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viernes, 5 de enero de 2024

Cuidar lo de dentro

En estos tiempos en que la inmediatez y las prisas gobiernan con mano firme las vidas de quienes habitamos en las grandes ciudades, conservar la capacidad de distinguir entre lo importante y lo irrelevante se ha convertido en una habilidad de un valor incalculable, pero necesaria a la vez para poder gozar, en términos emocionales, de una vida sana.

Hemos evolucionado hasta el punto de que las empresas se comprometen contractualmente a garantizar la desconexión digital de sus empleados. Pero no es este un compromiso real, dado que esa meta sólo podría alcanzarse mediante el cierre efectivo de los accesos a los aplicativos corporativos desde cualquier dispositivo fuera del horario laboral. Queda por tanto a discreción del trabajador que esa desconexión se produzca realmente. Y el que más y el que menos, tropieza. Y aquella tarea que no había podido completar se la lleva a casa. Pero incluso el que no se encuentra en esa situación o aquel que es capaz de evitar la tentación de dejarse arrastrar en su tiempo libre hacia sus obligaciones laborales, debe combatir aún con otro enemigo aún más insistente. Porque desconexión digital no es sinónimo de desconexión mental. Muchas veces uno no puede evitar, fuera del horario laboral, seguir divagando y reflexionando sobre cuestiones que deberían quedar relegadas a esas cuarenta horas semanales que vendemos a nuestras respectivas compañías, a veces por un salario insuficiente. Pasar la noche en vela visualizando las posibles situaciones que se producirán en esa reunión tan importante que tenemos al día siguiente con el Departamento Financiero. Devanarse los sesos intentando encontrar la manera de cumplir con los nuevos objetivos que la Jefatura ha decidido establecer para el próximo ejercicio. Diseñar estrategias para poder aportar soluciones a las necesidades de los clientes. Esas cosas.

Cuidar lo de dentro debería ser la prioridad de todo hijo de vecino. Velar en primer lugar por mantener un equilibrio emocional y mental que nos permita disfrutar de todo aquello que crece a nuestro alrededor. Disponer de tiempo para dedicar en exclusiva a esas aficiones que nos enriquecen y que dan sentido a nuestra existencia. Y con atender a nuestro interior no sólo me refiero a nuestra psique y nuestro cuerpo, sino también a quienes cohabitan con nosotros en nuestros hogares. Ser capaces de aparcar en la entrada de nuestras casas los problemas y las preocupaciones que pueda acarrear nuestra actividad profesional para centrarnos única y exclusivamente en aquellos que realmente importan: nuestras familias y nuestros amigos. Aporta satisfacción y tranquilidad mantener con nuestro entorno laboral una relación cordial y amistosa, que en ocasiones puede llegar a convertirse en algo más estrecho, pero no podemos permitir que las rencillas con un compañero o la hostilidad que despierta en nosotros un superior en la oficina hagan sombra a aquellos que se mantendrán siempre a nuestro lado, ya sea por lazos familiares o porque a ellos nos une algo permanente. Cuidar lo de dentro es también eso: que nuestros seres queridos puedan también disfrutar de todo lo bueno que hay en nosotros.


Para este año que acaba de arrancar ese es mi propósito principal: darle a los míos lo mejor que puedo ofrecer. Que mi mujer y mis hijos sientan, en todos los momentos compartidos, que nada tiene para mí más importancia que aquello que a ellos les preocupa. Aprovechar cada instante a su lado. Que todos mis esfuerzos tengan como objetivo final hacerles sonreír. Que el trabajo y todo lo que le rodea se acabe en el momento que entre en nuestra casa. Que mis padres me sientan más cerca. Tener tiempo para tomarme unas cervezas con esos amigos que, incluso de vacaciones en Canadá o en la India, están siempre ahí. Cuidarme y cuidar de los míos.

Porque eso es lo que cuenta. Lo demás es meramente accesorio.



miércoles, 20 de diciembre de 2023

Madrugones que no pesan

No he sido nunca de mucho dormir. Mi temprana afición a la lectura transformó en algo más que hábito, desde niño, el resistirme al sueño con un libro entre las manos hasta que se me cerraban los ojos por el cansancio o hasta que mis padres me hacían apagar la luz, circunstancia esta última que se producía con poca frecuencia, dado que ellos eran también consumados lectores y nos alentaban a mis hermanos y a mí a ampliar nuestros horizontes a través de la literatura. Sospecho que por esa razón no consideraban excesivamente perjudicial para mi salud que yo apurase hasta el último segundo (y un poco más) la hora de rendirme a las seductoras artes de Morfeo. Es más, creo que se sentían orgullosos de mi adicción. Recuerdo que uno de los regalos que más ilusión me produjo en mi infancia fue un artilugio consistente en una especie de varilla flexible que portaba en uno de sus extremos una bombilla diminuta y en el otro unas pinzas que se enganchaban a las páginas del libro que estuviera devorando en aquellas noches en que todos me creían ya dormido. Y algo similar ocurría al amanecer. Si eran las siete de la mañana de un domingo, cuando un silencio sepulcral anegaba la casa y el día estaba aún por estrenar, y a mí me despertaban las ganas de orinar, no era yo de los que, tras descargar la vejiga, se arropara de nuevo e intentara regresar al algodonoso mundo de los sueños. Yo encendía mi pequeña luz portátil y me ponía a leer, completamente abstraído, hasta que escuchaba a mis hermanos colarse en la habitación de mis padres y obligarles a retomar los juegos y las risas interrumpidos el día anterior, actividad a la que yo habitualmente me unía de manera inmediata y animosa. No es de extrañar, teniendo todo esto en cuenta, que ya desde mis años de instituto, comenzara a encontrar en la siesta frente al televisor el merecido reposo del guerrero.

Durante once años de mi vida adulta, esos en los que atravesaba Madrid cada mañana desde mi casa en Móstoles hasta mi trabajo en Tres Cantos para iniciar mi jornada laboral a las ocho de la mañana, tuve que renunciar entre semana a mis costumbres noctámbulas dado que el despertador sonaba antes de las seis de la mañana y la siesta era un oasis en el que tan sólo podía solazarme los sábados, fiestas de guardar y vacaciones, pero compensaba aquella alteración de mis rutinas lectoras con una de las experiencias más absorbentes que he experimentado en mi vida: dadme un libro a las seis y media de la mañana, metedme en un vagón de Cercanías y programarme un recorrido de hora y media. Me convertiréis en un hombre feliz. Y además no me oiréis hacer un triste ruido durante todo el trayecto.

He pasado los últimos dos años, a cuenta de la enfermedad padecida, durmiendo por las noches aún menos de lo que acostumbro, y no sólo la lectura me ha acompañado en las horas de insomnio más oscuras y solitarias, sino que también lo han hecho la escritura, las plataformas de streaming y los videojuegos. La siesta se ha terminado consolidando en mi día a día, ya no como un lujo, sino como un medicamento de rescate sin el que me resultaría difícil sobrevivir. Para dar descanso a mi mente, con cuyos desvaríos he tenido que combatir con toda la entereza que he sido capaz de reunir - a veces a todas luces insuficiente -, y a la zona afectada por el herpes, que me exigía adoptar irremediablemente la horizontal durante las sobremesas a fin de que todas mis terminaciones nerviosas pudieran estirarse y poder seguir rindiendo durante las tardes. Durante todo este tiempo he intentado en distintas fases eliminar de mi rutina ese reparador sueñecito tan español por si fuera el culpable de mis desvelos nocturnos. Puedo asegurar que en absoluto. Que los días sin siesta no dormía por la noche ni más ni menos que antes. Así que terminé claudicando y permitiendo a mi cerebro que se ralentizara cuando mejor le pareciera. Y en los dos últimos meses, en que los dolores comenzaron a reducirse, me adapté a una nueva dinámica. El sueño nocturno, a causa de algunas punzadas de dolor esporádicas que persisten y de las acuciantes ganas de orinar que con bastante frecuencia me provoca una medicación que me veo obligado a tomar para regular mis niveles de azúcar, seriamente alterados por la inactividad forzosa de estos meses, se ha convertido en un conjunto de microsiestas que suelo alargar hasta las nueve de la mañana aproximadamente. Y sin por ello permitirme perdonar la cabezada de después de comer, por supuesto.

Pero ahora que por fin he comenzado a trabajar de nuevo, ando amaestrando a mi cuerpo para que se adapte cuanto antes al brusco y forzoso amanecer del despertador y a la ausencia de siestas. Estos primeros días me está costando que los párpados se separen y que mi cerebro emplee menos tiempo en activarse, ya que las noches aún siguen siendo duras. También contener los bostezos tras las comidas. Intuyo que me resultará aún más complejo cuando se acabe este período de teleformación y deba cumplir mi jornada de manera presencial.

