domingo, 27 de noviembre de 2022

Lo que la cancha nos da: amigos en todas las plazas

Cuando de Lo que la cancha nos da se trata, mantener a raya al padre que habita en mí se convierte en una tarea muy exigente. Reconozco que la temporada 2015-2016 nos hizo vivir situaciones que un año antes no podíamos ni imaginar, que fue un año de grandes éxitos y enormes alegrías y que el orgullo que sentí durante aquellos meses resulta difícil de acallar. Pero me he obligado a mí mismo a revisar y escribir de nuevo esta entrada, ya que me había dejado llevar y lo que estuve a punto de publicar hace un par de días no era coherente con la línea y los objetivos que me propuse al iniciar esta serie.  Y para evitar que se me vuelva a ir de las manos, adelantaré los titulares sobre los que el forofo que hay en mí pretendía parlotear y pavonearse para así poder centrarme en lo que, con la perspectiva que dan los años transcurridos, me parece realmente importante de aquel curso.

Sergio fue Campeón de Madrid de Clubes.
Sergio fue Campeón de España de Selecciones Autonómicas.
Sergio recibió llamadas de varios clubes, entre ellos al Real Madrid, al finalizar la temporada. 

Comentados por lo tanto los logros de antemano, dejadme contaros lo que vivimos aquel año, el primero en Alcorcón Basket, que fue mucho y que, por lo tanto, exigirá que me extienda un poco más de lo que acostumbro en este blog.

Nuestra llegada supuso un acontecimiento muy especial en nuestro hogar, sobre todo para Sergio, que brincaba de alegría por poder entrenar con los que, gracias a las jornadas de la Federación, ya eran sus amigos. Cumplía un sueño y esa ilusión se ha mantenido viva desde entonces y tengo la certeza de que lo hará durante mucho tiempo más. En el caso de Marcos, como ocurre casi siempre a los siete años, cualquier aventura es bienvenida y aquella le tenía expectante y un poco nervioso, ya que iba a tener ficha en Benjamín de primer año, si bien por edad aún no le correspondía federarse. En cuanto a nosotros, estábamos contentos de verles tan emocionados y comenzábamos a entender, gracias a las conversaciones que manteníamos con otros padres y entrenadores que llevaban más tiempo en el mundo del baloncesto de cantera, dónde nos estábamos metiendo.


La de Alevín de segundo año, si estás federado y formas parte de un club importante, puede ser para cualquier chaval una experiencia inolvidable. No sólo tienes la oportunidad de estar en la lucha por las medallas del Campeonato de Madrid, sino que por ser el último año de categorías Mini, se celebra a nivel nacional, habitualmente en San Fernando (Cádiz), el Campeonato de España de Selecciones Autonómicas. Aunque los retos que afrontaríamos esa temporada eran emocionantes, la sensación que pervive años después es que vivimos aquella temporada con la tranquilidad que proporciona hacerlo rodeado de amigos a los que empiezas a conocer y aprendes a querer. No sólo ves que tu hijo los tiene, sino que tú, allá donde vas, también los haces.

A nivel de club, partíamos como grandes favoritos para revalidar el título, pero la estrella del equipo, Juan Núñez, se había marchado al Real Madrid y era una incógnita ver cómo se ajustaba el equipo tras su salida y la incorporación de Sergio, que tenía un perfil muy diferente. El equipo contaba con Javier Menéndez, uno de los mejores entrenadores de categorías inferiores de la Comunidad, ahora impartiendo cátedra en Las Rozas, que mantenía una relación espectacular con los chicos, lo que contribuyó favorablemente a la adaptación de Sergio. Alternábamos los partidos y entrenamientos del equipo con los compromisos, cada vez más frecuentes, de la Federación. Ya no se hacía referencia a esas llamadas como Jornadas de Formación, sino directamente como convocatorias de la Selección de Madrid. De aquel centenar de niños que acudían a los primeros entrenamientos, el seleccionador, John Paul Turner, había ido descartando chavales y ya únicamente quedaban dieciocho, de los que tan sólo doce podrían acudir a Cádiz en Semana Santa. Aunque ninguno de los padres de esos críos queríamos subirnos a una nube en la que no teníamos muy claro si nos correspondía flotar, vivíamos todos pendientes de la siguiente publicación en la web de la Federación, donde confirmábamos cada semana si nuestros hijos continuaban. Era inevitable. Cuando se producía un descarte, la sensación era muy agridulce, ya que la relación entre todos nosotros era fantástica y nos dolía por el niño que se quedaba fuera, aunque lógicamente también nos alegrábamos de que el nuestro continuase apareciendo en aquella lista.

Mientras, en la liga íbamos dando tumbos. Era evidente que el resto de equipos habían mejorado mucho y que todos querían ganar al campeón. Disfrutábamos como enanos a pesar de todo. No olvidemos que veníamos de un equipo en el que nos ganaban cada semana por al menos cincuenta puntos y ahora competíamos entre los mejores de Madrid. Además, la sintonía con las familias y el staff del club era total. Sentíamos que éramos uno más en la familia Alcorcón Basket. En cuanto a Sergio, se estaba convirtiendo en un jugador que, por físico, asustaba a cualquier defensa. No tenía el talento de otros, pero la canasta mini se le quedaba pequeña y era espeluznante la manera  en que la reventaba con sus mates (pequeña concesión al orgulloso padre). Y por último estaba lo más enriquecedor de toda esta experiencia: jugabas en Magariños y allí te encontrabas a Jesús Navarro, a su hermano pequeño, con quien Marcos hizo alguna que otra travesura, y a sus padres; te desplazabas a Tres Cantos y te encontrabas con Gonzalo Díaz y familia; en Estudio, estaban los Rosón; en el colegio Brains, los Gadea. Y así por todos los campos. Amigos en todas las plazas. Los rivales no eran tales porque eran también compañeros. Y claro, aplaudías las canastas que esos chavales te metían como si jugasen en tu propio equipo y luego te tomabas una cerveza con sus padres fuese cual fuese el resultado. Por supuesto, eso que no falte nunca.

La temporada fue avanzando y era una locura organizarnos en casa logísticamente para llegar a todo. Pero sarna con gusto pica menos, así que ahí nos veías a los cuatro los fines de semana y puentes, con nuestro vieja Picasso, de Móstoles a Alcorcón, de Alcorcón a Cantoblanco, de allí a Alcobendas, Fuenlabrada o donde tocase y entre medias un bocata o una hamburguesa. Y a medida que se acercaba la Semana Santa más y más horas y kilómetros.

La primera gran alegría que recibimos aquella temporada nos la dieron alrededor de la última semana de febrero: finalmente Sergio representaría a Madrid en el Campeonato de España de Cádiz, era uno de los elegidos Teníamos desde hacía tiempo reservado hotel y apalabradas las vacaciones en los trabajos, no porque tuviésemos la seguridad de que llegase a ser seleccionado, sino porque, lo fuese o no, era nuestra intención viajar para apoyar a los chicos que finalmente representasen a Madrid. Así de intenso había sido el flechazo que el baloncesto nos había clavado y así de fuertes eran los lazos que se habían creado entre las familias de todos los chicos. Se quedaron fuera de aquel grupo auténticos fenómenos, como Eneko López, compañero en Alcorcón, una baja que lamentamos especialmente por la inmensa calidad del chaval, que ya nos había maravillado un año antes al lado de Juan Núñez en aquella final que presenciamos en Getafe, y por el aprecio que les teníamos a él, a su hermano y a sus padres. Pero no había tiempo para lamentaciones, los entrenamientos ya eran concentraciones muy serias y de una gran exigencia, el torneo estaba a la vuelta de la esquina.

¿Cómo explicar aquella experiencia en Cádiz? Es muy difícil, incluso para quienes lo vivimos en primera persona. En primer lugar, el ambiente. Si aún no nos habíamos enganchado al baloncesto, lo hicimos allí. Abducidos de por vida. Unas instalaciones sensacionales con las gradas llenas de público de toda España, animando a sus equipos, sí, pero aplaudiendo a los rivales y celebrando con sus familias aquel momento que era mágico para nuestros hijos. Hubo excepciones, claro, siempre hay exaltados. Recuerdo, por ejemplo, algún desencuentro en la fase de grupos con la afición canaria, pero las espadas estaban en todo lo alto en aquel partido que finalmente ganamos y puede excusarse algún comportamiento poco apropiado. Las jornadas en Cádiz transcurrían entre paseos, cervezas y comidas hasta que llegaba el momento del día que todos esperábamos, aquel en que los chavales saltaban a la cancha.

