jueves, 30 de noviembre de 2023

Lo que la cancha nos da: entrenadores

Para los chavales que practican algún deporte, la figura del entrenador ha adquirido hoy en día un peso, en el modo en que les ayuda a adoptar su personal e intransferible manera de gobernarse en la vida, mayor que la del maestro y, en según qué circunstancias, mayor incluso que la del propio padre. La sombra de ambos ya no es tan alargada como lo era antaño. Durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, etapa que se va aproximando ya a su final y en la que el baloncesto ha estado siempre muy presente en cada esquina de nuestro hogar, la palabra de sus entrenadores ha sido desde el primer día sagrada para ellos, y a Nuria y a mí, dado que los mensajes transmitidos han sido generalmente los adecuados, no nos ha costado ningún esfuerzo reforzarlos, aunque a veces nos hemos podido sentir empequeñecidos por la influencia que sobre nuestros cachorros tienen y que ya nos gustaría a nosotros, en según qué ocasiones, ejercer. Si quieres inculcar en tu hijo algún valor o principio que para ti, como padre, te parece indispensable y tu hijo parece hacer oídos sordos a tus palabras, no te agobies y alíate con su entrenador, que sea él quien se lo trate de inculcar. No falla, funciona siempre. Como cuando se echan novia, vamos. Recaen, por lo tanto, sobre los hombros de estos trabajadores, que en la mayoría de los casos se dedican a esta labor más por afición y vocación que por un interés meramente económico, importantes obligaciones y responsabilidades que cada uno de ellos gestiona como mejor sabe o puede. Y a veces también como Dios les da a bien entender. Mi experiencia con los entrenadores de mis hijos en el baloncesto e incluso la que yo mismo viví en el ámbito del fútbol-sala me ha ayudado a identificar a los principales tipos de entrenador con que uno puede encontrarse, aunque cada persona es única y distinta y esta clasificación está sometida a infinitos matices. Pero lo que sí he creído vislumbrar es que cualquier entrenador de cantera de cualquier disciplina se columpia en un balancín en cuyos extremos se encuentran, por un lado, la formación y, por el otro, la competición. Entre medias, ancha es Castilla y hay un entrenador diferente en cada banquillo.


Empecemos por los primeros, por esos cuyo interés en el resultado que muestre el marcador al final del partido es nulo y dan prioridad absoluta a instruir a sus pupilos en los conceptos y recursos técnicos que les conviertan en el futuro en buenos jugadores. En ocasiones intentan ir más allá e inician también a los chavales en la adquisición de los valores apropiados para la práctica del deporte en cuestión e incluso para su deambular por la vida. Fomentan el compañerismo y la deportividad, emiten siempre mensajes positivos, corrigen de forma constructiva, no reprochan o critican, premian el esfuerzo por aprender frente a las habilidades innatas de cada cual. Creen en el proceso en su conjunto e interpretan que ellos son los responsables de una parte del mismo, ni más ni menos importante que el resto. Sienten pasión por el deporte que han elegido y les impulsa una fuerte vocación didáctica. Viven la disciplina en la que son especialistas con un cierto romanticismo, si se me permite la expresión. Suelen ser altamente empáticos con sus jugadores y dedican tiempo y mucha paciencia a conocerles a fondo. Sin lugar a dudas, este tipo de entrenadores son los idóneos para los niños que están empezando a practicar la disciplina seleccionada. Cualquier padre agradece la tranquilidad de poner a sus hijos de siete u ocho años en manos de profesionales con estas virtudes. Y en ese sentido, Sergio y Marcos fueron bendecidos en sus años de Benjamín con entrenadores de este corte, especialmente el pequeño, que disfrutó durante tres años con las enseñanzas de Javi y de Juanpe, dos de los mejores entrenadores de este perfil en Madrid. Aunque este es, en mi opinión, el prototipo de entrenador para los más pequeños, no quita para que nos hayamos encontrado en nuestro vagabundeo por las canchas de la Comunidad personajes de todo tipo de estilos y pelajes. Como aquel de Boadilla al que terminamos abucheando desde la grada por la manera en que trataba a sus críos, niños de no más de ocho o nueve años a los que se dirigía de manera tan despótica que no tengo dudas de que alguno de ellos terminó cambiando de deporte.

Pero llega un momento en que son los propios niños quienes demandan de sus entrenadores ir un paso más allá y es necesario modificar ligeramente el perfil de referencia. Los chavales siguen competiciones profesionales a través de las redes sociales y los medios, se emocionan con las rivalidades, comienzan a ser conscientes de sus capacidades y de sus límites, les empieza a picar la ambición por superarse a sí mismos y a los demás, se preguntan cómo llevar el balón en las mejores condiciones a un lugar determinado del campo y todas esas cosas que hasta ahora no les preocupaban en exceso. Aunque el sentimiento de equipo debe prevalecer siempre, la individualidad comienza a tomar forma. Son unos años, que transcurren más o menos entre el primer año de Alevín y el último de Junior, entre los once y los diecisiete años, en que por la experiencia que nosotros hemos tenido, conviene poner a los chicos en manos de entrenadores que, sin dejar de enseñarles y de potenciar sus habilidades técnicas, les introduzcan paulatinamente en la parte más táctica del deporte. En el caso del baloncesto, que sepan ejecutar bloqueos, pick & roll, balances defensivos organizados, presión, jugadas de banda y fondo, etc... Pero deben ser también profesionales con un perfil no tan asociado a la formación y sí más dirigido a la consecución de objetivos tangibles, tanto a nivel grupal como individual. Los chicos deben divertirse y es ideal que sus entrenadores formen parte de esa diversión, pero deben aprender a alcanzar sus metas, deben comenzar a sentir el deber y la responsabilidad que conlleva el trabajo en equipo, tienen que aprender a ganar, a desearlo incluso, y tienen también que aprender a perder, a gestionar la derrota de la manera correcta. Porque nadie crece si las cosas no cuestan. Ninguna victoria se saborea de la misma manera que cuando se consigue con resistencia. Toda derrota entraña a su vez un aprendizaje imprescindible para afrontar otras facetas del desarrollo. Es extraño encontrar en categorías Infantil y Cadete entrenadores formadores como esos de los que hablábamos al principio. Los sigue habiendo y eso en muchos aspectos es positivo, pero posiblemente ese grupo al que entrenan tendrán un déficit competitivo importante y esa carencia terminará generando frustración entre sus componentes. No sólo se trata ya de que el chico aprenda, por ejemplo, a desplazarse lateralmente al defender, sino que comprenda por qué debe hacerlo así, qué resultados se obtienen al realizar ese movimiento. La relación entrenador-jugador cambia también en esta etapa, no es ya tan amable como lo era antes, pero no debe ser en ningún caso una relación desequilibrada: el entrenador debe contar con el respeto total del jugador y cualquier amago de rebelión que pueda producirse debe ser abortado de manera inmediata, pero el entrenador debe estar a su vez abierto (y promover) el diálogo con y entre los jugadores. Y divertirse, todos deben divertirse. Eso es primordial.