Pero la realidad es que, aunque a mi cuerpo y a mi mente no les esté resultando sencillo este nuevo cambio de ritmo, estos madrugones, después de la pesadilla que ha controlado mi vida durante casi dos años, no pesan nada. Sentirte útil, levantarte de la cama con un objetivo y poder respirar aliviado al comprobar que la merma en la cuenta bancaria es cada vez menos dolorosa lo compensa todo.

Así que, aunque todavía a trompicones, ya estoy de vuelta.




jueves, 14 de diciembre de 2023

El mordisco del lobo - Final

Continua doliendo, pero cada vez las molestias son más livianas y el maldito tiene ahora la deferencia de visitarme con menor frecuencia. Incluso me siento medianamente capaz de predecir los momentos en que me honrará con su incómoda presencia: un cambio brusco en el clima, permanecer durante demasiado tiempo con el tronco flexionado, una excesiva acumulación de cansancio... todo ello, su paulatina y progresiva desaparición, me ha hecho volver a confiar en que el daño infringido a mis terminaciones nerviosas por el dichoso herpes zóster no será, como llevo temiendo desde hace ya demasiados meses, irreversible. Y considero que ha llegado el momento, para ver si de esa manera suelta definitivamente su presa, de ignorar al lobo. No puedo hacer como si no hubiera existido. Eso no. Y tampoco lo pretendo. Intuyo que me haría más mal que bien enterrarlo en lo más profundo de mi memoria que tenerlo siempre a mano, oculto tras unos cuantos velos de cotidianidad, por si en alguna circunstancia necesito recordar las causas que lo provocaron y los perjuicios que me ha ocasionado. Pero ahora seré yo quien elija cuando pensar en él y no a la inversa. No será este dolor ni su infausto recuerdo quienes me impongan su tiranía.

Ahora que ya no me encuentro tan limitado y que me empeño en hacer una vida lo más normal posible, pocas cosas me disgustarían más que escuchar a mis seres queridos quejarse de que durante estos meses he sido un paciente horrible. De esos a los que uno agarraría de los pelos y arrojaría por el balcón. Me avergonzaría descubrir que mi estado de ánimo ha condicionado el de aquellos que componen mi círculo más próximo y en quienes más me ha apoyado para superar este trance. Porque puedo asegurar que he tratado por todos los medios a mi alcance de evitar que eso sucediera. Cierto es que la evidencia física estaba ahí, que suponía una ardua tarea disimular mi incomodidad cuando me sentaba a ver la televisión con mi familia, cuando quedábamos para tomar unas cervezas con amigos o cuando acudí a aquellas pruebas de Aena que se prolongaron durante cerca de cuatro horas y en las que tuve que permanecer todo ese tiempo sentado, mirando con ansiedad la puerta de salida y tentado de abandonar la sala para estirarme y aliviar el dolor que me dominaba. Pido perdón por ello, por esas muecas de sufrimiento que en ocasiones me era imposible controlar. Pero he intentado ser tan estoico como la situación y mi forma de ser me han permitido. He tratado de incordiar lo menos posible, de que nadie tuviera que hacer por mí las cosas que, aunque fuese cegado de dolor por los mordiscos del lobo, me veía capaz de hacer. O que me negaba a aceptar que no estaba físicamente capacitado para hacer. Admito que lo del blog ha sido diferente. En este espacio virtual sí he lloriqueado sin ambages y me he convertido a ratos en un "pobrecitodemí" de estos que tanto detesto y a los que en su día dediqué algún post. Desde el principio me adjudiqué a mí mismo licencia para desahogarme a mis anchas en los espacios en blanco existentes entre estas líneas e hice uso de ella sin preocuparme de la imagen plañidera que pudiera dar a quienes me leen. Pero ya está. Aquí se terminan los lloros y las quejas. No le voy a dar más juego a esta triste circunstancia de la que parece que por fin estoy logrando escapar. 

No soy ya el mismo. No hablo de que mi cuerpo no responda con la misma eficiencia con que antes lo hacía o de que aún tenga que tomar un buen puñado de fármacos para sobrellevar la jornada y para paliar los efectos que en mi organismo produjo una inactividad tan prolongada. Triglicéridos, colesterol, transaminasas, azúcar, ferritina... todo se disparó de tal manera que a los dolores que sentía se unió también un miedo atroz a que mi cuerpo decidiese mandarme una advertencia más seria. Pero poco podía yo hacer, salvo seguir las indicaciones de los médicos y empastillarme hasta las cejas para mantener bajo control a todos esos microscópicos elementos que navegan por nuestra corriente sanguínea y que desde su pequeñez nos pueden matar. De lo que hablo en realidad es que mi percepción de todo lo que me rodea se ha transformado. No de una manera radical, sino más bien de un modo sutil y sereno. Me contemplo a mí mismo y me observo más en paz conmigo mismo, más consciente de todo lo bueno que aún me queda por disfrutar, más dispuesto a apurar hasta la última gota este elixir que es la vida.


Ahora toca regresar. Y, como me decía el otro día mi amiga Bea, mientras conversábamos sobre las ofertas de trabajo que estoy recibiendo, ese es el verdadero reto en este momento de mi vida. Afirmaba yo que las empresas que se interesan por mí no me ofrecen grandes cosas. Que ninguna me hará rico y que tampoco disfrutaré de una condiciones laborables generosas y amables. Que me tocará, allá donde recale, empezar de nuevo de cero, a buen seguro ostentando una categoría profesional inferior a esa otra que me ha definido durante más de dos décadas. Y ella, con la sabiduría que desprenden sus palabras cuando se anima a opinar sobre algo, me miró con cierto asombro y definió la realidad con una única frase.

- El reto ahora es volver.

No necesité que ahondara en el significado de su sentencia y creo que ella, por su parte, me considera lo suficientemente inteligente como para no ser precisas por su parte más aclaraciones. Me limité a asentir, dado que coincidía con su parecer, a sonreír y a reanudar la conversación que hasta entonces manteníamos.

Y en ello estoy. Siguiendo su consejo. Volviendo. Y he pensado que ningún retorno sería completo si no escribía en negro sobre blanco la palabra que, al menos por mi parte, cierra definitivamente este capítulo de mi historia.

FIN. 



lunes, 27 de noviembre de 2023

Las cuatro patas del banco - Primera parte

Casi centenar y medio de entradas publicadas ya en este blog y aunque alguna he dedicado a mi infancia, en ninguna he hablado demasiado sobre mis hermanos. Y no será por falta de anécdotas con ellos ni porque sus historias personales no lo merezcan. De las primeras, mi memoria conserva decenas, aunque debo admitir que son muchas aquellas en las que, ahora, con una perspectiva diferente, debo admitir que yo no me comporté como el hermano mayor que suponía que debía ser; y en cuanto a las segundas, a la manera en que cada uno de ellos se han gobernado en sus vidas, son admirables. Y lo digo con el corazón en la mano, sin hipérboles ni sentimentalismos baratos. Todos ellos eligieron encaminar sus pasos por sendas que a mí se me antojaban entonces agrestes y llenas de obstáculos, pero hoy admiro la valentía de la que los tres tuvieron que echar mano y me siento francamente orgulloso del lugar al que sus pasos les han terminado dirigiendo.


A mi hermana Elena, la segunda de la camada, una niña callada y cariñosa, la vida comenzó a golpearla cuando ella aún no tenía herramientas suficientes para defenderse. No éramos más que niños y yo, que debía haber cuidado de ella, también contribuí a que se viese pronto abrumada por sus complejos e inseguridades. Aunque la adoraba, ejercía sobre ella la autoridad que se le supone al primogénito con un cierto sadismo. Me avergüenza hoy reconocer que hubo un tiempo en que me provocaba un insano placer burlarme de ella. "Vaca marina", me dio por llamarla cuando me hacía enfadar o me llevaba la contraria. O la asustaba apareciendo de repente frente a ella imitando a un perro, animales por los que desde muy pequeña sintió pavor. Nuestros hermanos pequeños seguían muchas veces mi ejemplo, para enfado de nuestros padres. Intentar contar las veces que la hicimos llorar me hace sentir que, por muy niño que yo fuera entonces, mi comportamiento fue aberrante y cruel. Pero ojala ese hubiera sido el único problema al que tuvo que enfrentarse. No fue así. Había por detrás algo mucho más sucio y traumático, algo que mis padres tardaron en descubrir.

