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jueves, 30 de noviembre de 2023

Lo que la cancha nos da: entrenadores

Para los chavales que practican algún deporte, la figura del entrenador ha adquirido hoy en día un peso, en el modo en que les ayuda a adoptar su personal e intransferible manera de gobernarse en la vida, mayor que la del maestro y, en según qué circunstancias, mayor incluso que la del propio padre. La sombra de ambos ya no es tan alargada como lo era antaño. Durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, etapa que se va aproximando ya a su final y en la que el baloncesto ha estado siempre muy presente en cada esquina de nuestro hogar, la palabra de sus entrenadores ha sido desde el primer día sagrada para ellos, y a Nuria y a mí, dado que los mensajes transmitidos han sido generalmente los adecuados, no nos ha costado ningún esfuerzo reforzarlos, aunque a veces nos hemos podido sentir empequeñecidos por la influencia que sobre nuestros cachorros tienen y que ya nos gustaría a nosotros, en según qué ocasiones, ejercer. Si quieres inculcar en tu hijo algún valor o principio que para ti, como padre, te parece indispensable y tu hijo parece hacer oídos sordos a tus palabras, no te agobies y alíate con su entrenador, que sea él quien se lo trate de inculcar. No falla, funciona siempre. Como cuando se echan novia, vamos. Recaen, por lo tanto, sobre los hombros de estos trabajadores, que en la mayoría de los casos se dedican a esta labor más por afición y vocación que por un interés meramente económico, importantes obligaciones y responsabilidades que cada uno de ellos gestiona como mejor sabe o puede. Y a veces también como Dios les da a bien entender. Mi experiencia con los entrenadores de mis hijos en el baloncesto e incluso la que yo mismo viví en el ámbito del fútbol-sala me ha ayudado a identificar a los principales tipos de entrenador con que uno puede encontrarse, aunque cada persona es única y distinta y esta clasificación está sometida a infinitos matices. Pero lo que sí he creído vislumbrar es que cualquier entrenador de cantera de cualquier disciplina se columpia en un balancín en cuyos extremos se encuentran, por un lado, la formación y, por el otro, la competición. Entre medias, ancha es Castilla y hay un entrenador diferente en cada banquillo.


Empecemos por los primeros, por esos cuyo interés en el resultado que muestre el marcador al final del partido es nulo y dan prioridad absoluta a instruir a sus pupilos en los conceptos y recursos técnicos que les conviertan en el futuro en buenos jugadores. En ocasiones intentan ir más allá e inician también a los chavales en la adquisición de los valores apropiados para la práctica del deporte en cuestión e incluso para su deambular por la vida. Fomentan el compañerismo y la deportividad, emiten siempre mensajes positivos, corrigen de forma constructiva, no reprochan o critican, premian el esfuerzo por aprender frente a las habilidades innatas de cada cual. Creen en el proceso en su conjunto e interpretan que ellos son los responsables de una parte del mismo, ni más ni menos importante que el resto. Sienten pasión por el deporte que han elegido y les impulsa una fuerte vocación didáctica. Viven la disciplina en la que son especialistas con un cierto romanticismo, si se me permite la expresión. Suelen ser altamente empáticos con sus jugadores y dedican tiempo y mucha paciencia a conocerles a fondo. Sin lugar a dudas, este tipo de entrenadores son los idóneos para los niños que están empezando a practicar la disciplina seleccionada. Cualquier padre agradece la tranquilidad de poner a sus hijos de siete u ocho años en manos de profesionales con estas virtudes. Y en ese sentido, Sergio y Marcos fueron bendecidos en sus años de Benjamín con entrenadores de este corte, especialmente el pequeño, que disfrutó durante tres años con las enseñanzas de Javi y de Juanpe, dos de los mejores entrenadores de este perfil en Madrid. Aunque este es, en mi opinión, el prototipo de entrenador para los más pequeños, no quita para que nos hayamos encontrado en nuestro vagabundeo por las canchas de la Comunidad personajes de todo tipo de estilos y pelajes. Como aquel de Boadilla al que terminamos abucheando desde la grada por la manera en que trataba a sus críos, niños de no más de ocho o nueve años a los que se dirigía de manera tan despótica que no tengo dudas de que alguno de ellos terminó cambiando de deporte.

Pero llega un momento en que son los propios niños quienes demandan de sus entrenadores ir un paso más allá y es necesario modificar ligeramente el perfil de referencia. Los chavales siguen competiciones profesionales a través de las redes sociales y los medios, se emocionan con las rivalidades, comienzan a ser conscientes de sus capacidades y de sus límites, les empieza a picar la ambición por superarse a sí mismos y a los demás, se preguntan cómo llevar el balón en las mejores condiciones a un lugar determinado del campo y todas esas cosas que hasta ahora no les preocupaban en exceso. Aunque el sentimiento de equipo debe prevalecer siempre, la individualidad comienza a tomar forma. Son unos años, que transcurren más o menos entre el primer año de Alevín y el último de Junior, entre los once y los diecisiete años, en que por la experiencia que nosotros hemos tenido, conviene poner a los chicos en manos de entrenadores que, sin dejar de enseñarles y de potenciar sus habilidades técnicas, les introduzcan paulatinamente en la parte más táctica del deporte. En el caso del baloncesto, que sepan ejecutar bloqueos, pick & roll, balances defensivos organizados, presión, jugadas de banda y fondo, etc... Pero deben ser también profesionales con un perfil no tan asociado a la formación y sí más dirigido a la consecución de objetivos tangibles, tanto a nivel grupal como individual. Los chicos deben divertirse y es ideal que sus entrenadores formen parte de esa diversión, pero deben aprender a alcanzar sus metas, deben comenzar a sentir el deber y la responsabilidad que conlleva el trabajo en equipo, tienen que aprender a ganar, a desearlo incluso, y tienen también que aprender a perder, a gestionar la derrota de la manera correcta. Porque nadie crece si las cosas no cuestan. Ninguna victoria se saborea de la misma manera que cuando se consigue con resistencia. Toda derrota entraña a su vez un aprendizaje imprescindible para afrontar otras facetas del desarrollo. Es extraño encontrar en categorías Infantil y Cadete entrenadores formadores como esos de los que hablábamos al principio. Los sigue habiendo y eso en muchos aspectos es positivo, pero posiblemente ese grupo al que entrenan tendrán un déficit competitivo importante y esa carencia terminará generando frustración entre sus componentes. No sólo se trata ya de que el chico aprenda, por ejemplo, a desplazarse lateralmente al defender, sino que comprenda por qué debe hacerlo así, qué resultados se obtienen al realizar ese movimiento. La relación entrenador-jugador cambia también en esta etapa, no es ya tan amable como lo era antes, pero no debe ser en ningún caso una relación desequilibrada: el entrenador debe contar con el respeto total del jugador y cualquier amago de rebelión que pueda producirse debe ser abortado de manera inmediata, pero el entrenador debe estar a su vez abierto (y promover) el diálogo con y entre los jugadores. Y divertirse, todos deben divertirse. Eso es primordial.


Y llega ya el último tramo en la vida de un jugador amateur, que puede prolongarse tanto como las circunstancias del individuo y su pasión por el deporte le permitan. Tengo la suerte de haberme topado en las gradas con gente admirable que a sus cuarenta y diez siguen pasando los fines de semana en la cancha. Y es curioso, ya que son pocos los equipos de este tipo, los Over Fourty, que cuentan con entrenador. Y es que, a partir de los dieciocho años más o menos, la relación entre entrenador y jugador se transforma radicalmente. Los chicos llevan años aprendiendo y algunos pueden haber vivido incluso experiencias en el mundo del basket más intensas que sus propios entrenadores, lo que hace que su opinión y sus sugerencias deban ser acogidas con atención y entusiasmo, dado que por lo general repercuten positivamente en el equipo. Es más, algunos de esos jugadores se convierten a su vez en entrenadores de niños y el ciclo vuelve a empezar. El diálogo se vuelve más abierto y mucho más provechoso, se discuten las bondades de aplicar tal o cual estrategia y, aunque es el entrenador quien tiene la última palabra, todos participan en la toma de decisiones. El reparto de minutos ya no es tan conflictivo, dado que todos reman en la misma dirección, el colectivo vuelve a ser de nuevo, aún más si cabe, lo principal. El jugador es más capaz ahora de ponerse en el lugar del maestro y el entrenador pasa a ser uno más, tal es así que poco a poco su papel tiende a diluirse - hablamos de deporte amateur - y llega un momento en que sus funciones se difuminan y terminan siendo asumidas por los propios jugadores. Obviamente, aquellos que dirigen equipos adultos deben adoptar un perfil, digamos, de hermano mayor. Debem disfrutar con su trabajo a un nivel diferente, deben encontrar en el acompañamiento y el asesoramiento una satisfacción personal. Deben tener tantas ganas de aprender como de enseñar, ya que tendrán entre sus manos chavales a los que transmitir conocimientos, pero también a otros que les pueden permitir seguir aprendiendo. Y deben ser capaces también, y gozar en ese proceso, de salir a tomarse unas cervezas con sus pupilos de igual a igual.

