Cuando hace algo más de dos años abandoné Sitel, la que había sido mi empresa y también mi segunda casa durante casi diecinueve años, cinco meses y doce días, lo hice por voluntad propia y asumiendo personalmente todas las consecuencias que aquella decisión pudiese acarrear, aunque hubo dos personas que me animaron enfáticamente a ello: Nuria, que nunca dejó de apoyarme ni me ha reprochado jamás aquel paso que me animé a dar y que por el momento no nos ha deparado desgraciadamente demasiadas alegrías, y sobre todo Verónica, una compañera del equipo de Coordinación de la campaña de Servicios Financieros Carrefour, a la que ambos estábamos adscritos, y que, en todo lo referente a buscar empleo, se ha convertido en mi Coach Manager personal, especialmente en lo relativo a rastrear ofertas de empleo público. Y es que Vero, a diferencia de mí, ya tenía una idea, desde mucho tiempo antes de que dejásemos la empresa, meridianamente clara de lo que pretendía hacer con su vida: opositar. Comunidad de Madrid, Ayuntamientos, INSS, Ministerios, Museos, Aena, Adif... lo mismo daba, pero nunca jamás regresar a la empresa privada.
Aquel era su reto personal, suyo en exclusiva, pero en dos etapas diferentes yo intenté ajustarme también a su ritmo, contagiado por su pegadizo entusiasmo y por su firme certeza, y hacerlo mío estudiando, haciendo tests en casa, presentándome a algún examen. Intercambiando siempre los dos información, resúmenes o temarios. Si la primera vez desistí y me bajé de aquel tren fue porque conseguí el trabajo en Marsh y me resultaba completamente incompatible, habida cuenta del tiempo que a mi nuevo pagador debía dedicarle, compaginar aquel matapersonas con los estudios. Volví a engancharme al vagón de las oposiciones, del que ella no había hecho amago ninguno de bajarse en ningún momento, cuando me quedé en la calle e incluso durante los primeros meses de mi enfermedad, hasta que comprendí que mi incapacidad para concentrarme en leyes y temarios a causa del dolor me estaba provocando anímicamente una frustración extenuante. Fue entonces cuando determiné que necesitaba encontrar una actividad a la que dedicar mi tiempo que me permitiese evadirme mínimamente de la desesperanza que se estaba adueñando de mí. Abrí este blog y volví a escribir. Y creo que aquello me salvó.
No perdí de vista a Vero ni ella a mí. Me alegré como si de mí mismo se tratase cuando consiguió un contrato interino en una oficina del SEPE cercana a su barrio. Seguía preparando oposiciones y buscando conseguir una plaza propia. Incansable. Me escribía cuando podía para ver cómo evolucionaba yo y nunca dejó de mandarme enlaces para ofertas de empleo público, aunque la mayoría de las veces, tras echarlas un fugaz vistazo, las descartaba para seguir combatiendo mis dolores armado con mi blog y mis relatos. Me quedaba al hacerlo un poso de culpabilidad por estar quizá eligiendo mal o porque ella pudiese pensar que estaba despreciando las molestias que por mí se tomaba. No sólo no fue así, sino que adaptó sus búsquedas hasta localizar un par de ofertas que se adaptaban a mí como anillo al dedo.
Ayer, sábado, coincidimos ella, su marido y yo en la Universidad Complutense a cuenta de un proceso selectivo para AENA, aunque cada uno optábamos a un puesto diferente. Yo estaba ahí porque ella, cómo no, me había informado acerca de la convocatoria, para la que no tuve que estudiar ni dejar de trabajar en mi novela, dado que los requisitos en esta primera fase eran básicamente tener el título de Periodismo y al menos un B1 en inglés, condiciones que cumplo sobradamente. Hacía tiempo que no nos veíamos, a pesar de enviarnos mensajes regularmente. Me hizo mucha ilusión coincidir de nuevo con ella y comprobar que en su propósito, o al menos eso me ha parecido, no ha cedido ni un milímetro. Rubén, su marido, y yo nos hemos presentado a este examen con ciertas expectativas, pero ella, que sabe que con bastante seguridad, en caso de superar esta fase, no llegará mucho más lejos por no sumar demasiados puntos en la siguiente, correspondiente a presentación de titulaciones, según ha confesado, ha ido allí a jugar. Y es que para Vero, opositar es divertido. Y creo que realmente, quien aspira a conseguir un puesto de estas características, debe enfocarlo tal y como ella lo hace, ya que, de lo contrario, la cima puede hacerse muy empinada.
No recuerdo el momento ni las circunstancias exactas en que la conocí. Soy un desastre para archivar en mi memoria la primera vez que traté con este o con aquella. Pero sí que me acuerdo de cuánto me impresionaron su inagotable proactividad, la seguridad que transmitía en sus decisiones y en sus actos y la confianza ciega con la que los agentes de su equipo la seguían. Debo admitir que me intimidaban su presencia y su capacidad para resolver los problemas que surgían en el Call Center y para aceptar los reveses que recibíamos. Era alguien de quien me di cuenta rápidamente, como así ha sido con el tiempo, que podía aprender muchísimo.
Yo sé que lo conseguirá finalmente. Y sospecho que no se quedará ahí. Que entre su carácter inquieto y la afición que le ha cogido a esto, seguirá aspirando a mejorar su vida en lo que al trabajo se refiere. Cuando tenga su plaza, en la institución que sea, continuará oteando el horizonte en busca de nuevas oportunidades. No va a necesitar suerte en su trayectoria, sino justicia.
Y cuando eso ocurra, nosotros, los usuarios de los servicios públicos, bendeciremos el momento en que decidió sustituir los hábitos del telemarketing privado por los de la empresa pública.
Como que mañana saldrá el sol....
No hay comentarios:
Publicar un comentario