viernes, 29 de diciembre de 2023

Tanta paz lleves...

Pues sí. Por fin nos dejas. Seguro que con muchos te has portado mejor de lo que lo has hecho conmigo y lo siento por ellos, pero yo no veía el momento de perderte de vista para siempre. Porque es seguro que no me volveré a encontrar contigo. Nunca más. Me va a costar muy poco dejarte atrás y olvidarme de tus desplantes y tus desaires. Y según me pille, lo mismo hasta te despido con una peineta. Con doble mortal y tirabuzón incluido. A mamarla.


Nuestra relación comenzó ya torcida, a pesar de que me transmitías buenas vibraciones cuando te vi a lo lejos por primera vez. Eras todo curvas. Atractivo como un George Clooney recién salido de fábrica. Con esa media sonrisa que nada promete y todo lo insinúa. Por eso lo intenté durante bastantes meses con ahínco y fervor casi religioso. Que te hicieras mi amigo. Llamar tu atención. Tener contigo lo que con otros tuve en el pasado. Y aún más incluso, dado que confiaba que tan sólo me darías alegrías. Que esa sintonía que parece latirle a uno en el interior de forma constante cuando los astros se alinean y todo parece de color rosa regresaría. Pero me engañaste como a los tontos. Pura ilusión y espejismo. Mucho ornamento y poca chicha. Fuegos de artificio de tercera división. Tanta paz lleves como descanso dejas, desgraciado. A freír espárragos. Al carajo. A hacer gárgaras. A pelar monos. A donde quieras, pero bien lejos de mí. Se te acabó el chollo.

Habrá quien te eche de menos cuando salgas de nuestras vidas. Quien conservará un recuerdo de ti que permanecerá vivo durante décadas. Habrá quienes intenten resucitarte revisando las fotografías y los vídeos que contigo se hicieron. Les costará adaptarse a los que vengan después de ti. Todo lo contrario que a mí, que ya he comenzado a reemplazarte y, aunque aún no ha terminado de aterrizar, tu sustituto ya me está dando más de lo que tú me diste. Desagradecido.

Y es que este treinta y uno de diciembre, mientras me coma las uvas rodeado de mi familia, que se ha mantenido firme y paciente a mi lado ayudándome a superar los problemas en los que me has ido metiendo y complicándome todavía más esos otros que ya me atormentaban antes de conocerte, ni siquiera voy a hacer recuento de lo que tú, 2023, me has dejado. Sólo voy a pensar en todo lo que tu hermano menor, el 2024, me deparará. Ya me ha enseñado más carne de la que tú te has dignado a mostrarme durante estos 365 días. 

Estrecho, que has sido un estrecho. 

Sayonara, baby!!




  

martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


miércoles, 20 de diciembre de 2023

Madrugones que no pesan

No he sido nunca de mucho dormir. Mi temprana afición a la lectura transformó en algo más que hábito, desde niño, el resistirme al sueño con un libro entre las manos hasta que se me cerraban los ojos por el cansancio o hasta que mis padres me hacían apagar la luz, circunstancia esta última que se producía con poca frecuencia, dado que ellos eran también consumados lectores y nos alentaban a mis hermanos y a mí a ampliar nuestros horizontes a través de la literatura. Sospecho que por esa razón no consideraban excesivamente perjudicial para mi salud que yo apurase hasta el último segundo (y un poco más) la hora de rendirme a las seductoras artes de Morfeo. Es más, creo que se sentían orgullosos de mi adicción. Recuerdo que uno de los regalos que más ilusión me produjo en mi infancia fue un artilugio consistente en una especie de varilla flexible que portaba en uno de sus extremos una bombilla diminuta y en el otro unas pinzas que se enganchaban a las páginas del libro que estuviera devorando en aquellas noches en que todos me creían ya dormido. Y algo similar ocurría al amanecer. Si eran las siete de la mañana de un domingo, cuando un silencio sepulcral anegaba la casa y el día estaba aún por estrenar, y a mí me despertaban las ganas de orinar, no era yo de los que, tras descargar la vejiga, se arropara de nuevo e intentara regresar al algodonoso mundo de los sueños. Yo encendía mi pequeña luz portátil y me ponía a leer, completamente abstraído, hasta que escuchaba a mis hermanos colarse en la habitación de mis padres y obligarles a retomar los juegos y las risas interrumpidos el día anterior, actividad a la que yo habitualmente me unía de manera inmediata y animosa. No es de extrañar, teniendo todo esto en cuenta, que ya desde mis años de instituto, comenzara a encontrar en la siesta frente al televisor el merecido reposo del guerrero.

