martes, 31 de enero de 2023

Vivir sin móvil

La otra tarde me pidió Nuria, secuestrada en el Ramón y Cajal debido a un curso al que tenía que asistir, que me acercase a la Administración de Loterías para validar el boleto semanal de la Primitiva, ya que ella no iba a llegar antes de que cerrasen. Salvo alguna quiniela de euro y medio que de forma esporádica echo, por si la flauta, el trombón y la tuba sonasen, es ella la que se ocupa de este tipo de asuntos en este bendito hogar, En general, los juegos puramente de azar no despiertan en mí ningún interés. No tengo la misma percepción con las quinielas y las apuestas deportivas: la fortuna juega un papel importante, pero si toca, uno puede presumir de haber acertado y no sólo de que la suerte le haya sonreído.

El caso es que me envió una foto de los boletos de la semana anterior para que me sirviesen de modelo, dado que los números deben ser -y esto no es algo que yo vaya a discutir con mi aguerrida esposa- los mismos todas las semanas. Jamás había rellenado un boleto de estas características, así que, además de la cartera, las llaves y el móvil, me equipé con las gafas por si me hacían falta, que uno ya no ve como antes, y con la firme decisión de no meter la pata en tan heroica misión. Una vez en el establecimiento, desplegué todo mi arsenal sobre el poyete habilitado a modo de escritorio para que los clientes cumplimenten sus apuestas. Me llevó un ratillo: que si Joker sí o no, que si apuesta simple o combinada, que sí el número del reintegro. Complicado incluso para un hombre maduro como yo. O quizá precisamente por eso. Cuando terminé, recogí todo, me dirigí a la ventanilla, aboné la apuesta y me marché a casa, revisando por el camino los papeles para asegurarme de no haber cometido errores que pudiesen provocar una discusión de más en casa.

Hablé no hace mucho de la nomofobia y doy fe de que yo no padezco tal patología, pero cuando me di cuenta, mientras comenzaba a preparar la cena, de que el teléfono no aparecía por ningún lado, un sudor frío me empezó a recorrer la espalda. Puedo vivir sin móvil, pero me empezó a agobiar el hecho de que estaba incomunicado (no había nadie más en casa y el teléfono fijo es un adorno más que ni siquiera sé si funciona) y de las numerosas gestiones a las que me vería abocado si no lo encontraba en la administración de lotería, único sitio en el que podía haberlo dejado. Y, para calmar mi ansiedad, para allá que me dirigí con premura.

- El cuarto móvil que se dejan hoy olvidado aquí -me dijo el dependiente mientras extendía el brazo para entregármelo con una sonrisa comprensiva-. Debe ser este tiempo, que nos tiene locos.

Agradecí con un gesto la excusa que él mismo había pergreñado y que me permitía salir del paso con mi dignidad intacta ante el resto de clientes, que me miraban con cara de guasa, y regresé a casa.


Sirvió esta anécdota para hacerme ver que hemos llegado a un punto en el que en nuestros teléfonos móviles está almacenada gran parte de nuestra vida. Antiguamente no salíamos de casa sin la cartera, donde llevábamos el Dni, el carnet de conducir, la tarjeta sanitaria, las tarjetas bancarias, algo de dinero en metálico y hasta fotos de nuestros seres queridos. Y, en función del plan que tuviéramos, cargábamos también con la cámara de fotos, el walkman, discman o mp3, un libro, las llaves de casa, las del coche... No teníamos bolsillos para tanto. Ahora casi todo lo llevamos en el móvil. Incluso podemos ver series y películas metidos en el tren, camino del trabajo, sin necesidad de cargar con la televisión bajo el brazo.

Así que perder el móvil no es cosa baladí. Entenderéis por ello el nerviosismo que me invadió al no encontrarlo en casa. Porque ya no es sólo que tengas que comprar otro, eso casi es lo de menos. Sin móvil, somos menos nosotros. De hecho, he escuchado ya a muchas personas, gente corriente como vosotros y como yo, predecir que el día de mañana el teléfono será una parte más de nuestro cuerpo, como un brazo, el cabello o los ojos. La realidad siempre acaba superando a la ficción, así que puedo imaginar, sin forzar demasiado mis neuronas, que en las consultas ginecológicas del futuro, junto al especialista, habrá un comercial amabilísimo que te orientará sobre el modelo más adecuado para que tu criatura salga de la sala de partos con él implantado, ambos, criatura y dispositivo, nuevos y relucientes.

Por otra parte, estoy seguro de que nuestra civilización, si un día se produjese un gran apagón, sería capaz de salir adelante sin estos dispositivos, tras, eso sí, superar un período de adaptación traumático para gran parte de la población. Se precisaría un elevado número de psicólogos y psiquiatras para dejar a nuestra espalda esta dependencia que nosotros mismos hemos generado y que alimentamos cada día con más funcionalidades. Estoy también convencido de que, en este hipotético caso, una vez superásemos el trauma, descubriríamos aquella prehistórica forma de vida  en la que las riñoneras estaban de moda y uno caminaba por la calle mirando, no una pantalla, sino simplemente a los demás. No estaría mal. Por el momento, y para evitar disgustos, me planteo seriamente acercarme al chino a comprar un cordón al que enganchar mi teléfono y colgármelo al cuello hasta para dormir. Por si las moscas...

sábado, 28 de enero de 2023

Las cosas de Nuria

Groucho Marx, célebre actor norteamericano, pero también padre y esposo machista y grosero, hizo célebre una frase de la que tan sólo me voy a quedar con la primera parte para dar pie a esta entrada en la que, como bien sabéis los que conocéis a mi adorada mujer, tengo más que perder que ganar. Pero es que hoy, desde el más profundo respeto, la más honda admiración y el más sincero cariño, me apetece contaros cosas sobre ella.


Dudo mucho que la grandeza sea una cualidad atribuible a mi persona. A lo sumo, y con eso voy más que servido, se podría decir que soy buena gente. O al menos es el epitafio que me gustaría dejar grabado en el corazón de mis seres queridos el día que yo falte. Es lo que intento, día tras día. Pero insisto en que la grandeza me queda, valga la redundancia, demasiado grande. Pero, y esto no es negociable, a mi lado -que no detrás de mí- hay una gran mujer. Con sus cosas, claro, como todos. Las cosas de Nuria.

Y allá vamos, que veo ya a alguno frotándose las manos.

Además de seguir pareciéndome, tras treinta años juntos, una mujer imponente que, como los buenos vinos, mejora cada año, es una persona que funciona con pilas Duracell triple A. Pura energía y máximo voltaje. Intensidad a tope, incluso cuando duerme. De sus charlas y actuaciones noctámbulas ya he dado fe en uno de los primeros artículos que compartí a través de este blog, pero hoy os voy a contar, para quien no la conozca, cómo es Nuria en su día a día doméstico.

Es dueña de un carácter fuerte y no se cohibe a la hora de sacarlo a pasear. Ni en casa ni en ningún lugar. Si tiene que llamar a alguien "perro judío", lo hará. La diplomacia no es su fuerte, pero en transparencia no tiene rival. No adorna las cosas. Dice lo que piensa tal cual, con sus puntos, comas y emoticonos. A mí aún, después de tanto tiempo, me deja en ciertas situaciones con la boca abierta, en modo "tierra, trágame". Pongo ejemplos:

En un restaurante, ante un error de la camarera o de cocina, yo diría "disculpe que le moleste, creo que ha habido un error porque yo había pedido una ensalada de pollo". Una fórmula cortés y educada de reclamar que no hay ni una pizca del susodicho entre tanto verde. Nuria se expresaría de la siguiente manera: "oiga, el pollo me lo traen aparte, ¿o qué?".



En el trabajo, hablando con la supervisora sobre la última incorporación al equipo, yo diría "Menganita, tú mandas, pero no sé si esta chica va a encajar aquí; es muy maja, pero...". Nuria es más de "a ver, Menganita, ¿y a esta de qué geriátrico la habéis sacado? Porque mi hijo pequeño es más apañado, no me jodas".

Viendo a los niños jugar, ante una decisión arbitral dudosa, yo exclamaría "árbitro, por favor, preste atención a los contactos". Con Nuria las cosas son diferentes. "¡Sinvergüenza! ¡Que no tienes ni puta idea!".