¡Qué selección tan potente llevábamos aquel año! Juan, ahora en la Selección española y jugando en un club de Alemania para poder disfrutar de los minutos que en el Real Madrid, donde se prioriza al jugador extranjero, no iba a tener; Baba Miller, ahora en Florida preparando su salto a la NBA; Sediq Garuba, hermano de Usman (Houston Rockets), jugando ahora en Cartagena. Aquel equipo no sólo era una auténtica maravilla dentro de la cancha, sino también fuera de ella. Llegamos a la final sin demasiados apuros, aunque Canarias en la fase de grupos y Andalucía en las semifinales obligaron a los chicos a dar lo mejor de sí mismos. Y llegó la gran final ante el eterno rival: Cataluña. El ambiente era festivo y, aunque la envergadura del partido nos tenía auténticamente revolucionados, también nos pesaba que aquello estaba a punto de terminarse, que al día siguiente, bien temprano, tendríamos que acudir en Madrid a nuestros respectivos puestos de trabajo. No habría tiempo siquiera para celebrarlo como es debido en caso de que ganásemos. La salida al campo de los chicos, la presentación de los jugadores, las gradas repletas... no diré más, está todo en Youtube para quien quiera revivir aquel encuentro. Fue un partido complicado dado que empezamos nerviosos y un poco impresionados por el escenario, y de hecho nos fuimos al descanso perdiendo. Pero a base de remar y remar, rebasamos en la segunda a Cataluña y terminamos venciendo con claridad. ¡Campeones de España! No se me olvidará la alegría de los chicos al pitar el árbitro el final del encuentro, del Campeonato. ¡Cómo saltaban y se abrazaban aquellos enanos de once años! Tampoco se me olvidarán las lágrimas y la tristeza de los chicos catalanes, que habían hecho un torneo increíble y que, como suele ser costumbre en este deporte, aplaudieron con deportividad a nuestros chicos cuando estos celebraron en el centro del campo aquella victoria. No olvidaré tampoco el abrazo que me di con Julio, el padre de Gonzalo, uno de los compañeros de Sergio, aguantando como podíamos los dos las lágrimas de orgullo que pugnaban por escaparse. Más allá de la experiencia que nosotros vivimos en primera línea, si sois aficionados al baloncesto y no tenéis planes en Semana Santa, viajad a Cádiz para presenciar este espectáculo fantástico en el que los valores de este deporte te tocan el corazón.




Volvimos a Madrid en una nube, pero la temporada de clubes entraba en su fase definitiva: los playoffs. Sergio estaba que lo tiraba, llegaba con las pilas cargadas de energía e ilusión, y el equipo, que había andado tambaleante durante la liga regular, parecía también preparado para afrontar el reto. El camino hasta las semifinales fue bastante plácido, pero allí nos esperaba el gran favorito para arrebatarnos el título: Estudiantes, con quien habíamos jugado ya en dos ocasiones ese año, con una victoria para cada equipo. El primer partido se disputó en Alcorcón y fue un encuentro igualado y reñido. No sólo era importante ganar, sino que había que intentar hacerlo por una diferencia que el rival no pudiese recortar en Magariños al día siguiente. Logramos la victoria aquel día por once puntos. Sabíamos que si ganábamos esa eliminatoria, el título de campeones de Madrid era casi nuestro. Pero todo se torció aquel domingo, nada salió bien y nos llevamos el golpe más duro que aquella temporada recibiríamos: 75-31 para Estudiantes. Ellos a la final, que ganarían, y nosotros a la lucha por el tercer puesto, que, aún dolidos por la derrota ante los estudiantiles, perderíamos.


Había sido una temporada fantástica, jugando finales, luchando por las medallas, ganando un Campeonato de España... pensábamos que más allá de los entrenamientos, el curso había terminado, pero no, a Sergio le quedaba aún otra alegría que meter en su mochila y un título todavía por disputar.

Goyo, el entrenador del Preinfantil (chavales con un año más que Sergio), había convocado en alguna ocasión a nuestro hijo para entrenar con ellos e incluso había jugado un partido de liga recién llegados de Cádiz. Este equipo también había llegado a las semifinales de su categoría y, para nuestra sorpresa, Sergio fue convocado tanto en las semifinales, que se ganaron, como en la final contra Coslada. En esos partidos Sergio tuvo minutos e hizo un papel digno, siempre mostrando sus ganas de mejorar y un sentido de la responsabilidad admirable. Y se consiguió. ¡Campeones de Madrid! Aunque el suyo había sido un papel menor en aquel logro, estaba radiante con su medalla de oro al cuello. Había sido para él una temporada que nunca podrá olvidar.

Y sí, llegó la llamada del Real Madrid, que ya intuíamos porque el club blanco todos los años procede de la misma manera. No tienen equipos en categorías minis, pero están muy pendientes de todos los equipos y, sobre todo, de los componentes de la Selección, durante ese último año de canasta pequeña. Acostumbran a llamar a todos sus integrantes y ofrecerles jugar en Infantil con la camiseta blanca en Valdebebas.

Vamos a ver, que nosotros hacía un año no teníamos ni idea de baloncesto, jugábamos en el Móstoles, que era uno de los equipos más flojos de Madrid, y salíamos de vivir una temporada vibrante. Nos merecíamos un descanso, pero tardó en llegar. Semanas de conversaciones con el Madrid, con nuestro club, con amigos y sobre todo, de alcoba. Nos tentaba la idea de que se vistiese de blanco y, aunque Valdebebas nos quedaba en la otra punta de Madrid, nos habían garantizado que de lunes a viernes sería el propio club quien se encargaría del transporte. Además, algunos padres nos advertían de que el Real Madrid sólo te llama una vez. Que no podíamos dejar pasar aquel tren. Por otro lado, no terminábamos de ver a Sergio preparado, ni mental ni técnicamente hablando, para lo que supone jugar en un club así. Nos preocupaba que algo que estaba resultando tan especial, se torciese. Así que acordamos, tras ponerle sobre la mesa los pros y los contras de la manera más objetiva posible, que fuese él quien tomase la decisión. A veces nos han preguntado por qué Sergio dijo que no aquella vez y yo creo que fue por lo que sintió al llegar a Alcorcón Basket, no quiso darle la espalda a todo lo que allí se le había dado. Su decisión sorprendió a todo el mundo, especialmente a las familias de la Selección que no habían dudado ni un momento a la hora de elegir y, por supuesto, al Real Madrid, que no estaba acostumbrado a recibir un no por respuesta. Pero el caso es que Sergio continuaría en Alcorcón.


Y mientras, ¿qué pasó con Marcos aquella temporada? Parece que sólo tengo letras para Sergio, pero es que del pequeño hubo poco que comentar aquel año y, sin embargo, mucho en los siguientes.  La temporada con su equipo (recordad que jugaba con niños un año mayores que él) no tuvo a nivel colectivo gran relevancia, pero a nivel individual no desentonó y las herramientas que adquirió jugando en una categoría superior, le permitirían ser uno más de la magnífica generación de 2008 que se incorporó al club al año siguiente. Así que no os preocupéis, que tiempo habrá en futuras entradas para narraros las hazañas y desventuras de nuestro pequeño gran campeón.

jueves, 24 de noviembre de 2022

La niña bielorrusa

Erase una vez una niña de nueve años que vivía feliz con sus padres y su hermano pequeño en Dudichi, un encantador pueblecito perteneciente a la provincia de Minsk. La vida transcurría sin grandes sobresaltos en aquel pequeño lugar de no más de dos mil habitantes. El único suceso que había alterado tan pacífica existencia había acaecido siete años antes, cuando la niña contaba tan sólo dos de edad y su hermano aún no había nacido. Ella no sabía mucho más que lo que le habían contado sus padres y profesores: a unos cuatrocientos kilómetros de allí, en Chernóbyl, una ciudad algo mayor que nunca había visitado, se había producido un accidente nuclear de gran importancia, y el planeta entero, con miedo y preocupación, fijó desde entonces y durante mucho tiempo su mirada en aquel recóndito lugar del mundo. La nube radioactiva se había extendido hasta por trece países de Europa Central y los habitantes de las zonas más cercanas, como nuestra protagonista, se vieron seriamente afectados. La niña no terminaba de entender realmente por qué sus padres parecían siempre tan tristes cuando algún  vecino hablaba de este tema o cuando ella misma intentaba saber más sobre el asunto. Había tenido que ir en varias ocasiones a distintos médicos muy serios que luego habían permanecido durante un rato charlando con sus padres, todos con semblantes circunspectos. Ella no lo sabía pero los estudios médicos que se realizaron entre la población bielorrusa determinaron que la esperanza de vida de los niños en las áreas más próximas al lugar del incidente se había visto reducida en treinta años. No es por tanto de extrañar que, a pesar de la aparente armonía que reinaba en aquel hogar, sus padres viviesen bajo la sombra de la angustia.



