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lunes, 29 de abril de 2024

Ser abuelo

Ando en los últimos meses escribiendo poco y leyendo mucho. Pero mucho, mucho... Cualquier momento me parece bueno para avanzar unas páginas de la historia en la que me encuentre inmerso. No me agobia en exceso tener algo desatendido este blog, dado que el día que inicié esta aventura literaria no quise comprometerme ni conmigo mismo ni con los demás a mantener una periodicidad fija en mis publicaciones ni a que la tarea se convirtiera en una cadena de plomo que me lastrara y me impidiera dedicar tiempo a otras aficiones que también a su manera me reconfortan y me enriquecen. Algo tiene que ver, sin lugar a dudas, la falta de tiempo, que ahora me limita y antes me sobraba, para sentarme con mayor frecuencia a vomitar mis reflexiones, anécdotas y recuerdos en este escaparate virtual en el que me expongo, sin suficientes filtros ni precauciones tal vez, pero no es en realidad esa la causa principal del abandono al que tengo sometido a mis escasos pero fieles lectores. Simplemente el cuerpo me pide más que nunca bucear en las historias de otros, dejarme arrastrar a los mundos que inventan, aprender de quienes han convertido el arte de escribir en su profesión, contrastar, en definitiva, la manera en que expresan sus emociones, describen un paisaje o construyen sus relatos quienes tienen más arte que yo en tales lides. Pero hace pocos días mi madre cumplió 75 años, una cifra redonda que merecía una celebración especial, y aunque era día laborable, conseguimos los cuatro cuadrar nuestras agendas para poder comer con ella y con mi padre en un restaurante que frecuentan con una cierta asiduidad y que tenían ganas de que conociéramos. Ahí estaba ella, con sus despistes puntuales, sus habituales dificultades para manejarse con el teléfono móvil y sus regañinas cariñosas a mi padre, pero también con la misma ilusión de siempre por reunirse con la familia y con su perenne sentido del humor made in Rincón Tudela. Y pensé que mis progenitores, ambos mis más entusiastas lectores, sí contraje una cierta deuda y que debía imponerme a mí mismo un poco más de rigor y disciplina para que puedan seguir disfrutando de estos modestos escritos que a ellos, por ser yo su hijo, les despiertan un interés y un orgullo que en otros no suscitan. Y durante estos días de vacaciones de los que estoy ahora disfrutando me propuse llevar a buen puerto varias entradas que tenía a medio engendrar y así almacenar material suficiente que compartir durante unas semanas con quienes me leen, propósito que (observo con desánimo) estoy logrando cumplir tan sólo a medias, ya que muchas veces los días libres de los que uno dispone acaban empleándose en tareas de ámbito doméstico mucho menos elevadas y que, en el vaivén de la rutina, se van postergando. Por asociación de ideas, a cuenta de esa comida de cumpleaños de la que dimos cuenta en ese coqueto restaurante mostoleño, me pareció que este que se refiere a la condición de abuelo y que hoy presento aquí era el más adecuado para hacer corpóreas mis intenciones. Así que ahí voy de nuevo...


Mi idolatrada y escultural esposa, por quien no parecen pasar los años sino más bien todo lo contrario, dado que de ella irradia cada día de forma más contundente una lozanía juvenil que sigue provocándome ardores y calenturas en ocasiones incontenibles, se escandaliza cuando verbalizo en voz alta el deseo que albergo de ser abuelo algún día. Más pronto que tarde, a ser posible. Argumenta, un tanto ofendida, cuando me viene el asunto a la cabeza y lo saco a relucir en su presencia, que ella aún se siente joven. Y lo cierto es que no sólo lo parece más que yo - algo que salta a la vista de cualquiera que nos vea juntos -, sino que además, en términos de espíritu, también lo demuestra en cada gesto - algo que salta a la vista de quien la conoce mínimamente. Pero esta aspiración mía no implica que me sienta en absoluto mayor. Nada tiene que ver en mi opinión una cosa con la otra. ¿Qué tendrá que ver el tocino con la velocidad? Aparte de que los cerdos, mal que bien, también corran. ¿No se pasan muchas personas la mitad de su vida laboral deseando que llegue el momento de la jubilación?  Y no por ello les atribuimos una senectud prematura. Y es que creo yo que el sentirse más o menos mayor nada tiene que ver con este otro sentimiento que brota de manera espontánea de nuestro interior cuando un niño, más aún si corre por sus venas nuestra sangre, ocupa nuestro espacio, llenándolo todo con su curiosidad, su inocencia y su alegría.

Nunca me he sentido tan vulnerable ni al mismo tiempo tan bienaventurado como cuando acunaba entre mis brazos a mis hijos recién nacidos. Ese olor inconfundible que impregna la piel de un bebé anegando las fosas nasales y haciéndonos sentir que la vida, no sólo la del hijo sino también la de los padres, acaba de adquirir un sentido nuevo y único. Nuestro GPS interior recalcula en esas circunstancias las distancias. Llamó mi atención hace unos días la imagen de una pareja joven con la que me crucé por la calle. Empujaba ella el carricoche vacío y a su lado caminaba el padre, apoyado el bebé de ambos en su pecho, una mano apoyada en la espalda del cachorro y la otra sosteniendo la cabeza, cubierta ésta con una gorra deportiva para protegerla del sol primaveral y sin fuerza aún en el cuello para mantenerse erguida por sí sola. Los labios del padre, muy próximos a la testa del pequeño, repetían incesantemente el mismo movimiento una y otra vez. Se acercaban a la piel de la criatura y se posaban sobre su mejilla dejando un beso ligero pero tierno que a mí, como padre que soy hoy de adolescentes y que un día fui de bebés, me devolvió muchas emociones que yo en su día también experimenté y que hoy de vez en cuando tengo la suerte de revivir cuando a uno de mis hijos les da por envolverme entre sus brazos y brindarme un abrazo de oso. Y aunque no cambio estas muestras de cariño actuales por nada del mundo, no puedo negar que extraño el contacto de mi piel con la que hace ya más de quince años les cubría.

Luego está la creencia, posiblemente errónea y quizá un tanto soberbia, de que lo que acarreo en mi mochila pueda ser útil a esos futuros nietos que aún no conozco y que no sé si un día llegaré a conocer. Ni soy ni me considero un hombre sabio, pero sí pienso que he recorrido ya más paradas del recorrido que las que me quedan por visitar y me tienta pensar que, entre toda la hojarasca inútil que compone mi bagaje vital, algún alfiler podrán ellos encontrar que les sirva para coser las heridas que la vida les pueda infligir en el futuro. También algunas piedrecitas que les puedan ayudar a encontrar su camino, tal y como mis abuelos fueron depositando las suyas en el mío y que aún hoy me sirven muchas veces de referencia para evitar precipicios y sortear encrucijadas. Y tengo la sospecha de que ser un abuelo joven, con un cuerpo todavía apto para acompañar en los juegos a la camada y con una mente aún despierta para dar respuestas medianamente inteligentes a los dilemas que le planteen, necesariamente tiene que rejuvenecer o al menos frenar el envejecimiento que acompaña inexorablemente a quien supera ya el medio siglo de existencia.



Por supuesto, de quien menos depende alcanzar ese ansiado estatus es de uno mismo, ya que serán mis hijos y aquellas que en un día futuro unan sus destinos al de ellos quienes determinarán si podré cumplir ese deseo y el momento en que se hará realidad. Pero reconozco que me atrae la idea, admito que me visualizo sin excesiva dificultad interpretando ese papel que hoy les toca representar a mis padres y que con tanta sabiduría y paciencia desempeñan. Y sé que a mi mujer, que seguirá mirándome como si yo fuera un marciano cuando el tema vuelva a presentarse en nuestras conversaciones maritales, el papel de abuela enrollada la irá como anillo al dedo. Al tiempo....

domingo, 31 de marzo de 2024

Me han suspendido

"El muy cabrón al final me ha suspendido". Si disfrutáis de la bendición de tener hijos de la edad de los míos - o incluso más pequeños -, es posible que hayáis escuchado esta frase alguna vez. Bueno, sólo si a los vuestros les ocurre como a los míos, que ni han demostrado hasta la fecha poseer, en lo referente a los estudios, la perseverancia necesaria para ir superando las distintas etapas educativas con holgura, ni muestran, a pesar de nuestros esfuerzos por corregir tamaña carencia, el debido respeto a la figura del maestro en particular y a la comunidad educativa en general. No pretendo con esto afirmar que a todos los estudiantes de este siglo XXI les suceda lo mismo que a ellos, ni pretendo tampoco argumentar que en nuestra época no pronunciáramos de vez en cuando semejante incongruencia o que no aplicásemos calificativos tan poco amables a aquellos de quienes dependía nuestra educación más allá de la que en nuestros hogares se impartía. Pero nadie puede negar que las cosas han cambiado muchísimo con el paso de los años en España en lo que al sistema y método educativo públicos se refiere. Y en la percepción que de ellos tenemos. Porque, para empezar, en mi época se te podía escapar un exabrupto contra un profesor en el ámbito familiar, pero rara vez nos acogíamos a la arbitrariedad del educador a la hora de evaluar nuestras aptitudes como excusa frente a nuestros padres para justificar un rendimiento escolar deficiente. Que tal circunstancia podía producirse, no me cabe duda, pero ni siquiera nos lo planteábamos. Al menos yo. Porque, en honor a la verdad, el profesor no aprueba o suspende a un alumno, lo evalúa. Y si no alcanzábamos unos mínimos, pues chico, a recuperar. Lo teníamos bastante más claro que ahora. No recuerdo haber pensado nunca, ante un suspenso o una calificación baja, que el maestro estuviera siendo injusto conmigo, sino que yo no me había esforzado lo suficiente, no me había organizado adecuadamente para preparar un examen o simplemente no había solicitado la ayuda necesaria para entender un tema o una asignatura que me estuviera costando más de lo habitual. Pero ahora todo es diferente.