El concepto de "acoso escolar" no existía entonces. O no se gestionaba de la misma forma que en estos días. "Cosas de críos", argumentaban los adultos antes de seguir con aquello que estuvieran haciendo y no volver a pensar en ello. Los profesores de entonces podían llegar a ser personajes tiránicos a los que nadie supervisaba y que vivían protegidos por un sistema que justificaba todas sus acciones, fueran estas cuales fueran. Se veían como algo normal los castigos físicos en el aula. Nadie ponía en duda los métodos empleados, ni siquiera los padres se atrevían muchas veces a enfrentarse a la figura del maestro, tan sagrada como lo eran las del alcalde o el cura. Su palabra era ley. A mi hermana le tocó la peor de las brujas escolares, una profesora que día tras día la ridiculizaba delante del resto de estudiantes de las más atroces maneras. Y mi hermana Elena sufría aquel maltrato en silencio, sin contar nada en casa, ocultándose cada vez más dentro de sí misma. Cuando nuestros padres supieron lo que estaba ocurriendo, reaccionaron con valentía e indignación. Muchos otros le habrían restado importancia e incluso habrían culpado a mi hermana de lo que estaba sucediendo. En ese sentido y para aquellos alumnos que se vieron abocados a esa coyuntura y para los padres que intentaban oponerse a esas actitudes eran tiempos muy duros. Sacaron a mi hermana de ese colegio y la matricularon en otro. Pero el daño estaba ya hecho. Elena nunca llegó a ser quien podía haber sido, aunque terminaría floreciendo de aquella terrible época una versión maravillosa de sí misma. 


Como todos los recuerdos que rescato de un pasado que cada vez veo alejarse más por el retrovisor, no sé si es un recuerdo inventado o si fue real, pero cuando rememoro aquellos tiempos, tal vez cuando yo contaba doce años y ella rondaba los diez, la veo sentada en una consulta médica con cables conectados a la cabeza y se me cae el alma a los pies. Porque ante síntomas claros de bullying, la ciencia entonces buscaba las causas en el interior del individuo y nunca en su entorno. Como digo, no había una conciencia social a la que reclamar cuando ocurrían estas cosas. Creo que encontró consuelo en el entorno de la parroquia, a la que mis padres estaban muy vinculados. Sospecho que fue allí donde ella comenzó a reconstruirse. Donde empezó a ser tratada como una más y no como alguien a quien habían hecho sentir que era menos que el resto. Aquel fue el primer asidero que encontró para no hundirse en el pozo. El segundo, siempre apoyada por mis padres y en menor medida por nosotros, sus hermanos, lo encontró en el lugar menos esperado y gracias a una excursión programada por el instituto en el que cursaba Auxiliar de Enfermería. Visitaron una de las casas que la ONG Basida tenía para la rehabilitación de toda clase de pacientes sin recursos, aunque originariamente trabajaban con enfermos de VIH. Allí encontró su lugar en el mundo, ayudando a rehabilitarse a aquellos que todavía podían hacerlo y acompañando hasta el último suspiro a aquellos para los que ya no existía solución. Al principio iba solo algún fin de semana. Luego sus períodos allí como voluntaria se fueron haciendo cada vez más largos hasta que un día no regresó a casa. Se convirtió en voluntaria residente en aquella Comunidad, sin sueldo ni cotización, algo que a mí me llevó años entender y aceptar, y combatiendo cada día la enfermedad y la muerte que rondaba a los enfermos sin recursos que allí acogían. Obtenían algunas pequeñas victorias que justificaban su decisión y me hicieron comprender mejor las motivaciones que habían impelido a mi hermana a enclaustrarse allí, lejos de la ciudad, de las vidas más o menos normales que íbamos construyendo la mayoría.

Hablamos cuando podemos, ya que su vida está consagrada a esa misión en la que decidió sumergirse y nos vemos de Pascuas a Ramos. Vive consagrada a ayudar a los demás, pasando temporadas en las distintas casas que la ONG dirige, aunque intenta encontrar siempre tiempo para sus hermanos, sus sobrinos y, sobre todo, para nuestros padres. Esa labor que ella lleva a cabo a base de desvelos, sacrificios y renuncias, esa labor que muy pocos asumen y que es tan necesaria en nuestra sociedad, la ha convertido en un ser especial, con una sensibilidad única. Una tarea la suya que yo sé que no sería capaz de afrontar y que me llena de admiración, aunque quizá no se la demuestre tal y como realmente la siento.

La historia de mi hermana es un relato de superación y de constancia, la de alguien a la que empujaron por un terraplén, se levantó, se limpió de polvo la ropa, miró a su alrededor y decidió que el camino que deseaba seguir era el de la solidaridad y el amor. Que, en la medida de lo posible, aquellos a quienes la vida también derriba y no encuentran la manera de levantarse por sí solos, tengan siempre cerca una mano amiga que les ayude a levantarse y les acompañe hasta que encuentren su propio destino. 



viernes, 10 de noviembre de 2023

Como pollo sin cabeza

Llevo dos semanas aturullado. Y probablemente no sea para tanto, pero claro, después de muchos meses arrastrándome a través de los vericuetos de mi existencia con la pachorra canaria a la que mis problemas de salud me obligaban, cualquier alteración en mi orden vital se me antoja ahora una epopeya sin mucho que envidiar a las de Ulises en la Odisea, las de Don Quijote por los pueblecillos de La Mancha o las de Phileas Fogg dando la vuelta al mundo en ochenta días. Y es que es cierto eso de que cuando vienen, vienen todas a la vez. Por no hablar de la Ley de Murphy, que es infalible y tampoco ayuda. Como un pollo sin cabeza correteo por la casa tratando de sofocar los distintos incendios que amenazan con propagarse. Pero bueno, mejor estas alocadas carreras que languidecer inactivo en el sillón.

Y es que las mañanas cunden menos cuando hay alguien más contigo en casa. Durante todo este tiempo los dolores me despertaban muy temprano, con muchas horas en soledad por delante para acometer mis obligaciones de amo de casa y poder dedicar también tiempo a, entre otras cosas, escribir. Las cosas han cambiado. Duermo mejor, me despierto más tarde y ahora comparte sus mañanas conmigo Nuria, que ha necesitado parar y alejarse durante unas semanas de la exigente rutina de su trabajo, que amenazaba con aplastarla irremisiblemente. Su presencia en casa no me incomoda, sino todo lo contrario: busco sus besos de manera avariciosa, me esfuerzo por sacarla esa sonrisa que lleva iluminando mi vida desde hace más de treinta años y pugno por conversar con ella tanto como nos es posible. Intento disfrutar de este tiempo, inusual y mágico al mismo tiempo, juntos. Pero claro, todo lo demás, aquello a lo que consagraba mis horas hasta hace un par de semanas, se resiente, no encuentro tanto tiempo para escribir y las labores de la casa se me amontonan.


Por ser estas para las Compañías fechas propicias para la contratación de nuevos empleados y por vivir yo los lunes al sol, también me roban tiempo las entrevistas de trabajo y la búsqueda de empleo en sí misma. Después de casi año y medio, por fin el Sepe me ha concedido un curso online para desempleados sobre tecnología digital, sesenta horas en poco más de treinta días que intento sustraerle a todo lo demás, pero claro, ahí está Murphy para complicarlo todo. Cuando menos tiempo tiene uno, más problemas surgen: la tarjeta SIM del móvil da errores; mi portátil Toshiba, después de catorce años de servicio, claudica y me toca formatearlo y volver a configurar e instalar todo de nuevo; la consola, que también tiene ya una edad, comienza, para desesperación de Marcos, a dar errores; se nos rompe, en estos días ya más frescos, el pomo de la puerta que separa el patio de la cocina y toca intentar encontrar a alguien - sin éxito hasta ahora - que lo pueda reparar antes de que nos congelemos al desayunar. Se nos lesiona el pequeño y el mayor quiere invitar a su novia a comer en casa. Nuria se va un par de días a un Congreso en Barcelona casi al mismo tiempo que mi suegra viene desde Jaén a visitarnos, algo que siempre me alegra, pero que en esta ocasión me agobia porque no podemos brindarle el trato y la atención que se merece.

Un millar de esas pequeñas cosas a las que todos a diario nos enfrentamos. Nada especialmente grave ni memorable. Pero la acumulación de todo ello en un corto espacio de tiempo y mi actual falta de costumbre a vivir a este ritmo desenfrenado me tiene corriendo por los pasillos de mi casa, parando un momento en la cocina para remover el guiso, deteniéndome después en el salón un par de minutos para darle conversación a mi suegra o un beso a mi querida esposa mientras tiendo la ropa recién lavada en el tenderete, irrumpiendo en el cuarto de Sergio para atender en su portátil una llamada por Teams de una empresa interesada en contratar mis servicios mientras mando un whatsapp al fisioterapeuta para que atienda la lesión del pequeño y echo un vistazo a la barra de progreso de la instalación de Winrar o Bittorrent en mi ordenador escacharrado. Como cuando coordinaba en mi antiguo trabajo a veinte personas y me desplazaba entre sus puestos de trabajo a la velocidad de la luz para resolver sus dudas y solucionar los problemas inherentes a nuestro trabajo. 

