Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de mayo de 2024

El diccionario

Ferroprusiato. Gamón. Palimpsesto. Prohijar. Bahorrina. Jerapellina. Palabrejos, en resumen, que forman parte de nuestra rica lengua castellana, aunque su uso no sea habitual y no tengamos la mayoría de los hispanohablantes conocimiento, de hecho, ni de su existencia ni de su significado. Y en torno a esta ignorancia gravita uno de los juegos con los que, cuando yo era tan sólo un proyecto del hombre que hoy soy, por entonces un idealista barbilampiño con muchos pájaros en la cabeza, jóvenes y mayores, hasta tres generaciones de la familia Rincón, nos entreteníamos dentro de las casas familiares cuando la climatología nos era adversa. Y a veces también, sólo por el capricho de compartir momentos divertidos con padres, hermanos, primos y abuelos y de modelar nuevos recuerdos en común, cuando el sol brillaba en su cénit.


No era el único entretenimiento que reunía a nuestra familia en torno a una mesa. Somos todos de buen comer y proclives al diálogo y a la confidencia, especialmente cuando nos sentimos amparados por la tranquilidad que proporciona saberse rodeado de personas en las que sabes que puedes confiar, así que cualquier recuerdo que prevalece de aquellas reuniones arranca con opíparas y prolongadas comidas cuajadas de conversaciones animadas y en las que los más jóvenes adquiríamos, participáramos en mayor o menor medida de ellas, conocimientos que en ocasiones nos aportaban herramientas, a efectos prácticos, mucho más útiles que las que en el colegio o instituto nuestros profesores nos trataban de proporcionar. Y aunque disfrutábamos de aquellos ratos, a casi todos, antes de que los postres y los cafés aterrizasen sobre el mantel, nos empezaba ya a urgir el sacar del armario de los juegos de mesa el que sirviera para alargar durante algunas horas aquellos encuentros. Tal vez mi memoria me juegue una mala pasada, pero creo recordar que el Trivial Pursuit y el Intelect eran los favoritos de todos. Hubo otros, como el Scattergories, el Cluedo o el Pictionary. También juegos más clásicos como el ajedrez, el parchís, las damas, el dominó o el tute. Pero yo creo que con el que mejor nos lo pasábamos era precisamente con el más económico de todos ellos: el diccionario.

Viene esto a cuento de que hace unos días nos reunimos de nuevo todos, a excepción lógicamente de aquellos que nos han ido dejando por el camino desde entonces y con la incorporación de las nuevas camadas. Una vez más una fotografía similar: tres generaciones alrededor de una mesa con viandas, bebida y prisas por ponernos todos al día de nuestras respectivas peripecias. Celebramos el reencuentro en Valdemorillo, en la urbanización de mi primo David, propietarios él y su mujer de una extensa parcela que en su día - hace ya años - me pareció agreste y descuidada y en la que han ido ampliando magistralmente el espacio habitable mediante anexos edificados mayoritariamente con sus propias manos. En el más reciente, una suerte de cabaña acristalada que me devolvió reminiscencias de la típica casa del árbol que vemos habitualmente en las películas americanas, comimos, charlamos y reímos durante esa agradable tarde de primavera. Y alguien propuso, cuando estábamos ya con los cafés, jugar a algo. Y otro alguien sugirió recuperar aquel juego que tantas tardes nos tuvo entretenidos, de manera que mi primo desapareció durante unos minutos en el interior de la vivienda para regresar portando un completo diccionario.

Las reglas del juego son muy simples pero el objeto del mismo puede llevar a confusión si no se explica con claridad. Tan sólo es necesario un diccionario o una enciclopedia, tantas hojas de papel y lapiceros como participantes haya y un buen puñado de mentes curiosas e ingeniosas dispuestas a trabajar. Uno de los participantes, llamémosle Maestro, busca en el diccionario una palabra poco común y la pronuncia en voz alta. Cada uno de los concursantes escribe una posible definición de ese término. El Maestro debe copiar en un papel la acepción que figura en el diccionario. Una vez todos los participantes han terminado, el Maestro recoge todas las hojas de papel, las mezcla y a continuación las va leyendo en voz alta. Gana aquel que adivina cuál de todas las definiciones leídas es la correcta, siendo además quien tomará a continuación el diccionario y buscará una nueva palabra con la que desafiar a los demás. Podría entenderse que el objetivo es componer una definición que se acerque lo más posible al significado real del vocablo. Y lógicamente, si alguien fuera capaz de clavar dicha definición, despertaría el asombro y provocaría el aplauso de todos los presentes, dado que hablamos de palabras raras y poco conocidas. Pero la meta no es esa, sino mostrar la suficiente habilidad e imaginación para despertar la duda en los demás y se confundan. Da lugar esto a situaciones hilarantes y desternillantes, como es de suponer.

Así que ahí estábamos todos, expectantes ante el primer reto, cuando una voz joven preguntó, como podía esperarse, si se podía utilizar Google. Un fiel reflejo de cómo han cambiado los tiempos en pocas décadas. Los diccionarios, como en su día los dinosaurios, van camino de la extinción. Tras aclarar el asunto (obviamente se descartó ese tipo de ayudas), la primera palabra resonó entre aquellas cuatro paredes, generando las primeras risas y murmullos. Hubo quien optó precisamente por el humor, otros que se aplicaron a la labor de acumular en la misma frase un puñado de tecnicismos para generar una duda razonable entre todos los demás, los más jóvenes tiraban de cultura popular con referencias, por ejemplo, al Demogorgon de Stranger things... en fin, cada cual intentaba despistar, con mejores o peores resultados, al resto de rivales. Pasamos un rato tan divertido como los de antaño y nos resultó gratificante ver que nuestros hijos, víctimas de una cultura eminentemente tecnológica, se olvidaban durante un rato de teléfonos móviles y demás cacharros, se relajaban y trataban de potenciar todas sus capacidades con el fin de vencer a sus mayores. Aunque creo, y eso me congratula, que al final, como nos pasaba a nosotros cuando teníamos su edad, llegaron a la conclusión de que lo menos importante de este inofensivo entretenimiento era ganar.




