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sábado, 18 de noviembre de 2023

Un Red Bull para las musas

Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.




Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.

Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro  hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.



No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


martes, 3 de octubre de 2023

Lo que la cancha nos da: la legión extranjera

Hay quien afirma que toda esta historia empezó con Luka Doncic, que él fue el primero de muchos, aunque yo estoy convencido de que todo esto se inició mucho antes, cuando las fronteras entre países y continentes se abrieron al libre mercado. También aseguran que fue Alberto Angulo, coordinador de la cantera de baloncesto del Real Madrid, con aquella incorporación procedente de Eslovenia al equipo infantil del club blanco, quien abrió las puertas de nuestro baloncesto base a las decenas de serbios, letones, senegaleses, nigerianos, rumanos y demás "chavales" de lejanos países que poco a poco han ido invadiendo nuestras canchas. No me atrevería yo a calificarle de precursor de este desatino, o al menos no sé hasta qué punto se le podría responsabilizar de lo que luego ha ido ocurriendo en nuestro baloncesto. Dicen también que no hay nada que se pueda hacer para detener este fenómeno y, de hecho, por lo que yo observo cada fin de semana en los distintos pabellones de Madrid, el asunto está más que asumido por jugadores, padres, entrenadores, árbitros y por todos los estamentos deportivos de la Comunidad y del propio Gobierno. Unos atribuyen la negligencia a la hora de poner freno a este hecho - o al menos a minimizar su impacto - a la Federación de Baloncesto de Madrid, otros a la Española y otros al Consejo Superior de Deportes. En cualquier caso, el daño (no puedo llamarlo de otra manera) ya está hecho. Y no seré yo quien proponga una solución, ya que intuyo que el entramado legal y los intereses económicos sobre los que se sostiene todo este sistema son demasiado complejos para alguien como yo, que no tengo conocimiento de primera mano sobre ello sino que me baso en lo que leo y lo que escucho. Pero como siempre - y en eso los españolitos de a pie hemos cursado varios máster - me queda el derecho al pataleo.

Entrecomillaba lo de "chavales" porque observando los rasgos físicos de algunos de estos jugadores, especialmente los procedentes de África, uno alberga serias dudas de que tengan la edad que en sus papeles figura. Creo que no supone motivo alguno de discusión a estas alturas del siglo XXI que los hombres de raza negra, por razones principalmente genéticas, suelen desarrollarse más y mucho más rápido que los miembros del resto de etnias. No es extraño por lo tanto que en la NBA, la competición de baloncesto más exigente del mundo, haya muchos más jugadores de color que blancos. Pero, a pesar de todo eso, un niño de trece o catorce años sigue siendo un niño en Madrid, Tokio o Nairobi y hay poco margen para las equivocaciones, aunque el individuo mida más de dos metros y calce un cincuenta. Por no hablar de su actitud sobre el parqué o incluso, si les observas con atención, fuera de la cancha. Durante estos años he visto jugar en categorías cadete, infantil o incluso pre infantil a chicos que difícilmente podían tener menos de diecinueve años. Por el tono muscular, por los rasgos faciales, por los bigotes que lucen, más propios de treintañeros que de púberes en pleno crecimiento, y también por la forma de moverse y actuar en la cancha. También he visto, por el contrario, a otros de rasgos indudablemente infantiles, más largos que un día sin pan, eso sí, pero con la inocencia y el susto todavía bailando un zapateado en sus miradas. Pero lo cierto es que el sistema es un coladero, algo de lo que muchos se aprovechan para su beneficio personal o corporativo. Han proliferado los ojeadores que se recorren el continente africano, incluso los poblados más recónditos, a la búsqueda de la gallina de los huevos de oro que poder vender al mejor postor en Europa. En algunos casos los chavales no saben ni qué edad tienen en realidad, pero no debe resultar difícil, por lo que aquí calificaríamos simplemente como una "propinilla", que algún funcionario firme un documento oficial que certifique que el niño tiene catorce años cuando en realidad ya tiene dieciocho. Y cuando llega a Europa, el país receptor debe asumir que lo que se indica en los documentos es cierto. Algunos clubes de cantera, por supuesto, también se aprovechan de ello, dado que esos jugadores no sólo les ayudan a subir un nivel en lo deportivo, sino que además, si realmente hay buenos mimbres y se hace un buen trabajo con el jugador, pueden incluso obtener un beneficio económico considerable si logran colocárselo a un equipo profesional europeo. Y se benefician también las Federaciones, al menos la de Madrid, cuyo reglamento al respecto es sorprendentemente laxo y prácticamente les autoriza a convocar al recién llegado para defender los colores de la Comunidad sin apenas haber pisado el avión el aeropuerto de Barajas.