Llamada de número desconocido o incluso aquella en la que el propio teléfono te avisa que es spam. Rara vez atiendo estas llamadas, pero cuando lo hago mi discurso viene a ser el siguiente: "mire, le agradezco su llamada, pero no estoy interesado". Ella atiende siempre este tipo de llamadas, no deja de responder a ninguna, y cuando eso ocurre, yo, que he trabajado en el mundillo del telemarketing, me compadezco silenciosamente de la pobre teleoperadora. "Sí, sí, muy bien, muy bonito todo, pero ¿de dónde ha sacado usted mis datos? Porque yo no se los he facilitado".

Por eso, entre amigos, la llamamos la señora Hoja de Reclamaciones.

Lo más asombroso para alguien como yo es que son más los que agradecen su sinceridad, aunque a veces resulte insolente, que los que se la reprochan.

Cuando vuelve del trabajo, es como una ametralladora de ráfaga continua. No es siempre así, pero lo normal es que en diez minutos haya superado el récord Guiness de palabras por minuto y a mí me haya provocado una sobrecarga en mis circuitos neuronales. Que si el paciente de la 8.2 se ha quitado las vías el muy cabrón, que si el celador que nos han mandado hoy es un puto vago, que si los cambios en la planilla que voy a hacer para el próximo mes y que si fíjate lo que le ha pasado a Fulanito, que, por si no te lo he dicho antes, es gay (sí, lo ha hecho y varias veces además). Y así durante un rato. Aunque su cabeza, una vez ha soltado todo lo que le hierve dentro, sigue mareando todo lo anterior y otros asuntos que, por asociación fulminante, se le van ocurriendo. Esto hace que en ocasiones repita las cosas o no preste atención a lo que se le está diciendo. Porque su cerebro sigue ahí, desenredando o enredando más la madeja de sus pensamientos. Esto genera situaciones como la siguiente.

- ¿Qué tal en el instituto, hijo? -pregunto yo.
- Bien, he tenido hoy el examen de Historia - responde el aludido.
- ¿Y de qué asignatura era el examen? - pregunta Nuria de la manera más natural.
- Pero bueno, mamá... - suele enfadarse el chaval.



Ahora que estoy siempre en casa, las tareas domésticas, en la medida que mi cuerpo me lo permite, recaen sobre un servidor. Las ataco con gusto y la satisfacción de que cuando ella vuelva, cansada del trabajo, podrá sentarse en el sofá o tumbarse a descansar y no tener que preocuparse de cenas, limpiezas o lavadoras. A pesar de eso hay días en que la energía que le sobra la obliga a activar el modo "ama de casa" y relimpia a conciencia lo que tú ya habías limpiado el día anterior. Y no porque se haya ensuciado en esas veinticuatro horas o porque no lo hayas hecho correctamente, no, es porque no puede parar. En días así intuyo que el botón de OFF se trastabilla y hay que esperar pacientemente a que logre desatascarlo.

Cuando se divierte, lo hace con tanta pasión que a veces Marcos, el pequeño de la casa, se acaba marchando enfadado y avergonzado por las carcajadas escandalosas que Nuria emite. "Que me meeeeeo...". Cuando Nuria te dice eso, retorciéndose, sujetándose la barriga, con lágrimas en los ojos y todos los músculos del rostro contraídos es porque se lo está pasando fenomenal. Y no es mentira. No es raro que se acabe meando encima.

A veces sucede también que finaliza mis frases o me interrumpe constantemente para terminar ella de contar aquello que yo esté relatando. Al principio me molestaba, me parecía de mala educación. Y hay días, según lo importante que me parezca compartir mi perspectiva sobre el asunto, que todavía me enoja. Pero lo cierto es que generalmente me apoyo en el respaldo de la silla, sonrío, me relajo y bebo un trago de la cerveza que nos estemos tomando con unos amigos. Porque ya me he dado cuenta que esas interrupciones proceden de esa energía arrolladora que todo lo barre. También, supongo, una pizca de impaciencia ante mi narración, que suele ser más detallada y pausada. Porque la inmediatez es algo que también la perturba. ¡Ay de aquel que no responde a sus whatsapp antes de dos minutos!

Se dice que un hombre no puede hacer dos cosas a la vez, de lo que se deduce que una mujer sí. Pero, en determinadas cuestiones, eso no es cierto en el caso de Nuria. Si está escribiendo un whatsapp, puedes entrar, salir, tirarte un pedo a su lado, romper un cristal, preguntarla algo. No esperes respuesta. Eso no quiere decir que no te oiga. Puede que sí, puede que no. Pero no te escucha, eso tenlo claro, no existes. También con el teléfono móvil es intensa, pero por si no fuese suficiente con el ejemplo descrito, ahí va alguno más. Si te llama y la comunicación se entrecorta o uno de los dos no escucha al otro, aunque sea su dispositivo el que da error porque se encuentra a quinientos metros de profundidad y con varias placas de titanio encima, ya te puedo avanzar que cuando consiga hablar contigo te va a montar un buen pollo. Tan intensa es que no puede vivir sin sus cascos para poder hablar con alguien y escribir un mensaje a la vez. Curioso, ahí sí le da para realizar dos tareas simultáneamente. Un invento infernal el de los cascos. Vivir así debe generar más estrés que mi última experiencia laboral. 



La cocina. ¡Madre mía, qué tortillas de patata prepara! Para chuparse los veinte dedos. Pero sólo cuando la dejo invadir ese espacio, el de los fogones, que he hecho más mío que suyo. Riquísima su tortilla, sí, pero en el tiempo que ella la hace, yo, además de tan suculenta cena, he preparado unas lentejas con chorizo y unas albóndigas en salsa. Y me ha dado tiempo a echarme un par de cigarros. Ritmo y organización. Y no estar tan pendiente del móvil. Porque ella sabe que se pueden usar las tres placas de la vitrocerámica al mismo tiempo, así que por desconocimiento no es. Porque si yo estoy cocinando, tendiendo una lavadora o, perdón por la expresión, cagando, estoy a lo que estoy. Ya me puede escribir el Papa, que tendrá que esperar. Bueno, salvo si el teléfono emite el tono que la tengo asignada a ella. Entonces sí, ya se pueden pegar las lentejas. No vayamos a tener un disgusto.

En cualquier caso, lo vive todo intensamente y la envidio por ello. A mí no me sale, me siento más cómodo en la pausa, en el silencio, lejos del conflicto. Quizá por eso nos complementamos tan bien. Porque ella me acelera a mí y yo la freno a ella. Visceral como es, también vive la maternidad, la amistad o el amor con una entrega absolutamente incondicional. Cualquier problema que puedan tener nuestros hijos, si por ella fuese, sería noticia en todos los telediarios del país y tema de debate en el Consejo de Ministros. Si un amigo tiene un problema, antes de que termine de contárselo, ella ya está allí, a su lado, dispuesta a lo que haga falta para ayudar. 



Y en mi caso, pues qué decir que no sepa todo el que me mira cuando estoy a su lado: que mi vida no sería vida sin este terremoto a mi lado, que el mundo sería más feo si me faltase su sonrisa, que yo sería mucho menos de lo que soy si ella no se hubiese fijado hace treinta años en mí. Que la admiro cuando le echa la bronca a la teleoperadora que nos quiere vender un seguro. Que la adoro cuando me aplasta con todas las historias que se le ocurren, una detrás de otra, sin pausa. Que una alegría animal me invade cuando la veo salir corriendo al baño porque está disfrutando tanto que no se aguanta. Que, aunque a veces me moleste, me encanta por lo general que me interrumpa o que se despiste y no sepa de lo que estamos hablando. Que me vuelve loco hasta cuando me regaña porque he tardado tres minutos en responder a su mensaje.

En definitiva, que soy el hombre más afortunado de la tierra por tener a mi lado a tan gran compañera de viaje.  

PS: no os preocupéis por mi integridad ni mi matrimonio. He salido, no sólo ileso, sino coronado. Nuria casi se mea encima cuando le he leído el presente artículo y me ha dado su autorización para publicarlo.

¿O qué os pensabais?