lunes, 29 de abril de 2024

Ser abuelo

Ando en los últimos meses escribiendo poco y leyendo mucho. Pero mucho, mucho... Cualquier momento me parece bueno para avanzar unas páginas de la historia en la que me encuentre inmerso. No me agobia en exceso tener algo desatendido este blog, dado que el día que inicié esta aventura literaria no quise comprometerme ni conmigo mismo ni con los demás a mantener una periodicidad fija en mis publicaciones ni a que la tarea se convirtiera en una cadena de plomo que me lastrara y me impidiera dedicar tiempo a otras aficiones que también a su manera me reconfortan y me enriquecen. Algo tiene que ver, sin lugar a dudas, la falta de tiempo, que ahora me limita y antes me sobraba, para sentarme con mayor frecuencia a vomitar mis reflexiones, anécdotas y recuerdos en este escaparate virtual en el que me expongo, sin suficientes filtros ni precauciones tal vez, pero no es en realidad esa la causa principal del abandono al que tengo sometido a mis escasos pero fieles lectores. Simplemente el cuerpo me pide más que nunca bucear en las historias de otros, dejarme arrastrar a los mundos que inventan, aprender de quienes han convertido el arte de escribir en su profesión, contrastar, en definitiva, la manera en que expresan sus emociones, describen un paisaje o construyen sus relatos quienes tienen más arte que yo en tales lides. Pero hace pocos días mi madre cumplió 75 años, una cifra redonda que merecía una celebración especial, y aunque era día laborable, conseguimos los cuatro cuadrar nuestras agendas para poder comer con ella y con mi padre en un restaurante que frecuentan con una cierta asiduidad y que tenían ganas de que conociéramos. Ahí estaba ella, con sus despistes puntuales, sus habituales dificultades para manejarse con el teléfono móvil y sus regañinas cariñosas a mi padre, pero también con la misma ilusión de siempre por reunirse con la familia y con su perenne sentido del humor made in Rincón Tudela. Y pensé que mis progenitores, ambos mis más entusiastas lectores, sí contraje una cierta deuda y que debía imponerme a mí mismo un poco más de rigor y disciplina para que puedan seguir disfrutando de estos modestos escritos que a ellos, por ser yo su hijo, les despiertan un interés y un orgullo que en otros no suscitan. Y durante estos días de vacaciones de los que estoy ahora disfrutando me propuse llevar a buen puerto varias entradas que tenía a medio engendrar y así almacenar material suficiente que compartir durante unas semanas con quienes me leen, propósito que (observo con desánimo) estoy logrando cumplir tan sólo a medias, ya que muchas veces los días libres de los que uno dispone acaban empleándose en tareas de ámbito doméstico mucho menos elevadas y que, en el vaivén de la rutina, se van postergando. Por asociación de ideas, a cuenta de esa comida de cumpleaños de la que dimos cuenta en ese coqueto restaurante mostoleño, me pareció que este que se refiere a la condición de abuelo y que hoy presento aquí era el más adecuado para hacer corpóreas mis intenciones. Así que ahí voy de nuevo...


Mi idolatrada y escultural esposa, por quien no parecen pasar los años sino más bien todo lo contrario, dado que de ella irradia cada día de forma más contundente una lozanía juvenil que sigue provocándome ardores y calenturas en ocasiones incontenibles, se escandaliza cuando verbalizo en voz alta el deseo que albergo de ser abuelo algún día. Más pronto que tarde, a ser posible. Argumenta, un tanto ofendida, cuando me viene el asunto a la cabeza y lo saco a relucir en su presencia, que ella aún se siente joven. Y lo cierto es que no sólo lo parece más que yo - algo que salta a la vista de cualquiera que nos vea juntos -, sino que además, en términos de espíritu, también lo demuestra en cada gesto - algo que salta a la vista de quien la conoce mínimamente. Pero esta aspiración mía no implica que me sienta en absoluto mayor. Nada tiene que ver en mi opinión una cosa con la otra. ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Aparte de que los cerdos, mal que bien, también corran. ¿No se pasan muchas personas la mitad de su vida laboral deseando que llegue el momento de la jubilación?  Y no por ello les atribuimos una senectud prematura. Y es que creo yo que el sentirse más o menos mayor nada tiene que ver con este otro sentimiento que brota de manera espontánea de nuestro interior cuando un niño, más aún si corre por sus venas nuestra sangre, ocupa nuestro espacio, llenándolo todo con su curiosidad, su inocencia y su alegría.

Nunca me he sentido tan vulnerable ni al mismo tiempo tan bienaventurado como cuando acunaba entre mis brazos a mis hijos recién nacidos. Ese olor inconfundible que impregna la piel de un bebé anegando las fosas nasales y haciéndonos sentir que la vida, no sólo la del hijo sino también la de los padres, acaba de adquirir un sentido nuevo y único. Nuestro GPS interior recalcula en esas circunstancias las distancias. Llamó mi atención hace unos días la imagen de una pareja joven con la que me crucé por la calle. Empujaba ella el carricoche vacío y a su lado caminaba el padre, apoyado el bebé de ambos en su pecho, una mano apoyada en la espalda del cachorro y la otra sosteniendo la cabeza, cubierta ésta con una gorra deportiva para protegerla del sol primaveral y sin fuerza aún en el cuello para mantenerse erguida por sí sola. Los labios del padre, muy próximos a la testa del pequeño, repetían incesantemente el mismo movimiento una y otra vez. Se acercaban a la piel de la criatura y se posaban sobre su mejilla dejando un beso ligero pero tierno que a mí, como padre que soy hoy de adolescentes y que un día fui de bebés, me devolvió muchas emociones que yo en su día también experimenté y que hoy de vez en cuando tengo la suerte de revivir cuando a uno de mis hijos les da por envolverme entre sus brazos y brindarme un abrazo de oso. Y aunque no cambio estas muestras de cariño actuales por nada del mundo, no puedo negar que extraño el contacto de mi piel con la que hace ya más de quince años les cubría.

Luego está la creencia, posiblemente errónea y quizá un tanto soberbia, de que lo que acarreo en mi mochila pueda ser útil a esos futuros nietos que aún no conozco y que no sé si un día llegaré a conocer. Ni soy ni me considero un hombre sabio, pero sí pienso que he recorrido ya más paradas del recorrido que las que me quedan por visitar y me tienta pensar que, entre toda la hojarasca inútil que compone mi bagaje vital, algún alfiler podrán ellos encontrar que les sirva para coser las heridas que la vida les pueda infligir en el futuro. También algunas piedrecitas que les puedan ayudar a encontrar su camino, tal y como mis abuelos fueron depositando las suyas en el mío y que aún hoy me sirven muchas veces de referencia para evitar precipicios y sortear encrucijadas. Y tengo la sospecha de que ser un abuelo joven, con un cuerpo todavía apto para acompañar en los juegos a la camada y con una mente aún despierta para dar respuestas medianamente inteligentes a los dilemas que le planteen, necesariamente tiene que rejuvenecer o al menos frenar el envejecimiento que acompaña inexorablemente a quien supera ya el medio siglo de existencia.