El caso de los jugadores balcánicos es diferente, dado que suele haber pocas dudas sobre posibles fraudes relacionados con la fecha de nacimiento y tampoco suelen poseer unas cualidades físicas superiores a las de un Pepe o un Manolo. Si atraen a los clubes por alguna razón es porque, debido a la cultura baloncestística que existe en esa zona del planeta, se trata de jugadores dotados de una técnica exquisita para este deporte y por ello son también un caramelo para quienes han adoptado esta filosofía globalizadora, con la que a quien más se perjudica, por mucho que me quieran vender algunos lo contrario, es a los niños madrileños que disfrutan con el baloncesto y sueñan con llegar a dedicarse profesionalmente a ello. Se me ocurre un ejemplo muy representativo de lo que pretendo explicar. Hace unos cinco o seis años la Federación de Baloncesto de Madrid, en plena polémica por este asunto, tuvo el cuajo de presentar al Campeonato de España de Comunidades Autónomas de categoría cadete una selección en la que tan sólo había tres jugadores nacidos en España. El resto eran todos foráneos, algunos sin llevar ni siquiera en nuestro país tres meses. Creo que nunca me he alegrado tanto de que Cataluña, con doce jugadores de su propia cantera, ganase aquel torneo. Chicos madrileños que llevaban dos o tres años trabajando para ese evento se tuvieron que quedar en sus casas para hacer hueco a otros que, en opinión de la Federación, eran más madrileños que ellos.

Tanto ha crecido el asunto que han nacido nuevos clubes que se hacen llamar Academies o que se han reconvertido y han decidido seguir esta filosofía de anteponer la victoria a la formación. Entre los primeros cabe destacar SBA (Spanish Basketball Academy), plagado de balcanicos, o incluso el recién creado Pablo Laso Academy (también se me ha caído ese mito). Entre los segundos, destacan Torrelodones y Torrejón, que suelen presentar en sus rosters un par de "chavales" de dudosa legalidad. El colmo de este despropósito, si hacemos caso a los insistentes rumores que circularon al respecto, se produjo hace también unos cuatro años en Alcalá, cuando el padre adinerado de uno de los jugadores, decidió que su hijo tenia que ir a un Campeonato de España de Clubes y se trajo, pagándolo de su bolsillo y garantizando a la criatura alojamiento, manutención y estudios, un africano absolutamente dominador para intentar conseguirlo. No lo consiguió. Otro ejemplo: un chico de San Agustín de Guadalix, que hoy juega en el primer equipo de Fuenlabrada y que coincidió en Infantil con Sergio en el Real Madrid en categoría Infantil nos confesó hace un par de años, cuando él militaba en Zentro Basket y nos enfrentábamos a ellos, que menos mal que se manejaba bien con el inglés, ya que si no fuera por eso ni se enteraría de lo que se hablaba en los entrenamientos. 



No se escapan los grandes clubes de la cantera madrileña de este circo. Real Madrid (por supuesto), Estudiantes o Fuenlabrada han entrado también en este juego, aunque en el caso de los dos últimos, imagino que por problemas presupuestarios, parece que han aflojado o incluso han desistido de seguir por ese camino, y vuelven a trabajar, casi totalmente, sólo con chicos españoles. Han sido muchos, no obstante, los clubes que se han resistido durante estos años a esta marea, pero la gran mayoría se ven forzados a competir en Plata y Bronce (Segunda y Tercera División) y los que resisten en Oro, con una filosofía similar a la del Athletic de Bilbao en el mundo del fútbol, se pueden contar casi con los dedos de una mano (Canoe, Alcorcón Basket, Alcobendas, Las Rozas o Tres Cantos). Tienen mucho mérito, en esta realidad, esos clubes que, sea en Oro o en Bronce, siguen comprometiéndose con los chavales madrileños y que, incluso los que tienen presupuesto para ello, se nieguen a entrar en esta dinámica y mantengan su compromiso de seguir formando y enseñando a nuestros hijos.

Nos lamentamos luego de que en la ACB, la liga profesional de baloncesto en España, siete de cada diez jugadores sean extranjeros. O de que en el Real Madrid-Barcelona de este pasado fin de semana sólo hubiera, entre los veinticuatro jugadores convocados, ocho españoles y de que tan sólo uno fuera titular. Nos parece sorprendente que tipos con tanto talento y futuro como Juan Núñez tengan que emigrar a Alemania para poder jugar. Nos escandaliza que promesas como Aday Mara, Baba Miller o Izan Almansa opten por abandonar España y probar suerte en los Estados Unidos. ¿Qué esperábamos? Como ocurre en casi todos los ámbitos, sólo reconocemos el talento cuando se aleja de nosotros y amenaza con convertirse en propiedad de otros.