Mientras tanto, en Madrid, como en tantos otros lugares del mundo, se habían movilizado distintas asociaciones de carácter benéfico y solidario y se habían puesto en marcha distintas iniciativas para ayudar a los afectados. A través de una de esas organizaciones, una familia española que ya había apadrinado a un niño de Sudamérica y que estaba atravesando un momento económico favorable, decidió unirse a los esfuerzos que se estaban llevando a cabo para socorrer a la población bielorrusa. Pero ellos no quisieron hacerlo enviando dinero. Como otras muchas familias que formaban parte de aquella organización les preocupaba que gente sin escrúpulos aprovechasen la coyuntura para llenar sus bolsillos a costa de la solidaridad ajena. Se conocían ya muchos casos similares. Tras barajar numerosas opciones se activó un protocolo que consistía en emparejar a los niños bielorrusos afectados con familias españolas que les acogerían en sus casas durante el verano.

Así pues, los organizadores de aquella misión solidaria unieron los destinos de ambas familias. Se calculó que cada mes que aquellos niños permaneciesen en España, disfrutando de un clima, una alimentación y sobre todo un aire limpios de radiación, podrían recuperar un año de esperanza de vida. Cuando la niña recibió la noticia, ya había logrado sonsacar a sus padres más información sobre el motivo de su desolación y era consciente de que estaba enferma, aunque ella no se sintiese así, pero como era muy inteligente, llegó a la conclusión de que aquel viaje no sólo era una maravillosa aventura, sino que era un oportunidad para curarse. Así que los padres bielorrusos la dejaron marchar y ella viajó con una ilusión tan sólo comparable a la que sentía la noche en que Santa Claus bajaba por su chimenea y dejaba regalos para toda la familia. También lo hizo un poco asustada y sin saber nada de español, nunca había salido de su pequeña aldea y le abrumaba la enorme distancia que ella y sus compañeros recorrerían en autobús desde Minsk hasta Madrid. Por su parte la pareja española consiguió hacer entender a sus hijos, algo reacios a que una extraña invadiese su hogar, lo importante que era aquel viaje. Para cuando llegó el momento, la familia al completo esperaba con expectación el momento de conocer a su huésped.

Durante ese primer verano la criatura, de cabello rubio y preciosos ojos azules, comió muchas naranjas, que le encantaban, se bañó en la piscina y en el mar con su nueva familia, que además la llevaron a numerosos lugares que le parecieron mágicos y conoció a muchas personas que la trataron con cariño y delicadeza, se le dejó de caer el pelo y aprendió muchas palabras en español. Sus nuevos papás y hermanos la descubrieron un mundo diferente, mucho más grande que aquel en el que ella había crecido y empezó a entender todas las posibilidades que aquel nuevo universo ofrecía a las personas. El miedo pasó pronto y comunicarse con los miembros de aquella familia se convirtió en un juego divertido en el que todos se lo pasaban bien. El cariño, como no podía suceder de otra forma, empezó a florecer. Fue un verano muy intenso emocionalmente que ninguno quería que terminase. Pero todo, nos guste o no, llega a su fin.

El día que tenía que regresar a su país todos lloraron: la niña porque, aunque adoraba a sus padres, no quería irse; la familia madrileña porque, aunque sabían que no podían impedirlo, no querían que se marchase. Fue una despedida muy triste porque nadie podía garantizar que volvieran a encontrarse alguna vez.



Días después, con los ojos aún húmedos, los padres madrileños iniciaron el sinfín de trámites necesarios para repetir la experiencia al año siguiente, unas gestiones que les tuvieron ocupados meses y, aunque hubo dificultades, finalmente lo consiguieron. Este proceso se repitió durante varios años hasta que la niña superó la edad permitida para formar parte del proyecto. Cada verano que pasaron juntos fue inolvidable para todos ellos. Todos los años la niña llegaba más alta, más guapa y hablando mejor el castellano, dado que se preocupaba durante el curso de trabajar con algunos libros, cuadernos y cintas de música que había conseguido en España.

Cuando ya no hubo posibilidad de que la niña regresase a través de la organización benéfica, los padres madrileños hicieron un nuevo esfuerzo y aún pudo volver, de manera particular y gracias a un sinfín de gestiones, un verano más, pero aquel fue el último. No obstante, siguieron manteniendo el contacto, especialmente por carta y mediante alguna llamada telefónica. Pocas, dado que este tipo de conferencias no resultaban baratas y aún no existían cosas tales como el whatsapp. Resultaba entrañable cómo, cuando se recibía en la casa de Dudichi una llamada de España, la madre biológica de la niña, que no comprendía casi el español, y la madre española, que entendía aún menos el ruso, conversaban unos segundos y acababan las dos, unidas por el amor que sentían hacia la niña, anegadas por el llanto. Más adelante los padres españoles llegaron incluso a viajar en una ocasión a Bielorrusia para volver a ver a su niña, y allí fueron agasajados por los padres bielorrusos, que no sólo sabían lo que aquellos habían hecho por su hija, sino que entendían el profundo amor que en ella se había despertado hacia esa familia española.

El tiempo fue pasando y el contacto se mantuvo, pero lógicamente cada vez fue reduciéndose más. 

La chica estudió castellano, se hizo mujer y consiguió empezar a trabajar para la Embajada de Bielorrusia en Venezuela, donde vivió durante varios años, se casó y tuvo hijos. Acabó regresando a su país y no hace mucho, tres años quizá, se rencontró de nuevo con sus padres españoles en Salou, donde ella viajó de vacaciones con sus hijos y una amiga. Pudieron compartir unas horas juntos en las que recordaron anécdotas y se pusieron al día. 



El nombre de la niña era Ludmila Sbovoda, aunque en casa la llamábamos Luda y es nuestra hermana pequeña. Fueron mis padres quienes, aprovechando una época en que las cosas les iban bien, nos hicieron aquel regalo.

Hace unos días, no sé muy bien por qué, me acordé de Luda colándose en mi habitación, al principio con timidez pero luego con confianza, para escuchar conmigo música española y enseñarme al mismo tiempo palabras en ruso. Uno de esos recuerdos que sin mediar motivo alguna aparecen de repente y te golpean. Me acordé también del puzzle de no sé cuantas mil piezas que hicimos juntos ella y yo uno de aquellos veranos, que acabamos enmarcando y que está guardado, con el cristal rajado por algún golpe, en el canapé de nuestro dormitorio. No se me olvida el cariño y la devoción que sentía por la que entonces era mi novia y ahora es la madre de mis hijos, Nuria. Me acuerdo de muchos detalles de aquellos veranos, pero sin duda el que más vívido se conserva corresponde a su primer año con nosotros, en concreto el día que tenía que regresar a su país, cuando no sabíamos aún si volveríamos a verla o a saber de ella alguna vez. Con mis diecinueve o veinte años yo, el mayor de mis hermanos, lloré como un niño pequeño mientras veía cómo su autobús se alejaba. En realidad creo que todos lloramos, aunque lógicamente son las mías las lágrimas que mejor recuerdo. Años después fallecerían mis abuelos y las que derramé cuando ocurrió aquello tenían el mismo sabor y textura que las que cayeron de mis ojos el día que Luda se montó en aquel autobús. Las que le ahogan a uno cuando se pierde a alguien muy querido. 

Me alegra pensar que si no hubiese sido por aquellos veranos, su existencia seguramente habría sido otra muy diferente y con toda probabilidad, peor. Y albergo la certeza absoluta de que esa pequeña niña de sonrisa esperanzada que vino de la otra punta de Europa para invadir nuestro hogar, conquistó también nuestros corazones y nos cambió para siempre a todos nosotros.

martes, 22 de noviembre de 2022

El brazalete y el himno

En todas las competiciones deportivas de carácter planetario, tales como unas Olimpiadas o el Mundial de fútbol que actualmente se está disputando en Qatar, salen a la luz las grandes diferencias sociales, políticas, religiosas y culturales que existen entre Occidente y Oriente. Por no hablar de que ciertos enfrentamientos deportivos, como ocurrió con el Argentina-Inglaterra del Mundial de México 86 o como podría haber sucedido con un Rusia-Ucrania que no se disputará en este, transcienden lo meramente futbolístico. Es el apoyo a la comunidad LGTBIQ+, colectivo discriminado por el país anfitrión, el asunto que en estos primeros días de competición está acaparando portadas y haciendo arder las redes sociales.