Durante once años de mi vida adulta, esos en los que atravesaba Madrid cada mañana desde mi casa en Móstoles hasta mi trabajo en Tres Cantos para iniciar mi jornada laboral a las ocho de la mañana, tuve que renunciar entre semana a mis costumbres noctámbulas dado que el despertador sonaba antes de las seis de la mañana y la siesta era un oasis en el que tan sólo podía solazarme los sábados, fiestas de guardar y vacaciones, pero compensaba aquella alteración de mis rutinas lectoras con una de las experiencias más absorbentes que he experimentado en mi vida: dadme un libro a las seis y media de la mañana, metedme en un vagón de Cercanías y programarme un recorrido de hora y media. Me convertiréis en un hombre feliz. Y además no me oiréis hacer un triste ruido durante todo el trayecto.

He pasado los últimos dos años, a cuenta de la enfermedad padecida, durmiendo por las noches aún menos de lo que acostumbro, y no sólo la lectura me ha acompañado en las horas de insomnio más oscuras y solitarias, sino que también lo han hecho la escritura, las plataformas de streaming y los videojuegos. La siesta se ha terminado consolidando en mi día a día, ya no como un lujo, sino como un medicamento de rescate sin el que me resultaría difícil sobrevivir. Para dar descanso a mi mente, con cuyos desvaríos he tenido que combatir con toda la entereza que he sido capaz de reunir - a veces a todas luces insuficiente -, y a la zona afectada por el herpes, que me exigía adoptar irremediablemente la horizontal durante las sobremesas a fin de que todas mis terminaciones nerviosas pudieran estirarse y poder seguir rindiendo durante las tardes. Durante todo este tiempo he intentado en distintas fases eliminar de mi rutina ese reparador sueñecito tan español por si fuera el culpable de mis desvelos nocturnos. Puedo asegurar que en absoluto. Que los días sin siesta no dormía por la noche ni más ni menos que antes. Así que terminé claudicando y permitiendo a mi cerebro que se ralentizara cuando mejor le pareciera. Y en los dos últimos meses, en que los dolores comenzaron a reducirse, me adapté a una nueva dinámica. El sueño nocturno, a causa de algunas punzadas de dolor esporádicas que persisten y de las acuciantes ganas de orinar que con bastante frecuencia me provoca una medicación que me veo obligado a tomar para regular mis niveles de azúcar, seriamente alterados por la inactividad forzosa de estos meses, se ha convertido en un conjunto de microsiestas que suelo alargar hasta las nueve de la mañana aproximadamente. Y sin por ello permitirme perdonar la cabezada de después de comer, por supuesto.

Pero ahora que por fin he comenzado a trabajar de nuevo, ando amaestrando a mi cuerpo para que se adapte cuanto antes al brusco y forzoso amanecer del despertador y a la ausencia de siestas. Estos primeros días me está costando que los párpados se separen y que mi cerebro emplee menos tiempo en activarse, ya que las noches aún siguen siendo duras. También contener los bostezos tras las comidas. Intuyo que me resultará aún más complejo cuando se acabe este período de teleformación y deba cumplir mi jornada de manera presencial.

Pero la realidad es que, aunque a mi cuerpo y a mi mente no les esté resultando sencillo este nuevo cambio de ritmo, estos madrugones, después de la pesadilla que ha controlado mi vida durante casi dos años, no pesan nada. Sentirte útil, levantarte de la cama con un objetivo y poder respirar aliviado al comprobar que la merma en la cuenta bancaria es cada vez menos dolorosa lo compensa todo.

Así que, aunque todavía a trompicones, ya estoy de vuelta.




sábado, 16 de diciembre de 2023

Champú para calvos

Hace un par de tardes, al salir yo de la ducha con la cabeza más despejada después de varias horas de estudio frente al ordenador y paladeando ya la placentera sensación de haber finiquitado todas mis obligaciones y de tener las horas restantes del día a mi disposición para dedicarlas al ocio y la holganza, mi hijo Marcos, de quince años de edad, me espetó de repente, con una seriedad inusual en él, lo siguiente:

- Papá, hay una cosa que nunca te he preguntado...


