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lunes, 30 de octubre de 2023

El caballo blanco de Santiago

Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?


Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.

Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.

La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney. 


Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.

Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.





jueves, 27 de julio de 2023

Una piedra en el camino

Durante mis vacaciones en Figueiró adopté la costumbre de irme por las mañanas a caminar por los alrededores de esa escondida parroquia del Ayuntamiento de Tomiño en la que residen mi hermano Carlos y su familia y donde desde hace unos años nos acogen en verano. Se duerme allí mucho mejor que bajo el asfixiante calor madrileño, pero nuestra habitación está orientada hacia el este, de manera que los primeros rayos de sol caldean desde muy temprano la habitación. También ocurre que siempre hay una sagaz y osada mosca que logra colarse en el dormitorio y dirigir con prestancia su vuelo hacia mi cara de manera constante hasta que logra que el sueño se diluya de mala manera. Entre una cosa y otra, a las ocho de la mañana me ponía muchos días en marcha, mientras los demás dormían, y me echaba animoso al camino. Un poco a la aventura, ya que no conozco apenas la zona, pero el ejercicio físico era necesario para compensar los efectos de las muchas cervezas, churrascos, empanadas, mariscos y demás delicias que fueron desfilando por la mesa durante esos días de holganza y desconexión. Y, después de tantos meses sin poder caminar, saltar o corretear debido a mis problemas de salud, verme capaz de subir al monte o pasear al lado del río me hacían sentir que las cosas comenzaban de nuevo a situarse en su lugar.

Un día subía por la carretera en dirección al centro del pueblo, topándome en el camino en la misma medida con casas derruidas y abandonadas y con parcelas de césped cuidado y viviendas de fachadas deslumbrantes, contraste muy común en estas aldeas gallegas donde el pasado y el.presente se abrazan de manera natural. Dejaba atrás el centro y la iglesia y seguía ascendiendo. Pasaba al lado de la Tapería A Carla y del Alojamiento Rural A Pousa y me encontraba ya en el monte, fuera del pueblo.

Otros días encaminaba mis pasos en dirección contraria y me dirigía hacia el río Miño por un camino rural que atraviesa unos riquísimos viveros y me sumergía de lleno en un mar de frondosa vegetación. Descubrí una mañana por esta senda un pequeño recodo del camino que alberga un fresco rincón cerca de su desembocadura. Me senté sobre una roca cubierta de musgo, aislado del mundo y de sus ruidos artificiales, y me fumé un pitillo mientras contemplaba el cauce del río y en la orilla opuesta, Portugal, el país vecino. Todo era paz y calma a esas tempranas horas de la mañana pontevedresa.

En una de mis escapadas, al regresar a la casa, me encontré el portón cerrado. Andaban mis hijos en el interior de la casa, pero por estar el videoportero estropeado y por haberse llevado mi sobrina y Nuria uno de los mandos del portón y mi hermano y mi cuñada el otro, no había opción de acceder a la casa. Me animaron Sergio y Marcos a saltar la valla, pero no me parecía adecuado tal acto por ser yo un extraño en aquellos lares y poder despertar con la actitud propuesta las lógicas sospechas de alguno de los vecinos que pudiesen descubrirme acometiendo semejante lance. Aparte de que no sé yo si mi escasa agilidad habría sido suficiente para triunfar en tamaña hazaña física. Pero lo más importante es que no tenía la menor de las prisas. Así que me senté en una piedra del camino, bajo el agradable sol gallego de las once de la mañana, escuchando en el móvil a Sons of the East y observando a unos sesenta metros la casa a la que no podía entrar.

No sé si fue el ritmo pausado de la poca gente que por allí pasaba, la música que acariciaba mis oídos o la brisa fresca que refrescaba mi rostro tras el sofoco provocado por la excursión. El caso es que me encontraba a gusto allí, sin sentir ninguna urgencia por que alguien me abriese. Pensaba por el contrario en lo afortunado que era por tener la oportunidad de mimetizarme durante un rato con la quietud que me rodeaba. Pretendía grabar en mi interior esa sensación tan inusual de no sentir ninguna urgencia; sólo importaba ser y estar, allí y en ese momento. Nada más.

Sueño con retirarme en unos años a un lugar como este, no necesariamente tan lejos de la capital, pero sí lo suficiente como para poder experimentar cada día ese estilo de vida en que nadie corre, en que cada paso se disfruta, en que uno es capaz de valorar como se merece lo que tiene a su alrededor, en que el tiempo no es oro, pero reluce más. Y digo sueño porque no es más que eso, una fantasía que difícilmente se cumplirá, ya que apartar a mi querida esposa y a mis hijos del mundo civilizado, los centros comerciales, la cháchara intrascendente con unos o con otros, los amigos, el baloncesto y otro sinfín de cosas sería por ellos considerado secuestro.

Así que por el momento me conformaré con exprimir esos pequeños momentos que a veces nos asaltan, durante las vacaciones o incluso también en el atropellado día a día de nuestras rutinas, en que todo ralentiza su discurrir, los colores parecen más vivos y los olores más dulces, cobrando para mí durante unos preciosos instante un sentido de la vida mucho más íntimo que las aglomeraciones en el Xanadú, los atascos en la M-40 o el repugnante olor a sobaco del Metro de Madrid.


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