Aunque no conozcamos con detalle los criterios y los procedimientos que se aplican para la concesión de este tipo de eventos a países o ciudades, creo que es vox populi que el dinero, hoy en día, constituye un factor determinante. Y a los qataríes, que presumen de tener una renta per cápita que multiplica por dos la de los españoles, les sale por las orejas. Creo que hasta el más despistado entiende que, si un pais como Qatar se convierte hoy en capital mundial del fútbol, es más por la intención de hacer crecer un negocio sumamente lucrativo que por aspectos meramente deportivos.

La decisión de la FIFA de sancionar con una tarjeta amarilla a cualquier jugador que portase en un partido el brazalete arcoiris de apoyo a la comunidad LGTBIQ+, además de la pertinente multa para su Federación, me parece -y ya veo a algunos llevándose las manos a la cabeza- razonable. Porque, vamos a ver, esto no es una pachanga que hayamos organizado de hoy para mañana con los amigos y que nos hayamos encontrado, al llegar al pabellón, con algo incómodo o desagradable. Hablamos de un evento que se acordó hace casi una década. ¿No tuvimos tiempo de protestar entonces? ¿No hemos tenido ocasión, una vez aceptada la sede, de decir "con nosotros no contéis"? ¿O es que pensábamos que nuestros anfitriones cambiarían su forma de comportarse en su propia casa porque llegamos de visita? Y la FIFA, que es la autoridad máxima a la hora de tomar decisiones en este ámbito, ha optado por que las cosas no se desmadren. Para compensar a las Federaciones que han visto frustrado su intento de apoyar la causa, ha propuesto que aquellos jugadores que lo deseen pueden llevar una cinta en el brazo con el lema "El fútbol une al mundo", que será sustituido a partir de las rondas eliminatorias por el mensaje "No a la discriminación".

Así que llegábamos a los prolegómenos del Inglaterra-Irán, con los hijos de la Gran Bretaña, que han optado por no tentar a la suerte de ser sancionados, sustituyendo el gesto del brazalete por el de hincar todos la rodilla en señal de protesta y recibir de regalo los abucheos del público iraní. Al final los deportistas son los verdaderos protagonistas de este circo y los que tienen que dar ejemplo a nuestros jóvenes, por lo que me parece una medida acorde con la situación: acatamos, pero mostramos de manera pacífica nuestro desacuerdo.


En el otro lado, la selección iraní, que se niega a entonar el himno de su país. Su propia afición abuchea y yo, intrigado, presto atención a lo que puedan aportar los comentaristas mientras busco en Google la información necesaria para entender la mudez de los jugadores y el cabreo de sus seguidores. Porque debo ser sincero: leo periódicos digitales, pero suelo centrarme en las secciones de Nacional y Cultura fundamentalmente y en aquellos sucesos de carácter internacional que suscitan mi interés o preocupación, como es el conflicto entre rusos y ucranianos. De la República Islámica de Irán, más allá de que es una teocracia muy opresora, nada de nada.

Pues bien, el nombre clave en esta historia es Mahsa Amini, una joven iraní de 22 años que ha fallecido mientras estaba bajo custodia policial tras haber sido detenida por la policía de la moral iraní debido a que, ojo al dato, no llevaba bien puesto el velo. Una más de esas brutales historias del mundo árabe que en Occcidente nos indignan y que en este caso generó manifestaciones multitudinarias de protesta por parte de la propia población iraní. 

Aclarado por tanto el motivo de que unos no canten el himno y otros lo abucheen, me quito el sombrero ante los componentes de esta selección, que se arriesgan al regresar a su país, cuando ya no sean noticia, a vete tú a saber qué castigos por parte de su Gobierno. Porque a la policía de la moral iraní no le resultará sencillo identificar al que estuviese en la grada vituperando el himno, pero a los que estaban en el césped, mudos y orgullosos, haciendo historia, a esos los tienen bien fichados. Y seguro que les esperan y no con los brazos abiertos.

Y uno, que sabe que las comparaciones son odiosas, pero que no puede evitarlas, es incapaz ahora de contemplar la protesta inglesa de la misma manera que antes. Porque hay quienes agachan la cabeza cuando el precio de no hacerlo no es tan alto y otros que la mantienen erguida, desafiando al peligro, aunque el castigo puede ser, literalmente, perderla.




lunes, 21 de noviembre de 2022

Mi historia favorita

¿Cuántas historias, las propias y las ajenas, hemos vivido desde el día en que abrimos los ojos al mundo? ¿Cuántas nos aguardan aún, agazapadas en las esquinas del futuro? ¿De qué manera nos forjan, nos hacen ser quienes somos? 

Todos estamos hechos, no sólo de aquellas experiencias a las que el destino o nuestra voluntad nos han arrastrado, sino también de aquellas que otros nos han legado. Estamos compuestos de una amalgama de conocimiento y emociones más complejos que el ADN, un conglomerado que se ha ido consolidando con el paso de tiempo: el cálido abrazo de nuestras madres cuando éramos niños, los juegos infantiles con nuestros primeros amigos, el primer corazón que regalamos por San Valentín, la torpeza de nuestra primera vez, la incertidumbre del mundo laboral, el nacimiento de nuestros hijos, la pérdida de los seres queridos... pero también forman parte de nosotros el asombro que nos embargó al ver por vez primera una película en el cine, aquella risa que no fuimos capaces de retener cuando nuestros abuelos nos llevaron al circo, la ilusión que nos alborotaba la noche de Reyes y que a algunos nos impedía dormir, la lágrima traidora que se nos escapó viendo aquella obra de teatro o escuchando aquella canción. Somos también todas esas historias.



Yo he sido el Capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino, viajé con Jim Hawkins a La isla del tesoro, me batí en duelo en París junto a Los tres mosqueteros, recorrí Castilla La Mancha a lomos de Rocinante, me enamoré de Esmeralda como un jorobado tonto en Notre Dame y fui encarcelado en el castillo de If con Edmundo Dantés, mientras escuchaba a Enrique y Ana cantar "Amigo Félix", respondía con un "Biieeeeen" entusiasmado al "¿cómo están ustedes?" y lloraba con Pancho y Piraña la muerte de Chanquete

Fui Butragueño en México y oro olímpico en Barcelona, estuve Solo ante el peligro, fabriqué estacas de madera para acabar con Drácula, busqué un teléfono para llamar a "mi caaaasa" y fui un Jedi en un futuro no muy lejano, al que regresé poco después montado en un DeLorean con Marty McFly y el doctor Emmett Brown. Pasé una noche en Baker Street, tomando té con el doctor Watson mientras Sherlock tocaba su violín. Tuve pesadillas con el payaso Pennywise, fui uno más de El club de los poetas muertos y me perdí en la Tierra Media buscando unos anillos. La movida madrileña le puso banda sonora a mi adolescencia. Tiempos de primeros amores, de asomarme sobrecogido al precipicio de la vida adulta.

Sobrevolé Hogwarts subido en una escoba y al día siguiente puse una pica en Flandes con el Capitán Alatriste a mi derecha, me dieron las diez, las once y las doce descubriendo a Sabina, me calcé el tricornio para acompañar al sargento Bevilacqua en sus investigaciones, recorrí Suecia ayudando al inspector Wallander a solucionar sus casos, me estremecí de emoción en dos ocasiones con la representación musical de Los Miserables en el Teatro Lope de Vega, participé en el Juego de tronos y grité a pleno pulmón los éxitos de El Canto del Loco y Estopa.

Y hubo muchas más historias que no eran mías y que olvido, pero que constituyen parte de mí. ¡Cuántas horas delante de un libro! ¡Cuántas emociones escuchando canciones! ¡Cuántas lágrimas y carcajadas delante de la pantalla de cine o la televisión, quemando VHS primero y DVD´s después!


Pero sobre todas esas historias que me han acompañado, hay una que es, sin lugar a dudas, mi favorita. 