Y llega ya el último tramo en la vida de un jugador amateur, que puede prolongarse tanto como las circunstancias del individuo y su pasión por el deporte le permitan. Tengo la suerte de haberme topado en las gradas con gente admirable que a sus cuarenta y diez siguen pasando los fines de semana en la cancha. Y es curioso, ya que son pocos los equipos de este tipo, los Over Fourty, que cuentan con entrenador. Y es que, a partir de los dieciocho años más o menos, la relación entre entrenador y jugador se transforma radicalmente. Los chicos llevan años aprendiendo y algunos pueden haber vivido incluso experiencias en el mundo del basket más intensas que sus propios entrenadores, lo que hace que su opinión y sus sugerencias deban ser acogidas con atención y entusiasmo, dado que por lo general repercuten positivamente en el equipo. Es más, algunos de esos jugadores se convierten a su vez en entrenadores de niños y el ciclo vuelve a empezar. El diálogo se vuelve más abierto y mucho más provechoso, se discuten las bondades de aplicar tal o cual estrategia y, aunque es el entrenador quien tiene la última palabra, todos participan en la toma de decisiones. El reparto de minutos ya no es tan conflictivo, dado que todos reman en la misma dirección, el colectivo vuelve a ser de nuevo, aún más si cabe, lo principal. El jugador es más capaz ahora de ponerse en el lugar del maestro y el entrenador pasa a ser uno más, tal es así que poco a poco su papel tiende a diluirse - hablamos de deporte amateur - y llega un momento en que sus funciones se difuminan y terminan siendo asumidas por los propios jugadores. Obviamente, aquellos que dirigen equipos adultos deben adoptar un perfil, digamos, de hermano mayor. Debem disfrutar con su trabajo a un nivel diferente, deben encontrar en el acompañamiento y el asesoramiento una satisfacción personal. Deben tener tantas ganas de aprender como de enseñar, ya que tendrán entre sus manos chavales a los que transmitir conocimientos, pero también a otros que les pueden permitir seguir aprendiendo. Y deben ser capaces también, y gozar en ese proceso, de salir a tomarse unas cervezas con sus pupilos de igual a igual.

Más que una tipología estándar de entrenadores, muy difícil de elaborar, al final mi exposición hace referencia a las cualidades que, a mi parecer, debe tener cada uno de ellos en función de las edades de sus jugadores, pero es obvio que en la forma de comportarse y en la manera de trabajar de quienes dirigen equipos confluyen muchos otros factores que no podemos despreciar: la motivación de sus enseñanzas, las presiones a las que pueden estar sometidos por la dirección de los clubes en los que militan, la relación que se construya con el entorno de los jugadores, la antigüedad acumulada en esas tareas, la preparación previa del grupo, etc... La principal virtud que en mi opinión debe tener un entrenador, sea cual sea la categoría en la que desempeñe sus funciones, es la de ser capaz de detectar de manera correcta, en el momento de hacerse cargo de un grupo, el punto en que se encuentran esos jugadores a título individual y colectivo para determinar el perfil que debe adoptarse. No es lo mismo entrenar a un equipo local que a un federado; ni tampoco hacerlo en un club de barrio que en uno con títulos e historia. No tiene las mismas necesidades un grupo que en la etapa previa haya superado las expectativas puestas en esas edades y haya ganado un campeonato, que hacerlo con un grupo en el que la mitad de la plantilla sean nuevas incorporaciones y que para dos o tres sea además su primera vez. La experiencia y la habilidad del profesional para determinar con dos o tres entrenamientos cómo debe posicionarse frente al grupo es, en mi opinión, la cualidad más valorable en cualquier entrenador en cualquier disciplina deportiva. 

Eso y que no olvide que, aunque competir debe figurar en su hoja de ruta, esto no es más que un juego. Y en los juegos el principal objetivo es pasarlo bien.




lunes, 27 de noviembre de 2023

Las cuatro patas del banco - Primera parte

Casi centenar y medio de entradas publicadas ya en este blog y aunque alguna he dedicado a mi infancia, en ninguna he hablado demasiado sobre mis hermanos. Y no será por falta de anécdotas con ellos ni porque sus historias personales no lo merezcan. De las primeras, mi memoria conserva decenas, aunque debo admitir que son muchas aquellas en las que, ahora, con una perspectiva diferente, debo admitir que yo no me comporté como el hermano mayor que suponía que debía ser; y en cuanto a las segundas, a la manera en que cada uno de ellos se han gobernado en sus vidas, son admirables. Y lo digo con el corazón en la mano, sin hipérboles ni sentimentalismos baratos. Todos ellos eligieron encaminar sus pasos por sendas que a mí se me antojaban entonces agrestes y llenas de obstáculos, pero hoy admiro la valentía de la que los tres tuvieron que echar mano y me siento francamente orgulloso del lugar al que sus pasos les han terminado dirigiendo.