Aunque no me gustaba estudiar, cuando preparaba la evaluación, lo hacía, salvo en casos muy excepcionales, con el propósito de alcanzar la calificación más alta posible de acuerdo a mi capacidad. Muchos de los alumnos que hoy cohabitan en nuestras aulas no tienen esa mentalidad: estudian para obtener un cinco raspado. Y si me apuras, confían en la benevolencia de sus profesores para transformar un cuatro y medio en un aprobado justito. Y lo peor es que las distintas leyes que han ido lastrando nuestro sistema educativo durante las últimas tres décadas alientan y fomentan que estas situaciones se hayan vuelto recurrentes y, al mismo tiempo, corrientes. 

Pero, ¿quién tiene la culpa de que se haya ido devaluando tanto la educación pública durante estos años? Porque dudo que haya ningún estamento que pueda mantener que el sistema actual es mejor que los anteriores. Y si alguno lo hace, que eche mano de los estudios que nos sitúan en este ámbito en el vagón de cola de la Comunidad Europea. Parece legítimo pensar que la responsabilidad debe achacarse en gran medida a nuestros políticos, que en su afán por conseguir portadas, ridiculizar a sus antagonistas y obtener votos y el favor de las empresas privadas con intereses en el sector educativo, han ido derogando leyes y aprobando otras que han ido transformando a los otrora reverenciados maestros en profesionales ninguneados y desilusionados, hasta el punto de que muchos de ellos ya no se preparan para esta profesión por vocación, sino por otros dos motivos mucho menos trascendentales: julio y agosto. A lo suyo los políticos, con los profesores vendidos, ¿habría que achacar responsabilidad también a los padres? No dudo que habrá quien tendrá una opinión diferente a la mía, pero también muchos que pensarán, como lo hago yo, que no hemos estado a la altura de la situación. Tengo la sensación de que, a la vista del panorama, muchos padres que no hemos tenido medios para apartar a nuestros hijos de este caos existente en la educación pública, nos hemos ido resignando a que nuestros hijos consideren el estudio en muchos casos como una pérdida obligatoria de tiempo y hemos intentado ante todo que su autoestima no se resintiese en exceso de cara a un futuro laboral y vital incierto.

Estos últimos días he leído algunas noticias que apuntalan mi creencia de que el sistema de educación pública es ahora mismo un moribundo incurable. Y ahí van unos ejemplos:

- Desigualdad ortográfica en Selectividad: los alumnos suspenden con 5 faltas en Extremadura y sacan notable con 30 en Baleares (artículo del 24 de marzo en el diario El Mundo)

- "Tengo que ir, pero no me gusta el instituto": los estudiantes que no quieren estar en clase (artículo del 28 de marzo en el diario El País).

- El nivel de inglés de los jóvenes españoles entre los 18 y 20 años está decreciendo debido al sistema educativo (artículo del 25 de marzo en la agencia de noticias Europa Press).

- España se mantiene como el país europeo con más graduados en trabajos poco cualificados: el 36% realiza tareas por debajo de su nivel (artículo del 21 de marzo en el diario 20 minutos).

- Un alumno pobre con el mismo nivel en matemáticas y ciencias que otro rico repite curso cuatro veces más (artículo del 12 de diciembre en el diario El País).

Y suma y sigue. Este es el escenario. Cada vez es mayor el número de alumnos que, frustrados y desmotivados,  renuncian al Bachillerato y a la Selectividad y optan por completar su formación con Grados medios. Y no es esta una opción que deba menospreciarse porque es obvio que llegar a la Universidad desde la educación pública se antoja ahora mismo una labor titánica. Incluso el más aplicado de los estudiantes nota un cambio brutal al finalizar la ESO y comenzar el Bachillerato, tan salvaje que muchos, tras intentarlo durante un año, se rinden y se lanzan a esos Grados medios (o superiores si han logrado aprobar el Bachillerato) que puedan abrirles la puerta al mercado laboral.


Y es que, tal y como lleva ocurriendo desde hace años con la salud pública, la educación pública, en las actuales condiciones, se encuentra, por desgracia, en vías de extinción. No será el próximo año, ni el siguiente. Pero, salvo que alguien lo remedie, mucho me temo que en un par de décadas o bien habrá desaparecido en este país o será una alternativa absolutamente devaluada de la que tan sólo hará uso la población con un poder adquisitivo menor.

sábado, 23 de marzo de 2024

Me he vuelto Classic

Me sucedió una cosa curiosa la otra tarde mientras circulaba con el coche por mi antiguo barrio, a la búsqueda de un sitio donde aparcarlo con la intención de subir un rato a casa de mis padres y compartir un rato agradable con ellos. La cosa estaba imposible. Por más vueltas que daba a la manzana, no encontraba ni un solo hueco libre. Mal día y mala hora. Es una zona residencial que en su día presumió de ser joven y que ha envejecido bien, en buena medida porque parte de la vida que transcurre entre sus calles se concentra en el Polideportivo Estoril II, lugar con más de cuatro décadas que acoge a niños, jóvenes y adultos con su extensa oferta sociodeportiva. Mientras recorría las calles Picasso, Velázquez, Españoleto y Alcalde de Móstoles una y otra vez, bordeando sus instalaciones y el parque en el que yo jugaba de pequeño, mi mente empezó a entretenerse recuperando recuerdos de años pasados con inusitada nitidez: el banco en el que me sentaba todas las tardes con mis amigos a comer pipas y a discutir si Hugo Sánchez era el mejor delantero de la historia o si alguna vez la selección española volvería a superar los cuartos de final en un Mundial de fútbol; la pequeña pradera de césped en la que, cuando no andaban por la zona los jardineros, nos colábamos a jugar al fútbol; el poyete en el que en las noches de verano, cuando mi amigo y vecino Mati y yo bajábamos la basura, nos quedábamos charlando durante un largo rato sobre las chicas que nos gustaban y el futuro que nos esperaba; el portal en el que vivía mi amigo Iván, el de mi amiga Carmen o el de la primera chica a la que besé, sin pena ni gloria, una tal Mercedes a la que tardé poco en perder la pista; el lugar donde antiguamente se encontraba el único kiosco del barrio, en el que me compraba de niño chicles, cromos, tebeos y algo más tarde, cuando ya mis preocupaciones eran otras menos inocentes, novelas de bolsillo, tabaco y alguna que otra revista porno. Y todos aquellos recuerdos me envolvieron en una nube de dulce nostalgia que hizo que aquel rato se me hiciera un poco más corto. Y comencé a pensar que han pasado muchos años desde entonces, tantos que parece que todo aquello sucedió en otra vida. Mi memoria se afanaba extrayendo con avidez de sus entrañas las cosas que entonces hacíamos, la ropa que vestíamos, la forma en que hablábamos, el modo en que nos relacionábamos unos con otros, las costumbres que nos representaban.


A todo esto, para hacer aún más inmersiva la experiencia, sonaban de manera consecutiva en la radio del coche, sintonizada mi emisora favorita, canciones de aquellos 80 y 90 en los que se desarrolló mi infancia y mi adolescencia. Y es que recientemente deserté, hastiado de escuchar tanto reggaeton y horrores similares, de mis amados 40 principales. Pero no me fui muy lejos, ya que sintonicé una mañana, silenciando enfadado a Omar Montes, los 40 Classic. Justo en ese instante el locutor, un tal Javier Peredo, lanzaba a los oyentes una pregunta del tipo ¿eres de los que se lanzaba, sin casco ni protección alguna, por un terraplén, montado en tu bicicleta BH o tu Orbea, como si fueras un esquiador profesional compitiendo en los Juegos Olímpicos de invierno? Y concluyó: Si hiciste eso, eres Classic y esta es tu emisora. Y cuando terminó de hablar, casualmente comenzaron a sonar los acordes de la que sin duda es mi canción favorita de la historia: With or without you, de U2. Y a esa, durante el recorrido le siguieron I don't want a lover, de Texas, Summer 69, de Bryan Adams, Cruz de navajas, de Mecano y Al calor del amor en un bar, de Gabinete Caligari. Llegué aquel día a mi destino berreando, completamente desmelenado (ojo a la metáfora), eso de "jefe, no se queje y ponga otra copita más".

