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domingo, 31 de marzo de 2024

Me han suspendido

"El muy cabrón al final me ha suspendido". Si disfrutáis de la bendición de tener hijos de la edad de los míos - o incluso más pequeños -, es posible que hayáis escuchado esta frase alguna vez. Bueno, sólo si a los vuestros les ocurre como a los míos, que ni han demostrado hasta la fecha poseer, en lo referente a los estudios, la perseverancia necesaria para ir superando las distintas etapas educativas con holgura, ni muestran, a pesar de nuestros esfuerzos por corregir tamaña carencia, el debido respeto a la figura del maestro en particular y a la comunidad educativa en general. No pretendo con esto afirmar que a todos los estudiantes de este siglo XXI les suceda lo mismo que a ellos, ni pretendo tampoco argumentar que en nuestra época no pronunciáramos de vez en cuando semejante incongruencia o que no aplicásemos calificativos tan poco amables a aquellos de quienes dependía nuestra educación más allá de la que en nuestros hogares se impartía. Pero nadie puede negar que las cosas han cambiado muchísimo con el paso de los años en España en lo que al sistema y método educativo públicos se refiere. Y en la percepción que de ellos tenemos. Porque, para empezar, en mi época se te podía escapar un exabrupto contra un profesor en el ámbito familiar, pero rara vez nos acogíamos a la arbitrariedad del educador a la hora de evaluar nuestras aptitudes como excusa frente a nuestros padres para justificar un rendimiento escolar deficiente. Que tal circunstancia podía producirse, no me cabe duda, pero ni siquiera nos lo planteábamos. Al menos yo. Porque, en honor a la verdad, el profesor no aprueba o suspende a un alumno, lo evalúa. Y si no alcanzábamos unos mínimos, pues chico, a recuperar. Lo teníamos bastante más claro que ahora. No recuerdo haber pensado nunca, ante un suspenso o una calificación baja, que el maestro estuviera siendo injusto conmigo, sino que yo no me había esforzado lo suficiente, no me había organizado adecuadamente para preparar un examen o simplemente no había solicitado la ayuda necesaria para entender un tema o una asignatura que me estuviera costando más de lo habitual. Pero ahora todo es diferente.


Aunque no me gustaba estudiar, cuando preparaba la evaluación, lo hacía, salvo en casos muy excepcionales, con el propósito de alcanzar la calificación más alta posible de acuerdo a mi capacidad. Muchos de los alumnos que hoy cohabitan en nuestras aulas no tienen esa mentalidad: estudian para obtener un cinco raspado. Y si me apuras, confían en la benevolencia de sus profesores para transformar un cuatro y medio en un aprobado justito. Y lo peor es que las distintas leyes que han ido lastrando nuestro sistema educativo durante las últimas tres décadas alientan y fomentan que estas situaciones se hayan vuelto recurrentes y, al mismo tiempo, corrientes. 

Pero, ¿quién tiene la culpa de que se haya ido devaluando tanto la educación pública durante estos años? Porque dudo que haya ningún estamento que pueda mantener que el sistema actual es mejor que los anteriores. Y si alguno lo hace, que eche mano de los estudios que nos sitúan en este ámbito en el vagón de cola de la Comunidad Europea. Parece legítimo pensar que la responsabilidad debe achacarse en gran medida a nuestros políticos, que en su afán por conseguir portadas, ridiculizar a sus antagonistas y obtener votos y el favor de las empresas privadas con intereses en el sector educativo, han ido derogando leyes y aprobando otras que han ido transformando a los otrora reverenciados maestros en profesionales ninguneados y desilusionados, hasta el punto de que muchos de ellos ya no se preparan para esta profesión por vocación, sino por otros dos motivos mucho menos trascendentales: julio y agosto. A lo suyo los políticos, con los profesores vendidos, ¿habría que achacar responsabilidad también a los padres? No dudo que habrá quien tendrá una opinión diferente a la mía, pero también muchos que pensarán, como lo hago yo, que no hemos estado a la altura de la situación. Tengo la sensación de que, a la vista del panorama, muchos padres que no hemos tenido medios para apartar a nuestros hijos de este caos existente en la educación pública, nos hemos ido resignando a que nuestros hijos consideren el estudio en muchos casos como una pérdida obligatoria de tiempo y hemos intentado ante todo que su autoestima no se resintiese en exceso de cara a un futuro laboral y vital incierto.

Estos últimos días he leído algunas noticias que apuntalan mi creencia de que el sistema de educación pública es ahora mismo un moribundo incurable. Y ahí van unos ejemplos:

- Desigualdad ortográfica en Selectividad: los alumnos suspenden con 5 faltas en Extremadura y sacan notable con 30 en Baleares (artículo del 24 de marzo en el diario El Mundo)

- "Tengo que ir, pero no me gusta el instituto": los estudiantes que no quieren estar en clase (artículo del 28 de marzo en el diario El País).

- El nivel de inglés de los jóvenes españoles entre los 18 y 20 años está decreciendo debido al sistema educativo (artículo del 25 de marzo en la agencia de noticias Europa Press).

- España se mantiene como el país europeo con más graduados en trabajos poco cualificados: el 36% realiza tareas por debajo de su nivel (artículo del 21 de marzo en el diario 20 minutos).

- Un alumno pobre con el mismo nivel en matemáticas y ciencias que otro rico repite curso cuatro veces más (artículo del 12 de diciembre en el diario El País).

Y suma y sigue. Este es el escenario. Cada vez es mayor el número de alumnos que, frustrados y desmotivados,  renuncian al Bachillerato y a la Selectividad y optan por completar su formación con Grados medios. Y no es esta una opción que deba menospreciarse porque es obvio que llegar a la Universidad desde la educación pública se antoja ahora mismo una labor titánica. Incluso el más aplicado de los estudiantes nota un cambio brutal al finalizar la ESO y comenzar el Bachillerato, tan salvaje que muchos, tras intentarlo durante un año, se rinden y se lanzan a esos Grados medios (o superiores si han logrado aprobar el Bachillerato) que puedan abrirles la puerta al mercado laboral.


Y es que, tal y como lleva ocurriendo desde hace años con la salud pública, la educación pública, en las actuales condiciones, se encuentra, por desgracia, en vías de extinción. No será el próximo año, ni el siguiente. Pero, salvo que alguien lo remedie, mucho me temo que en un par de décadas o bien habrá desaparecido en este país o será una alternativa absolutamente devaluada de la que tan sólo hará uso la población con un poder adquisitivo menor.

sábado, 24 de febrero de 2024

A tus veinte

El futuro, cuando la niñez va a quedando a tus espaldas y comienzas a percibir la presión del entorno empujándote, obligándote casi, para que encuentres tu propio camino, provoca vértigo. Tanto que puede llegar a paralizarte, especialmente si en tí no se ha despertado aún una vocación clara hacia un oficio concreto o hacia una profesión determinada. O cuando sabes que, de aquello que realmente te apasiona, será difícil que puedas vivir. Es una sensación abrumadora la de saber que cualquier decisión que a partir de ahora tomes contiene el potencial de condicionar el resto de tu vida y que nada ni nadie garantiza que la que tomes vaya a ser la correcta. Y sospechas también que nunca más vas a sentirte tan seguro, tan poco expuesto al fracaso y al dolor, como te has sentido hasta ahora. Y todo eso te empuja aún más hacia una inmovilidad frustrante que merma, sin que puedas hacer demasiado para impedirlo, tu autoestima. Sientes una envidia insana hacia aquellos de tus iguales que tienen ya un plan ideado, hacia esos que han fijado ya el blanco y están a punto de apretar el gatillo. A tus ojos, ellos no flaquean, no dudan, sus convicciones parecen inamovibles. Tu mirada les engrandece. Piensas que, si la vida es una carrera, ellos ya te sacan dos cuerpos de ventaja. No sabes cómo actuar porque temes que tus pasos puedan dirigirte a un callejón sin salida. Te sientes perdido y confuso.


Y a causa de esa amalgama de sentimientos que te cercan e intimidan, te olvidas de lo más importante: que tienes veinte años, la obligación natural de explorar tus límites y el derecho a tropezarte cuantas veces sean precisas. Te olvidas de que los puntos cardinales no son más que referencias que te ayudarán a orientarte pero que no tienen por qué definir ya tu senda. Sabes que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero ignoras que a veces uno llega a su destino sintiéndose más completo y satisfecho si, al alcanzar tu meta, lo haces con unos cuantos rasguños, producidos por los matojos con los que has ido topándote al cruzar campo a través, tatuados en tu brazos. Ese conocimiento, esa certeza, llegará más adelante, cuando hayas recorrido una parte del sendero más larga que la que aún te queda por recorrer.

Si un consejo puedo darte es que no dejes de moverte. Permite que esas dudas formen parte de ti. Ten miedo a errar, ya que ese temor te aportará conocimientos y herramientas que más adelante te serán útiles. No te agobies si un sudor frío se expande por tu frente al enfrentarte a una disyuntiva que se te antoja crítica, ya que a la larga comprenderás que no lo era tanto. Acepta tus errores e incorpóralos a tu aprendizaje. Prueba, mójate, arriésgate, tropieza, vuela. Pero no te quedes quieto bajo ningún concepto. Haz cosas, no te encierres en tu zona de confort, esa en la que has vivido hasta ahora. Preocúpate, pero sobre todo mantente ocupado. 