Tal cual. Como pollo sin cabeza.





jueves, 2 de noviembre de 2023

No se ponga el sol sobre vuestro enojo

¿Cuántas veces te has acostado por la noche en la cama enfadado, dando la espalda a tu pareja, que a su vez te la da a ti? Y todo seguramente por una tontuna, por una nimiedad de la que al día siguiente ninguno os acordaréis. Con un poco de suerte, acabaréis los dos a la mañana siguiente riendo a más no poder por lo imbéciles que sois, porque ni siquiera recordáis la razón que provocó el inicio de vuestra pelea. A veces, a pesar de no acordarnos, somos tan orgullosos que mantenemos nuestra postura, muy dignos por fuera, con el ceño fruncido y mirada seria, intentando aparentar un disgusto mayúsculo, esperando que sea el otro quien dé el primer paso en esa reconciliación que en nuestro interior tanto deseamos. En el peor de los casos, ese estúpido baile de apariencias durará unos días, unos días que se habrán perdido irremediablemente y no regresarán nunca más.


¿Y cuántas veces, acaramelados bajo las sábanas, sin más horizonte que los ojos del otro, habéis hecho propósito de enmienda para que eso no vuelva a suceder? ¿Cuántas veces os habéis prometido que nunca más os acostaréis enfadados o sin desearos buenas noches? Hay quienes consiguen ser constantes en este empeño, pero lo normal es que vuelva a ocurrir en uno u otro momento y que esa promesa mutua quede olvidada. Y que regresen esas noches en que vagamos por un duermevela que nos esforzamos para que no parezca tal, intentando hacer creer al otro que lo que ha pasado no nos afecta, que no nos quita el sueño, que estamos por encima del bien y del mal, cuando la realidad es que revivimos de nuevo en bucle la escena, repasando aquello de lo que se nos ha acusado y revisando los reproches que nosotros hemos blandido. Porque somos humanos, tenemos ego y somos idiotas.

Yo no siempre consigo que mi querida esposa, que a carácter no la gana nadie, como bien podrán confirmar quienes la conocen, se vaya calmada a la cama tras una discusión. Esa es una batalla perdida. Pero el beso y el "que descanses" se los lleva puestos a la Tierra de los Sueños. Le guste o no, me los devuelva o mantenga la cara de acelga que se le pone tras estos lances. Lo mismo me da. E igual ocurre si estamos enfadados y me tengo que ir a algún lado. Que nadie sabe lo que puede ocurrirnos durante el tiempo que permanezcamos separados. Pocas cosas deben doler más que perder a un ser querido y vivir con el lastre de que haya sido un mal gesto nuestro lo último que se haya llevado al otro barrio.

En un capítulo de una de mis series favoritas de todos los tiempos, Cómo conocí a vuestra madre, me llamó la atención la estrategia que Marshall y Lily, una de las parejas protagonistas, emplean para evitar que sus discusiones alcancen un punto amargo de no retorno. Cuando riñen y uno de los dos, generalmente el que aún mantiene unos mínimos de serenidad, comprende que el tema se les está yendo de las manos, pronuncia una palabra acordada previamente (en este caso, "pausa") y automáticamente la pelea queda aplazada hasta que terminen de hacer el amor. Porque eso es lo que toca al decir la contraseña fijada: echarse en los brazos del otro, quitarse la ropa y amarse. Les funciona a la perfección. Todas y cada una de las veces. Y no me extraña en absoluto. Es más fácil y mucho más gratificante entregarse al otro que pelearse con él. Y uno ya no recuerda qué motivó la bronca tras un buen repaso. Deberíamos todos seguir su ejemplo.


A veces somos nosotros mismos quienes convertimos una preocupación en un problema y un problema en un drama. Nos pueden conducir a ello sentimientos tan negativos y tóxicos como la frustración, la ansiedad, la ira mal gestionada, el cansancio... pocas veces es la persona que amamos el verdadero culpable de nuestro enojo, pero es a quien más a mano tenemos cuando necesitamos explotar. Depende luego de la longitud de la mecha que nuestra pareja calce o de su habilidad para manejar esa situación que el episodio acabe o no como el Rosario de la Aurora.

Seamos sensatos. La vida son dos días y en muchos momentos lo que nos pesará más durante el segundo es el tiempo que perdimos y las cosas que no hicimos. Así que, como reza el dicho, que no se ponga el sol sobre nuestro enojo ni un día más.

jueves, 26 de octubre de 2023

Al final... se me rifan

Es que no falla. Las tres veces que me he visto en una situación como la actual me ha ocurrido lo mismo. Supongo que la ley de Murphy es tan infalible como la de la gravedad o como el teorema de Pitágoras. Te puedes pasar meses moviendo tu currículum vitae, confiando que alguna empresa se interese por ti, y no recibir ninguna contestación. Y el día menos pensado, cuando empieza a invadirte el desánimo, suena tu teléfono y ya no deja de hacerlo en toda la mañana y tienes finalmente que hacer el pino puente para cuadrar en tu agenda todas las entrevistas para las que te citan. Es, por supuesto, una gran noticia esta, sarna con gusto no pica, pero te entra un poco de agobio, especialmente cuando llevas alejado del entorno laboral tanto tiempo y temes estropear el negocio sin darte cuenta con una palabra fuera de lugar o una frase poco apropiada. Pero, como supongo que pensará el entrenador de cualquier club grande, bendito problema el tener dónde elegir.


Ahora tengo por delante un par de días en los que deberé tomar decisiones importantes sobre mi futuro laboral inmediato. La última vez que me vi en esta misma encrucijada, aunque sólo lo comprendí meses después, elegí mal. En realidad, es presuntuoso afirmar tal cosa ya que nadie me garantiza que me hubiera ido mejor en los trabajos que rechacé entonces. Quizá todo habría sido aún peor, ¿quién sabe? Pero el caso es que la elección final me reportó pobres beneficios y numerosos disgustos. Confío que estaré más acertado en esta ocasión, aunque no puedo negar que la experiencia previa dejó en mí una huella tan profunda que, aunque lo intento con todas mis fuerzas, noto cómo me condiciona ahora. Esa sutil inseguridad que amenaza con atenazarte y nublarte la razón esta ahí, picoteando mi ánimo.

Tenía mis objetivos claramente definidos, pero ahora se han enturbiado ligeramente al no cumplir ninguna de las ofertas todas mis expectativas. Habría pecado de ingenuo si hubiese creído realmente que iba a presentarse una vacante cerca de casa, con un salario interesante, un horario que me permitiera gozar de una conciliación familiar digna y realizando unas funciones de mi gusto. No lo hice. Supe en todo momento que la mesa estaría coja. Y a pesar de tener esa certeza, siento un leve resquemor. Nada me hace creer que lo mereciese, pero habría estado bien encontrar a estas alturas el trabajo de mi vida, ¿no? Toca ahora decidir si opto por ese contrato que me permitiría trabajar desde casa pero que tiene fecha de caducidad o ese otro que apriori me garantiza una estabilidad indefinida pero que me exigirá atravesar de nuevo cada mañana Madrid. O ese otro con un salario más alto que los demás, pero donde tendré que cumplir un horario endemoniado. O aquel que me ofrece una empresa de prestigio pero en el que intuyo que me tocará de nuevo verme sometido a una presión y un estrés que malditas las ganas que tengo de volver a sufrir.


En fin, son curiosas estas paradojas. Como la de llevar dos meses peinando el mercado, preocupado por no llamar la atención de ninguna empresa, y ahora, a la vista de que en pocos días volveré al mundo laboral, salvo que ocurra un desastre, sentir ya que voy a extrañar ser responsable de las tareas domésticas, tener tiempo de sobra para charlar con mis hijos o para avanzar en mi novela y el caprichoso temor de no haber aprovechado estos meses de asueto adecuadamente. Pero la vida es en sí misma una hermosa paradoja en la que muchas veces no apreciamos lo que tenemos y envidiamos aquello de lo que carecemos y que disfrutan otros. Estoy ansioso por sumergirme en una nueva aventura y a la vez decaído por dejar atrás esta vida de amo de casa en la que tan cómodo - dolores aparte- me he sentido.

