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sábado, 2 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: Sergio Usero

Todo entrenador quiere contar en su plantilla con un jugador como él. Alguien disciplinado y con la suficiente capacidad para interpretar el baloncesto que tienes en mente y que deseas que tu equipo despliegue sobre la pista de juego. Alguien que ejerza de ancla, que mantenga siempre su posición y evite que todo se desmorone. Alguien con la ascendencia suficiente sobre sus compañeros para propiciar que todos remen en la misma dirección y que consiga que los demás se exijan más a sí mismos en cada partido y cada entrenamiento. Alguien que no se amilane frente a las adversidades y defienda con rigor y contundencia. Alguien que ayude al conjunto a sobreponerse en los malos momentos. aporte en ataque y de ejemplo a los demás con su esfuerzo. Todo colectivo necesita que entre sus filas haya un tipo que asuma ese rol, el capitán al que todos toman como referencia, el líder que guía con mano firme al grupo hacia la victoria. En Alcorcón Basket 2008, el equipo en el que juega Marcos, nuestro hijo pequeño, lo tenemos, y gran parte de los éxitos alcanzados por el grupo durante todos estos años empiezan y acaban en él: Sergio Usero.


Junto a Marcos y a Hugo Larrey, nuestro Sergio Llull doméstico, él es el único que permanece en el equipo desde que arrancaron en categoría Benjamín, allá por septiembre de 2016, hace ya siete años que, debo decir, se nos han pasado volando viéndoles desarrollarse como personas y crecer como jugadores de baloncesto. Se unió al club procedente del Colegio Arcángel Rafael y ya desde su primer año, con tan sólo ocho primaveras, destacaba en el grupo por su formalidad y por la seguridad con la que afrontaba cada ejercicio, cada reto y cada partido. El hecho de ser tan exigente consigo mismo no implicaba que careciese de habilidades para relacionarse y divertirse con sus compañeros, más propensos que él al despiste y a la travesura simpática en la realización de dinámicas grupales. Más bien todo lo contrario, poseía un don para distinguir perfectamente cuándo tocaba pasarlo bien y cuándo trabajar, y disponía de recursos incluso para ser él quien iniciase, en los momentos que correspondía, el chascarrillo que a todos hacía reír.

Durante los años de canasta mini su personalidad continuó perfilándose en la línea hacia la que ya apuntaba: un chaval con una mentalidad competitiva notable, pero con un control sobre sus emociones en la pista más propia de un tenista de alto nivel que de un niño de su edad. Rara era la vez en que un error o un acierto afectaran a su manera de comportarse en el campo. Como un martillo pilón continuaba realizando la tarea que desde el banquillo se le había encomendado, aunque a medida que iba sumergiéndose en los entresijos de este deporte, fue añadiendo a su repertorio la habilidad de tomar decisiones generalmente correctas frente a los imprevistos, en esos momentos puntuales en que la pizarra deja de importar y priman el instinto y la inteligencia. Daba igual el entrenador que le dirigiese o los compañeros que le acompañasen sobre el parqué. Seguía siendo indispensable para el desarrollo del juego del conjunto y los técnicos de los que tuvimos la suerte de disfrutar durante esos años (Juanpe González y Ángel Santano), que detectaron pronto las fortalezas mentales y físicas de Sergio, le ayudaron con mano firme y afectuosa en su desarrollo, convirtiéndose el chaval, especialmente con Ángel, en la prolongación del míster sobre el campo.


Si tenía una carencia durante esos primeros años, era quizá su escasa aportación en lo referente a la anotación. Defendía, asistía, reboteaba y se fajaba con intensidad y compromiso, pero pocas canastas llevaban su rúbrica. Era un puntal en defensa, pero adolecía de presencia ofensiva. No tenía prisa. Cuando determinó que era el momento de mejorar su rendimiento en ese aspecto del juego, una vez consolidado todo lo demás, se empleó a fondo. Ganó confianza en las penetraciones, en ser él quien asumiese la responsabilidad de ir un poco más allá de lo que de él se esperaba en ataque. También en esa disciplina los resultados fueron llegando y ya en Infantil y en el primer año de cadete comenzó a promediar más de diez puntos por partido, unos datos excelentes para un jugador de estatura media y con mucho margen aún de mejora en el tiro exterior. 

Asumió, cuando le llegó el turno, los galones de capitán del equipo con absoluta naturalidad, la misma con la que acogieron sus compañeros, tanto los veteranos como los que se iban incorporando cada año al equipo, la decisión del cuerpo técnico. Y nadie se ha planteado desde entonces que fuera necesario cambio alguno porque era el mejor capitán de todos los posibles. Los entrenadores que durante estos años han trabajado con ellos, como he dicho al principio, daban palmas con las orejas por tener un tipo así en el plantel.

A pesar de los logros deportivos conseguidos (dos Campeonatos de Madrid y una Final Four Infantil) y su peso en un equipo tan talentoso como siempre lo ha sido este Alcorcón Basket 2008, es uno de los grandes olvidados por la Federación de Baloncesto de Madrid, que dejó de convocarle en Benjamín, junto a otros jugadores del equipo que posiblemente atesoraban méritos y nivel para ello. La verdad es que me da la sensación de que poco le ha importado, y no porque considere irrelevante representar a su Comunidad, sino porque nunca se ha dejado distraer por zarandajas de este tipo. Él se marca otras metas.

Mi hijo siempre sale de los entrenamientos que le han salido bien con una sonrisa de oreja y comentando cual pregonero municipal sus avances, sus jugadas, sus tiros. Hoy no he podido ir a verle a entrenar, pero me llegaban por whatsapp noticias de que lo estaba haciendo muy bien y de que había realizado incluso alguna acción merecedora del aplauso de los presentes, así que le esperaba en casa dispuesto a que me contara al dedillo y entusiasmado sus hazañas. Pero para mi sorpresa, ha entrado en casa cabizbajo y meditabundo, sin hacer ninguna clase de alarde. Cuando le he preguntado, extrañado, qué le pasaba, me ha respondido que no había podido despedirse como le habría gustado de Sergio, su socio durante todos estos años. Y ha empleado esa media hora, que yo pensaba que utilizaría para vanagloriarse de sus acciones hoy en la pista, en compartir conmigo todo lo que va a echar en falta este año con la marcha de su amigo.



Tanto por su actitud en el campo como por la relación con sus compañeros y con los padres que hemos sido testigos de su evolución, se merecía, aunque aún no sea un Juan Núñez o un Baba Miller (y recalco ese "aún"), una entrada en este blog que le hiciera justicia. Y a ello me he puesto, pocas horas antes de que vuele a Canadá para cursar allí el próximo año académico, decisión promovida por él mismo y no por sus padres, amparado en ese afán, como siempre, de ir un poco más allá en su formación personal y deportiva. Deja el equipo, esperemos que de manera temporal, en un momento dulce, a punto de iniciarse una temporada ilusionante por el sobresaliente grupo humano y deportivo que se ha conformado y por los ambiciosos objetivos que se han marcado, pero no me cabe ninguna duda que, cada fin de semana, vestido con la equipación oficial del club, en la lejana Canadá, se dejará la voz animando en la distancia a su Alcorcón Basket y que los chicos seguirán sintiendo su aliento y su presencia en cada jugada.  

¡Buena suerte y buen viaje, Sergio!


jueves, 17 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: nuevos proyectos

La gran mayoría de clubes de baloncesto base funcionan como una especie de embudo que se va estrechando hasta que los chavales cumplen la mayoría de edad. Y el nuestro, Alcorcón Basket, no es una excepción. Llegados a este punto algunos chicos dejan definitivamente el baloncesto federado (aunque sigan practicándolo a nivel aficionado) para centrarse en sus estudios o trabajos; otros buscan clubes de un nivel acorde a sus capacidades donde puedan seguir compitiendo al amparo aún de la Federación de Baloncesto de Madrid; y unos pocos permanecen en el club. Confiábamos que Sergio fuera uno de estos últimos y tuviese sitio en alguno de los equipos federados de la categoría Sub-22 que el club tiene en competición. Aunque hablamos en alguna ocasión sobre aquello durante el verano, estábamos tranquilos. Por el compromiso que él había siempre mostrado hacia el club y por el cariño que había recibido desde que ingresó en AB siendo alevin, esperábamos que contaran con él, pero a Sergio le preocupaba su bajo estado de forma tras las lesiones y le hacía temer que tuviese que optar por otras alternativas mucho menos apetecibles. Finalmente no sólo logró una plaza en el Sub-22 Plata sino que, animado por nosotros y por el club, se sacó el carnet de entrenador Nivel 1. Así que, en su caso, el panorama de cara a la temporada 2022-2023 era doblemente apasionante: continuaría en el circuito federado, no sólo como jugador, sino ahora también como entrenador.