Más que una tipología estándar de entrenadores, muy difícil de elaborar, al final mi exposición hace referencia a las cualidades que, a mi parecer, debe tener cada uno de ellos en función de las edades de sus jugadores, pero es obvio que en la forma de comportarse y en la manera de trabajar de quienes dirigen equipos confluyen muchos otros factores que no podemos despreciar: la motivación de sus enseñanzas, las presiones a las que pueden estar sometidos por la dirección de los clubes en los que militan, la relación que se construya con el entorno de los jugadores, la antigüedad acumulada en esas tareas, la preparación previa del grupo, etc... La principal virtud que en mi opinión debe tener un entrenador, sea cual sea la categoría en la que desempeñe sus funciones, es la de ser capaz de detectar de manera correcta, en el momento de hacerse cargo de un grupo, el punto en que se encuentran esos jugadores a título individual y colectivo para determinar el perfil que debe adoptarse. No es lo mismo entrenar a un equipo local que a un federado; ni tampoco hacerlo en un club de barrio que en uno con títulos e historia. No tiene las mismas necesidades un grupo que en la etapa previa haya superado las expectativas puestas en esas edades y haya ganado un campeonato, que hacerlo con un grupo en el que la mitad de la plantilla sean nuevas incorporaciones y que para dos o tres sea además su primera vez. La experiencia y la habilidad del profesional para determinar con dos o tres entrenamientos cómo debe posicionarse frente al grupo es, en mi opinión, la cualidad más valorable en cualquier entrenador en cualquier disciplina deportiva. 

Eso y que no olvide que, aunque competir debe figurar en su hoja de ruta, esto no es más que un juego. Y en los juegos el principal objetivo es pasarlo bien.




martes, 3 de octubre de 2023

Lo que la cancha nos da: la legión extranjera

Hay quien afirma que toda esta historia empezó con Luka Doncic, que él fue el primero de muchos, aunque yo estoy convencido de que todo esto se inició mucho antes, cuando las fronteras entre países y continentes se abrieron al libre mercado. También aseguran que fue Alberto Angulo, coordinador de la cantera de baloncesto del Real Madrid, con aquella incorporación procedente de Eslovenia al equipo infantil del club blanco, quien abrió las puertas de nuestro baloncesto base a las decenas de serbios, letones, senegaleses, nigerianos, rumanos y demás "chavales" de lejanos países que poco a poco han ido invadiendo nuestras canchas. No me atrevería yo a calificarle de precursor de este desatino, o al menos no sé hasta qué punto se le podría responsabilizar de lo que luego ha ido ocurriendo en nuestro baloncesto. Dicen también que no hay nada que se pueda hacer para detener este fenómeno y, de hecho, por lo que yo observo cada fin de semana en los distintos pabellones de Madrid, el asunto está más que asumido por jugadores, padres, entrenadores, árbitros y por todos los estamentos deportivos de la Comunidad y del propio Gobierno. Unos atribuyen la negligencia a la hora de poner freno a este hecho - o al menos a minimizar su impacto - a la Federación de Baloncesto de Madrid, otros a la Española y otros al Consejo Superior de Deportes. En cualquier caso, el daño (no puedo llamarlo de otra manera) ya está hecho. Y no seré yo quien proponga una solución, ya que intuyo que el entramado legal y los intereses económicos sobre los que se sostiene todo este sistema son demasiado complejos para alguien como yo, que no tengo conocimiento de primera mano sobre ello sino que me baso en lo que leo y lo que escucho. Pero como siempre - y en eso los españolitos de a pie hemos cursado varios máster - me queda el derecho al pataleo.

Entrecomillaba lo de "chavales" porque observando los rasgos físicos de algunos de estos jugadores, especialmente los procedentes de África, uno alberga serias dudas de que tengan la edad que en sus papeles figura. Creo que no supone motivo alguno de discusión a estas alturas del siglo XXI que los hombres de raza negra, por razones principalmente genéticas, suelen desarrollarse más y mucho más rápido que los miembros del resto de etnias. No es extraño por lo tanto que en la NBA, la competición de baloncesto más exigente del mundo, haya muchos más jugadores de color que blancos. Pero, a pesar de todo eso, un niño de trece o catorce años sigue siendo un niño en Madrid, Tokio o Nairobi y hay poco margen para las equivocaciones, aunque el individuo mida más de dos metros y calce un cincuenta. Por no hablar de su actitud sobre el parqué o incluso, si les observas con atención, fuera de la cancha. Durante estos años he visto jugar en categorías cadete, infantil o incluso pre infantil a chicos que difícilmente podían tener menos de diecinueve años. Por el tono muscular, por los rasgos faciales, por los bigotes que lucen, más propios de treintañeros que de púberes en pleno crecimiento, y también por la forma de moverse y actuar en la cancha. También he visto, por el contrario, a otros de rasgos indudablemente infantiles, más largos que un día sin pan, eso sí, pero con la inocencia y el susto todavía bailando un zapateado en sus miradas. Pero lo cierto es que el sistema es un coladero, algo de lo que muchos se aprovechan para su beneficio personal o corporativo. Han proliferado los ojeadores que se recorren el continente africano, incluso los poblados más recónditos, a la búsqueda de la gallina de los huevos de oro que poder vender al mejor postor en Europa. En algunos casos los chavales no saben ni qué edad tienen en realidad, pero no debe resultar difícil, por lo que aquí calificaríamos simplemente como una "propinilla", que algún funcionario firme un documento oficial que certifique que el niño tiene catorce años cuando en realidad ya tiene dieciocho. Y cuando llega a Europa, el país receptor debe asumir que lo que se indica en los documentos es cierto. Algunos clubes de cantera, por supuesto, también se aprovechan de ello, dado que esos jugadores no sólo les ayudan a subir un nivel en lo deportivo, sino que además, si realmente hay buenos mimbres y se hace un buen trabajo con el jugador, pueden incluso obtener un beneficio económico considerable si logran colocárselo a un equipo profesional europeo. Y se benefician también las Federaciones, al menos la de Madrid, cuyo reglamento al respecto es sorprendentemente laxo y prácticamente les autoriza a convocar al recién llegado para defender los colores de la Comunidad sin apenas haber pisado el avión el aeropuerto de Barajas.



El caso de los jugadores balcánicos es diferente, dado que suele haber pocas dudas sobre posibles fraudes relacionados con la fecha de nacimiento y tampoco suelen poseer unas cualidades físicas superiores a las de un Pepe o un Manolo. Si atraen a los clubes por alguna razón es porque, debido a la cultura baloncestística que existe en esa zona del planeta, se trata de jugadores dotados de una técnica exquisita para este deporte y por ello son también un caramelo para quienes han adoptado esta filosofía globalizadora, con la que a quien más se perjudica, por mucho que me quieran vender algunos lo contrario, es a los niños madrileños que disfrutan con el baloncesto y sueñan con llegar a dedicarse profesionalmente a ello. Se me ocurre un ejemplo muy representativo de lo que pretendo explicar. Hace unos cinco o seis años la Federación de Baloncesto de Madrid, en plena polémica por este asunto, tuvo el cuajo de presentar al Campeonato de España de Comunidades Autónomas de categoría cadete una selección en la que tan sólo había tres jugadores nacidos en España. El resto eran todos foráneos, algunos sin llevar ni siquiera en nuestro país tres meses. Creo que nunca me he alegrado tanto de que Cataluña, con doce jugadores de su propia cantera, ganase aquel torneo. Chicos madrileños que llevaban dos o tres años trabajando para ese evento se tuvieron que quedar en sus casas para hacer hueco a otros que, en opinión de la Federación, eran más madrileños que ellos.

