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miércoles, 20 de diciembre de 2023

Madrugones que no pesan

No he sido nunca de mucho dormir. Mi temprana afición a la lectura transformó en algo más que hábito, desde niño, el resistirme al sueño con un libro entre las manos hasta que se me cerraban los ojos por el cansancio o hasta que mis padres me hacían apagar la luz, circunstancia esta última que se producía con poca frecuencia, dado que ellos eran también consumados lectores y nos alentaban a mis hermanos y a mí a ampliar nuestros horizontes a través de la literatura. Sospecho que por esa razón no consideraban excesivamente perjudicial para mi salud que yo apurase hasta el último segundo (y un poco más) la hora de rendirme a las seductoras artes de Morfeo. Es más, creo que se sentían orgullosos de mi adicción. Recuerdo que uno de los regalos que más ilusión me produjo en mi infancia fue un artilugio consistente en una especie de varilla flexible que portaba en uno de sus extremos una bombilla diminuta y en el otro unas pinzas que se enganchaban a las páginas del libro que estuviera devorando en aquellas noches en que todos me creían ya dormido. Y algo similar ocurría al amanecer. Si eran las siete de la mañana de un domingo, cuando un silencio sepulcral anegaba la casa y el día estaba aún por estrenar, y a mí me despertaban las ganas de orinar, no era yo de los que, tras descargar la vejiga, se arropara de nuevo e intentara regresar al algodonoso mundo de los sueños. Yo encendía mi pequeña luz portátil y me ponía a leer, completamente abstraído, hasta que escuchaba a mis hermanos colarse en la habitación de mis padres y obligarles a retomar los juegos y las risas interrumpidos el día anterior, actividad a la que yo habitualmente me unía de manera inmediata y animosa. No es de extrañar, teniendo todo esto en cuenta, que ya desde mis años de instituto, comenzara a encontrar en la siesta frente al televisor el merecido reposo del guerrero.

Durante once años de mi vida adulta, esos en los que atravesaba Madrid cada mañana desde mi casa en Móstoles hasta mi trabajo en Tres Cantos para iniciar mi jornada laboral a las ocho de la mañana, tuve que renunciar entre semana a mis costumbres noctámbulas dado que el despertador sonaba antes de las seis de la mañana y la siesta era un oasis en el que tan sólo podía solazarme los sábados, fiestas de guardar y vacaciones, pero compensaba aquella alteración de mis rutinas lectoras con una de las experiencias más absorbentes que he experimentado en mi vida: dadme un libro a las seis y media de la mañana, metedme en un vagón de Cercanías y programarme un recorrido de hora y media. Me convertiréis en un hombre feliz. Y además no me oiréis hacer un triste ruido durante todo el trayecto.

He pasado los últimos dos años, a cuenta de la enfermedad padecida, durmiendo por las noches aún menos de lo que acostumbro, y no sólo la lectura me ha acompañado en las horas de insomnio más oscuras y solitarias, sino que también lo han hecho la escritura, las plataformas de streaming y los videojuegos. La siesta se ha terminado consolidando en mi día a día, ya no como un lujo, sino como un medicamento de rescate sin el que me resultaría difícil sobrevivir. Para dar descanso a mi mente, con cuyos desvaríos he tenido que combatir con toda la entereza que he sido capaz de reunir - a veces a todas luces insuficiente -, y a la zona afectada por el herpes, que me exigía adoptar irremediablemente la horizontal durante las sobremesas a fin de que todas mis terminaciones nerviosas pudieran estirarse y poder seguir rindiendo durante las tardes. Durante todo este tiempo he intentado en distintas fases eliminar de mi rutina ese reparador sueñecito tan español por si fuera el culpable de mis desvelos nocturnos. Puedo asegurar que en absoluto. Que los días sin siesta no dormía por la noche ni más ni menos que antes. Así que terminé claudicando y permitiendo a mi cerebro que se ralentizara cuando mejor le pareciera. Y en los dos últimos meses, en que los dolores comenzaron a reducirse, me adapté a una nueva dinámica. El sueño nocturno, a causa de algunas punzadas de dolor esporádicas que persisten y de las acuciantes ganas de orinar que con bastante frecuencia me provoca una medicación que me veo obligado a tomar para regular mis niveles de azúcar, seriamente alterados por la inactividad forzosa de estos meses, se ha convertido en un conjunto de microsiestas que suelo alargar hasta las nueve de la mañana aproximadamente. Y sin por ello permitirme perdonar la cabezada de después de comer, por supuesto.

Pero ahora que por fin he comenzado a trabajar de nuevo, ando amaestrando a mi cuerpo para que se adapte cuanto antes al brusco y forzoso amanecer del despertador y a la ausencia de siestas. Estos primeros días me está costando que los párpados se separen y que mi cerebro emplee menos tiempo en activarse, ya que las noches aún siguen siendo duras. También contener los bostezos tras las comidas. Intuyo que me resultará aún más complejo cuando se acabe este período de teleformación y deba cumplir mi jornada de manera presencial.

Pero la realidad es que, aunque a mi cuerpo y a mi mente no les esté resultando sencillo este nuevo cambio de ritmo, estos madrugones, después de la pesadilla que ha controlado mi vida durante casi dos años, no pesan nada. Sentirte útil, levantarte de la cama con un objetivo y poder respirar aliviado al comprobar que la merma en la cuenta bancaria es cada vez menos dolorosa lo compensa todo.

Así que, aunque todavía a trompicones, ya estoy de vuelta.




jueves, 14 de diciembre de 2023

El mordisco del lobo - Final

Continua doliendo, pero cada vez las molestias son más livianas y el maldito tiene ahora la deferencia de visitarme con menor frecuencia. Incluso me siento medianamente capaz de predecir los momentos en que me honrará con su incómoda presencia: un cambio brusco en el clima, permanecer durante demasiado tiempo con el tronco flexionado, una excesiva acumulación de cansancio... todo ello, su paulatina y progresiva desaparición, me ha hecho volver a confiar en que el daño infringido a mis terminaciones nerviosas por el dichoso herpes zóster no será, como llevo temiendo desde hace ya demasiados meses, irreversible. Y considero que ha llegado el momento, para ver si de esa manera suelta definitivamente su presa, de ignorar al lobo. No puedo hacer como si no hubiera existido. Eso no. Y tampoco lo pretendo. Intuyo que me haría más mal que bien enterrarlo en lo más profundo de mi memoria que tenerlo siempre a mano, oculto tras unos cuantos velos de cotidianidad, por si en alguna circunstancia necesito recordar las causas que lo provocaron y los perjuicios que me ha ocasionado. Pero ahora seré yo quien elija cuando pensar en él y no a la inversa. No será este dolor ni su infausto recuerdo quienes me impongan su tiranía.