A mi hermana Elena, la segunda de la camada, una niña callada y cariñosa, la vida comenzó a golpearla cuando ella aún no tenía herramientas suficientes para defenderse. No éramos más que niños y yo, que debía haber cuidado de ella, también contribuí a que se viese pronto abrumada por sus complejos e inseguridades. Aunque la adoraba, ejercía sobre ella la autoridad que se le supone al primogénito con un cierto sadismo. Me avergüenza hoy reconocer que hubo un tiempo en que me provocaba un insano placer burlarme de ella. "Vaca marina", me dio por llamarla cuando me hacía enfadar o me llevaba la contraria. O la asustaba apareciendo de repente frente a ella imitando a un perro, animales por los que desde muy pequeña sintió pavor. Nuestros hermanos pequeños seguían muchas veces mi ejemplo, para enfado de nuestros padres. Intentar contar las veces que la hicimos llorar me hace sentir que, por muy niño que yo fuera entonces, mi comportamiento fue aberrante y cruel. Pero ojala ese hubiera sido el único problema al que tuvo que enfrentarse. No fue así. Había por detrás algo mucho más sucio y traumático, algo que mis padres tardaron en descubrir.

El concepto de "acoso escolar" no existía entonces. O no se gestionaba de la misma forma que en estos días. "Cosas de críos", argumentaban los adultos antes de seguir con aquello que estuvieran haciendo y no volver a pensar en ello. Los profesores de entonces podían llegar a ser personajes tiránicos a los que nadie supervisaba y que vivían protegidos por un sistema que justificaba todas sus acciones, fueran estas cuales fueran. Se veían como algo normal los castigos físicos en el aula. Nadie ponía en duda los métodos empleados, ni siquiera los padres se atrevían muchas veces a enfrentarse a la figura del maestro, tan sagrada como lo eran las del alcalde o el cura. Su palabra era ley. A mi hermana le tocó la peor de las brujas escolares, una profesora que día tras día la ridiculizaba delante del resto de estudiantes de las más atroces maneras. Y mi hermana Elena sufría aquel maltrato en silencio, sin contar nada en casa, ocultándose cada vez más dentro de sí misma. Cuando nuestros padres supieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron con valentía e indignación. Muchos otros le habrían restado importancia e incluso habrían culpado a mi hermana de lo que estaba sucediendo. En ese sentido y para aquellos alumnos que se vieron abocados a esa coyuntura y para los padres que intentaban oponerse a esas actitudes eran tiempos muy duros. Sacaron a mi hermana de ese colegio y la matricularon en otro. Pero el daño estaba ya hecho. Elena nunca llegó a ser quien podía haber sido, aunque terminaría floreciendo de aquella terrible época una versión maravillosa de sí misma. 


Como todos los recuerdos que rescato de un pasado que cada vez veo alejarse más por el retrovisor, no sé si es un recuerdo inventado o si fue real, pero cuando rememoro aquellos tiempos, tal vez cuando yo contaba doce años y ella rondaba los diez, la veo sentada en una consulta médica con cables conectados a la cabeza y se me cae el alma a los pies. Porque ante síntomas claros de bullying, la ciencia entonces buscaba las causas en el interior del individuo y nunca en su entorno. Como digo, no había una conciencia social a la que reclamar cuando ocurrían estas cosas. Creo que encontró consuelo en el entorno de la parroquia, a la que mis padres estaban muy vinculados. Sospecho que fue allí donde ella comenzó a reconstruirse. Donde empezó a ser tratada como una más y no como alguien a quien habían hecho sentir que era menos que el resto. Aquel fue el primer asidero que encontró para no hundirse en el pozo. El segundo, siempre apoyada por mis padres y en menor medida por nosotros, sus hermanos, lo encontró en el lugar menos esperado y gracias a una excursión programada por el instituto en el que cursaba Auxiliar de Enfermería. Visitaron una de las casas que la ONG Basida tenía para la rehabilitación de toda clase de pacientes sin recursos, aunque originariamente trabajaban con enfermos de VIH. Allí encontró su lugar en el mundo, ayudando a rehabilitarse a aquellos que todavía podían hacerlo y acompañando hasta el último suspiro a aquellos para los que ya no existía solución. Al principio iba solo algún fin de semana. Luego sus períodos allí como voluntaria se fueron haciendo cada vez más largos hasta que un día no regresó a casa. Se convirtió en voluntaria residente en aquella Comunidad, sin sueldo ni cotización, algo que a mí me llevó años entender y aceptar, y combatiendo cada día la enfermedad y la muerte que rondaba a los enfermos sin recursos que allí acogían. Obtenían algunas pequeñas victorias que justificaban su decisión y me hicieron comprender mejor las motivaciones que habían impelido a mi hermana a enclaustrarse allí, lejos de la ciudad, de las vidas más o menos normales que íbamos construyendo la mayoría.

Hablamos cuando podemos, ya que su vida está consagrada a esa misión en la que decidió sumergirse y nos vemos de Pascuas a Ramos. Vive consagrada a ayudar a los demás, pasando temporadas en las distintas casas que la ONG dirige, aunque intenta encontrar siempre tiempo para sus hermanos, sus sobrinos y, sobre todo, para nuestros padres. Esa labor que ella lleva a cabo a base de desvelos, sacrificios y renuncias, esa labor que muy pocos asumen y que es tan necesaria en nuestra sociedad, la ha convertido en un ser especial, con una sensibilidad única. Una tarea la suya que yo sé que no sería capaz de afrontar y que me llena de admiración, aunque quizá no se la demuestre tal y como realmente la siento.