Tras el varapalo de la Final Four Infantil del año anterior, la temporada de Marcos se presentaba, mientras tanto, como una etapa de transición. Sin demasiadas metas sobre el tapete, pero con la obligación de prepararse a fondo de cara a ese reto de repetir hazaña en la temporada de Cadete que se iniciaría en septiembre de 2023 y para la que intuíamos que el club pondría toda la carne en el asador dados los resultados obtenidos hasta la fecha y la calidad técnica y humana del grupo AB08.

Más allá de los resultados deportivos de ambos durante la temporada, que fueron notables en los dos casos con un subcampeonato más de Madrid para el mayor y una actuación dignísima de los pequeños contra rivales más grandes y más altos, empezamos a descubrir una nueva faceta del deporte que hasta entonces no habíamos vivido en primera persona: la responsabilidad que sobre Sergio recaía de enseñar a los niños más pequeños del club. Aunque a él lo que le apetecía (y le sigue apeteciendo) es entrenar en canasta grande, no se empieza la casa por el tejado y asumió con orgullo y responsabilidad la tarea.

Confesaré que yo me sentía especialmente contento, dado que siempre, desde el día que entramos a formar parte de la gran familia de Alcorcón Basket, había deseado que mis hijos siguiesen vinculados al baloncesto y a este club en concreto cuando llegaran a Junior. Y contemplar las nuevas posibilidades que, por su condición de entrenador, se le ofrecían a Sergio y las experiencias que iba a poder vivir trabajando con niños, me llenaba de alegría y satisfacción. Se hizo cargo de los más pequeños del club, los Baby, niños de hasta siete años que aún no compiten pero a los que se les va poco a poco enseñando los fundamentos más básicos de este deporte. Me resultaba divertido y emocionante el relato que de los entrenamientos con estas futuras figuras me hacía Sergio, las dificultades con que se encontraba (y que al principio le desquiciaban) para mantener a esos seis o siete enanos atentos y concentrados en lo que él pretendía enseñarles. El mero hecho de ponerles en fila era todo un reto para él. Paralelamente, a fin de ir adquiriendo ciertas tablas en un escenario más competitivo, ejercía de segundo entrenador con los chavales del Alevin de primer año. En estas categorías los resultados deportivos no son lo más importante, pero aún así Sergio terminó su primera temporada como entrenador plenamente satisfecho de los logros alcanzados y la evolución de todos los niños a su cargo.


En lo deportivo, tras una temporada en la que el equipo Sub-22 Plata no se topó con demasiada resistencia y Sergio fue contando cada semana con más minutos a medida que iba recuperando la forma, el equipo alcanzó de manera sobresaliente la final del Campeonato de Madrid contra Santa María del Pilar, un clásico de estas categorías, que presentaba un plantel en el que destacaban jugadores que habían pasado previamente por clubes como Estudiantes o Canoe y que habían sido rivales de Sergio en categorías inferiores. Durante la final, aunque el encuentro estuvo muy igualado hasta el último cuarto, no se nos escapaba a los espectadores que el rival era superior, no sólo en el aspecto ofensivo, sino también en el defensivo, haciéndonos muy difícil desarrollar el juego al que estábamos acostumbrados. Como se suele decir, unas veces se gana y otras se aprende, y en este duelo nos correspondió lo segundo. Y aplaudir al equipo contrario, que se mereció la victoria de forma más que merecida. Lo mejor, como siempre, el abrazar y felicitar a los rivales con los que llevas enfrentándote desde hace ya unos cuantos años.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros, salvo algún pequeño borrón como fue la derrota frente a Ricopia Alcalá tras llegar al descanso ganando de más de treinta puntos, completaron una magnífica temporada logrando victorias de gran mérito frente a rivales un año mayores y también ante rivales de enjundia de su edad como Canoe o Fuenlabrada. Y además lo hicieron con un espíritu competitivo y un derroche de talento que nos hizo disfrutar durante todo el año en cada partido.



Marcos es - y aquí me dejo arrastrar abiertamente por mi amor de padre - un jugador técnicamente notable, con una gran visión de juego y un fuerte sentido del espectáculo. Lo fue siempre, desde que en Benjamín se presentaba ya a los partidos con sus muñequeras y con cintas en el pelo e intentando buscar la asistencia imposible, la finta desequilibrante, el tiro impunteable. Pero cuando te rodeas de jugadores de tantísima calidad como lo son sus compañeros, todo eso no es suficiente ni mucho menos para contar con los minutos que por calidad crees que te corresponden. El físico es especialmente importante en un deporte tan marginal como lo es este, en el que el más bajo o el más delgado lo tienen más complicado, pero, sobre todo, necesitas un control de tus emociones y de tus estados de ánimo superlativo. Y Marcos ha recorrido una parte muy corta de ese camino. Hizo buenos partidos y tomó las riendas del equipo cuando le correspondió hacerlo, pero aún así, y a pesar de que esta temporada se divirtió como pocas veces lo había hecho, no terminó el año todo lo satisfecho que le habría gustado. Y tres días después del último partido, comenzó a preparar la 2023-2024 por su cuenta, con el propósito firme de ponérselo aún más difícil a su entrenador.

Un año por lo tanto en que se han empezado a fraguar nuevos proyectos para los hermanos Rodel en Alcorcón Basket. En el caso de Sergio, crecer como entrenador y aprender cuanto pueda de los grandísimos profesionales que tenemos en el club. Y en el de Marcos, bueno. Lo cierto es que nos hemos encontrado con un escenario diferente al de otros finales de temporada. A lo que estamos acostumbrados es a tener que decir "hasta luego" a nuestros mejores jugadores cuando llega el cierre del ejercicio, tentados por los cantos de sirena de otros clubes a priori de mayor categoría, y a tener que reconstruir el equipo. Pero este año hemos echado abajo esa barrera y no sólo el talento se ha quedado en casa, sino que un puñado de chavales de esos clubes más prestigiosos han optado por incorporarse a esta familia en la que lo más importante ha sido siempre la amistad fuera de la cancha y la diversión y el trabajo dentro de ella. Así que el proyecto para nuestros pequeños, que ya no lo son tanto, para la temporada que en algo más de un mes comenzará es desbaratar el guión de todos los años en el Campeonato de Madrid y superar a canteras históricas como Canoe y Fuenlabrada y a equipos montados a base de traer extranjeros, como SBA.

Ilusionados y motivados en todos los frentes, ahí estaremos.



domingo, 25 de junio de 2023

Lo que la cancha nos da: aprender en la derrota

Nadie aprende demasiado cuando gana o pierde siempre. Sólo cuando se produce un equilibrio entre la victoria y el fracaso uno es capaz de interpretar correctamente el valor de un triunfo.

Fuera mascarillas y vuelta a la normalidad. A disfrutar como Dios manda del baloncesto. Si había alguna consigna general al iniciarse la temporada 2021-2022, eran, sin lugar a dudas, esas. Atrás quedaban dos años tristes y aburridos y llegaba por fin el momento de pasar a la acción real. Y en el caso de Sergio y Marcos, con aspiraciones y ganas de dar la campanada en Madrid.

Formamos parte de un club relativamente joven, pero con éxitos memorables, como ya he relatado en anteriores entradas, en canasta mini. Pero nos faltaban por entonces hazañas por protagonizar en canasta grande. Hasta esa fecha ningún equipo del club había conseguido, por ejemplo, una plaza para viajar a un Campeonato de España de Clubes en Infantil y ninguno había conseguido entrar en una Final Four en categorías Cadete y Junior. ¿Sería por fin este el año en que lo lograríamos?

En Junior se antojaba sumamente complicado. Deben entenderse, para los que no conocen cómo funciona el baloncesto de base en Madrid, dos cosas: la primera es que, a medida que vas ascendiendo de categoría, te vas topando en las canchas con más jugadores de color, de estaturas y corpulencias incompatibles con la edad que se les supone (a esto le dedicaré una única entrada llegado el momento), y un buen puñado de jugadores centroeuropeos; la segunda es que, para muchos de nuestros hijos, es su último año de federados. A partir de ahí las opciones de continuar en su club se reducen drásticamente y son pocos los que continúan en el circuito de la Federación. Muchos pasan a entender el baloncesto, malogrados los sueños de la infancia, tan sólo como un deporte que practicar con los amigos los fines de semana a un nivel más amateur. Algunos incluso lo abandonan para centrarse en sus estudios o sus trabajos. Así pues, nuestros chicos afrontaban la temporada con la ilusión de darse una alegría final a pesar de tener que competir con esos clubes que adulteran la competición con plantillas, como ya he comentado, plagadas de extranjeros.