No soy tan viejo aún como para tenerme a mí mismo por sabio ni para creer que en mis opiniones no hay fisuras. Tampoco hablo con la autoridad que otorga el haber sido joven en tiempos difíciles, tal y como les ocurrió a mis padres, quienes tuvieron que hacerse adultos en el opresivo entorno de la dictadura franquista, o como les sucedió a mis abuelos, que a tu edad se encontraron inmersos en una Guerra Civil. Puedo estar equivocado, claro que sí, pero estuve donde ahora estás tú. También el pánico y la incertidumbre se adueñaron inmisericordemente de mí y me hicieron titubear en numerosas ocasiones. Pero seguí avanzando. A veces a trompicones y otras con seguridad. En ambos casos, como te ocurrirá a ti, me lancé al vacío sabiendo que contaba con una red de seguridad firme y resistente que me sostendría si resbalaba. Siempre estuvo ahí y siempre estará. Porque aunque en ocasiones te sientas solo frente al futuro, no es cierto. Tu familia y tus amigos estarán ahí para levantarte si te caes, para devolverte a la senda si te desvías en tu ruta.


No estás solo aunque te empeñes en pensar lo contrario. No dejes que el tronar de la sangre joven al circular por tus venas te tapone los oídos. No permitas que el orgullo de tu juventud te ciegue. Escucha a los demás. Filtra lo que te sea útil. No te pares nunca del todo. Necesitas avanzar para poder abrazar con cariño más adelante a quien eres ahora. Sé valiente. Tienes aliados. Los mejores. 

Muévete, hijo, tu vida no ha hecho más que comenzar y está deseando que te abalances sobre ella. Te desafía. Acepta el reto.

miércoles, 24 de enero de 2024

En modo erizo

No puedo evitar que me haga gracia, aunque de mí tal vez se espere que me moleste o me enoje con ellos cuando se les tuerce el gesto caprichosamente, sin que medie, analizado desde una perspectiva neutral, ninguna razón que explique su descontento. Quizá habrá quien me exija que les debería hacer entender que esa actitud no sólo les sienta peor que un traje de faralaes, sino que además nada positivo conseguirán forzándola. Porque no es más que una pose adolescente. Una rebeldía más hacia sí mismos que hacia sus mayores de la que un rato después, con la sangre latiendo de nuevo en sus sienes a un ritmo más acompasado y las ideas ocupando el lugar que les corresponde, se avergonzarán porque dará fe ante sus propias entendederas de que aún no son lo que pretenden ser antes de tiempo. En serio. Ojala no me hiciera gracia, pero por lo general me la hace. Seguramente porque yo estuve ahí y también yo, con más frecuencia de la que me gustaría, me calzaba comp si fuera una máscara esa mueca de rechazo y cabezonería. No me cuesta verme reflejado en ellos en momentos así. Y eso me provoca una ternura algodonosa y una afilada nostalgia.
Y es que ser adolescente, intentar comprender los cambios que sufren nuestros cuerpos al mismo tiempo que nos esforzamos por entender todo lo que nos rodea sin que se nos note ese asombro infantil que hasta hace dos días permitíamos que brotara de manera natural, ser adolescente, decía, es uno de los trabajos más extenuantes que desempeñaremos a lo largo de nuestras vidas. Las incertidumbres, entre las que uno a veces siente que podría naufragar, nos golpean sin piedad en esa etapa: el peso de la responsabilidad por conseguir que el esfuerzo de nuestros padres no resulte baldío, el miedo a un futuro nebuloso en el que no estamos seguros de que vayamos a encajar, la vergüenza y la nerviosa expectación a la hora de exponernos en el sexo y la ilusión por encontrar el amor... tanto y todo a la vez. Por eso uno les tolera a los que ocuparán nuestro lugar los exabruptos inoportunos y las chulerías desaforadas, las miradas insolentes y el verbo hiriente o pronunciado con intención lesiva, los desplantes y las salidas de tono. Porque, al fin y al cabo, yo -quiero creer que no hace tanto- también era uno de ellos y que, como les ocurre a ellos, a veces el miedo me invadía y no era siempre dueño del daño que hacía y a quién se lo infringía.

Lo cierto es que yo nunca había escuchado la expresión de marras, pero me pareció tan ilustrativa cuando se la escuché el otro día a una compañera del trabajo que sonreí para mis adentros y me propuse hacerla mía. La empleó con naturalidad al hacer referencia a la actitud que su hijo adoptaba de tarde en tarde. Y es que es verdad: ante ciertos contratiempos u opiniones paternas se enroscan - y se enrocan - en sí mismos, se hacen una bola y empiezan a brotarles amenazantes púas. Se convierten en erizos. Y lo mejor, creo yo, tal y como haría si me encontrase con uno en la calle, es no tocarlos, darles espacio para que se relajen, concederles el tiempo necesario para recuperar su forma natural. A veces uno no puede evitarlo, claro, y aunque sabe que no es buena idea, fuerza al animalito y se pincha. Y duele. Y puede hasta sangrar. 


Tengo la suerte de que, en mi caso, el mayor superó esa etapa y al pequeño no parece haberle durado demasiado. Pero algún rasguño nos hemos llevado por el camino. Son leves y los olvidan ellos antes que nosotros, los padres. Os garantizo, a los que sufrís las incomodidades de estas criaturas domésticas, que termina pasando. Que acaban confiando de nuevo en vosotros como lo hacían cuando no levantaban un metro del suelo. Pero, por si las moscas y hasta que ese momento llegue, tened siempre a mano una caja de tiritas. Nunca está de más.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Champú para calvos

Hace un par de tardes, al salir yo de la ducha con la cabeza más despejada después de varias horas de estudio frente al ordenador y paladeando ya la placentera sensación de haber finiquitado todas mis obligaciones y de tener las horas restantes del día a mi disposición para dedicarlas al ocio y la holganza, mi hijo Marcos, de quince años de edad, me espetó de repente, con una seriedad inusual en él, lo siguiente:

- Papá, hay una cosa que nunca te he preguntado...


Por el tono que empleó, por estar los dos solos en casa en aquel momento y por ese "nunca" que me sonó más a un "hasta ahora no me he atrevido" que a un "hasta ahora no había pensado en ello", me detuve en mi tránsito por el salón hacia la cocina un tanto sorprendido. No sé qué esperaba en realidad, pero todo me hizo pensar que había llegado el momento de nuevo de mantener con mi descendiente una de esas conversaciones trascendentales que un padre aguarda y teme al mismo tiempo. Desde hace año y medio aproximadamente nuestra relación, por aclarar, es bastante serena y fluida teniendo en cuenta la etapa en la que el churumbel se encuentra, esa incómoda adolescencia en que el diálogo con los progenitores se suele reducir a gruñidos ininteligibles y miradas despectivas, y me consta además que él anda desde hace un tiempo planteándose muchas cuestiones de importancia de cara a su futuro y sobre la manera en la que el mundo adulto funciona. Debe también tenerse en cuenta que, a diferencia de lo que observamos Nuria y yo en muchos adolescentes - sin ir más lejos en la experiencia que en su día vivimos con Sergio, el mayor -, este hijo nuestro, para nuestra grata sorpresa y mayor tranquilidad, toma buena nota de todo lo que sus padres le transmitimos en base a nuestras experiencias vitales. Así pues, con todo esto en mente, pensando que la charla iba a ser de las que dejarían huella en ambos, silencié el móvil, me senté frente a él, dispuesto a compartir mi limitada sabiduría, y le pregunté:

- ¿Qué quieres preguntarme, hijo?

Y aunque la duda que me planteó me hizo soltar una carcajada inmediata que no fui capaz de contener, debo hacer constar que él no pretendía reírse a mi costa ni hacer una broma fácil en relación a mi reconocida y reconocible alopecia. Le conozco bien y sé que realmente albergaba una curiosidad sincera por algo que es sumamente importante para él y que dejó de serlo para mí hace ya unos cuantos años: el cabello.

- Papá, ¿tú utilizas champú?


No importa si la cuestión planteada corresponde o no a los pensamientos que suponemos (o creemos suponer) que pululan por la mente de un quinceañero. Tampoco si el debate es sobre algo tan superficial como puede parecerme el tono y salud capilar de cualquier hijo de vecino, incluidos él y yo, sobre algo tan serio como se me antoja la elección de una profesión o sobre algo tan delicado como las relaciones de pareja. Para nosotros, como padres, supone un alivio inmenso saber que los canales de comunicación con nuestro hijo están abiertos y que él escucha lo que de nuestras bocas, ya sea para saciar su curiosidad como en este caso o para proporcionarle herramientas para enfrentarse al mañana, pueda salir. Supone también una gran responsabilidad que asumimos con naturalidad, pero también con orgullo. Porque es un chaval que escucha, reflexiona sobre lo comentado y extrae sus propias conclusiones. Sabemos que lo que le digamos tiene repercusiones en sus comportamientos y en su manera de pensar. Como digo, todo eso pesa, pero es una carga liviana que cualquier padre aspira a arrastrar durante toda su vida.