 

jueves, 26 de enero de 2023

Los hombres también lloran

No he sido nunca un tipo duro, más bien todo lo contrario. Siempre me ha costado decir que no y suelo escapar del conflicto como quien huye de la peste negra. Se me pone un nudo en la garganta con mayor frecuencia de la que desearía. Siempre me he encontrado más cómodo hablando de emociones y sentimientos que del Ibex, de la guerra en Ucrania o del último fichaje del Real Madrid. Prefiero Titanic y La vida es bella antes que Terminator o John Wick. Alejandro Sanz antes que Mago de Oz.  Odio las discotecas pero me encanta tomarme unas birras en una terraza. Me gusta más la soledad que la aglomeración. Cuando voy a comprar algo y no lo encuentro, no acostumbro a preguntar a los dependientes a la primera, sino que intento encontrarlo por mí mismo. No tengo muy claro en qué lugar me deja todo esto, pero ese, a fin de cuentas, es quien soy.


Durante años, allá en la prehistoria de mi adolescencia, traté de revertir aquello, ocultar lo que en esa etapa mis compañeros podían entender como una señal de debilidad. Somos crueles con el que es diferente, especialmente en la infancia, y la adolescencia es como el mar Caribe, infestado de tiburones preparados para devorarte. Todavía me viene a la cabeza, al hablar de este asunto, Francis, el hijo del pescadero, por dos veces repetidor, un armario con cara de hombre de Cromagnon que durante un tiempo tomó por costumbre, al llegar a clase cada mañana, el cogerme de las solapas del abrigo y colgarme del perchero. Con pocos colaron mis intentos de camuflaje, en las distancias cortas (y a veces también en las largas) se me veía rápido el plumero. Hasta que un día me cansé de fingir y terminé por asumir que yo era un blandito y que no había nada malo en ello.

El problema -aunque no estoy muy seguro de que definirlo así sea correcto- es que, de un tiempo a esta parte, me emociono con una facilidad inusitada. No hacen falta grandes dramas para que mis lacrimales se activen y que la congoja me atenace el pecho. Para soltar un abrazo a quien más cerca tenga. Lo observo también en las cosas que escribo, donde el verbo sentir aparece reiteradamente. No sé aún muy bien a qué atribuir esta hipersensibilidad mía actual que no me desagrada por completo. Tal vez sea el paso del tiempo, que reblandece el corazón; tal vez se deba a que ya son muchos los meses que se prolonga mi enfermedad. Quizá se debe a que llevo mucho tiempo observando más de cerca a mis hijos y, aunque aún les queden aún varias primaveras para abandonar el nido, puedo confirmar que van soltando ya algunas amarras. Seguramente será la combinación de todos estos factores -y alguno más que se me queda en el tintero- la que hace que casi cualquier historia en la que me sumerjo o noticia que leo me provoca esta aflicción. Si es que úitimamente se me escapa una lagrimilla hasta cuando veo en la tele a un león zamparse una gacela. Y echo de menos a rabiar durante unos días a los personajes de tal o cual serie que recientemente haya terminado de ver.

Pero no me siento triste o deprimido, más bien lo contrario, ya que cuanto más profundamente siento las cosas, más vivo me parece que estoy. Y eso es bueno. Creo que no es preocupante que mi corazón lata a un ritmo distinto al habitual cuando veo a uno de mis hijos darle un abrazo, sin habérselo solicitado, a su madre, o que se me humedezcan los ojos al terminar un libro, añorando ya a sus personajes. Quizá sencillamente, ahora que no vivo para trabajar y que me esfuerzo por no agobiarme con aquello que no controlo, estoy contemplando mi existencia y todo lo que la rodea con una mirada distinta, más limpia e íntima.


Y estoy escribiendo como un loco. Al fin y al cabo es para lo que cree este blog, para darme ese gusto que durante tantos años he tenido abandonado. Podría mantener activo Sin agenda ni calendario hasta el verano, a ritmo de publicar un artículo cada tres días más o menos, sólo con lo que ya tengo escrito. Pero cada día me asaltan nuevas ideas que dejan obsoleto los que escribí hace una semana. Y aunque el proyecto aún está en pañales (treinta páginas tan solo hasta el momento) he comenzado también a escribir una novela. No sé hasta dónde me llevará o si algún día la terminaré, pero ahora que las compuertas se han abierto, deseo dejarme llevar por la corriente. Sé que debería dedicar más tiempo a estudiar para la oposición que estoy preparando, que la fecha se acerca y que debería centrarme única y exclusivamente en ello, pero, en este via crucis que me está tocando recorrer, es en la escritura donde estoy encontrando un mayor consuelo.

Así que, salvo que ocurra algo que tuerza mis intenciones, este hombre blandito seguirá compartiendo con vosotros sus pensamientos y sentimientos aún durante bastante tiempo a través de esta ventana que me he abierto al mundo y que permite que, sin apenas salir de casa, me de el aire.

lunes, 23 de enero de 2023

Amor de padre

Es una aventura apasionante ser testigo directo de las personas en que los hijos se van convirtiendo a medida que crecen. Supongo que a cualquier padre le ocurrirá lo mismo, pero dejadme que os cuente cosas de los míos. Quienes hayáis leído en este blog entradas anteriores sobre la adolescencia habréis llegado a la conclusión de que en nuestra casa la convivencia no es sencilla, lo cual es completamente cierto, pero yo comienzo ya a contemplarles tal y como intuyo que lo hace un entrenador presenciando un partido de sus antiguos pupilos. Orgulloso de lo que les hemos enseñado, de lo que ellos han aprendido y de lo que aportan de su propia cosecha. Incluso cuando la suma de todo ello implica que se posicionen desafiantes ante nosotros. 

El pequeño, de catorce años de edad, empieza a sorprendernos con iniciativas que muestran lo que yo entiendo como un deseo de autonomía anticipada, unas ganas de no depender, en lo rutinario, de nadie, que a mí personalmente me ponen tierno. A lo mejor mi amor de padre me hace perder la perspectiva y lo que en ciertas ocasiones me sorprende es natural en otras casas o tal vez lo era cuando yo tenía su edad y me engaño a mí mismo obviándolo. Si es así, bendito engaño, ya que cada paso adelante que le veo dar, cada decisión que toma en aras de formarse como adulto independiente, me hacen sentir muy satisfecho.



Estaba yo sentado frente al ordenador la otra mañana, intentando darle cuerpo a unos textos en los que estoy trabajando, y de repente apareció Marcos en la habitación enseñándome, todo ufano, un tupper lleno de jamón serrano recién cortado. Le gusta mucho y es además muy observador, así que seguramente, en alguna de esas ocasiones en que merodea a mi alrededor o al de su abuelo cuando nos ponemos a la faena, haya tomado nota de la técnica de corte. Sin que yo me percatase de ello, concentrado como me hallaba en mis escritos, quiso darnos la sorpresa. Por supuesto, como adolescente que es, se considera inmortal, por lo que no tiene en cuenta el riesgo que entraña para sus manos blandir un cuchillo jamonero. Pero le vi tan orgulloso de sí mismo que fui incapaz, en un primer momento, de regañarle por el peligro que había corrido. De todos modos le entusiasma la cocina. No sólo porque la pise diez o doce veces al día para rapiñar lo que pueda entre horas, sino porque se le ve afición por los fogones. La otra noche, cuando fui a la cocina para prepararle la cena, me lo encontré zampándose una tortilla francesa que él mismo se había preparado y que, para ser honestos, tenía una pinta estupenda.

Si hay algo que le apasiona más que la comida y la cocina es la moda. Anda todo el día buceando por internet buscando ropa de su gusto y le falta tiempo, cuando ha ahorrado lo suficiente, para cogerse el autobús y acercarse al Xanadú a gastarse los cuartos en unos vaqueros, una camiseta o unas deportivas. Me recuerda en eso a mí, que cuando conseguía ahorrar diez o quince mil pesetas de las de entonces, me saltaba las clases y me iba a Callao a pasar una mañana entera recorriendo los pasillos de la Fnac, maravillado por toda la cultura que me rodeaba, y regresando a casa con bolsas llenas de... libros. La ropa que me la comprase mi madre. Y a diferencia de Marcos, me daba igual que la etiqueta fuese de Continente o de Adidas. Ahí es donde a él le flojean las cuentas, ya que, si por él fuese, de Puma no bajaba. Y claro, no le queda más remedio que irse de vez en cuando con Nuria a Primark o Kiabi y terminar de llenar su armario con ropa más acorde con nuestra economía.