Así pues, ahí estaba yo, escuchando la música de otros tiempos, dejando que mi memoria trabajase a pleno rendimiento, sintiéndome cómodo en mi nostalgia, intentando encontrar, sin prisa, un lugar donde aparcar mi coche. Identificándome como nunca en los días anteriores con lo que venía a ser el oyente tipo de la emisora de radio clasiquera. De los que piensa que otro gallo nos habría cantado en este país si la EGB, el BUP y el COU no hubieran desaparecido. De esos que no logra entender el sentido de llevar los pantalones colgando y dejando a la vista los calzoncillos. De los que aún, de vez en cuando, sigue utilizando expresiones como "guay del Paraguay", sabe quienes eran los Goonies y también lo que significa la palabra "supercalifragilisticoespialidoso. De los que no duda sobre cómo continúa la canción que comienza "por la mañana yo me levanto y voy corriendo desde mi cama". O esa otra que decía "sufre, mamón, devuélveme a mi chica". De los que se emociona cuando escucha la melodía de Verano azul o ve en televisión que están reponiendo Farmacia de guardia. De los que se acuerda de cómo se jugaba a las canicas, a burro o al destornillador. De los que manejaba pesetas y no euros. De esos a los que sus padres mandaban a la cama cuando en la pantalla del televisor, en la esquina superior, aparecían dos rombos.

Así que me he vuelto Classic. Y tan feliz y orgulloso. Que sí. Que es otra manera de decir "carca", "viejales" o como se nos llame hoy en día. Acepto mi naturaleza y mi edad, estoy la mar de a gusto con ambas, reconciliado conmigo mismo. Pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me encanta la sensación de caminar por algún rincón de mi ciudad y que me sacuda el recuerdo de lo que, treinta o cuarenta años atrás, me ocurrió allí a mí. Y no sólo pensarlo. Si voy acompañado de alguno de mis hijos, les castigo contándoles la anécdota de turno y alabando la vida que entonces llevábamos. Batallitas del abuelo Cebolleta. Pues vale, me encanta haber llegado aquí y verlo todo de esta manera. O, volviendo a mi coche, recorrer cien kilómetros de autopista y ser capaz de cantar todos y cada uno de los versos que van sonando en los 40 Classic. O al menos, tararear los estribillos. Y que suene Cuando brille el sol, de La Guardia, y me vengan a memoria las fiestas veraniegas que se organizaban para los jóvenes en lo que entonces era la pista de patinaje del polideportivo; que Glen Medeiros entone el Nada cambiará mi amor por ti y yo me acuerde de esos primeros amores platónicos de mi adolescencia; el We are the champions de Queen y me retrotraiga a aquel gol de Pedja Mijatovic con el que lloré de alegría cuando mi pasión era el fútbol; el You give love a bad name de Bon Jovi y me acuerde de lo grande que me sentía al pasear por mis calles con mi "loro" sobre el hombro y la música tronando a mi alrededor; y o el Así estoy yo sin ti de Joaquín Sabina que despertó mi pasión por la música y la poesía.



Supongo que, en cualquier caso, he sido Classic desde antes de saber que lo soy. En realidad, creo que lo he sido siempre. De los que no se atrevía a decirle a una chica lo mucho que le gustaba, pero la escondía en la mochila de manera anónima cualquier tontería el día de San Valentín. De los que siempre han sujetado la puerta al prójimo. De los que se partía la cara en el patio del colegio con el chulo de turno si se metía con alguna niña, incluso aunque no fuera de mi clase, y aceptaba el castigo que el profesor le impusiese sin rechistar, con la cara dolorida por los golpes recibidos y el orgullo henchido por haber actuado como un héroe. De los que se ponían americana y corbata en las ocasiones especiales y nunca se pondrá calcetines blancos con los vaqueros. De esos a los que una chica deja porque quiere menos poesía y más marcha. De los que escribían poesía y leían a oscuras cuando los demás ya dormían. Un tío que, para según qué cosas, ya les parecía un poco rarito a los de mi quinta y al que seguramente los chicos de hoy en día serían incapaces de comprender.

No cambio nada de todo aquello. Ni una coma. Y ahora me reconforta pensar así. Contemplar mi pasado desde la atalaya de mi madurez presente y ser consciente de ello me hace enfocar el futuro con una perspectiva privilegiada. Porque sé que venga lo que venga, va a sumar tanto o más que lo ya vivido.

sábado, 9 de marzo de 2024

Educar a bofetones

La bofetada, torpemente contenida en el último segundo, impactó en el rostro de Sergio con contundencia. Sus gafas iniciaron un vuelo sin motor ni dirección, como un murciélago en una noche de verano, y aterrizaron aparatosamente en el suelo del salón, con la fortuna de que ni montura ni cristales sufrieron daño aparente. La cara de mi hijo mayor acusó el golpe y durante unos segundos la torsión del cuello obligó a sus ojos, que hasta ese instante habían permanecido fijos y desafiantes en los míos, a desviarse abruptamente. El barullo que, hasta un momento antes de que el sonido de la guantada lo silenciara había ido de manera paulatina soliviantando mis nervios, cesó de inmediato, a buen seguro a causa de la perplejidad que lo inusual de mi acción ocasionó entre los que nos acompañaban aquella mañana de domingo en la casa de Martos, para regresar de modo insistente a los pocos segundos, pero esta vez acompañado por un tono de perplejidad, reproche y alarma. Una vez frenada la inercia del mamporro y sin prestar demasiada atención al lugar donde habían ido a parar sus gafas o mostrar preocupación alguna por el estado en el que pudieran hallarse, Sergio volvió a cuadrarse ante mí, mirándome de nuevo, esta vez de una manera diferente, esforzándose inútilmente porque sus facciones no reflejasen en modo alguno ni la sorpresa ni la rabia que en él había despertado aquel primer y último bofetón de nuestros trece años de convivencia en común. Tratando de comportarse como el hombre que aún no era. Sujetándose las lágrimas a fuerza de amor propio.


Si se me concediera la oportunidad de regresar al pasado y borrar una escena de mi biografía como padre, sería sin lugar a dudas esa. Pero no es así y aquello, muy a mi pesar, forma parte de mi historia. Obviarlo sería inmaduro e intentar justificarlo con la excusa de que aquella mañana la casa de los abuelos de Nuria era una jaula de grillos en la que el volumen y el tono de los gritos no me dejaba ni siquiera pensar sería de cobardes. Jamás había pegado a mis hijos, más allá de alguna palmada admonitoria e inofensiva en sus traseros que había suscitado en ellos más risas que lágrimas. Nunca me había sentido tan defenestrado y culpable como cuando los ojos de Sergio se volvieron a posar sobre los míos y me transmitieron sin ambages - también sin una sola palabra - la frustración y la decepción que mi acción había despertado en su interior. Porque lo cierto es que su delito - hablar mal a su madre - no había sido tan grave. O lo había sido, pero nunca antes había recibido semejante castigo. Creo recordar que, para no transmitirle mi flaqueza, cerré el episodio con una advertencia enojada y poco creíble de que no se le ocurriera repetirlo, pero no estoy seguro del todo. Sí me acuerdo con claridad, sin embargo, de que me escabullí en cuanto tuve ocasión a la habitación que ocupábamos Nuria y yo para intentar llenar mis pulmones de aire y derramar las lágrimas que yo también había estado conteniendo durante ese penoso capítulo. Me sentía avergonzado, triste y enfadado conmigo mismo. No se me permitió ni una cosa ni otra, ya que mi amada esposa, en ebullición en aquel momento a cuenta de no sé qué discusión con su hermana pequeña o su madre que había hecho que mis nervios saltaran por los aires, irrumpió detrás de mí en el dormitorio, terriblemente alterada, con la intención firme de hacer las maletas y volver a Madrid. Y entre las barbaridades que brotaban de su boca a cuenta de aquel enfrentamiento, intercalaba reproches por ese momento estelar que yo había protagonizado y que me hacía sentirme como la persona más infame del mundo. Lo único que yo quería era meterme dentro de la cama, esconderme y no escuchar a nadie. A la vista de que aquello no iba a ser posible, opté (creo) por no llevarle demasiado la contraria y por ayudarla a preparar nuestra inminente partida.

Jamás he creído en eso de que "la letra, con sangre entra". Me declaro completamente en contra del castigo físico como herramienta educacional e, ignorando aquel lamentable y puntual hecho, he predicado siempre con el ejemplo. El diálogo como manual de conducta único. Cierto es que más de una vez habré pronunciado expresiones tan horrendas al dirigirme a ellos como "se está rifando una ostia y llevas todas las papeletas" o "te daba un guantazo que te quitaba la tontería". Pero también esos exabruptos, y sólo en ocasiones muy excepcionales, forman parte de ese diálogo que he procurado siempre emplear a la hora de educar a mis hijos. Antes encerrarme en una habitación y darme cabezazos contra la pared que ponerle a mis hijos la mano encima con intenciones alevosas o violentas. Y aquel episodio me afianzó más aún en mi creencia de que emplear la fuerza bruta para inculcar en ellos principios, valores o códigos de conducta es una atrocidad. Por mucho que en el pasado fuera la manera universal, como si fueran ovejas, de guiar a los hijos por el camino que el padre marcaba. Por mucho que, todavía hoy, existan quienes siguen pensando y actuando de esa manera.