La verdad es que Marcos se está transformando en un tipo peculiar que no deja de asombrarnos y que aporta a nuestras vidas algunas especias que hacen que la carta sea más atractiva y sabrosa. Los arranques de mal humor inherentes a su edad se diluyen fácilmente si apelamos a su sentido del humor, agudo y solidario. Su recalcitrante vaguería en los estudios se compensa con creces con su generosidad doméstica cuando ve que nos encontramos desbordados. Su compromiso con sus amigos, especialmente con el equipo de baloncesto, conjuga a la perfección con el valor que concede al estamento familiar. 

Y de vez en cuando sus reflexiones más profundas sobre el mundo que le aguarda al otro lado de la puerta y al que ansía incorporarse cuanto antes se contraponen, como en este caso, con el niño que continúa - y no es encanta que sea así - siendo. 



jueves, 30 de noviembre de 2023

Lo que la cancha nos da: entrenadores

Para los chavales que practican algún deporte, la figura del entrenador ha adquirido hoy en día un peso, en el modo en que les ayuda a adoptar su personal e intransferible manera de gobernarse en la vida, mayor que la del maestro y, en según qué circunstancias, mayor incluso que la del propio padre. La sombra de ambos ya no es tan alargada como lo era antaño. Durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, etapa que se va aproximando ya a su final y en la que el baloncesto ha estado siempre muy presente en cada esquina de nuestro hogar, la palabra de sus entrenadores ha sido desde el primer día sagrada para ellos, y a Nuria y a mí, dado que los mensajes transmitidos han sido generalmente los adecuados, no nos ha costado ningún esfuerzo reforzarlos, aunque a veces nos hemos podido sentir empequeñecidos por la influencia que sobre nuestros cachorros tienen y que ya nos gustaría a nosotros, en según qué ocasiones, ejercer. Si quieres inculcar en tu hijo algún valor o principio que para ti, como padre, te parece indispensable y tu hijo parece hacer oídos sordos a tus palabras, no te agobies y alíate con su entrenador, que sea él quien se lo trate de inculcar. No falla, funciona siempre. Como cuando se echan novia, vamos. Recaen, por lo tanto, sobre los hombros de estos trabajadores, que en la mayoría de los casos se dedican a esta labor más por afición y vocación que por un interés meramente económico, importantes obligaciones y responsabilidades que cada uno de ellos gestiona como mejor sabe o puede. Y a veces también como Dios les da a bien entender. Mi experiencia con los entrenadores de mis hijos en el baloncesto e incluso la que yo mismo viví en el ámbito del fútbol-sala me ha ayudado a identificar a los principales tipos de entrenador con que uno puede encontrarse, aunque cada persona es única y distinta y esta clasificación está sometida a infinitos matices. Pero lo que sí he creído vislumbrar es que cualquier entrenador de cantera de cualquier disciplina se columpia en un balancín en cuyos extremos se encuentran, por un lado, la formación y, por el otro, la competición. Entre medias, ancha es Castilla y hay un entrenador diferente en cada banquillo.


Empecemos por los primeros, por esos cuyo interés en el resultado que muestre el marcador al final del partido es nulo y dan prioridad absoluta a instruir a sus pupilos en los conceptos y recursos técnicos que les conviertan en el futuro en buenos jugadores. En ocasiones intentan ir más allá e inician también a los chavales en la adquisición de los valores apropiados para la práctica del deporte en cuestión e incluso para su deambular por la vida. Fomentan el compañerismo y la deportividad, emiten siempre mensajes positivos, corrigen de forma constructiva, no reprochan o critican, premian el esfuerzo por aprender frente a las habilidades innatas de cada cual. Creen en el proceso en su conjunto e interpretan que ellos son los responsables de una parte del mismo, ni más ni menos importante que el resto. Sienten pasión por el deporte que han elegido y les impulsa una fuerte vocación didáctica. Viven la disciplina en la que son especialistas con un cierto romanticismo, si se me permite la expresión. Suelen ser altamente empáticos con sus jugadores y dedican tiempo y mucha paciencia a conocerles a fondo. Sin lugar a dudas, este tipo de entrenadores son los idóneos para los niños que están empezando a practicar la disciplina seleccionada. Cualquier padre agradece la tranquilidad de poner a sus hijos de siete u ocho años en manos de profesionales con estas virtudes. Y en ese sentido, Sergio y Marcos fueron bendecidos en sus años de Benjamín con entrenadores de este corte, especialmente el pequeño, que disfrutó durante tres años con las enseñanzas de Javi y de Juanpe, dos de los mejores entrenadores de este perfil en Madrid. Aunque este es, en mi opinión, el prototipo de entrenador para los más pequeños, no quita para que nos hayamos encontrado en nuestro vagabundeo por las canchas de la Comunidad personajes de todo tipo de estilos y pelajes. Como aquel de Boadilla al que terminamos abucheando desde la grada por la manera en que trataba a sus críos, niños de no más de ocho o nueve años a los que se dirigía de manera tan despótica que no tengo dudas de que alguno de ellos terminó cambiando de deporte.

Pero llega un momento en que son los propios niños quienes demandan de sus entrenadores ir un paso más allá y es necesario modificar ligeramente el perfil de referencia. Los chavales siguen competiciones profesionales a través de las redes sociales y los medios, se emocionan con las rivalidades, comienzan a ser conscientes de sus capacidades y de sus límites, les empieza a picar la ambición por superarse a sí mismos y a los demás, se preguntan cómo llevar el balón en las mejores condiciones a un lugar determinado del campo y todas esas cosas que hasta ahora no les preocupaban en exceso. Aunque el sentimiento de equipo debe prevalecer siempre, la individualidad comienza a tomar forma. Son unos años, que transcurren más o menos entre el primer año de Alevín y el último de Junior, entre los once y los diecisiete años, en que por la experiencia que nosotros hemos tenido, conviene poner a los chicos en manos de entrenadores que, sin dejar de enseñarles y de potenciar sus habilidades técnicas, les introduzcan paulatinamente en la parte más táctica del deporte. En el caso del baloncesto, que sepan ejecutar bloqueos, pick & roll, balances defensivos organizados, presión, jugadas de banda y fondo, etc... Pero deben ser también profesionales con un perfil no tan asociado a la formación y sí más dirigido a la consecución de objetivos tangibles, tanto a nivel grupal como individual. Los chicos deben divertirse y es ideal que sus entrenadores formen parte de esa diversión, pero deben aprender a alcanzar sus metas, deben comenzar a sentir el deber y la responsabilidad que conlleva el trabajo en equipo, tienen que aprender a ganar, a desearlo incluso, y tienen también que aprender a perder, a gestionar la derrota de la manera correcta. Porque nadie crece si las cosas no cuestan. Ninguna victoria se saborea de la misma manera que cuando se consigue con resistencia. Toda derrota entraña a su vez un aprendizaje imprescindible para afrontar otras facetas del desarrollo. Es extraño encontrar en categorías Infantil y Cadete entrenadores formadores como esos de los que hablábamos al principio. Los sigue habiendo y eso en muchos aspectos es positivo, pero posiblemente ese grupo al que entrenan tendrán un déficit competitivo importante y esa carencia terminará generando frustración entre sus componentes. No sólo se trata ya de que el chico aprenda, por ejemplo, a desplazarse lateralmente al defender, sino que comprenda por qué debe hacerlo así, qué resultados se obtienen al realizar ese movimiento. La relación entrenador-jugador cambia también en esta etapa, no es ya tan amable como lo era antes, pero no debe ser en ningún caso una relación desequilibrada: el entrenador debe contar con el respeto total del jugador y cualquier amago de rebelión que pueda producirse debe ser abortado de manera inmediata, pero el entrenador debe estar a su vez abierto (y promover) el diálogo con y entre los jugadores. Y divertirse, todos deben divertirse. Eso es primordial.


Y llega ya el último tramo en la vida de un jugador amateur, que puede prolongarse tanto como las circunstancias del individuo y su pasión por el deporte le permitan. Tengo la suerte de haberme topado en las gradas con gente admirable que a sus cuarenta y diez siguen pasando los fines de semana en la cancha. Y es curioso, ya que son pocos los equipos de este tipo, los Over Fourty, que cuentan con entrenador. Y es que, a partir de los dieciocho años más o menos, la relación entre entrenador y jugador se transforma radicalmente. Los chicos llevan años aprendiendo y algunos pueden haber vivido incluso experiencias en el mundo del basket más intensas que sus propios entrenadores, lo que hace que su opinión y sus sugerencias deban ser acogidas con atención y entusiasmo, dado que por lo general repercuten positivamente en el equipo. Es más, algunos de esos jugadores se convierten a su vez en entrenadores de niños y el ciclo vuelve a empezar. El diálogo se vuelve más abierto y mucho más provechoso, se discuten las bondades de aplicar tal o cual estrategia y, aunque es el entrenador quien tiene la última palabra, todos participan en la toma de decisiones. El reparto de minutos ya no es tan conflictivo, dado que todos reman en la misma dirección, el colectivo vuelve a ser de nuevo, aún más si cabe, lo principal. El jugador es más capaz ahora de ponerse en el lugar del maestro y el entrenador pasa a ser uno más, tal es así que poco a poco su papel tiende a diluirse - hablamos de deporte amateur - y llega un momento en que sus funciones se difuminan y terminan siendo asumidas por los propios jugadores. Obviamente, aquellos que dirigen equipos adultos deben adoptar un perfil, digamos, de hermano mayor. Debem disfrutar con su trabajo a un nivel diferente, deben encontrar en el acompañamiento y el asesoramiento una satisfacción personal. Deben tener tantas ganas de aprender como de enseñar, ya que tendrán entre sus manos chavales a los que transmitir conocimientos, pero también a otros que les pueden permitir seguir aprendiendo. Y deben ser capaces también, y gozar en ese proceso, de salir a tomarse unas cervezas con sus pupilos de igual a igual.