Por el tono que empleó, por estar los dos solos en casa en aquel momento y por ese "nunca" que me sonó más a un "hasta ahora no me he atrevido" que a un "hasta ahora no había pensado en ello", me detuve en mi tránsito por el salón hacia la cocina un tanto sorprendido. No sé qué esperaba en realidad, pero todo me hizo pensar que había llegado el momento de nuevo de mantener con mi descendiente una de esas conversaciones trascendentales que un padre aguarda y teme al mismo tiempo. Desde hace año y medio aproximadamente nuestra relación, por aclarar, es bastante serena y fluida teniendo en cuenta la etapa en la que el churumbel se encuentra, esa incómoda adolescencia en que el diálogo con los progenitores se suele reducir a gruñidos ininteligibles y miradas despectivas, y me consta además que él anda desde hace un tiempo planteándose muchas cuestiones de importancia de cara a su futuro y sobre la manera en la que el mundo adulto funciona. Debe también tenerse en cuenta que, a diferencia de lo que observamos Nuria y yo en muchos adolescentes - sin ir más lejos en la experiencia que en su día vivimos con Sergio, el mayor -, este hijo nuestro, para nuestra grata sorpresa y mayor tranquilidad, toma buena nota de todo lo que sus padres le transmitimos en base a nuestras experiencias vitales. Así pues, con todo esto en mente, pensando que la charla iba a ser de las que dejarían huella en ambos, silencié el móvil, me senté frente a él, dispuesto a compartir mi limitada sabiduría, y le pregunté:

- ¿Qué quieres preguntarme, hijo?

Y aunque la duda que me planteó me hizo soltar una carcajada inmediata que no fui capaz de contener, debo hacer constar que él no pretendía reírse a mi costa ni hacer una broma fácil en relación a mi reconocida y reconocible alopecia. Le conozco bien y sé que realmente albergaba una curiosidad sincera por algo que es sumamente importante para él y que dejó de serlo para mí hace ya unos cuantos años: el cabello.

- Papá, ¿tú utilizas champú?


No importa si la cuestión planteada corresponde o no a los pensamientos que suponemos (o creemos suponer) que pululan por la mente de un quinceañero. Tampoco si el debate es sobre algo tan superficial como puede parecerme el tono y salud capilar de cualquier hijo de vecino, incluidos él y yo, sobre algo tan serio como se me antoja la elección de una profesión o sobre algo tan delicado como las relaciones de pareja. Para nosotros, como padres, supone un alivio inmenso saber que los canales de comunicación con nuestro hijo están abiertos y que él escucha lo que de nuestras bocas, ya sea para saciar su curiosidad como en este caso o para proporcionarle herramientas para enfrentarse al mañana, pueda salir. Supone también una gran responsabilidad que asumimos con naturalidad, pero también con orgullo. Porque es un chaval que escucha, reflexiona sobre lo comentado y extrae sus propias conclusiones. Sabemos que lo que le digamos tiene repercusiones en sus comportamientos y en su manera de pensar. Como digo, todo eso pesa, pero es una carga liviana que cualquier padre aspira a arrastrar durante toda su vida.

La verdad es que Marcos se está transformando en un tipo peculiar que no deja de asombrarnos y que aporta a nuestras vidas algunas especias que hacen que la carta sea más atractiva y sabrosa. Los arranques de mal humor inherentes a su edad se diluyen fácilmente si apelamos a su sentido del humor, agudo y solidario. Su recalcitrante vaguería en los estudios se compensa con creces con su generosidad doméstica cuando ve que nos encontramos desbordados. Su compromiso con sus amigos, especialmente con el equipo de baloncesto, conjuga a la perfección con el valor que concede al estamento familiar. 

Y de vez en cuando sus reflexiones más profundas sobre el mundo que le aguarda al otro lado de la puerta y al que ansía incorporarse cuanto antes se contraponen, como en este caso, con el niño que continúa - y no es encanta que sea así - siendo. 