Y si recupero hoy del baúl de mis vergüenzas aquel triste suceso es porque hace un par de días, en un vagón del metro, contemplé atónito cómo un padre atizaba dos guantazos memorables a su hijo de unos ocho años porque, sin querer, el niño le había tirado el móvil al suelo al troglodita de su progenitor. Y no me impresionó tanto el acto en sí mismo como la naturalidad con la que el mostrenco zurraba a la criatura y la normalidad con la que el pequeño encajó los dos bofetones. Como si eso ocurriera a diario. Varios pasajeros nos miramos con asombro y estupor, pero hubo también alguno que sonreía mostrando una muda aprobación. Como es de suponer, ni unos ni otros intervenimos. La mayoría desviaron la mirada o volvieron la vista a sus propios teléfonos, indiferentes unos pocos, haciéndose más pequeños otros. Una mujer de unos cuarenta años y yo fuimos los únicos que mantuvimos nuestros ojos fijos en el neandertal en cuestión, intentando de algún modo transmitir nuestra indignación ante lo que acabábamos de presenciar, pero no dio opción a que reparase en nuestra postura puesto que no dejó de zarandear y reñir al hijo hasta la siguiente parada, en la que ambos se bajaron, sin parecer en ningún momento que al padre le preocupara la imagen que estaba dando.

Me cuesta entender situaciones como esta. Sé que la paternidad puede ser muy complicada y que no siempre puede uno controlar la ira. Somos humanos al fin y al cabo. Lo que me ocurrió con Sergio es un claro ejemplo de ello. Pero educar a bofetones, como hacen ese padre del metro y otros muchos que todos sabemos que habitan entre nosotros, me produce arcadas. Las mismas que la mirada asombrada de mi hijo me provocó hace ya unos cuantos años aquella mañana de domingo en Martos y que todavía hoy me encoge el corazón.

sábado, 24 de febrero de 2024

A tus veinte

El futuro, cuando la niñez va a quedando a tus espaldas y comienzas a percibir la presión del entorno empujándote, obligándote casi, para que encuentres tu propio camino, provoca vértigo. Tanto que puede llegar a paralizarte, especialmente si en tí no se ha despertado aún una vocación clara hacia un oficio concreto o hacia una profesión determinada. O cuando sabes que, de aquello que realmente te apasiona, será difícil que puedas vivir. Es una sensación abrumadora la de saber que cualquier decisión que a partir de ahora tomes contiene el potencial de condicionar el resto de tu vida y que nada ni nadie garantiza que la que tomes vaya a ser la correcta. Y sospechas también que nunca más vas a sentirte tan seguro, tan poco expuesto al fracaso y al dolor, como te has sentido hasta ahora. Y todo eso te empuja aún más hacia una inmovilidad frustrante que merma, sin que puedas hacer demasiado para impedirlo, tu autoestima. Sientes una envidia insana hacia aquellos de tus iguales que tienen ya un plan ideado, hacia esos que han fijado ya el blanco y están a punto de apretar el gatillo. A tus ojos, ellos no flaquean, no dudan, sus convicciones parecen inamovibles. Tu mirada les engrandece. Piensas que, si la vida es una carrera, ellos ya te sacan dos cuerpos de ventaja. No sabes cómo actuar porque temes que tus pasos puedan dirigirte a un callejón sin salida. Te sientes perdido y confuso.


Y a causa de esa amalgama de sentimientos que te cercan e intimidan, te olvidas de lo más importante: que tienes veinte años, la obligación natural de explorar tus límites y el derecho a tropezarte cuantas veces sean precisas. Te olvidas de que los puntos cardinales no son más que referencias que te ayudarán a orientarte pero que no tienen por qué definir ya tu senda. Sabes que la línea recta es el camino más corto entre dos puntos, pero ignoras que a veces uno llega a su destino sintiéndose más completo y satisfecho si, al alcanzar tu meta, lo haces con unos cuantos rasguños, producidos por los matojos con los que has ido topándote al cruzar campo a través, tatuados en tu brazos. Ese conocimiento, esa certeza, llegará más adelante, cuando hayas recorrido una parte del sendero más larga que la que aún te queda por recorrer.

Si un consejo puedo darte es que no dejes de moverte. Permite que esas dudas formen parte de ti. Ten miedo a errar, ya que ese temor te aportará conocimientos y herramientas que más adelante te serán útiles. No te agobies si un sudor frío se expande por tu frente al enfrentarte a una disyuntiva que se te antoja crítica, ya que a la larga comprenderás que no lo era tanto. Acepta tus errores e incorpóralos a tu aprendizaje. Prueba, mójate, arriésgate, tropieza, vuela. Pero no te quedes quieto bajo ningún concepto. Haz cosas, no te encierres en tu zona de confort, esa en la que has vivido hasta ahora. Preocúpate, pero sobre todo mantente ocupado. 

No soy tan viejo aún como para tenerme a mí mismo por sabio ni para creer que en mis opiniones no hay fisuras. Tampoco hablo con la autoridad que otorga el haber sido joven en tiempos difíciles, tal y como les ocurrió a mis padres, quienes tuvieron que hacerse adultos en el opresivo entorno de la dictadura franquista, o como les sucedió a mis abuelos, que a tu edad se encontraron inmersos en una Guerra Civil. Puedo estar equivocado, claro que sí, pero estuve donde ahora estás tú. También el pánico y la incertidumbre se adueñaron inmisericordemente de mí y me hicieron titubear en numerosas ocasiones. Pero seguí avanzando. A veces a trompicones y otras con seguridad. En ambos casos, como te ocurrirá a ti, me lancé al vacío sabiendo que contaba con una red de seguridad firme y resistente que me sostendría si resbalaba. Siempre estuvo ahí y siempre estará. Porque aunque en ocasiones te sientas solo frente al futuro, no es cierto. Tu familia y tus amigos estarán ahí para levantarte si te caes, para devolverte a la senda si te desvías en tu ruta.


No estás solo aunque te empeñes en pensar lo contrario. No dejes que el tronar de la sangre joven al circular por tus venas te tapone los oídos. No permitas que el orgullo de tu juventud te ciegue. Escucha a los demás. Filtra lo que te sea útil. No te pares nunca del todo. Necesitas avanzar para poder abrazar con cariño más adelante a quien eres ahora. Sé valiente. Tienes aliados. Los mejores. 

Muévete, hijo, tu vida no ha hecho más que comenzar y está deseando que te abalances sobre ella. Te desafía. Acepta el reto.

sábado, 16 de diciembre de 2023

Champú para calvos

Hace un par de tardes, al salir yo de la ducha con la cabeza más despejada después de varias horas de estudio frente al ordenador y paladeando ya la placentera sensación de haber finiquitado todas mis obligaciones y de tener las horas restantes del día a mi disposición para dedicarlas al ocio y la holganza, mi hijo Marcos, de quince años de edad, me espetó de repente, con una seriedad inusual en él, lo siguiente:

- Papá, hay una cosa que nunca te he preguntado...


Por el tono que empleó, por estar los dos solos en casa en aquel momento y por ese "nunca" que me sonó más a un "hasta ahora no me he atrevido" que a un "hasta ahora no había pensado en ello", me detuve en mi tránsito por el salón hacia la cocina un tanto sorprendido. No sé qué esperaba en realidad, pero todo me hizo pensar que había llegado el momento de nuevo de mantener con mi descendiente una de esas conversaciones trascendentales que un padre aguarda y teme al mismo tiempo. Desde hace año y medio aproximadamente nuestra relación, por aclarar, es bastante serena y fluida teniendo en cuenta la etapa en la que el churumbel se encuentra, esa incómoda adolescencia en que el diálogo con los progenitores se suele reducir a gruñidos ininteligibles y miradas despectivas, y me consta además que él anda desde hace un tiempo planteándose muchas cuestiones de importancia de cara a su futuro y sobre la manera en la que el mundo adulto funciona. Debe también tenerse en cuenta que, a diferencia de lo que observamos Nuria y yo en muchos adolescentes - sin ir más lejos en la experiencia que en su día vivimos con Sergio, el mayor -, este hijo nuestro, para nuestra grata sorpresa y mayor tranquilidad, toma buena nota de todo lo que sus padres le transmitimos en base a nuestras experiencias vitales. Así pues, con todo esto en mente, pensando que la charla iba a ser de las que dejarían huella en ambos, silencié el móvil, me senté frente a él, dispuesto a compartir mi limitada sabiduría, y le pregunté:

- ¿Qué quieres preguntarme, hijo?

Y aunque la duda que me planteó me hizo soltar una carcajada inmediata que no fui capaz de contener, debo hacer constar que él no pretendía reírse a mi costa ni hacer una broma fácil en relación a mi reconocida y reconocible alopecia. Le conozco bien y sé que realmente albergaba una curiosidad sincera por algo que es sumamente importante para él y que dejó de serlo para mí hace ya unos cuantos años: el cabello.

- Papá, ¿tú utilizas champú?


No importa si la cuestión planteada corresponde o no a los pensamientos que suponemos (o creemos suponer) que pululan por la mente de un quinceañero. Tampoco si el debate es sobre algo tan superficial como puede parecerme el tono y salud capilar de cualquier hijo de vecino, incluidos él y yo, sobre algo tan serio como se me antoja la elección de una profesión o sobre algo tan delicado como las relaciones de pareja. Para nosotros, como padres, supone un alivio inmenso saber que los canales de comunicación con nuestro hijo están abiertos y que él escucha lo que de nuestras bocas, ya sea para saciar su curiosidad como en este caso o para proporcionarle herramientas para enfrentarse al mañana, pueda salir. Supone también una gran responsabilidad que asumimos con naturalidad, pero también con orgullo. Porque es un chaval que escucha, reflexiona sobre lo comentado y extrae sus propias conclusiones. Sabemos que lo que le digamos tiene repercusiones en sus comportamientos y en su manera de pensar. Como digo, todo eso pesa, pero es una carga liviana que cualquier padre aspira a arrastrar durante toda su vida.