Y luego está Sergio, el mayor, a punto de cumplir diecinueve. A este se le tuerce el gesto y se le agría el carácter, como me ocurría a mí, cuando no le queda más remedio que acompañar a su madre a comprar ciertas prendas que requieren primero que él se las pruebe. Sería feliz si pudiese ir por la vida como Tarzán por la selva. Un taparrabos y marchando.


Para las tareas domésticas no tiene la iniciativa de su hermano, pero se ofrece con mayor asiduidad para echar una mano en lo que sea menester. De hecho el "¿necesitas ayuda con algo, papá?" es una de sus primeras frases cada día, una vez duchado, vestido y desayunado. Lástima que en estos quehaceres se le vaya media mañana y que sus ofrecimientos no lleguen hasta al menos mediodía, cuando prácticamente está ya todo hecho, porque, si no fuese así, le sacaríamos mayor partido. Pero es que Sergio es aplicado y detallista, amén de caminar por la vida a cámara lenta. Urgencia es una palabra que no está incluida en su vocabulario. Se aplica concienzudamente a cualquier tarea que acomete, sin prisa, pero asegurándose de realizarla en condiciones. Y eso incluye actos tan comunes como comer, quitar la ropa del tenderete o limpiar su habitación. Hablando de esto último, cuando les toca a cada uno limpiar la suya, es como un remake del cuento de "La liebre y la tortuga". A los quince minutos de iniciar la tarea, Marcos ya está sentado tranquilamente asegurando que ha dejado el cuarto como los chorros del oro, que realmente viene a ser lo que se suele denominar comúnmente "limpiar lo que ve la suegra". Sergio, por el contrario, puede dedicar toda una mañana a adecentar su habitación: quita todo de las estanterías, sacude el polvo de los libros, barre, pasa la mopa, friega cuidadosamente el parqué, etc. Una maravilla, en fin. Creo que la tarea que más encajaría con su forma de ser sería limpiar, si tuviésemos, la plata de la casa. Estoy seguro que nos veríamos reflejados en ella como en un espejo. Me admira y me hace feliz ese trabajar el detalle, esa búsqueda de la perfección. En ese sentido va a ser un regalo para la madre de aquella que se anime a compartir su vida con él.

Pero es en el ámbito social, en sus relaciones con la gente, cuando ya el orgullo de padre se desborda y ni siquiera un babero tamaño XL es suficiente. Lo pensaba la otra mañana, muy temprano, cuando le dejé en la puerta del instituto para iniciar un viaje escolar a Cerler, donde les han enseñado a esquiar. Ver cómo se desenvolvía, ya no sólo entre sus compañeros y amigos, sino también entre el profesorado, hizo que no me importase que se olvidase de que su botella de agua y yo mismo anduviéramos todavía por allí.

Al final, todos deseamos que nuestros hijos nos quieran, pero el amor que nosotros, los padres, les ofrecemos va más allá. Lo que para nosotros debe ser absolutamente prioritario no es que nos tengan presentes, sino que, sobre todas las cosas, se quieran a sí mismos y que estén adecuadamente preparados para la vida que tienen por delante. Porque si ellos logran ser felices de la manera que deben serlo, nosotros habremos cumplido nuestro mayor cometido.







sábado, 21 de enero de 2023

Los amigos que se fueron

No fue mi primer empleo remunerado, pero sí el primero plenamente orientado a hacer frente a mis responsabilidades como ciudadano adulto, concretamente al pago de las letras del piso que Nuria y yo nos habíamos comprado y que esperábamos estrenar cuando nos casásemos, circunstancia para la que aún quedaban dos años.  Antes de aquello hubo algunas horas en un túnel de lavado de coches, impartí clases particulares en casa o a domicilio y fui becario en el Gabinete de Prensa de una importante empresa de automocion, empleos todos ellos que me sirvieron para poder contar con algo de dinero para mis gastos y para introducirme poco a poco en el mundo laboral.



No era el trabajo soñado ni mucho menos. Con una licenciatura bajo el brazo era obvio que ser uno de los encargados de la tienda que Telepizza tenía en el barrio de Lucero distaba mucho de aquello para lo que me había preparado durante cinco años, pero la obligación adquirida con el banco y la saturación del sector periodístico en el mercado laboral me obligaron a rebajar mis expectativas y a arremangarme. Una de las primeras personas que conocí al llegar allí y con la que más rápido intimé fue otro de los responsables del local, Oscar. Era un tipo bajito y extrovertido que conocía el negocio a la perfección y que pronto, además de enseñarme todo lo necesario para moverme alrededor del horno, en caja o en la mesa de ingredientes, se convirtió en mi confidente y yo en su confesor. Pronto conocí su historia: un amor fallido, unos padres distantes con los que no tenía demasiado trato y, sobre todo, una contagiosa ilusión por vivir la vida de manera sana y sin dañar a nadie. Pronto fuimos íntimos y descubrí a su lado una nueva manera de entender la amistad y de ver el mundo. Fui testigo directo, y a veces cómplice, del romance que se fue fraguando entre él y Uge, una de las chicas que allí trabajaban, una persona muy especial, marcada en la adolescencia por la trágica muerte de su prima, la hermana que no había tenido, y que empezó en aquella época a tener un problema serio de salud que alguna noche acabó con nuestros huesos, los míos y los de Oscar, una vez cerrado el local, en el Clínico; él para apoyar en aquellos momentos a la familia en lo que pudieran necesitar y yo para sostenerle a él, tan perdidamente enamorado como empezaba a estar de ella y tan preocupado por la situación a la que Uge se enfrentaba.

El tiempo pasó, ella se recuperó y yo, llegado el momento de renovar mi contrato, me negué. No me disgustaba el trabajo, y el ambiente, siempre al lado de Oscar y Uge, era fantástico la mayor parte del tiempo, pero tenía otras aspiraciones en el ámbito laboral. La amistad no se rompió, se hizo aún más fuerte, convirtiéndose en una de esas relaciones en que no importa llevar tres meses sin hablar, ya que cuando nos reuníamos los cuatro (Nuria también les comenzó a adorar desde el día que les conoció), era como si el tiempo no hubiese pasado y nos hubiésemos visto el día anterior. Como pasa con la familia. Y es que eso eran ellos para nosotros: familia.

Guardo mil anécdotas del tiempo que compartimos con ellos, suficientes para cubrir cinco o seis entradas de este blog, pero me limitaré a reseñar que hicimos juntos excursiones, nos visitábamos con frecuencia, vinieron a nuestra boda, tanto ellos como nosotros fuimos padres y compartimos miedos y preocupaciones.


A Oscar, uno de los mejores amigos que he tenido la suerte de conocer, se lo llevó hace ya unos años un cáncer de estómago cuando estaba en la flor de la vida, enamorado, feliz con su vida y padre de dos hijos pequeños a los que idolatraba. La última vez que le vi se encontraba, esforzándose por sonreírme para que yo no llorase, postrado en una cama del hospital, ya muy cerca del final. Nadie merece morir tan joven, pero aún menos cuando eres de los que suman, de esos que siempre tienden la mano a los demás sin esperar nada a cambio. Y esto no es un tópico, no, él, cuando daba, no esperaba nada a cambio, nunca. Aún me duele su pérdida. Me encantaría poder volver a hablar con él y compartir una vez más las cosas de la vida. Presentarle a los hombres en que mis hijos se están convirtiendo. Ir juntos a comprar un regalo para nuestras chicas, como hicimos aquella vez que nos perdimos por la FNAC de Callao buscando El alma al aire, de Alejandro Sanz. Contarle que desde que él se fue le he cogido manía al Telepizzs. Cada año, en el aniversario de su muerte, comparto en Facebook alguna canción que sé que le habría gustado y cada año, al hacerlo, tengo la certeza, firme como ninguna otra, de que él, allá donde esté, recibe el mensaje. 

¿Qué fue de Uge? Sólo por todo a lo que se ha tenido que enfrentar en la vida y por la fortaleza que demostró siempre, tendrá su entrada en este blog, pero eso sucederá cuando por fin me encuentre bien y saquemos unos días para visitarla en Cáceres, donde ahora vive y ponernos al día. Estoy convencido de que será como siempre, como si estos años que han transcurrido sin vernos no hubiesen existido en lo que a nuestra amistad se refiere. Que correrá la cerveza y que nos partiremos de risa trayendo de vuelta anécdotas de hace veinte años. Y que alguna lágrima se nos escapará cuando nos acordemos de Oscar. Pero sé que eso también será maravilloso.