Más que una tipología estándar de entrenadores, muy difícil de elaborar, al final mi exposición hace referencia a las cualidades que, a mi parecer, debe tener cada uno de ellos en función de las edades de sus jugadores, pero es obvio que en la forma de comportarse y en la manera de trabajar de quienes dirigen equipos confluyen muchos otros factores que no podemos despreciar: la motivación de sus enseñanzas, las presiones a las que pueden estar sometidos por la dirección de los clubes en los que militan, la relación que se construya con el entorno de los jugadores, la antigüedad acumulada en esas tareas, la preparación previa del grupo, etc... La principal virtud que en mi opinión debe tener un entrenador, sea cual sea la categoría en la que desempeñe sus funciones, es la de ser capaz de detectar de manera correcta, en el momento de hacerse cargo de un grupo, el punto en que se encuentran esos jugadores a título individual y colectivo para determinar el perfil que debe adoptarse. No es lo mismo entrenar a un equipo local que a un federado; ni tampoco hacerlo en un club de barrio que en uno con títulos e historia. No tiene las mismas necesidades un grupo que en la etapa previa haya superado las expectativas puestas en esas edades y haya ganado un campeonato, que hacerlo con un grupo en el que la mitad de la plantilla sean nuevas incorporaciones y que para dos o tres sea además su primera vez. La experiencia y la habilidad del profesional para determinar con dos o tres entrenamientos cómo debe posicionarse frente al grupo es, en mi opinión, la cualidad más valorable en cualquier entrenador en cualquier disciplina deportiva. 

Eso y que no olvide que, aunque competir debe figurar en su hoja de ruta, esto no es más que un juego. Y en los juegos el principal objetivo es pasarlo bien.




martes, 17 de octubre de 2023

Los grandes musicales

Durante un breve período de tiempo, tal vez un par de años, mi padre trabajó en la ya extinta Guía del Ocio, una publicación escrita que, como tantas otras cosas que en su día nos parecían eternas, acabó desapareciendo de forma abrupta con la llegada de Internet y cuya misión principal era mantener a todos los españoles puntualmente informados, con mayor detalle que el que la prensa generalista proporcionaba, de la oferta cultural y de entretenimiento de la que disponíamos en cada ciudad española. Nuria y yo ya estábamos juntos por aquellas fechas y quiso el azar que, unos meses antes de que mi padre se hiciera con aquel puesto de trabajo, mis suegros nos regalaran entradas para asistir a una representación de Los Miserables en la Gran Vía. Sorprendentemente yo no había leído aún la célebre obra de Víctor Hugo, por considerarla muy alejada de mis gustos literarios de entonces. Esto, unido a las cerca de cuatro horas que duraba la obra, me hizo recibir aquel regalo con una cierta desconfianza, pero con una sana curiosidad, dado que el espectáculo estaba en boca de todos los madrileños y la opinión mayoritaria recomendaba, a todo aquel que pudiera permitírselo, no dejar de verlo. Y lo cierto es que constituyó en mi caso, sin duda, una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Nunca había presenciado algo tan majestuoso y emocionante como aquello. Regresé a casa flotando en una nube, reviviendo las escenas que más me habían impresionada y tarareando en voz queda las melodías más pegadizas. Esa misma noche me sumergí por vez primera en la novela. Todavía hoy, casi treinta años después, me sorprendo a mí mismo, mientras me dedico a otros menesteres, canturreando alguno de los temas que componían el libreto de la obra, a la que regresaríamos tiempo después, cuando volvió años más tarde a la Gran Vía, con una compañía distinta y una puesta en escena, a mi parecer, de inferior calidad, pero que hizo que los pelos se me volviesen a poner como escarpias.


Aquella fue mi primera vez. Que mi padre consiguiera aquel empleo en la Gaceta del Ocio posibilitó que pudiéramos asistir, mientras lo mantuvo, a un buen manojo de musicales de manera gratuita y que se avivara mi afición por este género teatral, que no ha disminuido con el paso de los años ni un ápice: Cabaret, El fantasma de la ópera, We will rock you, Dirty dancing, etc. Fueron todas ellas experiencias que viví con entusiasmo y sumo deleite, aunque ninguna logró estremecerme como lo hizo aquella primera representación de Los miserables que permanece grabada con tinta indeleble en mi interior.

Cuando mi padre dejó aquel empleo, habíamos asistido a la gran mayoría de musicales que por entonces se encontraban en cartelera en Madrid. Nuestra vida en común, la llegada de los hijos y los elevados precios de estos eventos culturales nos alejaron de la Gran Vía durante años, aunque logramos encontrar algún hueco y tirar de hucha para asistir a alguna representación teatral de corte más sencillo y precio más económico, como fueron la adaptación de Ocho apellidos vascos o la magistral interpretación de Nancho Novo en El cavernícola, siendo esta última también una revelación para mí, dado que nunca he estado tan cerca de perecer de carcajadas como entonces. También, como se puede deducir, asistimos con los chicos a alguna representación infantil, pero los grandes musicales quedaron aparcados hasta nuevo aviso y nos limitábamos, a lo sumo, a alguna escapada puntual al cine, más del gusto por otra parte de Sergio y Marcos. Fueron desfilando por la escena madrileña nuevos musicales que nos habría gustado entonces ver, pero que se convirtieron en deseos vanos que no pudieron ser cumplidos.

Le regalé a Nuria las pasadas Navidades, no obstante, dos entradas para el de Tina Turner, musical al que yo aspiraba poder asistir, aunque no estaba muy seguro de si mis dolores, que se agravan cuando permanezco sentado más de media hora, especialmente si no dispongo de espacio para estirar las piernas, me permitirían acompañarla. No me preocupaba excesivamente no ser yo su acompañante, ya que mi suegro, ya fallecido, era, al igual que yo, un gran admirador de la artista, y yo sabía que sería también muy especial que Nuria y mi suegra fueran juntas en esa ocasión si yo no podía hacerlo. Al final no me quedó más remedio que optar por esta segunda opción, ya que las molestias continuaban siendo demasiado intensas y todo apuntaba a que, de empeñarme en asistir al espectáculo, iba a disfrutar poco y a sufrir mucho. Me consta que fue una ocasión única para ambas, por hacer juntas algo distinto y por todo lo que removió en ellas escuchar los temas de la Reina en aquel escenario. Me consta que se emocionaron y que derramaron algunas lágrimas en memoria del padre y del marido desaparecido, así que me doy por satisfecho por todo ello, aunque me quedase finalmente sin poder ver el espectáculo, que pocos días después dio por concluido su periplo por nuestro país.



Pero a mí aquello me hizo pensar que debíamos darles a nuestros hijos la oportunidad de vivir la experiencia, aunque sólo fuera una vez, de asistir a un evento de estas características, así que anduve al acecho, como hacía antaño, de la cartelera, a la espera de la obra adecuada y la ocasión propicia. Consideré también, sin necesidad de consultarla al respecto, que a buen seguro a Nuria le haría una particular ilusión verse acompañada por sus tres hombres en una coyuntura de este pelaje, antes de que nuestros hijos se acomoden definitivamente en esa postura que todos en su momento adoptamos de no querer hacer nada con quienes nos han dado, literalmente, la vida. Con estos propósitos en mi ánimo, terminé sacando cuatro entradas para la nueva adaptación de We will rock you en el Teatro Príncipe Pío y fue ese mi regalo por su cumpleaños la pasada primavera. No acogieron con la misma ilusión la ocurrencia, como es de suponer, los chicos que Nuria, pero no dejamos los adultos margen ni siquiera para la protesta o el pataleo, y allá que nos encaminamos por fin el viernes pasado, con muy diferentes predisposiciones, los cuatro. A pesar de la expectación suscitada, no era la de mi habitualmente jovial esposa la idónea, ya que había trabajado la noche anterior, apenas había podido descansar unas horas aquella mañana y venía arrastrando un catarro que mermaba sus fuerzas y también, en consecuencia, enturbiaba sus ánimos; en el caso de Sergio, coronado por una aureola grisácea de aceptación ante lo inevitable, a buen seguro extrañando en nuestra comitiva la presencia de su novia, pero resignado en definitiva a la penitencia de compartir una tarde de viernes con sus padres y hermano en vez de con quien hoy es dueña de su corazón; Marcos, que había sido quien menor interés había mostrado ante la aventura familiar que sin su consentimiento había yo organizado, se mostró seco y huraño hasta que, mientras hacíamos tiempo para acceder al teatro, su madre le concedió el capricho de invitarle a unos cruasanes en Manolo Bakes; y en mi caso, por último, oscilaba mi estado anímico entre el temor a que mis molestias me impidiesen disfrutar de la representación, el ansia por volver a verme como espectador de un musical, más aún con la banda sonora de una de mis bandas favoritas, y la esperanza de que en mis hijos se despertara el mismo gusanillo que con Los Miserables cobró vida en mí hace tres décadas.