Ahora que ya no me encuentro tan limitado y que me empeño en hacer una vida lo más normal posible, pocas cosas me disgustarían más que escuchar a mis seres queridos quejarse de que durante estos meses he sido un paciente horrible. De esos a los que uno agarraría de los pelos y arrojaría por el balcón. Me avergonzaría descubrir que mi estado de ánimo ha condicionado el de aquellos que componen mi círculo más próximo y en quienes más me ha apoyado para superar este trance. Porque puedo asegurar que he tratado por todos los medios a mi alcance de evitar que eso sucediera. Cierto es que la evidencia física estaba ahí, que suponía una ardua tarea disimular mi incomodidad cuando me sentaba a ver la televisión con mi familia, cuando quedábamos para tomar unas cervezas con amigos o cuando acudí a aquellas pruebas de Aena que se prolongaron durante cerca de cuatro horas y en las que tuve que permanecer todo ese tiempo sentado, mirando con ansiedad la puerta de salida y tentado de abandonar la sala para estirarme y aliviar el dolor que me dominaba. Pido perdón por ello, por esas muecas de sufrimiento que en ocasiones me era imposible controlar. Pero he intentado ser tan estoico como la situación y mi forma de ser me han permitido. He tratado de incordiar lo menos posible, de que nadie tuviera que hacer por mí las cosas que, aunque fuese cegado de dolor por los mordiscos del lobo, me veía capaz de hacer. O que me negaba a aceptar que no estaba físicamente capacitado para hacer. Admito que lo del blog ha sido diferente. En este espacio virtual sí he lloriqueado sin ambages y me he convertido a ratos en un "pobrecitodemí" de estos que tanto detesto y a los que en su día dediqué algún post. Desde el principio me adjudiqué a mí mismo licencia para desahogarme a mis anchas en los espacios en blanco existentes entre estas líneas e hice uso de ella sin preocuparme de la imagen plañidera que pudiera dar a quienes me leen. Pero ya está. Aquí se terminan los lloros y las quejas. No le voy a dar más juego a esta triste circunstancia de la que parece que por fin estoy logrando escapar. 

No soy ya el mismo. No hablo de que mi cuerpo no responda con la misma eficiencia con que antes lo hacía o de que aún tenga que tomar un buen puñado de fármacos para sobrellevar la jornada y para paliar los efectos que en mi organismo produjo una inactividad tan prolongada. Triglicéridos, colesterol, transaminasas, azúcar, ferritina... todo se disparó de tal manera que a los dolores que sentía se unió también un miedo atroz a que mi cuerpo decidiese mandarme una advertencia más seria. Pero poco podía yo hacer, salvo seguir las indicaciones de los médicos y empastillarme hasta las cejas para mantener bajo control a todos esos microscópicos elementos que navegan por nuestra corriente sanguínea y que desde su pequeñez nos pueden matar. De lo que hablo en realidad es que mi percepción de todo lo que me rodea se ha transformado. No de una manera radical, sino más bien de un modo sutil y sereno. Me contemplo a mí mismo y me observo más en paz conmigo mismo, más consciente de todo lo bueno que aún me queda por disfrutar, más dispuesto a apurar hasta la última gota este elixir que es la vida.


Ahora toca regresar. Y, como me decía el otro día mi amiga Bea, mientras conversábamos sobre las ofertas de trabajo que estoy recibiendo, ese es el verdadero reto en este momento de mi vida. Afirmaba yo que las empresas que se interesan por mí no me ofrecen grandes cosas. Que ninguna me hará rico y que tampoco disfrutaré de una condiciones laborables generosas y amables. Que me tocará, allá donde recale, empezar de nuevo de cero, a buen seguro ostentando una categoría profesional inferior a esa otra que me ha definido durante más de dos décadas. Y ella, con la sabiduría que desprenden sus palabras cuando se anima a opinar sobre algo, me miró con cierto asombro y definió la realidad con una única frase.

- El reto ahora es volver.

No necesité que ahondara en el significado de su sentencia y creo que ella, por su parte, me considera lo suficientemente inteligente como para no ser precisas por su parte más aclaraciones. Me limité a asentir, dado que coincidía con su parecer, a sonreír y a reanudar la conversación que hasta entonces manteníamos.

Y en ello estoy. Siguiendo su consejo. Volviendo. Y he pensado que ningún retorno sería completo si no escribía en negro sobre blanco la palabra que, al menos por mi parte, cierra definitivamente este capítulo de mi historia.

FIN. 



jueves, 19 de octubre de 2023

El mordisco del lobo - Cuarta parte

Que lo lamentan, pero que no hay nada más que puedan hacer por mí. Tal es la conclusión a la que la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal ha llegado tras un año aproximadamente analizando y tratando mi caso, regulando mi medicación y, por último, sometiéndome a una intervención ambulatoria mediante la infiltración de una dosis de Enantyum en los espacios intervertebrales con el propósito, ya no de curar, dado que al parecer la ciencia médica no está capacitada para sanar mis dolencias, sino de intentar bloquear en la medida de lo posible y durante un tiempo indeterminado el dolor. Así pues, alta médica en la Unidad, instrucciones para mantener la medicación y esperar a ver cómo evoluciona mi cuerpo. Un "ahí te quedas" de libro. Como en cada capítulo de mi interacción con los integrantes de este departamento médico durante todo este tiempo, puedo entender los argumentos presentado, pero las maneras empleadas me provocan arcadas.


Tras la consulta telefónica de control mantenida esta semana, dos meses después de pasar por el quirófano, se cierne sobre mi ánimo la cristalina sensación de que lo mismo habría dado responder a las preguntas de la doctora constatando que la infiltración había sido un rotundo éxito o que, por el contrario, había supuesto un auténtico fracaso. Es posible incluso que si me hubiese inventado que sus experimentos habían terminado dando con mis huesos en una silla de ruedas o que mi hígado había resultado dañado por los fármacos empleados, las palabras de mi interlocutora habrían sido las mismas. El discurso no habría variado un ápice. La decisión que los especialistas habían tomado en relación a mi caso cubría todo el espectro de mis posibles contestaciones. No me siento decepcionado en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Se me hacía bola estar a merced de unos profesionales que casi desde el primer instante me parecieron negligentes y carentes de toda empatía hacia el paciente. Así que si hay un sentimiento por encima de todos los demás en esta coyuntura, es fundamentalmente el alivio de haberme librado de ellos. O de que ellos se hayan librado de mí. Tanto monta, monta tanto... me pesa por Nuria, que fue quien me animó a derivar allí mi expediente tras los buenos resultados que obtuvo ella en su momento. Sé que se culpabiliza por la pésima experiencia que yo he vivido, pero, al haber hecho ella todo lo que estaba en su mano y que consideraba necesario para que yo me recuperara cuanto antes, ¿procede realmente ese sentimiento de culpa? Yo creo que no, que bastante tiene, la pobre.

¿Y ahora qué? Supongo que esa es la pregunta que algunos os haréis y que yo ya me hice hace unas semanas, a la vista de que los efectos de la intervención a la que fui sometido no estaban siendo tan positivos como me habría gustado. Porque el dolor sigue ahí, camuflado si hace buen tiempo o si mi actividad incluye cambios posturales constantes, muy presente y más persistente, en cambio, si el clima se vuelve más frío y lluvioso o si permanezco sentado más de media hora seguida. Más livianos, debo reconocer, en la zona lumbar, eso sí, pero con la misma intensidad en la zona abdominal y costal.

- Ah, ¿que no era sólo en la zona lumbar? - me preguntó sorprendida la eminente doctora en la susodicha conversación telefónica, suscitando en mí un escandalizado estupor que supe disfrazar tras el velo de la diplomacia más elegante que fui capaz de hilar en unos breves segundos.


Olé vuestros chochos morenos, bonitas. Y que me fusilen si la expresión resulta machista en estos tiempos de desatado empoderamiento de la mujer y feminismo exacerbado, pero es que todo el personal del malhadado departamento médico al que confié mi recuperación era del mal llamado sexo débil. Lo mismo me da a lo que suene. Un año hablando del tema y todavía no os habíais enterado. No sé si solicitar para vosotras el paredón o construiros una rotonda en homenaje por haber sido capaces de superar, en este ejercicio de despropósitos y chapuzas médicas, aquello de que el dolor estaba sólo en mi cabeza y de que era yo, en conclusión, quien tenía que curarme a mí mismo a fuerza de voluntad y concentración. Conmigo lo habéis bordado.