Hay quienes sostienen que esto es positivo para nuestro baloncesto. Que los que lleguen a la Selección Española Absoluta, lo harán más preparados física y mentalmente. Que eso nos permitirá competir a un nivel más alto en los grandes eventos baloncestísticos del planeta. Que la gloria nos espera a la vuelta de la esquina. Está por verse. A nivel nacional salimos ahora de una etapa repleta de grandes éxitos, cosechados precisamente por una generación de jugadores que disfrutaron de la oportunidad de formarse arropados por el sistema tradicional de formación y de competición, donde los recursos humanos y económicos invertidos por el Ministerio y por las Federaciones correspondientes se destinaban exclusivamente a su desarrollo deportivo y humano. El efecto que todo esto tendrá en nuestro baloncesto está aún por determinarse. Por el momento, y durante los pocos o muchos años que me queden de poder disfrutar de mis hijos en una cancha de baloncesto, seguiré admirando la valentía con la que se plantan sobre el parqué frente a tipos que pesan veinte kilos más que ellos y que les sacan tres cabezas. Y lo haré mordiéndome las uñas, desviando la mirada cuando tengan un encontronazo con cualquiera de ellos durante un lance del juego, temiendo que en el topetazo salgan mal parados. Y seguiré bromeando con ellos sobre la posibilidad de que los hijos de ese jugador, al que han tenido que defender hoy y que supuestamente tiene su misma edad, estaban en la grada jaleando a su padre.






miércoles, 27 de septiembre de 2023

Fábula de los conejos

Nunca ha sido Ismael Serrano uno de mis cantautores favoritos. Me cuesta encontrarle el punto, pero lo mismo me ocurre con Serrat y dudo que ni yo ni nadie se atreva a desdeñar su arte, así que escucho de tarde en tarde sus canciones porque, a pesar de mis vastas limitaciones, entre los versos de uno y de otro siempre doy con alguna historia que despierta mi interés o con alguna frase que me atrapa entre sus redes. Tienen este tipo de individuos, sin lugar a dudas, más de poetas que de cantantes. No hay que irse muy lejos para encontrar el mejor de los ejemplos: justo ahí al lado, en la Calle Melancolía, habita Sabina, un inigualable poeta que es, al mismo tiempo, un deficiente cantante.


Sea como sea, en el último disco de Ismael Serrano he encontrado una pequeña joya, llamada "Fábula de los conejos" que ejemplifica y representa, en estos tiempos esperpénticos de elecciones generales en pleno mes de julio, investiduras, amnistías y habituales reproches entre los que afirman ser la izquierda de este país, los que hacen otro tanto por el lado opuesto y los que les hacen los coros a ambas facciones, el dislate político en el que vivimos desde hace ya unos cuantos años. Yo, como españolito de a pie y miembro en pleno derecho de esta colonia de conejos, estoy ya muy, pero que muy cansado. Que ya sé que en realidad el único derecho que en realidad me queda -no hace falta que nadie me lo recuerde- es el del pataleo. Viene a contar este cuentecillo musical de Ismael que, habiendo puesto los conejos suficiente distancia con los lobos, al escapar de sus fauces, se detuvieron a tomar resuello y les dio por ponerse a hablar. Que si hay que ir a la guerra contra nuestros depredadores, que si quién de nosotros es el más apto para liderarnos, que si tal vez deberíamos montar una asamblea para decidirlo, que si eso no es necesario porque no cabe duda de que yo soy el más apropiado, que si déjame que me ría, etc. Y mientras ellos discutían bobadas, llegaron los lobos y les dieron alcance. Inmersos en ese bucle estamos en este país durante este siglo XXI: cuando creemos haber superado una crisis, nuestros líderes políticos nos abocan indefectiblemente a otra porque, mientras se la miden para ver quien la tiene más grande, se descuidan y los problemas nos vuelven a cercar.

Y luego están los medios de comunicación, que no dejan de ser herramientas que los partidos utilizan de manera sibilina para inclinar la balanza de la opinión pública hacia su flanco. El Cuarto Poder lo llaman y con razón. Una vez más, de un mismo hecho, los dos diarios de información general informan de manera muy diferente. Dice El Mundo; aliado tradicional de la derecha y fan incondicional del candidato del PP, que "Sánchez desprecia al Congreso", haciendo alusión a su negativa a rebatir a Feijoo en el primer día del debate de investidura y a enviar en su lugar al estrado a uno de los miembros de su cohorte. El País, siempre más a la izquierda que su contrincante periodístico, titula "Sánchez descoloca al PP". ¿Se trata entonces de desprecio o de una maniobra de distracción? ¿Es el Congreso el agraviado o lo es el PP? Pues según el periódico que leas, puede ser que te formes una opinión u otra. 

Y mientras tanto, los conejos permanecemos en nuestra madriguera, haciendo malabarismos para que nuestros gazapos puedan estudiar, se alimenten y puedan vestirse con algo más decente que un taparrabos, para que la luz siga llegando a nuestro hogar por las noches y para que no pasemos frío este invierno, para que el precio de la gasolina y los préstamos hipotecarios no nos terminen de ahogar, mientras nos conformamos con las escasas migajas que los poderosos dejan de vez en cuando caer sobre nuestras praderas en forma de Bono Cultural o Ayudas Sociales y nos entretenemos viendo programas del corazón y partidos de fútbol. Y a todo esto, Lorena Castell riéndose de todos nosotros...