Tanto ha crecido el asunto que han nacido nuevos clubes que se hacen llamar Academies o que se han reconvertido y han decidido seguir esta filosofía de anteponer la victoria a la formación. Entre los primeros cabe destacar SBA (Spanish Basketball Academy), plagado de balcanicos, o incluso el recién creado Pablo Laso Academy (también se me ha caído ese mito). Entre los segundos, destacan Torrelodones y Torrejón, que suelen presentar en sus rosters un par de "chavales" de dudosa legalidad. El colmo de este despropósito, si hacemos caso a los insistentes rumores que circularon al respecto, se produjo hace también unos cuatro años en Alcalá, cuando el padre adinerado de uno de los jugadores, decidió que su hijo tenia que ir a un Campeonato de España de Clubes y se trajo, pagándolo de su bolsillo y garantizando a la criatura alojamiento, manutención y estudios, un africano absolutamente dominador para intentar conseguirlo. No lo consiguió. Otro ejemplo: un chico de San Agustín de Guadalix, que hoy juega en el primer equipo de Fuenlabrada y que coincidió en Infantil con Sergio en el Real Madrid en categoría Infantil nos confesó hace un par de años, cuando él militaba en Zentro Basket y nos enfrentábamos a ellos, que menos mal que se manejaba bien con el inglés, ya que si no fuera por eso ni se enteraría de lo que se hablaba en los entrenamientos. 



No se escapan los grandes clubes de la cantera madrileña de este circo. Real Madrid (por supuesto), Estudiantes o Fuenlabrada han entrado también en este juego, aunque en el caso de los dos últimos, imagino que por problemas presupuestarios, parece que han aflojado o incluso han desistido de seguir por ese camino, y vuelven a trabajar, casi totalmente, sólo con chicos españoles. Han sido muchos, no obstante, los clubes que se han resistido durante estos años a esta marea, pero la gran mayoría se ven forzados a competir en Plata y Bronce (Segunda y Tercera División) y los que resisten en Oro, con una filosofía similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol, se pueden contar casi con los dedos de una mano (Canoe, Alcorcón Basket, Alcobendas, Las Rozas o Tres Cantos). Tienen mucho mérito, en esta realidad, esos clubes que, sea en Oro o en Bronce, siguen comprometiéndose con los chavales madrileños y que, incluso los que tienen presupuesto para ello, se nieguen a entrar en esta dinámica y mantengan su compromiso de seguir formando y enseñando a nuestros hijos.

Nos lamentamos luego de que en la ACB, la liga profesional de baloncesto en España, siete de cada diez jugadores sean extranjeros. O de que en el Real Madrid-Barcelona de este pasado fin de semana sólo hubiera, entre los veinticuatro jugadores convocados, ocho españoles y de que tan sólo uno fuera titular. Nos parece sorprendente que tipos con tanto talento y futuro como Juan Núñez tengan que emigrar a Alemania para poder jugar. Nos escandaliza que promesas como Aday Mara, Baba Miller o Izan Almansa opten por abandonar España y probar suerte en los Estados Unidos. ¿Qué esperábamos? Como ocurre en casi todos los ámbitos, sólo reconocemos el talento cuando se aleja de nosotros y amenaza con convertirse en propiedad de otros.

Hay quienes sostienen que esto es positivo para nuestro baloncesto. Que los que lleguen a la Selección Española Absoluta, lo harán más preparados física y mentalmente. Que eso nos permitirá competir a un nivel más alto en los grandes eventos baloncestísticos del planeta. Que la gloria nos espera a la vuelta de la esquina. Está por verse. A nivel nacional salimos ahora de una etapa repleta de grandes éxitos, cosechados precisamente por una generación de jugadores que disfrutaron de la oportunidad de formarse arropados por el sistema tradicional de formación y de competición, donde los recursos humanos y económicos invertidos por el Ministerio y por las Federaciones correspondientes se destinaban exclusivamente a su desarrollo deportivo y humano. El efecto que todo esto tendrá en nuestro baloncesto está aún por determinarse. Por el momento, y durante los pocos o muchos años que me queden de poder disfrutar de mis hijos en una cancha de baloncesto, seguiré admirando la valentía con la que se plantan sobre el parqué frente a tipos que pesan veinte kilos más que ellos y que les sacan tres cabezas. Y lo haré mordiéndome las uñas, desviando la mirada cuando tengan un encontronazo con cualquiera de ellos durante un lance del juego, temiendo que en el topetazo salgan mal parados. Y seguiré bromeando con ellos sobre la posibilidad de que los hijos de ese jugador, al que han tenido que defender hoy y que supuestamente tiene su misma edad, estaban en la grada jaleando a su padre.






miércoles, 13 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: las lesiones

Por propia experiencia sé que, como padre, da lo mismo el momento de la temporada en que tu hijo se lesiona. Que el sufrimiento por lo que supone para él a todos los niveles es el mismo ocurra en un amistoso de pretemporada o en un encuentro de playoffs. Y mucho más cuando hablamos de cantera y no de profesionales. Pero el pasado fin de semana no pude evitar sentir mucha rabia por ese chico nuevo del equipo de Marcos, Iker, recién llegado este año desde Fuenlabrada, trayendo consigo, por lo que he podido observar y por lo que mi hijo me cuenta, toneladas de ilusión y quintales de buen rollo, que se ha partido la tibia en un desgraciado lance del juego durante el primer amistoso de la temporada. Por lo poco que he podido verle entrenar y jugar, posee la planta y la actitud de esos chavales que siempre hacen falta en los equipos, esos que se ofrecen siempre, que arriman el hombro en las ayudas y que no hacen un mal gesto si los compañeros no se la pasan o si fallan. Sobrado además de clase, aunque no pueda afirmar, por haber sido escaso el tiempo que le he observado en cancha, su capacidad anotadora o su madurez para la toma de decisiones. Creo que ha sido la jugada en directo y en baloncesto base que más escalofríos me ha provocado en estos casi nueve años que llevamos metidos en este mundillo. Un mal giro, cada pierna para un lado, un movimiento antinatural, una caída dura. Confiábamos que fuera sólo un esguince, pero al final se confirmó que no había tenido suerte: rotura, operación urgente y vete tú a saber cuándo podrá volver con sus compañeros, con los que ni siquiera ha podido debutar en liga. De momento, en torno a tres meses. Y esto en un amistoso. Mierda. Muy mala suerte.


Se lamentaba mi hijo Marcos porque - y cito - "es un chaval cojonudo y además me encanta que sea él quien me defienda en los entrenamientos, me exige mucho más que otros, me hace mejor jugador". Y que "algo vamos a tener que hacer para animarle". Le di varias ideas. El tiempo dirá si las buenas intenciones se quedan en agua de borrajas, como a veces ocurre con los adolescentes, si le secunda el grupo en sus propósitos y si entre todos maquinan alguna sorpresa que pueda proporcionar a Iker algo de aliento, ya que en estos bretes, desgraciadamente, poco más se puede hacer.

Las lesiones son parte de la vida del deportista. Quien practica cualquier deporte sabe que el porcentaje de posibilidades de que, tarde o temprano, deba parar su actividad por problemas físicos es alto. También los padres lo sabemos y vivimos con ese miedo. El de que se den un mal golpe o se hagan daño. Este amistoso lo vimos a pie de cancha, ya que se disputó en el gimnasio de un colegio de Las Rozas sin gradas y sin demasiado espacio en las bandas y fondos entre los espectadores y el juego. Para los que ya dejamos muy atrás esa edad mágica de los quince y dieciséis años, o al menos en mi caso, resulta sobrecogedor vivir tan de cerca la intensidad de los contactos, la agilidad inherente a los movimientos que los chicos ejecutan, la velocidad y coordinación con la que se desplazan sobre el parqué. Me resultó espeluznante ver todo esto tan de cerca en un partido que fue además bronco, posiblemente por las ganas que los componentes de ambos equipos tenían de volver al cara a cara, a la competición de alto nivel. Viví el encuentro con miedo a que se hicieran daño, como efectivamente y por desgracia ocurrió. Antaño yo también estuve ahí, aunque fuese practicando otro deporte, y seguramente yo me empleaba con tanto arrojo y contundencia como lo hacen hoy ellos, mis hijos y sus compañeros, pero entonces no tenía conocimiento de todo lo que podía sucederme en un choque o una caída. La inmortalidad es un concepto que rara vez cumple la mayoría de edad. Pasé miedo, repito, y se me heló la sangre al ser testigo de la desgraciada jugada.