Pero en fin, volviendo al tema y dejando de perder el tiempo con reproches y acusaciones que no me llevarán a ningún puerto, ni bueno ni malo, ahora, mal que me pese, me duela mucho, poco o nada, llueva o haga sol, sentado frente a la pantalla de un ordenador en una oficina o cargando cajas en un almacén, la prioridad ya no es curarme o buscar remedios para sentir menos dolor, sino trabajar. Porque la economía de una familia de clase media como la nuestra puede soportar un envite de estas características sólo durante un tiempo determinado. Y en mi caso ese tiempo se ha agotado. Toca hacer oídos sordos a los latigazos que mis terminaciones nerviosas dañadas todavía envían a mi cerebro a diario. Toca ignorar el cansancio y el sueño que me genera no poder dormir de un tirón más de cuatro o cinco horas. Toca echar mano con mayor frecuencia de los medicamentos de rescate que complementan a los que ya de ordinario ingiero para intentar acallar el mordisco del lobo. Toca encontrar a alguien que apueste por mí y quiera contratarme. Y toca también apretar los dientes y guardarme los lamentos ante quienes me quieren porque nada aporta compadecerme de mi suerte frente a ellos.

No puedo evitar sentir cierta rabia, no obstante, cuando navego por Infojobs, Linkedin o Job Today, entre otras plataformas creadas para facilitar la búsqueda de empleo, y comprobar la enorme cantidad de ofertas existentes para personas con una discapacidad declarada. Porque a pesar de que entiendo los argumentos que han esgrimido los distintos especialistas que me han tratado y que justifican que mi dolencia no pueda ser reconocida como merecedora de tal calificación, me resulta terriblemente injusto que otros que lo merecen tanto o más que yo por sus limitaciones, pero que no conviven con el dolor como yo lo hago, sean beneficiarios de unas ventajas a las que yo no puedo aspirar. No pretendo restar importancia a quienes se encuentran en esa situación ni comparar mi incapacidad no declarada con la que a ellos les ha sido justamente reconocida por un Tribunal Médico altamente cualificado, pero, viendo pasar ante mis ojos tantas ofertas de trabajo que me encajarían como anillo al dedo, al menos mientras permanezca atrapado en esta encrucijada, admito que a veces pienso que mejor me habrían ido las cosas, por ejemplo, si hubiese perdido un dedo en vez de sufrir una neuralgia cuya existencia ninguna máquina de Electromedicina puede constatar.



Aquí termina, por lo tanto, mi relación con la Unidad del Dolor del Ramón y Cajal y quedo a merced de lo que el paso del tiempo, el efecto de los fármacos y la capacidad de mi organismo para recuperarse a sí mismo tengan a bien depararme. Y prosigue, muy a mi pesar, mi estrecha relación con ese lobo que, aunque con menor saña, continua clavando en mi costado sus colmillos y que sigue sin querer soltar de una vez por todas a su presa. 

El muy cabrón.

viernes, 2 de junio de 2023

También esto pasará

Hoy, 2 de junio, se cumple un año desde que un médico del servicio de Urgencias del Hospital Universitario de Móstoles, algo más avezado que los que me habían atendido los días previos, me diagnosticó el herpes zoster que, en su opinión, había decidido aprovechar el paupérrimo estado de mis defensas, por los suelos tras ocho meses soportando una presión laboral excesiva y continuada, para abandonar su letargo y cebarse con mis terminaciones nerviosas de manera desproporcionada y cruel. Una víctima más del estrés que a todos nos subyuga en este siglo XXI acelerado y vertiginoso.

A estas alturas debería encontrarme en manos de un tribunal médico que determinase el índice de probabilidades de recuperar mi vida habitual, tal y como algunos habréis pensado, pero lamentablemente, a efectos del INSS, la fecha de inicio de mi baja médica es el 1 de marzo del presente año, es decir, que tan sólo llevo tres meses "amparado" por una incapacidad temporal. El motivo de este desfase de fechas se encuentra en un error cuya responsabilidad debe atribuirse a partes iguales a mi doctora de cabecera y a mí mismo. En su debe, el informarme erróneamente al dar la cara esta enfermedad de que, encontrándome desempleado, no procedía concederme la baja médica. También el lavarse las manos durante meses, confiada en la profesionalidad de otros, ya que yo estaba siendo tratado paralelamente por la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal, en el que por entonces trabajaba Nuria y bajo cuyos cuidados y recomendaciones me amparé suponiendo que todo sería más ágil y rápido al ser ella personal de la casa. En el mío el haber creído que aquello no duraría, en el peor de los casos, más que unas semanas y que por lo tanto no correspondía darle demasiada importancia a la obtención de aquel papelito que mi doctora me negaba; el no haberme informado adecuadamente al respecto, creyendo a pies juntillas las razones que frente a mí ella había esgrimido. También el dejarme obnubilar por el dolor y olvidarme de este asunto a la larga tan relevante hasta el mes de febrero, fecha en la que comencé a asumir que el daño provocado por el herpes podría ser definitivo e irreversible y comenzar a valorar en consecuencia el solicitar una incapacidad permanente. 


Respecto a este asunto, y aunque podría solicitar proactivamente y en este preciso instante el reconocimiento de dicho estado, lo he descartado finalmente por dos motivos: el primero y más convincente reside en el parecer de los distintos especialistas que me han tratado durante estos doce meses, quienes me han hecho entender que, por desgracia, es extremadamente complicado que se conceda por una neuropatía de estas características ningún tipo de incapacidad, dado que no hay pruebas médicas que puedan determinar si mi dolencia es real o es fingimiento y aún menos si es definitiva; el segundo es que, aunque sea a paso de tortuga, noto que voy mejorando tanto a nivel físico como mental. No hay día sin dolor, esa es la realidad, pero también lo es que disfruto por fin de ciertos ratos de respiro y que, cuando el lobo muerde, no aprieta tanto como antes lo hacía. Por lo tanto, y salvo que del electromiograma al que me sometieron hace tres semanas y del que aún espero resultados se puedan extraer conclusiones que den fe de que el daño es irreparable y verídico, la opción de una incapacidad permanente está, hoy por hoy, desechada.

En estos días he hecho balance de esta etapa y hay varias cosas de las que me arrepiento amargamente. No me sirve como justificación el argumento con el que algunos me intentan consolar de que el dolor haya sido tan intenso durante esta etapa que bastante tenía con soportarlo. Puede usarse en mi descargo, claro, paños calientes para mitigar la culpa, pero no explica que tardase tanto tiempo en reaccionar y decidir en qué centrarme durante el tiempo, fuera el que fuese, que tardase en sanar. Porque hasta hace muy poco no he concentrado mis energías en nada en concreto. Durante este período preparé una oposición de la que me terminé aburriendo, que dejé aparcada y a la que al final ni me presenté. He tenido temporadas en que, amparándome en los dolores que padecía, no he hecho nada más que leer y ver series. Tardé demasiado en saber que lo que quería hacer era escribir. Lo de este blog no se me ocurrió hasta pasados cuatro meses desde el diagnóstico inicial y la idea de escribir una novela surgió hace poco más de ocho semanas. No he sido capaz en cualquier caso de encontrar una historia, una dinámica y un ritmo hasta hace unos días, tras varios intentos errados. Me arrepiento también de no haber cuidado con mayor esmero mi dieta, siendo como soy diabético, lo que me lleva ahora a enfrentarme a los resultados de una analítica que podría calificarse como catastrófica y que me obliga de nuevo a esforzarme ahora para equilibrar los valores de azúcar, triglicéridos, colesterol, ferritina y demás zarandajas, y que ha provocado que el número de fármacos que debo ingerir a diario haya aumentado.


En definitiva, ¡qué mal he hecho las cosas!