jueves, 14 de diciembre de 2023

El mordisco del lobo - Final

Continua doliendo, pero cada vez las molestias son más livianas y el maldito tiene ahora la deferencia de visitarme con menor frecuencia. Incluso me siento medianamente capaz de predecir los momentos en que me honrará con su incómoda presencia: un cambio brusco en el clima, permanecer durante demasiado tiempo con el tronco flexionado, una excesiva acumulación de cansancio... todo ello, su paulatina y progresiva desaparición, me ha hecho volver a confiar en que el daño infringido a mis terminaciones nerviosas por el dichoso herpes zóster no será, como llevo temiendo desde hace ya demasiados meses, irreversible. Y considero que ha llegado el momento, para ver si de esa manera suelta definitivamente su presa, de ignorar al lobo. No puedo hacer como si no hubiera existido. Eso no. Y tampoco lo pretendo. Intuyo que me haría más mal que bien enterrarlo en lo más profundo de mi memoria que tenerlo siempre a mano, oculto tras unos cuantos velos de cotidianidad, por si en alguna circunstancia necesito recordar las causas que lo provocaron y los perjuicios que me ha ocasionado. Pero ahora seré yo quien elija cuando pensar en él y no a la inversa. No será este dolor ni su infausto recuerdo quienes me impongan su tiranía.

Ahora que ya no me encuentro tan limitado y que me empeño en hacer una vida lo más normal posible, pocas cosas me disgustarían más que escuchar a mis seres queridos quejarse de que durante estos meses he sido un paciente horrible. De esos a los que uno agarraría de los pelos y arrojaría por el balcón. Me avergonzaría descubrir que mi estado de ánimo ha condicionado el de aquellos que componen mi círculo más próximo y en quienes más me ha apoyado para superar este trance. Porque puedo asegurar que he tratado por todos los medios a mi alcance de evitar que eso sucediera. Cierto es que la evidencia física estaba ahí, que suponía una ardua tarea disimular mi incomodidad cuando me sentaba a ver la televisión con mi familia, cuando quedábamos para tomar unas cervezas con amigos o cuando acudí a aquellas pruebas de Aena que se prolongaron durante cerca de cuatro horas y en las que tuve que permanecer todo ese tiempo sentado, mirando con ansiedad la puerta de salida y tentado de abandonar la sala para estirarme y aliviar el dolor que me dominaba. Pido perdón por ello, por esas muecas de sufrimiento que en ocasiones me era imposible controlar. Pero he intentado ser tan estoico como la situación y mi forma de ser me han permitido. He tratado de incordiar lo menos posible, de que nadie tuviera que hacer por mí las cosas que, aunque fuese cegado de dolor por los mordiscos del lobo, me veía capaz de hacer. O que me negaba a aceptar que no estaba físicamente capacitado para hacer. Admito que lo del blog ha sido diferente. En este espacio virtual sí he lloriqueado sin ambages y me he convertido a ratos en un "pobrecitodemí" de estos que tanto detesto y a los que en su día dediqué algún post. Desde el principio me adjudiqué a mí mismo licencia para desahogarme a mis anchas en los espacios en blanco existentes entre estas líneas e hice uso de ella sin preocuparme de la imagen plañidera que pudiera dar a quienes me leen. Pero ya está. Aquí se terminan los lloros y las quejas. No le voy a dar más juego a esta triste circunstancia de la que parece que por fin estoy logrando escapar. 

No soy ya el mismo. No hablo de que mi cuerpo no responda con la misma eficiencia con que antes lo hacía o de que aún tenga que tomar un buen puñado de fármacos para sobrellevar la jornada y para paliar los efectos que en mi organismo produjo una inactividad tan prolongada. Triglicéridos, colesterol, transaminasas, azúcar, ferritina... todo se disparó de tal manera que a los dolores que sentía se unió también un miedo atroz a que mi cuerpo decidiese mandarme una advertencia más seria. Pero poco podía yo hacer, salvo seguir las indicaciones de los médicos y empastillarme hasta las cejas para mantener bajo control a todos esos microscópicos elementos que navegan por nuestra corriente sanguínea y que desde su pequeñez nos pueden matar. De lo que hablo en realidad es que mi percepción de todo lo que me rodea se ha transformado. No de una manera radical, sino más bien de un modo sutil y sereno. Me contemplo a mí mismo y me observo más en paz conmigo mismo, más consciente de todo lo bueno que aún me queda por disfrutar, más dispuesto a apurar hasta la última gota este elixir que es la vida.