En los días posteriores, mientras se iban sucediendo las noticias sobre el alcance de la lesión, el resultado de la operación, el estado de ánimo del muchacho o el tiempo previsto de recuperación, estuve recordando las ocasiones en que mis hijos han tenido que lidiar con la frustración de no poder hacer aquellas cosas que su edad les demanda y en las que nosotros, como padres, nos hemos visto obligados a combatir la impotencia de no poder de alguna forma ahorrarles el mal trago o, en su defecto, hacer algo para acortar los plazos de sus recuperaciones. El mayor, Sergio, tuvo la fortuna de no tener que verse en una situación así durante muchos años, hasta que en Junior se rompió el astrágalo no una, sino dos veces, y se perdió prácticamente toda la temporada. Cosas del azar, pero también posiblemente de no curarse bien, de dejarse arrastrar por la impaciencia y volver a la actividad antes de lo que habría sido recomendable. Tal vez una semana más de reposo tras la primera lesión habría evitado la segunda, ¿quién sabe? En el caso de Marcos, si bien no ha habido nunca esguinces, fracturas o roturas, hemos vivido siempre con el alma en vilo. Es un chaval de complexión delgada, aunque está, como dice él en tono jocoso, "mazado", pero el caso es que se enfrenta cada fin de semana a chicos que pesan diez o quince kilos más que él, lo que a mí en concreto hace que se me encoja el corazón en cada encontronazo en el que se ve implicado. Fruto de un lance del juego sufrió una lesión en la espalda que le obligó a pasar un verano entero con un corsé que le provocaba picores, le hacía sudar profusamente y que nos hizo temer, en base a lo que los traumatólogos nos decían, que tuviera que dejar el deporte o que, al menos, se pudiera ver forzado a cambiar de actividad por otra que no incluyera saltar ni forzar la parte lastimada. Por suerte, parece que se recuperó bien de aquello y pudo regresar a las canchas sin demasiados sustos y percances. También ciertas molestias de las que se comenzó a quejar después de aquello terminaron con sus huesos en la consulta del cardiólogo. Una vez más ese temor a que no pueda volver a practicar deporte, más poderoso si cabe que al que tenemos de que un día le ocurra algo como lo que le ha pasado a su amigo Iker. Siguen estudiándole, aunque por el momento parece que todo está en orden. Pero sobre Marcos, o más bien sobre nosotros, sus padres, ha sobrevolado siempre, desde que se rompió la tibia (como su compañero) en un castillo hinchable a los dos años de edad, la incertidumbre, el miedo a que algo le aparte de este deporte por el que siente una pasión pura y real.

No podemos pedir a nuestros hijos, a partir de cierta edad, que jueguen con cuidado. O podemos intentarlo, pero demos por sentado que les entrará por un oído y les saldrá por el otro. La competición, el afán por explorar sus límites y la satisfacción por superarlos van unidos a su naturaleza de adolescentes. Nada podemos hacer para impedir que se lancen a la cancha buscando sus minutos de gloria, pero sí es nuestra obligación tratar de garantizar que practiquen su deporte favorito con unas mínimas medidas de seguridad y, sobre todo, estar a su lado para sostenerles o levantarles cuando, como en el caso de Iker, se caigan.

¡Ánimo, chaval! ¡Te esperamos para la segunda fase!



sábado, 2 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: Sergio Usero

Todo entrenador quiere contar en su plantilla con un jugador como él. Alguien disciplinado y con la suficiente capacidad para interpretar el baloncesto que tienes en mente y que deseas que tu equipo despliegue sobre la pista de juego. Alguien que ejerza de ancla, que mantenga siempre su posición y evite que todo se desmorone. Alguien con la ascendencia suficiente sobre sus compañeros para propiciar que todos remen en la misma dirección y que consiga que los demás se exijan más a sí mismos en cada partido y cada entrenamiento. Alguien que no se amilane frente a las adversidades y defienda con rigor y contundencia. Alguien que ayude al conjunto a sobreponerse en los malos momentos. aporte en ataque y de ejemplo a los demás con su esfuerzo. Todo colectivo necesita que entre sus filas haya un tipo que asuma ese rol, el capitán al que todos toman como referencia, el líder que guía con mano firme al grupo hacia la victoria. En Alcorcón Basket 2008, el equipo en el que juega Marcos, nuestro hijo pequeño, lo tenemos, y gran parte de los éxitos alcanzados por el grupo durante todos estos años empiezan y acaban en él: Sergio Usero.


Junto a Marcos y a Hugo Larrey, nuestro Sergio Llull doméstico, él es el único que permanece en el equipo desde que arrancaron en categoría Benjamín, allá por septiembre de 2016, hace ya siete años que, debo decir, se nos han pasado volando viéndoles desarrollarse como personas y crecer como jugadores de baloncesto. Se unió al club procedente del Colegio Arcángel Rafael y ya desde su primer año, con tan sólo ocho primaveras, destacaba en el grupo por su formalidad y por la seguridad con la que afrontaba cada ejercicio, cada reto y cada partido. El hecho de ser tan exigente consigo mismo no implicaba que careciese de habilidades para relacionarse y divertirse con sus compañeros, más propensos que él al despiste y a la travesura simpática en la realización de dinámicas grupales. Más bien todo lo contrario, poseía un don para distinguir perfectamente cuándo tocaba pasarlo bien y cuándo trabajar, y disponía de recursos incluso para ser él quien iniciase, en los momentos que correspondía, el chascarrillo que a todos hacía reír.

Durante los años de canasta mini su personalidad continuó perfilándose en la línea hacia la que ya apuntaba: un chaval con una mentalidad competitiva notable, pero con un control sobre sus emociones en la pista más propia de un tenista de alto nivel que de un niño de su edad. Rara era la vez en que un error o un acierto afectaran a su manera de comportarse en el campo. Como un martillo pilón continuaba realizando la tarea que desde el banquillo se le había encomendado, aunque a medida que iba sumergiéndose en los entresijos de este deporte, fue añadiendo a su repertorio la habilidad de tomar decisiones generalmente correctas frente a los imprevistos, en esos momentos puntuales en que la pizarra deja de importar y priman el instinto y la inteligencia. Daba igual el entrenador que le dirigiese o los compañeros que le acompañasen sobre el parqué. Seguía siendo indispensable para el desarrollo del juego del conjunto y los técnicos de los que tuvimos la suerte de disfrutar durante esos años (Juanpe González y Ángel Santano), que detectaron pronto las fortalezas mentales y físicas de Sergio, le ayudaron con mano firme y afectuosa en su desarrollo, convirtiéndose el chaval, especialmente con Ángel, en la prolongación del míster sobre el campo.


Si tenía una carencia durante esos primeros años, era quizá su escasa aportación en lo referente a la anotación. Defendía, asistía, reboteaba y se fajaba con intensidad y compromiso, pero pocas canastas llevaban su rúbrica. Era un puntal en defensa, pero adolecía de presencia ofensiva. No tenía prisa. Cuando determinó que era el momento de mejorar su rendimiento en ese aspecto del juego, una vez consolidado todo lo demás, se empleó a fondo. Ganó confianza en las penetraciones, en ser él quien asumiese la responsabilidad de ir un poco más allá de lo que de él se esperaba en ataque. También en esa disciplina los resultados fueron llegando y ya en Infantil y en el primer año de cadete comenzó a promediar más de diez puntos por partido, unos datos excelentes para un jugador de estatura media y con mucho margen aún de mejora en el tiro exterior. 

