interpretada en su juventud por Claire Elizabeth Foy, en su primera madurez por Olivia Colman y en esta última temporada, en que la vejez se empieza a cernir sobre la reina, por Imelda Stauton. Pero hay personajes cuya presencia en la serie no tiene la misma continuidad, como John Lithgow, increible en el papel de Winston Churchill o Gillian Anderson como Margaret Thatcher, que ofrecen un auténtico recital de virtuosismo actoral y dan una gran credibilidad a la historia.

En segundo lugar está la selección que los realizadores han hecho de los episodios más relevantes del reinado de Isabel II  y la manera en que se abordan los hechos. La originalidad es una de las garantías de calidad de este producto y es claramente apreciable en la forma en que nos invitan a conocer, por ejemplo, hechos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, el suceso de la gran niebla tóxica que asoló Londres en diciembre de 1952 o la irrupción de Dodi Al-Fayed en la vida de la princesa Diana. Todos los capítulos arrancan de una manera única y con una calidad cinematográfica impresionante.

Los escenarios y las localizaciones en las que se ha rodado hasta la fecha "The Crown", aun no siendo las verdaderas, recrean con absoluta precisión los palacios de Buckingham o Kensington y la abadía de Westminster, entre otras. En cuanto a las exteriores, cabe mencionar que tanto Málaga, donde se recrea el viaje de la reina Isabel II y su marido Felipe a Australia, y Barcelona, ciudad en la que se grabaron los planos correspondientes a las escenas parisienses, son algunas de las ubicaciones utilizadas. La majestuosidad de los decorados, la elegancia del vestuario y una fotografía excepcional convierten la serie en un espectáculo visual deslumbrante.


Que nadie que se aventure a ver esta serie espere el trepidante ritmo de series como "Stranger things", giros de guión como los de "Juego de tronos" o diálogos como los de "Peaky Blinders". Es una serie sobria, elegante e inteligente, magistralmente construida, pero con una cadencia pausada y muy particular no apta para todos los públicos. No hay sustos, ni persecuciones por los tejados ni carreras de coches. No hay misterios que resolver ni grandes dramas que nos hagan llorar. Pero es, sin lugar a dudas, una de esas series que son fiel reflejo de una época histórica y en la que los personajes y las relaciones que entre ellos y con el resto del mundo mantienen se convierten en los pilares que soportan todo el edificio.

Pero si te gusta la Historia o si eres un fanático de las grandes interpretaciones y el cine de calidad, no dudes en verla. Te garantizo que no te defraudará.



martes, 13 de diciembre de 2022

42 segundos

Me ha impresionado esta película española inspirada en la participación de nuestra selección nacional de waterpolo en las Olimpiadas de Barcelona de 1992, aquellas que coronaron como mejor jugador del mundo  a Manel Estiarte, dignamente interpretado por Alvaro Cervantes, y al que le da réplica un fantástico Jaime Lorente (Denver en La casa de papel) encarnando a Pedro García Aguado, al que todos conocemos por ser Hermano mayor y que actualmente ocupa el cargo de Director General de Juventud de la Comunidad de Madrid. No os voy a destripar la película, simplemente os recomiendo encarecidamente que reservéis un par de horas el próximo fin de semana para verla. La podéis encontrar en Amazon Prime y, si tenéis hijos a los que les guste el deporte, no dudéis en animarles a verla con vosotros. En estos días en que el mundo está pendiente del Mundial de fútbol de Qatar es un estupendo complemento.

La película me ha retrotraído inevitablemente a aquel verano de 1992, cuando yo arrastraba sólo diecinueve primaveras y en mi vida estaba a punto de irrumpir una maravillosa mujer que lo cambiaría todo. Barcelona se convirtió entonces en capital del mundo y todos los poros de esta piel que llamamos España rezumaban un espíritu de euforia y expectación, y unas ganas de gritarle al mundo: ¡Aquí estamos! ¡Podemos organizar los mejores Juegos de la historia!