Ahora toca regresar. Y, como me decía el otro día mi amiga Bea, mientras conversábamos sobre las ofertas de trabajo que estoy recibiendo, ese es el verdadero reto en este momento de mi vida. Afirmaba yo que las empresas que se interesan por mí no me ofrecen grandes cosas. Que ninguna me hará rico y que tampoco disfrutaré de una condiciones laborables generosas y amables. Que me tocará, allá donde recale, empezar de nuevo de cero, a buen seguro ostentando una categoría profesional inferior a esa otra que me ha definido durante más de dos décadas. Y ella, con la sabiduría que desprenden sus palabras cuando se anima a opinar sobre algo, me miró con cierto asombro y definió la realidad con una única frase.

- El reto ahora es volver.

No necesité que ahondara en el significado de su sentencia y creo que ella, por su parte, me considera lo suficientemente inteligente como para no ser precisas por su parte más aclaraciones. Me limité a asentir, dado que coincidía con su parecer, a sonreír y a reanudar la conversación que hasta entonces manteníamos.

Y en ello estoy. Siguiendo su consejo. Volviendo. Y he pensado que ningún retorno sería completo si no escribía en negro sobre blanco la palabra que, al menos por mi parte, cierra definitivamente este capítulo de mi historia.

FIN. 



domingo, 10 de diciembre de 2023

¡Cuánto valgo!

Desde hace unas semanas, como si de un mantra budista se tratara, lo canturreo mentalmente varias veces al día. Más por no olvidarlo en los momentos en que el desánimo aletea a mi alrededor que por forzarme a creerlo, ya que realmente pienso que es así, que no subyace soberbia ni presunción algunos en la certeza que albergo de que yo valgo mucho más de lo que el mercado laboral, al que intento regresar desde hace cuatro meses, parece querer hacerme creer. Si insisto en repetirme esa cantinela es porque la opción contraria, la de que soy yo el equivocado al valorar mis capacidades, la de que me pueda estar cegando el orgullo, me aterra.
 

Recuerdo, cuando me debatía dubitativo hace casi tres años entre acogerme o no al ERE presentado por mi empresa de toda la vida, cómo mi compañera Vero, a la que ya dediqué en su día una entrada en este blog alabando su determinación de conseguir un empleo público, me animaba a lanzarme a la aventura alegando que la experiencia y los conocimientos adquiridos durante los veinte años que habíamos dedicado a la Compañía eran garantía suficiente para conseguir un trabajo mejor. O en su defecto, que siempre podríamos regresar al Tercer Mundo laboral que pretendíamos abandonar. A mí ese argumento no me terminaba de convencer. Podía ser válido para ella, que siempre ha sido más inteligente, viva y despierta que yo, pero en mi interior bullían serias dudas de que pudiera serlo también para mí. No fue aquello lo que me convenció de dar el paso, sino la acumulación de razones que, pensándolo fríamente, no debía ignorar y que, puestas unas junto a las otras, anunciaban que si no aprovechaba aquella oportunidad podía encontrarme, como así les ocurrió a muchos compañeros que optaron por quedarse, en una situación muy delicada. Así que me apunté al ERE y abandoné la empresa con cierto pesar y agradeciendo sinceramente todo lo que por mí habían hecho durante tantos años. Recupero aquel argumento que en su momento esgrimió Vero porque a la larga me he dado cuenta de que yo tenía razón.

Tardé alrededor de siete meses en encontrar un empleo que se ajustase a mis necesidades y exigencias. Reconozco que, resguardado bajo la seguridad que me proporcionó un finiquito y una indemnización generosas, amén de la protección suplementaria que me otorgaba el ser beneficiario de la prestación por desempleo, me permití entonces ser tan selectivo como deseé. Luego vino lo que vino. Un trabajo que me llevó al límite, el despido posterior sin haber llegado a cumplir un año en la empresa y la enfermedad que me sobrevino cuando iba a comenzar a moverme otra vez en busca de un nuevo empleo. Y hasta hace cuatro meses, cuando empecé a sentirme lo suficientemente recuperado para reanudar esa búsqueda que me vi forzado a cancelar en su momento.