No teníamos aquel año un equipo lo suficientemente potente y además arrancamos en un grupo muy complicado. Para colmo, en la octava jornada, con siete derrotas y una única victoria, Sergio, que estaba cuajando buenas actuaciones, se rompió el astrágalo. Y se lo volvería a romper unos meses después, cuando regresó a los entrenamientos pensando que su mala racha, tras la pandemia y aquella inoportuna lesión, se había terminado. Supuso para él un chasco tremendo. Y nosotros, sus padres, sufrimos con él durante aquellos meses. Como todo depende del cristal a través del que se mire, le ayudamos a canalizar sus energías hacia algo menos divertido y que, por supuesto, le costaba mucho más esfuerzo que el basket: los estudios. Y aunque no logró la nota que necesitaba para la carrera que deseaba hacer, consiguió sacar el Bachillerato y la EVAU. En cuanto al equipo, bueno, digamos que la temporada, aunque hubo algunos partidos destacados, fue, en líneas generales, para olvidar.


Así que una vez más, tocaba confiar y disfrutar con los pequeños, los 2008, ya en categoría infantil. Sólo dos generaciones del club habían logrado llegar a la Final Four (los cuatro mejores de Madrid) y ninguna de ellas había conseguido quedar entre los tres primeros, que son los que logran de esta manera una plaza para disputar el Campeonato de España. Puedo asegurar que para un club como el nuestro, sin el presupuesto, ni los fichajes, ni la capacidad para atraer el talento de otros clubes como Fuenlabrada o Estudiantes y con una política muy similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol profesional, es muy complicado, pero todos sabíamos que era cuestión de tiempo. Y ¿por qué no este año?

Villalba, Leganés, Canoe, Real Madrid y Alcobendas fueron nuestros rivales en la primera fase y el objetivo era quedar entre los tres primeros para evitar el camino más difícil hacia la Final Four. 

A los dos primeros les ganamos con mucha comodidad y jugando muy bien, lo que nos hizo albergar esperanzas de alcanzar nuestros objetivos. Sabíamos que contra el Real Madrid no habría ninguna opción, así que nuestra guerra era con Alcobendas, que presentaba una generación fortísima con la que ya habíamos disputado encuentros de alto voltaje en categoría inferiores, y Canoe, que era inicialmente un gran misterio. Uno de los tres se quedaría fuera en esta primera fase y se complicaría mucho la vida, aunque aún conservaría opciones de llegar a la Final Four.

El primero de aquellos encuentros críticos para nuestros chicos se disputó en Pez Volador, la casa de Canoe, una cancha a la que he terminado por coger una cierta manía debido a los sucesivos tropezones que mis hijos, a excepción de las semifinales de Preinfantil que disputó el mayor, se han dado sobre ese parqué. Y esta vez no fue diferente: un primer cuarto horrible que nos condenó a una dolorosa derrota final por un contundente 83-57. Sirvió de bálsamo con el que curarse las heridas la revancha que disputamos la semana siguiente en Alcorcón y en la que les derrotamos por un ajustado 52-48. Pero, perdido el basket average con Canoe, la única opción que nos quedaba era ganar a Alcobendas en los dos partidos que nos restaban por disputar contra ellos, y a pesar de que competimos hasta donde pudimos y nos dejaron, perdimos en ambos y en conclusión afrontaríamos la segunda fase de la competición como equipo descendido a la categoría Plata.



Esta circunstancia nos alejaba de nuestro objetivo de alcanzar la Final Four, pero no de los Playoffs, en los que sabíamos que íbamos a estar por talento y afán competitivo. Sabíamos no obstante que el sistema de competición nos depararía en cuartos de final un enfrentamiento suicida contra el Real Madrid o Alcobendas, los dos equipos a priori más potentes de Madrid. A no ser que...

Los atajos te permiten casi siempre llegar a tu destino, pero casi siempre son escabrosos y arriesgados. Había una manera de alcanzar la Final Four, pero implicaba renunciar a nuestros valores: dejarnos ganar un par de partidos. Esto nos haría entrar en Playoffs por la puerta de atrás, pero que nos ahorraba el drama de unos cuartos de final casi imposibles y nos dirigiría, por el lado opuesto del cuadrante, a un duelo con Estudiantes o Fuenlabrada, equipos rocosos pero contra los que sabíamos que tendríamos más opciones.

Si alguna vez he tenido alguna dudas de estar en el club correcto fue entonces. Viendo a los entrenadores del equipo haciendo todo lo posible para que perdiésemos, viendo a nuestros hijos permitir a los rivales que anotasen sin oposición. Los momentos más duros y vergonzosos que he vivido en una grada se produjeron en Tres Cantos, donde todo este esperpento se elevó a la enésima potencia. No obstante, poco podía objetar, ya que los chicos, convencidos de estar entre los cuatro mejores de Madrid, pero forzados a finalizar en una posición más baja en la clasificación final por el sistema de competición, optaron por sufrir una derrota intencionada (y puedo asegurar que sufrieron mucho para hacer lo que hicieron) a cambio de conseguir para su club una hazaña histórica. O intentarlo al menos. El fin justifica los medios, al fin y al cabo. Una filosofía con la que nunca me he sentido cómodo.

El caso es que aquello funcionó como se había planificado y alcanzamos la Final Four tras derrotar primero a Baloncesto Alcalá en octavos de final de una manera apabullante y con un poco más de intriga, aunque sobrados, en cuartos de final frente a Fuenlabrada. Aunque habíamos empleado argucias deportivamente discutibles estábamos donde nos correspondía: entre los cuatro mejores equipos infantiles de Madrid y con opciones, algo difusas pero reales, de que Alcorcón Basket participase por primera vez en un Campeonato de España de Clubes.


Al ser tres los equipos que consiguen plaza para ese evento, los cuatro semifinalistas cuentan con dos balas: si no logras ganar el sábado y por tanto pasar a la final de Madrid, te queda el partido por el tercer y cuarto el domingo. Nosotros sólo teníamos una, ya que el primer partido era contra el Real Madrid y ahí da igual lo bueno que seas. Ellos siempre tienen más de todo, generalmente con la incorporación de algún jugador extranjero (o más de uno) que les permitirá decantar a su favor la balanza. Así que reservábamos nuestra bala para el domingo, en que nos enfrentaríamos al perdedor de la otra semifinal entre Canoe y Alcobendas, que sorprendentemente fueron estos últimos.

Las predicciones no eran positivas: nos habían ganado sin demasiadas dificultades en los partidos de la Liga regular, el encuentro se disputaba en su campo y además contaban con el jugador más en forma de la competición, del que ya sabíamos que la temporada siguiente jugaría en el Madrid: Marcos Zurita. Sospechábamos también algunos que el rival contaría, como así fue, con el favor arbitral por motivos que sería muy extenso enumerar. Pero nos plantamos en la cancha con la convicción de que colectivamente éramos mejores.

El partido fue complicado para nosotros desde el pitido inicial. Cual conejos deslumbrados por los faros de un camión,  nos quedamos paralizados y vimos como nuestros adversarios tomaban una ventaja considerable. No obstante, fuimos capaces de remontar, a base de disciplina y esfuerzo, hasta cuatro veces un marcador en el que nos costaba mucho ponernos por delante. Y llegamos al último minuto muy igualados. Perdíamos de dos puntos a falta de unos diez segundos. Nuestro entrenador pidió tiempo muerto y, según me contó después Marcos, propuso una jugada para intentar un triple y alzarnos con la victoria. O nosotros la ejecutamos muy mal o ellos la defendieron muy bien, pero en cualquier caso el balón acabó cayendo en manos de nuestro pívot, quien, en un escorzo memorable, anotó de dos y forzó la prórroga.

Nadie en Alcorcón Basket había llegado tan lejos. Aquella prórroga era la primera que nuestro club disputaba en una Final Four Infantil. Teníamos a los favoritos, a pesar de lo que habíamos sufrido durante todo el encuentro, contra las cuerdas. Fue quizá esa falta de experiencia, sumada a unas decisiones arbitrales esperpénticas y el inmenso acierto de nuestro rival, lo que nos condenó a los cinco minutos más tristes que sobre una cancha de baloncesto había vivido la generación de 2008 de Alcorcón Basket. Fue una escabechina que se resolvió con un 88-80 para Alcobendas.