Seleccioné la otra noche en Amazon Prime la última adaptación cinematográfica de esa legendaria historia, protagonizada en esta ocasión por Peter Dinklage, el Tyrion Lannister de Juego de tronos, y no pude dejar de emocionarme de nuevo, si bien esta versión es muy inferior, a mi parecer, a la de 1990, protagonizada por Gerard Deppardieu, de la que me empaché yendo hasta en siete ocasiones a las salas de cine cuando estuvo en cartelera y otras tanta en casa cuando salió en VHS. Ese soldado poeta, de nombre Cyrano de Bergerac, que oculta el amor que siente por su prima, Roxanne, y que no se atreve a declarar, avergonzado por esa nariz deforme a la que nadie puede referirse sin recibir una estocada de su propietario

Y este ejemplo nunca deben olvidar los burlones que se atreven
a hacer de mi nariz chacota y chanza;
sin dejarlos huir, según mi usanza,
les doy, cuando es el chusco el caballero,
en vez de suela, y por delante, acero.

Pero Roxanne está enamorada de Christian, un joven y hermoso cadete del regimiento que Cyrano comanda, y a quien su prima le encomienda cuidar para que nada malo le suceda. Es un amor correspondido, pero Christian es en apariencia sólo bella fachada, incapaz de expresar su amor en los términos que Roxanne espera. Poesía que te eleva, eso es lo que ella reclama de la vida y del amor. Lo que al joven le sobra de belleza, le falta de elocuencia. Todo lo contrario que a Cyrano. De manera que ambos combinan sus virtudes para engañar y enamorar a Roxanne.

Cesión te hago de mi elocuencia
Tú, préstame hermosura,
esa hermosura física que tantos 
estragos causa en la mujer, y juntos
un héroe de novela a formar vamos.
¿Serás capaz de repetir
las frases que yo te enseñe?

Es el de Cyrano, en fin, un amor llevado a las más extremas consecuencias, incluso tras la muerte de Christian en la guerra. Aquel amor en el que no hay nada más importante que la felicidad del ser amado. El sacrificio de Cyrano, al que durante más de dos décadas se somete, me conmovió en su momento profundamente y sigue haciéndolo. La escena final, la muerte de Cyrano, le hace por fin justicia cuando sus sentimientos son revelados en presencia de Roxanne.

¡Ah! Mis recuerdos...
¡Un mundo hecho pavesas que renace!..
¿Por qué?¿Por qué ocultasteis tanto tiempo,
Cyrano, vuestro amor,
si estaba escrito por vos ese billete,
si era vuestro ese llanto? 

Es la muerte de Cyrano, en la versión de Gerard Deppardieu, la escena que más veces me ha hecho derramar lágrimas, sobre todo de admiración, hacia esa figura que, durante mi adolescencia, simbolizó unos valores que quería me representasen. No es de extrañar que aquella historia me emocionase de esa forma. Tenía yo diecisiete años, tonteaba con la poesía y era terriblemente enamoradizo. El hecho además de que los diálogos de la película se declamasen en verso también ayudó, ya que yo me pasaba por entonces horas y horas divagando sobre pareados, estrofas y rimas. 



Y aunque esta última versión del sublime Cyrano no es ni de lejos la mejor, ahí estaba yo la otra noche, sonándome los mocos y secándome las lágrimas una vez más, preguntándome qué queda en mí, si algo queda, de aquel adolescente que enmudecía de emoción ante ese soldado deforme que tan profundamente era capaz de amar. Y la única conclusión cierta a la que llegué fue que, dentro de treinta años, cuando sea un anciano que ya viva para quitar el polvo a sus recuerdos, mi historia favorita seguirá haciéndome sentir joven de nuevo.

viernes, 18 de noviembre de 2022

Mi padre, el Patachula

No puedo escribir sobre mi madre y no hacerlo también sobre mi padre. Son un todo, indivisible e inseparable, siempre leales a la reflexión de Saint-Exupery sobre el amor que preside el salón de su casa: "amar no es mirarse uno en los ojos del otro, sino mirar siempre juntos en la misma dirección". Pero sus vidas y la manera en que cada uno las ha vivido tienen su propio latido. Y la de mi padre, a pesar de haber estado aderezada con inesperados giros de guión, siempre ha gozado de un palpitar pausado y sereno, cincelado por las enseñanzas de su padre, mi abuelo, analfabeto hasta que sus hijos le enseñaron a escribir y leer y que, sin embargo, basándonos en los recuerdos que de él conserva, fue un excelente maestro en el arte de la vida. Rememora nostálgico las pruebas a las que mi le sometía de niño, cómo le enfrentaba al frío o al hambre para que no sufriese al tener que convivir con ambos, las preguntas con las que le aseteaba tras la misa dominical y que le obligaban a preguntarse a sí mismo el por qué de las cosas.

Es Jesús, mi padre, un hombre pequeño, pero de una grandeza de espíritu y una loable capacidad de superación. Allá donde otros vieron obstáculos, él, que tenía una fe inquebrantable en sus sueños, siempre vio oportunidades y retos. Siempre los encaró con humildad pero con convicción, mirando a los ojos y con pocas palabras, pero con actos que valían más que cualquier discurso.

Su infancia la vivió en uno de esos muchos pueblos de España donde los ecos de la posguerra resonaron durante más tiempo que en las grandes ciudades, Morata de Tajuña, a la que ya he dedicado un par de entradas y alguna más que llegará tarde o temprano. Fue el segundo de los ocho hijos que trajeron al mundo mis abuelos, repudiados por la sociedad al considerar la suya una relación inaceptable entre miembros de estratos incompatibles: ella, hija de un matrimonio con tierras y con una buena posición social; él, el mozo de mulas de la familia. Aquello fue un escándalo que provocó la ruptura familiar y que a mi abuelo se le cerrasen todas las puertas laborales en el pueblo. Pero se quedaron y batallaron, malviviendo y pasando mucha hambre, hasta el punto de que mi padre vivió los tres primeros años de su vida en una cueva, etapa de la que guarda muy vagos recuerdos. Cuenta también, como ejemplo de las vicisitudes que les asolaban y para explicar de paso su fobia hacia las judías, que eran tan grandes los esfuerzos que sus padres hacían para poner en la mesa algún alimento que llevarse a la boca, que un día vomitó las que en el plato le habían servido y que mi abuelo, desesperado porque no sabía cuándo podría traer algo más a casa, le obligó, cinturón en mano, a comerse lo que su cuerpo, desagradecido, había arrojado. Setenta años después, con tanto ya en la mochila, Jesús justifica ahora el comportamiento de mi abuelo, al que no guiaban la crueldad o la tozudez, sino el amor por sus hijos y posiblemente el miedo a que alguno se le muriese de hambre.



A los cuatro años, y a causa posiblemente de las carencias y penurias, contrajo la polio y quedó cojo de la pierna derecha, recibiendo un apodo que, aunque durante años le hirió y le hizo sentirse inferior, no permitió que le lastrase: Patachula. Siguió adelante, siempre hacia adelante, aceptando lo que la vida le daba y sin esperar nada extraordinario.

Recuerdo que cuando era yo niño, tal vez once o doce años, jugábamos al tenis. Al principio, a pesar de su cojera, casi siempre me ganaba. Me asombraba cómo se desplazaba por la pista para llegar a las bolas que yo le lanzaba, corriendo a contratiempo, pero sin tropezar nunca. Cuando empecé a superarle, nunca me resultó sencillo alcanzar la victoria. Luchaba siempre, hasta el último punto. 

Sentía Jesús que había un mundo más grande ahí fuera y el pueblo se le antojaba una prisión de la que deseaba huir, así que, en busca de nuevos horizontes, se trasladó a Madrid siendo muy joven, y allí aprendió, enfrentado a la soledad y al desarraigo, lo que un emigrante siente al llegar a otro país, sin nada más que una maleta cargada de ilusiones y proyectos. Ingresó en el Hogar del Empleado, residencia donde acogían a aquellos jóvenes procedentes de los pueblos que buscaban un futuro diferente, mejor,  y procuraban para ellos alojamiento, cena y un bocadillo de sobrasada por las mañanas. Se terminó afiliando a Hermandades del Trabajo, donde adquirió herramientas que le ayudaron a integrarse en aquel mundo tan diferente y donde, poco a poco, se fue formando la pandilla de amigos que todavía hoy, cada dos o tres meses, se reúne en casa de unos u otros para compartir y recordar.