Y de esta manera, queridos amigos, el año 2023 se nos irá de las manos escuchando cómo los aullidos de los lobos se van acercando cada vez más y sin terminar de decidir quién nos gobernará en este país de toros y pandereta.


viernes, 7 de julio de 2023

Cambio el 23 por el 25

Unilateralmente he decidido este año intercambiar las fechas de mi cumpleaños y de mi santo. Sin consultar a la Iglesia, al Registro Civil o a la madre que me parió. El 23 de julio celebraré el día de Santiago Apóstol y el 25 mis cincuenta palos. El Gobierno me obliga a ello, así que a pedirle explicaciones al señor Pedro Sánchez, a quien las urnas, me temo, le van a hacer pagar -entre otras cosas- la felonía de convocar elecciones en fechas tan poco apropiadas.

Ya me pareció un error plantarlas en pleno verano y un fastidio que el día elegido fuese precisamente el de mi cumpleaños. Más aún después de que las Autonómicas tuvieran lugar el 28 de mayo, fecha en la que es mi querida esposa la que sopla las velas. Y la amenaza estaba ahí, no era algo sobre lo que pudiésemos intervenir o adoptar medidas para que no sucediera. Que Nuria haya sido finalmente elegida como Presidenta de una Mesa Electoral ha elevado la situación a nivel de putada inolvidable. No sólo porque no podré celebrar con ella una fecha tan simbólica como puede parecer el cumplir medio siglo, aunque a mí, en realidad, no me parezca muy diferente a cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, sino porque además nos parte las vacaciones en canal. Ah, también a mi hermana le ha tocado el premio gordo, ya que ocupará asimismo la Presidencia en una Mesa Electoral de su municipio. Estas cosas tiene la política, que siempre deja damnificados y daños colaterales entre los españolitos de a pie. Rara vez nos libramos. Supongo que si no se ha elegido el cuatro, el trece o el veintiséis de agosto para los comicios es porque entonces serían ellos, nuestros políticos, quienes se quedarían sin vacaciones. Claro, eso sería intolerable, además de que este disparate electoral no olería peor de lo que ya huele. Un tufillo a intereses personales que echa para atrás.


Ajo y agua, como se suele decir en casos así. Pero lo cierto es que quiero que dejen de pasarnos cosas, tanto buenas como malas. Las primeras porque, visto lo visto con la plaza de Nuria en el Hospital de Móstoles, casi siempre tienen su reverso; y las segundas porque, por definición, a nadie agradan. Anhelo unos meses de rutina y aburrimiento, de que lo más sorprendente que nos ocurra sea que salgamos una noche a cenar los cuatro juntos o que Nuria y yo nos quedemos dormidos viendo una película en la televisión. Aunque me quede durante un tiempo sin temas sobre los que escribir. Ya me buscaré la vida rebuscando entre mis recuerdos.

Es cierto eso de que uno se siente más vivo cuantas más experiencias atesora, pero no lo es menos que uno se siente más cansado y estresado ante un exceso de estímulos y preocupaciones continuados como el que nosotros llevamos soportando los tres últimos años. El cerebro necesita actividad para alcanzar su máximo rendimiento, pero también necesita paradas periódicas en boxes porque si no, como dice mi amigo Pablo, se gripa. Así que cruzo los dedos para que durante el resto del verano y si es posible también durante el próximo curso, nuestras vidas se estanquen un poco y disfrutemos de un poco de paz y sosiego. 


Por el momento, toca reorganizarse e intentar convertir este tropiezo en una oportunidad. Para Nuria, de aprender desde dentro, en la medida de lo posible, cómo funciona el sistema electoral; para los chicos, para que reflexionen sobre la democracia, el sistema político bajo cuya ala están creciendo, y entiendan que a veces toca sacrificarse por el bien común; y para mí, bueno, supongo que para quitarle hierro a una fecha que, sin ser, como ya he dicho, especialmente relevante para mí, no deja de tener su aquel.

Y a soplar las velas este año dos días después de lo normal.

Sin problemas.

lunes, 29 de mayo de 2023

¡Que viene la derecha!

Venga, me voy a meter hoy un poco en política, que parece que es lo que procede.

Entiendo y comparto las razones que esgrime nuestro Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, para adelantar las Elecciones Generales. Intuyo que no hay tan sólo detrás de esta acción una aceptación del bochornoso trompazo recibido en las autonómicas y municipales del pasado 28 de mayo, sino también la soterrada intención, legítima por otra parte, de minimizar el daño confiando en que los comicios vengan marcados, como pienso que así ocurrirá, por una baja participación como consecuencia de las vacaciones de verano. Porque serán muchos los que, ni por correo, se tomen la molestia de abandonar su bien merecido asueto para votar a unos o a otros. 


Que su legislación ha sido un fracaso es una afirmación con la que discrepo rotundamente, pero no tengo nada que objetar a la necesidad de cambio, dado que todos los ciclos se agotan y el de este Gobierno lleva varios meses agonizando. La política, como el fútbol, es cíclica. PP y PSOE se van dando el relevo tal y como en LaLiga se la dan el Barça y el Real Madrid. Me parece, en resumen, apropiado  e incluso honesto adelantar las elecciones, pero me mata, como a otros muchos, la fecha elegida. Bueno, más que a otros para ser sincero. Porque ese día, aparte de tener previsto encontrarme visitando a mis hermanos en terras galegas, previo consentimiento médico, resulta que es mi cumpleaños. Y no sólo eso: es que para colmo me caen cincuenta. Que no soy yo de los que le den mucha importancia al número, ya que no veo excesiva diferencia entre cumplir cuarenta y nueve o cincuenta y uno, más allá de la redondez del número que este año me corresponde celebrar.