Jamás había visto a mi hijo llorar como lo hizo aquel día. No sólo era la derrota en sí, sino también la frustración de que difícilmente volverían a estar tan cerca de un Campeonato de España, ya que a partir de Cadete todo, como he mencionado, se adultera en el baloncesto de cantera madrileño.

A mí, que no me había gustado la manera en que habíamos llegado hasta allí, me comía por dentro, sin embargo, la rabia de haber sido derrotados de aquella manera, con un arbitraje sibilino y cobarde. Pero de todo debe aprenderse y nos esmeramos cuanto pudimos ya en casa para transformar aquella funesta derrota en la lección más importante que el deporte ofrece: unas veces se gana y otras, amigos, se aprende.

Y eso fue lo que nos tocó aquel año: tratar de convertir la frustración en algo que nos sirviese en futuros envites.


lunes, 19 de junio de 2023

Los Rodel - Capítulo 2

No estoy muy seguro de si habría disfrutado más viéndoles celebrar juntos la victoria que contemplar cómo el más pequeño consolaba al mayor en la derrota. Porque entonces no habría sido testigo de la muestra de solidaridad que se ha producido entre los hermanos. No habría tenido lugar. Marcos no habría sentido la necesidad, cuyo origen seguramente no sepa explicar con palabras y de la que incluso a lo mejor en el futuro reniega, de pasar un brazo sobre los hombros de Sergio y ofrecerle unas palabras de ánimo en el banquillo al terminar el partido. Este no habría podido mostrar su vulnerabilidad ante su hermano menor como lo ha hecho, derramando lágrimas amargas de frustración e impotencia. No sé si cambiaría realmente ese momento que he presenciado por el título frustrado de Campeones de Madrid.


Era la primera final que Sergio disputaba en cinco años. Se dice pronto. Para él, que ganó casi todo lo que un chaval de entre once y catorce años puede ganar en el baloncesto nacional de cantera y cuya mayor pasión la ha encontrado en este maravilloso deporte, no ha debido ser fácil esta travesía por el desierto, trayectoria por otra parte que él sabe inusual y por la que se siente un privilegiado. Al no ser tan extrovertido como su hermano, más dado a abrir las ventanas que él, poco nos ha dejado vislumbrar. Tan sólo puedo sospechar lo duros que han debido resultar para él estos dos últimos años en los que ha estado, entre la pandemia y las lesiones, más tiempo alejado de las canchas que dentro de ellas, sufriendo por no poder ayudar a sus compañeros. Y porque cuando ha regresado por fin esta temporada su cuerpo ya no era el de antes y, por mucho que su tesón y su ilusión le empujaran, se ha topado con barreras que aún tardará un tiempo en derribar. Ha interpretado por todo ello este año un papel menor en el equipo, o al menos no tan importante como el que estaba acostumbrado a tener, pero lo ha gestionado de un modo del que me siento muy orgulloso: asumiendo un rol secundario en la pista pero comportándose en el banco como si de él dependieran los triunfos o las derrotas de sus compañeros.

No ha podido ser. Les ha ganado un equipo que, sin excusa alguna que oponer, ha sido ligeramente superior. Y aunque la derrota le debía escocer, no ha roto a llorar hasta que ha visto a algunos de sus compañeros hacerlo. Lo lamentaba sobre todo por los tres para los que el circuito como jugadores de la Federación, salvo que el club les haga el próximo año ficha con el Nacional, se habrá terminado al haber cumplido los veintidós. A Sergio aún le quedan tres para encontrarse ahí. Tres oportunidades para poder alzar algún título. Pero sus compañeros ya no dispondrán de más. Por eso dice que él también lloraba.

Pero ahí estaba Marcos. Para decirle, con otras palabras seguramente, que un subcampeonato de Madrid no es moco de pavo, sea en la categoría que sea. Para hacerle ver que el deporte es más que una medalla o un trofeo. Para ayudarle a recordar que si los dos están en esto es por otras razones. Me tienta pensar que el gesto de Marcos hacia su hermano mayor ha sido natural, que no lo ha pensado siquiera, que simplemente ha querido estar a su lado en un momento aciago para él. Pero no me engaño. Lo más probable es que se haya sentido forzado inconscientemente a ello por los valores que tanto desde casa como desde el club le venimos inculcando desde que era un mocoso de siete años. O porque otros compañeros quisieron también acercarse y mostrar su apoyo a los que en esta ocasión, durante más de una hora, habían paladeado el dulzor del triunfo para quedarse en los últimos minutos con la miel en los labios. Tanto me da. Ha estado ahí. Y con quince años y conociéndole, me ha resultado, además de entrañable, admirable. Lástima que yo estuviera tan emocionado al verles así que no se me ocurriese fotografiar el instante para la posteridad.

Dicen que unas veces se gana y otras se aprende. Me parece una verdad incuestionable. Tanto en el deporte como en la vida. Y creo que todos en esta familia hemos aprendido una lección hoy, cada uno la suya, diferente, íntima y personal, pero hemos abandonado el pabellón, no me cabe la menor duda sobre ello, siendo más sabios de lo que éramos al llegar.

Definitivamente, no lo cambio. Me quedo con el subcampeonato y con lo que mis hijos hacen tanto fuera como dentro de la pista. Lo otro es meramente accesorio.



martes, 23 de mayo de 2023

Lo que la cancha nos da: Interludio

Dado que esta serie de artículos que he dado en titular Lo que la cancha nos da ha seguido hasta la fecha un orden cronológico en el cual voy repasando todo aquello que esta familia ha visto y vivido durante su periplo por el mundo del baloncesto de cantera en Madrid estos últimos ocho años, tocaría ahora hablar de lo que ocurrió hace hoy exactamente un año, una de las fechas de la que peor recuerdo guardamos. Aquel día se nos escurrió entre los dedos una oportunidad única de hacer historia para nuestro club, Alcorcón Basket. Pero el azar ha querido que este fin de semana pasado hayan sucedido tantas cosas increíbles que me voy a permitir hacer un interludio en mi relato para describir todas las emociones y recuerdos que me han asaltado estos dos días en casa. Y para ello vamos a tener que dar algunos saltos en el tiempo, así que estad atentos para no perderos en los bucles espacio temporales.

Un día cualquiera a finales de junio de 2018 (Valdebebas)

A aquella reunión en la Ciudad Deportiva de Valdebebas con Alfonso Casas, Coordinador del Área de Iniciación y Jefe de Scouting de la sección de Baloncesto del Real Madrid, acudíamos Nuria y yo con pocas ganas, dado que anticipábamos que el trago no iba a ser grato ni para él ni para nosotros. Intuíamos que se nos iba a comunicar que, tras un año vistiendo de blanco, el club iba a dejar de contar con Sergio para la siguiente temporada. En incluso en el remoto caso de que no fuese así, llevábamos el encargo por parte de Sergio de trasladarle a Alfonso su deseo de no continuar en la Casa Blanca. Lo que más deseábamos era capear aquella situación con la mayor elegancia que pudiéramos y salir de allí emocionalmente indemnes. 

La reunión transcurrió por los cauces previstos y Alfonso, para quien entiendo que ese trance, por muy rutinario que pueda resultarle, tampoco era agradable, nos comunicó la decisión de que Sergio no seguiría en el club. Hubo algo que dijo y que me escoció un poco: "es que si Sergio no hubiese dicho que no la primera vez que le llamamos, las cosas a lo mejor podrían haber sido de otra manera". Ni rebatimos ni reprochamos, pero a mí personalmente el comentario me pareció poco oportuno. 



Abandonamos el despacho sintiéndonos liberados, nos montamos en el coche y, antes de arrancar, llamamos a Goyo Santano, Director Técnico de Alcorcón Basket y en cierto modo ángel de la guarda deportivo de Sergio, para informarle de que queríamos regresar a casa y que no íbamos a escuchar a Estudiantes, a Canoe o a Fuenlabrada, que nuestro hijo sólo quería jugar para el club que le había ayudado a convertirse en el jugador que era. No sé si le emocionó más aquella llamada o la ocasión, dos años antes, en que le informamos de que habíamos dicho no al Real Madrid para seguir jugando en Alcorcón, algo que mucha gente de nuestro entorno consideró entonces erróneo e inaudito.