Bajo la tutela de esa organización, viajó en 1967 a Sudamérica como misionero laico para ayudar en lo que pudiese a las familias necesitadas, enseñándoles contabilidad, entre otras cosas, dado que había dado muestras de ser hábil con los números. El contraste entre el régimen dictatorial y católico que sometía a España y la libertad sexual que reinaba en aquellos países supuso un impacto tremendo para él. Cuenta de aquella época cómo tenía que revisar por las noches cada habitación de los albergues en los que se alojaban para asegurarse de que ninguna nativa se hubiese escondido con la doble intención de mejorar la raza y quién sabe si conseguir una vida mejor en el viejo continente.

Conoció Lima, Bogotá y finalmente Barranquilla, donde el destino quiso zarandear nuevamente su vida: ayudando a una mujer a subir a un autobús, se cayó y las ruedas del vehículo pasaron sobre su pierna mala, aquella en la que la polio había dejado secuelas y que le había granjeado en el pueblo ese apodo tan poco afortunado de Patachula. Ante la posibilidad de que le amputasen la pierna, regresó a España, donde fue operado por un médico que le pudo salvar la extremidad e incluso, según cuenta, dejársela mejor de lo que antes la tenía.


Barranquilla, años 60

A pesar del cariño con que su familia le atendía, el pueblo le recibió como el soñador fracasado que regresa, con el rabo entre las piernas, al lugar que le correspondía. Se sentía solo e incomprendido allí hasta que apareció en su vida mi madre. Fue un milagro, según relata, que "el paleto cojo y acomplejado" fuese correspondido por aquella mujer "bella, culta y cariñosa". Marisol procedía de una familia de clase media tirando para alta, había recibido una formación mucho más completa que él y en efecto, por lo que las fotografías de aquella época revelan, era muy guapa. Posiblemente Jesús pensó que no merecía tener tan buena suerte.

El resto del viaje de aquella pareja no fue un camino de rosas. Atravesaron dificultades económicas durante muchos años, pero el amor nunca se quebró y consiguieron sacarnos adelante a mí y a mis hermanos sin renunciar nunca a los valores que compartían y a base de realizar grandes sacrificios. Cuenta mi madre que, cuando yo tenía seis años, le pregunté:

- ¿Estás segura de que papá viene a dormir a casa por las noches?

Lo hacía, claro, pero se marchaba al alba y regresaba cuando ya dormíamos, pluriempleado como estaba para alimentar a aquellas fieras. Mi madre, sin formación en costura, aprendió mediante revistas y patrones a confeccionar la ropa que usábamos, ya que el dinero no llegaba para atender las necesidades de una familia con cuatro hijos en la que sólo mi padre trabajaba.

También disfrutaron tiempo después, siendo nosotros adolescentes, de unos años de bonanza económica bajo cuya protección no quisieron acomodarse en exceso. Sí aprovecharon que el viento soplaba de cara para compartir su buena suerte con aquellos que más podían necesitarlo, pero esa es otra historia que será contada en su momento. Acertaron al no confiarse dado que en la recta final de su vida laboral regresaron los apuros al quedarse en el paro pocos años antes de jubilarse. También superaron ese obstáculo. Confiesa mi padre, mirando hacia atrás, que su vida laboral fue otro milagro: "sin estudios ni idiomas, dando traspiés por trece empresas, al final llegué a dirigir una multinacional, aunque luego viniesen el paro y las estrecheces de los últimos años".

Ya jubilado, o a punto de hacerlo, pudo regresar a Sudamérica, saludar a los amigos que allí dejó y mostrarle a mi madre aquellos parajes exuberantes que le maravillaron cuando era joven y cuya descripción -intuyo- le fue de utilidad para conquistar durante su noviazgo a aquella mujer que el destino puso en su camino. 

Su vejez está siendo moderadamente tranquila, viendo a sus hijos formar sus familias y a sus nietos crecer. Siempre está ahí, a sus setenta y seis años, no sólo para acompañar a mi madre por esos "inhóspitos senderos" a los que hice referencia cuando conté su historia y por los que nunca dejaría que se adentrase ella sola, sino también para traer y llevar a Sergio y Marcos a sus entrenamientos, jugar al fútbol con su nieta Inés o afrontar cualquier aventura que le propongan los dos más pequeños, Claudia y Joaquín.

Sé que son muchas las anécdotas y las historias que podría contarme, están todas ahí, dentro de su cabeza. De su infancia, de sus viajes, de su noviazgo... Ando animándole a dejar testimonio escrito de una vida de lucha y superación como la suya y ahí está el hombre, como siempre intentó y casi siempre consiguió, atendiendo las necesidades de su prole, hurgando en su memoria, escribiendo sobre sus andanzas y compartiendo su visión del mundo, las enseñanzas que su padre le legó, lo que la vida le dio y lo que también le quitó. 

Pero mientras tanto, ahí queda eso, Patachula. 

Que te quiten lo bailao.






domingo, 13 de noviembre de 2022

Martos, mi otro pueblo

A tiro de piedra de Jaén hay un pueblo, coronado por una gran peña, al que me gusta regresar, sobre todo cuando la primavera empieza a languidecer y el calor empieza a apretar, para tomarme una cerveza bien fresquita y un vaso de caracoles en alguna de las terrazas de los muchos bares que allí encuentras. Y, si es posible, hacerlo en compañía de quienes en su día me adoptaron como uno más entre ellos. Soy de Móstoles y vengo de Morata de Tajuña, pero Martos es mi otro pueblo. De allí procede la familia materna de Nuria, donde vivieron sus abuelos hasta que fallecieron y donde hoy residen mi suegra y dos de mis cuñadas con sus respectivas familias.

Nunca se me olvidará el primer fin de semana que pasé allí porque debo admitir que la experiencia resultó, fisiológicamente hablando, muy incómoda.

Quedaban sólo unos meses para que Nuria y yo nos casáramos y era el momento para ambos de repartir las invitaciones de boda entre familiares y conocidos, y para mí el de conocer por fin a esos titos y primos de los que tanto se me había hablado. Los abuelos, Juan y Lola, vivían a caballo entre el barrio de Moratalaz y Martos. Con ellos ya había florecido una relación cariñosa y respetuosa, ya que íbamos frecuentemente a su casa de Madrid para pasar un rato con ellos, alucinar con las maquetas que construía el abuelo y disfrutar de las suculentas albóndigas de la abuela. Pero yo no me había codeado por entonces con el resto de la familia marteña y no era de recibo que asistiesen a nuestra boda sin antes haberme conocido.  Así que nos montamos en la Sepulvedana y nos presentamos en Martos, si no recuerdo mal, un viernes por la noche.


De nuestra llegada recuerdo al tito Pepe encargando una detrás de otra rondas de cerveza, tintos de verano y no me extrañaría que todas las raciones de la carta del bar en el que cenamos. Entrañable personaje el tito Pepe, por divertido, cordial, pícaro y cercano. Capaz de meterle a su mujer en el escote una rana para regocijo de todos, ella incluida. Parecía estar en todos lados, haciendo reír con sus bromas a propios y extraños. Incluso el abuelo Juan, más serio y tradicional, no podía evitar sonreír con las ocurrencias de su cuñado. Yo estaba nervioso, nunca me he sentido cómodo en situaciones como esta, pero entre unos y otros hicieron que rápido me integrase. 

Aunque nos íbamos a casar en unos meses, ya habíamos sido informados de que no se nos permitiría a Nuria y a mí dormir en la misma casa durante ese fin de semana, de manera que una vez terminada la cena, con el estómago muy lleno y algo achispado, me instalé en casa del tito Pepe y la tita Amparo. Estuvimos charlando durante un buen rato antes de acostarnos y, aunque me hicieron sentir realmente a gusto, no dejaba yo de estar en una casa que no era la mía y por lo tanto no me sentía libre para campar a mis anchas. Ni siquiera en la intimidad del dormitorio que me asignaron o incluso en el baño.

Y yo, por decirlo llanamente, me moría por tirarme un pedo.

Durante todo el fin de semana fui conociendo a todos los miembros de la familia y allá donde íbamos parecía que el propósito de todos ellos era alimentar al recién llegado. Ni el plato ni el vaso estuvieron nunca vacíos. Creo que me pasé todo el fin de semana comiendo y bebiendo. Estaba más que saciado, pero entre que debieron verme delgado y me ofrecían repetir de todo con mucho ahínco, que a mí me sabía mal decir que no y que todo estaba delicioso, durante esos días mi mandíbula no descansó. Y claro, las ganas de evacuar sólido o gaseoso de alguna manera eran cada vez más grandes. Pero a mí me seguía embargando esa vergüenza que me impedía satisfacer mis cada vez más urgentes necesidades escatológicas. Yo pensaba: "es que como vaya al baño y haga de vientre, el olor va a llegar hasta lo alto de la peña". Me preocupaba dejar una mala impresión, ya ves tú, tonterías mías, supongo.