Y es que manda narices, que no sé yo si esto daría para algún titular curioso en prensa, pero este año votábamos dos veces y ha resultado al final que la primera lo hicimos el día del cumpleaños de mi (cada día más joven y espectacular) esposa y el segundo lo haremos en el mío. Para que luego alguien me diga que no existen las casualidades. Pues sí, oiga, haberlas, como las meigas, haylas. Y es que supongamos que tengo la desventura de ser además elegido para formar parte de la mesa electoral de mi barrio. Recordaría mi quincuagésimo cumpleaños hasta los restos. No habría regalo con el que mi mujer pudiese superar algo así. Mira qué bien empezaríamos. Ya la derecha complicándonos la vida a los que no tenemos ni trabajo ni excesiva salud.

Porque claro, ya las redes trinan con sarcasmos del tipo "que viene la derecha" o "disfruten ustedes de lo votado". En fin, las mismas consignas que entonaban los afines al PP -pero sobre la mano contraria- cuando Pedro Sánchez salió elegido. Nada nuevo bajo el sol al fin y al cabo. 

Y aunque todo sea, como he dicho antes, cíclico, yo tengo la sensación de que no es tal, sino que el continuismo es ya la premisa entre nuestros partidos políticos. Porque ya pueden Feijoó, Ayuso, toda su compañía y sus socios de Vox prometer más y mejor, pero a la hora de la verdad, los cambios, en caso de producirse, serán mínimos y tardarán en llegar lo que la burocracia determine. Más de lo mismo, en fin, baje del monte el lobo vestido de rojo o de azul. Al menos para la mayoría de los españolitos. Que otro cantar será para los que le bailan el agua a los vencedores. Ojito que este discurso no es partidista: tanto vale para los que ganan ahora como para los que lo hicieron en las anteriores elecciones.


A mí de la que se nos avecina me preocupan fundamentalmente tres cosas.

La primera y más importante para mí, ya que de ello vive hoy en día esta familia de la que soy cabeza y cabezón, radica en el trato que el próximo Gobierno le conceda a una Sanidad Pública que, como se está demostrando en Madrid desde que Ayuso es su Presidenta y Almeida su Alcalde, si se les permite obrar como pretenden, desaparecerá. Mal rayo les parta a aquellos que busquen terminar con una de las mayores ventajas que en este país tenemos los que no podemos pagarnos una Sanidad privada. 

La segunda es la mala espina que me dan los aliados con que, en buena parte de España, tendrá el PP que negociar (y por lo tanto, ceder) para poder gobernar. No son de fiar y me da la sensación de que eso lo saben hasta las señoras de la limpieza de las oficinas de la calle Génova, por lo que quiero confiar en que quienes gobiernen sepan atarles en corto y que no se les desmanden demasiado en sus peticiones.

Y por último, una de mis mayores preocupaciones es la referente a todo aquello que podría afectar a mis hijos durante los próximos años, es decir, vivienda y trabajo, áreas en las que creo que el PSOE no ha alcanzado los objetivos que inicialmente se propuso y que necesitan un lavado completo de cara, sobacos, ojete y genitales con ácido muriático.

Lo cierto es que, bien mirado, podrían ahorrarnos a los españoles los dineros que van a costar estas próximas elecciones, cediendo ya el Presidente el cetro y el trono a la oposición para dejarnos a todos disfrutar de nuestros vacaciones y para que ellos puedan ponerse manos a la obra cuanto antes a ver si realmente son capaces de arreglar todo lo que en estos últimos años se ha torcido. Y así poder también celebrar mi quinquagésimo cumpleaños como Dios manda. 







miércoles, 22 de febrero de 2023

Dracarys y la bandera española

Que ya lo dije, que a mí la política en este país me parece una sátira, una ciénaga, y que no es de mi especial agrado hablar sobre ello, pero es que hay cosas que parecen sacadas de alguna película cómica. A pesar de ello hoy seré muy breve.

En este caso la payasa en cuestión se llama Miriam Nogueras y es líder de Junts, partido separatista catalán. Y es tal la impunidad con la que se desenvuelve en el Congreso que, ni corta ni perezosa, en la rueda de prensa a la que han asistido cuatro periodistas contados porque no interesa mucho lo que personajes decests calaña puedan decir, aparta la bandera de España, supongo que buscando esa notoriedad que con su discurso no alcanza, y dando la explicación de que la europea es más chula y que la representa más y mejor.



Como digo, un ejemplo más del circo al que a diario estamos invitados en este país. Porque esta diputada recibe de España un sueldo anual cercano a los 120.000 euros. Pero a eso no le hace ascos.