Asumió, cuando le llegó el turno, los galones de capitán del equipo con absoluta naturalidad, la misma con la que acogieron sus compañeros, tanto los veteranos como los que se iban incorporando cada año al equipo, la decisión del cuerpo técnico. Y nadie se ha planteado desde entonces que fuera necesario cambio alguno porque era el mejor capitán de todos los posibles. Los entrenadores que durante estos años han trabajado con ellos, como he dicho al principio, daban palmas con las orejas por tener un tipo así en el plantel.

A pesar de los logros deportivos conseguidos (dos Campeonatos de Madrid y una Final Four Infantil) y su peso en un equipo tan talentoso como siempre lo ha sido este Alcorcón Basket 2008, es uno de los grandes olvidados por la Federación de Baloncesto de Madrid, que dejó de convocarle en Benjamín, junto a otros jugadores del equipo que posiblemente atesoraban méritos y nivel para ello. La verdad es que me da la sensación de que poco le ha importado, y no porque considere irrelevante representar a su Comunidad, sino porque nunca se ha dejado distraer por zarandajas de este tipo. Él se marca otras metas.

Mi hijo siempre sale de los entrenamientos que le han salido bien con una sonrisa de oreja y comentando cual pregonero municipal sus avances, sus jugadas, sus tiros. Hoy no he podido ir a verle a entrenar, pero me llegaban por whatsapp noticias de que lo estaba haciendo muy bien y de que había realizado incluso alguna acción merecedora del aplauso de los presentes, así que le esperaba en casa dispuesto a que me contara al dedillo y entusiasmado sus hazañas. Pero para mi sorpresa, ha entrado en casa cabizbajo y meditabundo, sin hacer ninguna clase de alarde. Cuando le he preguntado, extrañado, qué le pasaba, me ha respondido que no había podido despedirse como le habría gustado de Sergio, su socio durante todos estos años. Y ha empleado esa media hora, que yo pensaba que utilizaría para vanagloriarse de sus acciones hoy en la pista, en compartir conmigo todo lo que va a echar en falta este año con la marcha de su amigo.



Tanto por su actitud en el campo como por la relación con sus compañeros y con los padres que hemos sido testigos de su evolución, se merecía, aunque aún no sea un Juan Núñez o un Baba Miller (y recalco ese "aún"), una entrada en este blog que le hiciera justicia. Y a ello me he puesto, pocas horas antes de que vuele a Canadá para cursar allí el próximo año académico, decisión promovida por él mismo y no por sus padres, amparado en ese afán, como siempre, de ir un poco más allá en su formación personal y deportiva. Deja el equipo, esperemos que de manera temporal, en un momento dulce, a punto de iniciarse una temporada ilusionante por el sobresaliente grupo humano y deportivo que se ha conformado y por los ambiciosos objetivos que se han marcado, pero no me cabe ninguna duda que, cada fin de semana, vestido con la equipación oficial del club, en la lejana Canadá, se dejará la voz animando en la distancia a su Alcorcón Basket y que los chicos seguirán sintiendo su aliento y su presencia en cada jugada.  

¡Buena suerte y buen viaje, Sergio!


miércoles, 30 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: Juan Núñez

No fue la primera vez que le veía jugar, pero sí la primera que consiguió dejarme completamente boquiabierto. Él tenía sólo diez años y era su primera temporada compitiendo a nivel federado, aunque Miguel, su padre, había sido entrenador durante muchos años en Canoe y es de suponer que el chaval debía haber mamado ya buenas dosis de baloncesto en casa. Se disputaba la final del Campeonato de Clubes de Madrid en categoría Alevin. Fue el amo y señor del partido, pero lo más sorprendente, desde mi punto de vista, sucedió cuando tan sólo restaban unos segundos para concluir el encuentro. Incluso a mí, que aún no sabía apenas nada de este deporte, me llamaron la atención su temple y su inteligencia. Alcorcón Basket ganaba por pocos puntos, cuatro tal vez, no lo recuerdo con exactitud, y tenían la posesión del balón. Pidió la bola y, en vez de precipitarse hacia la canasta contraria como haría casi cualquier niño de esa edad, buscó con la mirada el marcador electrónico para ver cuánto tiempo quedaba y, metafóricamente hablando, le cantó una nana a la pelota. Nadie más, ni rivales ni compañeros, pudo tocarla hasta que sonó el bocinazo que indicaba el final del partido y Alcorcón Basket estalló de júbilo con el primer título de su historia. No fue la excelente visión de juego que le ha caracterizado siempre o el clásico pase en largo a una mano que siempre le definió los que me hicieron sospechar que aquel chaval era distinto. Fue ese control de los tiempos, esa madurez para decidir qué hacer cualquier otra cosa que no fuera dormir el partido podría perjudicar a su equipo, lo que me dejó anonadado. Resulta extraño ver algo así en un crío de tan corta edad y de ahí mi asombro.


Durante los meses siguientes tuvimos la fortuna de coincidir con mucha frecuencia con él y con sus padres, gente cordial, sencilla y de conversación variada y amena, dado que tanto Sergio como, por supuesto, Juan eran convocados para todas las jornadas de preparación que la Federación de Madrid organizaba para el Campeonato de España de Seleccones Autonómicas a celebrar en Cádiz. Él ya había fichado por el Real Madrid, un año antes de lo que es habitual, y su baloncesto estaba creciendo a un ritmo imparable. Detrás del artista que desplegaba su talento sobre la cancha, en el trato más cercano, era un niño que en presencia de adultos se comportaba con educación y que escuchaba, respetuoso, lo que a su alrededor se hablaba, mirando a los ojos a su interlocutor y exhibiendo esa media sonrisa picaruela que aún conserva. De lo que observábamos de su relación con los compañeros, nos llamaba la atención que, sin ser el más travieso, ni el más introvertido, sin destacar en su comportamiento para bien o para mal en ningún sentido, todos los demás orbitaban de manera natural alrededor de él y buscaban su aprobación. Nunca le vi, como a otros, reirse a carcajadas, pero en sus ojos podía percibirse que se lo pasaba bien en ese ambiente. Si alguna vez se enfadaba era consigo mismo, nunca con los demás. Un líder silencioso. Creo que todos los que conformábamos aquel grupo, entrenadores, padres y chavales, teníamos claro que si alguno de los doce que formaban aquel equipo llegaba algún día a poder vivir del baloncesto, sería seguramente él.

Si mi hijo Sergio tuvo su minuto de gloria fue en buena medida gracias a Juan. Ocurrió en la final de aquel Campeonato entre Madrid y Cataluña. Con el marcador aún apretado, el rival tiró a canasta, el balón no entró y el rebote lo cogió uno de nuestros jugadores altos, tal vez Harold, Sediq (el hermano de Usman Garuba) o Baba Miller (otro crack del que un día hablaré). Entregó inmediatamente el balón al base, a Juan, que con uno de esos recursos que había adquirido en su época en el balonmano, donde también brilló, lanzó un pase largo a la pista contraria, donde ya corría Sergio, que recibió y sin oposición, machacó el aro. Creo que nunca dejaré de presumir, a la vista de lo que Juan está haciendo en este Mundial y de los éxitos que le esperan, de que fue él quien le brindó aquella asistencia a mi hijo.


Coincidieron los dos un año después en el Real Madrid, donde Juan ya se había convertido en una de las más firmes promesas del baloncesto nacional. Sólo eran infantiles, pero él ya dejaba en cada campo algún detalle de crack mundial, y jugaba en muchas ocasiones con los cadetes porque tenía nivel para ello. Su palmarés en categorías inferiores, tanto con el Real Madrid como con la Selección española empezaba a ser alucinante y tuvimos la suerte de poder compartir y celebrar con su familia un Campeonato de Madrid, un Campeonato de España de Clubes en Pontevedra y una Minicopa en Canarias, experiencia esta última que siempre recordaré por una comida inolvidable que compartimos con sus padres y con los de Jorge Rosón, otro de los componentes de aquel equipo.