Pero aquí estoy ahora, tratando de rectificar, ordenando mis prioridades y planificando un futuro que necesariamente pasa por aprender a llevar una vida normal (y esto incluye trabajar de nuevo) conviviendo con el dolor. Y ahora que el momento de abandonar este sedentarismo forzoso se acerca, me pesa el no haber aprovechado mejor el tiempo, especialmente en lo que a mi novela se refiere. Que yo sé que no, que la literatura no me va a dar de comer, pero la ilusión con la que me siento cada mañana frente a este ordenador y voy desarrollando la historia que quiero contar y perfilando el carácter de sus protagonistas es un sentimiento tan personal, tan poderoso, tan puro y tan adictivo que nunca antes había sentido algo semejante. Todos fantaseamos con lo que haríamos si nos tocase la lotería, ¿verdad? Yo, en este momento de mi vida, me dedicaría a escribir a tiempo completo.

También siento inquietud y un cierto desasosiego ante mi vuelta al mundo laboral, que me gustaría se produjese a finales de verano o principios de otoño a más tardar. ¿Conseguiré un trabajo? ¿Dónde iré a parar? ¿Me pasarán factura todos estos meses inactivo? ¿Seré capaz de soportar los picos de dolor sin que afecte a mi labor? Me atormentan en estos días estas preguntas que durante un tiempo he conseguido mantener silenciadas, pero que retornan ahora con mayor fuerza e insistencia a medida que se acerca el momento de que la prestación por desempleo me sea retirada.

Creo ser de esas personas que ven la botella siempre medio llena, que de los varapalos que la vida nos va dando son capaces a la larga de extraer lecciones y aprendizajes que serán útiles en el futuro. Cierto es que noto cómo esta postura frente a la vida se va debilitando paulatinamente con los años, que mi optimismo, aunque siempre presente, no es ya tan enérgico, pero en este momento pienso que de todo lo que me ha pasado, de lo que aún me está sucediendo, sin lugar a dudas, saldrá algo bueno.

Sé que esto también pasará y que todo lo que venga a partir de ahora será mejor que lo vivido durante este último año de mierda.







lunes, 1 de mayo de 2023

El mordisco del lobo - Segunda parte

En el preciso instante en que comienzo a escribir estas líneas son las cuatro de la madrugada del primero de mayo y el dolor me mantiene completamente desvelado. Me acabo de tomar una ampolla de Metamizol y he ajustado a potencia media la manta eléctrica con la esperanza de que las molestias remitan y consiga descansar al menos unas horas.

Me parece mentira que haya transcurrido ya casi un año desde que el médico de urgencias que me atendió aquella tarde me diagnosticase un herpes zóster y yo escuchase por primera vez el término "neuralgia postherpética", pero que este lobo continúe aún enganchado a mi costado y haga sentir a diario, en mayor o menor medida, su presencia, me resulta, por el contrario, muy real. 

Me parece también mentira que después de todo este tiempo yo aún no haya conseguido discernir qué provoca que en determinadas circunstancias este lobo que me tiene apresado apriete o afloje la mandíbula. 

De hecho, me encantaría que todo esto fuese una gran mentira y que no estuviese sucediendo realmente.


Siempre he pensado que el ser humano tiene una capacidad ilimitada para adaptarse a cualquier situación que el destino le depare, pero, aunque mi moral se encuentre a día de hoy más alta que cuando escribí por vez primera sobre mi enfermedad en este blog, debo admitir mi fracaso hasta la fecha tratando de acostumbrar a mi cuerpo y a mi mente a vivir de esta manera.

Mi hijo Marcos, que durante estos meses se ha erigido por sorpresa como uno de los pilares más firmes en los que apoyarme durante este trance, se expresó hace unos días en unos términos que, debo confesar, hicieron que mi ánimo se tambalease como no lo había hecho antes.

- Papá, ¿y tú estás seguro que esto que te pasa no comienza a ser ya un tema mental?


Me resisto a creerlo, pero al mismo tiempo me atemoriza pensar que primero la malhadada doctora de la Unidad del Dolor y ahora mi hijo estén en lo cierto y que sea realmente mi cabeza la que esté agigantando las sensaciones que mi sistema sensorial me transmite de forma clara. Me duele que Marcos llegue a creer que su padre no posee la fortaleza suficiente para superar este obstáculo. Que sea mi subconsciente el que esté prolongando innecesariamente lo que yo percibo como un cruel tormento cuando acometo ciertas actividades. Me hace sentir débil también no ser capaz de aceptar y cumplir con los preceptos del estoicismo que mi buen amigo Pablo propugna en las charlas que mantenemos alrededor del dolor en general y de mi neuralgia en particular. Me preocupa no lograr retomar mi vida y al mismo tiempo me intimida el momento de hacerlo, ya que me obligo a alejarme del pozo de desesperanza en el que corro el riesgo de despeñarme y me fuerzo a mí mismo a pensar que ese momento, tarde o temprano, acabará llegando.

He mejorado mucho, sí. Ya no soy ese ser encogido que frente al dolor se dejaba caer en la cama y permanecía allí dos horas mirando al techo y lamentándose de su suerte. Pero la recuperación está siendo exasperantemente lenta y aún hay ocasiones, como en esta madrugada festiva en que escucho a lo lejos el jolgorio de la macrodiscoteca del Parque Liana y la escandalera de la gente que regresa de las casetas o del Recinto Ferial con dos copas de más, en que el lobo clava de nuevo sus colmillos con ímpetu desmesurado y me recuerda que todavía no he conseguido escaparme, que el esfuerzo mental que a diario realizo debe ir más encaminado, me guste o no, a asumir como crónica esta neuropatía que a plantearme cualquier otra alternativa más optimista.

No me siento deprimido, sino más bien desconcertado y lleno de interrogantes sobre un futuro que todavía no puedo controlar, pero que mi entorno parece exigirme que empiece a controlar, cansados como deben sentirse también ellos de verme vivir de esta manera.

Mi compromiso con quienes me quieren y sobre todo conmigo mismo es firme e innegociable. Sigo peleando a pecho descubierto para abandonar dignamente esta casilla de castigo en la que he ido a parar durante la partida, que nadie tenga dudas al respecto. Pero sigue habiendo momentos como este en que el sufrimiento físico toma los mandos y yo no puedo hacer nada más que intentar ahuyentarlo poniendo en negro sobre blanco, mientras aprieto los dientes, mis sentimientos y sensaciones.


Sigo acostándome y levantándome con dolor, eso apenas ha cambiado. Sí ha variado, sin embargo, lo que entre ambas acciones sucede. Hay ratos (todavía demasiado pocos) en que me muevo y actúo como cualquier persona completamente sana. La mayor parte de la mañana esto es tan sólo una incómoda molestia. Pero cuando se acerca la hora de comer, también el lobo parece querer alimentarse y aprieta ligeramente las fauces. Después de comer, ambos nos dormimos la siesta: yo, a causa de la medicación y de noches demasiado cortas; él, saciado tras los pequeños bocados que me ha pegado como aperitivo o para cobrarse las dos o tres horas que se ha ausentado para dejarme trabajar frente al ordenador en mi novela. 

Las tardes suelen ser peores y se muestra más inquieto. Aún no lo he conseguido amaestrar lo suficiente, aunque suelo sacarnos a pasear un rato porque mientras caminamos parece desentenderse un poco de mí.