No está resultando nada fácil. Y eso que he ido rebajando mis expectativas a medida que la fecha de dejar de percibir la prestación se iba acercando. Me habría gustado probar suerte en otro sector más afín a mis gustos e intereses, pero de los puestos para los que me postulé - y fueron unos cuantos - nadie, ni una triste alma, se puso nunca en contacto conmigo. Bien por correo, bien en el estado de mis candidaturas en Infojobs y Linkedin, el veredicto me decepcionaba constantemente: descartado. La falta de experiencia en labores a desempeñar, la edad de la que ya presumo, el no disponer de alguna titulación que reforzase mi candidatura. ¿Quién sabe? No encontré ahí oportunidades. Me resigné a regresar al mundo del telemarketing donde tengo un importante bagaje como Coordinador, pero las ofertas para ese puesto son escasas, dado que suelen cubrirse dichas vacantes con promociones internas. Aún así conseguí concertar un puñado de entrevistas esperanzadoras. Asistí a las mismas con la ilusión de alguien que busca su primer empleo y con la seguridad de que mis credenciales eran inmejorables. No sé que pudo fallar, pero la respuesta fue la misma en todas ellas: "sea para decirte que sí o para todo lo contrario, te llamaremos en breve". Ninguno cumplió. Silencio administrativo. Bajé de nuevo el listón. A estas alturas no me importa empezar una vez más de cero. Las ofertas existentes para teleoperadores y gestores telefónicos son descorazonadoras: salarios bajísimos, horarios extenuantes que se dan de cabezazos con la conciliación familiar, funciones mayoritariamente de recobros, retención de clientes o venta y para colmo, casi todas se encuentran en la otra punta de Madrid. Aún así me inscribo en todas aquellas que cumplen unos mínimos. Cerca de cien ofertas en un mes. Tan sólo he superado el primer filtro, ese que los Departamentos de Selección realizan en base a tu currículum, sin llegar siquiera a conocerte, en cinco casos. Me resulta sorprendente que mi experiencia tenga tan poco valor. Solamente uno de ellos parece que saldrá finalmente adelante y, salvo que se produzca algún imprevisto o cambio de planes de última hora, en menos de una semana iniciaré una formación que aún no tengo muy claro - y no porque no lo haya yo preguntado, sino porque han sido un tanto ambiguos al respecto - si es selectiva y remunerada o no. Un contrato de tres meses con posibilidades de... Veinte años en el sector y varios meses en búsqueda activa de empleo para llegar a lo que posiblemente le ofrecen también a los estudiantes que buscan un dinerillo para sus gastos atendiendo telefónicamente a asegurados que comunican siniestros en sus hogares. Pero doy gracias. Es una oportunidad.

Me decía no hace mucho uno de mis hermanos, alguien con menos estudios que yo, pero hecho a sí mismo y de quien pronto hablaré en el blog, que le extrañaba, con lo capacitado que él me ve, con todo lo que leo, con tantas cosas como sé, lo mucho que me está costando encontrar un empleo en Madrid. Y yo intentaba justificarme con distintas razones y explicaciones, como si no estuviera haciendo lo suficiente para acertar en la diana. Pero no es así. Le dedico varias horas al día, me pateo virtualmente plataformas especializadas y páginas web corporativas, escribo a antiguos contactos en el sector, estoy en contacto con la Oficina de Empleo de la Comunidad, realizo cursos...

Sigo en mis trece. No me queda otra que dejarme acunar por mi mantra y tener paciencia. Yo valgo mucho y tarde o temprano, quien me de una oportunidad, se percatará de ello. 

Es tan sólo una cuestión de tiempo.





lunes, 4 de diciembre de 2023

Orden y caos

Se me ha reprochado en algunas ocasiones, especialmente en el entorno familiar, el ser demasiado organizado en lo que a mi agenda se refiere, el dejarme dirigir por una necesidad compulsiva de planificar al minuto todas y cada una de las actividades y tareas que debo afrontar a lo largo del día. De enojarme ante la improvisación. De alterarme cuando no se cumple lo que inicialmente tenía previsto. Ignoro si realmente esta manía ha terminado derivando en obsesión, y tampoco me importa en exceso, pero admito que me gusta establecer un cierto orden de prioridades a la hora de enfrentarme a la jornada, a fin sobre todo de que mi rendimiento resulte más productivo. Al despertarme por las mañanas, dedico siempre alrededor de cinco minutos a situarme y me recuerdo para mis adentros la fecha en la que nos encontramos. Aún en la cama repaso en primer lugar las tareas domésticas que me conciernen o de las que soy responsable y el orden en que las voy a llevar a cabo, teniendo también en cuenta las circunstancias de quienes me rodean. Es decir, si Nuria trabaja o no ese día, si Sergio comerá en casa después de clase o lo hará por ahí con su novia o sus amigos, si los chicos tienen entrenamiento o partido y si hay que llevarles o traerles en coche... Son circunstancias que influyen notablemente en mi planificación. Una vez situado, analizo también a vista de pájaro lo que nos espera los próximos días por si fuera necesario anticiparse a alguna de las necesidades que puedan derivarse de esos planes futuros y, cuando tengo toda esa información bien ordenada en mi cabeza, me levanto decidido a utilizar con criterio el tiempo y las herramientas de las que dispongo para llegar de manera efectiva a todo.