Por supuesto, de quien menos depende alcanzar ese ansiado estatus es de uno mismo, ya que serán mis hijos y aquellas que en un día futuro unan sus destinos al de ellos quienes determinarán si podré cumplir ese deseo y el momento en que se hará realidad. Pero reconozco que me atrae la idea, admito que me visualizo sin excesiva dificultad interpretando ese papel que hoy les toca representar a mis padres y que con tanta sabiduría y paciencia desempeñan. Y sé que a mi mujer, que seguirá mirándome como si yo fuera un marciano cuando el tema vuelva a presentarse en nuestras conversaciones maritales, el papel de abuela enrollada la irá como anillo al dedo. Al tiempo....

sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


sábado, 9 de marzo de 2024

Educar a bofetones

La bofetada, torpemente contenida en el último segundo, impactó en el rostro de Sergio con contundencia. Sus gafas iniciaron un vuelo sin motor ni dirección, como un murciélago en una noche de verano, y aterrizaron aparatosamente en el suelo del salón, con la fortuna de que ni montura ni cristales sufrieron daño aparente. La cara de mi hijo mayor acusó el golpe y durante unos segundos la torsión del cuello obligó a sus ojos, que hasta ese instante habían permanecido fijos y desafiantes en los míos, a desviarse abruptamente. El barullo que, hasta un momento antes de que el sonido de la guantada lo silenciara había ido de manera paulatina soliviantando mis nervios, cesó de inmediato, a buen seguro a causa de la perplejidad que lo inusual de mi acción ocasionó entre los que nos acompañaban aquella mañana de domingo en la casa de Martos, para regresar de modo insistente a los pocos segundos, pero esta vez acompañado por un tono de perplejidad, reproche y alarma. Una vez frenada la inercia del mamporro y sin prestar demasiada atención al lugar donde habían ido a parar sus gafas o mostrar preocupación alguna por el estado en el que pudieran hallarse, Sergio volvió a cuadrarse ante mí, mirándome de nuevo, esta vez de una manera diferente, esforzándose inútilmente porque sus facciones no reflejasen en modo alguno ni la sorpresa ni la rabia que en él había despertado aquel primer y último bofetón de nuestros trece años de convivencia en común. Tratando de comportarse como el hombre que aún no era. Sujetándose las lágrimas a fuerza de amor propio.


Si se me concediera la oportunidad de regresar al pasado y borrar una escena de mi biografía como padre, sería sin lugar a dudas esa. Pero no es así y aquello, muy a mi pesar, forma parte de mi historia. Obviarlo sería inmaduro e intentar justificarlo con la excusa de que aquella mañana la casa de los abuelos de Nuria era una jaula de grillos en la que el volumen y el tono de los gritos no me dejaba ni siquiera pensar sería de cobardes. Jamás había pegado a mis hijos, más allá de alguna palmada admonitoria e inofensiva en sus traseros que había suscitado en ellos más risas que lágrimas. Nunca me había sentido tan defenestrado y culpable como cuando los ojos de Sergio se volvieron a posar sobre los míos y me transmitieron sin ambages - también sin una sola palabra - la frustración y la decepción que mi acción había despertado en su interior. Porque lo cierto es que su delito - hablar mal a su madre - no había sido tan grave. O lo había sido, pero nunca antes había recibido semejante castigo. Creo recordar que, para no transmitirle mi flaqueza, cerré el episodio con una advertencia enojada y poco creíble de que no se le ocurriera repetirlo, pero no estoy seguro del todo. Sí me acuerdo con claridad, sin embargo, de que me escabullí en cuanto tuve ocasión a la habitación que ocupábamos Nuria y yo para intentar llenar mis pulmones de aire y derramar las lágrimas que yo también había estado conteniendo durante ese penoso capítulo. Me sentía avergonzado, triste y enfadado conmigo mismo. No se me permitió ni una cosa ni otra, ya que mi amada esposa, en ebullición en aquel momento a cuenta de no sé qué discusión con su hermana pequeña o su madre que había hecho que mis nervios saltaran por los aires, irrumpió detrás de mí en el dormitorio, terriblemente alterada, con la intención firme de hacer las maletas y volver a Madrid. Y entre las barbaridades que brotaban de su boca a cuenta de aquel enfrentamiento, intercalaba reproches por ese momento estelar que yo había protagonizado y que me hacía sentirme como la persona más infame del mundo. Lo único que yo quería era meterme dentro de la cama, esconderme y no escuchar a nadie. A la vista de que aquello no iba a ser posible, opté (creo) por no llevarle demasiado la contraria y por ayudarla a preparar nuestra inminente partida.

Jamás he creído en eso de que "la letra, con sangre entra". Me declaro completamente en contra del castigo físico como herramienta educacional e, ignorando aquel lamentable y puntual hecho, he predicado siempre con el ejemplo. El diálogo como manual de conducta único. Cierto es que más de una vez habré pronunciado expresiones tan horrendas al dirigirme a ellos como "se está rifando una ostia y llevas todas las papeletas" o "te daba un guantazo que te quitaba la tontería". Pero también esos exabruptos, y sólo en ocasiones muy excepcionales, forman parte de ese diálogo que he procurado siempre emplear a la hora de educar a mis hijos. Antes encerrarme en una habitación y darme cabezazos contra la pared que ponerle a mis hijos la mano encima con intenciones alevosas o violentas. Y aquel episodio me afianzó más aún en mi creencia de que emplear la fuerza bruta para inculcar en ellos principios, valores o códigos de conducta es una atrocidad. Por mucho que en el pasado fuera la manera universal, como si fueran ovejas, de guiar a los hijos por el camino que el padre marcaba. Por mucho que, todavía hoy, existan quienes siguen pensando y actuando de esa manera.


Y si recupero hoy del baúl de mis vergüenzas aquel triste suceso es porque hace un par de días, en un vagón del metro, contemplé atónito cómo un padre atizaba dos guantazos memorables a su hijo de unos ocho años porque, sin querer, el niño le había tirado el móvil al suelo al troglodita de su progenitor. Y no me impresionó tanto el acto en sí mismo como la naturalidad con la que el mostrenco zurraba a la criatura y la normalidad con la que el pequeño encajó los dos bofetones. Como si eso ocurriera a diario. Varios pasajeros nos miramos con asombro y estupor, pero hubo también alguno que sonreía mostrando una muda aprobación. Como es de suponer, ni unos ni otros intervenimos. La mayoría desviaron la mirada o volvieron la vista a sus propios teléfonos, indiferentes unos pocos, haciéndose más pequeños otros. Una mujer de unos cuarenta años y yo fuimos los únicos que mantuvimos nuestros ojos fijos en el neandertal en cuestión, intentando de algún modo transmitir nuestra indignación ante lo que acabábamos de presenciar, pero no dio opción a que reparase en nuestra postura puesto que no dejó de zarandear y reñir al hijo hasta la siguiente parada, en la que ambos se bajaron, sin parecer en ningún momento que al padre le preocupara la imagen que estaba dando.

