martes, 31 de enero de 2023
Vivir sin móvil
sábado, 28 de enero de 2023
Las cosas de Nuria
Dudo mucho que la grandeza sea una cualidad atribuible a mi persona. A lo sumo, y con eso voy más que servido, se podría decir que soy buena gente. O al menos es el epitafio que me gustaría dejar grabado en el corazón de mis seres queridos el día que yo falte. Es lo que intento, día tras día. Pero insisto en que la grandeza me queda, valga la redundancia, demasiado grande. Pero, y esto no es negociable, a mi lado -que no detrás de mí- hay una gran mujer. Con sus cosas, claro, como todos. Las cosas de Nuria.
jueves, 26 de enero de 2023
Los hombres también lloran
lunes, 23 de enero de 2023
Amor de padre
sábado, 21 de enero de 2023
Los amigos que se fueron
jueves, 19 de enero de 2023
Entrenador Mosley
Las palabras de un entrenador pueden cambiar radicalmente la vida de un chaval.
Esta frase, que el entrenador de baloncesto del East Los Angeles College pronuncia en el último capítulo de Last Chance U Basketball, resume lo que esta docuserie deportiva propone. Porque, si bien los capítulos giran en torno a la vida de los chavales con problemas que llegan al centro y que intentan aprovechar, a través del baloncesto, una de las últimas oportunidades que les quedan para enderezar sus vidas, es su figura la que protagoniza realmente esta inspiradora historia.
El deporte y la juventud están íntimamente ligados y, siendo como es la adolescencia una etapa de conflictos internos de amplio espectro, la influencia que un entrenador (de cualquier disciplina) tiene sobre los jóvenes a su cargo no es nada desdeñable. A mí me ocurre a veces que mis hijos no han seguido ciertos consejos que les he podido ofrecer en momentos concretos, no necesariamente relacionados con el baloncesto, hasta que sus entrenadores se han expresado en términos similares.Y entonces, sí, eso pasa a ser palabra sagrada. En el caso de los alumnos del ELAC esto se eleva a la enésima potencia, dado que hablamos de jóvenes que tienen serios problemas de adaptación.
John Mosley dirige desde hace veinte años un programa de apoyo a estudiantes de entre diecinueve y veintidós años que han tomado malas decisiones en su vida o que se han visto perjudicados por las tomadas por sus padres. Todos ellos tienen en común dos cosas: su pasión por el baloncesto y la necesidad perentoria de aprobar sus estudios preuniversitarios para obtener una beca deportiva en alguna Universidad que les pernita acceder a una vida más digna. Y el entrenador Mosley se convierte para ellos, durante los dos años que pueden permanecer en el colegio, en tutor, sargento, hermano, padre y todo lo que sea necesario para que al menos unos pocos alcancen su objetivo.
Durante las dos temporadas que actualmente pueden verse en Netflix -y no parece que vaya a ver más por la manera en que se cierra la segunda- seguiremos muy de cerca a las dos últimas promociones que han pasado por el ELAC y los esfuerzos que Mosley y su equipo de entrenadores hacen para que estos muchachos puedan integrarse en la sociedad en base a unos valores centrados en la unidad y el esfuerzo. No seremos capaces de enfadarnos con el coach cuando le veamos forzar los límites deportivos y personales del grupo con el fin de obligarles a madurar y ser conscientes de la precaria situación personal en la que se encuentran y el pobre futuro que puede esperarles a cada uno de ellos si no exprimen la oportunidad que se les brinda. Y no lo haremos porque también nosotros nos sentiremos parte de ese cuerpo técnico cuyo único objetivo es ayudarles a ser mejores para que puedan labrarse, ya no una carrera deportiva (algo que indudablemente sí tienen en mente los jugadores), sino un porvenir que les haga sentirse orgullosos de ellos mismos.
lunes, 16 de enero de 2023
El Twingo de Piqué
domingo, 15 de enero de 2023
El síndrome del impostor
Nunca había oído hablar del "síndrome del impostor" hasta que comencé a trabajar en la que ha sido mi última empresa.