Y lo cierto es que, si hiciésemos una encuesta sobre cuáles han sido los mejores Juegos Olímpicos de la era moderna, casi cualquier español, incluso los que no lo recuerdan, con ese orgullo de lo nuestro que nos caracteriza, afirmarán que fueron los de Barcelona. Yo, desde luego, así lo creo. Logísticamente supuso una hazaña en la que participó desde el más humilde plebeyo hasta el que hoy reina en este país, Felipe VI, que fue abanderado y participante en aquel evento mundial. Supuso el inicio de una etapa gloriosa del deporte español que aún perdura. Nunca habíamos presentado tantos deportistas a un acontecimiento de este calado, nunca habíamos subido tantas veces al podio, nunca habíamos tenido tan a mano tantos ejemplos de esfuerzo y superación que presentar como referentes a nuestros hijos. Aquellas semillas que se plantaron en Barcelona dieron años después sus frutos en los Rafa Nadal, Pau Gasol o Andrés Iniesta que tantos éxitos, antes imposibles de imaginar, han conquistado para nuestro país.

No creo que os cueste demasiado visualizarme, aún con la mayoría de edad en período de prácticas, sentado a todas horas delante del televisor, animando a Teresa Zabell, Luis Doreste, Daniel Plaza, Fermín Cacho, Antonio Peñalver, Kiko Narvaez y otros muchos que aquel verano se convirtieron en héroes para todos nosotros. Creo, por ejemplo, que la gran mayoría éramos unos completos ignorantes en lo que a la vela se refiere, pero todos jaleábamos a nuestros representantes y comentábamos las pruebas como si cada domingo nos echásemos a la mar con nuestro velero. Hasta seguíamos enfervorecidos la competición de deportes tan poco emocionantes como el tiro con arco. Al menos mis amigos y yo sí lo hacíamos.

Pero ver la película también despertó mi curiosidad sobre qué ha sido, treinta años después, de aquellos alrededor de los que el país entero giró durante un mes. Porque el deporte también deja juguetes rotos. Deportistas a los que la derrota o el triunfo consumieron, que se hundieron por la exigencia de la alta competición o porque fueron incapaces de sobrevivir apartados de los focos. Aunque la película no aborda este asunto más que de soslayo, yo era conocedor de que un componente de aquella mágica selección de waterpolo, años después, cuando ya todos ellos formaban parte de la memoria deportiva colectiva de este país, se había suicidado en extrañas circunstancias. Empezaron a venir a mi cabeza de forma inmediata los nombres de Diego Armando Maradona, Julio Alberto, Paul Gascoigne, Lamar Odom, el Chava Jiménez, Poli Díaz y tantos otros. Busqué en Google y descubrí para mi tranquilidad que, por ejemplo, Miriam Blasco, medalla olímpica en judo, dirige un gimnasio, o que Martín López-Zubero, el primer nadador español que consiguió una medalla olímpica, es ahora entrenador en Florida. Me llevé también alguna sorpresa, como que Antonio Peñalver, medalla de plata en decatlón, denunció a su entrenador, años después, por abusos sexuales, o que Daniel Plaza, aquel corredor de marcha que nos hizo vibrar a todos, se metió en política y acabó teniendo que abandonar por un escándalo también de índole sexual. Pero, para mi tranquilidad, prácticamente todos llevan hoy en día vidas normales.

El deporte es maravilloso, pero cuando llegas a la cima, debes saber que un día caerás desde esa altura y que nadie te va a poner un colchón para amortiguar la caída. Tal y como estoy contando en Lo que nos da la cancha, aunque en categorías inferiores, donde la distancia entre el cielo y el suelo es mucho menor, mi hijo Sergio estuvo ahí arriba y en ocasiones vi vértigo en sus ojos. Incluso creo que sintió alivio cuando le expulsaron de ese Olimpo al que elevamos a nuestros deportistas en el momento que dejan de ser anónimos para pasar a ser orgullo de todos. Y veo a los que acompañaron durante aquellos años a Sergio y que aún están ahí, subiendo raudos por las laderas de esa montaña, algunos ya muy cerca de la cima, y cruzo los dedos para que no les pase nada, para que el éxito o el fracaso no les prive de ser quienes realmente son. Para que el deporte sea siempre benigno con todos ellos.

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