Aparte de que los soberanistas catalanes se han comportado siempre con una soberbia recalcitrante, el hecho de ser socios de quien en este país gobierna actualmente les garantiza una inmunidad que ofende. Que ahora es el PSOE, pero que tengo claro que ocurrirá lo mismo con el PP cuando el señor Feijoo, amigo de los narcos gallegos, sea elegido como Presidente del Gobierno.

Por no hablar de todo lo relacionado con el señor Otegui y sus semejantes. Ahí habría también mucha tela que cortar.

A mí estas cosas ya han dejado de indignarme para provocarme una sonrisa sardónica que no puedo disimular. Y para hacerme desear que en escena aparezca Dannaerys Targaryen montada en su dragón para prender fuego a todo este bochornoso espectáculo que los españoles estamos obligados a presenciar a diario.

Dracarys.



jueves, 2 de febrero de 2023

The Crown

¿Cómo es posible que una serie de televisión que aborda un asunto a priori tan soso como es la historia de la monarquía británica durante el siglo XX vaya ya por su cuarta temporada, obteniendo premios y mejorando año tras año sus niveles de audiencia y sus calificaciones en páginas especializadas como Rotten Tomatoes? Esta fue la pregunta que aproximadamente hace dos años me hice con motivo del sonado estreno de su cuarta entrega en Netflix. El atractivo que hasta ese momento tenía para mí el asunto, el justo. Siempre me ha parecido la inglesa una de las familias reales más aburridas, viviendo en un universo absolutamente alternativo, exento de preocupaciones y plagado de lujos. Que en el Reino Unido tuviese éxito la serie tenía su explicación por lo arraigada que se encuentra la institución real en la cultura británica, pero que triunfase también en el resto del continente, era algo que no me podía explicar.

Así pues, ni corto ni perezoso, me sumergí en "The crown" con esa sensación de "no voy a aguantar ni dos capítulos" que me asalta frente a series de éxito que intuyo me van a defraudar. Mi sorpresa fue mayúscula y hoy, tras haber finalizado la quinta temporada y rezando para que la siguiente no tarde otros dos años en ver la luz, puedo responder a la pregunta que en su día me hice.


En primer lugar está el elenco de actores, la gran mayoría de origen británico, que interpretan a los miembros de la realeza, primeros ministros y otros personajes históricos de relevancia en el devenir de la historia de Inglaterra durante el siglo XX. Creo que no hay ninguno que cojee en su interpretación, brillando todos a un altísimo nivel interpretativo. Uno de los principales (y necesarios) aciertos que tiene la serie es que para cada época narrada el personaje es interpretado por un actor diferente, de edad similar a la que los personajes reales tenían en aquel momento. Así, por ejemplo, la reina Isabel es interpretada en su juventud por Claire Elizabeth Foy, en su primera madurez por Olivia Colman y en esta última temporada, en que la vejez se empieza a cernir sobre la reina, por Imelda Stauton. Pero hay personajes cuya presencia en la serie no tiene la misma continuidad, como John Lithgow, increible en el papel de Winston Churchill o Gillian Anderson como Margaret Thatcher, que ofrecen un auténtico recital de virtuosismo actoral y dan una gran credibilidad a la historia.

En segundo lugar está la selección que los realizadores han hecho de los episodios más relevantes del reinado de Isabel II  y la manera en que se abordan los hechos. La originalidad es una de las garantías de calidad de este producto y es claramente apreciable en la forma en que nos invitan a conocer, por ejemplo, hechos relacionados con la Segunda Guerra Mundial, el suceso de la gran niebla tóxica que asoló Londres en diciembre de 1952 o la irrupción de Dodi Al-Fayed en la vida de la princesa Diana. Todos los capítulos arrancan de una manera única y con una calidad cinematográfica impresionante.

Los escenarios y las localizaciones en las que se ha rodado hasta la fecha "The Crown", aun no siendo las verdaderas, recrean con absoluta precisión los palacios de Buckingham o Kensington y la abadía de Westminster, entre otras. En cuanto a las exteriores, cabe mencionar que tanto Málaga, donde se recrea el viaje de la reina Isabel II y su marido Felipe a Australia, y Barcelona, ciudad en la que se grabaron los planos correspondientes a las escenas parisienses, son algunas de las ubicaciones utilizadas. La majestuosidad de los decorados, la elegancia del vestuario y una fotografía excepcional convierten la serie en un espectáculo visual deslumbrante.


Que nadie que se aventure a ver esta serie espere el trepidante ritmo de series como "Stranger things", giros de guión como los de "Juego de tronos" o diálogos como los de "Peaky Blinders". Es una serie sobria, elegante e inteligente, magistralmente construida, pero con una cadencia pausada y muy particular no apta para todos los públicos. No hay sustos, ni persecuciones por los tejados ni carreras de coches. No hay misterios que resolver ni grandes dramas que nos hagan llorar. Pero es, sin lugar a dudas, una de esas series que son fiel reflejo de una época histórica y en la que los personajes y las relaciones que entre ellos y con el resto del mundo mantienen se convierten en los pilares que soportan todo el edificio.