He descubierto ciertas cosas que tengo la certeza de que no le gustan porque me lo hace saber con lacerantes dentelladas: ver la tele sentado en el sofá, por ejemplo, no me queda más remedio que tumbarme si quiero entretenerme con una serie o una película; entrar en un coche, ya sea para conducirlo o para dejarme llevar, algo que le vuelve sumamente irritable; permanecer ocioso en una terraza con amigos tomando unas cervezas o sentado en la grada viendo jugar a mis hijos al baloncesto, ratos en que me exige que me levante de vez en cuando para estirar el lomo; las alteraciones meteorológicas como las de este pasado sábado en Móstoles, frente a las que no hay nada que yo pueda hacer; doblarme sobre mí mismo para ponerme los calcetines o los zapatos, acción que realizo soportando su mordisco mientras emito bufidos provocados por el esfuerzo; que mi cuerpo cometa la imprudencia de estornudar, algo que le enrabieta y provoca.

Esa es mi vida ahora. El dolor ya no es constante ni por lo general tan intenso, pero sigue ahí y todos los días hace acto de presencia. Aún no me permite vivir una vida normal, pero intento que lo parezca. Y de vez en cuando me procura noches tan lamentables como esta.

Las cinco menos cuarto de la madrugada y parece que el Metamizol, la manta eléctrica y la escritura sincera de estas líneas van surtiendo efecto: una tenue somnolencia va apoderándose de mí, los párpados me pesan y el lobo parece por fin aflojar su presa. Hora de cerrar esta entrada que tal vez publique mañana o quizá nunca vea la luz, quién sabe.

Cantaban en 1996 Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Víctor Manuel y Ana Belén que "hoy puede ser un gran día", aunque confesaré como despedida que yo, por el momento, me conformo únicamente con que el día de hoy sea simplemente mejor que el de ayer.






domingo, 9 de abril de 2023

La Unidad del Dolor - Segunda parte

Durante esta semana y media que ha transcurrido desde mi decepcionante visita a la Unidad del Dolor he recapacitado mucho sobre lo que allí se habló, tratando sobre todo de separar el trigo, que fue escaso, de la paja, que fue mucho más abundante. También sobre las razones que provocaron que la doctora y yo chocásemos de la manera que lo hicimos. Sigo pensando que su comportamiento fue muy poco apropiado, pero también debo admitir que yo no supe encajar las cosas que me dijo, especialmente por las maneras que empleó para ello.

Sé que hubo una frase en aquella conversación que se volvió en mi contra, dado que la doctora, al escucharla, consideró que explicaba todo lo que a mí me ocurre:

- No salgo de mi cueva.



Entre lo ofendida que se había sentido -tal y como ella misma expresó- porque yo quisiese conocer la opinión de un neurólogo y esa frase condenatoria, emitió su veredicto sin preguntar nada más: te estás aislando, tu inconsciente lo está exagerando, te estás dejando envolver por el dolor, bla, bla, bla. Paparruchas, señora. Que a mí me ha gustado encerrarme en mi cueva desde que tengo uso de razón. Que soy más casero que las cortinas del salón. Que me fascina esa soledad y ese silencio en el que uno puede relajarse escribiendo, leyendo o escuchando música. Que ese no es el problema. Que hablamos idiomas distintos. Pero, al fin y al cabo, ella es la experta y yo un simple paciente, así que he hecho un esfuerzo para traducir a mi lengua lo que ella pretendía decirme y ponerlo en práctica.

A la conclusión que estas reflexiones me han llevado es que mi mentalidad sobre cómo afrontar mi dolencia llegados a este punto debe cambiar, ya me queden por padecerla dos semanas, dos meses, dos años más o si se queda conmigo hasta el final, cosa que desgraciadamente ni la medicina moderna ni la alternativa pueden prever hoy en día. Renuncio a convertirme en un pobrecitodemí de esos a los que hice referencia hace un par de artículos. Ninguna persona de las que me quieren se merecen que les obligue a soportar esa versión de mí.

Estoy seguro de que más de una vez habéis visto a un insecto flotando en el agua. Tal vez una avispa que ha caído en la piscina o una mosca que ha ido a parar al inodoro. De hecho estoy convencido de que algunas veces habréis sido vosotros quienes habéis empujado a los pobres bichos a esa situación. Yo lo he hecho. No está penado por ley, así que tranquilos los que hayáis levantado la mano. ¿Os habéis fijado en cómo resisten en el agua? ¿Cómo intentan seguir aleteando y se remueven para acercarse al borde y, una vez han secado sus alas, salir volando de allí?



Esta imagen del insecto chapoteando en el agua se me ha clavado en la cabeza y ya no sale de ahí. Obviamente, el agua simboliza el dolor y el insecto soy yo. Con mis antenitas y toda la parafernalia. Y aunque nunca he pensado en renunciar a nada, puedo intentar convencerme de que durante estos dos últimos meses podía haber hecho más, o al menos algo diferente. Por eso estoy incrementando mis esfuerzos para poder escapar de este agujero de mierda en el que llevo sumergido casi un año, secarme al sol y salir volando en cuanto pueda.

Tengo la firme convicción de que en lo mío no hay ni una pizca de invención o exageración, pero estoy empezando a actuar como si mi cabeza me estuviese engañando con crueles ardides, tal y como interpreto el sentido de las palabras de la doctora, y realmente no sea para tanto. Intuyo, porque nadie mejor que uno mismo conoce su propio cuerpo, que la tarea no va a ser fácil, que habrá momentos duros, pero ahora, por poner un ejemplo, si el dolor aprieta, ya no me tumbo en la cama con la manta eléctrica hasta que se desvanece. Ahora hago lo opuesto: me calzo las deportivas como buenamente puedo y me voy a caminar quince o veinte minutos. Con resultados dispares hasta la fecha: unos días, para mi asombro, el dolor se ha mitigado durante el paseo, y otros ha permanecido o incluso ha empeorado. Pero seguiré por esa senda y emplearé todos los medios a mi alcance, incluso los más sucios, para conseguirlo. Y la Unidad del Dolor puede ser una herramienta que yo pueda usar en el proceso. Si la sé utilizar adecuadamente y se deja, claro.


En la metáfora del insecto atrapado en el agua, la Unidad del Dolor es una ramita insignificante que se ha desprendido de ese árbol que presta su sombra a aquella esquina de la piscina, que ha caído al agua y que está flotando cerca de mí. He llegado a la conclusión de que no puedo esperar que sea ella quien me saque del charco en el que estoy metido. No sólo es insignificante, sino que además, por sí misma, no es más que un palo. Sirve para poco más que para apoyarse en él. Y no siempre. Pero creo que puedo utilizarla, que puedo obligarla a que sirva para algo más que para flotar ahí, inútil.

Dejando a un lado las metáforas del bichito intentando salir del agua y a mi ególatra y antipática doctora, creo haber entendido cuáles son los dos principales obstáculos que mentalmente me han llegado a obsesionar estos meses y que ahora debo intentar superar para seguir avanzando. Dos preguntas que no he dejado de hacerme desde el primer día y que debo sacar de mi cabeza.

¿Hasta cuándo durará este dolor?

Cuando noto mejoría, ¿es porque me estoy curando? ¿Es porque el tiempo ha mejorado? ¿Es porque los medicamentos alivian el dolor? O, como yo supongo, ¿es por la suma de todo lo anterior?

La conclusión a la que he llegado es que nadie puede responderme a esas cuestiones y, por lo tanto, seguir haciéndomelas es perder el tiempo. 

En definitiva, lo que mi querida y sabia esposa lleva diciéndome desde el primer día.

Así que, bichito, a ver de qué manera puede serte útil la ramita y a poner todo el empeño en llegar a la orilla cuanto antes. 