Le veo hoy en las portadas de los periódicos por todo lo que, con sólo diecinueve años, ha conseguido en Alemania y lo que está haciendo en el Mundial y me invade una agradable sensación: la de ver cómo uno de esos chavales que aún creían en el Ratoncito Pérez cuando les conocimos está cumpliendo no sólo sus sueños, sino también, de alguna manera, los de todos los que algún día jugaron con él y no lograron llegar hasta donde él ya ha llegado. No siento envidia de que no sea mi hijo el que esté ahí, frente a las cámaras, defendiendo su derecho a divertirse y su obligación de hacer mejores a los compañeros, que ha sido desde que le vimos por primera vez lo que siempre ha hecho en todas las canchas en las que ha jugado: disfrutar y ayudar a que los compañeros también lo hagan. Lo que siento, viéndole vestir la camiseta de la Selección absoluta, es un enorme orgullo de que mi hijo, aunque haya sido de manera efímera, haya formado parte, de algún modo, de la historia de Juan Núñez, un jugador al que estoy convencido, como ya intuíamos hace siete u ocho años, le espera una larga carrera llena de éxitos.









jueves, 17 de agosto de 2023

Lo que la cancha nos da: nuevos proyectos

La gran mayoría de clubes de baloncesto base funcionan como una especie de embudo que se va estrechando hasta que los chavales cumplen la mayoría de edad. Y el nuestro, Alcorcón Basket, no es una excepción. Llegados a este punto algunos chicos dejan definitivamente el baloncesto federado (aunque sigan practicándolo a nivel aficionado) para centrarse en sus estudios o trabajos; otros buscan clubes de un nivel acorde a sus capacidades donde puedan seguir compitiendo al amparo aún de la Federación de Baloncesto de Madrid; y unos pocos permanecen en el club. Confiábamos que Sergio fuera uno de estos últimos y tuviese sitio en alguno de los equipos federados de la categoría Sub-22 que el club tiene en competición. Aunque hablamos en alguna ocasión sobre aquello durante el verano, estábamos tranquilos. Por el compromiso que él había siempre mostrado hacia el club y por el cariño que había recibido desde que ingresó en AB siendo alevin, esperábamos que contaran con él, pero a Sergio le preocupaba su bajo estado de forma tras las lesiones y le hacía temer que tuviese que optar por otras alternativas mucho menos apetecibles. Finalmente no sólo logró una plaza en el Sub-22 Plata sino que, animado por nosotros y por el club, se sacó el carnet de entrenador Nivel 1. Así que, en su caso, el panorama de cara a la temporada 2022-2023 era doblemente apasionante: continuaría en el circuito federado, no sólo como jugador, sino ahora también como entrenador.


Tras el varapalo de la Final Four Infantil del año anterior, la temporada de Marcos se presentaba, mientras tanto, como una etapa de transición. Sin demasiadas metas sobre el tapete, pero con la obligación de prepararse a fondo de cara a ese reto de repetir hazaña en la temporada de Cadete que se iniciaría en septiembre de 2023 y para la que intuíamos que el club pondría toda la carne en el asador dados los resultados obtenidos hasta la fecha y la calidad técnica y humana del grupo AB08.

Más allá de los resultados deportivos de ambos durante la temporada, que fueron notables en los dos casos con un subcampeonato más de Madrid para el mayor y una actuación dignísima de los pequeños contra rivales más grandes y más altos, empezamos a descubrir una nueva faceta del deporte que hasta entonces no habíamos vivido en primera persona: la responsabilidad que sobre Sergio recaía de enseñar a los niños más pequeños del club. Aunque a él lo que le apetecía (y le sigue apeteciendo) es entrenar en canasta grande, no se empieza la casa por el tejado y asumió con orgullo y responsabilidad la tarea.

Confesaré que yo me sentía especialmente contento, dado que siempre, desde el día que entramos a formar parte de la gran familia de Alcorcón Basket, había deseado que mis hijos siguiesen vinculados al baloncesto y a este club en concreto cuando llegaran a Junior. Y contemplar las nuevas posibilidades que, por su condición de entrenador, se le ofrecían a Sergio y las experiencias que iba a poder vivir trabajando con niños, me llenaba de alegría y satisfacción. Se hizo cargo de los más pequeños del club, los Baby, niños de hasta siete años que aún no compiten pero a los que se les va poco a poco enseñando los fundamentos más básicos de este deporte. Me resultaba divertido y emocionante el relato que de los entrenamientos con estas futuras figuras me hacía Sergio, las dificultades con que se encontraba (y que al principio le desquiciaban) para mantener a esos seis o siete enanos atentos y concentrados en lo que él pretendía enseñarles. El mero hecho de ponerles en fila era todo un reto para él. Paralelamente, a fin de ir adquiriendo ciertas tablas en un escenario más competitivo, ejercía de segundo entrenador con los chavales del Alevin de primer año. En estas categorías los resultados deportivos no son lo más importante, pero aún así Sergio terminó su primera temporada como entrenador plenamente satisfecho de los logros alcanzados y la evolución de todos los niños a su cargo.


En lo deportivo, tras una temporada en la que el equipo Sub-22 Plata no se topó con demasiada resistencia y Sergio fue contando cada semana con más minutos a medida que iba recuperando la forma, el equipo alcanzó de manera sobresaliente la final del Campeonato de Madrid contra Santa María del Pilar, un clásico de estas categorías, que presentaba un plantel en el que destacaban jugadores que habían pasado previamente por clubes como Estudiantes o Canoe y que habían sido rivales de Sergio en categorías inferiores. Durante la final, aunque el encuentro estuvo muy igualado hasta el último cuarto, no se nos escapaba a los espectadores que el rival era superior, no sólo en el aspecto ofensivo, sino también en el defensivo, haciéndonos muy difícil desarrollar el juego al que estábamos acostumbrados. Como se suele decir, unas veces se gana y otras se aprende, y en este duelo nos correspondió lo segundo. Y aplaudir al equipo contrario, que se mereció la victoria de forma más que merecida. Lo mejor, como siempre, el abrazar y felicitar a los rivales con los que llevas enfrentándote desde hace ya unos cuantos años.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros, salvo algún pequeño borrón como fue la derrota frente a Ricopia Alcalá tras llegar al descanso ganando de más de treinta puntos, completaron una magnífica temporada logrando victorias de gran mérito frente a rivales un año mayores y también ante rivales de enjundia de su edad como Canoe o Fuenlabrada. Y además lo hicieron con un espíritu competitivo y un derroche de talento que nos hizo disfrutar durante todo el año en cada partido.



Marcos es - y aquí me dejo arrastrar abiertamente por mi amor de padre - un jugador técnicamente notable, con una gran visión de juego y un fuerte sentido del espectáculo. Lo fue siempre, desde que en Benjamín se presentaba ya a los partidos con sus muñequeras y con cintas en el pelo e intentando buscar la asistencia imposible, la finta desequilibrante, el tiro impunteable. Pero cuando te rodeas de jugadores de tantísima calidad como lo son sus compañeros, todo eso no es suficiente ni mucho menos para contar con los minutos que por calidad crees que te corresponden. El físico es especialmente importante en un deporte tan marginal como lo es este, en el que el más bajo o el más delgado lo tienen más complicado, pero, sobre todo, necesitas un control de tus emociones y de tus estados de ánimo superlativo. Y Marcos ha recorrido una parte muy corta de ese camino. Hizo buenos partidos y tomó las riendas del equipo cuando le correspondió hacerlo, pero aún así, y a pesar de que esta temporada se divirtió como pocas veces lo había hecho, no terminó el año todo lo satisfecho que le habría gustado. Y tres días después del último partido, comenzó a preparar la 2023-2024 por su cuenta, con el propósito firme de ponérselo aún más difícil a su entrenador.

Un año por lo tanto en que se han empezado a fraguar nuevos proyectos para los hermanos Rodel en Alcorcón Basket. En el caso de Sergio, crecer como entrenador y aprender cuanto pueda de los grandísimos profesionales que tenemos en el club. Y en el de Marcos, bueno. Lo cierto es que nos hemos encontrado con un escenario diferente al de otros finales de temporada. A lo que estamos acostumbrados es a tener que decir "hasta luego" a nuestros mejores jugadores cuando llega el cierre del ejercicio, tentados por los cantos de sirena de otros clubes a priori de mayor categoría, y a tener que reconstruir el equipo. Pero este año hemos echado abajo esa barrera y no sólo el talento se ha quedado en casa, sino que un puñado de chavales de esos clubes más prestigiosos han optado por incorporarse a esta familia en la que lo más importante ha sido siempre la amistad fuera de la cancha y la diversión y el trabajo dentro de ella. Así que el proyecto para nuestros pequeños, que ya no lo son tanto, para la temporada que en algo más de un mes comenzará es desbaratar el guión de todos los años en el Campeonato de Madrid y superar a canteras históricas como Canoe y Fuenlabrada y a equipos montados a base de traer extranjeros, como SBA.