Pero si te gusta la Historia o si eres un fanático de las grandes interpretaciones y el cine de calidad, no dudes en verla. Te garantizo que no te defraudará.



sábado, 10 de diciembre de 2022

Nuestra ciénaga política

Me sugirió no hace mucho alguien que lee mi blog que me animase a escribir alguna entrada sobre la situación política en nuestro país y, con la inercia y la confianza que me proporciona escribir ahora a diario, la idea ha estado rondándome la cabeza durante un par de días, pero al final he optado por no adentrarme en ese jardín, al menos de momento. Intuyo que las magulladuras y los arañazos con los que saldría de semejante vergel serían profundos y dolorosos. Pero sí accederé, por darle ese gusto a quien me lo propuso, a argumentar mi negativa metiendo un poco la puntita.

Cuando yo estudiaba Periodismo en la universidad, era condición lógica y obligatoria para los profesionales que nuestro profesorado pretendía formar, leer muchos periódicos, ver muchos telediarios y, en definitiva, estar al día de todo lo que en el mundo ocurría, no sólo en nuestro país ni únicamente en el contexto político, aunque el mayor peso de los contenidos recaía precisamente en la política nacional. En aquellos tiempos el bipartidismo era todavía el modelo que imperaba en España, por mucho que la Izquierda Unida de Julio Anguita intentase, sin demasiado éxito, cambiar aquello. Analizábamos en clase, ejercicio con el que yo disfrutaba mucho, los titulares que los tres periódicos de mayor tirada entonces (El País, ABC y un recién nacido El Mundo) presentaban en sus portadas y comprobábamos cómo, según se redactase la noticia, el sentido de la misma viraba la opinión pública hacia la izquierda o hacia la derecha. Y lo mismo ocurría con las cadenas de radio y televisión. Era realmente instructivo, pero al mismo tiempo muy irritante, entender cómo los partidos políticos, a través de los medios, intentaban manipular a la gente. Yo podía entonces analizar y valorar cualquier artículo que me pusiesen delante, tanto en su forma como en su fondo y, por supuesto, podía deducir qué medio había publicado o emitido aquella noticia.

La política en nuestro país durante todos estos años se ha transformado de tal manera que las líneas se han difuminado hasta casi desaparecer y el discurso de los partidos se ha convertido en una ciénaga donde todo vale y poco se entiende. Decepción no es la palabra, tal vez desesperanza, quizá desconfianza, no sabría elegir el sentimiento que en mí provocaba, pero terminé hastiado de ver a unos y a otros llenándose los bolsillos a costa del españolito de a pie mientras esos mismos líderes se mordían con saña unos a otros y arrojaban a los ojos del rival barro, tierra y excrementos, más preocupados de dañar al oponente que de mejorar la vida de aquellos que les habían votado.

Hoy miro a Pedro Sánchez y algo me dice, más allá de sus actos y palabras, que no es de fiar, veo en sus ojos una mirada de divo que asusta. Miro a Feijoo y veo a un hombrecillo gris al que intuyo se le va a quedar grande la Presidencia. Miro a Ayuso y no puedo evitar una sensación de rechazo, a pesar de que admiro la distancia que a veces marca con su partido si de defender sus ideas, nos parezcan correctas o equivocadas, se trata. Miro a Santiago Abascal y veo un peligro para la sociedad del bienestar en la que vivimos. Miro a Irene Montero y veo a una feminista exaltada (lo primero merece mis elogios, lo segundo es un peligro y la combinación de ambas un dislate). Y así con todos.

Cierto es también, y esto no es responsabilidad de nuestra fauna política sino exclusivamente mía, que no disponer de una información completa y contrastada de los hechos al hablar sobre ellos equivale, desde mi punto de vista, a desinforrmar y no hay peor pecado para alguien que estudió Ciencias de la Información que ese. Y yo, desde hace ya tiempo, paso de puntillas por la actualidad política, tan sólo hojeando algún periódico y viendo a saltos algún telediario, lo que me desautoriza ante mí mismo a dar opiniones más profundas que las desprendidas de la atención mínima que les concedo.

Escribiendo esto me doy cuenta ahora de algo que arrastro desde hace muchos años y cuyo origen posiblemente se encuentre en las enseñanzas que adquirí en la Universidad. Esa tendencia mía, en todos los ámbitos de mi vida, a no dar información si no la he verificado antes, a agobiarme si descubro que la que he suministrado no es exacta y a apresurarme a rectificar cuando esto ocurre. 

Desinformar o manipular la información es quizá la herramienta más útil para dirigir a alguien hacia el lugar que uno quiere, y no me cabe ninguna duda, a pesar de no vivir ya colgado de los noticieros, de que en nuestro país y en estos tiempos, ser periodista no es ya lo que era. Porque hasta esa sagrada profesión se ha convertido en un negocio muy lucrativo en estos tiempos que corren, en los que todo se compra y se vende. Hasta la información. Sobre todo la información.