En cualquier caso, me siento afortunado. Las preocupaciones que ahora me inquietan en nada se parecen a las que llevo padeciendo desde hace ya demasiado tiempo. Aquellas eran feas y desagradables y estas, al menos, se dejan mirar y, en muchos aspectos, sobre todo en el económico, me aportan una cierta calma y serenidad. 

Ahora sólo queda acertar con la combinación ganadora y regresar al redil del que he vivido apartado durante casi año y medio. Con optimismo e ilusión. Como deben afrontarse todas las cosas.



jueves, 19 de octubre de 2023

El mordisco del lobo - Cuarta parte

Que lo lamentan, pero que no hay nada más que puedan hacer por mí. Tal es la conclusión a la que la Unidad del Dolor del Hospital Ramón y Cajal ha llegado tras un año aproximadamente analizando y tratando mi caso, regulando mi medicación y, por último, sometiéndome a una intervención ambulatoria mediante la infiltración de una dosis de Enantyum en los espacios intervertebrales con el propósito, ya no de curar, dado que al parecer la ciencia médica no está capacitada para sanar mis dolencias, sino de intentar bloquear en la medida de lo posible y durante un tiempo indeterminado el dolor. Así pues, alta médica en la Unidad, instrucciones para mantener la medicación y esperar a ver cómo evoluciona mi cuerpo. Un "ahí te quedas" de libro. Como en cada capítulo de mi interacción con los integrantes de este departamento médico durante todo este tiempo, puedo entender los argumentos presentado, pero las maneras empleadas me provocan arcadas.


Tras la consulta telefónica de control mantenida esta semana, dos meses después de pasar por el quirófano, se cierne sobre mi ánimo la cristalina sensación de que lo mismo habría dado responder a las preguntas de la doctora constatando que la infiltración había sido un rotundo éxito o que, por el contrario, había supuesto un auténtico fracaso. Es posible incluso que si me hubiese inventado que sus experimentos habían terminado dando con mis huesos en una silla de ruedas o que mi hígado había resultado dañado por los fármacos empleados, las palabras de mi interlocutora habrían sido las mismas. El discurso no habría variado un ápice. La decisión que los especialistas habían tomado en relación a mi caso cubría todo el espectro de mis posibles contestaciones. No me siento decepcionado en absoluto, sino más bien todo lo contrario. Se me hacía bola estar a merced de unos profesionales que casi desde el primer instante me parecieron negligentes y carentes de toda empatía hacia el paciente. Así que si hay un sentimiento por encima de todos los demás en esta coyuntura, es fundamentalmente el alivio de haberme librado de ellos. O de que ellos se hayan librado de mí. Tanto monta, monta tanto... me pesa por Nuria, que fue quien me animó a derivar allí mi expediente tras los buenos resultados que obtuvo ella en su momento. Sé que se culpabiliza por la pésima experiencia que yo he vivido, pero, al haber hecho ella todo lo que estaba en su mano y que consideraba necesario para que yo me recuperara cuanto antes, ¿procede realmente ese sentimiento de culpa? Yo creo que no, que bastante tiene, la pobre.

¿Y ahora qué? Supongo que esa es la pregunta que algunos os haréis y que yo ya me hice hace unas semanas, a la vista de que los efectos de la intervención a la que fui sometido no estaban siendo tan positivos como me habría gustado. Porque el dolor sigue ahí, camuflado si hace buen tiempo o si mi actividad incluye cambios posturales constantes, muy presente y más persistente, en cambio, si el clima se vuelve más frío y lluvioso o si permanezco sentado más de media hora seguida. Más livianos, debo reconocer, en la zona lumbar, eso sí, pero con la misma intensidad en la zona abdominal y costal.

- Ah, ¿que no era sólo en la zona lumbar? - me preguntó sorprendida la eminente doctora en la susodicha conversación telefónica, suscitando en mí un escandalizado estupor que supe disfrazar tras el velo de la diplomacia más elegante que fui capaz de hilar en unos breves segundos.


Olé vuestros chochos morenos, bonitas. Y que me fusilen si la expresión resulta machista en estos tiempos de desatado empoderamiento de la mujer y feminismo exacerbado, pero es que todo el personal del malhadado departamento médico al que confié mi recuperación era del mal llamado sexo débil. Lo mismo me da a lo que suene. Un año hablando del tema y todavía no os habíais enterado. No sé si solicitar para vosotras el paredón o construiros una rotonda en homenaje por haber sido capaces de superar, en este ejercicio de despropósitos y chapuzas médicas, aquello de que el dolor estaba sólo en mi cabeza y de que era yo, en conclusión, quien tenía que curarme a mí mismo a fuerza de voluntad y concentración. Conmigo lo habéis bordado.

Pero en fin, volviendo al tema y dejando de perder el tiempo con reproches y acusaciones que no me llevarán a ningún puerto, ni bueno ni malo, ahora, mal que me pese, me duela mucho, poco o nada, llueva o haga sol, sentado frente a la pantalla de un ordenador en una oficina o cargando cajas en un almacén, la prioridad ya no es curarme o buscar remedios para sentir menos dolor, sino trabajar. Porque la economía de una familia de clase media como la nuestra puede soportar un envite de estas características sólo durante un tiempo determinado. Y en mi caso ese tiempo se ha agotado. Toca hacer oídos sordos a los latigazos que mis terminaciones nerviosas dañadas todavía envían a mi cerebro a diario. Toca ignorar el cansancio y el sueño que me genera no poder dormir de un tirón más de cuatro o cinco horas. Toca echar mano con mayor frecuencia de los medicamentos de rescate que complementan a los que ya de ordinario ingiero para intentar acallar el mordisco del lobo. Toca encontrar a alguien que apueste por mí y quiera contratarme. Y toca también apretar los dientes y guardarme los lamentos ante quienes me quieren porque nada aporta compadecerme de mi suerte frente a ellos.

No puedo evitar sentir cierta rabia, no obstante, cuando navego por Infojobs, Linkedin o Job Today, entre otras plataformas creadas para facilitar la búsqueda de empleo, y comprobar la enorme cantidad de ofertas existentes para personas con una discapacidad declarada. Porque a pesar de que entiendo los argumentos que han esgrimido los distintos especialistas que me han tratado y que justifican que mi dolencia no pueda ser reconocida como merecedora de tal calificación, me resulta terriblemente injusto que otros que lo merecen tanto o más que yo por sus limitaciones, pero que no conviven con el dolor como yo lo hago, sean beneficiarios de unas ventajas a las que yo no puedo aspirar. No pretendo restar importancia a quienes se encuentran en esa situación ni comparar mi incapacidad no declarada con la que a ellos les ha sido justamente reconocida por un Tribunal Médico altamente cualificado, pero, viendo pasar ante mis ojos tantas ofertas de trabajo que me encajarían como anillo al dedo, al menos mientras permanezca atrapado en esta encrucijada, admito que a veces pienso que mejor me habrían ido las cosas, por ejemplo, si hubiese perdido un dedo en vez de sufrir una neuralgia cuya existencia ninguna máquina de Electromedicina puede constatar.



Aquí termina, por lo tanto, mi relación con la Unidad del Dolor del Ramón y Cajal y quedo a merced de lo que el paso del tiempo, el efecto de los fármacos y la capacidad de mi organismo para recuperarse a sí mismo tengan a bien depararme. Y prosigue, muy a mi pesar, mi estrecha relación con ese lobo que, aunque con menor saña, continua clavando en mi costado sus colmillos y que sigue sin querer soltar de una vez por todas a su presa. 

El muy cabrón.

martes, 26 de septiembre de 2023

Sueños

Por la experiencia académica que yo en su día viví y por el sentido de la lógica más elemental, diría que la tasa de aprobados en algunas asignaturas depende casi en su totalidad de la pasión y de las aptitudes con las que venga pertrechado el profesor que las imparta y que, por el contrario, hay materias en las que el impacto del profesional encargado de instruir a sus pupilos es casi irrelevante. 