La verdad es que Marcos se está transformando en un tipo peculiar que no deja de asombrarnos y que aporta a nuestras vidas algunas especias que hacen que la carta sea más atractiva y sabrosa. Los arranques de mal humor inherentes a su edad se diluyen fácilmente si apelamos a su sentido del humor, agudo y solidario. Su recalcitrante vaguería en los estudios se compensa con creces con su generosidad doméstica cuando ve que nos encontramos desbordados. Su compromiso con sus amigos, especialmente con el equipo de baloncesto, conjuga a la perfección con el valor que concede al estamento familiar. 

Y de vez en cuando sus reflexiones más profundas sobre el mundo que le aguarda al otro lado de la puerta y al que ansía incorporarse cuanto antes se contraponen, como en este caso, con el niño que continúa - y no es encanta que sea así - siendo. 



jueves, 30 de noviembre de 2023

Lo que la cancha nos da: entrenadores

Para los chavales que practican algún deporte, la figura del entrenador ha adquirido hoy en día un peso, en el modo en que les ayuda a adoptar su personal e intransferible manera de gobernarse en la vida, mayor que la del maestro y, en según qué circunstancias, mayor incluso que la del propio padre. La sombra de ambos ya no es tan alargada como lo era antaño. Durante la infancia y adolescencia de nuestros hijos, etapa que se va aproximando ya a su final y en la que el baloncesto ha estado siempre muy presente en cada esquina de nuestro hogar, la palabra de sus entrenadores ha sido desde el primer día sagrada para ellos, y a Nuria y a mí, dado que los mensajes transmitidos han sido generalmente los adecuados, no nos ha costado ningún esfuerzo reforzarlos, aunque a veces nos hemos podido sentir empequeñecidos por la influencia que sobre nuestros cachorros tienen y que ya nos gustaría a nosotros, en según qué ocasiones, ejercer. Si quieres inculcar en tu hijo algún valor o principio que para ti, como padre, te parece indispensable y tu hijo parece hacer oídos sordos a tus palabras, no te agobies y alíate con su entrenador, que sea él quien se lo trate de inculcar. No falla, funciona siempre. Como cuando se echan novia, vamos. Recaen, por lo tanto, sobre los hombros de estos trabajadores, que en la mayoría de los casos se dedican a esta labor más por afición y vocación que por un interés meramente económico, importantes obligaciones y responsabilidades que cada uno de ellos gestiona como mejor sabe o puede. Y a veces también como Dios les da a bien entender. Mi experiencia con los entrenadores de mis hijos en el baloncesto e incluso la que yo mismo viví en el ámbito del fútbol-sala me ha ayudado a identificar a los principales tipos de entrenador con que uno puede encontrarse, aunque cada persona es única y distinta y esta clasificación está sometida a infinitos matices. Pero lo que sí he creído vislumbrar es que cualquier entrenador de cantera de cualquier disciplina se columpia en un balancín en cuyos extremos se encuentran, por un lado, la formación y, por el otro, la competición. Entre medias, ancha es Castilla y hay un entrenador diferente en cada banquillo.


Empecemos por los primeros, por esos cuyo interés en el resultado que muestre el marcador al final del partido es nulo y dan prioridad absoluta a instruir a sus pupilos en los conceptos y recursos técnicos que les conviertan en el futuro en buenos jugadores. En ocasiones intentan ir más allá e inician también a los chavales en la adquisición de los valores apropiados para la práctica del deporte en cuestión e incluso para su deambular por la vida. Fomentan el compañerismo y la deportividad, emiten siempre mensajes positivos, corrigen de forma constructiva, no reprochan o critican, premian el esfuerzo por aprender frente a las habilidades innatas de cada cual. Creen en el proceso en su conjunto e interpretan que ellos son los responsables de una parte del mismo, ni más ni menos importante que el resto. Sienten pasión por el deporte que han elegido y les impulsa una fuerte vocación didáctica. Viven la disciplina en la que son especialistas con un cierto romanticismo, si se me permite la expresión. Suelen ser altamente empáticos con sus jugadores y dedican tiempo y mucha paciencia a conocerles a fondo. Sin lugar a dudas, este tipo de entrenadores son los idóneos para los niños que están empezando a practicar la disciplina seleccionada. Cualquier padre agradece la tranquilidad de poner a sus hijos de siete u ocho años en manos de profesionales con estas virtudes. Y en ese sentido, Sergio y Marcos fueron bendecidos en sus años de Benjamín con entrenadores de este corte, especialmente el pequeño, que disfrutó durante tres años con las enseñanzas de Javi y de Juanpe, dos de los mejores entrenadores de este perfil en Madrid. Aunque este es, en mi opinión, el prototipo de entrenador para los más pequeños, no quita para que nos hayamos encontrado en nuestro vagabundeo por las canchas de la Comunidad personajes de todo tipo de estilos y pelajes. Como aquel de Boadilla al que terminamos abucheando desde la grada por la manera en que trataba a sus críos, niños de no más de ocho o nueve años a los que se dirigía de manera tan despótica que no tengo dudas de que alguno de ellos terminó cambiando de deporte.

Pero llega un momento en que son los propios niños quienes demandan de sus entrenadores ir un paso más allá y es necesario modificar ligeramente el perfil de referencia. Los chavales siguen competiciones profesionales a través de las redes sociales y los medios, se emocionan con las rivalidades, comienzan a ser conscientes de sus capacidades y de sus límites, les empieza a picar la ambición por superarse a sí mismos y a los demás, se preguntan cómo llevar el balón en las mejores condiciones a un lugar determinado del campo y todas esas cosas que hasta ahora no les preocupaban en exceso. Aunque el sentimiento de equipo debe prevalecer siempre, la individualidad comienza a tomar forma. Son unos años, que transcurren más o menos entre el primer año de Alevín y el último de Junior, entre los once y los diecisiete años, en que por la experiencia que nosotros hemos tenido, conviene poner a los chicos en manos de entrenadores que, sin dejar de enseñarles y de potenciar sus habilidades técnicas, les introduzcan paulatinamente en la parte más táctica del deporte. En el caso del baloncesto, que sepan ejecutar bloqueos, pick & roll, balances defensivos organizados, presión, jugadas de banda y fondo, etc... Pero deben ser también profesionales con un perfil no tan asociado a la formación y sí más dirigido a la consecución de objetivos tangibles, tanto a nivel grupal como individual. Los chicos deben divertirse y es ideal que sus entrenadores formen parte de esa diversión, pero deben aprender a alcanzar sus metas, deben comenzar a sentir el deber y la responsabilidad que conlleva el trabajo en equipo, tienen que aprender a ganar, a desearlo incluso, y tienen también que aprender a perder, a gestionar la derrota de la manera correcta. Porque nadie crece si las cosas no cuestan. Ninguna victoria se saborea de la misma manera que cuando se consigue con resistencia. Toda derrota entraña a su vez un aprendizaje imprescindible para afrontar otras facetas del desarrollo. Es extraño encontrar en categorías Infantil y Cadete entrenadores formadores como esos de los que hablábamos al principio. Los sigue habiendo y eso en muchos aspectos es positivo, pero posiblemente ese grupo al que entrenan tendrán un déficit competitivo importante y esa carencia terminará generando frustración entre sus componentes. No sólo se trata ya de que el chico aprenda, por ejemplo, a desplazarse lateralmente al defender, sino que comprenda por qué debe hacerlo así, qué resultados se obtienen al realizar ese movimiento. La relación entrenador-jugador cambia también en esta etapa, no es ya tan amable como lo era antes, pero no debe ser en ningún caso una relación desequilibrada: el entrenador debe contar con el respeto total del jugador y cualquier amago de rebelión que pueda producirse debe ser abortado de manera inmediata, pero el entrenador debe estar a su vez abierto (y promover) el diálogo con y entre los jugadores. Y divertirse, todos deben divertirse. Eso es primordial.


Y llega ya el último tramo en la vida de un jugador amateur, que puede prolongarse tanto como las circunstancias del individuo y su pasión por el deporte le permitan. Tengo la suerte de haberme topado en las gradas con gente admirable que a sus cuarenta y diez siguen pasando los fines de semana en la cancha. Y es curioso, ya que son pocos los equipos de este tipo, los Over Fourty, que cuentan con entrenador. Y es que, a partir de los dieciocho años más o menos, la relación entre entrenador y jugador se transforma radicalmente. Los chicos llevan años aprendiendo y algunos pueden haber vivido incluso experiencias en el mundo del basket más intensas que sus propios entrenadores, lo que hace que su opinión y sus sugerencias deban ser acogidas con atención y entusiasmo, dado que por lo general repercuten positivamente en el equipo. Es más, algunos de esos jugadores se convierten a su vez en entrenadores de niños y el ciclo vuelve a empezar. El diálogo se vuelve más abierto y mucho más provechoso, se discuten las bondades de aplicar tal o cual estrategia y, aunque es el entrenador quien tiene la última palabra, todos participan en la toma de decisiones. El reparto de minutos ya no es tan conflictivo, dado que todos reman en la misma dirección, el colectivo vuelve a ser de nuevo, aún más si cabe, lo principal. El jugador es más capaz ahora de ponerse en el lugar del maestro y el entrenador pasa a ser uno más, tal es así que poco a poco su papel tiende a diluirse - hablamos de deporte amateur - y llega un momento en que sus funciones se difuminan y terminan siendo asumidas por los propios jugadores. Obviamente, aquellos que dirigen equipos adultos deben adoptar un perfil, digamos, de hermano mayor. Debem disfrutar con su trabajo a un nivel diferente, deben encontrar en el acompañamiento y el asesoramiento una satisfacción personal. Deben tener tantas ganas de aprender como de enseñar, ya que tendrán entre sus manos chavales a los que transmitir conocimientos, pero también a otros que les pueden permitir seguir aprendiendo. Y deben ser capaces también, y gozar en ese proceso, de salir a tomarse unas cervezas con sus pupilos de igual a igual.