La historia de mi hermana es un relato de superación y de constancia, la de alguien a la que empujaron por un terraplén, se levantó, se limpió de polvo la ropa, miró a su alrededor y decidió que el camino que deseaba seguir era el de la solidaridad y el amor. Que, en la medida de lo posible, aquellos a quienes la vida también derriba y no encuentran la manera de levantarse por sí solos, tengan siempre cerca una mano amiga que les ayude a levantarse y les acompañe hasta que encuentren su propio destino. 



jueves, 23 de noviembre de 2023

Marineros de papel

Haciendo el otro día limpieza en el cajón de mi mesilla de noche, me topé, en una esquina del mismo, completamente oculta tras una multitud de cachivaches y papeles de las más variadas especies, mi Cruz Blanca del Mérito Naval. Sin pensar demasiado en ello, como un bulto más que forma ya parte del paisaje que uno espera encontrar al acometer este tipo de tareas, la añadí al montón en el que iba apilando aquellos objetos que quería conservar y, una vez que me desprendí de todo lo obsoleto o innecesario, volví a colocarla una vez más en el mismo espacio olvidado del cajón. Fue todo absolutamente mecánico. Ha sido hace un rato, conduciendo por el Ensanche de Alcorcón, las calles desiertas a las once de la noche de un día laborable, de camino al entrenamiento de Sergio, cuando me ha venido a la cabeza ese suceso de apariencia tan trivial y he comenzado a recordar todo el proceso que me llevó a hacerme merecedor de tal distinción.

El servicio militar forzoso fue, en mi caso, una experiencia de la que intenté escabullirme durante tanto tiempo como me fue posible a base de prórrogas por estudios, confiando, como tantos otros jóvenes españoles de mi generación, en que la profesionalización de nuestro Ejército se produciría antes de que no fuese posible demorar por más tiempo el cumplimiento de nuestro deber con la patria. No ocurrió como yo deseaba y, una vez obtenida mi Licenciatura en Ciencias de la Información, tuve finalmente que atender de manera ineludible los requerimientos de mi país en la que sería la penúltima promoción de jóvenes obligados legalmente a pausar su vida personal y profesional para adquirir una serie de habilidades que, según las previsiones que se manejaban entonces, no tendríamos ocasión de emplear en nuestra posterior existencia civil. Es bastante curioso, sin embargo, que cuando alguien me pregunta hoy por aquella etapa de mi vida, la valore como una experiencia claramente positiva y que agradezca haber tenido.


Que en el sorteo me correspondiese como cuerpo de destino la Marina y que el período de instrucción se realizase en El Ferrol supuso para mí, para mi familia y para Nuria un varapalo considerable. No iba a ser más que un mes, pero en esos momentos de la vida en que todo parece más definitivo e inminente de lo que realmente es, la noticia cayó sobre mí como un balde de agua fría. Pero, a pesar de la distancia, de los madrugones a toque del "quinto, levanta" amplificado a través de la megafonía del barracón, de las largas horas desfilando con el Cetme sobre el antebrazo por el patio del cuartel, de los días lluviosos y grises de aquellas latitudes, de los pequeños insectos que a veces encontrabas en la ensalada y de otra decena de inconvenientes variopintos, conservo buenos recuerdos de aquellas semanas. Como también, aunque la comunicación con ellos se cortó poco tiempo después de regresar cada uno a nuestras respectivas provincias tras el período de instrucción, guardo algunas anécdotas simpáticas de los compañeros de entonces: Luarca, al que llamábamos así por ser esa su localidad de procedencia, un tío campechano y bienintencionado que siempre tenía una palabra amable para cualquiera que le dirigiese la palabra, pero que se enardecía casi hasta el ictus cerebral ante la falta de higiene en las duchas; Iván, de Aravaca, al que llamábamos Moro por sus rasgos arábigos, un tío hiperactivo procedente de una familia consagrada históricamente al servicio a la Marina y que conducía como si estuviera en el rodaje de Fast and Furious (en cuatro horas me bajó el muy kamikaze desde El Ferrol hasta la capital el único fin de semana libre que me atreví a ponerme en sus manos); o Vicente, que realmente se llamaba Braulio, pero al que apodábamos así por pasarse el día recordando en voz alta las virtudes de su tierra de origen, San Vicente de la Barquera. Igual que yo me acuerdo de ellos, estoy seguro de que ellos recuerdan a Hommer, tal y como me comenzaron a llamar allí por el parecido físico que me encontraban con el famoso personaje de dibujos animados, y la verdad es que, viendo el vídeo de la Jura de Bandera, debo admitir que mi calvicie incipiente y la barriga cervecera que lucía por aquel entonces justificaban sobradamente la exactitud del mote. Y a poco que rebobinen, recordarán también lo poco que tardó el sargento de la instrucción en eximirme de las prácticas de tiro a la vista de mi lamentable destreza en tales artes, que no supuso riesgo físico para nadie, todo hay que decirlo, pero que dejó unos cuantos proyectiles incrustados en los troncos de los árboles que se encontraban situados tras las dianas con la que practicábamos.

Tuvimos Iván y yo la fortuna de ser destinados al mismo cuartel al regresar a Madrid: el Parque de Automóviles de Manuel Becerra. Para él, que amaba conducir y era además adicto al riesgo, aquel lugar se le antojaba un patio de recreo inimitable. Hacer de chófer para los altos mandos del Cuerpo de la Marina por las calles de Madrid, con la amenaza de la organización terrorista ETA aún presente en todo el país y sobre la que los militares de carrera nos alertaban a diario, se aproximaba mucho a su paradigma de empleo ideal. En mi caso, nunca he sentido afición alguna por la velocidad o por el motor y, desde luego, me parece más emocionante sentarme a leer un buen libro que tirarme en paracaídas o hacer puenting. Así de aburrido soy. De esa manera llegábamos los dos a nuestro destino: él, con la certeza de que iba a disfrutar cual pulga en pelaje de San Bernardo, y yo, ansioso porque aquellos meses pasaran lo más rápido posible y sin incidentes. Se nos concedieron a los dos nuestros deseos sin que llegáramos a verbalizarlos frente a los altos mandos que dirigían aquel servicio de chóferes no remunerados. A los pocos días de estar allí y familiarizarnos con los catres, las guardias nocturnas y la dinámica general del cuartel, a él le fue asignado un Almirante que pasaba más tiempo entre Ministerios que en el Parque que dirigía y a mí me promocionaron a Cabo de reemplazo con funciones meramente administrativas, sin obligación alguna de sentarme tras un volante. Una alegría para él y un inmenso alivio para mí.