El teatro en sí, como instalación cultural, me decepcionó profundamente, dado que era una construcción moderna con más aspecto de salón de conferencias que de cualquier otra cosa. Nuestras entradas estaban situadas en el patio de butacas, cuarta fila, algo escoradas a la izquierda, con buena visibilidad, si bien debíamos mover la cabeza de vez en cuando para esquivar las cabezas de quienes estaban sentados delante de nosotros y poder ver sin perder detalle lo que en escena se representaba. La acústica no era mala, si bien tardamos un par de escenas en lograr comprender en su totalidad lo que los actores declamaban, posiblemente más por la falta de costumbre de nuestros oídos a esos estímulos que por un desajuste relevante en los controles acústicos del equipo de sonido.



En cuanto a la obra, como me ocurrió con Los Miserables, se me antojó más floja esta vez que en la anterior ocasión que tuve la fortuna de presenciarla en directo, bien porque realmente lo fuera, bien porque las segundas veces de algo memorable nunca igualan a las primeras. El argumento era similar, un mundo post-apocalíptico en el que toda la música que se consume es generada por ordenadores, los instrumentos musicales han desaparecido de la faz de la Tierra y donde aquellos soñadores que recuerdan lo que el rock'n'roll representaba son perseguidos por las autoridades y severamente castigados. Las interpretaciones son aceptables, ninguna es gloriosa ni entrará en los anales de la historia, pero tampoco ninguna es reprochable o ridícula. Y lo mismo sucede con el vestuario, la coreografía o la iluminación. Un espectáculo amable en el que la verdadera protagonista es la música del legendario grupo británico.

Dediqué buena parte de las dos horas y media que dura la representación, incluidos los quince minutos de intermedio que aproveché para estirarme y aliviar las molestias que permanecer sentado me provoca, a observar a mis hijos con atención, realmente intrigado por cuáles serían sus reacciones y aunque al principio fueron comedidas, comprobé con regocijo que, a medida que la obra iba avanzando, reían a mandíbula batiente cuando tocaba, movían los pies al ritmo de la música, daban las pertinentes palmas con el We will rock you e incluso se animaron a alzar las manos al compás del We are the champions.

Que esto sea el germen de algo en sus vidas como lo fue en la mía, ya no depende de nosotros, aunque no tengo ninguna duda, si a los escenarios de Madrid regresa el musical de Tina Turner o si a alguien en Broadway se le ocurre la feliz idea de hacer algo similar con la música de U2 o Bon Jovi, ahí estaré yo para intentar enredarles para que me acompañen.








miércoles, 13 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: las lesiones

Por propia experiencia sé que, como padre, da lo mismo el momento de la temporada en que tu hijo se lesiona. Que el sufrimiento por lo que supone para él a todos los niveles es el mismo ocurra en un amistoso de pretemporada o en un encuentro de playoffs. Y mucho más cuando hablamos de cantera y no de profesionales. Pero el pasado fin de semana no pude evitar sentir mucha rabia por ese chico nuevo del equipo de Marcos, Iker, recién llegado este año desde Fuenlabrada, trayendo consigo, por lo que he podido observar y por lo que mi hijo me cuenta, toneladas de ilusión y quintales de buen rollo, que se ha partido la tibia en un desgraciado lance del juego durante el primer amistoso de la temporada. Por lo poco que he podido verle entrenar y jugar, posee la planta y la actitud de esos chavales que siempre hacen falta en los equipos, esos que se ofrecen siempre, que arriman el hombro en las ayudas y que no hacen un mal gesto si los compañeros no se la pasan o si fallan. Sobrado además de clase, aunque no pueda afirmar, por haber sido escaso el tiempo que le he observado en cancha, su capacidad anotadora o su madurez para la toma de decisiones. Creo que ha sido la jugada en directo y en baloncesto base que más escalofríos me ha provocado en estos casi nueve años que llevamos metidos en este mundillo. Un mal giro, cada pierna para un lado, un movimiento antinatural, una caída dura. Confiábamos que fuera sólo un esguince, pero al final se confirmó que no había tenido suerte: rotura, operación urgente y vete tú a saber cuándo podrá volver con sus compañeros, con los que ni siquiera ha podido debutar en liga. De momento, en torno a tres meses. Y esto en un amistoso. Mierda. Muy mala suerte.


Se lamentaba mi hijo Marcos porque - y cito - "es un chaval cojonudo y además me encanta que sea él quien me defienda en los entrenamientos, me exige mucho más que otros, me hace mejor jugador". Y que "algo vamos a tener que hacer para animarle". Le di varias ideas. El tiempo dirá si las buenas intenciones se quedan en agua de borrajas, como a veces ocurre con los adolescentes, si le secunda el grupo en sus propósitos y si entre todos maquinan alguna sorpresa que pueda proporcionar a Iker algo de aliento, ya que en estos bretes, desgraciadamente, poco más se puede hacer.

Las lesiones son parte de la vida del deportista. Quien practica cualquier deporte sabe que el porcentaje de posibilidades de que, tarde o temprano, deba parar su actividad por problemas físicos es alto. También los padres lo sabemos y vivimos con ese miedo. El de que se den un mal golpe o se hagan daño. Este amistoso lo vimos a pie de cancha, ya que se disputó en el gimnasio de un colegio de Las Rozas sin gradas y sin demasiado espacio en las bandas y fondos entre los espectadores y el juego. Para los que ya dejamos muy atrás esa edad mágica de los quince y dieciséis años, o al menos en mi caso, resulta sobrecogedor vivir tan de cerca la intensidad de los contactos, la agilidad inherente a los movimientos que los chicos ejecutan, la velocidad y coordinación con la que se desplazan sobre el parqué. Me resultó espeluznante ver todo esto tan de cerca en un partido que fue además bronco, posiblemente por las ganas que los componentes de ambos equipos tenían de volver al cara a cara, a la competición de alto nivel. Viví el encuentro con miedo a que se hicieran daño, como efectivamente y por desgracia ocurrió. Antaño yo también estuve ahí, aunque fuese practicando otro deporte, y seguramente yo me empleaba con tanto arrojo y contundencia como lo hacen hoy ellos, mis hijos y sus compañeros, pero entonces no tenía conocimiento de todo lo que podía sucederme en un choque o una caída. La inmortalidad es un concepto que rara vez cumple la mayoría de edad. Pasé miedo, repito, y se me heló la sangre al ser testigo de la desgraciada jugada.


En los días posteriores, mientras se iban sucediendo las noticias sobre el alcance de la lesión, el resultado de la operación, el estado de ánimo del muchacho o el tiempo previsto de recuperación, estuve recordando las ocasiones en que mis hijos han tenido que lidiar con la frustración de no poder hacer aquellas cosas que su edad les demanda y en las que nosotros, como padres, nos hemos visto obligados a combatir la impotencia de no poder de alguna forma ahorrarles el mal trago o, en su defecto, hacer algo para acortar los plazos de sus recuperaciones. El mayor, Sergio, tuvo la fortuna de no tener que verse en una situación así durante muchos años, hasta que en Junior se rompió el astrágalo no una, sino dos veces, y se perdió prácticamente toda la temporada. Cosas del azar, pero también posiblemente de no curarse bien, de dejarse arrastrar por la impaciencia y volver a la actividad antes de lo que habría sido recomendable. Tal vez una semana más de reposo tras la primera lesión habría evitado la segunda, ¿quién sabe? En el caso de Marcos, si bien no ha habido nunca esguinces, fracturas o roturas, hemos vivido siempre con el alma en vilo. Es un chaval de complexión delgada, aunque está, como dice él en tono jocoso, "mazado", pero el caso es que se enfrenta cada fin de semana a chicos que pesan diez o quince kilos más que él, lo que a mí en concreto hace que se me encoja el corazón en cada encontronazo en el que se ve implicado. Fruto de un lance del juego sufrió una lesión en la espalda que le obligó a pasar un verano entero con un corsé que le provocaba picores, le hacía sudar profusamente y que nos hizo temer, en base a lo que los traumatólogos nos decían, que tuviera que dejar el deporte o que, al menos, se pudiera ver forzado a cambiar de actividad por otra que no incluyera saltar ni forzar la parte lastimada. Por suerte, parece que se recuperó bien de aquello y pudo regresar a las canchas sin demasiados sustos y percances. También ciertas molestias de las que se comenzó a quejar después de aquello terminaron con sus huesos en la consulta del cardiólogo. Una vez más ese temor a que no pueda volver a practicar deporte, más poderoso si cabe que al que tenemos de que un día le ocurra algo como lo que le ha pasado a su amigo Iker. Siguen estudiándole, aunque por el momento parece que todo está en orden. Pero sobre Marcos, o más bien sobre nosotros, sus padres, ha sobrevolado siempre, desde que se rompió la tibia (como su compañero) en un castillo hinchable a los dos años de edad, la incertidumbre, el miedo a que algo le aparte de este deporte por el que siente una pasión pura y real.