Más que una tipología estándar de entrenadores, muy difícil de elaborar, al final mi exposición hace referencia a las cualidades que, a mi parecer, debe tener cada uno de ellos en función de las edades de sus jugadores, pero es obvio que en la forma de comportarse y en la manera de trabajar de quienes dirigen equipos confluyen muchos otros factores que no podemos despreciar: la motivación de sus enseñanzas, las presiones a las que pueden estar sometidos por la dirección de los clubes en los que militan, la relación que se construya con el entorno de los jugadores, la antigüedad acumulada en esas tareas, la preparación previa del grupo, etc... La principal virtud que en mi opinión debe tener un entrenador, sea cual sea la categoría en la que desempeñe sus funciones, es la de ser capaz de detectar de manera correcta, en el momento de hacerse cargo de un grupo, el punto en que se encuentran esos jugadores a título individual y colectivo para determinar el perfil que debe adoptarse. No es lo mismo entrenar a un equipo local que a un federado; ni tampoco hacerlo en un club de barrio que en uno con títulos e historia. No tiene las mismas necesidades un grupo que en la etapa previa haya superado las expectativas puestas en esas edades y haya ganado un campeonato, que hacerlo con un grupo en el que la mitad de la plantilla sean nuevas incorporaciones y que para dos o tres sea además su primera vez. La experiencia y la habilidad del profesional para determinar con dos o tres entrenamientos cómo debe posicionarse frente al grupo es, en mi opinión, la cualidad más valorable en cualquier entrenador en cualquier disciplina deportiva. 

Eso y que no olvide que, aunque competir debe figurar en su hoja de ruta, esto no es más que un juego. Y en los juegos el principal objetivo es pasarlo bien.




lunes, 27 de noviembre de 2023

Las cuatro patas del banco - Primera parte

Casi centenar y medio de entradas publicadas ya en este blog y aunque alguna he dedicado a mi infancia, en ninguna he hablado demasiado sobre mis hermanos. Y no será por falta de anécdotas con ellos ni porque sus historias personales no lo merezcan. De las primeras, mi memoria conserva decenas, aunque debo admitir que son muchas aquellas en las que, ahora, con una perspectiva diferente, debo admitir que yo no me comporté como el hermano mayor que suponía que debía ser; y en cuanto a las segundas, a la manera en que cada uno de ellos se han gobernado en sus vidas, son admirables. Y lo digo con el corazón en la mano, sin hipérboles ni sentimentalismos baratos. Todos ellos eligieron encaminar sus pasos por sendas que a mí se me antojaban entonces agrestes y llenas de obstáculos, pero hoy admiro la valentía de la que los tres tuvieron que echar mano y me siento francamente orgulloso del lugar al que sus pasos les han terminado dirigiendo.


A mi hermana Elena, la segunda de la camada, una niña callada y cariñosa, la vida comenzó a golpearla cuando ella aún no tenía herramientas suficientes para defenderse. No éramos más que niños y yo, que debía haber cuidado de ella, también contribuí a que se viese pronto abrumada por sus complejos e inseguridades. Aunque la adoraba, ejercía sobre ella la autoridad que se le supone al primogénito con un cierto sadismo. Me avergüenza hoy reconocer que hubo un tiempo en que me provocaba un insano placer burlarme de ella. "Vaca marina", me dio por llamarla cuando me hacía enfadar o me llevaba la contraria. O la asustaba apareciendo de repente frente a ella imitando a un perro, animales por los que desde muy pequeña sintió pavor. Nuestros hermanos pequeños seguían muchas veces mi ejemplo, para enfado de nuestros padres. Intentar contar las veces que la hicimos llorar me hace sentir que, por muy niño que yo fuera entonces, mi comportamiento fue aberrante y cruel. Pero ojala ese hubiera sido el único problema al que tuvo que enfrentarse. No fue así. Había por detrás algo mucho más sucio y traumático, algo que mis padres tardaron en descubrir.

El concepto de "acoso escolar" no existía entonces. O no se gestionaba de la misma forma que en estos días. "Cosas de críos", argumentaban los adultos antes de seguir con aquello que estuvieran haciendo y no volver a pensar en ello. Los profesores de entonces podían llegar a ser personajes tiránicos a los que nadie supervisaba y que vivían protegidos por un sistema que justificaba todas sus acciones, fueran estas cuales fueran. Se veían como algo normal los castigos físicos en el aula. Nadie ponía en duda los métodos empleados, ni siquiera los padres se atrevían muchas veces a enfrentarse a la figura del maestro, tan sagrada como lo eran las del alcalde o el cura. Su palabra era ley. A mi hermana le tocó la peor de las brujas escolares, una profesora que día tras día la ridiculizaba delante del resto de estudiantes de las más atroces maneras. Y mi hermana Elena sufría aquel maltrato en silencio, sin contar nada en casa, ocultándose cada vez más dentro de sí misma. Cuando nuestros padres supieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron con valentía e indignación. Muchos otros le habrían restado importancia e incluso habrían culpado a mi hermana de lo que estaba sucediendo. En ese sentido y para aquellos alumnos que se vieron abocados a esa coyuntura y para los padres que intentaban oponerse a esas actitudes eran tiempos muy duros. Sacaron a mi hermana de ese colegio y la matricularon en otro. Pero el daño estaba ya hecho. Elena nunca llegó a ser quien podía haber sido, aunque terminaría floreciendo de aquella terrible época una versión maravillosa de sí misma. 


Como todos los recuerdos que rescato de un pasado que cada vez veo alejarse más por el retrovisor, no sé si es un recuerdo inventado o si fue real, pero cuando rememoro aquellos tiempos, tal vez cuando yo contaba doce años y ella rondaba los diez, la veo sentada en una consulta médica con cables conectados a la cabeza y se me cae el alma a los pies. Porque ante síntomas claros de bullying, la ciencia entonces buscaba las causas en el interior del individuo y nunca en su entorno. Como digo, no había una conciencia social a la que reclamar cuando ocurrían estas cosas. Creo que encontró consuelo en el entorno de la parroquia, a la que mis padres estaban muy vinculados. Sospecho que fue allí donde ella comenzó a reconstruirse. Donde empezó a ser tratada como una más y no como alguien a quien habían hecho sentir que era menos que el resto. Aquel fue el primer asidero que encontró para no hundirse en el pozo. El segundo, siempre apoyada por mis padres y en menor medida por nosotros, sus hermanos, lo encontró en el lugar menos esperado y gracias a una excursión programada por el instituto en el que cursaba Auxiliar de Enfermería. Visitaron una de las casas que la ONG Basida tenía para la rehabilitación de toda clase de pacientes sin recursos, aunque originariamente trabajaban con enfermos de VIH. Allí encontró su lugar en el mundo, ayudando a rehabilitarse a aquellos que todavía podían hacerlo y acompañando hasta el último suspiro a aquellos para los que ya no existía solución. Al principio iba solo algún fin de semana. Luego sus períodos allí como voluntaria se fueron haciendo cada vez más largos hasta que un día no regresó a casa. Se convirtió en voluntaria residente en aquella Comunidad, sin sueldo ni cotización, algo que a mí me llevó años entender y aceptar, y combatiendo cada día la enfermedad y la muerte que rondaba a los enfermos sin recursos que allí acogían. Obtenían algunas pequeñas victorias que justificaban su decisión y me hicieron comprender mejor las motivaciones que habían impelido a mi hermana a enclaustrarse allí, lejos de la ciudad, de las vidas más o menos normales que íbamos construyendo la mayoría.

Hablamos cuando podemos, ya que su vida está consagrada a esa misión en la que decidió sumergirse y nos vemos de Pascuas a Ramos. Vive consagrada a ayudar a los demás, pasando temporadas en las distintas casas que la ONG dirige, aunque intenta encontrar siempre tiempo para sus hermanos, sus sobrinos y, sobre todo, para nuestros padres. Esa labor que ella lleva a cabo a base de desvelos, sacrificios y renuncias, esa labor que muy pocos asumen y que es tan necesaria en nuestra sociedad, la ha convertido en un ser especial, con una sensibilidad única. Una tarea la suya que yo sé que no sería capaz de afrontar y que me llena de admiración, aunque quizá no se la demuestre tal y como realmente la siento.

La historia de mi hermana es un relato de superación y de constancia, la de alguien a la que empujaron por un terraplén, se levantó, se limpió de polvo la ropa, miró a su alrededor y decidió que el camino que deseaba seguir era el de la solidaridad y el amor. Que, en la medida de lo posible, aquellos a quienes la vida también derriba y no encuentran la manera de levantarse por sí solos, tengan siempre cerca una mano amiga que les ayude a levantarse y les acompañe hasta que encuentren su propio destino. 



martes, 21 de noviembre de 2023

La biblioteca

¿Se puede afirmar que uno ha soñado cuando lo que realmente ha hecho mientras dormía ha sido recordar?

