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martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


domingo, 13 de agosto de 2023

Lewis y el síndrome de Tourette

Todos hemos tenido alguna vez ese sueño en el que nos enfrentamos a una situación en la que nuestras vergüenzas quedan expuestas ante un auditorio que se burla de nosotros. Hay numerosas variantes, pero supongo que la más recurrente es la de aparecer desnudos sobre un escenario. Aunque no se trate más que de una jugarreta de nuestro subconsciente mientras dormimos, la sensación de vulnerabilidad, inseguridad y pudor que nos produce es tan real que no nos cuesta ponernos en el lugar de otros cuando esa pesadilla se hace real. Y viral, ya que hoy en día la desgracia ajena interesa a todo el mundo. El otro día me vinieron estos pensamientos a la cabeza al conocer la historia de Lewis Capaldi.

Su voz me llamó inmediatamente la atención hará ya unos años, cuando comenzó a adquirir cierta popularidad con Grace y me encandiló (como a medio planeta) con Someone you loved. Un talento musical como el suyo y unas letras tan íntimas y a la vez tan universales. Iba a triunfar, seguro, yo no tenía la menor duda. Que fuese escocés, gordo y demasiado joven, o que aparentase ser el típico friqui marginal que vive encerrado en su cuarto enganchado a un ordenador eran aspectos completamente irrelevantes. Un artista como la copa de un pino al que le auguraba el mayor de los éxitos a nivel internacional.


Soy aficionado a la música, pero también siento una profunda curiosidad por las personas que con sus letras, con sus instrumentos y con sus voces, desde un escenario, un estudio de grabación o incluso un despacho, hacen que llegue hasta nosotros y que cambie y mejore nuestras vidas. Me gusta escarbar en los entresijos de la industria discográfica y en la vida de los artistas. ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué les inspira? ¿Cómo fue su infancia? Navego en Wikipedia, leo biografías sobre ellos (la última, la de Antonio Vega) y veo documentales (el último, sobre P!nk). Sorprendentemente, con Lewis Capaldi no llevé a cabo, a pesar de cuánto me habían gustado sus primeros temas, ese ejercicio detectivesco. Incluso el episodio de su colapso en Glastonbury, en que el público tuvo que terminar el tema porque él colapsó, me pasó desapercibido.

Tenía pendiente desde hace un par de meses en mi lista de Netflix el documental llamado Lewis Capaldi: How I'm feeling now. Me encantan este tipo de programas porque ahondan casi siempre en la persona más que en su trabajo, pero hay tan pocos en las plataformas digitales que los dosifico. Hace unos días le llegó el momento al de Lewis y me quedé anonadado.


El reportaje se rodó mientras el artista preparaba su segundo disco, Broken by desire to be heavenly sent, una pequeña joya musical que cobra un valor mayor tras el visionado del documental, y acompaña al cantante en el proceso de introspección al que se ve abocado a causa de ciertos problemas de salud que ni su entorno ni él mismo son capaces de identificar. Los realizadores, mediante entrevistas realizadas a los padres, a los amigos, a los colaboradores y al propio Lewis, logran que la magia de sus canciones queden relegadas a un segundo plano y que emerja la figura del chaval que desde los dos años de vida, cuando comenzó a trastear con la guitarra y el piano, encontró en la música su razón de ser. Siempre quiso componer. Siempre quiso cantar. Uno se mete en la piel de Capaldi de tal manera que es capaz de palpar la angustia que se va apoderando de él al descubrir, cuando por fin ha alcanzado su objetivo, que algo extraño le sucede. Que los tics que en el pasado eran sólo eso, pequeños tics, se están poco a poco convirtiendo en un serio impedimento para hacer aquello para lo que ha venido al mundo.

Es estremecedor y al mismo tiempo emocionante ver las imágenes del concierto de Glastonbury. Cómo los espasmos musculares se adueñan de tal manera de su cuerpo que es el público quien tiene que terminar Someone you loved. Cómo él, a quien imaginamos devastado y avergonzado por la penosa situación en la que se encuentra, no puede hacer otra cosa más que observar y agradecer a esos miles de personas que corean una de sus canciones más emotivas sin poder ni siquiera acompañarles con su voz.


A raíz de este episodio, Lewis comunicó a la prensa que cesaba indefinidamente toda actividad musical a causa de sus problemas, que inicialmente atribuían a la ansiedad. Pero a lo largo del reportaje descubrimos que no es tal la enfermedad que el artista padece, sino el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico cuyos primeros síntomas son movimientos involuntarios de la cara, de los brazos o del tronco. Con su nuevo álbum en el mercado - insisto, una maravilla - su gira, que iba a pasar por Madrid y Barcelona, ha sido cancelada. El artista ya ha informado de que está trabajando para tomar el control de su enfermedad y poder reanudar su carrera musical, pero que en el caso de que hacerlo perjudique más su salud, dejará la música definitivamente.

Y uno, tras ver el documental completo, siente inevitablemente una simpatía cómplice con el cantante, cruza los dedos para que no sea así como termine esta aventura para la que llevaba toda la vida preparándose y tararea uno de sus temas más hermosos, Wish you the best. Porque al menos en mi caso, eso es lo único que puedo desearle en un trance como este: lo mejor.





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