Las dos noches que pasé allí fueron un suplicio. Hacía calor en la habitación y yo, sudando todo lo ingerido, creía que iba a explotar. Creo recordar que alguna ventosidad, con más pudor que otra cosa, se escapó de mi inflado vientre la segunda noche, solo en mi habitación. Pero en general conseguí evitarlo durante todo el fin de semana.

Más allá del mal rato que yo estaba pasando, me sentí realmente biem acogido entre primos, titos y abuelos. Me reí mucho y me lo hicieron pasar muy bien. Creo que los andaluces, ya sea en Cádiz, en Granada o en Jaén, tienen un alma y un arte que los demás sólo podemos, con muy poco éxito, imitar. Su sentido del humor, su pasión por la música, su afición al tapeo y a las relaciones sociales hacen de esta tierra un lugar, si no fuese por el calor que les azota durante seis meses al año, maravilloso para vivir.

Y entre cervezas, flamenquines, choricitos, morcillas, caracoles, gambas y demás exquisiteces, incluido el gazpacho como postre -cosa que me dejó ojiplático dado que yo siempre lo había tomado como entrante-, se nos fue aquel primer fin de semana de muchos que pasaríamos allí.



El domingo nos montamos de nuevo en la Sepulvedana para regresar a Madrid Nuria y un servidor, que en aquel momento era más globo Zeppelin que persona. Nos faltaba el cordel. No sé ni cómo logré subir al autobús sin dejar un rastro detrás de mí. El viaje, como os podréis imaginar, se me hizo eterno. Lo más próximo a un potro de tortura medieval. Porque claro, si no había sido capaz de tirarme un cuesco en casa de familiares, ¿cómo lo iba a hacer dentro de aquel vehículo lleno de desconocidos? Un autobús que además paraba en todos los pueblos que hay entre Jaén y la capital. O al menos esa fue la sensación que yo tuve. Cuando llegué a Móstoles mi cara debía ser un auténtico poema. 

Tardé dos días en recuperarme de aquello, pero durante años estuvimos volviendo al menos una vez al mes para, bajo la mirada sempiterna de la peña de Martos, seguir compartiendo momentos con aquella familia y en especial con Lola y Juan, los abuelos de Nuria, que con tanto cariño me trataron siempre y que yo terminé por sentir como propios.

Para concluir, simplemente dejar constancia de que ahora, cada vez que se acerca el día de visitar Martos, mi otro pueblo, me obligo los días previos, si no a hacer ayuno, sí a ir dejando espacio en mi estómago para dar cabida a la hospitalidad y generosidad de los que allí nos reciben siempre con los brazos bien abiertos.

viernes, 11 de noviembre de 2022

De Tobalos, Tobalines y palmeras de chocolate - Segunda Parte

¡Qué traviesa y esquiva es la memoria! ¡Cómo en ocasiones juega con nosotros, nos vacila y nos engaña! Aunque es cierto también que somos nosotros muchas veces quienes la descuidamos y maltratamos, restando importancia a recuerdos que merecen perdurar. 

Viene esta entradilla a cuento de que, hace un par de semanas, escribí el primer borrador de esta entrada en la que pretendo contar cómo nació el apodo que identifica en Morata de Tajuña a los miembros de nuestra familia. Y creo que pergreñé un artículo interesante y entrañable a partes iguales, pero hay historias familiares que deben ser tratadas con delicadeza y respeto, son campos de minas sobre los que hay que caminar con precaución, por lo que consideré necesario que alguien, en este caso mi padre, diese validez a lo que allí relataba. Resultó, para mi sorpresa, que lo que yo pensaba que había sucedido y cómo había ocurrido era mitad realidad, mitad invención. Quizá, cuando la escuché de niño por vez primera, mi cabeza rellenó los huecos en blanco de aquella anécdota, adornándola hasta el punto de volverla novelesca, pero inexacta. Sea como fuera, y tras las pertinentes correcciones apuntadas por mi padre, a quien agradezco su ayuda, aquí está esa pequeña historia que tantas ganas tenía de poner en negro sobre blanco.

A mi abuelo paterno yo no tuve la suerte de conocerle. Bueno, eso no es del todo cierto ya que en los viejos álbumes de mis padres hay fotografías en que aparecemos los dos juntos. Por ellas sé que me tuvo en sus brazos y seguramente, porque se le recuerda como un hombre familiar, me hizo toda suerte de carantoñas el poco tiempo que compartimos, pero nos dejó siendo yo tan pequeño y él tan joven que en mi cabeza, por más que rebusco, no encuentro recuerdos suyos. Conservo de él la huella que dejó en otros y que estos a su vez me transmitieron a mí, una calle con su nombre, esa que sube hacia el bosque que él mismo ayudó a plantar y en la que se encuentra también el parque que lleva el nombre del mayor de su hijos, mi tío Félix, así como alguna anécdota aislada de lo que fue su vida.


Vista de Morata de Tajuña


De todas ellas, la que guardo con un mayor cariño, porque se me antoja absolutamente cinematográfica, es la que dio origen al apodo familiar, los Tobalo. Es posible que lo que realmente ocurrió fuese mucho más mundano, no con toda la parafernalia cinéfila con que mi cerebro la ha adornado, pero por ser este un blog en el que comparto lo que veo, siento y sueño de la forma más sincera que sé, tal y como se proyecta en mi cabeza es como os la voy a contar.

Regresa a los diez años mi abuelo al pueblo con su madre y su hermana, poco tiempo antes de que estallase la guerra civil y tras el fallecimiento de su padre en Madrid, donde residían. Es ahora el hombre de la casa, el que debe garantizar el sustento para la familia, quien deberá en breve comenzar a labrarse un futuro. A cuestas, además de su orfandad, acarrea un severo analfabetismo que no será corregido hasta décadas después, cuando sus hijos le enseñen a leer y a escribir, y a quienes asombrará como alumno aventajado llegando a publicar artículos en periódicos locales de la época. Pero antes, en aquellos años en que tuvo que coger el toro por los cuernos, dadas sus limitaciones, era en los campos y con los animales donde tendría que comenzar a ganarse el pan. 

Le imagino caminando con paso firme por las calles sin asfaltar de Morata de Tajuña. Viste ropas ajadas, al menos diez veces zurcidas y con algunas manchas en la camisa que el jabón casero ya no logra borrar. El trabajo no abunda en estos tiempos y estos lares, no para quien no posee tierras ni para el que no consigue ganarse el favor de quienes sí las tienen.



Calle de La Morería en los años 70

Cuelga de su cuello un cartel en el que, escrito con una caligrafía irregular y poco esmerada, se puede leer:

Pa to balo

Lo mismo para un roto que para un descosido, para sembrar que para arar, el caso es ganarse un jornal. Para todo valgo, si ignoramos las faltas de ortografia. Así se iba ofreciendo a los vecinos del pueblo e imagino que esa declaración de intenciones iría acompañada de algunas palabras que despertasen la compasión y la comprensión de sus vecinos. Me tienta pensar que lo haría sin que la vergüenza le hiciese balbucear, pero ahí no puedo silenciar la duda: pedir algo a quien tiene tan poco como tú, que intuyo serían la mayoría de los habitantes del pueblo en aquellas fechas, no es fácil casi nunca. 

Sospecho que muchos le darían con la puerta en las narices, pero también que otros, a cambio de unos reales los menos y de un par de huevos o un puñado de cebollas los más, alguna labor le encomendarían, ya fuese segar los campos o pintar un murete. Sea como fuese, ese "pa to balo" con el que él se iba presentando puerta por puerta acabó derivando entre las gentes del pueblo en Tobalo, apodo por el que se le empezó a conocer a él allí, y Tobalines a su descendencia.


Festividad de San Antón, 1964

Y yo me imagino a ese primer Tobalo, ocultándose ya el sol en el horizonte, bajando por la calle Mayor con los hombros caídos, gesto preocupado y las manos vacías los días malos, y con una sonrisa orgullosa los días buenos, la de un soldado de regreso a su hogar tras una victoria, con un par de huevos en el bolsillo del pantalón, un puñado de ajos en la mano y la tranquilidad de que esa noche aportaría en su casa algo que llevarse a la boca.