22 de mayo de 2023 (Alcorcón-Móstoles)

Conversación en el coche al regresar del entrenamiento entre mi hijo pequeño, Marcos, y yo en la que él me va describiendo la charla que su entrenador, Alvaro, ha tenido hoy con él y en la que ambos han hecho balance de la temporada.

- Me ha dicho Alvaro que si vosotros queréis comentar algo con él, también está a vuestra disposición.
- Hijo, nosotros con el club no tenemos nada que hablar. Se habló todo hace ya años y no han hecho falta más palabras. Vamos, que si es para tomar unas cervezas, lo que quieran, pero ellos confían ciegamente en nosotros y nosotros en ellos. Somos familia, como quien dice. No hay nada que hablar. Lo que digan o hagan, bien dicho y hecho estará.

Un día cualquiera de septiembre de 2015 (Alcorcón, Polideportivo Los Cantos)

Retrocedemos aún más en el pasado, cuando Sergio recaló en Alcorcón Basket y, en aquellos primeros entrenamientos, había un niño, un año más joven y unos centímetros más bajito que él, con el que rápidamente hizo migas. El niño jugaba en una categoría inferior, pero era tan bueno jugando y la relación del club con su familia tan sana, que el chaval casi siempre entrenaba con los mayores. Ya con diez años, incluso nosotros, que éramos todavía muy ignorantes entonces en todo lo relacionado con el baloncesto, contemplábamos maravillado a aquel niño que se movía por la cancha con similar elegancia a la de Zinedine Zidane en un campo de fútbol. 


Pronto iniciamos con su hermana, Elena, que adoptó a nuestro pequeño Marcos con un cariño que nunca olvidaremos, y con sus padres, Jesús y Elvira, una relación de amistad maravillosa que aún hoy se mantiene, aunque no encontremos los momentos para recuperarla en plenitud.

Aquel niño se llamaba Abel Delicado.

Sábado, 21 de mayo de 2023 (Kaunas, Lituania)

Abel, como capitán del equipo Junior del Real Madrid, alza la copa de Campeones de Europa en el Adidas Next Generation Tournament celebrado en Kaunas (Lituania).

Primera gran alegría del fin de semana y una avalancha de orgullo que me sacude.



Domingo, 22 de mayo de 2022 (Alcobendas)

Marcos no hace más que llorar mientras su entrenador, Angel Santano, le consuela. Acabamos de perder el partido por el tercer y cuarto puesto de la Final Four del Campeonato de Madrid en una infausta prórroga frente a Alcobendas. De haberlo ganado, Alcorcón Basket habría estado presente por primera vez en un Campeonato de España de Clubes, hito nunca antes logrado.

Marcos llora por la derrota, pero también porque él quiere hacer algo grande por su club, quiere parecerse a su hermano, quiere llegar a ser como uno de sus ídolos, nuestro querido amigo Abel, aunque tiene muy claro, siempre lo ha dicho, que él de Alcorcón Basket le tendrán que echar porque él no se piensa ir a ningún otro lado. Esta es su casa.

También se muestran taciturnos tres compañeros de la categoría inferior (Iván, Héctor y Víctor) que han formado parte durante la temporada de nuestra plantilla, tienen un futuro prometedor y nos han ayudado a llegar hasta esta Final Four, que lamentablemente hemos perdido.

Volvemos a Alcorcón con la sensación de que el baloncesto tiene una deuda muy grande con este equipo y sobre todo con nuestro club, que lleva años trabajando para conseguir algo tan importante como es pasear el nombre de la ciudad por España.



Sábado, 20 de mayo de 2023 (Alcorcón, Polideportivo La Canaleja)

El árbitro pita el final del partido y mi hijo Marcos, con una gran ampolla en el dedo índice de aporrear el bombo con tanta fuerza y la voz cascada de tanto animar durante todo el partido, sale corriendo como un poseso desde una de las esquinas del pabellón de La Canaleja hacia el centro de la cancha para felicitar y festejar con aquellos tres chicos y el resto de sus compañeros que ellos sí, que ellos por fin han conseguido lo que nosotros no conseguimos el año anterior. Acaban de ganar a Estudiantes en las semifinales, jugarán la final del Campeonato de Madrid contra el Real Madrid y participarán, por primera vez en la historia del club, en un Campeonato de España de Clubes.

También se meterá con ellos en los vestuarios a empaparse de agua y festejar la hazaña, baño del que nos enteraremos Nuria y yo, que nos habíamos quedado en casa cuidando de nuestro sobrino, gracias a una historia de Instagram en la que fugazmente aparece Marcos pegando botes en calzoncillos mientras rocían de agua a uno de los entrenadores.

- ¡Ese es Marcos, Santi!
- ¡Qué va a ser Marcos! ¿Estás loca?
- Vuélvelo a pasar, ya verás.
- Hostias, ¡qué cabrón! ¡Si es él!

Unas horas después, felicité por whatsap a los hermanos Santano y Ángel, el entrenador que dirigía a mi hijo el año anterior, cuando perdimos con Alcobendas, y que estuvo consolando a Marcos, me respondió:

El baloncesto nos debía una, Santi.
 
Y aunque me habría encantado, por mi hijo y por sus compañeros, que hubiesen sido ellos quienes hubiesen roto el año anterior ese techo de cristal que se cernía sobre el club impidiéndole alcanzar esa meta, no sentía envidia, sino un sentimiento de alegría por pertenecer, aunque fuese tangencialmente, a un éxito tan rotundo de mi club, de nuestro club, que hasta me emocioné pensando que sí, que por fin el baloncesto nos había devuelto lo que nos adeudaba.

Segunda gran alegría del fin de semana y planes revoloteando en mi cabeza, que probablemente no llevaré a cabo por logística y por salud, de viajar a Badajoz el 4 de junio para ver en directo el debut de esos chicos en el Campeonato de España y animarles hasta romperme la voz.


Todo lo relatado hasta ahora, aunque de manera un tanto desordenada, pretende dar cuenta no sólo de un fin de semana deportivo maravilloso para nosotros, sino también de todo el orgullo y la alegría que en mí y en mis hijos provocan los logros de este club al que, desde hace años, sentimos como nuestra segunda familia y del que, como afirma Marcos, nos tendrán algún día que echar, ya que irnos, no nos iremos.

Pero hubo una tercera alegría, algo menor, pero que también nos hizo sonreír este fin de semana y para la que también - lo lamento - tendremos que viajar de nuevo en el tiempo.

15 de febrero de 2018 (Islas Canarias)

Sergio viaja con el equipo Infantil del Real Madrid a las Islas Canarias para participar en la Minicopa Endesa, un torneo a nivel nacional en el que participan las canteras de los equipos ACB que, en esas mismas fechas y escenario, disputan los primeros equipos de cada club. Junto a mi hijo y sus compañeros están los Rudy Fernández, Felipe Reyes, Gustavo Ayón o Sergio Llull que les animarán desde la grada en aquel evento. 

Viaja también con nuestros chicos un senegalés de trece años y 2,04 metros llamado Eli John Ndiaye que se ha incorporado recientemente a la disciplina del club y que va a disputar sus primeros partidos con la camiseta del Real Madrid. 



En la final de la Minicopa frente a Iberostar Canarias, que ganamos por 73-83, Eli logró 19 puntos, 20 rebotes y 23 de valoración. En aquel torneo el tercer puesto lo conquistó el Barcelona liderado por un tal Víctor Wembanyama por el que hoy suspira media NBA.

21 de mayo de 2023 (Kaunas, Lituania)

A las 19:00 horas arranca la final de la Euroliga entre el Real Madrid y el Olympiakos del Pireo, el partido más importante del baloncesto profesional del año en Europa.

Eli John Ndiaye es titular y, en un final legendario, el Real Madrid conquista su undécimo título de Campeón de Europa.


Una última alegría doble (por la victoria del Madrid y por el lugar al que contemplamos orgullosos cómo ha llegado el antiguo compañero de Sergio) para cerrar un fin de semana memorable.

¡GRANDE ALCORCON BASKET!
¡GRANDE REAL MADRID! 