Me cuesta entender situaciones como esta. Sé que la paternidad puede ser muy complicada y que no siempre puede uno controlar la ira. Somos humanos al fin y al cabo. Lo que me ocurrió con Sergio es un claro ejemplo de ello. Pero educar a bofetones, como hacen ese padre del metro y otros muchos que todos sabemos que habitan entre nosotros, me produce arcadas. Las mismas que la mirada asombrada de mi hijo me provocó hace ya unos cuantos años aquella mañana de domingo en Martos y que todavía hoy me encoge el corazón.

sábado, 24 de febrero de 2024

A tus veinte

El futuro, cuando la niñez va a quedando a tus espaldas y comienzas a percibir la presión del entorno empujándote, obligándote casi, para que encuentres tu propio camino, provoca vértigo. Tanto que puede llegar a paralizarte, especialmente si en tí no se ha despertado aún una vocación clara hacia un oficio concreto o hacia una profesión determinada. O cuando sabes que, de aquello que realmente te apasiona, será difícil que puedas vivir. Es una sensación abrumadora la de saber que cualquier decisión que a partir de ahora tomes contiene el potencial de condicionar el resto de tu vida y que nada ni nadie garantiza que la que tomes vaya a ser la correcta. Y sospechas también que nunca más vas a sentirte tan seguro, tan poco expuesto al fracaso y al dolor, como te has sentido hasta ahora. Y todo eso te empuja aún más hacia una inmovilidad frustrante que merma, sin que puedas hacer demasiado para impedirlo, tu autoestima. Sientes una envidia insana hacia aquellos de tus iguales que tienen ya un plan ideado, hacia esos que han fijado ya el blanco y están a punto de apretar el gatillo. A tus ojos, ellos no flaquean, no dudan, sus convicciones parecen inamovibles. Tu mirada les engrandece. Piensas que, si la vida es una carrera, ellos ya te sacan dos cuerpos de ventaja. No sabes cómo actuar porque temes que tus pasos puedan dirigirte a un callejón sin salida. Te sientes perdido y confuso.


Y a causa de esa amalgama de sentimientos que te cercan e intimidan, te olvidas de lo más importante: que tienes veinte años, la obligación natural de explorar tus límites y el derecho a tropezarte cuantas veces sean precisas. Te olvidas de que los puntos cardinales no son más que referencias que te ayudarán a orientarte pero que no tienen por qué definir ya tu senda. Sabes que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero ignoras que a veces uno llega a su destino sintiéndose más completo y satisfecho si, al alcanzar tu meta, lo haces con unos cuantos rasguños, producidos por los matojos con los que has ido topándote al cruzar campo a través, tatuados en tu brazos. Ese conocimiento, esa certeza, llegará más adelante, cuando hayas recorrido una parte del sendero más larga que la que aún te queda por recorrer.

Si un consejo puedo darte es que no dejes de moverte. Permite que esas dudas formen parte de ti. Ten miedo a errar, ya que ese temor te aportará conocimientos y herramientas que más adelante te serán útiles. No te agobies si un sudor frío se expande por tu frente al enfrentarte a una disyuntiva que se te antoja crítica, ya que a la larga comprenderás que no lo era tanto. Acepta tus errores e incorpóralos a tu aprendizaje. Prueba, mójate, arriésgate, tropieza, vuela. Pero no te quedes quieto bajo ningún concepto. Haz cosas, no te encierres en tu zona de confort, esa en la que has vivido hasta ahora. Preocúpate, pero sobre todo mantente ocupado. 

No soy tan viejo aún como para tenerme a mí mismo por sabio ni para creer que en mis opiniones no hay fisuras. Tampoco hablo con la autoridad que otorga el haber sido joven en tiempos difíciles, tal y como les ocurrió a mis padres, quienes tuvieron que hacerse adultos en el opresivo entorno de la dictadura franquista, o como les sucedió a mis abuelos, que a tu edad se encontraron inmersos en una Guerra Civil. Puedo estar equivocado, claro que sí, pero estuve donde ahora estás tú. También el pánico y la incertidumbre se adueñaron inmisericordemente de mí y me hicieron titubear en numerosas ocasiones. Pero seguí avanzando. A veces a trompicones y otras con seguridad. En ambos casos, como te ocurrirá a ti, me lancé al vacío sabiendo que contaba con una red de seguridad firme y resistente que me sostendría si resbalaba. Siempre estuvo ahí y siempre estará. Porque aunque en ocasiones te sientas solo frente al futuro, no es cierto. Tu familia y tus amigos estarán ahí para levantarte si te caes, para devolverte a la senda si te desvías en tu ruta.


No estás solo aunque te empeñes en pensar lo contrario. No dejes que el tronar de la sangre joven al circular por tus venas te tapone los oídos. No permitas que el orgullo de tu juventud te ciegue. Escucha a los demás. Filtra lo que te sea útil. No te pares nunca del todo. Necesitas avanzar para poder abrazar con cariño más adelante a quien eres ahora. Sé valiente. Tienes aliados. Los mejores. 

Muévete, hijo, tu vida no ha hecho más que comenzar y está deseando que te abalances sobre ella. Te desafía. Acepta el reto.

miércoles, 24 de enero de 2024

En modo erizo

No puedo evitar que me haga gracia, aunque de mí tal vez se espere que me moleste o me enoje con ellos cuando se les tuerce el gesto caprichosamente, sin que medie, analizado desde una perspectiva neutral, ninguna razón que explique su descontento. Quizá habrá quien me exija que les debería hacer entender que esa actitud no sólo les sienta peor que un traje de faralaes, sino que además nada positivo conseguirán forzándola. Porque no es más que una pose adolescente. Una rebeldía más hacia sí mismos que hacia sus mayores de la que un rato después, con la sangre latiendo de nuevo en sus sienes a un ritmo más acompasado y las ideas ocupando el lugar que les corresponde, se avergonzarán porque dará fe ante sus propias entendederas de que aún no son lo que pretenden ser antes de tiempo. En serio. Ojala no me hiciera gracia, pero por lo general me la hace. Seguramente porque yo estuve ahí y también yo, con más frecuencia de la que me gustaría, me calzaba comp si fuera una máscara esa mueca de rechazo y cabezonería. No me cuesta verme reflejado en ellos en momentos así. Y eso me provoca una ternura algodonosa y una afilada nostalgia.
Y es que ser adolescente, intentar comprender los cambios que sufren nuestros cuerpos al mismo tiempo que nos esforzamos por entender todo lo que nos rodea sin que se nos note ese asombro infantil que hasta hace dos días permitíamos que brotara de manera natural, ser adolescente, decía, es uno de los trabajos más extenuantes que desempeñaremos a lo largo de nuestras vidas. Las incertidumbres, entre las que uno a veces siente que podría naufragar, nos golpean sin piedad en esa etapa: el peso de la responsabilidad por conseguir que el esfuerzo de nuestros padres no resulte baldío, el miedo a un futuro nebuloso en el que no estamos seguros de que vayamos a encajar, la vergüenza y la nerviosa expectación a la hora de exponernos en el sexo y la ilusión por encontrar el amor... tanto y todo a la vez. Por eso uno les tolera a los que ocuparán nuestro lugar los exabruptos inoportunos y las chulerías desaforadas, las miradas insolentes y el verbo hiriente o pronunciado con intención lesiva, los desplantes y las salidas de tono. Porque, al fin y al cabo, yo -quiero creer que no hace tanto- también era uno de ellos y que, como les ocurre a ellos, a veces el miedo me invadía y no era siempre dueño del daño que hacía y a quién se lo infringía.