Tan sólo tuve que repetir un curso durante todo mi periplo por el colegio, el instituto y la universidad. Admito que lo digo con un cierto orgullo, ya que por entonces la exigencia educativa era mucho mayor que ahora y los contenidos más teóricos, por lo que repetir tan sólo uno de los dieciocho años que uno se tiraba desde Primero de EGB hasta el quinto curso de la carrera era un buen bagaje. Fue en Tercero de BUP y no porque estuviera yo de fiesta todo el día o porque no estudiara lo suficiente, sino porque se me enquistó la Filosofía, o más bien la profesora que en mi primer intento me tocó. Se llamaba Isabel y lo mismo habría dado si en la pizarra hubieran puesto un geranio. De aptitudes para la enseñanza andaba más bien escasa y de sus explicaciones no se desprendía ni el más mínimo atisbo de que las teorías de Platón, Kant o Nietzsche le interesaran en absoluto. Mira que enganché yo esa asignatura con ganas. Me apetecía mucho una inmersión profunda y prolongada en las corrientes del pensamiento filosófico en la historia del ser humano. Consiguió, sin embargo, la susodicha que la asignatura se convirtiera para mí en un jeroglífico irresoluble. Y me centré tanto en intentar solucionarlo que cuando quise reaccionar, era tarde. No sólo mis esfuerzos resultaron baldíos en la lengua común de Aristóteles, Rousseau y Santo Tomás de Aquino, sino que descuidé Griego e Historia y me ví teniendo que repetir curso con esas tres asignaturas. No fue obviamente la responsable de aquello la apática Doña Isabel, pero creo que puede servir el ejemplo como argumento para sustentar la primera parte de mi afirmación inicial. Antes de presentar mis alegatos sobre la segunda, diré que al año siguiente tuve la fortuna de toparme con un nuevo profesor de la asignatura que logró transmitirme toda la belleza de una disciplina hoy casi extinta.


No obstante, la singular pasividad de aquella profesora no impidió que, tanto a mí como al resto de mis compañeros, el tema de la interpretación de los sueños nos enganchase del hocico con fuerza y nos tuviera buena parte del curso compartiendo los que cada uno habíamos tenido la noche anterior y debatiendo sobre su significado. Nos parecía a todos una cuestión lo suficientemente cautivadora como para que no importara la persona que nos tenía que aleccionar sobre ella y para que, por nuestra propia cuenta, buscáramos información y estudios al respecto. Durante unos meses acordamos que todos dormiríamos con un bolígrafo y un cuaderno junto a la cama y que, al despertarnos, escribiríamos unas líneas describiendo a rasgos generales lo que aún conservábamos de lo soñado en la cabeza para luego investigar entre todos lo que había motivado a nuestro subconsciente el envío de esas señales. Debo decir a este respecto que fue una de las actividades más constructivas que realicé durante toda mi vida académica, algo curioso por no haber estado implicado en la misma ningún profesor. Y también aclarar algo que a veces se confunde y es que, cuando mis compañeros y yo buceábamos en la biblioteca (Google por entonces era ciencia-ficción) para informarnos sobre el asunto, topábamos con despiadados vende humos que defendían estúpidas teorías del tipo "si sueñas con que se te cae un diente, es que alguien cercano va a tener una desgracia". Por favor. La interpretación de los sueños trata de explicar las causas de nuestras fantasías oníricas, no es una bola de cristal que predice el futuro. Todavía hoy me asombra, en pleno siglo XXI, que haya gente que se trague tamañas sandeces. Pero me estoy desviando del objeto de mi entrada de hoy.

Si he traído a colación la cuestión de los sueños es porque durante estos meses en el dique seco los míos han sido muy vívidos y recurrentes. Durante la etapa más dura de mi convalecencia, empastillado hasta las cejas como estaba para combatir los dolores, mi sueño era breve, pero profundo y plagado de experiencias oníricas extrañas que se asemejaban más a espejismos que a sueños como tales. Entre ellos se comenzaron a colar ciertas imágenes que se han repetido en numerosas y angustiosas ocasiones desde entonces, aunque debo apuntar que, para mi alivio, han pasado ya varias semanas desde la última vez. Todas esas situaciones en las que mi subconsciente me situaba eran repeticiones asfixiantes de las distintas coyunturas en las que me encontré durante mi última experiencia laboral. Volvía en esos sueños a revivir la angustia que me generaba el no alcanzar los objetivos marcados, la tensión generada por una agenda plagada de reuniones internas y videoconferencias con clientes, las presiones desde Dirección por considerar que los resultados del Departamento eran insuficientes. Por supuesto, siendo sueños, estaban salpicados de matices y detalles ilógicos pero que me parecían absolutamente reales y que magnificaban las sensaciones que me abrumaban y que provocaban que me despertase con un sentimiento de fragilidad e inseguridad apabullantes.


 
A pesar de todo lo que en su día creí saber sobre el significado de los sueños, no he sido aún capaz de dilucidar qué pretendía mi subconsciente al bombardearme como lo hizo con esos reflejos distorsionados de lo que en realidad experimenté. A pesar de tanto viaje al pasado, no tengo claro si era su forma de hacer que las heridas cicatrizasen o si repetía una y otra vez ese martirio a modo de recordatorio para que lo tenga siempre presente, pero en cualquier caso me alegro que haya parado, ya que era un complemento cruel a los amaneceres con el mordisco del lobo crepitando en mi costado.

Estoy valorando, a raíz de este episodio y dado que continúa mi actividad en fase R.E.M. siendo bastante rica, volver a colocar en la mesilla de noche un papel y algo con lo que escribir. Tal vez me ayude a reconciliarme definitivamente con mi subconsciente y a lo mejor incluso salga de ahí que poder contaros o que dé lugar a nuevas ideas o proyectos.

¿Quién sabe?

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Lo que la cancha nos da: las lesiones

Por propia experiencia sé que, como padre, da lo mismo el momento de la temporada en que tu hijo se lesiona. Que el sufrimiento por lo que supone para él a todos los niveles es el mismo ocurra en un amistoso de pretemporada o en un encuentro de playoffs. Y mucho más cuando hablamos de cantera y no de profesionales. Pero el pasado fin de semana no pude evitar sentir mucha rabia por ese chico nuevo del equipo de Marcos, Iker, recién llegado este año desde Fuenlabrada, trayendo consigo, por lo que he podido observar y por lo que mi hijo me cuenta, toneladas de ilusión y quintales de buen rollo, que se ha partido la tibia en un desgraciado lance del juego durante el primer amistoso de la temporada. Por lo poco que he podido verle entrenar y jugar, posee la planta y la actitud de esos chavales que siempre hacen falta en los equipos, esos que se ofrecen siempre, que arriman el hombro en las ayudas y que no hacen un mal gesto si los compañeros no se la pasan o si fallan. Sobrado además de clase, aunque no pueda afirmar, por haber sido escaso el tiempo que le he observado en cancha, su capacidad anotadora o su madurez para la toma de decisiones. Creo que ha sido la jugada en directo y en baloncesto base que más escalofríos me ha provocado en estos casi nueve años que llevamos metidos en este mundillo. Un mal giro, cada pierna para un lado, un movimiento antinatural, una caída dura. Confiábamos que fuera sólo un esguince, pero al final se confirmó que no había tenido suerte: rotura, operación urgente y vete tú a saber cuándo podrá volver con sus compañeros, con los que ni siquiera ha podido debutar en liga. De momento, en torno a tres meses. Y esto en un amistoso. Mierda. Muy mala suerte.


Se lamentaba mi hijo Marcos porque - y cito - "es un chaval cojonudo y además me encanta que sea él quien me defienda en los entrenamientos, me exige mucho más que otros, me hace mejor jugador". Y que "algo vamos a tener que hacer para animarle". Le di varias ideas. El tiempo dirá si las buenas intenciones se quedan en agua de borrajas, como a veces ocurre con los adolescentes, si le secunda el grupo en sus propósitos y si entre todos maquinan alguna sorpresa que pueda proporcionar a Iker algo de aliento, ya que en estos bretes, desgraciadamente, poco más se puede hacer.

Las lesiones son parte de la vida del deportista. Quien practica cualquier deporte sabe que el porcentaje de posibilidades de que, tarde o temprano, deba parar su actividad por problemas físicos es alto. También los padres lo sabemos y vivimos con ese miedo. El de que se den un mal golpe o se hagan daño. Este amistoso lo vimos a pie de cancha, ya que se disputó en el gimnasio de un colegio de Las Rozas sin gradas y sin demasiado espacio en las bandas y fondos entre los espectadores y el juego. Para los que ya dejamos muy atrás esa edad mágica de los quince y dieciséis años, o al menos en mi caso, resulta sobrecogedor vivir tan de cerca la intensidad de los contactos, la agilidad inherente a los movimientos que los chicos ejecutan, la velocidad y coordinación con la que se desplazan sobre el parqué. Me resultó espeluznante ver todo esto tan de cerca en un partido que fue además bronco, posiblemente por las ganas que los componentes de ambos equipos tenían de volver al cara a cara, a la competición de alto nivel. Viví el encuentro con miedo a que se hicieran daño, como efectivamente y por desgracia ocurrió. Antaño yo también estuve ahí, aunque fuese practicando otro deporte, y seguramente yo me empleaba con tanto arrojo y contundencia como lo hacen hoy ellos, mis hijos y sus compañeros, pero entonces no tenía conocimiento de todo lo que podía sucederme en un choque o una caída. La inmortalidad es un concepto que rara vez cumple la mayoría de edad. Pasé miedo, repito, y se me heló la sangre al ser testigo de la desgraciada jugada.