 



jueves, 9 de febrero de 2023

Lo que la cancha nos da: un título con sabor agridulce

Cuando abandonas el Real Madrid, aunque sea para regresar a tu antiguo club, las cosas nunca son tan fáciles como puede parecer. Intentas convencerte de que hay otros caminos para alcanzar tus sueños deportivos, que en el baloncesto de Madrid no todo pasa por Valdebebas, pero en ti queda un poso de frustración, la sensación de haber retrocedido varias casillas en el tablero de juego. Debes lidiar con ello. Además debes adaptarte a un grupo que ya no es exactamente el que era cuando te fuiste: nuevos entrenadores, nuevas tácticas, algunos compañeros nuevos. Y por último están las expectativas que tu club deposita en ti. Porque de un descarte del Real Madrid se espera mucho, no en vano son numerosos los clubes de primera línea de cantera que intentan convencerte de que, con ellos, triunfarás. Todos estos pensamientos estuvieron rondando por mi cabeza aquel verano, tras la salida de Sergio del Madrid. Como siempre, él me hizo comprender que todo era mucho más sencillo, que presión era la que había sentido en cada entrenamiento y partido que disputó con la camiseta blanca. Que estaba de nuevo en casa y que eso era lo único que importaba.

A pesar de su optimista predisposición la temporada 2018-19 fue complicada para él. Le costó arrancar, tardó en recuperar antiguas sensaciones. No jugó con sus compañeros durante la primera fase, sino que lo hizo con los mayores, que defendían plaza en Oro. Más avanzada la competición alternaba con ambos grupos y finalmente, tanto a nivel personal como colectivo, se cumplieron los objetivos marcados. Lo que sí recuperó aquel año, y con esto termino en lo referente a Sergio, porque de Marcos hay mucho que contar, fue la sonrisa y la ilusión por jugar a su deporte favorito. Y eso, sin lugar a dudas, fue mucho más importante que cualquier título que hubiese conquistado.


Era a partir de esta temporada cuando les llegaba el turno a los pequeños de comenzar a protagonizar momentos inolvidables para ellos y, por supuesto, también para nosotros, sus padres y abuelos.

Para afrontar la temporada de alevin de primer año hubo varias incorporaciones que resultarían clave en el devenir de este equipo. Mira que habíamos tenido buenos entrenadores hasta aquel momento, pero del equipo se hizo cargo Ángel, que aunaba lo mejor de cada uno de ellos y aportó además un conocimiento profundo y una gestión espléndida de la cabeza de cada chaval. A su lado, además de David, que ya había sido segundo entrenador con Juanpe, se nos unió Jesús, un chaval muy joven que pronto se identificó con el espíritu que desde el primer día en benjamín caracterizaba a este grupo de chavales. Desde el principio nos dimos todos cuenta de que Jesús era un tipo muy especial que padecía serios problemas de salud que le impedían en ocasiones acompañar al equipo. Se incorporó también Hugo, un base muy bajito pero con una técnica descomunal. Venía de Arroyomolinos, donde se habían producido problemas internos que habían motivado la salida del club de varias familias. Estábamos listos para arrancar una nueva temporada y con ilusión por llegar, de una vez por todas, a disputar nuestro primer Día del Mini.


La primera fase de la competición, que nos enfrentaba a algunos de los mejores equipos de la competición, sirvió para potenciar nuestras habilidades y reconocer nuestras carencias. Era importante corregir errores porque veíamos que el grupo podía alcanzar, esta vez sí, el objetivo de llegar a las semifinales, pero ganar el campeonato se antojaba enormemente complicado viendo el nivel de Las Rozas (nos ganó los dos partidos) y, sobre todo, de Alcobendas, que se mostraba intratable en el otro grupo y que ya nos había derrotado por quince puntos en un amistoso en pretemporada.

Arrancábamos la segunda fase en el grupo Oro, lo que nos garantizaba jugar los playoffs, pero debíamos intentar obtener la mejor posición posible para tratar de evitar a Alcobendas hasta la final, ya que era el único equipo al que veíamos claramente superior. De hecho, el primer partido de la segunda fase fue precisamente contra ellos en Alcorcón y nos vapulearon por un claro 35-63. La cosa se complicó aún más la semana siguiente cuando perdimos por tres puntos contra unos viejos conocidos, Brains. A excepción de Alcobendas, la igualdad era máxima y acabamos aquella fase con un balance de cuatro victorias y seis derrotas. Los cruces estaban ya establecidos y, salvo que algo lo remediase, en caso de llegar a semifinales, estas se disputarían precisamente con aquellos a los que no queríamos encontrarnos.

Pero ocurrió algo en el ámbito extradeportivo que dejó marca en nuestros chicos, algo que todavía hoy, cuatro años después, creo que tienen bajo la piel, algo que en cierto modo hizo que se confabulasen para hacer algo grande aquel año. Durante el descanso de la Semana Santa, el jueves si no recuerdo mal, nos comunicaron que Jesús, aquel chico enfermo que sentía verdadera pasión por nuestros chavales y que tantos entrenamientos se había perdido debido al mal que padecía, había fallecido. Fueron días complicados en las casas de los "chinchetas", haciéndonos todos a la idea de que se había ido una de esas personas que se van tan jóvenes y dejando tantas cosas por hacer que resultaba complicado hacer comprender a los niños lo cruel que a veces es la vida. Muchos descubrieron en aquellos momentos que la muerte no era sólo cosa de los ancianos. Cuando volvimos a los entrenamientos, los niños lo hicieron con el semblante triste de quien ha perdido a un ser querido, pero también con la determinación de brindarle a Jesús los mejores partidos de sus vidas.



El cruce de octavos de final, contra Uros de Rivas, fue bastante sencillo y no tuvimos problemas, ganando ambos partidos con claridad, pero en cuartos nos esperaba un rival que, aunque había ido de más a menos en la temporada, nos había ganado dos de las cuatro veces que nos habíamos enfrentado a ellos aquella temporada, la última mes y medio antes: Menesianos, un equipo rocoso, aguerrido y con un par de jugadores muy talentosos que iban a constituir una prueba importante para demostrar que era nuestro momento de llegar a un día del Mini. Jugamos primero en su campo, una cancha complicada, con los padres a pie de pista, mucha presión. En un partido muy igualado nos logramos imponer por nueve puntos, lo que no dejaba sellada la eliminatoria, pero sí muy bien encarrilada para el día siguiente en Alcorcón. Y no les dimos opción: 85-61. Y, por fin, después de tres años buscándolo, estábamos en la fiesta del Mini. Si lo haríamos como finalistas o para luchar por la medalla de bronce estaba por decidir, pero lo habíamos conseguido.

Alcobendas era aquel año un auténtico rodillo. Algunos de sus jugadores ficharían después por el Real Madrid, tal era el nivel. No habían dado opción a ningún rival, llegaban imbatidos a las semifinales y contaban con jugadores de una grandísima calidad. Lo cierto es que yo no contaba con darles ninguna sorpresa, pero sí sabía que les competiríamos, que no íbamos a dejar que nos ganasen tan fácilmente. El primer partido se disputó en Alcorcón, dado que ellos tenían el factor campo a su favor por sus mejores resultados en fase regular. Fue un partido a cara de perro donde efectivamente les hicimos sudar de lo lindo. El marcador fue bajo y la diferencia final dejaba la eliminatoria aún abierta: 47-52. Teníamos que remontar cinco puntos ante el mejor equipo de la competición y en su cancha. Yo tan sólo confiaba en que compitiésemos lo mejor que pudiésemos. Pero Ángel, el entrenador, tenía un plan y los chicos una firme convicción en que la victoria, que querían brindar a Jesús, era posible.


En estos años que llevamos siguiendo a nuestros hijos por todas las canchas de Madrid, hemos vivido algunos momentos mágicos, inolvidables. El Campeonato de España Mini de Sergio, partidos contra Estudiantes de alto voltaje, la victoria ante Brains que luego no valió... Cuando aquella mañana nos dirigimos a Alcobendas no podíamos imaginar que nos encontrábamos a punto de vivir uno más, quizá el más bonito y meritorio de todos ellos. El partido fue intenso desde el primer momento, una gran rivalidad con las gradas cantando y aplaudiendo a rabiar. Ellos fueron siempre por delante, ampliando la ventaja que habían conseguido el día anterior en Alcorcón. No sé si fue un exceso de confianza, la presión desde nuestra grada, el trabajo que hicieron los chicos, el magnífico partido que hizo Hugo, ese base que habíamos traído de Arroyomolinos, o una combinación de todo ello. Pero cuando llegamos al último cuarto, lo hicimos empatados. Como al principio, tenían la ventaja de los cinco puntos del día anterior. Y entonces ellos cortocircuitaron... ante el asombro de todos los que allí estábamos nos pusimos por delante y terminamos ganando, no por cinco, sino por ocho puntos y clasificándonos para la final del Campeonato de Madrid. Espectacular. Irrepetible. Cánticos desde la grada, dedos al cielo recordando a Jesús, alguna lágrima por la emoción y mucha, mucha alegría.