Y así transcurrieron aquellos días en que la mayoría de las tardes podía regresar a Móstoles para pasar tiempo con Nuria y dormir en mi casa. Y las que no, cuando tocaba guardia, pasábamos la tarde jugando al ping-pong como si nos fuera la vida en cada partida, revisando los bajos de cada coche que accedía al Parque por si en ellos se ocultaba alguna bomba, cuadrados marcialmente frente a la bandera española al anochecer y al amanecer, como mandaban las ordenanzas, entonando dos veces al día la Salve Marinera aunque nos encontrábamos a cientos de kilómetros de cualquier mar u océano, charlando en la garita de madrugada con quien nos tocase compartir uno de los turnos de tres horas en que dividíamos la noche, a veces riéndonos de los civiles borrachines que pasaban por aquella calle de regreso a sus casas, otras confesándonos nuestros secretos y compartiendo nuestros sueños de futuro.

Conocí a gente la mar de curiosa, como no podía ser de otra forma. Gente de la que nunca más supe, como ese al que llamábamos el Monje, un madrileño de veintidós años de la zona de Manoteras que llevaba con su novia desde los quince y de quien nos burlábamos porque habían hecho ambos votos de no ir más allá de unos cándidos besos hasta que un cura les declarase marido y mujer, según sus arraigadas creencias religiosas; o Petete, un cacereño diminuto y algo más joven que yo que había intentado librarse de la mili alegando un tic nervioso que decía padecer en los ojos pero que nunca fuimos capaces de detectarle y que fue acertadamente destinado a la cocina, donde siempre nos recibía tras nuestras maratones de ping-pong con baldes de leche fría con canela y limón; o Moraga, procedente de Logroño, un aficionado al culturismo que se pasaba las tardes ejercitando sus músculos y las noches roncando como si se hubiera tragado una vuvuzuela y un megáfono; u Octavio, otro cabo de remplazo como yo que terminaba cada orden que impartía con la coletilla de "y lo quiero silbando melodías", lo que le valió el apodo del Silbidos.

Pero entre todos los personajes destacaban dos con los que, muy a mi pesar y debido al rango que yo ostentaba, me veía obligado a tener una relación bastante estrecha. Supongo que a sus recomendaciones debo el hecho de que me fuera concedida la Cruz del Mérito Naval al terminar el servicio militar, en una ceremonia con mucho boato y ostentación. Eran los dos militares de profesión y se encontraban ambos lejos de sus hogares y de sus familias, pero cada uno lo gestionaba de manera diferente. El primero era José Vicente, un Brigada gaditano que, en la práctica, dirigía aquel cuartel, debido a las numerosas ausencias de quien en realidad ostentaba el más alto cargo. Un tipo nervioso pero salado que durante el día nos trataba con un cierto colegueo y cariño y que por las noches se hundía en profundas depresiones que regaba en el despacho de oficiales con alcohol de alta gradación, invitándome siempre que me encontraba en el cuartel a acompañarle, tratando de que yo me bajase del tratamiento oficial sin conseguirlo nunca y contándome, a veces al borde de las lágrimas, lo poco que le gustaba Madrid, lo mucho que extrañaba su Puerto de Santa María y lo difícil que se le hacía estar tan lejos de su mujer y de su hijo, que se acercaba a la adolescencia sin que él pudiera verle más que de Pascuas a Ramos. El otro era un vasco diminuto cuyo nombre he olvidado, Cabo Primero su rango y, por ello, quien por lo general me daba las órdenes directamente para que yo las transmitiera a la tropa y me encargara de que se cumplieran. Presumía de haberse pasado la mañana en que le examinaron para ingresar en la Marina golpeándose la cabeza contra una pared, a fin de conseguir un chichón lo suficientemente voluminoso como para poder cumplir el requisito exigido de altura mínima, al que no llegaba en condiciones normales. ¿Quién sabe? Aficionado como era a la saga de Rambo, todo es posible. Era un mal bicho que no perdía ocasión de pinchar a los marineros de reemplazo y que castigaba con severidad cualquier desliz que aquellos cometieran, pero que, sin embargo, me trataba a mí con el más exquisito respeto y escuchaba mis sugerencias con suma atención. Creo que se sentía tan solo como el Brigada andaluz y que para ambos, cada uno a su manera, este que estas líneas escribe, de alguna manera, representaba un asidero al que agarrarse en su soledad.



La mili frenó por completo mi carrera laboral. Cuando regresé a la vida civil, algunos de mis compañeros de promoción universitaria estaban ya trabajando en redacciones de periódicos, emisoras de radio o gabinetes de prensa, aunque la gran mayoría se encontraba haciendo cola, como me tocaría a mí poco después, en el INEM, a la espera de una oportunidad que nunca terminó de llegar dada la saturación de licenciados universitarios que existía entonces en el mercado laboral y que terminó dando con nuestros huesos en empleos que poco o nada tenían que ver con los estudios cursados. Ni se me ocurriría, sin embargo, culpar a quienes me obligaron a vivir aquella experiencia militar, dado que con el paso de los años me fueron de gran utilidad los hábitos y conocimientos que, especialmente en la gestión de personas, allí adquirí.

Parecerá una tontería, pero al llegar a casa he vuelto a sacar del cajón la Cruz del Mérito Naval y la he observado con atención durante unos minutos. No es más que un pedazo de hojalata sin ningún valor monetario que posiblemente alguno de mis compañeros merecieron más que yo. Y sin embargo, me agrada tenerlo en mi poder, siento una especie de orgullo, no tanto por haber sido yo el elegido entre todos aquellos marineros de papel de las últimas hornadas que prestamos servicio al país de manera obligada, sino más bien de haber vivido una experiencia como aquella y haber - creo - estado a la altura de lo que de mí se esperaba.

martes, 21 de noviembre de 2023

La biblioteca

¿Se puede afirmar que uno ha soñado cuando lo que realmente ha hecho mientras dormía ha sido recordar?