He abierto mis ojos esta mañana sintiéndome abotargado por una pegajosa nostalgia, mecido por sensaciones que en otro tiempo me eran cotidianas y que creía haber extraviado, pero que el sueño (o la memoria) me han devuelto al despertar.

En mi sueño visitaba la Biblioteca Pública de Móstoles y me dejaba imbuir como antaño por el reverencial respeto que desde niño se apodera de mí en este tipo de lugares: el silencio, la ilusión, la expectativa y, sobre todo, la posibilidad de retirar un libro de una estantería, hojearlo percibiendo la textura del papel impreso y dirigirme al mostrador de préstamos para certificar que, durante quince días, ese ejemplar sería únicamente mío. Bueno, esos tres ejemplares. Porque eran los que cada quince días me llevaba a mi casa.

Supongo que visitar la biblioteca y elegir mis tres libros sería el equivalente cultural del joven enamorado de la moda que decide acercarse un rato al centro comercial a comprarse unos trapos y acaba echando allí la tarde completa. A mí me ocurría lo mismo. Siempre había más de tres libros que me apetecía echarme al coleto. Incluso a veces utilizaba el carnet de Nuria y en vez de tres eran seis los que me llevaba.

Un día pedí que me regalasen un Kindle por mi cumpleaños. Tenía meridianamente claro que iba a extrañar el tacto del papel, el olor de la tinta fresca o el de las páginas manoseadas por otros muchos lectores que hicieron suyos antes que yo esos ejemplares. Que añoraría la excitación de revisar los títulos grabados en los lomos, el arte de las portadas y la promesa de las contraportadas. Pero también que mi espalda agradecería el no tener que cargar siempre con el peso de dos libros en la mochila al ir a trabajar. Que ganaría tiempo al no tener que desplazarme para conseguir mis libros. Que en un dispositivo sólo un poco más grande que un teléfono móvil podría llevar miles de novelas. Que ya no tendría que inventarme formas de hacer sitio en mis estanterías para hacerle un hueco a mi última adquisición. Y todo ello, tanto las nostalgias del papel en mis manos como las certezas digitales de mi e-book, se ha cumplido.


Y a ello me he acostumbrado. No me arrepiento, aunque admito que cuando voy a un centro comercial, La Casa del Libro o la Fnac son paradas obligatorias en las que permanezco al menos media hora intentando reencontrarme con aquellas sensaciones, aún a sabiendas de que no me llevaré ningún ejemplar.

Pero, tal y como mi sueño me demostró, no es lo mismo ni mucho menos. Porque una biblioteca es más que una tienda y, por supuesto, mucho más que un libro electrónico. Porque en una biblioteca no sólo el silencio o la comunión existente entre los que pasamos horas allí convierte la visita en una experiencia íntima. Porque en una biblioteca pareces escuchar los susurros de las voces mudas de los autores, muertos o vivos, de éxito o casi desconocidos, de nuestra tierra o de otras más lejanas. Porque en la biblioteca se palpa el respeto y el aire huele a cultura.


No sé si soy capaz de explicarlo adecuadamente, pero de lo que tengo una absoluta certeza tras este sueño es de que en breve, aunque sea tan sólo para revivir un pellizco de todo aquello, haré una visita tranquila y relajada al que fue, durante muchos años, uno de mis lugares favoritos del mundo.




domingo, 5 de noviembre de 2023

La cultura del esfuerzo

Educar en la cultura del esfuerzo a nuestros hijos se me antoja cada día más difícil. Cuando alguien hace referencia a conceptos como ese, o como a aquel otro referido a la ética del trabajo, mi memoria retrocede ineludiblemente a esos ya remotos tiempos en que yo sólo era un niño. Pienso en mis padres, el uno trabajando de sol a sol fuera de casa, casi sin ver a sus hijos más que durante los fines de semana, la otra gestionando como podía aquella casa de locos que debía ser nuestro hogar con los cuatro correteando por ahí, cayendo agotada en la cama por las noches, casi sin fuerzas para hablar un rato con su marido. Creo que en aquella familia de seis, aquello de "sábado, sabadete, camisa nueva y polvete" se debía cumplir a rajatabla. Y con preservativo, que no estaba ya la colmena para más abejas, aunque a finales de los setenta y principios de los ochenta, todavía con el franquismo reflejado en el retrovisor, pedirlos en la farmacia resultase cuanto menos incómodo. Pienso en mi abuelo paterno y en todos los que vivían y siguen haciéndolo del sudor que se derramaba sobre los terruchos propios o ajenos que les daban de comer. Pienso en nuestros sanitarios, insuficientes en número y cuya labor no termina de reconocerse, y que a pesar de todo siguen dejándose la piel en los hospitales a fuerza de vocación. Pienso en todos aquellos que crecieron y vivieron en un país y una época en que la premisa extendida era que había que esforzarse mucho para poder llevar una vida digna y un poco más aún para hacer realidad alguno de los sueños que se tuvieran. 



Hoy en día es casi una utopía hacer comprender a las nuevas generaciones el valor del trabajo. Es más, la gran mayoría no quieren ni oír hablar de ello. Muchos persiguen, de hecho, todo lo contrario. Recibir sin dar. Derechos sin obligaciones. Quieren ser youtubers, influencers y demás inventos terminados en -ers que les garanticen tener los bolsillos llenos, a ser posible sin moverse de casa y levantándose a las tres de la tarde. Lo quieren todo, ahora mismo y apoyándose en la ley del mínimo esfuerzo. No todos, por supuesto, pero son minoría los que elaboran un plan de futuro realista y asumen los sacrificios que tendrán que realizar para cumplir su hoja de ruta.

Contribuimos todos a ello. Nos resulta más fácil y rápido solucionarles sus problemas que obligarles a buscarse la vida para resolverlos ellos mismos. Concedemos muchos de los caprichos que se les antojan, aunque nos engañemos a nosotros mismos imponiéndoles a cambio ciertas condiciones que, cuando vemos que no son capaces de cumplir, suavizamos. 

El sistema educativo español, cada vez más laxo, no ayuda a la formación de los jóvenes en la cultura del esfuerzo. Temarios cada vez más reducidos, exámenes cada vez más sencillos. Recuerdo que yo todos los días llegaba a casa con tarea para una hora u hora y media y que me llevaba semanas preparar la evaluación. Que pasar de curso no era tan fácil y no hacerlo era algo que te pesaba sobre los hombros y sobre la conciencia. Que te pasabas el verano en una academia si te habían quedado asignaturas para las recuperaciones de septiembre y era algo tan natural, tan asumido, que ¡ay de aquel que protestase! Hoy los niños vuelven del colegio o el instituto sin deberes la mayoría de los días, preparan los exámenes el día de antes porque con eso les llega para obtener un cuatro que conseguirán subir a un cinco si su actitud es buena. Un alumno con seis asignaturas suspendidas en junio puede, si así lo decide el claustro de profesores, avanzar al siguiente curso. Algo inaudito para quien, como yo, creció teniendo que aplicarse, y hacerlo a conciencia, para obtener la recompensa. Una recompensa que, por otra parte, no se entendía como tal, sino como la única obligación real que se nos exigía. No se regalaba nada.

En lengua nos hacían leer el Libro del buen amor, El Ingeniosos Hidalgo Don Quijote de la Mancha, El camino o La familia de Pascual Duarte y realizar de cada uno de ellos el correspondiente trabajo. Y comprendo que generar afición a la lectura entre la juventud mediante esa clase de literatura es hoy en día una fantasía, que es necesario proporcionarles títulos más modernos y cercanos a su realidad, pero lo que tengo claro es que es imposible que lean cuando ni siquiera les mandan ya lectura alguna . Mi hijo pequeño está pasando por el instituto sin tener que leerse un solo libro en casa. Para mí una educación así es una abominación, casi un delito.



Es lícito desear que nuestros hijos tengan una vida más feliz y tranquila que la nuestra y se justifica que, en aras de proporcionarles esa comodidad, hagamos tanto como podamos por ellos. Generación tras generación vamos allanando más el camino de los que vendrán después. Pero me pregunto con mucha frecuencia si no estaremos ya llegando a un punto en que nuestras buenas intenciones les perjudiquen más que ayudarles. ¿Disponen de las herramientas necesarias para afrontar los retos que se les presentarán en el futuro? ¿Tendrán los recursos para sobreponerse a las dificultades diarias?

En mi caso, a veces obligo a mis hijos a luchar para conseguir algo, a que no se acostumbren a darlo todo por hecho, a que sepan que hay cosas que no se regalan ni se compran con dinero. Que el esfuerzo es necesario, aunque no siempre recibirán lo que persigan en su empeño de manera inmediata. 