No podemos pedir a nuestros hijos, a partir de cierta edad, que jueguen con cuidado. O podemos intentarlo, pero demos por sentado que les entrará por un oído y les saldrá por el otro. La competición, el afán por explorar sus límites y la satisfacción por superarlos van unidos a su naturaleza de adolescentes. Nada podemos hacer para impedir que se lancen a la cancha buscando sus minutos de gloria, pero sí es nuestra obligación tratar de garantizar que practiquen su deporte favorito con unas mínimas medidas de seguridad y, sobre todo, estar a su lado para sostenerles o levantarles cuando, como en el caso de Iker, se caigan.

¡Ánimo, chaval! ¡Te esperamos para la segunda fase!



jueves, 7 de septiembre de 2023

Por poco no lo conté

Creo que una vez estuve a punto de morir. Si no estoy completamente seguro de ello es porque a veces el paso del tiempo distorsiona los recuerdos. Por eso, cuando visitamos un lugar al que no regresábamos desde niños, todo nos parece más pequeño de lo que recordábamos. No es sólo debido a la perspectiva desde la que contemplábamos el mundo, encerrados en un cuerpo diminuto aún por desarrollarse, sino porque la memoria es volátil y traviesa, se queda sólo con aquello que considera útil o relevante y lo moldea según la importancia que le otorga. Más de treinta años después de aquel suceso, dudo si mi subconsciente no estará jugando conmigo y lo que ocurrió fue en realidad para tanto. Pero sí sé que fui un irresponsable y que aquello pudo haberme costado la vida.

Veraneaba todos los años Miguel, mi mejor amigo de entonces y durante dos décadas, en un camping en el Lago de Sanabria y pugnamos aquel verano, él con sus padres y yo con los míos, porque nos permitieran irnos los dos solos a pasar allí unos días, antes de que se le uniera el grueso de su familia. Creo que las negociaciones fueron arduas y complejas, especialmente en su caso, pero al final fuimos autorizados a emprender aquel viaje. Nunca me atrajo - y sigue sin hacerlo - esta modalidad vacacional. La había probado unos años antes, siendo aún un niño de no más de doce años, a instancias de mis padres, que nos enviaron a mi hermana y a mí a unas colonias en la sierra donde dormíamos en tiendas de campaña escuchando por las noches de fondo el sonido del río y de la fauna que allí habitaba. Aunque en líneas generales me divertí, me resultó sumamente incómodo dormir sobre el suelo en un saco de dormir, andar siempre espantando a los insectos y tener que estar constantemente quitándome los hierbajos que se adherían a mi ropa. Aunque no me seducía en absoluto la idea de repetir todo aquello, la posibilidad de pasar unos días con mi amigo, alejados de nuestras familias y viviendo a nuestro aire, pudo finalmente más que todas las objeciones que me argumentaba a mí mismo.


Me impresionó notablemente aquel lugar desde que montamos la tienda y nos acercamos a la orilla a remojarnos. Poseía una belleza majestuosa que me dejó sin habla. Recorreríamos durante los siguientes días la zona a través de algunas rutas que Miguel conocía, permitiéndome disfrutar de unas vistas aún más espectaculares de aquellos parajes que con tanta elegancia retrató en su día Miguel de Unamuno en su novela "San Manuel Bueno, mártir", que casualmente me mandarían leer el curso siguiente en el instituto. Aquel sitio era, sin lugar a dudas, uno de los más hermosos que a lo largo de mi vida había podido contemplar.

Permanecimos allí los dos solos durante cuatro o cinco días, perdiéndonos por el monte, bañándonos en las aguas del lago, cocinando nuestra propia comida, jugando a las cartas y debatiendo por las noches sobre lo divino y lo humano, bajo una alfombra de estrellas, en un chiringuito muy coqueto cercano al lago que hacía negocio a costa de los turistas, por entonces aún escasos, mientras bebíamos cerveza o sidra.

Llegado el día, hicieron acto de presencia en el camping los padres, hermanos y primos de Miguel y nos propusieron ir aquella noche a un bar de copas para la gente joven que se encontraba también muy próximo al lago. Creo recordar que se llamaba Los Pitufos. Anduve hasta el amanecer, bailando, bebiendo y tonteando con una de las primas, incursión amorosa en la que fracasé estrepitosamente porque ni un beso la robé, pero entre unas cosas y otras la noche se me fue en un periquete. Miguel y su hermano desaparecieron sin que yo me percatase en algún momento de la noche y se fueron a las tiendas a descansar. Por la mañana, habiendo ya desayunado generosamente pero sin haber dormido yo nada, propusieron darnos un baño en el lago. Entre broma y no broma alguien sugirió intentar cruzar a nado de una orilla a otra. Mi amigo Miguel, que siempre ha sido un tío más cabal y prudente que yo, calificó aquello de locura y logró disuadir a todos los que con nosotros estaban, pero a mí, bastante más acostumbrado que él al esfuerzo físico, me pareció un desafío seductor. Supongo que algo influiría también que la prima a la que yo había estado cortejando anduviera, tan ojerosa como yo, por allí cerca. El caso es que me lancé al agua con el firme propósito de impresionar a todos.

He comprobado, mientras redacto estas líneas, la distancia que pretendía recorrer a nado tras una noche de jarana y debo admitir que me vine muy, muy arriba: un kilómetro y medio, es decir, treinta largos de una piscina olímpica. Ni siquiera estoy seguro de que lo hubiera conseguido en condiciones normales, dado que no era la natación la especialidad deportiva que más practicaba en mi vida diaria, así que os podéis imaginar cuál fue el resultado.


Tuve suerte. No sé si había recorrido un trecho muy corto cuando los calambres comenzaron a castigar mis músculos o si el hermano de mi amigo, algo más joven que nosotros pero ya con el carnet de socorrista en el bolsillo, sospechó lo que podía ocurrirme y se mantuvo alerta por si sus predicciones se cumplían. Nunca había sufrido tirones en ambos muslos y ambos gemelos simultáneamente. Era incapaz de mover las piernas y tan sólo me mantenía a flote, y a duras penas, por los movimientos de mis brazos, que se fueron volviendo cada vez más precipitados y espasmódicos a medida que el pánico se enseñoreaba conmigo. No me preguntéis cuánto tiempo estuve así, ya que en momentos así uno pierde cualquier noción espacio-temporal. No debió ser demasiado ya que no llegué a sumergir la cabeza por completo en ningún momento. Cuando mis fuerzas empezaban a flaquear sentí un brazo rodear mi cuello y tirar de mí con decisión hacia la orilla. Escuché a mi amigo Miguel gritar, no demasiado lejos de mí. Giré la cabeza y le vi a unos diez metros de nosotros, subido en una barca a pedales o una canoa o algo similar, no recuerdo exactamente. Se me hizo eterno el viaje hasta la orilla y posiblemente aún más duro se le haría a mi salvador, que era más bajo que yo. No fue necesario el boca a boca ni ninguna técnica de reanimación, aunque sí masajes para desentumecer las piernas. Una vez recuperado, me llevaron a la tienda y, hasta donde yo sé, el padre de Miguel, hombre severo y riguroso, abroncó severamente a mi amigo mientras yo dormía. También yo recibí, una vez recuperado y despierto, un sermón sobre la responsabilidad que habían contraído ellos con mis padres al llevarme allí y todo lo que podría haber ocurrido de haberme ahogado. No hubo gritos o insultos, pero aún me escuece en la memoria lo imprudente e infantil que aquel discurso me hizo sentir.

¿Quién sabe? Como dije al principio la memoria es juguetona y no siempre podemos confiar en ella. Tal vez haya adulterado mi recuerdo para exagerar o minimizar lo sucedido. Quizá incluya aportaciones irreales que ha agregado a la narración para hacerlo más verídico. A lo mejor ocurrieron más cosas que no superaron su inflexible filtro y el relato está incompleto por haberse perdido en el olvido detalles de importancia en aquel episodio de mi vida. Pero sé que aquello sucedió, que pude haberme ahogado aquel día. Hay cosas que no se olvidan y una de ellas es el miedo cerval que me invadió cuando comprendí que mis piernas no me respondían. Nunca más he vuelto a sentir algo parecido. Y espero no sentirlo de nuevo jamás.


viernes, 25 de agosto de 2023

Qué manera tan triste de ver la vida pasar

Aunque creo haber aprendido por fin a someterlos a mi voluntad, al menos en el cara a cara, ya que aquí, en el blog, es otra historia, se me llevan los demonios cuando veo a mis seres más queridos desperdiciar horas, quemar neuronas y atrofiar funciones cerebrales visionando en bucle ridículos vídeos en Tik Tok, historias insustanciales en Instagram y buceando en los estados de sus contactos en Facebook o en Whatsapp. Especialmente cuando se trata de niños o adolescentes. Me repatea hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.