Los pasos previos a mi contratación fueron los habituales. O los que yo suponía como tales tras muchos años sin haberme presentado a prácticamente ninguna entrevista de trabajo. Se produjo primero un intercambio de correos, posteriormente dos entrevistas on-line con el Departamento de Recursos Humanos de la empresa, prueba de nivel de inglés incluida, y, por último, una tercera en modalidad presencial con el responsable del Departamento en el que se encontraba la vacante a cubrir. Si bien las condiciones que me habían puesto sobre la mesa eran sustancialmente mejores que las que yo había disfrutado durante casi toda mi vida laboral anterior, no alcanzaba aún a ver que este nuevo puesto de trabajo podría suponer un salto de calidad importante y una oportunidad realmente interesante para alguien que llevaba veinte años sobreviviendo al precario convenio colectivo de Call Center.
Empecé a percatarme de que estaba accediendo a otro nivel cuando, una vez puestas de acuerdo las dos partes interesadas, fui convocado para la firma del contrato. Debía presentarme en Paseo de la Castellana, 216, una ubicación diferente a aquella en la que había realizado la entrevista personal. Me avergüenza un poco decir que no soy un gran conocedor de la ciudad de Madrid y quizá por ello me quedé asombrado, al salir aquella mañana del metro de Plaza de Castilla, cuando descubrí que el número 216 era la Torre Realia. Para alguien como yo es el típico edificio que uno piensa que nunca pisará, no por falta de ganas o curiosidad, sino porque es uno de esos lugares que no casa con aquello a lo que uno está acostumbrado. El caso es que allí estaba yo, alucinando con el sistema de acceso al edificio, sincronizado con el mecanismo de los ascensores. Mientras esperaba, ya en la planta en la que estaba citado, me entretuve contemplando las vistas de Madrid que mi privilegiada ubicación ofrecía. Sencillamente espectacular. A continuación me hicieron esperar unos minutos en una recepción en la que creo que me habría quedado a vivir si me lo hubiesen propuesto. La firma se realizó en una sala de reuniones que disponía, no sólo de todos los avances tecnológicos, sino también de una decoración moderna y confortable. Supongo que a estas alturas habrá alguno de los que estéis leyendo esto que se estará acordando de Paco Martínez-Soria en alguna de esas películas de los años sesenta en las que el aldeano llegaba a la capital. Pues así me sentía yo. La aldea era mi antigua empresa y la ciudad era la nueva. Conseguí firmar el contrato y entender todas las condiciones y cláusulas del mismo sin que se me notase demasiado la palurdez.
Regresé ese día a casa fascinado por lo que había visto y emocionado porque yo iba a formar parte de aquello, aunque también algo preocupado por si estaría a la altura del desafío. Compartí con Nuria y los niños mi excitación y mi optimismo, pero no les mencioné que me temblaban un poco las canillas. Me parecía que ellos se merecían esa alegría y que yo debía centrarme en hacerme digno de aquella oportunidad que se me brindaba.
Durante los dos primeros meses recibí una formación intermitente y acelerada que me permitió cerciorarme de que aquello era real, de que no era ninguna broma. Que si aquello salía bien, iba a poder ofrecerle a mi familia una vida mejor, con más comodidades y mayores beneficios. No era capaz de asimilar que me hubiesen elegido, tenía miedo de que en cualquier momento cualquier cliente o compañero, ya fuese superior o inferior jerárquicamente, me señalase y gritase muy alto para que todo el mundo se enterase: "este no es tu sitio, no estás cualificado, nos hemos equivocado". Y fue ahí cuando, hablando con Vero, una compañera de mi anterior empresa, me dijo que lo que me pasaba era que estaba sufriendo el síndrome del impostor, un fenómeno psicológico consistente en que alguien que ha demostrado ser perfectamente capaz en determinadas tareas empieza a sentir que no lo es. La explicación me pareció plausible y la interioricé como algo a evitar, me propuse demostrar a todo el mundo, a mí el primero, que tenía derecho a estar ahí.