Pero, ¿será suficiente con eso?

martes, 17 de octubre de 2023

Los grandes musicales

Durante un breve período de tiempo, tal vez un par de años, mi padre trabajó en la ya extinta Guía del Ocio, una publicación escrita que, como tantas otras cosas que en su día nos parecían eternas, acabó desapareciendo de forma abrupta con la llegada de Internet y cuya misión principal era mantener a todos los españoles puntualmente informados, con mayor detalle que el que la prensa generalista proporcionaba, de la oferta cultural y de entretenimiento de la que disponíamos en cada ciudad española. Nuria y yo ya estábamos juntos por aquellas fechas y quiso el azar que, unos meses antes de que mi padre se hiciera con aquel puesto de trabajo, mis suegros nos regalaran entradas para asistir a una representación de Los Miserables en la Gran Vía. Sorprendentemente yo no había leído aún la célebre obra de Víctor Hugo, por considerarla muy alejada de mis gustos literarios de entonces. Esto, unido a las cerca de cuatro horas que duraba la obra, me hizo recibir aquel regalo con una cierta desconfianza, pero con una sana curiosidad, dado que el espectáculo estaba en boca de todos los madrileños y la opinión mayoritaria recomendaba, a todo aquel que pudiera permitírselo, no dejar de verlo. Y lo cierto es que constituyó en mi caso, sin duda, una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Nunca había presenciado algo tan majestuoso y emocionante como aquello. Regresé a casa flotando en una nube, reviviendo las escenas que más me habían impresionada y tarareando en voz queda las melodías más pegadizas. Esa misma noche me sumergí por vez primera en la novela. Todavía hoy, casi treinta años después, me sorprendo a mí mismo, mientras me dedico a otros menesteres, canturreando alguno de los temas que componían el libreto de la obra, a la que regresaríamos tiempo después, cuando volvió años más tarde a la Gran Vía, con una compañía distinta y una puesta en escena, a mi parecer, de inferior calidad, pero que hizo que los pelos se me volviesen a poner como escarpias.


Aquella fue mi primera vez. Que mi padre consiguiera aquel empleo en la Gaceta del Ocio posibilitó que pudiéramos asistir, mientras lo mantuvo, a un buen manojo de musicales de manera gratuita y que se avivara mi afición por este género teatral, que no ha disminuido con el paso de los años ni un ápice: Cabaret, El fantasma de la ópera, We will rock you, Dirty dancing, etc. Fueron todas ellas experiencias que viví con entusiasmo y sumo deleite, aunque ninguna logró estremecerme como lo hizo aquella primera representación de Los miserables que permanece grabada con tinta indeleble en mi interior.

Cuando mi padre dejó aquel empleo, habíamos asistido a la gran mayoría de musicales que por entonces se encontraban en cartelera en Madrid. Nuestra vida en común, la llegada de los hijos y los elevados precios de estos eventos culturales nos alejaron de la Gran Vía durante años, aunque logramos encontrar algún hueco y tirar de hucha para asistir a alguna representación teatral de corte más sencillo y precio más económico, como fueron la adaptación de Ocho apellidos vascos o la magistral interpretación de Nancho Novo en El cavernícola, siendo esta última también una revelación para mí, dado que nunca he estado tan cerca de perecer de carcajadas como entonces. También, como se puede deducir, asistimos con los chicos a alguna representación infantil, pero los grandes musicales quedaron aparcados hasta nuevo aviso y nos limitábamos, a lo sumo, a alguna escapada puntual al cine, más del gusto por otra parte de Sergio y Marcos. Fueron desfilando por la escena madrileña nuevos musicales que nos habría gustado entonces ver, pero que se convirtieron en deseos vanos que no pudieron ser cumplidos.

Le regalé a Nuria las pasadas Navidades, no obstante, dos entradas para el de Tina Turner, musical al que yo aspiraba poder asistir, aunque no estaba muy seguro de si mis dolores, que se agravan cuando permanezco sentado más de media hora, especialmente si no dispongo de espacio para estirar las piernas, me permitirían acompañarla. No me preocupaba excesivamente no ser yo su acompañante, ya que mi suegro, ya fallecido, era, al igual que yo, un gran admirador de la artista, y yo sabía que sería también muy especial que Nuria y mi suegra fueran juntas en esa ocasión si yo no podía hacerlo. Al final no me quedó más remedio que optar por esta segunda opción, ya que las molestias continuaban siendo demasiado intensas y todo apuntaba a que, de empeñarme en asistir al espectáculo, iba a disfrutar poco y a sufrir mucho. Me consta que fue una ocasión única para ambas, por hacer juntas algo distinto y por todo lo que removió en ellas escuchar los temas de la Reina en aquel escenario. Me consta que se emocionaron y que derramaron algunas lágrimas en memoria del padre y del marido desaparecido, así que me doy por satisfecho por todo ello, aunque me quedase finalmente sin poder ver el espectáculo, que pocos días después dio por concluido su periplo por nuestro país.



Pero a mí aquello me hizo pensar que debíamos darles a nuestros hijos la oportunidad de vivir la experiencia, aunque sólo fuera una vez, de asistir a un evento de estas características, así que anduve al acecho, como hacía antaño, de la cartelera, a la espera de la obra adecuada y la ocasión propicia. Consideré también, sin necesidad de consultarla al respecto, que a buen seguro a Nuria le haría una particular ilusión verse acompañada por sus tres hombres en una coyuntura de este pelaje, antes de que nuestros hijos se acomoden definitivamente en esa postura que todos en su momento adoptamos de no querer hacer nada con quienes nos han dado, literalmente, la vida. Con estos propósitos en mi ánimo, terminé sacando cuatro entradas para la nueva adaptación de We will rock you en el Teatro Príncipe Pío y fue ese mi regalo por su cumpleaños la pasada primavera. No acogieron con la misma ilusión la ocurrencia, como es de suponer, los chicos que Nuria, pero no dejamos los adultos margen ni siquiera para la protesta o el pataleo, y allá que nos encaminamos por fin el viernes pasado, con muy diferentes predisposiciones, los cuatro. A pesar de la expectación suscitada, no era la de mi habitualmente jovial esposa la idónea, ya que había trabajado la noche anterior, apenas había podido descansar unas horas aquella mañana y venía arrastrando un catarro que mermaba sus fuerzas y también, en consecuencia, enturbiaba sus ánimos; en el caso de Sergio, coronado por una aureola grisácea de aceptación ante lo inevitable, a buen seguro extrañando en nuestra comitiva la presencia de su novia, pero resignado en definitiva a la penitencia de compartir una tarde de viernes con sus padres y hermano en vez de con quien hoy es dueña de su corazón; Marcos, que había sido quien menor interés había mostrado ante la aventura familiar que sin su consentimiento había yo organizado, se mostró seco y huraño hasta que, mientras hacíamos tiempo para acceder al teatro, su madre le concedió el capricho de invitarle a unos cruasanes en Manolo Bakes; y en mi caso, por último, oscilaba mi estado anímico entre el temor a que mis molestias me impidiesen disfrutar de la representación, el ansia por volver a verme como espectador de un musical, más aún con la banda sonora de una de mis bandas favoritas, y la esperanza de que en mis hijos se despertara el mismo gusanillo que con Los Miserables cobró vida en mí hace tres décadas.

El teatro en sí, como instalación cultural, me decepcionó profundamente, dado que era una construcción moderna con más aspecto de salón de conferencias que de cualquier otra cosa. Nuestras entradas estaban situadas en el patio de butacas, cuarta fila, algo escoradas a la izquierda, con buena visibilidad, si bien debíamos mover la cabeza de vez en cuando para esquivar las cabezas de quienes estaban sentados delante de nosotros y poder ver sin perder detalle lo que en escena se representaba. La acústica no era mala, si bien tardamos un par de escenas en lograr comprender en su totalidad lo que los actores declamaban, posiblemente más por la falta de costumbre de nuestros oídos a esos estímulos que por un desajuste relevante en los controles acústicos del equipo de sonido.



En cuanto a la obra, como me ocurrió con Los Miserables, se me antojó más floja esta vez que en la anterior ocasión que tuve la fortuna de presenciarla en directo, bien porque realmente lo fuera, bien porque las segundas veces de algo memorable nunca igualan a las primeras. El argumento era similar, un mundo post-apocalíptico en el que toda la música que se consume es generada por ordenadores, los instrumentos musicales han desaparecido de la faz de la Tierra y donde aquellos soñadores que recuerdan lo que el rock'n'roll representaba son perseguidos por las autoridades y severamente castigados. Las interpretaciones son aceptables, ninguna es gloriosa ni entrará en los anales de la historia, pero tampoco ninguna es reprochable o ridícula. Y lo mismo sucede con el vestuario, la coreografía o la iluminación. Un espectáculo amable en el que la verdadera protagonista es la música del legendario grupo británico.

Dediqué buena parte de las dos horas y media que dura la representación, incluidos los quince minutos de intermedio que aproveché para estirarme y aliviar las molestias que permanecer sentado me provoca, a observar a mis hijos con atención, realmente intrigado por cuáles serían sus reacciones y aunque al principio fueron comedidas, comprobé con regocijo que, a medida que la obra iba avanzando, reían a mandíbula batiente cuando tocaba, movían los pies al ritmo de la música, daban las pertinentes palmas con el We will rock you e incluso se animaron a alzar las manos al compás del We are the champions.

Que esto sea el germen de algo en sus vidas como lo fue en la mía, ya no depende de nosotros, aunque no tengo ninguna duda, si a los escenarios de Madrid regresa el musical de Tina Turner o si a alguien en Broadway se le ocurre la feliz idea de hacer algo similar con la música de U2 o Bon Jovi, ahí estaré yo para intentar enredarles para que me acompañen.








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