Fue la de Oscar la pérdida que más me afectó y que más presente está en mi ánimo, pero hubo otros amigos (pocos, gracias a Dios) que también se fueron y de los que ni quiero ni puedo olvidarme.

José Manuel, el Jabalí, compañero de trabajo con quien compartí oficina durante varios años y que nos dejó hace algo más de dos tras mucho tiempo enfermo. Si bien nunca llegamos a tener una relación tan estrecha como la que tuve con Oscar, la admiración y el respeto que sentíamos era mutuo y siempre teníamos ese rato para echar un cigarro y contarnos nuestras cosas.

Pablo, que compartió con nosotros dos Campeonatos de España, una Minicopa y una temporada en el Real Madrid, a quien el Covid se llevó hace año y medio cuando se encontraba en Marbella con su familia. Él me demostró que los que tienen mucho, como era su caso, también saben compartir su suerte con generosidad y humildad. 


Y Fran, alguien que pudo llegar a ser un amigo muy especial pero al que comencé a subirle tarde las barreras por algo tan infantil como los celos. De que Nuria no hiciese más que hablar de él y de su mujer, Mariví; de las horas que se tiraba al teléfono con ellos; de todas las veces que ellos tres quedaban; de que a mí me costase tanto en tiempos de Covid hacerla reir y sin embargo él lo consiguiese con cuatro palabras. Creo que llegué a tiempo, que antes de que falleciese hace ahora un año por una pancreatitis, fuí capaz de demostrarle que me había comportado como un tonto, que le sentía como un amigo y que tendrá mi agradecimiento eterno por ayudar a Nuria a que la pandemia en el hospital fuese más tolerable.

A todos ellos, con gratitud y sintiéndome afortunado de haberles conocido, les dedico hoy estas líneas. 

Siempre cerca, siempre presentes.

jueves, 19 de enero de 2023

Entrenador Mosley

Las palabras de un entrenador pueden cambiar radicalmente la vida de un chaval. 

Esta frase, que el entrenador de baloncesto del East Los Angeles College pronuncia en el último capítulo de Last Chance U Basketball, resume lo que esta docuserie deportiva propone. Porque, si bien los capítulos giran en torno a la vida de los chavales con problemas que llegan al centro y que intentan aprovechar, a través del baloncesto, una de las últimas oportunidades que les quedan para enderezar sus vidas, es su figura la que protagoniza realmente esta inspiradora historia.

El deporte y la juventud están íntimamente ligados y, siendo como es la adolescencia una etapa de conflictos internos de amplio espectro, la influencia que un entrenador (de cualquier disciplina) tiene sobre los jóvenes a su cargo no es nada desdeñable. A mí me ocurre a veces que mis hijos no han seguido ciertos consejos que les he podido ofrecer en momentos concretos, no necesariamente relacionados con el baloncesto, hasta que sus entrenadores se han expresado en términos similares.Y entonces, sí, eso pasa a ser palabra sagrada. En el caso de los alumnos del ELAC esto se eleva a la enésima potencia, dado que hablamos de jóvenes que tienen serios problemas de adaptación. 

John Mosley dirige desde hace veinte años un programa de apoyo a estudiantes de entre diecinueve y veintidós años que han tomado malas decisiones en su vida o que se han visto perjudicados por las tomadas por sus padres. Todos ellos tienen en común dos cosas: su pasión por el baloncesto y la necesidad perentoria de aprobar sus estudios preuniversitarios para obtener una beca deportiva en alguna Universidad que les pernita acceder a una vida más digna. Y el entrenador Mosley se convierte para ellos, durante los dos años que pueden permanecer en el colegio, en tutor, sargento, hermano, padre y todo lo que sea necesario para que al menos unos pocos alcancen su objetivo.

Durante las dos temporadas que actualmente pueden verse en Netflix -y no parece que vaya a ver más por la manera en que se cierra la segunda- seguiremos muy de cerca a las dos últimas promociones que han pasado por el ELAC y los esfuerzos que Mosley y su equipo de entrenadores hacen para que estos muchachos puedan integrarse en la sociedad en base a unos valores centrados en la unidad y el esfuerzo. No seremos capaces de enfadarnos con el coach cuando le veamos forzar los límites deportivos y personales del grupo con el fin de obligarles a madurar y ser conscientes de la precaria situación personal en la que se encuentran y el pobre futuro que puede esperarles a cada uno de ellos si no exprimen la oportunidad que se les brinda. Y no lo haremos porque también nosotros nos sentiremos parte de ese cuerpo técnico cuyo único objetivo es ayudarles a ser mejores para que puedan labrarse, ya no una carrera deportiva (algo que indudablemente sí tienen en mente los jugadores), sino un porvenir que les haga sentirse orgullosos de ellos mismos.


Sudaremos, lloraremos y, sobre todo, lucharemos con ellos en cada entrenamiento y partido. Nos implicaremos en cada historia y llegaremos a desear estar en ese vestuario, formar parte de todo lo que envuelve al grupo. Estudiaremos con ellos, ya que de nada les servirán sus capacidades físicas si no logran sacar también adelante sus exámenes. Nos preguntaremos en ocasiones si trabajar con el entrenador Mosley ha sido una nueva mala decisión y llegaremos, como ellos, a odiarle en esos instantes. Pero también le agradeceremos, cuando todo termine, los desvelos que a nuestra cuenta ha padecido, lo que nos ha enseñado al obligarnos a superar, no sólo al rival, sino a nosotros mismos.


La fórmula no es nueva. Hay muchos paralelismos entre esta serie y la película Coach Carter, de Samuel L, Jackson, posiblemente una de las mejores películas de la Historia sobre el mundo del baloncesto. Además, la franquicia Last Chance U se inició ya hace unos años con el rugby, estando también disponibles en Netflix las cinco temporadas existentes. Pero, a pesar de no ser un concepto nuevo, engancha desde el primer momento gracias a una cuidada realización.

Si bien las tomas de cancha están grabadas con dinamismo para que vibremos con la espectacularidad del baloncesto americano, que es lo que cualquier aficionado al deporte busca en un formato de estas características, el valor humano y educativo de este documental lo convierten en una pieza indispensable para todo aquel cuya labor implique trabajar en la formación de gente joven: profesores, psicólogos, instructores, padres y, por supuesto, entrenadores. 

Porque, como nos enseña el entrenador Mosley, las palabras de un entrenador pueden cambiar la vida de los chavales.

lunes, 16 de enero de 2023

El Twingo de Piqué

Soy muy raro para según qué cosas y no puedo con la tontuna ajena. Lo reconozco. No encuentro nada divertido ni entretenido en historias tan poco edificantes como las que Shakira y Gerard Piqué, están protagonizando estos días. Admito que son dos personas cuya vida privada queda expuesta a diario en escaparates públicos a poco que se descuiden. También que en ocasiones dicha exposición es, como en este caso, voluntaria y que por ella obtienen unos cuantiosos beneficios que perciben encantados de la vida y enamoradísimos de sí mismos. Pero también pienso que ciertas líneas nunca deberían traspasarse.

Entre 1995 y 2000 una Shakira a la que aún se conocía poco publicó tres discos que me dejaron con la boca abierta. Una mujer latina con una voz electrizante y que además escribía sus propias canciones. El concepto no era nuevo, pero el éxito que empezó a cosechar la de Barranquilla sorprendió hasta a sus propios productores, que decidieron explotar, al iniciarse el siglo XXI, las cualidades más obvias de la artista: sus caderas, que, como a todos, me hicieron ponerme bizco en más de un videoclip, y su ritmo latino, que han hecho moverse a las mías en más de un sarao. Pero la cantautora de desgarradora voz que a mí me apasionaba se quedó en el siglo XX, no he vuelto, por desgracia, a saber de ella. Su vida privada, que hasta entonces se había preocupado de proteger como una loba, comenzó también a convertirse en estrategia de merchandising, tal y como ocurre con tantas celebridades que descubren que también de ahí pueden sacar tajada.