En los días posteriores, mientras se iban sucediendo las noticias sobre el alcance de la lesión, el resultado de la operación, el estado de ánimo del muchacho o el tiempo previsto de recuperación, estuve recordando las ocasiones en que mis hijos han tenido que lidiar con la frustración de no poder hacer aquellas cosas que su edad les demanda y en las que nosotros, como padres, nos hemos visto obligados a combatir la impotencia de no poder de alguna forma ahorrarles el mal trago o, en su defecto, hacer algo para acortar los plazos de sus recuperaciones. El mayor, Sergio, tuvo la fortuna de no tener que verse en una situación así durante muchos años, hasta que en Junior se rompió el astrágalo no una, sino dos veces, y se perdió prácticamente toda la temporada. Cosas del azar, pero también posiblemente de no curarse bien, de dejarse arrastrar por la impaciencia y volver a la actividad antes de lo que habría sido recomendable. Tal vez una semana más de reposo tras la primera lesión habría evitado la segunda, ¿quién sabe? En el caso de Marcos, si bien no ha habido nunca esguinces, fracturas o roturas, hemos vivido siempre con el alma en vilo. Es un chaval de complexión delgada, aunque está, como dice él en tono jocoso, "mazado", pero el caso es que se enfrenta cada fin de semana a chicos que pesan diez o quince kilos más que él, lo que a mí en concreto hace que se me encoja el corazón en cada encontronazo en el que se ve implicado. Fruto de un lance del juego sufrió una lesión en la espalda que le obligó a pasar un verano entero con un corsé que le provocaba picores, le hacía sudar profusamente y que nos hizo temer, en base a lo que los traumatólogos nos decían, que tuviera que dejar el deporte o que, al menos, se pudiera ver forzado a cambiar de actividad por otra que no incluyera saltar ni forzar la parte lastimada. Por suerte, parece que se recuperó bien de aquello y pudo regresar a las canchas sin demasiados sustos y percances. También ciertas molestias de las que se comenzó a quejar después de aquello terminaron con sus huesos en la consulta del cardiólogo. Una vez más ese temor a que no pueda volver a practicar deporte, más poderoso si cabe que al que tenemos de que un día le ocurra algo como lo que le ha pasado a su amigo Iker. Siguen estudiándole, aunque por el momento parece que todo está en orden. Pero sobre Marcos, o más bien sobre nosotros, sus padres, ha sobrevolado siempre, desde que se rompió la tibia (como su compañero) en un castillo hinchable a los dos años de edad, la incertidumbre, el miedo a que algo le aparte de este deporte por el que siente una pasión pura y real.

No podemos pedir a nuestros hijos, a partir de cierta edad, que jueguen con cuidado. O podemos intentarlo, pero demos por sentado que les entrará por un oído y les saldrá por el otro. La competición, el afán por explorar sus límites y la satisfacción por superarlos van unidos a su naturaleza de adolescentes. Nada podemos hacer para impedir que se lancen a la cancha buscando sus minutos de gloria, pero sí es nuestra obligación tratar de garantizar que practiquen su deporte favorito con unas mínimas medidas de seguridad y, sobre todo, estar a su lado para sostenerles o levantarles cuando, como en el caso de Iker, se caigan.

¡Ánimo, chaval! ¡Te esperamos para la segunda fase!



lunes, 11 de septiembre de 2023

Las brumas de la desmemoria

Es por lo general mi padre quien le lee pacientemente a mi madre las entradas de este blog. Me consta que se asegura, antes de hacerlo, de que lo escrito por mí no la altere o la desanime en exceso. Imagino que habrá restringido ya en estos últimos meses alguna de mis reflexiones más personales, tal y como se ha vetado en su casa desde hace tiempo cualquier programa televisivo, serie o película que no la haga sonreír. Y es que mi madre, hoy en día, tiene los sentimientos a flor de piel y todo se dispara cuando algo triste o trágico ocurre en su presencia. En general se encuentra tranquila y mantenemos con ella conversaciones normales la mayor parte del tiempo, pero cuando algo la inquieta o angustia, todos los síntomas que padece se agravan. Este de hoy es uno de esos escritos que a buen seguro no le leerá, ya que es de ella, o mejor dicho, de lo que verla envejecer me hace sentir, sobre lo que hoy quiero escribir.

Resulta descorazonador. Rebusco en el léxico que he ido atesorando a lo largo de mi vida con mis lecturas y mis estudios y seguramente existirá alguna palabra más adecuada para definir lo que todos pensamos, incluida ella misma, al observar la rapidez con la que se han ido deteriorando tanto su aspecto físico como su capacidad mental. Pero por más que escarbo en mi vocabulario no logro encontrar una palabra más apropiada que la de "descorazonador". "Cruel" me tienta también mucho, ya que se adapta con precisión a la rabia que se adueña de mi madre cuando es consciente de sus propios despistes y olvidos y a la impotencia que nos invade a los que la queremos al ser testigos directos de su empeoramiento gradual, especialmente la que padece en silencio quien hasta ahora ha asumido, como no podía ser de otra manera, el rol de cuidador principal: mi padre, que a sus setenta y siete años está realizando un trabajo psicológico inconmensurable y a quien no puedo dejar de elogiar una vez más por su paciencia y su saber estar. Me convence más, a pesar del sádico sufrimiento que provoca esta enfermedad en todos nosotros, el término "descorazonador". Que produce desaliento y tristeza. Que quita el ánimo. Que ensombrece el corazón. Todas esas cosas y muchas más.

Aunque parezca mentira y a pesar de visitar todas las semanas a distintos especialistas, no se ha emitido aún un diagnóstico clínico oficial. No se la considera todavía a nivel médico una paciente de Alzhéimer, de demencia senil o de cualquier otra patología que presente esta clase de síntomas. Pero da lo mismo realmente ya que lo que diferencia a unas de otras son matices que tan sólo importan a los doctores que la tratan. Para los que estamos cerca de ella hay pocas diferencias. La conclusión en cualquier caso es la misma: el cerebro de mi madre se comienza a perder en el cenagoso pantano de la desmemoria y en el proceso, debido a la ansiedad que la genera percatarse del desangelado lugar hacia el que parece dirigirse inexorablemente, quema calorías y pierde peso a un ritmo imparable. Toda la ropa comienza a quedarle grande, la piel del cuello y los brazos comienza a colgar sin carne a la que fijarse, las arrugas se reproducen cual conejos, la piel se vuelve tan fina como el papel de fumar. También esa angustia que le genera saberse tan vulnerable provoca que inconscientemente su cuerpo se comporte de manera errática: le tiemblan las manos con ferocidad cuando se pone nerviosa o mueve los labios cuando te escucha como si pretendiese repetir o grabar en su memoria lo que tú la estás diciendo. Su seguridad en sí misma y su autoestima se ven también mermadas: ya no confía en su escritura, camina sin apenas levantar los pies del suelo y lo hace dando pasitos muy cortos y no se atreve apenas a ir a ningún sitio, ni siquiera dentro de su propia casa, si no es del brazo de mi padre. Se cae y se desorienta con demasiada frecuencia. Descorazonador. Para todos, pero sobre todo para ella. Esta fase de la enfermedad es una tortura para el paciente, más que para los que compartimos con ella esta etapa del recorrido, dado que todos los días te roba un poco más de ti mismo por mucho que te esfuerces por evitarlo.

Y sin embargo, ella no deja de resistirse a lo que ahora mismo parece inevitable. A veces pelea con desesperación, como cuando se enfurece porque olvida cómo ejecutar alguna acción básica, pero también con sentido del humor. Resulta por el momento relativamente sencillo sacarle una sonrisa. Y ella intenta también que los demás rían en medio de este páramo de desconsuelo en que nos hallamos varados. Aunque a veces repita los mismos argumentos y las mismas preguntas, aunque se obsesione con un tema hasta tal punto que haga virar de manera insistente cualquier conversación hacia ese asunto que no puede sacarse de la cabeza, aunque en ocasiones pierda el norte y se olvide incluso de cómo se encendía el microondas. Busca con timidez recibir un abrazo y persigue el darlos ella también. Creció rodeada de cariño y siempre fue ella pródiga y generosa para regalar afecto. Siempre ha procurado que a su alrededor todos, incluso los que menos méritos para ello hicieron, se sientan queridos e importantes. El amor ha sido siempre su ancla, el que recibe y el que concede. Se le ilumina la cara cuando les visitamos, algo que intentamos que se produzca con la mayor frecuencia posible. Conversar y seguir relacionándose con los demás es una herramienta indispensable para mantener como aliada durante algo más de tiempo a la cordura.