Ilusionados y motivados en todos los frentes, ahí estaremos.



domingo, 25 de junio de 2023

Lo que la cancha nos da: aprender en la derrota

Nadie aprende demasiado cuando gana o pierde siempre. Sólo cuando se produce un equilibrio entre la victoria y el fracaso uno es capaz de interpretar correctamente el valor de un triunfo.

Fuera mascarillas y vuelta a la normalidad. A disfrutar como Dios manda del baloncesto. Si había alguna consigna general al iniciarse la temporada 2021-2022, eran, sin lugar a dudas, esas. Atrás quedaban dos años tristes y aburridos y llegaba por fin el momento de pasar a la acción real. Y en el caso de Sergio y Marcos, con aspiraciones y ganas de dar la campanada en Madrid.

Formamos parte de un club relativamente joven, pero con éxitos memorables, como ya he relatado en anteriores entradas, en canasta mini. Pero nos faltaban por entonces hazañas por protagonizar en canasta grande. Hasta esa fecha ningún equipo del club había conseguido, por ejemplo, una plaza para viajar a un Campeonato de España de Clubes en Infantil y ninguno había conseguido entrar en una Final Four en categorías Cadete y Junior. ¿Sería por fin este el año en que lo lograríamos?

En Junior se antojaba sumamente complicado. Deben entenderse, para los que no conocen cómo funciona el baloncesto de base en Madrid, dos cosas: la primera es que, a medida que vas ascendiendo de categoría, te vas topando en las canchas con más jugadores de color, de estaturas y corpulencias incompatibles con la edad que se les supone (a esto le dedicaré una única entrada llegado el momento), y un buen puñado de jugadores centroeuropeos; la segunda es que, para muchos de nuestros hijos, es su último año de federados. A partir de ahí las opciones de continuar en su club se reducen drásticamente y son pocos los que continúan en el circuito de la Federación. Muchos pasan a entender el baloncesto, malogrados los sueños de la infancia, tan sólo como un deporte que practicar con los amigos los fines de semana a un nivel más amateur. Algunos incluso lo abandonan para centrarse en sus estudios o sus trabajos. Así pues, nuestros chicos afrontaban la temporada con la ilusión de darse una alegría final a pesar de tener que competir con esos clubes que adulteran la competición con plantillas, como ya he comentado, plagadas de extranjeros.

No teníamos aquel año un equipo lo suficientemente potente y además arrancamos en un grupo muy complicado. Para colmo, en la octava jornada, con siete derrotas y una única victoria, Sergio, que estaba cuajando buenas actuaciones, se rompió el astrágalo. Y se lo volvería a romper unos meses después, cuando regresó a los entrenamientos pensando que su mala racha, tras la pandemia y aquella inoportuna lesión, se había terminado. Supuso para él un chasco tremendo. Y nosotros, sus padres, sufrimos con él durante aquellos meses. Como todo depende del cristal a través del que se mire, le ayudamos a canalizar sus energías hacia algo menos divertido y que, por supuesto, le costaba mucho más esfuerzo que el basket: los estudios. Y aunque no logró la nota que necesitaba para la carrera que deseaba hacer, consiguió sacar el Bachillerato y la EVAU. En cuanto al equipo, bueno, digamos que la temporada, aunque hubo algunos partidos destacados, fue, en líneas generales, para olvidar.


Así que una vez más, tocaba confiar y disfrutar con los pequeños, los 2008, ya en categoría infantil. Sólo dos generaciones del club habían logrado llegar a la Final Four (los cuatro mejores de Madrid) y ninguna de ellas había conseguido quedar entre los tres primeros, que son los que logran de esta manera una plaza para disputar el Campeonato de España. Puedo asegurar que para un club como el nuestro, sin el presupuesto, ni los fichajes, ni la capacidad para atraer el talento de otros clubes como Fuenlabrada o Estudiantes y con una política muy similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol profesional, es muy complicado, pero todos sabíamos que era cuestión de tiempo. Y ¿por qué no este año?

Villalba, Leganés, Canoe, Real Madrid y Alcobendas fueron nuestros rivales en la primera fase y el objetivo era quedar entre los tres primeros para evitar el camino más difícil hacia la Final Four. 

A los dos primeros les ganamos con mucha comodidad y jugando muy bien, lo que nos hizo albergar esperanzas de alcanzar nuestros objetivos. Sabíamos que contra el Real Madrid no habría ninguna opción, así que nuestra guerra era con Alcobendas, que presentaba una generación fortísima con la que ya habíamos disputado encuentros de alto voltaje en categoría inferiores, y Canoe, que era inicialmente un gran misterio. Uno de los tres se quedaría fuera en esta primera fase y se complicaría mucho la vida, aunque aún conservaría opciones de llegar a la Final Four.

El primero de aquellos encuentros críticos para nuestros chicos se disputó en Pez Volador, la casa de Canoe, una cancha a la que he terminado por coger una cierta manía debido a los sucesivos tropezones que mis hijos, a excepción de las semifinales de Preinfantil que disputó el mayor, se han dado sobre ese parqué. Y esta vez no fue diferente: un primer cuarto horrible que nos condenó a una dolorosa derrota final por un contundente 83-57. Sirvió de bálsamo con el que curarse las heridas la revancha que disputamos la semana siguiente en Alcorcón y en la que les derrotamos por un ajustado 52-48. Pero, perdido el basket average con Canoe, la única opción que nos quedaba era ganar a Alcobendas en los dos partidos que nos restaban por disputar contra ellos, y a pesar de que competimos hasta donde pudimos y nos dejaron, perdimos en ambos y en conclusión afrontaríamos la segunda fase de la competición como equipo descendido a la categoría Plata.



Esta circunstancia nos alejaba de nuestro objetivo de alcanzar la Final Four, pero no de los Playoffs, en los que sabíamos que íbamos a estar por talento y afán competitivo. Sabíamos no obstante que el sistema de competición nos depararía en cuartos de final un enfrentamiento suicida contra el Real Madrid o Alcobendas, los dos equipos a priori más potentes de Madrid. A no ser que...

Los atajos te permiten casi siempre llegar a tu destino, pero casi siempre son escabrosos y arriesgados. Había una manera de alcanzar la Final Four, pero implicaba renunciar a nuestros valores: dejarnos ganar un par de partidos. Esto nos haría entrar en Playoffs por la puerta de atrás, pero que nos ahorraba el drama de unos cuartos de final casi imposibles y nos dirigiría, por el lado opuesto del cuadrante, a un duelo con Estudiantes o Fuenlabrada, equipos rocosos pero contra los que sabíamos que tendríamos más opciones.

Si alguna vez he tenido alguna dudas de estar en el club correcto fue entonces. Viendo a los entrenadores del equipo haciendo todo lo posible para que perdiésemos, viendo a nuestros hijos permitir a los rivales que anotasen sin oposición. Los momentos más duros y vergonzosos que he vivido en una grada se produjeron en Tres Cantos, donde todo este esperpento se elevó a la enésima potencia. No obstante, poco podía objetar, ya que los chicos, convencidos de estar entre los cuatro mejores de Madrid, pero forzados a finalizar en una posición más baja en la clasificación final por el sistema de competición, optaron por sufrir una derrota intencionada (y puedo asegurar que sufrieron mucho para hacer lo que hicieron) a cambio de conseguir para su club una hazaña histórica. O intentarlo al menos. El fin justifica los medios, al fin y al cabo. Una filosofía con la que nunca me he sentido cómodo.