Hubo aquel día un gesto de esos que desgraciadamente se ven poco, o menos de lo que yo desearía, y que a mí se me ha quedado grabado para siempre. Era ya casi la hora de comer y además aquello había que celebrarlo, de manera que nos dirigimos todos al McDonalds que hay al lado del pabellón. Allí, en otra zona del restaurante, algunos de los chicos de Alcobendas comían junto a sus padres, algo más cabizbajos que los nuestros, como era normal, pero en ningún caso hundidos o tristes. Eso ya habla de la grandeza de esos chavales en la derrota y de la educación que sus padres les estaban dando, pero lo que para mí resultó realmente emocionante fue que, una vez terminaron de comer, y creo que sin que nadie se lo dijese, se levantaron y vinieron a nuestra mesa para felicitar a aquellos que les habían derrotado en buena lid. Esa muestra de deportividad me caló muy hondo porque casi se me había olvidado, tras nuestro paso por el Madrid con Sergio, lo más importante que la cancha nos da: amigos en todas las plazas.


El subtítulo de esta entrada es "un título con sabor agridulce". Lo primero es porque ganamos el Campeonato de Madrid aquel año, vencimos con claridad en la final a Las Rozas. Lo segundo, lo de agridulce, no fue únicamente porque durante el transcurso de la temporada hubiésemos perdido a una persona importante para aquel grupo, sino porque se cometió un error en la planificación de aquel año que tuvo sus consecuencias. Generalmente un equipo tiene doce fichas porque ese es el número máximo de jugadores que se pueden presentar en un partido. Aquel año el grupo estaba compuesto por quince jugadores, lo que obligó al entrenador a realizar en cada partido tres descartes, algo que provocó controversias, especialmente cuando llegaron los playoffs, momentos en los que todos los jugadores quieren sin lugar a dudas participar, y especialmente en la final. Celebramos el título, por supuesto, pero algunos (y me incluyo por lo que ahora explicaré) no lo hicimos con el mejor ánimo. 

Marcos no era inicialmente uno de los descartes para la final, pero en aquel entonces él era un niño especialmente sensible a lo que se cocía fuera de la cancha, y anduvo los días previos lamentándose de que tres amigos, en concreto uno, Hugo Samu, no fuesen a participar en el partido. Creo que aquello le provocó una cierta ansiedad y el día del partido, ese esperado día del Mini, amaneció con gastroenteritis. Hicimos lo posible porque llegase a la hora del partido en condiciones, pero no lo conseguimos y él mismo, tras hablarlo con Ángel, decidió ceder su plaza a uno de sus compañeros no convocados. En lo personal aquello nos supuso un pequeño disgusto, pero lo más grave fue que esta situación, la de tener quince fichas, rompió muchas cosas en aquel grupo, y de hecho al año siguiente, como consecuencia de lo sucedido, hubo niños y padres que decidieron no continuar, por lo que comenzaba una nueva etapa para el grupo de chavales que desde Benjamín habían sido una piña.


De la final contra Las Rozas no hay mucho que contar. Fuimos por delante en el marcador durante todo el partido y en ningún momento permitimos que ellos pudiesen aspirar a algo más que la medalla de plata. El equipo pudo rendir a Jesús el homenaje que se merecía y, por fin, fuimos Campeones de Madrid.









jueves, 12 de enero de 2023

Lo que la cancha nos da: esos cinco minutos de gloria

WiZink Center, 4 de marzo de 2018.

El Real Madrid disputa su partido de liga ACB contra el San Pablo Burgos ante seis mil espectadores que vibran con Luka Doncic, Felipe Reyes, Sergio Llull y compañía. Hemos llegado al descanso y los blancos se imponen con claridad con un marcador de 53-31. El speaker anuncia que el equipo Infantil va a ofrecer al público madridista la Minicopa conquistada semanas antes en las Islas Canarias y comienza a cantar los números y nombres de sus jugadores, que irán saliendo del túnel de vestuarios y se dirigirán al centro de la cancha para recibir la ovación del público. Y el primero en ser nombrado, por ser su número el más bajo de la plantilla es...

- ¡¡Con el número 4, Sergio Rodelgo!!

Lágrimillas en los ojos y piel de gallina viendo a mi hijo, catorce años recién cumplidos, pisando ese célebre parqué bajo la mirada y los aplausos de la multitud. El premio al trabajo realizado durante muchos meses. El orgullo que siento mientras él vive ese homenaje me hace crecer unos centímetros mientras mi hermano Carlos me pasa un brazo sobre los hombros. Son también mis minutos de gloria.


Pero rebobinemos hasta el mes de julio de 2017, momento en el que habíamos dejado, en nuestra última crónica de Lo que la cancha nos da, a nuestros jugones.

Tras aquella final perdida en Villalba, creíamos que Sergio estaba ya fuera de los focos y que la normalidad deportiva iba a llegar por fin a nuestras vidas, pero una nueva llamada del Real Madrid puso otra vez a la familia patas arriba. No esperábamos saber más de ellos, pensábamos que ese tren, para bien o para mal, ya se había escapado definitivamente. Nos lo vendieron como un favor, como algo que Sergio se había ganado y no había disfrutado. Sabíamos que mentalmente Sergio ya estaba preparado para ese desafío, pero en el plano deportivo teníamos nuestras dudas. Hablamos con nuestro club, que perdería una pieza importante para el año de Infantil si aceptábamos, y nos animaron a aceptar la propuesta. Creían que debíamos permitirle disfrutar de esa experiencia y más ese año, en el que el Madrid disputaría el Campeonato de España de Clubes y la Minicopa, eventos que Alcorcón Basket nunca podría ofrecernos. A Sergio le costó tomar la decisión, no porque sintiese que el reto le fuese a quedar grande, sino porque marcharse de su club y abandonar a sus compañeros le generaba muchas dudas. Pero él también comprendió que era algo único e irrepetible. Así que, después de darle muchas vueltas, finalmente cambió la camiseta azul de Alcorcón Basket por la blanca del Madrid.

Accedimos a otro mundo, para lo bueno y para lo malo. Algunas cosas las suponíamos: unas instalaciones estupendas, un staff compuesto por el doble de preparadores que en cualquier otro equipo, ropa de todo tipo con el logo del club, muchos viajes a torneos fuera de Madrid, especialmente a Cataluña, regalos, una organización excelente... Otras resultaron una gran decepción. Entre estas últimas, sin lugar a dudas, la despreocupación y falta de compromiso con los estudios de los chavales constituyó, a pesar de que en las conversaciones iniciales se nos garantizó un apoyo continuo, especialmente en los viajes del equipo, el mayor de los fiascos. 

Allí se encontró con muchos de los compañeros con los que había ganado el Campeonato de España Mini, pero descubrió que la amistad se había transformado en rivalidad. En el Real Madrid, a esas edades y a falta de equipos que puedan plantarte cara en la competición local, se fomenta el que los chicos compitan entre ellos mismos por tener más minutos, por ganarse la continuidad al año siguiente. Sergio no se amilanó y se esforzó mucho a lo largo de la temporada, adaptándose como pudo a una manera de entender el baloncesto completamente ajena a su experiencia previa.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros arrancaban la última temporada en Benjamín con el recuerdo de lo ocurrido el año anterior aún fresco. El curso se desarrolló de una manera similar, poniendo "chinchetas" por todos los campos de Madrid y desplegando un juego atractivo y divertido, aunque los padres teníamos una sensación extraña, algo que no terminaba de encajar. No sabría definirlo. Quizá se trataba de una pequeña grieta que amenazaba con resquebrajar el equilibrio que en el grupo se había establecido. Una ligera escisión entre los que consideraban que se debía seguir priorizando la formación y los que consideraban que el equipo debía competir más. Tal vez ser tan superiores no era bueno para el crecimiento deportivo de los chicos. El caso es que finalizamos la fase regular con diecinueve victorias y tan sólo una derrota ante Ricopia Alcalá. Estábamos nuevamente en los playoffs y volvíamos a ser favoritos para el título de Madrid. Aunque Marcos había ido de más a menos, se le veía feliz con sus amigos, muy integrado y entusiasmado con la oportunidad de que su equipo volviese a estar entre los mejores de Madrid. En la primera eliminatoria de playoffs nos esperaba un rival siempre duro, el colegio Estudio. Nos sabíamos superiores, pero habíamos notado en los últimos partidos que el equipo comenzaba a renquear ligeramente, que el balón no fluía como antes. Aún así, nos impusimos con claridad en ambos partidos y pasamos a la siguiente ronda, donde nos enfrentaríamos una vez más al colegio Brains.