Que ya va siendo hora.













martes, 28 de marzo de 2023

La Unidad del Dolor

Ante mi petición de ser derivado a un neurólogo y de que me fuese facilitado un informe clínico en el que quedase constancia del tiempo que llevo padeciendo esta neuralgia, la medicación que se me ha ido administrando y los efectos que dichos fármacos han tenido en mi organismo, la doctora de la Unidad del Dolor que lleva mi caso se negó inicialmente a ambos requerimientos y me citó para una nueva evaluación que hemos llevado hoy a cabo.

Hemos discutido. O mejor dicho, ella se ha sentido ofendida porque yo haya insistido en que un neurólogo me valore y yo la he acusado de que hablamos lenguajes distintos. Aunque la conversación se ha terminado reconduciendo hacia unos cauces más amigables por el esfuerzo que ambos hemos hecho por frenar nuestros respectivos enojos, yo he salido bastante mosqueado de su consulta y apostaría a que ella se ha quedado jurando en arameo.

Que me estoy dejando envolver por el dolor, que me estoy aislando con la excusa de que me duele más de lo que realmente me duele al realizar actividades cotidianas y que estoy maximizando inconscientemente la magnitud de mi dolencia. Que le sigue chirriando enormemente que el dolor se expanda hacia la zona lumbar, a pesar de que ya me sometió a una resonancia en la que se comprobó claramente que no existe ninguna otra causa para que eso ocurra. Y que le preocupa el estado psicológico al que ese comportamiento me puede llevar. Vamos, que no es que te lo estés inventando, eh, pero... ahí lo ha dejado. Ese es su razonamiento.




Para colmo, Nuria, que ha estado presente sólo en la segunda parte de la consulta, justo cuando la doctora empezaba a rebajar el tono de su discurso y yo elevaba el mío, un tanto indignado por cómo había reaccionado ante mi interés por recabar la opinión del especialista que entiendo puede tener un mayor conocimiento de lo que me pasa, por la falta de empatía que la doctora había mostrado ante mi preocupación, no por el dolor, sino por la situación en la que me puedo encontrar cuando en unos meses termine mi prestación por desempleo y por la sensación de cosificación del paciente que me ha transmitido, por todos esos motivos que han hecho que deje por un momento de ser el tío diplomático que acostumbro a ser, como decía, Nuria se ha aliado con la representante de su gremio y me ha reprochado mi tono y mis modales cuando, fuera de la consulta, la he preguntado qué opinaba. También es mala suerte que ella haya llegado cuando la doctora se ha transformado en la víctima y yo en el malo de la película.

Pero es muy posible que tenga razón, que no fuese yo mismo cuando he decidido expresarme de forma clara y llana. Que tampoco he gritado ni nada por el estilo, no os vayáis a pensar, simplemente me he puesto serio para que quedase constancia de que no soy un conejillo de Indias y que como paciente tengo mis derechos.

Gracias a la Unidad del Dolor estoy bastante mejor de lo que estaba hace unos meses, aunque eso suponga estar empastillado todo el día. No les quito mérito y tienen mi más sincero agradecimiento. Y por supuesto que reflexionaré sobre ese aislamiento al que afirma que me estoy sometiendo y a esa exageración inconsciente de mis dolores por la que asegura que me estoy dejando llevar. Intentaré también hacer una vida normal como ella cree que debería estar haciendo, a pesar de que la he explicado con pelos y señales cómo me afecta, por ejemplo, asistir a una actividad tan gratificante para mí como es ir a ver jugar a mis hijos al baloncesto. Le pediré que me solicite una cita con la psicóloga de la Unidad porque es obvio, según ella, que he entrado en un bucle muy perjudicial para mí y que reclamar que un neurólogo me valore no se corresponde con la actitud que debería mostrar tras diez meses con esta mierda a cuestas. Estoy incluso por calzarme ahora mismo las zapatillas de deporte e irme a caminar los diez o doce kilómetros que solía recorrer antes de que esta pesadilla comenzase, aunque luego tengan que recogerme con una pala. Y por supuesto, empezaré inmediatamente a asumir que nadie me va a conceder una incapacidad por una neuropatía como la mía, tal y como amablemente me ha hecho saber.


Pero bueno, de todo esto extraigo tres claras conclusiones:

La primera es que posiblemente me negaré a cualquier otro experimento farmacológico o de cualquier otro tipo que pretendan realizar conmigo. ¿Para qué, si a fin de cuentas, en su opinión profesional, estoy exagerando, aunque sea de manera inconsciente? Que se compren una cobaya.

La segunda es que, por desgracia, mis últimas experiencias con la Sanidad Pública han sido para tirarlas a la basura, cerrar la bolsa y meterlas en la primera trituradora que encuentre en mi camino. Y mira que me da rabia admitir esto porque, además de estar casado con una persona que se dedican a ello, soy un defensor a ultranza de este tipo de atención médica.

Y la tercera es que no me gustaría estar en el lado de la mesa que ocupan los médicos, pero sé que a algunos de ellos les vendría de perlas pasar una semanita en el lado que ocupamos los pacientes, con nuestras dolencias y preocupaciones.






lunes, 13 de marzo de 2023

Yo confieso

Desde que puse en marcha este blog hace cinco meses como un intento de evadirme del pozo en el que la neuralgia postherpética me estaba hundiendo, pocas cosas han cambiado en cuanto a mi estado de salud, pero sin embargo han sido otras muchas las que han variado en cuanto a mi manera de contemplar la vida, a los que me rodean y sobre todo a mí mismo.

Cuando creé Sin agenda ni calendario lo hice por darme el gusto de escribir. Sí, es lo que he argumentado desde el primer día, pero comprendo ahora que la verdad, que no admitía ni siquiera ante mí mismo, era que necesitaba darle un sentido a la inactividad a la que mis problemas de salud me obligaban. Vivía, allá por el mes de septiembre, prisionero de un dolor físico que no era capaz de dominar y que me empujaba irremisiblemente hacia una depresión que me negaba a admitir. La ansiedad por no saber qué sería de mí en el futuro y la preocupación por convertirme en un lastre para mi familia me tenía paralizado, incapaz de tomar ningún tipo de decisión, muy confuso sobre mi nuevo lugar en el mundo. Ahora me doy cuenta de que anímica y psicológicamente estaba mucho peor de lo que era capaz de reconocer, aunque fui lo suficientemente hábil frente a la psicóloga de la Unidad del Dolor como para hacerla creer también a ella que lo tenía todo bajo control. Me pesaba además percibir que a mucha gente que había sido importante para mí, el problema que yo padecía no era más que algo que cotillear con sus parejas en la cena antes de ponerse a hablar de otros asuntos. Confieso ahora que no estaba nada bien.



Este blog, que tanto me ha ayudado a superar todos esos pensamientos negativos, ha resultado clave también para minimizar los efectos de los fármacos, que me provocan sueño, bajadas de ánimo que me he forzado a ocultar y en ocasiones un agotamiento extremo.

Pero lo cierto es que Sin agenda ni calendario lleva sobreviviendo desde hace un mes gracias a textos que escribí ya hace tiempo. Ya no es igual, las ideas ya no fluyen de la misma manera. Incluso he eliminado muchas entradas pendientes de publicar que han perdido su sentido a medida que mi perspectiva ha cambiado. Ahora mismo tengo pocos textos preparados para publicar y noto cómo a mi mente le cuesta alumbrar otros nuevos que me hagan sentir orgulloso de ellos y que merezcan compartirse.

No creo en cualquier caso que la vida de este blog se acerque a su fin. Por gratitud a lo que por mí ha hecho estos meses y porque siempre tendré algo que me apetezca compartir con los que lo habéis apoyado desde el principio y que me seguís enviando comentarios tras cada publicación, pero es posible que percibáis en las próximas semanas una disminución en la frecuencia de mis publicaciones.