Lo cierto es que yo nunca había escuchado la expresión de marras, pero me pareció tan ilustrativa cuando se la escuché el otro día a una compañera del trabajo que sonreí para mis adentros y me propuse hacerla mía. La empleó con naturalidad al hacer referencia a la actitud que su hijo adoptaba de tarde en tarde. Y es que es verdad: ante ciertos contratiempos u opiniones paternas se enroscan - y se enrocan - en sí mismos, se hacen una bola y empiezan a brotarles amenazantes púas. Se convierten en erizos. Y lo mejor, creo yo, tal y como haría si me encontrase con uno en la calle, es no tocarlos, darles espacio para que se relajen, concederles el tiempo necesario para recuperar su forma natural. A veces uno no puede evitarlo, claro, y aunque sabe que no es buena idea, fuerza al animalito y se pincha. Y duele. Y puede hasta sangrar. 


Tengo la suerte de que, en mi caso, el mayor superó esa etapa y al pequeño no parece haberle durado demasiado. Pero algún rasguño nos hemos llevado por el camino. Son leves y los olvidan ellos antes que nosotros, los padres. Os garantizo, a los que sufrís las incomodidades de estas criaturas domésticas, que termina pasando. Que acaban confiando de nuevo en vosotros como lo hacían cuando no levantaban un metro del suelo. Pero, por si las moscas y hasta que ese momento llegue, tened siempre a mano una caja de tiritas. Nunca está de más.

viernes, 12 de enero de 2024

Noches de blanco (y muy ceñido) satén

En invierno, cuando llega la hora de acostarse, mi querida esposa se convierte en una auténtica y rolliza cebolla. A todas las capas que se os puedan ocurrir, sumadle algunas más. Es absolutamente inexplicable cómo puede seguir respirando debajo de tanta ropa. Cierto es que nuestros termostatos nunca convergen y que ella es bastante más friolera que yo. De hecho, en estos días en que el mercurio pasa más tiempo tonteando con la raya del cero que con la del diez, yo duermo con un pijama de manga larga de tela fina, tumbado cuan largo soy sobre la colcha y con una manta de escaso grosor cubriendo mi cuerpo. Normalmente no necesito más. Pero la verdadera razón de que yo me acueste con tan poco atrezzo no es que yo pase calor por las noches. No. La realidad es que, entre las numerosas virtudes que adornan a mi hermosa y risueña esposa, hay una que pocos conocen o sospechan: es, en términos hospitalarios, la profesional que mejor hace las camas en este planeta. Es más, cuando sale de algún turno de noche particularmente movido y me cuenta que a las tres de la mañana han tenido que registrar el hospital para ver dónde se ha metido el paciente de la 503, al que al final encuentran durmiendo plácidamente en la sala de espera de Ginecología, yo pienso automáticamente: "esa cama no la ha hecho mi mujer". Porque es empíricamente imposible escapar de esa trampa sin descoyuntarse algún hueso. Ni Guantánamo ni Alcatraz, vamos. Qué me va a usted a contar. Por Dios y los cuatro angelitos que guardan mi cama. No se puede. Ni Houdini en sus años de gloria y esplendor. Las tripas de un chorizo de Cantimpalos disfrutan de una mayor libertad de movimientos que cualquiera que se meta bajo las sábanas meticulosamente preparadas por ella. 


En consecuencia, yo prefiero pasar un poco de frío en esas dos semanas particularmente gélidas del año que sentir que me ha engullido una boa constrictor. Yo, una vez que cojo la postura, soy como un bloque de cemento, inamovible, pero hasta que alcanzo ese punto de divina ingravidez, doy unas cuantas vueltas sobre el colchón cual croqueta pizpireta. Forma parte de mi preparación para el descanso. No es algo que pueda negociarse. Primero diez minutos boca arriba, giro a la derecha después, rodillas encogidas y, una vez encontrada la posición más cómoda en la almohada para la cabeza, subo de nivel. Dejo de existir. Hasta que la vejiga apriete, lo que suele acaecer a las tres o cuatro horas de cerrar los párpados, gracias a una de los fármacos que aún debo tomar para combatir los dolores que, aunque más tolerables, todavía padezco. Imaginaros las acrobáticas maniobras que debería ejecutar para salir de ese cepo a las cuatro de la mañana sin despertar a quien a mi lado duerme y con tanto esmero prepara el lecho nupcial. Los pelos como escarpias se me ponen sólo de pensarlo.

Se entenderá, una vez explicados todos los pormenores de la cuestión, mi posición. Aclararé, no obstante, que la película cambia cuando Nuria tiene turno de noche o realiza alguna guardia que no sólo altera positivamente nuestro balance bancario sino también la calidad de mis sueños. Porque en esas circunstancias mi margen de maniobra se amplia y no desaprovecho la ocasión de dormir como es debido, bien arrebujado bajo nuestro edredón nórdico y nuestra colcha. Al tener toda la cama para mí solo, cambio la clásica horizontal por una atípica diagonal, usurpando unos centímetros del territorio que, por derecho, le pertenece a la otra mitad de este bien avenido matrimonio. No penséis, sin embargo, que duermo mejor cuando soy único dueño y señor de nuestro modesto dormitorio. Más calentito, sí, pero no mejor, dado que prefiero que de madrugada me desvele el frío que la ausencia de la heroína que protagoniza esta película que es mi vida.


Lo que aún no termino de explicarme, y supongo que ese es uno de esos misterios que me moriré sin lograr resolver, es cómo, a pesar de su hiperbólica tendencia a arroparse para que su cuerpo conserve el calor cuando caen las heladas, se enfada cuando soy yo quien calienta la sopa a la hora de cenar porque, y cito, está que arde. Aunque a lo mejor eso explica que luego tenga frío a la hora de acostarse. ¿Cómo no lo vas a tener, alma de cántaro, si no te calientas por dentro...? 