He abierto mis ojos esta mañana sintiéndome abotargado por una pegajosa nostalgia, mecido por sensaciones que en otro tiempo me eran cotidianas y que creía haber extraviado, pero que el sueño (o la memoria) me han devuelto al despertar.

En mi sueño visitaba la Biblioteca Pública de Móstoles y me dejaba imbuir como antaño por el reverencial respeto que desde niño se apodera de mí en este tipo de lugares: el silencio, la ilusión, la expectativa y, sobre todo, la posibilidad de retirar un libro de una estantería, hojearlo percibiendo la textura del papel impreso y dirigirme al mostrador de préstamos para certificar que, durante quince días, ese ejemplar sería únicamente mío. Bueno, esos tres ejemplares. Porque eran los que cada quince días me llevaba a mi casa.

Supongo que visitar la biblioteca y elegir mis tres libros sería el equivalente cultural del joven enamorado de la moda que decide acercarse un rato al centro comercial a comprarse unos trapos y acaba echando allí la tarde completa. A mí me ocurría lo mismo. Siempre había más de tres libros que me apetecía echarme al coleto. Incluso a veces utilizaba el carnet de Nuria y en vez de tres eran seis los que me llevaba.

Un día pedí que me regalasen un Kindle por mi cumpleaños. Tenía meridianamente claro que iba a extrañar el tacto del papel, el olor de la tinta fresca o el de las páginas manoseadas por otros muchos lectores que hicieron suyos antes que yo esos ejemplares. Que añoraría la excitación de revisar los títulos grabados en los lomos, el arte de las portadas y la promesa de las contraportadas. Pero también que mi espalda agradecería el no tener que cargar siempre con el peso de dos libros en la mochila al ir a trabajar. Que ganaría tiempo al no tener que desplazarme para conseguir mis libros. Que en un dispositivo sólo un poco más grande que un teléfono móvil podría llevar miles de novelas. Que ya no tendría que inventarme formas de hacer sitio en mis estanterías para hacerle un hueco a mi última adquisición. Y todo ello, tanto las nostalgias del papel en mis manos como las certezas digitales de mi e-book, se ha cumplido.


Y a ello me he acostumbrado. No me arrepiento, aunque admito que cuando voy a un centro comercial, La Casa del Libro o la Fnac son paradas obligatorias en las que permanezco al menos media hora intentando reencontrarme con aquellas sensaciones, aún a sabiendas de que no me llevaré ningún ejemplar.

Pero, tal y como mi sueño me demostró, no es lo mismo ni mucho menos. Porque una biblioteca es más que una tienda y, por supuesto, mucho más que un libro electrónico. Porque en una biblioteca no sólo el silencio o la comunión existente entre los que pasamos horas allí convierte la visita en una experiencia íntima. Porque en una biblioteca pareces escuchar los susurros de las voces mudas de los autores, muertos o vivos, de éxito o casi desconocidos, de nuestra tierra o de otras más lejanas. Porque en la biblioteca se palpa el respeto y el aire huele a cultura.


No sé si soy capaz de explicarlo adecuadamente, pero de lo que tengo una absoluta certeza tras este sueño es de que en breve, aunque sea tan sólo para revivir un pellizco de todo aquello, haré una visita tranquila y relajada al que fue, durante muchos años, uno de mis lugares favoritos del mundo.




sábado, 18 de noviembre de 2023

Un Red Bull para las musas

Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.




Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.

Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro  hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.



No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


viernes, 10 de noviembre de 2023

Como pollo sin cabeza

Llevo dos semanas aturullado. Y probablemente no sea para tanto, pero claro, después de muchos meses arrastrándome a través de los vericuetos de mi existencia con la pachorra canaria a la que mis problemas de salud me obligaban, cualquier alteración en mi orden vital se me antoja ahora una epopeya sin mucho que envidiar a las de Ulises en la Odisea, las de Don Quijote por los pueblecillos de La Mancha o las de Phileas Fogg dando la vuelta al mundo en ochenta días. Y es que es cierto eso de que cuando vienen, vienen todas a la vez. Por no hablar de la Ley de Murphy, que es infalible y tampoco ayuda. Como un pollo sin cabeza correteo por la casa tratando de sofocar los distintos incendios que amenazan con propagarse. Pero bueno, mejor estas alocadas carreras que languidecer inactivo en el sillón.

Y es que las mañanas cunden menos cuando hay alguien más contigo en casa. Durante todo este tiempo los dolores me despertaban muy temprano, con muchas horas en soledad por delante para acometer mis obligaciones de amo de casa y poder dedicar también tiempo a, entre otras cosas, escribir. Las cosas han cambiado. Duermo mejor, me despierto más tarde y ahora comparte sus mañanas conmigo Nuria, que ha necesitado parar y alejarse durante unas semanas de la exigente rutina de su trabajo, que amenazaba con aplastarla irremisiblemente. Su presencia en casa no me incomoda, sino todo lo contrario: busco sus besos de manera avariciosa, me esfuerzo por sacarla esa sonrisa que lleva iluminando mi vida desde hace más de treinta años y pugno por conversar con ella tanto como nos es posible. Intento disfrutar de este tiempo, inusual y mágico al mismo tiempo, juntos. Pero claro, todo lo demás, aquello a lo que consagraba mis horas hasta hace un par de semanas, se resiente, no encuentro tanto tiempo para escribir y las labores de la casa se me amontonan.