Así pues, salvo que ocurra algo que despierte mucho mi interés y sobre lo que además me encuentre debidamente informado, la política no será un tema sobre el que divague demasiado en este blog, y en caso de hacerlo, antes de entrar en nuestra ciénaga, será con botas para el agua y doble par de calcetines.

martes, 22 de noviembre de 2022

El brazalete y el himno

En todas las competiciones deportivas de carácter planetario, tales como unas Olimpiadas o el Mundial de fútbol que actualmente se está disputando en Qatar, salen a la luz las grandes diferencias sociales, políticas, religiosas y culturales que existen entre Occidente y Oriente. Por no hablar de que ciertos enfrentamientos deportivos, como ocurrió con el Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86 o como podría haber sucedido con un Rusia-Ucrania que no se disputará en este, transcienden lo meramente futbolístico. Es el apoyo a la comunidad LGTBIQ+, colectivo discriminado por el país anfitrión, el asunto que en estos primeros días de competición está acaparando portadas y haciendo arder las redes sociales.


Aunque no conozcamos con detalle los criterios y los procedimientos que se aplican para la concesión de este tipo de eventos a países o ciudades, creo que es vox populi que el dinero, hoy en día, constituye un factor determinante. Y a los qataríes, que presumen de tener una renta per cápita que multiplica por dos la de los españoles, les sale por las orejas. Creo que hasta el más despistado entiende que, si un pais como Qatar se convierte hoy en capital mundial del fútbol, es más por la intención de hacer crecer un negocio sumamente lucrativo que por aspectos meramente deportivos.

La decisión de la FIFA de sancionar con una tarjeta amarilla a cualquier jugador que portase en un partido el brazalete arcoiris de apoyo a la comunidad LGTBIQ+, además de la pertinente multa para su Federación, me parece -y ya veo a algunos llevándose las manos a la cabeza- razonable. Porque, vamos a ver, esto no es una pachanga que hayamos organizado de hoy para mañana con los amigos y que nos hayamos encontrado, al llegar al pabellón, con algo incómodo o desagradable. Hablamos de un evento que se acordó hace casi una década. ¿No tuvimos tiempo de protestar entonces? ¿No hemos tenido ocasión, una vez aceptada la sede, de decir "con nosotros no contéis"? ¿O es que pensábamos que nuestros anfitriones cambiarían su forma de comportarse en su propia casa porque llegamos de visita? Y la FIFA, que es la autoridad máxima a la hora de tomar decisiones en este ámbito, ha optado por que las cosas no se desmadren. Para compensar a las Federaciones que han visto frustrado su intento de apoyar la causa, ha propuesto que aquellos jugadores que lo deseen pueden llevar una cinta en el brazo con el lema "El fútbol une al mundo", que será sustituido a partir de las rondas eliminatorias por el mensaje "No a la discriminación".

Así que llegábamos a los prolegómenos del Inglaterra-Irán, con los hijos de la Gran Bretaña, que han optado por no tentar a la suerte de ser sancionados, sustituyendo el gesto del brazalete por el de hincar todos la rodilla en señal de protesta y recibir de regalo los abucheos del público iraní. Al final los deportistas son los verdaderos protagonistas de este circo y los que tienen que dar ejemplo a nuestros jóvenes, por lo que me parece una medida acorde con la situación: acatamos, pero mostramos de manera pacífica nuestro desacuerdo.


En el otro lado, la selección iraní, que se niega a entonar el himno de su país. Su propia afición abuchea y yo, intrigado, presto atención a lo que puedan aportar los comentaristas mientras busco en Google la información necesaria para entender la mudez de los jugadores y el cabreo de sus seguidores. Porque debo ser sincero: leo periódicos digitales, pero suelo centrarme en las secciones de Nacional y Cultura fundamentalmente y en aquellos sucesos de carácter internacional que suscitan mi interés o preocupación, como es el conflicto entre rusos y ucranianos. De la República Islámica de Irán, más allá de que es una teocracia muy opresora, nada de nada.

Pues bien, el nombre clave en esta historia es Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años que ha fallecido mientras estaba bajo custodia policial tras haber sido detenida por la policía de la moral iraní debido a que, ojo al dato, no llevaba bien puesto el velo. Una más de esas brutales historias del mundo árabe que en Occcidente nos indignan y que en este caso generó manifestaciones multitudinarias de protesta por parte de la propia población iraní. 

Aclarado por tanto el motivo de que unos no canten el himno y otros lo abucheen, me quito el sombrero ante los componentes de esta selección, que se arriesgan al regresar a su país, cuando ya no sean noticia, a vete tú a saber qué castigos por parte de su Gobierno. Porque a la policía de la moral iraní no le resultará sencillo identificar al que estuviese en la grada vituperando el himno, pero a los que estaban en el césped, mudos y orgullosos, haciendo historia, a esos los tienen bien fichados. Y seguro que les esperan y no con los brazos abiertos.

Y uno, que sabe que las comparaciones son odiosas, pero que no puede evitarlas, es incapaz ahora de contemplar la protesta inglesa de la misma manera que antes. Porque hay quienes agachan la cabeza cuando el precio de no hacerlo no es tan alto y otros que la mantienen erguida, desafiando al peligro, aunque el castigo puede ser, literalmente, perderla.




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