En fin, nuestras noches invernales continuarán siendo, si me sigue aguantando hasta el final, noches de blanco y muy, muy ceñido satén. Y tan felices los dos.

viernes, 5 de enero de 2024

Cuidar lo de dentro

En estos tiempos en que la inmediatez y las prisas gobiernan con mano firme las vidas de quienes habitamos en las grandes ciudades, conservar la capacidad de distinguir entre lo importante y lo irrelevante se ha convertido en una habilidad de un valor incalculable, pero necesaria a la vez para poder gozar, en términos emocionales, de una vida sana.

Hemos evolucionado hasta el punto de que las empresas se comprometen contractualmente a garantizar la desconexión digital de sus empleados. Pero no es este un compromiso real, dado que esa meta sólo podría alcanzarse mediante el cierre efectivo de los accesos a los aplicativos corporativos desde cualquier dispositivo fuera del horario laboral. Queda por tanto a discreción del trabajador que esa desconexión se produzca realmente. Y el que más y el que menos, tropieza. Y aquella tarea que no había podido completar se la lleva a casa. Pero incluso el que no se encuentra en esa situación o aquel que es capaz de evitar la tentación de dejarse arrastrar en su tiempo libre hacia sus obligaciones laborales, debe combatir aún con otro enemigo aún más insistente. Porque desconexión digital no es sinónimo de desconexión mental. Muchas veces uno no puede evitar, fuera del horario laboral, seguir divagando y reflexionando sobre cuestiones que deberían quedar relegadas a esas cuarenta horas semanales que vendemos a nuestras respectivas compañías, a veces por un salario insuficiente. Pasar la noche en vela visualizando las posibles situaciones que se producirán en esa reunión tan importante que tenemos al día siguiente con el Departamento Financiero. Devanarse los sesos intentando encontrar la manera de cumplir con los nuevos objetivos que la Jefatura ha decidido establecer para el próximo ejercicio. Diseñar estrategias para poder aportar soluciones a las necesidades de los clientes. Esas cosas.

Cuidar lo de dentro debería ser la prioridad de todo hijo de vecino. Velar en primer lugar por mantener un equilibrio emocional y mental que nos permita disfrutar de todo aquello que crece a nuestro alrededor. Disponer de tiempo para dedicar en exclusiva a esas aficiones que nos enriquecen y que dan sentido a nuestra existencia. Y con atender a nuestro interior no sólo me refiero a nuestra psique y nuestro cuerpo, sino también a quienes cohabitan con nosotros en nuestros hogares. Ser capaces de aparcar en la entrada de nuestras casas los problemas y las preocupaciones que pueda acarrear nuestra actividad profesional para centrarnos única y exclusivamente en aquellos que realmente importan: nuestras familias y nuestros amigos. Aporta satisfacción y tranquilidad mantener con nuestro entorno laboral una relación cordial y amistosa, que en ocasiones puede llegar a convertirse en algo más estrecho, pero no podemos permitir que las rencillas con un compañero o la hostilidad que despierta en nosotros un superior en la oficina hagan sombra a aquellos que se mantendrán siempre a nuestro lado, ya sea por lazos familiares o porque a ellos nos une algo permanente. Cuidar lo de dentro es también eso: que nuestros seres queridos puedan también disfrutar de todo lo bueno que hay en nosotros.


Para este año que acaba de arrancar ese es mi propósito principal: darle a los míos lo mejor que puedo ofrecer. Que mi mujer y mis hijos sientan, en todos los momentos compartidos, que nada tiene para mí más importancia que aquello que a ellos les preocupa. Aprovechar cada instante a su lado. Que todos mis esfuerzos tengan como objetivo final hacerles sonreír. Que el trabajo y todo lo que le rodea se acabe en el momento que entre en nuestra casa. Que mis padres me sientan más cerca. Tener tiempo para tomarme unas cervezas con esos amigos que, incluso de vacaciones en Canadá o en la India, están siempre ahí. Cuidarme y cuidar de los míos.

Porque eso es lo que cuenta. Lo demás es meramente accesorio.



sábado, 16 de diciembre de 2023

Champú para calvos

Hace un par de tardes, al salir yo de la ducha con la cabeza más despejada después de varias horas de estudio frente al ordenador y paladeando ya la placentera sensación de haber finiquitado todas mis obligaciones y de tener las horas restantes del día a mi disposición para dedicarlas al ocio y la holganza, mi hijo Marcos, de quince años de edad, me espetó de repente, con una seriedad inusual en él, lo siguiente:

- Papá, hay una cosa que nunca te he preguntado...


Por el tono que empleó, por estar los dos solos en casa en aquel momento y por ese "nunca" que me sonó más a un "hasta ahora no me he atrevido" que a un "hasta ahora no había pensado en ello", me detuve en mi tránsito por el salón hacia la cocina un tanto sorprendido. No sé qué esperaba en realidad, pero todo me hizo pensar que había llegado el momento de nuevo de mantener con mi descendiente una de esas conversaciones trascendentales que un padre aguarda y teme al mismo tiempo. Desde hace año y medio aproximadamente nuestra relación, por aclarar, es bastante serena y fluida teniendo en cuenta la etapa en la que el churumbel se encuentra, esa incómoda adolescencia en que el diálogo con los progenitores se suele reducir a gruñidos ininteligibles y miradas despectivas, y me consta además que él anda desde hace un tiempo planteándose muchas cuestiones de importancia de cara a su futuro y sobre la manera en la que el mundo adulto funciona. Debe también tenerse en cuenta que, a diferencia de lo que observamos Nuria y yo en muchos adolescentes - sin ir más lejos en la experiencia que en su día vivimos con Sergio, el mayor -, este hijo nuestro, para nuestra grata sorpresa y mayor tranquilidad, toma buena nota de todo lo que sus padres le transmitimos en base a nuestras experiencias vitales. Así pues, con todo esto en mente, pensando que la charla iba a ser de las que dejarían huella en ambos, silencié el móvil, me senté frente a él, dispuesto a compartir mi limitada sabiduría, y le pregunté:

- ¿Qué quieres preguntarme, hijo?

Y aunque la duda que me planteó me hizo soltar una carcajada inmediata que no fui capaz de contener, debo hacer constar que él no pretendía reírse a mi costa ni hacer una broma fácil en relación a mi reconocida y reconocible alopecia. Le conozco bien y sé que realmente albergaba una curiosidad sincera por algo que es sumamente importante para él y que dejó de serlo para mí hace ya unos cuantos años: el cabello.

- Papá, ¿tú utilizas champú?