Por ser estas para las Compañías fechas propicias para la contratación de nuevos empleados y por vivir yo los lunes al sol, también me roban tiempo las entrevistas de trabajo y la búsqueda de empleo en sí misma. Después de casi año y medio, por fin el Sepe me ha concedido un curso online para desempleados sobre tecnología digital, sesenta horas en poco más de treinta días que intento sustraerle a todo lo demás, pero claro, ahí está Murphy para complicarlo todo. Cuando menos tiempo tiene uno, más problemas surgen: la tarjeta SIM del móvil da errores; mi portátil Toshiba, después de catorce años de servicio, claudica y me toca formatearlo y volver a configurar e instalar todo de nuevo; la consola, que también tiene ya una edad, comienza, para desesperación de Marcos, a dar errores; se nos rompe, en estos días ya más frescos, el pomo de la puerta que separa el patio de la cocina y toca intentar encontrar a alguien - sin éxito hasta ahora - que lo pueda reparar antes de que nos congelemos al desayunar. Se nos lesiona el pequeño y el mayor quiere invitar a su novia a comer en casa. Nuria se va un par de días a un Congreso en Barcelona casi al mismo tiempo que mi suegra viene desde Jaén a visitarnos, algo que siempre me alegra, pero que en esta ocasión me agobia porque no podemos brindarle el trato y la atención que se merece.

Un millar de esas pequeñas cosas a las que todos a diario nos enfrentamos. Nada especialmente grave ni memorable. Pero la acumulación de todo ello en un corto espacio de tiempo y mi actual falta de costumbre a vivir a este ritmo desenfrenado me tiene corriendo por los pasillos de mi casa, parando un momento en la cocina para remover el guiso, deteniéndome después en el salón un par de minutos para darle conversación a mi suegra o un beso a mi querida esposa mientras tiendo la ropa recién lavada en el tenderete, irrumpiendo en el cuarto de Sergio para atender en su portátil una llamada por Teams de una empresa interesada en contratar mis servicios mientras mando un whatsapp al fisioterapeuta para que atienda la lesión del pequeño y echo un vistazo a la barra de progreso de la instalación de Winrar o Bittorrent en mi ordenador escacharrado. Como cuando coordinaba en mi antiguo trabajo a veinte personas y me desplazaba entre sus puestos de trabajo a la velocidad de la luz para resolver sus dudas y solucionar los problemas inherentes a nuestro trabajo. 

Tal cual. Como pollo sin cabeza.





domingo, 5 de noviembre de 2023

La cultura del esfuerzo

Educar en la cultura del esfuerzo a nuestros hijos se me antoja cada día más difícil. Cuando alguien hace referencia a conceptos como ese, o como a aquel otro referido a la ética del trabajo, mi memoria retrocede ineludiblemente a esos ya remotos tiempos en que yo sólo era un niño. Pienso en mis padres, el uno trabajando de sol a sol fuera de casa, casi sin ver a sus hijos más que durante los fines de semana, la otra gestionando como podía aquella casa de locos que debía ser nuestro hogar con los cuatro correteando por ahí, cayendo agotada en la cama por las noches, casi sin fuerzas para hablar un rato con su marido. Creo que en aquella familia de seis, aquello de "sábado, sabadete, camisa nueva y polvete" se debía cumplir a rajatabla. Y con preservativo, que no estaba ya la colmena para más abejas, aunque a finales de los setenta y principios de los ochenta, todavía con el franquismo reflejado en el retrovisor, pedirlos en la farmacia resultase cuanto menos incómodo. Pienso en mi abuelo paterno y en todos los que vivían y siguen haciéndolo del sudor que se derramaba sobre los terruchos propios o ajenos que les daban de comer. Pienso en nuestros sanitarios, insuficientes en número y cuya labor no termina de reconocerse, y que a pesar de todo siguen dejándose la piel en los hospitales a fuerza de vocación. Pienso en todos aquellos que crecieron y vivieron en un país y una época en que la premisa extendida era que había que esforzarse mucho para poder llevar una vida digna y un poco más aún para hacer realidad alguno de los sueños que se tuvieran. 



Hoy en día es casi una utopía hacer comprender a las nuevas generaciones el valor del trabajo. Es más, la gran mayoría no quieren ni oír hablar de ello. Muchos persiguen, de hecho, todo lo contrario. Recibir sin dar. Derechos sin obligaciones. Quieren ser youtubers, influencers y demás inventos terminados en -ers que les garanticen tener los bolsillos llenos, a ser posible sin moverse de casa y levantándose a las tres de la tarde. Lo quieren todo, ahora mismo y apoyándose en la ley del mínimo esfuerzo. No todos, por supuesto, pero son minoría los que elaboran un plan de futuro realista y asumen los sacrificios que tendrán que realizar para cumplir su hoja de ruta.

Contribuimos todos a ello. Nos resulta más fácil y rápido solucionarles sus problemas que obligarles a buscarse la vida para resolverlos ellos mismos. Concedemos muchos de los caprichos que se les antojan, aunque nos engañemos a nosotros mismos imponiéndoles a cambio ciertas condiciones que, cuando vemos que no son capaces de cumplir, suavizamos. 

El sistema educativo español, cada vez más laxo, no ayuda a la formación de los jóvenes en la cultura del esfuerzo. Temarios cada vez más reducidos, exámenes cada vez más sencillos. Recuerdo que yo todos los días llegaba a casa con tarea para una hora u hora y media y que me llevaba semanas preparar la evaluación. Que pasar de curso no era tan fácil y no hacerlo era algo que te pesaba sobre los hombros y sobre la conciencia. Que te pasabas el verano en una academia si te habían quedado asignaturas para las recuperaciones de septiembre y era algo tan natural, tan asumido, que ¡ay de aquel que protestase! Hoy los niños vuelven del colegio o el instituto sin deberes la mayoría de los días, preparan los exámenes el día de antes porque con eso les llega para obtener un cuatro que conseguirán subir a un cinco si su actitud es buena. Un alumno con seis asignaturas suspendidas en junio puede, si así lo decide el claustro de profesores, avanzar al siguiente curso. Algo inaudito para quien, como yo, creció teniendo que aplicarse, y hacerlo a conciencia, para obtener la recompensa. Una recompensa que, por otra parte, no se entendía como tal, sino como la única obligación real que se nos exigía. No se regalaba nada.