Creo que nadie, y mucho menos yo mismo, podía vaticinar hace ya casi un año que mi enfermedad fuese a prolongarse durante tanto tiempo. Ni que a estas alturas la mejoría que siento sea tan poco satisfactoria. Tanto es así que, en lo referente a mi futuro laboral, he comenzado a considerar que no me compensa seguir angustiándome y estoy iniciando los trámites para solicitar una incapacidad, que no sé si me será concedida, y de la que ignoro las condiciones que la acompañarían en el caso de que me fuese aceptada. El tiempo y el INSS serán quienes nos den una respuesta.


Y hay algo más, que ya adelanté en un texto de hace un par de semanas titulado La novela que aún no escrito y que creo debe entenderse, al menos así lo hago yo, como un avance positivo en mi manera de encarar esta situación. Estoy escribiendo mucho y aún así me faltan horas para todo lo que se me está ocurriendo. Novela, relatos cortos, cuentos infantiles. Y estoy presentando, sin excesivas aspiraciones, mucho de lo que escribo a concursos literarios que sé que no ganaré, pero que se han convertido ahora en mi prioridad. 

Por todas estas razones, pido disculpas a quienes me seguís y disfrutáis de este espacio si os doy menos de lo que hasta ahora os he dado o si no os resulta tan atractivo como hasta ahora ha podido pareceros. Pero el cuerpo me pide ahora otros formatos, otras historias que aquí no me resulta tan sencillo desarrollar. 

Seguiré por aquí, pero quizá me veais menos. Confío, sin embargo, que cuando tenga algo que realmente me apetezca contaros, también vosotros sigáis ahí.

Un abrazo fuerte para todos.





viernes, 24 de febrero de 2023

La peor noche de mi vida

Recordaré la del pasado quince de enero, hace ya más de un mes, como la peor noche de mi vida. Creo que jamás me he sentido tan desvalido, tan desesperado y tan vulnerable como me vi a mí mismo durante aquellas largas horas.

- Se me hace raro que esta noche durmamos solos los dos en casa.

Eso fue lo que Marcos me dijo poco antes de acostarse. Nuria estaba de turno nocturno, algo a lo que ya estamos habituados, pero daba la casualidad de que Sergio se encontraba en Cerler, en un viaje organizado por el instituto para los que quisiesen aprender a esquiar. Supongo que Marcos verbalizó ese pensamiento, no sólo por tratarse de una situación atípica, sino también porque ninguno de los dos estábamos para tirar cohetes y quizá extrañaba a alguien que nos cuidase. Él andaba acatarrado, le costaba respirar bien, y sufría además dolores musculares como consecuencia de un partido duro que había disputado el día anterior. En mi caso, después de un mes en que la combinación de medicamentos recetados por la doctora parecían estar reduciendo los dolores que padezco, arrastraba nuevamente, desde hacía tres días, molestias más intensas. Nada había cambiado en mis rutinas durante esas semanas, por lo que únicamente puedo atribuir el empeoramiento al frío que durante los últimos días se había abalanzado sobre la capital.


El caso es que Marcos se fue a la cama y yo me quedé en el salón, tumbado cuan largo soy en el sofá, viendo la tele y escuchándole toser y dar vueltas y vueltas tratando de conciliar el sueño. Cuando por fin sentí que se había dormido, plegué yo también velas y me dirigí a mi cuarto para intentar descansar, propósito que se me antojaba improbable dado que me encontraba bastante incómodo. Ocurrió que, sin previo aviso, en medio del pasillo, me sobrevino un fuerte estornudo que provocó a su vez un latigazo de dolor en las terminaciones nerviosas de mi costado derecho, allí donde el herpes zoster campó a sus anchas hace ya casi nueve meses. Llegué a duras penas al dormitorio y me costó aún más tumbarme sobre la manta eléctrica confiando en que me proporcionase algo de alivio. Dado que el daño interno que me azota suele desaparecer paulatinamente a los diez o quince minutos de yacer en posición horizontal, no podía sospechar que aún quedaba lo peor.

Cuando noté que mi costado dejaba de latir dolorosamente y que mi respiración recuperaba su habitual cadencia, intenté dormirme sin cambiar de posición para no despertar de nuevo a la bestia. Tardé, pero caí finalmente en un sueño extraño en el que mi cabeza jugaba más sucio que nunca brindándome una ensoñación en la que mi enfermedad había sido producida por un veneno que alguien estaba mezclando con mis comidas. Desperté sobresaltado a las cuatro y media de la madrugada, empezando a sentir de nuevo la dentellada del lobo, pero su intensidad fue incrementándose hasta sobrepasar los niveles que hasta aquel momento había conocido. Nunca había soportado un dolor de tamaña magnitud. Me retorcía en la cama, incapaz de hacer nada más que contener el grito que desde tan terrible despertar ansiaba poder emitir.

Estuve así dos horas en las que unas tenazas candentes retorcían, encogían y estiraban mis fibras nerviosas, obligándome a descubrir nuevos límites a mi capacidad de sufrimiento. Lloré de dolor. También de rabia y frustración. Hasta las seis y media de la mañana, siguiendo las pautas de la doctora, no podía tomar nada que me ayudase a combatir aquella agonía que empezaba a afectar a mi capacidad de raciocinio. Cuando ingerí los 0,4 g/ml de Metamizol, lo hice como si llevase horas caminando por el desierto sin agua que llevarme a la boca, ajeno al amargo sabor del medicamento. Volví a la cama y pasados unos minutos el dolor desapareció tal y como había llegado: repentinamente y sin anunciarse. Estaba agotado y caí en un duermevela tranquilo, disfrutando del alivio de volver a ser un yo sin dolor, hasta que sonó el despertador de Marcos.


Permanecí en la cama hasta que le escuché salir de casa para ir al instituto. Durante ese tiempo intenté analizar de manera constructiva la precariedad de mi situación, no caer en la tristeza que me produce mi actual incapacidad, intentando encontrar una manera de ser productivo para la sociedad y sobre todo para mi familia. Recordé entonces, mientras valoraba mi estado, en que hubo, hace algo más de dos años, otra noche en que me sentí tan desamparado y asustado como me había sentido unas horas antes. Entonces hubo más miedo que dolor. Fue cuando creí que me estaba quedando ciego y acabé en urgencias, donde me diagnosticaron una queratitis que nunca supimos cómo se produjo y que me obligó a llamar a Nuria, que también aquel día estaba de turno nocturno, para que viniese a buscarme dado que yo era incapaz de abrir mis ojos debido a la quemazón que sentía, aún menos para bajar yo solo al hospital.

En estos últimos dos años me he convertido en un experto en dolor al haber padecido enfermedades y lesiones cuyo síntoma más evidente es precisamente ese: dolor. Queratitis, cólico nefrítico, prostatitis, herpes zóster, neuralgia postherpética... por ello sé que el dolor, enemigo poderoso, se transforma, por las noches y en la cama, en un monstruo de cinco cabezas capaz de acabar con la cordura de cualquiera.

Conmigo no lo conseguirá porque sé que esta maldita racha terminará algún día y dejará paso a días más luminosos en los que esto no será más que un amargo y prescindible recuerdo. 

Hasta entonces, seguiré escribiendo. Es mi manera de resistir.





miércoles, 9 de noviembre de 2022

El dolor que no ves

Desde que publiqué El mordisco del lobo en este blog, habéis sido muchos los que o bien me habéis escrito o bien me habéis llamado para preocuparos por mi estado de salud y para trasladarme vuestros ánimos. Lo primero que deseo hacer en esta entrada es agradeceros el tiempo empleado y el interés mostrado.