No importa si la cuestión planteada corresponde o no a los pensamientos que suponemos (o creemos suponer) que pululan por la mente de un quinceañero. Tampoco si el debate es sobre algo tan superficial como puede parecerme el tono y salud capilar de cualquier hijo de vecino, incluidos él y yo, sobre algo tan serio como se me antoja la elección de una profesión o sobre algo tan delicado como las relaciones de pareja. Para nosotros, como padres, supone un alivio inmenso saber que los canales de comunicación con nuestro hijo están abiertos y que él escucha lo que de nuestras bocas, ya sea para saciar su curiosidad como en este caso o para proporcionarle herramientas para enfrentarse al mañana, pueda salir. Supone también una gran responsabilidad que asumimos con naturalidad, pero también con orgullo. Porque es un chaval que escucha, reflexiona sobre lo comentado y extrae sus propias conclusiones. Sabemos que lo que le digamos tiene repercusiones en sus comportamientos y en su manera de pensar. Como digo, todo eso pesa, pero es una carga liviana que cualquier padre aspira a arrastrar durante toda su vida.

La verdad es que Marcos se está transformando en un tipo peculiar que no deja de asombrarnos y que aporta a nuestras vidas algunas especias que hacen que la carta sea más atractiva y sabrosa. Los arranques de mal humor inherentes a su edad se diluyen fácilmente si apelamos a su sentido del humor, agudo y solidario. Su recalcitrante vaguería en los estudios se compensa con creces con su generosidad doméstica cuando ve que nos encontramos desbordados. Su compromiso con sus amigos, especialmente con el equipo de baloncesto, conjuga a la perfección con el valor que concede al estamento familiar. 

Y de vez en cuando sus reflexiones más profundas sobre el mundo que le aguarda al otro lado de la puerta y al que ansía incorporarse cuanto antes se contraponen, como en este caso, con el niño que continúa - y no es encanta que sea así - siendo. 



lunes, 27 de noviembre de 2023

Las cuatro patas del banco - Primera parte

Casi centenar y medio de entradas publicadas ya en este blog y aunque alguna he dedicado a mi infancia, en ninguna he hablado demasiado sobre mis hermanos. Y no será por falta de anécdotas con ellos ni porque sus historias personales no lo merezcan. De las primeras, mi memoria conserva decenas, aunque debo admitir que son muchas aquellas en las que, ahora, con una perspectiva diferente, debo admitir que yo no me comporté como el hermano mayor que suponía que debía ser; y en cuanto a las segundas, a la manera en que cada uno de ellos se han gobernado en sus vidas, son admirables. Y lo digo con el corazón en la mano, sin hipérboles ni sentimentalismos baratos. Todos ellos eligieron encaminar sus pasos por sendas que a mí se me antojaban entonces agrestes y llenas de obstáculos, pero hoy admiro la valentía de la que los tres tuvieron que echar mano y me siento francamente orgulloso del lugar al que sus pasos les han terminado dirigiendo.


A mi hermana Elena, la segunda de la camada, una niña callada y cariñosa, la vida comenzó a golpearla cuando ella aún no tenía herramientas suficientes para defenderse. No éramos más que niños y yo, que debía haber cuidado de ella, también contribuí a que se viese pronto abrumada por sus complejos e inseguridades. Aunque la adoraba, ejercía sobre ella la autoridad que se le supone al primogénito con un cierto sadismo. Me avergüenza hoy reconocer que hubo un tiempo en que me provocaba un insano placer burlarme de ella. "Vaca marina", me dio por llamarla cuando me hacía enfadar o me llevaba la contraria. O la asustaba apareciendo de repente frente a ella imitando a un perro, animales por los que desde muy pequeña sintió pavor. Nuestros hermanos pequeños seguían muchas veces mi ejemplo, para enfado de nuestros padres. Intentar contar las veces que la hicimos llorar me hace sentir que, por muy niño que yo fuera entonces, mi comportamiento fue aberrante y cruel. Pero ojala ese hubiera sido el único problema al que tuvo que enfrentarse. No fue así. Había por detrás algo mucho más sucio y traumático, algo que mis padres tardaron en descubrir.

El concepto de "acoso escolar" no existía entonces. O no se gestionaba de la misma forma que en estos días. "Cosas de críos", argumentaban los adultos antes de seguir con aquello que estuvieran haciendo y no volver a pensar en ello. Los profesores de entonces podían llegar a ser personajes tiránicos a los que nadie supervisaba y que vivían protegidos por un sistema que justificaba todas sus acciones, fueran estas cuales fueran. Se veían como algo normal los castigos físicos en el aula. Nadie ponía en duda los métodos empleados, ni siquiera los padres se atrevían muchas veces a enfrentarse a la figura del maestro, tan sagrada como lo eran las del alcalde o el cura. Su palabra era ley. A mi hermana le tocó la peor de las brujas escolares, una profesora que día tras día la ridiculizaba delante del resto de estudiantes de las más atroces maneras. Y mi hermana Elena sufría aquel maltrato en silencio, sin contar nada en casa, ocultándose cada vez más dentro de sí misma. Cuando nuestros padres supieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron con valentía e indignación. Muchos otros le habrían restado importancia e incluso habrían culpado a mi hermana de lo que estaba sucediendo. En ese sentido y para aquellos alumnos que se vieron abocados a esa coyuntura y para los padres que intentaban oponerse a esas actitudes eran tiempos muy duros. Sacaron a mi hermana de ese colegio y la matricularon en otro. Pero el daño estaba ya hecho. Elena nunca llegó a ser quien podía haber sido, aunque terminaría floreciendo de aquella terrible época una versión maravillosa de sí misma. 


Como todos los recuerdos que rescato de un pasado que cada vez veo alejarse más por el retrovisor, no sé si es un recuerdo inventado o si fue real, pero cuando rememoro aquellos tiempos, tal vez cuando yo contaba doce años y ella rondaba los diez, la veo sentada en una consulta médica con cables conectados a la cabeza y se me cae el alma a los pies. Porque ante síntomas claros de bullying, la ciencia entonces buscaba las causas en el interior del individuo y nunca en su entorno. Como digo, no había una conciencia social a la que reclamar cuando ocurrían estas cosas. Creo que encontró consuelo en el entorno de la parroquia, a la que mis padres estaban muy vinculados. Sospecho que fue allí donde ella comenzó a reconstruirse. Donde empezó a ser tratada como una más y no como alguien a quien habían hecho sentir que era menos que el resto. Aquel fue el primer asidero que encontró para no hundirse en el pozo. El segundo, siempre apoyada por mis padres y en menor medida por nosotros, sus hermanos, lo encontró en el lugar menos esperado y gracias a una excursión programada por el instituto en el que cursaba Auxiliar de Enfermería. Visitaron una de las casas que la ONG Basida tenía para la rehabilitación de toda clase de pacientes sin recursos, aunque originariamente trabajaban con enfermos de VIH. Allí encontró su lugar en el mundo, ayudando a rehabilitarse a aquellos que todavía podían hacerlo y acompañando hasta el último suspiro a aquellos para los que ya no existía solución. Al principio iba solo algún fin de semana. Luego sus períodos allí como voluntaria se fueron haciendo cada vez más largos hasta que un día no regresó a casa. Se convirtió en voluntaria residente en aquella Comunidad, sin sueldo ni cotización, algo que a mí me llevó años entender y aceptar, y combatiendo cada día la enfermedad y la muerte que rondaba a los enfermos sin recursos que allí acogían. Obtenían algunas pequeñas victorias que justificaban su decisión y me hicieron comprender mejor las motivaciones que habían impelido a mi hermana a enclaustrarse allí, lejos de la ciudad, de las vidas más o menos normales que íbamos construyendo la mayoría.