Sí, sí, ya sé que cada cual emplea su tiempo en lo que le apetece y mejor le parece, y por ello unos leemos o escribimos y otros viven pendientes de la última foto o vídeo que Fulanito y Menganita han subido a las redes. Unos, hasta que no hemos desayunado, no le echamos un vistazo al móvil y otros se tiran media hora en la cama vagabundeando por las redes sociales hasta que deciden finalmente ponerse en marcha. Que todos, incluido yo mismo, le echamos un vistazo a estas cosas de vez en cuando, pero yo me refiero a los que son capaces de permanecer tirados en la cama o en el sofá durante tres horas largas sin realizar ninguna otra actividad más que deslizar el dedo de arriba a abajo o de derecha a izquierda sobre la pantalla táctil del dispositivo. Y sorprenderse después, cuando por fin salen del trance en el que han permanecido inmersos, por las cosas que han ocurrido a su alrededor mientras ellos se encontraban abducidos por las redes. Esos a los que no te queda más remedio que decirles, con cierta condescendencia, "te lo dije, pero estabas con el móvil".

Me decía un gran amigo mío hace ya unos meses, en relación a este blog, que disfruta leyéndome aunque no siempre esté de acuerdo con mis ideas, pero que en su opinión me expongo demasiado. Que me abro a los demás en exceso y muestro sin pudor mis vergüenzas y mis orgullos. Eso fue lo que yo interpreté de sus palabras, creo que de manera acertada. Y seguramente tiene toda la razón, porque me he percatado de que rara vez se equivoca al catalogar a la gente y porque me ha dado muestras de sobra durante estos años de que goza de un criterio lúcido en el que uno puede confiar ciegamente. No recibí este comentario como una crítica, sino como la constatación de un hecho que, por cierto, querido amigo, no va a variar, ya que yo no sé escribir ni ser de otra manera. Y aunque supiese, creo que a estas alturas del partido tampoco modificaría un ápice mi manera de jugar.


No sé si la forma en que yo me ofrezco a los demás a través de este espacio virtual puede compararse con el modo en que otros se exponen en las redes sociales; si es lo mismo compartir aquí mi opinión sobre un tema, la última hazaña de mis hijos en vis cómica o los sentimientos que de mí se adueñan frente a algún suceso que mostrarle al mundo mi nuevo tatuaje, lo bien que me queda este nuevo corte de pelo o la manera tan sexy en la que perreo el último tema de Ozuna. Sí, ya sé que no todo lo que se exhibe en estas plataformas es tan burdo e inmaduro, pero no nos engañemos: la mayoría de los que viven secuestrados por las redes sociales no las utilizan ni mucho menos para entretenerse con la última historia que la cuenta del Museo del Prado haya colgado. Y, desde luego, ya os garantizo que nuestros hijos no lo hacen. En el mejor de los casos, como en el de los míos, gran parte del tiempo que pasan desconectados de la realidad es para visualizar vídeos deportivos, aunque, incluso siendo estos bastante inocuos, preferiría que soltaran esos malditos artefactos y ya no que cogiesen un libro, algo a lo que parecen tenerle alergia, pero sí que al menos llamasen a sus amigos y se fueran al cine, a un teatro, a un centro comercial, a un monólogo, a una cancha de basket o a un parque para relacionarse de un modo más cercano con el resto del planeta.

Habrá quien me diga que es una cuestión de educación y yo no se lo rebatiré. Darle a un niño de nueve años un teléfono móvil es una irresponsabilidad imperdonable. Las posibilidades de que ese niño desarrolle su imaginación y adquiera habilidades para relacionarse socialmente quedarán indefectiblemente limitadas. Y será culpa nuestra. Que el niño vea en casa a su madre, a su padre o a ambos encadenados a cualquier dispositivo genera ya una necesidad en el niño que podría evitarse. Pero intentar educar a los hijos en un empleo responsable de la tecnología no garantiza tampoco que la criatura vaya a escapar de la tiranía de los celulares. Porque hoy en día uno ya no es propietario de un teléfono, sino que sucede a la inversa. Los móviles nos poseen a nosotros.

Aunque todos miremos hacia otro lado, desde mi punto de vista no hay grandes diferencias entre esta adicción y una pandemia en toda regla. No provoca muertos, sino idiotez, sedentarismo y aislamiento social. No provoca que los hospitales se colapsen, pero genera un empobrecimiento cultural y conductas sociales claramente anómalas. No obliga al Gobierno a confinarnos en nuestras casas, sino que nosotros mismos nos encerramos voluntariamente en el mutismo más absoluto incluso cuando estamos rodeados de gente. ¡Qué rabia me da cuando estás hablando con alguien y al mismo tiempo anda respondiendo un whatsapp o reproduciendo un vídeo en YouTube que le ha llamado la atención! O cuando estás comiendo con esa persona, contándole tus cosas, y te deja con la palabra en la boca porque le ha saltado una notificación no puede dejar de atender y resulta ser una tontería que podía esperar hasta después de comer. O cuando estás viendo una película en casa que tú ya has visto pero que has elegido con intención y tu hijo la está ignorando para ver un vídeo que le han mandado de un torneo de bofetadas. Les quitaría el móvil de las manos y lo tiraría por el balcón. Y que reventase en mil pedazos. 

En Citas, una serie catalana de Pau Freixas que puede verse en Amazon Prime, así como Citas Barcelona, una especie de secuela de la primera, hay un episodio en concreto que pone de manifiesto cómo la comunicación escrita a través de redes puede llegar a anular en una persona el deseo de ir más allá a la hora de conocer mejor a su interlocutor. Cada episodio de la serie recoge la historia de dos personas que contactan a través de Tinder y lo que sucede en sus respectivas citas. En este capítulo en cuestión, Aurora, una mujer muy activa en el chat de la aplicación pero reacia a quedar con ninguno de sus contactos, recibe la visita por sorpresa de Pinyó, uno de los hombres con los que conversa habitualmente y con el que parece haberse producido una conexión especial. Él insiste en que cenen juntos y ella accede reticente. La cita resulta ser un absoluto desastre porque ella comprende que su capacidad de relacionarse, de ser ella misma, ha quedado limitada por completo al anonimato del chat. El episodio se cierra con una Aurora decepcionada consigo misma, de regreso en un vagón del metro, iniciando sin embargo un nuevo chat con un nuevo contacto.

Son ya varias las entradas que sobre este asunto he publicado y seguramente seguirá cayendo alguna de vez en cuando. No lo puedo evitar. Me considero en la obligación de seguir alertando de lo que esta dependencia provoca en las personas y en la forma en la que se relacionan. Lo siento por los que tuerzan el gesto al sentirse aludidos, pero la realidad, por mucho que pueda incomodar, es esta y me temo que los únicos que se frotan las manos con esta adicción, aparte por supuesto de los fabricantes y las compañías que invierten en este mercado y que se están haciendo de oro a nuestra costa, son los psicólogos, que de seguir así no van a dar abasto en el futuro para atender a tanta clientela.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Aquellos veranos ochenteros

Los veranos de mi niñez y de mi primera adolescencia nada tenían que ver con los que hoy disfrutan nuestros hijos. Eran harina de otro costal. Ni mejores ni peores, aunque a mí me parezca que cualquier tiempo pasado fue mejor, especialmente si nos referimos a esa etapa de la vida en que todo está aún por descubrir.

Pocas urbanizaciones tenían por aquel entonces piscina, por lo que la opción más económica y sencilla para los jóvenes era acercarse a las municipales a fin de refrescarse y combatir los calores secos del verano madrileño. En ese sentido nosotros éramos unos privilegiados dado que a dos calles de nuestra casa se hallaba el Polideportivo Estoril II, un club privado cuyas cuotas les costaba a mis padres un gran esfuerzo abonar, pero que les compensaba porque nos ofrecía a mí y a mis hermanos un espacio controlado en el que teníamos a nuestra disposición decenas de actividades deportivas con las que poder desfogarnos y en el que nos juntábamos con otros chavales de nuestras mismas edades. También ellos, mis padres, encontraban allí un espacio para el esparcimiento y la diversión, dado que contaban con un grupo estupendo de amigos, vecinos la gran mayoría, con los que compartían canchas de tenis, partidas de mus, amena conversación y modestos aperitivos. Contaba el club, además de con una piscina olímpica y una amplia pradera, con un merendero con servicio también de restaurante, por lo que eran muchos los días en que yo me marchaba de casa a las diez de la mañana, mochila al hombro, con mi bocadillo envuelto en papel de aluminio, y no regresaba hasta medianoche, cuando el polideportivo cerraba sus puertas al público. A esa hora quedábamos toda la familia en la puerta del recinto y regresábamos a casa disfrutando de la fresquita y contándonos cómo había ido nuestro día. Yo era el socio 548-B. Es sorprendente cómo nuestro cerebro almacena información tan poco útil como esta, pero me emociona de vez en cuando desenterrar datos de este tipo.