Durante las primeras semanas comprendí que el puesto que yo ocupaba no era el de coordinador al uso al que estaba habituado. Mis funciones no se limitaban únicamente a dirigir a un grupo de personas, vigilar las colas de llamadas o asegurarme de que los objetivos se cumplían. Los departamentos que me daban soporte en mi anterior compañía no existían aquí, todos convergían en mí: el Departamento de Planificación que montaba las parrillas de horarios, días libres y vacaciones; el Departamento de Reporting, que elaboraba los informes del servicio; el Departamento de Informática encargado de realizar la migración del software de atención de llamadas, reuniéndome periódicamente con los Departamentos correspondientes de otros países; el Departamento de Supervisión, responsable de tratar directamente con los clientes, etc. Y reuniones a todas horas. La carga de trabajo empezó a superarme y, aunque efectivamente nuestro nivel de vida había mejorado, yo cada vez tenía que echar más y más horas en la oficina y también en casa. Mis jornadas comenzaron a ser de doce horas, mis noches de cuatro, mis fines de semana no eran tales. El síndrome del impostor revoloteaba a mi alrededor, aguijoneándome y llenándome de dudas. Me lo quitaba a manotazos, obsesionado en conseguir mis objetivos de la manera que fuese.
Pero no fue así. Llegó un momento en que la ansiedad era tal que en varias ocasiones estuve a punto de dirigirme al despacho de mi responsable y decirle: "mira, nos hemos equivocado, esto se me queda grande". Habría sido lo más ético, lo reconozco, pero la situación en que me podía encontrar, si abandonaba voluntariamente, me frenaba todas y cada una de las veces. Y seguía esforzándome, no dejaba de intentarlo, aunque era consciente de que mis carencias empezaban a ser muy visibles para todos los que me rodeaban. No me sentía un impostor y en ningún momento les culpé a ellos de verme en aquel atolladero, no sentía (y sigo sin sentirlo) que me hubiesen engañado. Simplemente el concepto de Coordinador de Call Center que ellos y yo manejábamos era muy diferente. Y cuando se produjo la contratación, ambas partes teníamos tanta prisa, ellos por cubrir esa vacante y yo por no continuar desempleado, que no hablamos lo suficiente. Yo no pregunté todo lo que debía. Ellos no me explicaron todo lo que implicaba aquel puesto.
No fue una sorpresa que un viernes, día en que la oficina estaba prácticamente desierta porque era el elegido por la mayoría de los empleados para teletrabajar, mi responsable me llamase a su despacho y, con la ayuda del Director de Recursos Humanos, finalizásemos nuestra relación laboral. Sentí una gran liberación cuando entregué mi tarjeta de acceso y abandoné las instalaciones. Cuando salí a la calle, el aire me supo mejor que nunca. Me compré un refresco y me senté en un banco a digerir lo ocurrido. Notaba como si me hubiesen quitado un peso de encima de los hombros. El móvil vibraba con mensajes de ánimo de los que habían pasado en una mañana a ser ex-compañeros. A pesar de que en aquel instante la sensación predominante era de alivio, volvió a mi cabeza la conversación sobre el síndrome del impostor y recordé lo mal que lo había pasado esos meses creyendo que no era válido para aquel puesto. Y llegué a la conclusión de que aquella angustia que me había dominado todo ese tiempo había sido un lastre que, si bien no había constituido la causa final de mi despido, no me había hecho ningún bien.
Aún sigo recuperándome anímica y físicamente de aquello, pero es obvio que, antes de embarcarme en futuras aventuras laborales, me vacunaré, sin lugar a dudas, del dichoso síndrome del impostor.
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jueves, 12 de enero de 2023
Lo que la cancha nos da: esos cinco minutos de gloria
Los motivos de este blog
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Llevo tres meses resistiéndome a abandonar este espacio virtual en el que acostumbro - por desgracia cada vez con menor frecuencia - a vomit...
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Después de todo, aquella chica no consiguió, pese a sus inconmensurables esfuerzos y su perpetua constancia, obtener la nota media exigida p...
