Mientras Shakira dirigía su carrera en esta nueva dirección, Piqué, diez años más joven que ella, comenzaba a despuntar en el Manchester United como defensa central de gran proyección. Su estancia en Zaragoza y posteriormente en el Barça le convirtieron en un jugador de primer nivel. Me parecía un grandioso jugador, hasta que comenzó a tener más minutos ante las cámaras y verse obligado, protagonismo con el que creo se sentía muy cómodo, a mostrar algo más que lo que hacía con un balón en los pies. Y yo ahí me dije lo mismo que ahora su ex le canta en la sesión con Bzarrap de "menos gimnasio y más trabajar el cerebro" o algo así. Descubrí que el número de neuronas operativas en su cerebro era inversamente proporcional a los títulos que sobre el césped había conquistado.

Y ahí les dejé hasta que me llegó noticia de su matrimonio. A pesar de ser dos personajes bien asesorados que habían alcanzado el más rotundo de los éxitos, yo ya no les seguía como antes porque ambos, de diferente manera, me habían decepcionado por las razones ya comentadas: gran cantante convertida en producto de mercadotecnia; gran futbolista con cabeza de alcornoque.



Que se separsen porque Piqué le pusiese los cuernos a su mujer no me sorprende. Tampoco si hubiese sido a la inversa. La infidelidad es negocio lucrativo y una constante entre las celebridades, que incluso parecen considerar poco saludable mantenerse leales de por vida a sus parejas. En cualquier caso, por no ser yo persona proclive a llenar los bolsillos de este tipo de personajes alentando la exposición de sus trapos sucios, pasé por la noticia de puntillas, sin prestarle excesiva atención. De la misma superficial manera pasaron por mi lado las disputas por el divorcio. Otra constante irrelevante. Hasta que ha llegado la canción de Shakira del Casio y el Twingo y todo lo que de la misma se va derivando. Y aquí ya sí me va interesando más la cuestión. No por ellos, que están demostrando ser dos palurdos egoístas e irresponsables, sino por las criaturas que de su "no sé cómo llamarlo" han sido fruto.

Shakira, hija mía, te han decepcionado y te sientes insultada. Has quedado como una reina con temas como Te felicito y Monotonía, que considero una elegante manera de cantarle las cuarenta al sinvergüenza de tu ex sin caer en la vulgaridad. Creo que hasta ahí todos admiramos la manera en que lo estás gestionando. Estamos de tu parte. Pero esta última canción ya nos hace torcer el gesto. Tienes unos críos que no se merecen semejante bajeza. ¿Era necesario?

Piqué, alma de cántaro, te lo había puesto en bandeja para que salieses del embrollo en el que te habías metido con cierta dignidad. Podías demostrar que te importaban más tus hijos que tu autoestima ignorando estas últimas pullas. Pero no. Casio en la muñeca y asistencia en un Twingo a la Kings League que te has montado. La cagaste. De hecho lo hicisteis los dos. Tal para cual.



Al final, dos serios damnificados por esta batalla de egos -los hijos, que no tengo dudas de que terminarán necesitando tratamiento psicológico-, un gran beneficiado -Bzarrap, que será número uno de nuevo en medio mundo- y dos ególatras empedernidos que se convertirán lamentablemente en referentes universales en lo que a gestión de rupturas se refiere para muchos de nuestros jóvenes.

Porca miseria.

domingo, 15 de enero de 2023

El síndrome del impostor

Nunca había oído hablar del "síndrome del impostor" hasta que comencé a trabajar en la que ha sido mi última empresa.

Los pasos previos a mi contratación fueron los habituales. O los que yo suponía como tales tras muchos años sin haberme presentado a prácticamente ninguna entrevista de trabajo. Se produjo primero un intercambio de correos, posteriormente dos entrevistas on-line con el Departamento de Recursos Humanos de la empresa, prueba de nivel de inglés incluida, y, por último, una tercera en modalidad presencial con el responsable del Departamento en el que se encontraba la vacante a cubrir. Si bien las condiciones que me habían puesto sobre la mesa eran sustancialmente mejores que las que yo había disfrutado durante casi toda mi vida laboral anterior, no alcanzaba aún a ver que este nuevo puesto de trabajo podría suponer un salto de calidad importante y una oportunidad realmente interesante para alguien que llevaba veinte años sobreviviendo al precario convenio colectivo de Call Center. 

Empecé a percatarme de que estaba accediendo a otro nivel cuando, una vez puestas de acuerdo las dos partes interesadas, fui convocado para la firma del contrato. Debía presentarme en Paseo de la Castellana, 216, una ubicación diferente a aquella en la que había realizado la entrevista personal. Me avergüenza un poco decir que no soy un gran conocedor de la ciudad de Madrid y quizá por ello me quedé asombrado, al salir aquella mañana del metro de Plaza de Castilla, cuando descubrí que el número 216 era la Torre Realia. Para alguien como yo es el típico edificio que uno piensa que nunca pisará, no por falta de ganas o curiosidad, sino porque es uno de esos lugares que no casa con aquello a lo que uno está acostumbrado. El caso es que allí estaba yo, alucinando con el sistema de acceso al edificio, sincronizado con el mecanismo de los ascensores. Mientras esperaba, ya en la planta en la que estaba citado, me entretuve contemplando las vistas de Madrid que mi privilegiada ubicación ofrecía. Sencillamente espectacular. A continuación me hicieron esperar unos minutos en una recepción en la que creo que me habría quedado a vivir si me lo hubiesen propuesto. La firma se realizó en una sala de reuniones que disponía, no sólo de todos los avances tecnológicos, sino también de una decoración moderna y confortable. Supongo que a estas alturas habrá alguno de los que estéis leyendo esto que se estará acordando de Paco Martínez-Soria en alguna de esas películas de los años sesenta en las que el aldeano llegaba a la capital. Pues así me sentía yo. La aldea era mi antigua empresa y la ciudad era la nueva. Conseguí firmar el contrato y entender todas las condiciones y cláusulas del mismo sin que se me notase demasiado la palurdez.


Regresé ese día a casa fascinado por lo que había visto y emocionado porque yo iba a formar parte de aquello, aunque también algo preocupado por si estaría a la altura del desafío. Compartí con Nuria y los niños mi excitación y mi optimismo, pero no les mencioné que me temblaban un poco las canillas. Me parecía que ellos se merecían esa alegría y que yo debía centrarme en hacerme digno de aquella oportunidad que se me brindaba.

Durante los dos primeros meses recibí una formación intermitente y acelerada que me permitió cerciorarme de que aquello era real, de que no era ninguna broma. Que si aquello salía bien, iba a poder ofrecerle a mi familia una vida mejor, con más comodidades y mayores beneficios. No era capaz de asimilar que me hubiesen elegido, tenía miedo de que en cualquier momento cualquier cliente o compañero, ya fuese superior o inferior jerárquicamente, me señalase y gritase muy alto para que todo el mundo se enterase: "este no es tu sitio, no estás cualificado, nos hemos equivocado". Y fue ahí cuando, hablando con Vero, una compañera de mi anterior empresa, me dijo que lo que me pasaba era que estaba sufriendo el síndrome del impostor, un fenómeno psicológico consistente en que alguien que ha demostrado ser perfectamente capaz en determinadas tareas empieza a sentir que no lo es. La explicación me pareció plausible y la interioricé como algo a evitar, me propuse demostrar a todo el mundo, a mí el primero, que tenía derecho a estar ahí.


Durante las primeras semanas comprendí que el puesto que yo ocupaba no era el de coordinador al uso al que estaba habituado. Mis funciones no se limitaban únicamente a dirigir a un grupo de personas, vigilar las colas de llamadas o asegurarme de que los objetivos se cumplían. Los departamentos que me daban soporte en mi anterior compañía no existían aquí, todos convergían en mí: el Departamento de Planificación que montaba las parrillas de horarios, días libres y vacaciones; el Departamento de Reporting, que elaboraba los informes del servicio; el Departamento de Informática encargado de realizar la migración del software de atención de llamadas, reuniéndome periódicamente con los Departamentos correspondientes de otros países; el Departamento de Supervisión, responsable de tratar directamente con los clientes, etc. Y reuniones a todas horas. La carga de trabajo empezó a superarme y, aunque efectivamente nuestro nivel de vida había mejorado, yo cada vez tenía que echar más y más horas en la oficina y también en casa. Mis jornadas comenzaron a ser de doce horas, mis noches de cuatro, mis fines de semana no eran tales. El síndrome del impostor revoloteaba a mi alrededor, aguijoneándome y llenándome de dudas. Me lo quitaba a manotazos, obsesionado en conseguir mis objetivos de la manera que fuese.