Las opciones de movilidad eran tan reducidas en Móstoles por aquel entonces que trasladarse a Madrid a la búsqueda de una oferta cultural más amplia era una aventura. Y peligrosa además, dado que la delincuencia en los años ochenta estaba más presente, era más cercana y era entendida por todos como una circunstancia mucho más común. No estoy seguro de si se debía a que la seguridad ciudadana no era una prioridad política o a que los malos tenían menos miedo, más necesidad o menos conciencia de las consecuencias que sus delitos les acarrearían en caso de ser detenidos, pero era relativamente frecuente -dos o tres veces al año en mi caso- que algún yonqui te parase por la calle, sobre todo en las inmediaciones de la estación de tren, y te exigiese, con un pincho o una jeringuilla que afirmaba estar contaminada de SIDA - no existía una amenaza más efectiva que esa en aquellos tiempos - que le entregases todo lo que llevaras encima. A veces ni siquiera iban armados, pero sólo la apariencia desastrada e intimidatoria de quien ha vivido al otro lado de la línea era suficiente para amedrentarte y disuadirte de alejarte tanto de tu barrio en la próxima ocasión. Aunque a veces también podía ocurrirte a cincuenta metros de tu casa, como me ocurrió una vez a mí, justo enfrente de la ferretería de Manolo y a plena luz del día. Probablemente el paso del tiempo ha magnificado el suceso en mi memoria pero recuerdo al tipo, un chaval no mucho mayor que yo, que me asaltó llamándome colega e intentando convertir aquel episodio en una amistosa transacción. Que su aspecto fuera el de una persona fácilmente abatible que llevara sin alimentarse varios días y al que posiblemente le costaba hasta caminar, con los pómulos severamente marcados, la mirada un tanto perdida, el habla trabada y marcas en la cara como de viruela pasó a ser irrelevante desde el momento que me dejó entrever bajo su chaqueta un delgado cuchillo jamonero pero de una longitud amenazante. Intenté hacerle entender que nada llevaba encima, pero debió percatarse de que aquello no era cierto y al final me dejó allí cariacontecido, sin que mediase violencia de ningún tipo, todo hay que decirlo, llevándose consigo el dinero que mis padres me habían dado aquel día para pagar las clases de inglés particulares a las que me dirigía. 

Era por tanto raro que me alejase mucho del barrio, más allá de los días que pasaba en Collado Villalba con mis abuelos maternos o en Morata de Tajuña con mi familia paterna, experiencias ambas que durante varios años me garantizaron un surtido de aventuras y anécdotas que despiertan, cuando me vienen a la cabeza, unas ganas irrefrenables de regresar a aquel tiempo y a aquellos lugares. Los viajes a la playa con la familia no eran frecuentes e incluso a veces, cuando mis padres podían permitírselo, a mis hermanos y a mí no terminaba aquel lujo de entusiasmarnos como a ellos, ya que eran días que íbamos a desperdiciar, alejados de nuestros amigos del barrio y del polideportivo. Aunque una vez metidos en pomada, jugando con las olas, haciendo castillos en la arena o disputando reñidos partidos de tenis en la orilla con mi padre y con mi madre, nos parecía que no podía existir un privilegio mayor que aquel. No importaba que no hubiese dinero para alquilar una barca a pedales o que tuviésemos que comernos los mismos helados de Tang que mi madre hacía en Móstoles en vez de comprar los artesanales de cucurucho en una heladería del paseo marítimo de turno. El mero hecho de estar los seis juntos, de poder disfrutar de un tiempo de calidad con mis padres del que sus obligaciones nos privaban durante el curso, era suficiente para que nos olvidáramos durante unos días de lo que habíamos dejado atrás.   

Por encima de todo aquello, de mis estancias en la sierra o en el pueblo, de las vacaciones con mis padres y mis hermanos o incluso de las veinticuatro horas del deporte en Estoril II, a las que ya dediqué una entrada, estaban mi cumpleaños y mi santo. Siendo como era yo, un adolescente que no terminaba de dejar atrás la niñez o un niño que no terminaba de aventurarse en la adolescencia, según se quiera mirar, un chaval que se sentía orgulloso y afortunado por la familia con la que había sido bendecido, que veneraba a su abuelo materno, el cual se llamaba como yo, Santiago, ese breve período entre el 23 y el 25 de julio era para mí el más esperado y trascendental del año. No sólo el día de Santiago Apóstol era en aquella España aún extremadamente religiosa una fiesta nacional innegociable, sino que, por la cercanía con mi cumpleaños y con el de mi prima Ireide, amén de la onomástica que mi abuelo y yo compartíamos, eran esos unos días muy especiales en el calendario familiar. Raro era el año en que no se organizaban mis padres, mis abuelos y mis tíos para que todos nos juntásemos y celebráramos por todo lo alto ese cúmulo de eventos. Casi eran para todos nosotros más importantes aquellas reuniones que las de Navidad. O al menos para mí lo eran. Curiosamente, con el paso de los años, mi memoria ha ido perdiendo por el camino detalles de los regalos que en aquellos días recibía, salvo quizá el de aquella caja enorme que mis padres me entregaron en uno de mis cumpleaños y que contenía las obras completas de Emilio Salgari, colección que aún conservo y a la que le tengo un especial cariño. Sin embargo, sí permanece inalterable en mi recuerdo esa sensación de gozo que sentía cuando, generalmente el día 25 de julio, nos reuníamos todos, ya fuera en nuestra casa, en Collado Villalba o en Las Rozas, donde por entonces vivían mis tíos y mis primos, y pasábamos todos juntos el día. Quizá los de mi quinta y los que son mayores que yo se acordarán de que durante varios años, precisamente el día de Santiago Apóstol, caían en Madrid las mayores tormentas de verano, fenómeno que en aquella época era bastante habitual y que hoy, debido al cambio climático, ya no se ven. Incluso que lloviera como lo hacía durante aquellos días era algo para mí, no sólo especial, sino deseable. Recuerdo un año en que celebramos aquella reunión en mi casa y que el cielo derramó tal cantidad de agua y con tal intensidad sobre nuestro barrio que la papelería que teníamos debajo de nuestra terraza se inundó por completo, hecho que me divirtió y trastornó a partes iguales, dado que era el lugar en el que compraba los libros de Elige tu propia aventura de la editorial Timun Mas, una de las pasiones que por aquel entonces me dominaban, y me asaltó el temor de que tuvieran que cerrar y no poder seguir ampliando mi colección.

Volviendo al hecho de que apenas me movía en verano del polideportivo y del barrio, había sin embargo un acontecimiento que se volvió para mí imprescindible cuando empecé a sentir inclinación hacia la música. No creo ser el único que lo recuerde, pero hubo un tiempo en que uno podía comprar una entrada de paseo en el Parque de Atracciones. No era excesivamente cara y te permitía acceder a las instalaciones y pasear por sus calles contemplando a los que habían abonado la entrada completa disfrutar de la montaña rusa, el paseo en barca por el lago, el tiovivo, los columpios giratorios y todas las atracciones que por entonces ofrecía el Parque. Obviamente, al tener entrada de paseo uno no tenía derecho a subirse a las mismas, a no ser que pagases su importe aparte. Pero a lo que sí te daba derecho era a asistir a los conciertos gratuitos que en el auditorio se ofrecían. Así que, durante un par de veranos, vivía pendiente de que se publicase en el periódico el listado de conciertos programados y marcara en mi calendario las fechas en que actuaban mis grupos y artistas favoritos. Allí vi a grupos como Duncan Dhu, Mecano, Hombres G, La Guardia, Danza Invisible y, sobre todo, Los Rebeldes, que fueron durante muchos, muchos años mi banda española favorita. Recuerdo incluso que yo solía lucir en aquellas fechas una gorra blanca como parte de mi indumentaria, una gorra a la que mi madre debía tenerle cierta tirria, dado que no hacía más que repetirme que, de tanto ponérmela, me iba a quedar calvo. ¡Qué poco se equivocó! En cualquier caso, tras el concierto de Los Rebeldes, logré acercarme a Carlos Segarra, su fundador y cantante, y que me firmara la gorra. No se me olvidará que su rúbrica tenía la forma de una guitarra eléctrica y que durante muchos años la conservé como un trofeo al que le tenía un enorme aprecio. Ignoro - y me duele - qué fue de ella, aunque intuyo que cuando mis gustos cambiaron y me fui haciendo mayor, en una de esas limpiezas domésticas en las que me embarcaba cada cierto tiempo a fin de ganar espacio para mis nuevas adquisiciones, terminaría sus días de gloria en la basura.


Aquellos veranos no eran mejores, tal y como afirmé en las primeras líneas, pero sin lugar a dudas son días que añoro y me empeño en reproducirlos de nuevo en mi cabeza todos los años, cuando llega el calor y me siento a contemplar pensativo el reflejo del sol de Móstoles sobre el agua de la piscina de mi urbanización.

Mientras escucho la música de aquella época, por supuesto...

   

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