Hablamos cuando podemos, ya que su vida está consagrada a esa misión en la que decidió sumergirse y nos vemos de Pascuas a Ramos. Vive consagrada a ayudar a los demás, pasando temporadas en las distintas casas que la ONG dirige, aunque intenta encontrar siempre tiempo para sus hermanos, sus sobrinos y, sobre todo, para nuestros padres. Esa labor que ella lleva a cabo a base de desvelos, sacrificios y renuncias, esa labor que muy pocos asumen y que es tan necesaria en nuestra sociedad, la ha convertido en un ser especial, con una sensibilidad única. Una tarea la suya que yo sé que no sería capaz de afrontar y que me llena de admiración, aunque quizá no se la demuestre tal y como realmente la siento.

La historia de mi hermana es un relato de superación y de constancia, la de alguien a la que empujaron por un terraplén, se levantó, se limpió de polvo la ropa, miró a su alrededor y decidió que el camino que deseaba seguir era el de la solidaridad y el amor. Que, en la medida de lo posible, aquellos a quienes la vida también derriba y no encuentran la manera de levantarse por sí solos, tengan siempre cerca una mano amiga que les ayude a levantarse y les acompañe hasta que encuentren su propio destino. 



viernes, 10 de noviembre de 2023

Como pollo sin cabeza

Llevo dos semanas aturullado. Y probablemente no sea para tanto, pero claro, después de muchos meses arrastrándome a través de los vericuetos de mi existencia con la pachorra canaria a la que mis problemas de salud me obligaban, cualquier alteración en mi orden vital se me antoja ahora una epopeya sin mucho que envidiar a las de Ulises en la Odisea, las de Don Quijote por los pueblecillos de La Mancha o las de Phileas Fogg dando la vuelta al mundo en ochenta días. Y es que es cierto eso de que cuando vienen, vienen todas a la vez. Por no hablar de la Ley de Murphy, que es infalible y tampoco ayuda. Como un pollo sin cabeza correteo por la casa tratando de sofocar los distintos incendios que amenazan con propagarse. Pero bueno, mejor estas alocadas carreras que languidecer inactivo en el sillón.

Y es que las mañanas cunden menos cuando hay alguien más contigo en casa. Durante todo este tiempo los dolores me despertaban muy temprano, con muchas horas en soledad por delante para acometer mis obligaciones de amo de casa y poder dedicar también tiempo a, entre otras cosas, escribir. Las cosas han cambiado. Duermo mejor, me despierto más tarde y ahora comparte sus mañanas conmigo Nuria, que ha necesitado parar y alejarse durante unas semanas de la exigente rutina de su trabajo, que amenazaba con aplastarla irremisiblemente. Su presencia en casa no me incomoda, sino todo lo contrario: busco sus besos de manera avariciosa, me esfuerzo por sacarla esa sonrisa que lleva iluminando mi vida desde hace más de treinta años y pugno por conversar con ella tanto como nos es posible. Intento disfrutar de este tiempo, inusual y mágico al mismo tiempo, juntos. Pero claro, todo lo demás, aquello a lo que consagraba mis horas hasta hace un par de semanas, se resiente, no encuentro tanto tiempo para escribir y las labores de la casa se me amontonan.


Por ser estas para las Compañías fechas propicias para la contratación de nuevos empleados y por vivir yo los lunes al sol, también me roban tiempo las entrevistas de trabajo y la búsqueda de empleo en sí misma. Después de casi año y medio, por fin el Sepe me ha concedido un curso online para desempleados sobre tecnología digital, sesenta horas en poco más de treinta días que intento sustraerle a todo lo demás, pero claro, ahí está Murphy para complicarlo todo. Cuando menos tiempo tiene uno, más problemas surgen: la tarjeta SIM del móvil da errores; mi portátil Toshiba, después de catorce años de servicio, claudica y me toca formatearlo y volver a configurar e instalar todo de nuevo; la consola, que también tiene ya una edad, comienza, para desesperación de Marcos, a dar errores; se nos rompe, en estos días ya más frescos, el pomo de la puerta que separa el patio de la cocina y toca intentar encontrar a alguien - sin éxito hasta ahora - que lo pueda reparar antes de que nos congelemos al desayunar. Se nos lesiona el pequeño y el mayor quiere invitar a su novia a comer en casa. Nuria se va un par de días a un Congreso en Barcelona casi al mismo tiempo que mi suegra viene desde Jaén a visitarnos, algo que siempre me alegra, pero que en esta ocasión me agobia porque no podemos brindarle el trato y la atención que se merece.

Un millar de esas pequeñas cosas a las que todos a diario nos enfrentamos. Nada especialmente grave ni memorable. Pero la acumulación de todo ello en un corto espacio de tiempo y mi actual falta de costumbre a vivir a este ritmo desenfrenado me tiene corriendo por los pasillos de mi casa, parando un momento en la cocina para remover el guiso, deteniéndome después en el salón un par de minutos para darle conversación a mi suegra o un beso a mi querida esposa mientras tiendo la ropa recién lavada en el tenderete, irrumpiendo en el cuarto de Sergio para atender en su portátil una llamada por Teams de una empresa interesada en contratar mis servicios mientras mando un whatsapp al fisioterapeuta para que atienda la lesión del pequeño y echo un vistazo a la barra de progreso de la instalación de Winrar o Bittorrent en mi ordenador escacharrado. Como cuando coordinaba en mi antiguo trabajo a veinte personas y me desplazaba entre sus puestos de trabajo a la velocidad de la luz para resolver sus dudas y solucionar los problemas inherentes a nuestro trabajo. 

Tal cual. Como pollo sin cabeza.





lunes, 30 de octubre de 2023

El caballo blanco de Santiago

Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?


Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.

Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.

La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney. 


Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.

Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.





Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?