Cinematográfico, como dije, ¿verdad? Que me disculpen los que me lean y conozcan más de cerca la historia si mi visión no se ajusta a la realidad o si he pintado al personaje, mi abuelo, con trazos desafortunados. Pienso en este sentido en mis tíos y primos, auténticos Tobalos todos ellos, que permanecieron en Morata, formando hogares, dando lustre al legado familiar y contribuyendo, tal y como hizo el primero de ellos, al crecimiento y desarrollo, en distintos ámbitos, del pueblo en el que se encuentra el cincuenta por ciento de mis orígenes.





miércoles, 9 de noviembre de 2022

El dolor que no ves

Desde que publiqué El mordisco del lobo en este blog, habéis sido muchos los que o bien me habéis escrito o bien me habéis llamado para preocuparos por mi estado de salud y para trasladarme vuestros ánimos. Lo primero que deseo hacer en esta entrada es agradeceros el tiempo empleado y el interés mostrado.

Se confirma mi teoría de que los cambios meteorológicos afectan a mi recuperación: si amenaza lluvia o hace frío, el dolor aumenta. También que mantener ciertas posturas durante un tiempo prolongado o actividades como, por ejemplo, conducir, incrementan por lo general esa sensación de mordisco de la que hablé en su día. No obstante, debo admitir que desde hace un par de semanas percibo una ligera mejoría. Hace unos días estuve en la Unidad del Dolor y han decidido hacerme una resonancia lumbar, ya que sospechan que, de haber pasado tanto tiempo encorvado a causa del dolor, se me ha podido generar una hernia lumbar o similar que hace que el dolor se incremente en determinadas circunstancias. Así que me toca esperar resultados para determinar si continuamos con el actual tratamiento o debemos modificarlo.

Una vez dadas las gracias y el parte médico, me gustaría rescatar y comentar algunas ideas que habéis compartido conmigo durante las conversaciones que hemos mantenido sobre el herpes zóster y la neuralgia postherpética que padezco.

Yo no sabía qué esto era así.

Yo tampoco. Había oído hablar por supuesto del Herpes Zóster, la famosa culebrilla, pero no tenía ni idea de que, aparte de los picores y molestias, consecuencia de las ampollas que, en mayor o menor medida, aparecen en la piel, puede también presentarse este dolor que no veo. Ya sé que ningún dolor se ve, pero mentalmente la perspectiva cambia cuando hay una herida o incluso una radiografía en la que visualizar lo que genera el dolor. Aquí no hay prueba médica que muestre el daño en las terminaciones nerviosas y su alcance. Sea como fuere, aquí os dejo algunos apuntes sobre esta enfermedad.

- Sólo puede afectar a aquellas personas que hayan pasado la varicela. El virus permanece latente en nuestros organismos y puede no volver a dar la cara nunca. O darla varias veces.

- Una de cada tres personas mayores de cincuenta años lo padecen en algún momento, afectando en mayor proporción a las mujeres.

- La mayoría de los que padecen el herpes zóster no sufren la neuralgia posterior, siendo en estos casos el tiempo medio de recuperación cinco días aplicando el tratamiento correspondiente.

- En el caso de la neuralgia postherpética, no hay un tratamiento definitivo, aunque la gabapentina es en muchos casos efectiva. Los analgésicos y los parches de lidocaína ayudan a aliviar el dolor. El tiempo medio de duración de la neuralgia es de tres meses, aunque en ocasiones desaparece antes, en otras se repite de manera intermitente y en los peores casos es de por vida.

- La franja de edad con mayores casos es a partir de los 75 años y de hecho este año la Comunidad de Madrid está ya vacunando a los mayores de ochenta como medida preventiva.

- El herpes zóster es contagioso, pero tan sólo mientras la erupción cutánea está activa. En mi caso desapareció a la semana de su aparición aproximadamente, para tranquilidad de los que habéis tenido contacto conmigo durante estos meses.

Pero, ¿tanto duele?

Sí, mucho. El cuadro inferior muestra, según un estudio de ABC Salud, que se trata de un nivel de dolor superior a la artritis, la artrosis o incluso el dolor del parto, dependiendo de si nos referimos al dolor crónico de la neuralgia o al dolor agudo del herpes.


Por hacer una broma fácil, si alguna mujer me dice ahora que no sé lo que es parir, le diré que ella no sabe lo que es el herpes zóster.

¿Has probado a...?

He tenido momentos de desesperación absoluta en que habría estado dispuesto a experimentar casi con cualquier cosa, pero admito en frío que soy muy suspicaz con ciertos remedios que algunos me habéis sugerido: acupuntura, ungūentos, marihuana, incluso rezos para ahuyentar al virus. Respeto estas opiniones y creencias, pero intuyo que el posible efecto que puedan tener será, en el mejor de los casos, el mismo que una ampolla de Metamizol, que es lo que por ahora me da cierto respiro.

No te desanimes

Durante estos casi seis meses mi estado anímico ha sufrido serias oscilaciones, aunque en mi cabeza siempre, desde el primer día, ha anidado la preocupación. Es muy distinto afrontar algo así cuando tienes un puesto de trabajo esperándote y sabes que tu enfermedad no repercute en la economía de tu casa, que hacerlo estando en el paro. Esto genera en ocasiones mucha ansiedad, algo que tampoco es bueno en mi situación, dado que precisamente es el estrés lo que ha provocado que me encuentre ahora así. Pero, ¿cómo evitarla? No me está resultando fácil.

Más allá de esa constante inquietud, al principio estaba enfadado conmigo mismo por haber permitido que el trabajo me sobrepasase hasta el punto de enfermar. ¿Cómo no me había dado cuenta de lo que tantas horas de trabajo y tantos días de forzar la máquina para llegar a los objetivos me estaban haciendo? No puedes tampoco evitar culpar a quienes te marcaban esos objetivos y no se percataban de los extremos a los que te estaban llevando. Creo que esto último es algo inevitable, aunque en el fondo uno sepa que la principal responsabilidad recae en uno mismo, no en los que te pagan para hacer ese trabajo. Esa fase la superé pronto, soy de esos que piensan que es más urgente buscar soluciones que culpables, así que no perdí demasiada energía en ello.

Tuve luego momentos de desesperación, de abrir los ojos cada mañana y echarme a llorar. No se me saltaban las lágrimas porque el dolor fuese intolerable, sino porque el dolor no se va, está ahí cuando te acuestas y continúa presente cuando abres los ojos. Puede llegar a ser muy deprimente.


He tenido también fases de venirme arriba, de sentirme mejor durante dos días seguidos e ilusionarme con la idea de que ya me estoy recuperando. Se viene todo abajo como un castillo de naipes al tercer día, cuando de repente tienes un pico de dolor que te recuerda que esto aún no ha terminado.

Ahora mismo creo que me encuentro en una fase de aceptación. La preocupación por cómo puede afectar esta incapacidad al futuro económico de tu familia está siempre ahí, como el dolor, pero creo que estoy consiguiendo minimizar sus efectos. Sigue habiendo mañanas en que, al despertar, el desánimo amenaza con tumbarme de nuevo, pero me levanto inmediatamente de la cama y me pongo a hacer algo, mejor ocuparse que preocuparse. Intento que esto no me supere. Puedo con ello. No me desanimo.

¡Qué buena idea lo del blog!

Sin duda la única buena que he tenido estos meses. He recuperado sensaciones que la rutina me hizo olvidar hace muchos años y es la mejor distracción que he podido encontrar. ¿Podéis creer que siento menos dolor cuando escribo? Y no sólo eso, sino que mi curiosidad sobre muchas cosas y personas que llevan pasando por delante de mis narices años se ha despertado. Mis padres me están acompañando en ese sentido, rescatando de su memoria anécdotas y recuerdos que me asombra no haber conocido antes o no haber prestado la debida atención cuando en su  momento los compartieron conmigo. 

Fijaros que no hay nada con lo que haya soñado más desde niño y que a la vez me parezca más difícil que escribir una novela. Pues le estoy dando muchas vueltas ahora. Sé que la tengo dentro, pero aún no encuentro el camino. Ojala las ideas encajen y me lance a ello. ¿Quién sabe? Me parece una cima demasiado escarpada para quien ha estado tanto tiempo sin escribir, pero todo es posible. Deseo cumplir ese sueño.

En fin, una vez más agradeceros a todos vuestro apoyo, vuestras llamadas, mensajes o simplemente por asomaros a esta ventana y comentar mis escritos.

P.S. Para quien desee más información sobre el herpes zóster aquí os dejo un enlace interesante.

https://www.virusherpeszoster.es/index.html

 

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