El caso es que aquello funcionó como se había planificado y alcanzamos la Final Four tras derrotar primero a Baloncesto Alcalá en octavos de final de una manera apabullante y con un poco más de intriga, aunque sobrados, en cuartos de final frente a Fuenlabrada. Aunque habíamos empleado argucias deportivamente discutibles estábamos donde nos correspondía: entre los cuatro mejores equipos infantiles de Madrid y con opciones, algo difusas pero reales, de que Alcorcón Basket participase por primera vez en un Campeonato de España de Clubes.


Al ser tres los equipos que consiguen plaza para ese evento, los cuatro semifinalistas cuentan con dos balas: si no logras ganar el sábado y por tanto pasar a la final de Madrid, te queda el partido por el tercer y cuarto el domingo. Nosotros sólo teníamos una, ya que el primer partido era contra el Real Madrid y ahí da igual lo bueno que seas. Ellos siempre tienen más de todo, generalmente con la incorporación de algún jugador extranjero (o más de uno) que les permitirá decantar a su favor la balanza. Así que reservábamos nuestra bala para el domingo, en que nos enfrentaríamos al perdedor de la otra semifinal entre Canoe y Alcobendas, que sorprendentemente fueron estos últimos.

Las predicciones no eran positivas: nos habían ganado sin demasiadas dificultades en los partidos de la Liga regular, el encuentro se disputaba en su campo y además contaban con el jugador más en forma de la competición, del que ya sabíamos que la temporada siguiente jugaría en el Madrid: Marcos Zurita. Sospechábamos también algunos que el rival contaría, como así fue, con el favor arbitral por motivos que sería muy extenso enumerar. Pero nos plantamos en la cancha con la convicción de que colectivamente éramos mejores.

El partido fue complicado para nosotros desde el pitido inicial. Cual conejos deslumbrados por los faros de un camión,  nos quedamos paralizados y vimos como nuestros adversarios tomaban una ventaja considerable. No obstante, fuimos capaces de remontar, a base de disciplina y esfuerzo, hasta cuatro veces un marcador en el que nos costaba mucho ponernos por delante. Y llegamos al último minuto muy igualados. Perdíamos de dos puntos a falta de unos diez segundos. Nuestro entrenador pidió tiempo muerto y, según me contó después Marcos, propuso una jugada para intentar un triple y alzarnos con la victoria. O nosotros la ejecutamos muy mal o ellos la defendieron muy bien, pero en cualquier caso el balón acabó cayendo en manos de nuestro pívot, quien, en un escorzo memorable, anotó de dos y forzó la prórroga.

Nadie en Alcorcón Basket había llegado tan lejos. Aquella prórroga era la primera que nuestro club disputaba en una Final Four Infantil. Teníamos a los favoritos, a pesar de lo que habíamos sufrido durante todo el encuentro, contra las cuerdas. Fue quizá esa falta de experiencia, sumada a unas decisiones arbitrales esperpénticas y el inmenso acierto de nuestro rival, lo que nos condenó a los cinco minutos más tristes que sobre una cancha de baloncesto había vivido la generación de 2008 de Alcorcón Basket. Fue una escabechina que se resolvió con un 88-80 para Alcobendas.




Jamás había visto a mi hijo llorar como lo hizo aquel día. No sólo era la derrota en sí, sino también la frustración de que difícilmente volverían a estar tan cerca de un Campeonato de España, ya que a partir de Cadete todo, como he mencionado, se adultera en el baloncesto de cantera madrileño.

A mí, que no me había gustado la manera en que habíamos llegado hasta allí, me comía por dentro, sin embargo, la rabia de haber sido derrotados de aquella manera, con un arbitraje sibilino y cobarde. Pero de todo debe aprenderse y nos esmeramos cuanto pudimos ya en casa para transformar aquella funesta derrota en la lección más importante que el deporte ofrece: unas veces se gana y otras, amigos, se aprende.

Y eso fue lo que nos tocó aquel año: tratar de convertir la frustración en algo que nos sirviese en futuros envites.


lunes, 19 de junio de 2023

Los Rodel - Capítulo 2

No estoy muy seguro de si habría disfrutado más viéndoles celebrar juntos la victoria que contemplar cómo el más pequeño consolaba al mayor en la derrota. Porque entonces no habría sido testigo de la muestra de solidaridad que se ha producido entre los hermanos. No habría tenido lugar. Marcos no habría sentido la necesidad, cuyo origen seguramente no sepa explicar con palabras y de la que incluso a lo mejor en el futuro reniega, de pasar un brazo sobre los hombros de Sergio y ofrecerle unas palabras de ánimo en el banquillo al terminar el partido. Este no habría podido mostrar su vulnerabilidad ante su hermano menor como lo ha hecho, derramando lágrimas amargas de frustración e impotencia. No sé si cambiaría realmente ese momento que he presenciado por el título frustrado de Campeones de Madrid.


Era la primera final que Sergio disputaba en cinco años. Se dice pronto. Para él, que ganó casi todo lo que un chaval de entre once y catorce años puede ganar en el baloncesto nacional de cantera y cuya mayor pasión la ha encontrado en este maravilloso deporte, no ha debido ser fácil esta travesía por el desierto, trayectoria por otra parte que él sabe inusual y por la que se siente un privilegiado. Al no ser tan extrovertido como su hermano, más dado a abrir las ventanas que él, poco nos ha dejado vislumbrar. Tan sólo puedo sospechar lo duros que han debido resultar para él estos dos últimos años en los que ha estado, entre la pandemia y las lesiones, más tiempo alejado de las canchas que dentro de ellas, sufriendo por no poder ayudar a sus compañeros. Y porque cuando ha regresado por fin esta temporada su cuerpo ya no era el de antes y, por mucho que su tesón y su ilusión le empujaran, se ha topado con barreras que aún tardará un tiempo en derribar. Ha interpretado por todo ello este año un papel menor en el equipo, o al menos no tan importante como el que estaba acostumbrado a tener, pero lo ha gestionado de un modo del que me siento muy orgulloso: asumiendo un rol secundario en la pista pero comportándose en el banco como si de él dependieran los triunfos o las derrotas de sus compañeros.

No ha podido ser. Les ha ganado un equipo que, sin excusa alguna que oponer, ha sido ligeramente superior. Y aunque la derrota le debía escocer, no ha roto a llorar hasta que ha visto a algunos de sus compañeros hacerlo. Lo lamentaba sobre todo por los tres para los que el circuito como jugadores de la Federación, salvo que el club les haga el próximo año ficha con el Nacional, se habrá terminado al haber cumplido los veintidós. A Sergio aún le quedan tres para encontrarse ahí. Tres oportunidades para poder alzar algún título. Pero sus compañeros ya no dispondrán de más. Por eso dice que él también lloraba.

Pero ahí estaba Marcos. Para decirle, con otras palabras seguramente, que un subcampeonato de Madrid no es moco de pavo, sea en la categoría que sea. Para hacerle ver que el deporte es más que una medalla o un trofeo. Para ayudarle a recordar que si los dos están en esto es por otras razones. Me tienta pensar que el gesto de Marcos hacia su hermano mayor ha sido natural, que no lo ha pensado siquiera, que simplemente ha querido estar a su lado en un momento aciago para él. Pero no me engaño. Lo más probable es que se haya sentido forzado inconscientemente a ello por los valores que tanto desde casa como desde el club le venimos inculcando desde que era un mocoso de siete años. O porque otros compañeros quisieron también acercarse y mostrar su apoyo a los que en esta ocasión, durante más de una hora, habían paladeado el dulzor del triunfo para quedarse en los últimos minutos con la miel en los labios. Tanto me da. Ha estado ahí. Y con quince años y conociéndole, me ha resultado, además de entrañable, admirable. Lástima que yo estuviera tan emocionado al verles así que no se me ocurriese fotografiar el instante para la posteridad.

Dicen que unas veces se gana y otras se aprende. Me parece una verdad incuestionable. Tanto en el deporte como en la vida. Y creo que todos en esta familia hemos aprendido una lección hoy, cada uno la suya, diferente, íntima y personal, pero hemos abandonado el pabellón, no me cabe la menor duda sobre ello, siendo más sabios de lo que éramos al llegar.

Definitivamente, no lo cambio. Me quedo con el subcampeonato y con lo que mis hijos hacen tanto fuera como dentro de la pista. Lo otro es meramente accesorio.



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