Las brumas de la desmemoria están comenzando, sin embargo, a ensañarse con ella. La intentan cercar, pero ella no baja los brazos. Aplaudo su valentía. Es un consuelo menor, una pequeña victoria, aunque sepamos, por la experiencia previa con mi abuela, lo que nos espera. Ella continua buscando resquicios por los que escabullirse y burlar así al olvido. Y nosotros la ayudaremos a encontrarlos mientras se pueda. No perdemos la esperanza, pero estamos preparados para ese "y tú, ¿quién eres?" que probablemente un día llegará y que con total seguridad nos hará comprender realmente el legado que nos deja y lo mucho que la echaremos de menos cuando eso ocurra.




viernes, 25 de agosto de 2023

Qué manera tan triste de ver la vida pasar

Aunque creo haber aprendido por fin a someterlos a mi voluntad, al menos en el cara a cara, ya que aquí, en el blog, es otra historia, se me llevan los demonios cuando veo a mis seres más queridos desperdiciar horas, quemar neuronas y atrofiar funciones cerebrales visionando en bucle ridículos vídeos en Tik Tok, historias insustanciales en Instagram y buceando en los estados de sus contactos en Facebook o en Whatsapp. Especialmente cuando se trata de niños o adolescentes. Me repatea hasta el infinito y más allá, como diría Buzz Lightyear.


Sí, sí, ya sé que cada cual emplea su tiempo en lo que le apetece y mejor le parece, y por ello unos leemos o escribimos y otros viven pendientes de la última foto o vídeo que Fulanito y Menganita han subido a las redes. Unos, hasta que no hemos desayunado, no le echamos un vistazo al móvil y otros se tiran media hora en la cama vagabundeando por las redes sociales hasta que deciden finalmente ponerse en marcha. Que todos, incluido yo mismo, le echamos un vistazo a estas cosas de vez en cuando, pero yo me refiero a los que son capaces de permanecer tirados en la cama o en el sofá durante tres horas largas sin realizar ninguna otra actividad más que deslizar el dedo de arriba a abajo o de derecha a izquierda sobre la pantalla táctil del dispositivo. Y sorprenderse después, cuando por fin salen del trance en el que han permanecido inmersos, por las cosas que han ocurrido a su alrededor mientras ellos se encontraban abducidos por las redes. Esos a los que no te queda más remedio que decirles, con cierta condescendencia, "te lo dije, pero estabas con el móvil".

Me decía un gran amigo mío hace ya unos meses, en relación a este blog, que disfruta leyéndome aunque no siempre esté de acuerdo con mis ideas, pero que en su opinión me expongo demasiado. Que me abro a los demás en exceso y muestro sin pudor mis vergüenzas y mis orgullos. Eso fue lo que yo interpreté de sus palabras, creo que de manera acertada. Y seguramente tiene toda la razón, porque me he percatado de que rara vez se equivoca al catalogar a la gente y porque me ha dado muestras de sobra durante estos años de que goza de un criterio lúcido en el que uno puede confiar ciegamente. No recibí este comentario como una crítica, sino como la constatación de un hecho que, por cierto, querido amigo, no va a variar, ya que yo no sé escribir ni ser de otra manera. Y aunque supiese, creo que a estas alturas del partido tampoco modificaría un ápice mi manera de jugar.


No sé si la forma en que yo me ofrezco a los demás a través de este espacio virtual puede compararse con el modo en que otros se exponen en las redes sociales; si es lo mismo compartir aquí mi opinión sobre un tema, la última hazaña de mis hijos en vis cómica o los sentimientos que de mí se adueñan frente a algún suceso que mostrarle al mundo mi nuevo tatuaje, lo bien que me queda este nuevo corte de pelo o la manera tan sexy en la que perreo el último tema de Ozuna. Sí, ya sé que no todo lo que se exhibe en estas plataformas es tan burdo e inmaduro, pero no nos engañemos: la mayoría de los que viven secuestrados por las redes sociales no las utilizan ni mucho menos para entretenerse con la última historia que la cuenta del Museo del Prado haya colgado. Y, desde luego, ya os garantizo que nuestros hijos no lo hacen. En el mejor de los casos, como en el de los míos, gran parte del tiempo que pasan desconectados de la realidad es para visualizar vídeos deportivos, aunque, incluso siendo estos bastante inocuos, preferiría que soltaran esos malditos artefactos y ya no que cogiesen un libro, algo a lo que parecen tenerle alergia, pero sí que al menos llamasen a sus amigos y se fueran al cine, a un teatro, a un centro comercial, a un monólogo, a una cancha de basket o a un parque para relacionarse de un modo más cercano con el resto del planeta.

Habrá quien me diga que es una cuestión de educación y yo no se lo rebatiré. Darle a un niño de nueve años un teléfono móvil es una irresponsabilidad imperdonable. Las posibilidades de que ese niño desarrolle su imaginación y adquiera habilidades para relacionarse socialmente quedarán indefectiblemente limitadas. Y será culpa nuestra. Que el niño vea en casa a su madre, a su padre o a ambos encadenados a cualquier dispositivo genera ya una necesidad en el niño que podría evitarse. Pero intentar educar a los hijos en un empleo responsable de la tecnología no garantiza tampoco que la criatura vaya a escapar de la tiranía de los celulares. Porque hoy en día uno ya no es propietario de un teléfono, sino que sucede a la inversa. Los móviles nos poseen a nosotros.

Aunque todos miremos hacia otro lado, desde mi punto de vista no hay grandes diferencias entre esta adicción y una pandemia en toda regla. No provoca muertos, sino idiotez, sedentarismo y aislamiento social. No provoca que los hospitales se colapsen, pero genera un empobrecimiento cultural y conductas sociales claramente anómalas. No obliga al Gobierno a confinarnos en nuestras casas, sino que nosotros mismos nos encerramos voluntariamente en el mutismo más absoluto incluso cuando estamos rodeados de gente. ¡Qué rabia me da cuando estás hablando con alguien y al mismo tiempo anda respondiendo un whatsapp o reproduciendo un vídeo en YouTube que le ha llamado la atención! O cuando estás comiendo con esa persona, contándole tus cosas, y te deja con la palabra en la boca porque le ha saltado una notificación no puede dejar de atender y resulta ser una tontería que podía esperar hasta después de comer. O cuando estás viendo una película en casa que tú ya has visto pero que has elegido con intención y tu hijo la está ignorando para ver un vídeo que le han mandado de un torneo de bofetadas. Les quitaría el móvil de las manos y lo tiraría por el balcón. Y que reventase en mil pedazos. 

En Citas, una serie catalana de Pau Freixas que puede verse en Amazon Prime, así como Citas Barcelona, una especie de secuela de la primera, hay un episodio en concreto que pone de manifiesto cómo la comunicación escrita a través de redes puede llegar a anular en una persona el deseo de ir más allá a la hora de conocer mejor a su interlocutor. Cada episodio de la serie recoge la historia de dos personas que contactan a través de Tinder y lo que sucede en sus respectivas citas. En este capítulo en cuestión, Aurora, una mujer muy activa en el chat de la aplicación pero reacia a quedar con ninguno de sus contactos, recibe la visita por sorpresa de Pinyó, uno de los hombres con los que conversa habitualmente y con el que parece haberse producido una conexión especial. Él insiste en que cenen juntos y ella accede reticente. La cita resulta ser un absoluto desastre porque ella comprende que su capacidad de relacionarse, de ser ella misma, ha quedado limitada por completo al anonimato del chat. El episodio se cierra con una Aurora decepcionada consigo misma, de regreso en un vagón del metro, iniciando sin embargo un nuevo chat con un nuevo contacto.

Son ya varias las entradas que sobre este asunto he publicado y seguramente seguirá cayendo alguna de vez en cuando. No lo puedo evitar. Me considero en la obligación de seguir alertando de lo que esta dependencia provoca en las personas y en la forma en la que se relacionan. Lo siento por los que tuerzan el gesto al sentirse aludidos, pero la realidad, por mucho que pueda incomodar, es esta y me temo que los únicos que se frotan las manos con esta adicción, aparte por supuesto de los fabricantes y las compañías que invierten en este mercado y que se están haciendo de oro a nuestra costa, son los psicólogos, que de seguir así no van a dar abasto en el futuro para atender a tanta clientela.

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