Pero no fue así. Llegó un momento en que la ansiedad era tal que en varias ocasiones estuve a punto de dirigirme al despacho de mi responsable y decirle: "mira, nos hemos equivocado, esto se me queda grande". Habría sido lo más ético, lo reconozco, pero la situación en que me podía encontrar, si abandonaba voluntariamente, me frenaba todas y cada una de las veces. Y seguía esforzándome, no dejaba de intentarlo, aunque era consciente de que mis carencias empezaban a ser muy visibles para todos los que me rodeaban. No me sentía un impostor y en ningún momento les culpé a ellos de verme en aquel atolladero, no sentía (y sigo sin sentirlo) que me hubiesen engañado. Simplemente el concepto de Coordinador de Call Center que ellos y yo manejábamos era muy diferente. Y cuando se produjo la contratación, ambas partes teníamos tanta prisa, ellos por cubrir esa vacante y yo por no continuar desempleado, que no hablamos lo suficiente. Yo no pregunté todo lo que debía. Ellos no me explicaron todo lo que implicaba aquel puesto.

No fue una sorpresa que un viernes, día en que la oficina estaba prácticamente desierta porque era el elegido por la mayoría de los empleados para teletrabajar, mi responsable me llamase a su despacho y, con la ayuda del Director de Recursos Humanos, finalizásemos nuestra relación laboral. Sentí una gran liberación cuando entregué mi tarjeta de acceso y abandoné las instalaciones. Cuando salí a la calle, el aire me supo mejor que nunca. Me compré un refresco y me senté en un banco a digerir lo ocurrido. Notaba como si me hubiesen quitado un peso de encima de los hombros. El móvil vibraba con mensajes de ánimo de los que habían pasado en una mañana a ser ex-compañeros. A pesar de que en aquel instante la sensación predominante era de alivio, volvió a mi cabeza la conversación sobre el síndrome del impostor y recordé lo mal que lo había pasado esos meses creyendo que no era válido para aquel puesto. Y llegué a la conclusión de que aquella angustia que me había dominado todo ese tiempo había sido un lastre que, si bien no había constituido la causa final de mi despido, no me había hecho ningún bien.

Aún sigo recuperándome anímica y físicamente de aquello, pero es obvio que, antes de embarcarme en futuras aventuras laborales, me vacunaré, sin lugar a dudas, del dichoso síndrome del impostor.

jueves, 12 de enero de 2023

Lo que la cancha nos da: esos cinco minutos de gloria

WiZink Center, 4 de marzo de 2018.

El Real Madrid disputa su partido de liga ACB contra el San Pablo Burgos ante seis mil espectadores que vibran con Luka Doncic, Felipe Reyes, Sergio Llull y compañía. Hemos llegado al descanso y los blancos se imponen con claridad con un marcador de 53-31. El speaker anuncia que el equipo Infantil va a ofrecer al público madridista la Minicopa conquistada semanas antes en las Islas Canarias y comienza a cantar los números y nombres de sus jugadores, que irán saliendo del túnel de vestuarios y se dirigirán al centro de la cancha para recibir la ovación del público. Y el primero en ser nombrado, por ser su número el más bajo de la plantilla es...

- ¡¡Con el número 4, Sergio Rodelgo!!

Lágrimillas en los ojos y piel de gallina viendo a mi hijo, catorce años recién cumplidos, pisando ese célebre parqué bajo la mirada y los aplausos de la multitud. El premio al trabajo realizado durante muchos meses. El orgullo que siento mientras él vive ese homenaje me hace crecer unos centímetros mientras mi hermano Carlos me pasa un brazo sobre los hombros. Son también mis minutos de gloria.


Pero rebobinemos hasta el mes de julio de 2017, momento en el que habíamos dejado, en nuestra última crónica de Lo que la cancha nos da, a nuestros jugones.

Tras aquella final perdida en Villalba, creíamos que Sergio estaba ya fuera de los focos y que la normalidad deportiva iba a llegar por fin a nuestras vidas, pero una nueva llamada del Real Madrid puso otra vez a la familia patas arriba. No esperábamos saber más de ellos, pensábamos que ese tren, para bien o para mal, ya se había escapado definitivamente. Nos lo vendieron como un favor, como algo que Sergio se había ganado y no había disfrutado. Sabíamos que mentalmente Sergio ya estaba preparado para ese desafío, pero en el plano deportivo teníamos nuestras dudas. Hablamos con nuestro club, que perdería una pieza importante para el año de Infantil si aceptábamos, y nos animaron a aceptar la propuesta. Creían que debíamos permitirle disfrutar de esa experiencia y más ese año, en el que el Madrid disputaría el Campeonato de España de Clubes y la Minicopa, eventos que Alcorcón Basket nunca podría ofrecernos. A Sergio le costó tomar la decisión, no porque sintiese que el reto le fuese a quedar grande, sino porque marcharse de su club y abandonar a sus compañeros le generaba muchas dudas. Pero él también comprendió que era algo único e irrepetible. Así que, después de darle muchas vueltas, finalmente cambió la camiseta azul de Alcorcón Basket por la blanca del Madrid.

Accedimos a otro mundo, para lo bueno y para lo malo. Algunas cosas las suponíamos: unas instalaciones estupendas, un staff compuesto por el doble de preparadores que en cualquier otro equipo, ropa de todo tipo con el logo del club, muchos viajes a torneos fuera de Madrid, especialmente a Cataluña, regalos, una organización excelente... Otras resultaron una gran decepción. Entre estas últimas, sin lugar a dudas, la despreocupación y falta de compromiso con los estudios de los chavales constituyó, a pesar de que en las conversaciones iniciales se nos garantizó un apoyo continuo, especialmente en los viajes del equipo, el mayor de los fiascos. 

Allí se encontró con muchos de los compañeros con los que había ganado el Campeonato de España Mini, pero descubrió que la amistad se había transformado en rivalidad. En el Real Madrid, a esas edades y a falta de equipos que puedan plantarte cara en la competición local, se fomenta el que los chicos compitan entre ellos mismos por tener más minutos, por ganarse la continuidad al año siguiente. Sergio no se amilanó y se esforzó mucho a lo largo de la temporada, adaptándose como pudo a una manera de entender el baloncesto completamente ajena a su experiencia previa.

Mientras tanto, Marcos y sus compañeros arrancaban la última temporada en Benjamín con el recuerdo de lo ocurrido el año anterior aún fresco. El curso se desarrolló de una manera similar, poniendo "chinchetas" por todos los campos de Madrid y desplegando un juego atractivo y divertido, aunque los padres teníamos una sensación extraña, algo que no terminaba de encajar. No sabría definirlo. Quizá se trataba de una pequeña grieta que amenazaba con resquebrajar el equilibrio que en el grupo se había establecido. Una ligera escisión entre los que consideraban que se debía seguir priorizando la formación y los que consideraban que el equipo debía competir más. Tal vez ser tan superiores no era bueno para el crecimiento deportivo de los chicos. El caso es que finalizamos la fase regular con diecinueve victorias y tan sólo una derrota ante Ricopia Alcalá. Estábamos nuevamente en los playoffs y volvíamos a ser favoritos para el título de Madrid. Aunque Marcos había ido de más a menos, se le veía feliz con sus amigos, muy integrado y entusiasmado con la oportunidad de que su equipo volviese a estar entre los mejores de Madrid. En la primera eliminatoria de playoffs nos esperaba un rival siempre duro, el colegio Estudio. Nos sabíamos superiores, pero habíamos notado en los últimos partidos que el equipo comenzaba a renquear ligeramente, que el balón no fluía como antes. Aún así, nos impusimos con claridad en ambos partidos y pasamos a la siguiente ronda, donde nos enfrentaríamos una vez más al colegio Brains.