En lengua nos hacían leer el Libro del buen amor, El Ingeniosos Hidalgo Don Quijote de la Mancha, El camino o La familia de Pascual Duarte y realizar de cada uno de ellos el correspondiente trabajo. Y comprendo que generar afición a la lectura entre la juventud mediante esa clase de literatura es hoy en día una fantasía, que es necesario proporcionarles títulos más modernos y cercanos a su realidad, pero lo que tengo claro es que es imposible que lean cuando ni siquiera les mandan ya lectura alguna . Mi hijo pequeño está pasando por el instituto sin tener que leerse un solo libro en casa. Para mí una educación así es una abominación, casi un delito.



Es lícito desear que nuestros hijos tengan una vida más feliz y tranquila que la nuestra y se justifica que, en aras de proporcionarles esa comodidad, hagamos tanto como podamos por ellos. Generación tras generación vamos allanando más el camino de los que vendrán después. Pero me pregunto con mucha frecuencia si no estaremos ya llegando a un punto en que nuestras buenas intenciones les perjudiquen más que ayudarles. ¿Disponen de las herramientas necesarias para afrontar los retos que se les presentarán en el futuro? ¿Tendrán los recursos para sobreponerse a las dificultades diarias?

En mi caso, a veces obligo a mis hijos a luchar para conseguir algo, a que no se acostumbren a darlo todo por hecho, a que sepan que hay cosas que no se regalan ni se compran con dinero. Que el esfuerzo es necesario, aunque no siempre recibirán lo que persigan en su empeño de manera inmediata. 

Pero, ¿será suficiente con eso?

jueves, 2 de noviembre de 2023

No se ponga el sol sobre vuestro enojo

¿Cuántas veces te has acostado por la noche en la cama enfadado, dando la espalda a tu pareja, que a su vez te la da a ti? Y todo seguramente por una tontuna, por una nimiedad de la que al día siguiente ninguno os acordaréis. Con un poco de suerte, acabaréis los dos a la mañana siguiente riendo a más no poder por lo imbéciles que sois, porque ni siquiera recordáis la razón que provocó el inicio de vuestra pelea. A veces, a pesar de no acordarnos, somos tan orgullosos que mantenemos nuestra postura, muy dignos por fuera, con el ceño fruncido y mirada seria, intentando aparentar un disgusto mayúsculo, esperando que sea el otro quien dé el primer paso en esa reconciliación que en nuestro interior tanto deseamos. En el peor de los casos, ese estúpido baile de apariencias durará unos días, unos días que se habrán perdido irremediablemente y no regresarán nunca más.


¿Y cuántas veces, acaramelados bajo las sábanas, sin más horizonte que los ojos del otro, habéis hecho propósito de enmienda para que eso no vuelva a suceder? ¿Cuántas veces os habéis prometido que nunca más os acostaréis enfadados o sin desearos buenas noches? Hay quienes consiguen ser constantes en este empeño, pero lo normal es que vuelva a ocurrir en uno u otro momento y que esa promesa mutua quede olvidada. Y que regresen esas noches en que vagamos por un duermevela que nos esforzamos para que no parezca tal, intentando hacer creer al otro que lo que ha pasado no nos afecta, que no nos quita el sueño, que estamos por encima del bien y del mal, cuando la realidad es que revivimos de nuevo en bucle la escena, repasando aquello de lo que se nos ha acusado y revisando los reproches que nosotros hemos blandido. Porque somos humanos, tenemos ego y somos idiotas.

Yo no siempre consigo que mi querida esposa, que a carácter no la gana nadie, como bien podrán confirmar quienes la conocen, se vaya calmada a la cama tras una discusión. Esa es una batalla perdida. Pero el beso y el "que descanses" se los lleva puestos a la Tierra de los Sueños. Le guste o no, me los devuelva o mantenga la cara de acelga que se le pone tras estos lances. Lo mismo me da. E igual ocurre si estamos enfadados y me tengo que ir a algún lado. Que nadie sabe lo que puede ocurrirnos durante el tiempo que permanezcamos separados. Pocas cosas deben doler más que perder a un ser querido y vivir con el lastre de que haya sido un mal gesto nuestro lo último que se haya llevado al otro barrio.

En un capítulo de una de mis series favoritas de todos los tiempos, Cómo conocí a vuestra madre, me llamó la atención la estrategia que Marshall y Lily, una de las parejas protagonistas, emplean para evitar que sus discusiones alcancen un punto amargo de no retorno. Cuando riñen y uno de los dos, generalmente el que aún mantiene unos mínimos de serenidad, comprende que el tema se les está yendo de las manos, pronuncia una palabra acordada previamente (en este caso, "pausa") y automáticamente la pelea queda aplazada hasta que terminen de hacer el amor. Porque eso es lo que toca al decir la contraseña fijada: echarse en los brazos del otro, quitarse la ropa y amarse. Les funciona a la perfección. Todas y cada una de las veces. Y no me extraña en absoluto. Es más fácil y mucho más gratificante entregarse al otro que pelearse con él. Y uno ya no recuerda qué motivó la bronca tras un buen repaso. Deberíamos todos seguir su ejemplo.


A veces somos nosotros mismos quienes convertimos una preocupación en un problema y un problema en un drama. Nos pueden conducir a ello sentimientos tan negativos y tóxicos como la frustración, la ansiedad, la ira mal gestionada, el cansancio... pocas veces es la persona que amamos el verdadero culpable de nuestro enojo, pero es a quien más a mano tenemos cuando necesitamos explotar. Depende luego de la longitud de la mecha que nuestra pareja calce o de su habilidad para manejar esa situación que el episodio acabe o no como el Rosario de la Aurora.

Seamos sensatos. La vida son dos días y en muchos momentos lo que nos pesará más durante el segundo es el tiempo que perdimos y las cosas que no hicimos. Así que, como reza el dicho, que no se ponga el sol sobre nuestro enojo ni un día más.

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