Se confirma mi teoría de que los cambios meteorológicos afectan a mi recuperación: si amenaza lluvia o hace frío, el dolor aumenta. También que mantener ciertas posturas durante un tiempo prolongado o actividades como, por ejemplo, conducir, incrementan por lo general esa sensación de mordisco de la que hablé en su día. No obstante, debo admitir que desde hace un par de semanas percibo una ligera mejoría. Hace unos días estuve en la Unidad del Dolor y han decidido hacerme una resonancia lumbar, ya que sospechan que, de haber pasado tanto tiempo encorvado a causa del dolor, se me ha podido generar una hernia lumbar o similar que hace que el dolor se incremente en determinadas circunstancias. Así que me toca esperar resultados para determinar si continuamos con el actual tratamiento o debemos modificarlo.

Una vez dadas las gracias y el parte médico, me gustaría rescatar y comentar algunas ideas que habéis compartido conmigo durante las conversaciones que hemos mantenido sobre el herpes zóster y la neuralgia postherpética que padezco.

Yo no sabía qué esto era así.

Yo tampoco. Había oído hablar por supuesto del Herpes Zóster, la famosa culebrilla, pero no tenía ni idea de que, aparte de los picores y molestias, consecuencia de las ampollas que, en mayor o menor medida, aparecen en la piel, puede también presentarse este dolor que no veo. Ya sé que ningún dolor se ve, pero mentalmente la perspectiva cambia cuando hay una herida o incluso una radiografía en la que visualizar lo que genera el dolor. Aquí no hay prueba médica que muestre el daño en las terminaciones nerviosas y su alcance. Sea como fuere, aquí os dejo algunos apuntes sobre esta enfermedad.

- Sólo puede afectar a aquellas personas que hayan pasado la varicela. El virus permanece latente en nuestros organismos y puede no volver a dar la cara nunca. O darla varias veces.

- Una de cada tres personas mayores de cincuenta años lo padecen en algún momento, afectando en mayor proporción a las mujeres.

- La mayoría de los que padecen el herpes zóster no sufren la neuralgia posterior, siendo en estos casos el tiempo medio de recuperación cinco días aplicando el tratamiento correspondiente.

- En el caso de la neuralgia postherpética, no hay un tratamiento definitivo, aunque la gabapentina es en muchos casos efectiva. Los analgésicos y los parches de lidocaína ayudan a aliviar el dolor. El tiempo medio de duración de la neuralgia es de tres meses, aunque en ocasiones desaparece antes, en otras se repite de manera intermitente y en los peores casos es de por vida.

- La franja de edad con mayores casos es a partir de los 75 años y de hecho este año la Comunidad de Madrid está ya vacunando a los mayores de ochenta como medida preventiva.

- El herpes zóster es contagioso, pero tan sólo mientras la erupción cutánea está activa. En mi caso desapareció a la semana de su aparición aproximadamente, para tranquilidad de los que habéis tenido contacto conmigo durante estos meses.

Pero, ¿tanto duele?

Sí, mucho. El cuadro inferior muestra, según un estudio de ABC Salud, que se trata de un nivel de dolor superior a la artritis, la artrosis o incluso el dolor del parto, dependiendo de si nos referimos al dolor crónico de la neuralgia o al dolor agudo del herpes.


Por hacer una broma fácil, si alguna mujer me dice ahora que no sé lo que es parir, le diré que ella no sabe lo que es el herpes zóster.

¿Has probado a...?

He tenido momentos de desesperación absoluta en que habría estado dispuesto a experimentar casi con cualquier cosa, pero admito en frío que soy muy suspicaz con ciertos remedios que algunos me habéis sugerido: acupuntura, ungūentos, marihuana, incluso rezos para ahuyentar al virus. Respeto estas opiniones y creencias, pero intuyo que el posible efecto que puedan tener será, en el mejor de los casos, el mismo que una ampolla de Metamizol, que es lo que por ahora me da cierto respiro.

No te desanimes

Durante estos casi seis meses mi estado anímico ha sufrido serias oscilaciones, aunque en mi cabeza siempre, desde el primer día, ha anidado la preocupación. Es muy distinto afrontar algo así cuando tienes un puesto de trabajo esperándote y sabes que tu enfermedad no repercute en la economía de tu casa, que hacerlo estando en el paro. Esto genera en ocasiones mucha ansiedad, algo que tampoco es bueno en mi situación, dado que precisamente es el estrés lo que ha provocado que me encuentre ahora así. Pero, ¿cómo evitarla? No me está resultando fácil.

Más allá de esa constante inquietud, al principio estaba enfadado conmigo mismo por haber permitido que el trabajo me sobrepasase hasta el punto de enfermar. ¿Cómo no me había dado cuenta de lo que tantas horas de trabajo y tantos días de forzar la máquina para llegar a los objetivos me estaban haciendo? No puedes tampoco evitar culpar a quienes te marcaban esos objetivos y no se percataban de los extremos a los que te estaban llevando. Creo que esto último es algo inevitable, aunque en el fondo uno sepa que la principal responsabilidad recae en uno mismo, no en los que te pagan para hacer ese trabajo. Esa fase la superé pronto, soy de esos que piensan que es más urgente buscar soluciones que culpables, así que no perdí demasiada energía en ello.

Tuve luego momentos de desesperación, de abrir los ojos cada mañana y echarme a llorar. No se me saltaban las lágrimas porque el dolor fuese intolerable, sino porque el dolor no se va, está ahí cuando te acuestas y continúa presente cuando abres los ojos. Puede llegar a ser muy deprimente.


He tenido también fases de venirme arriba, de sentirme mejor durante dos días seguidos e ilusionarme con la idea de que ya me estoy recuperando. Se viene todo abajo como un castillo de naipes al tercer día, cuando de repente tienes un pico de dolor que te recuerda que esto aún no ha terminado.

Ahora mismo creo que me encuentro en una fase de aceptación. La preocupación por cómo puede afectar esta incapacidad al futuro económico de tu familia está siempre ahí, como el dolor, pero creo que estoy consiguiendo minimizar sus efectos. Sigue habiendo mañanas en que, al despertar, el desánimo amenaza con tumbarme de nuevo, pero me levanto inmediatamente de la cama y me pongo a hacer algo, mejor ocuparse que preocuparse. Intento que esto no me supere. Puedo con ello. No me desanimo.

¡Qué buena idea lo del blog!

Sin duda la única buena que he tenido estos meses. He recuperado sensaciones que la rutina me hizo olvidar hace muchos años y es la mejor distracción que he podido encontrar. ¿Podéis creer que siento menos dolor cuando escribo? Y no sólo eso, sino que mi curiosidad sobre muchas cosas y personas que llevan pasando por delante de mis narices años se ha despertado. Mis padres me están acompañando en ese sentido, rescatando de su memoria anécdotas y recuerdos que me asombra no haber conocido antes o no haber prestado la debida atención cuando en su  momento los compartieron conmigo. 

Fijaros que no hay nada con lo que haya soñado más desde niño y que a la vez me parezca más difícil que escribir una novela. Pues le estoy dando muchas vueltas ahora. Sé que la tengo dentro, pero aún no encuentro el camino. Ojala las ideas encajen y me lance a ello. ¿Quién sabe? Me parece una cima demasiado escarpada para quien ha estado tanto tiempo sin escribir, pero todo es posible. Deseo cumplir ese sueño.

En fin, una vez más agradeceros a todos vuestro apoyo, vuestras llamadas, mensajes o simplemente por asomaros a esta ventana y comentar mis escritos.

P.S. Para quien desee más información sobre el herpes zóster aquí os dejo un enlace interesante.

https://www.virusherpeszoster.es/index.html

 

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