A esas alturas de la temporada -finales del mes de mayo-, mientras Marcos había disputado veintidós partidos, Sergio llevaba ya en las piernas la friolera de sesenta y uno . Esa era otra de las grandes diferencias entre el Real Madrid y el resto de clubes: la acumulación de encuentros. No había mes en que no tuviésemos que prepararle la maleta para viajar por España a jugar amistosos y torneos. Me pesa no haberle podido acompañar desde la grada en las ciudades que visitó, como otros padres sí hacían, pero ni nuestros trabajos ni nuestra economía nos lo permitían. Conocedores de que las dos grandes citas de aquel año eran la Minicopa, en febrero y en Canarias, y el Campeonato de España, en junio y en Galicia, Nuria y yo nos aseguramos de tener esas fechas libres y ahorramos para poder estar a su lado sólo en esos torneos. No daba para más.

En Madrid, el equipo se paseaba y Sergio disfrutaba de minutos de juego. La superioridad era tal que los entrenadores repartían el tiempo de juego de manera más o menos equitativa entre todos ellos. Aunque técnicamente había mejorado mucho, Sergio aún no estaba a la altura de la mayoría de sus compañeros. Seguía aportando fuerza y voluntad, pero creo que ya sabíamos que no sería suficiente. Tampoco nos habíamos planteado estar más de un año en el club blanco. No era ningún drama. Percibíamos que otros padres vivían angustiados por si el club cortaría a sus hijos al finalizar la temporada, pero poco o nada nos preocupaba a nosotros ese asunto. Sufríamos cuando no jugaba, cuando jugaba menos que los demás, cuando las cosas no le salían, pero realmente éramos conscientes de que era un privilegiado por poder ser parte de aquello durante al menos un año.


Nos emocionaba en la distancia ver, cuando participaba en torneos fuera de Madrid, que se enfrentaba no sólo a chavales de otras comunidades, sino de otros países. Jugó partidos contra equipos como el Audentes de Estonia o el Apollo de Amsterdam. El Real Madrid, incluso en estas edades, es internacional y nos parecía muy enriquecedor que descubriese, en la medida de lo posible, otras formas de baloncesto y otras culturas. No se nos escapaba, cuando el equipo se enfrentaba en esos torneos a rivales de su nivel, como el Barcelona o el Joventut, que el reparto de minutos ya no era el mismo y nos acostábamos enfadados con nosotros mismos por no poder estar cerca de él en esos momentos. Se trataba de ganar, poco importaba si habías trabajado más que los demás durante esa semana. Sergio no jugó algunos de esos partidos y en otros tuvo pocos minutos. Sufríamos por él, aunque él parecía comprender su papel en el equipo y lo tenía interiorizado.

La Minicopa era el primer torneo importante de la temporada y el que muchos padres esperaban con ansiedad porque en él se darían las primeras pistas para saber quién continuaría el año siguiente y quién no.  Viajamos a Canarias para estar a su lado, para que nos sintiese cerca y creo que aquello le ayudó en una experiencia bonita, pero también muy dura. Su participación fue completamente testimonial en aquel torneo. Pocos minutos ante Iberostar Tenerife, Unicaja Málaga, Guipuzkoa Basket y Joventut de Badalona. Siete puntos en el total de esos cuatro partidos. Recuerdo más de aquellos días las experiencias que vivimos Nuria y yo, solos o con otros padres, que los minutos que jugó nuestro hijo. No digo esto con rencor, sabíamos dónde estábamos y lo que habíamos ido a hacer allí. Todos queremos que nuestros hijos jueguen, que tengan muchas oportunidades y, si es posible, que se sientan protagonistas reales de la victoria, cuando esta se produce. No se nos puede reprochar que, tras la final frente a Iberostar Tenerife, que ganamos y que nos llevaría a ese momento en el WiZink Center un mes después, nos sintiésemos algo indignados por los siete segundos que Sergio jugó aquel día. Justo antes del descanso, a falta de esos pocos segundos, se solicitó un tiempo muerto y vimos que saltaba a la cancha. Era una jugada defensiva, no tocó el balón, no hubo opción. Esperábamos que en la segunda parte volviese a salir, pero no ocurrió. El equipo ganó el torneo y Sergio estaba pletórico, su equipo había vencido, no le daba ninguna importancia al hecho de no haber participado apenas. Supongo que también ahí nos estaba dando una lección, así que nos tragamos nuestro enfado y volamos de regreso a Madrid.


Marcos y sus compañeros disputaron el primer partido de cuartos de final, la eliminatoria que podría darles el acceso al día del Mini, en el Colegio Brains. En esta ocasión el partido se jugó en la pista exterior, lo que nos ahorraba el trago de jugar en aquel gimnasio en el que el año anterior habíamos perdido. ¿Miedo escénico? ¿Fin de un ciclo? No lo sé, pero nuestros chicos no jugaron como sabían. Fallaron muchas canastas fáciles y los rivales se hacían con todos los rebotes. No sólo perdimos, sino que las sensaciones con las que regresamos a Alcorcón eran malas. Al día siguiente tendríamos la oportunidad de darle la vuelta a a la eliminatoria, pero no parecía sencillo ni por la diferencia de once puntos ni por lo que el equipo nos transmitía. Pero lo cierto es que en el partido de Alcorcón empezamos con muy buen pie, nos fuimos en el marcador y creo recordar que incluso llegamos a igualar esos once puntos. Parecía que podríamos conseguirlo. Pero una segunda parte en la que ellos mostraron una preparación física muy superior nos devolvió a la realidad y fue finalmente el Colegio Brains, esta vez sin trucos ni atajos, quien alcanzó el día del Mini y dio por concluida nuestra temporada una vez más en los cuartos de final. Nos ahogábamos de nuevo en la orilla.

Aún nos quedaba la Final Four del Campeonato de Madrid y el Campeonato de España que Sergio tenía que disputar. La de Madrid se celebró en mi antigua universidad, a la que regresé veinticinco años después. Ninguno de los equipos allí presentes puso en apuros a nuestros chicos y, como era de esperar, nuestro equipo alzó el título de Campeones de Madrid. Sergio realizó un gran partido en la final contra Estudiantes, a quien ganamos por 82-31, anotando trece puntos. Intuíamos que aquellos iban a ser sus últimos minutos con la camiseta blanca, dado que, tras lo vivido en Canarias, no teníamos grandes esperanzas de que jugase demasiado en el Campeonato de España. Tampoco contábamos con que el Real Madrid nos propusiese continuar un año más.

Galicia es posiblemente la Comunidad que más me gusta visitar. Por clima, gastronomía y, sobre todo, porque allí viven dos de mis hermanos. Marín, sede del Campeonato, se encuentra a una hora en coche de Figueiró, la aldea donde reside mi hermano Carlos, así que durante aquella semana pasamos mucho tiempo con ellos y nos desplazábamos, cuando Sergio jugaba, hasta la otra punta de la provincia para acompañarle. Un Campeonato de España, aunque sea en categoría infantil, es un evento muy especial y así lo vivimos, como algo que no volvería a repetirse. No diré que el equipo ganó el título por aplastamiento, pero lo cierto es que no hubo rival. Volvimos a Madrid con el Campeonato en el bolsillo y a la espera de la reunión con el Real Madrid para que nos dijesen si seguían contando con Sergio para el año siguiente.

En el caso de los pequeños se anunció que en la siguiente temporada Juanpe ya no sería el entrenador de nuestros hijos, medida que algunos padres no acogieron con agrado, pero aun así quisimos cerrar el año como mejor sabíamos: con una cena donde una vez más disfrutamos como enanos.

Cuando el Madrid nos convocó a la reunión de final de curso, acudimos a ella con dos certezas que nos llevaban a una única conclusión: Sergio abandonaría el Real Madrid. La primera certeza era que el club no iba a seguir contando con él y la segunda era que, en el remoto caso de que nos propusiesen lo contrario, no aceptaríamos. Sergio había reflexionado mucho durante aquella semana y nos había pedido volver a Alcorcón. Así que lo más importante de aquella reunión fue la llamada que al terminar hicimos a Goyo, el director deportivo de Alcorcón Basket, para informarle de que regresábamos a casa.

De Valdebebas salimos con la mochila llena de experiencias, un Campeonato de Madrid, uno de España, una Minicopa, kilos de ropa oficial, un Iphone, un Ipad (que vendimos) y, por supuesto, nuestros cinco minutos de gloria, que ni él ni nosotros olvidaremos jamás.

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