A esas alturas de la temporada -finales del mes de mayo-, mientras Marcos había disputado veintidós partidos, Sergio llevaba ya en las piernas la friolera de sesenta y uno . Esa era otra de las grandes diferencias entre el Real Madrid y el resto de clubes: la acumulación de encuentros. No había mes en que no tuviésemos que prepararle la maleta para viajar por España a jugar amistosos y torneos. Me pesa no haberle podido acompañar desde la grada en las ciudades que visitó, como otros padres sí hacían, pero ni nuestros trabajos ni nuestra economía nos lo permitían. Conocedores de que las dos grandes citas de aquel año eran la Minicopa, en febrero y en Canarias, y el Campeonato de España, en junio y en Galicia, Nuria y yo nos aseguramos de tener esas fechas libres y ahorramos para poder estar a su lado sólo en esos torneos. No daba para más.

En Madrid, el equipo se paseaba y Sergio disfrutaba de minutos de juego. La superioridad era tal que los entrenadores repartían el tiempo de juego de manera más o menos equitativa entre todos ellos. Aunque técnicamente había mejorado mucho, Sergio aún no estaba a la altura de la mayoría de sus compañeros. Seguía aportando fuerza y voluntad, pero creo que ya sabíamos que no sería suficiente. Tampoco nos habíamos planteado estar más de un año en el club blanco. No era ningún drama. Percibíamos que otros padres vivían angustiados por si el club cortaría a sus hijos al finalizar la temporada, pero poco o nada nos preocupaba a nosotros ese asunto. Sufríamos cuando no jugaba, cuando jugaba menos que los demás, cuando las cosas no le salían, pero realmente éramos conscientes de que era un privilegiado por poder ser parte de aquello durante al menos un año.


Nos emocionaba en la distancia ver, cuando participaba en torneos fuera de Madrid, que se enfrentaba no sólo a chavales de otras comunidades, sino de otros países. Jugó partidos contra equipos como el Audentes de Estonia o el Apollo de Amsterdam. El Real Madrid, incluso en estas edades, es internacional y nos parecía muy enriquecedor que descubriese, en la medida de lo posible, otras formas de baloncesto y otras culturas. No se nos escapaba, cuando el equipo se enfrentaba en esos torneos a rivales de su nivel, como el Barcelona o el Joventut, que el reparto de minutos ya no era el mismo y nos acostábamos enfadados con nosotros mismos por no poder estar cerca de él en esos momentos. Se trataba de ganar, poco importaba si habías trabajado más que los demás durante esa semana. Sergio no jugó algunos de esos partidos y en otros tuvo pocos minutos. Sufríamos por él, aunque él parecía comprender su papel en el equipo y lo tenía interiorizado.

La Minicopa era el primer torneo importante de la temporada y el que muchos padres esperaban con ansiedad porque en él se darían las primeras pistas para saber quién continuaría el año siguiente y quién no.  Viajamos a Canarias para estar a su lado, para que nos sintiese cerca y creo que aquello le ayudó en una experiencia bonita, pero también muy dura. Su participación fue completamente testimonial en aquel torneo. Pocos minutos ante Iberostar Tenerife, Unicaja Málaga, Guipuzkoa Basket y Joventut de Badalona. Siete puntos en el total de esos cuatro partidos. Recuerdo más de aquellos días las experiencias que vivimos Nuria y yo, solos o con otros padres, que los minutos que jugó nuestro hijo. No digo esto con rencor, sabíamos dónde estábamos y lo que habíamos ido a hacer allí. Todos queremos que nuestros hijos jueguen, que tengan muchas oportunidades y, si es posible, que se sientan protagonistas reales de la victoria, cuando esta se produce. No se nos puede reprochar que, tras la final frente a Iberostar Tenerife, que ganamos y que nos llevaría a ese momento en el WiZink Center un mes después, nos sintiésemos algo indignados por los siete segundos que Sergio jugó aquel día. Justo antes del descanso, a falta de esos pocos segundos, se solicitó un tiempo muerto y vimos que saltaba a la cancha. Era una jugada defensiva, no tocó el balón, no hubo opción. Esperábamos que en la segunda parte volviese a salir, pero no ocurrió. El equipo ganó el torneo y Sergio estaba pletórico, su equipo había vencido, no le daba ninguna importancia al hecho de no haber participado apenas. Supongo que también ahí nos estaba dando una lección, así que nos tragamos nuestro enfado y volamos de regreso a Madrid.


Marcos y sus compañeros disputaron el primer partido de cuartos de final, la eliminatoria que podría darles el acceso al día del Mini, en el Colegio Brains. En esta ocasión el partido se jugó en la pista exterior, lo que nos ahorraba el trago de jugar en aquel gimnasio en el que el año anterior habíamos perdido. ¿Miedo escénico? ¿Fin de un ciclo? No lo sé, pero nuestros chicos no jugaron como sabían. Fallaron muchas canastas fáciles y los rivales se hacían con todos los rebotes. No sólo perdimos, sino que las sensaciones con las que regresamos a Alcorcón eran malas. Al día siguiente tendríamos la oportunidad de darle la vuelta a a la eliminatoria, pero no parecía sencillo ni por la diferencia de once puntos ni por lo que el equipo nos transmitía. Pero lo cierto es que en el partido de Alcorcón empezamos con muy buen pie, nos fuimos en el marcador y creo recordar que incluso llegamos a igualar esos once puntos. Parecía que podríamos conseguirlo. Pero una segunda parte en la que ellos mostraron una preparación física muy superior nos devolvió a la realidad y fue finalmente el Colegio Brains, esta vez sin trucos ni atajos, quien alcanzó el día del Mini y dio por concluida nuestra temporada una vez más en los cuartos de final. Nos ahogábamos de nuevo en la orilla.

Aún nos quedaba la Final Four del Campeonato de Madrid y el Campeonato de España que Sergio tenía que disputar. La de Madrid se celebró en mi antigua universidad, a la que regresé veinticinco años después. Ninguno de los equipos allí presentes puso en apuros a nuestros chicos y, como era de esperar, nuestro equipo alzó el título de Campeones de Madrid. Sergio realizó un gran partido en la final contra Estudiantes, a quien ganamos por 82-31, anotando trece puntos. Intuíamos que aquellos iban a ser sus últimos minutos con la camiseta blanca, dado que, tras lo vivido en Canarias, no teníamos grandes esperanzas de que jugase demasiado en el Campeonato de España. Tampoco contábamos con que el Real Madrid nos propusiese continuar un año más.

Galicia es posiblemente la Comunidad que más me gusta visitar. Por clima, gastronomía y, sobre todo, porque allí viven dos de mis hermanos. Marín, sede del Campeonato, se encuentra a una hora en coche de Figueiró, la aldea donde reside mi hermano Carlos, así que durante aquella semana pasamos mucho tiempo con ellos y nos desplazábamos, cuando Sergio jugaba, hasta la otra punta de la provincia para acompañarle. Un Campeonato de España, aunque sea en categoría infantil, es un evento muy especial y así lo vivimos, como algo que no volvería a repetirse. No diré que el equipo ganó el título por aplastamiento, pero lo cierto es que no hubo rival. Volvimos a Madrid con el Campeonato en el bolsillo y a la espera de la reunión con el Real Madrid para que nos dijesen si seguían contando con Sergio para el año siguiente.

En el caso de los pequeños se anunció que en la siguiente temporada Juanpe ya no sería el entrenador de nuestros hijos, medida que algunos padres no acogieron con agrado, pero aun así quisimos cerrar el año como mejor sabíamos: con una cena donde una vez más disfrutamos como enanos.

Cuando el Madrid nos convocó a la reunión de final de curso, acudimos a ella con dos certezas que nos llevaban a una única conclusión: Sergio abandonaría el Real Madrid. La primera certeza era que el club no iba a seguir contando con él y la segunda era que, en el remoto caso de que nos propusiesen lo contrario, no aceptaríamos. Sergio había reflexionado mucho durante aquella semana y nos había pedido volver a Alcorcón. Así que lo más importante de aquella reunión fue la llamada que al terminar hicimos a Goyo, el director deportivo de Alcorcón Basket, para informarle de que regresábamos a casa.

De Valdebebas salimos con la mochila llena de experiencias, un Campeonato de Madrid, uno de España, una Minicopa, kilos de ropa oficial, un Iphone, un Ipad (que vendimos) y, por supuesto, nuestros cinco minutos de gloria, que ni él ni nosotros olvidaremos jamás.

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