Puede ser, por ejemplo, que convenga poner una lavadora, pero tal vez haya aún espacio en el tambor para meter la ropa sucia que a buen seguro traerá hoy Marcos, dado que me consta que hoy tenía Educación Física, por lo que dejo preparada la lavadora a la espera de su regreso y así completar la carga antes de ponerla en marcha. Pongo agua a hervir mientras desayuno y la pasta a cocer mientras me afeito y me doy una ducha. Observo por el camino que el baño de los chicos necesita urgentemente un lavado de cara, así que improviso y procedo a limpiarlo, aprovechando que dispongo de toda la casa para mí y que nadie va a pisar lo que yo me esmero en mantener aseado, mientras se enfrían los macarrones que acabo de cocer y pongo algo de carne picada en la sartén a fuego lento. Una vez limpio y reluciente el aseo, mezclo los macarrones y la carne, los riego con salsa de tomate, orégano y un puñado de queso rallado y los dejo ya listos en el horno para terminar de cocinarlos un rato antes de comer. Aparece en ese momento Sergio, que ha podido salir hoy antes de clase, pero viene sudoroso y cansado, así que aprovecho para poner la lavadora que tenía pendiente mientras él se da una ducha. Al mismo tiempo que el electrodoméstico cumple su función, me bajo al Mercadona con la lista de la compra que preparé la noche anterior y que redacté teniendo en cuenta la distribución de los productos por pasillo para que también el tiempo empleado en el supermercado sea el mínimo necesario. Quitando el imprevisto del baño y la inesperada aparición de Sergio en casa, todo va según lo programado, dado que una vez que tengo colocados en sus respectivos estantes los alimentos que he adquirido, la lavadora avisa de que acaba de terminar el programa. Antes de tender, enciendo el portátil, la máquina antediluviana que tan buen servicio lleva años dándome pero cuyo sistema de encendido y arranque es lento como una tortuga con artritis. Cuando ya está colgada toda la ropa del tenderete, el ordenador está preparado para operar. Once y media de la mañana, fantástico. Todo según la agenda prevista. Tengo al menos un par de horas para dedicarme a escribir, a navegar por Internet, ver una serie mientras entubo algo de tabaco, labor que también me he atribuido en exclusiva, o incluso leer un buen libro. Y la tarde libre para disfrutar con Nuria charlando, viendo una serie o simplemente cando un paseo, en función de nuestras ganas y del clima que nos acompañe.

Este sería un día típico en mi vida actual. Planificado, sí, pero en el que a veces se presentan situaciones inesperadas sobre la marcha que deben ser también abordadas con prontitud y eficiencia. Me considero, sin embargo, una persona ágil a la hora de reaccionar frente a este tipo de alteraciones en el orden establecido de las cosas.


Ahora bien, vivo rodeado de personas que carecen de mi sentido del orden. Tanto Nuria como los chicos son más de ir afrontando lo que la vida les va poniendo por delante en el momento que sucede, sin excesiva planificación por su parte. En general los días libres son más de levantarse, desayunar tranquilamente, trastear un rato largo con el móvil, ducharse y ya en ese momento plantearse qué tienen que hacer esa mañana. Los chicos van a su bola. Generalmente me preguntan si pueden ayudarme en algo a la una de la tarde. Ya ves tú.

Ni el hecho de que yo sea tan disciplinado ni el que ellos sean más desordenados es motivo de discusión por lo general. Tampoco debería ser motivo de reproche ni por parte mía ni por la de ellos, aunque, como he dicho al principio, en alguna ocasión han pretendido hacerme entender que mi manera de proceder es un defecto. En realidad yo lo considero una virtud, pero tampoco vamos a enfangarnos en un debate al respecto. En cualquier caso creo que cada uno tenemos nuestro personal modo de funcionamiento y nos compensamos los unos a los otros en el día a día.

Ahora bien, el problema viene cuando su caos afecta a mi armonía. Ahí sí, reconozco que se me llevan los demonios. Ejemplos tengo cientos. Y a diario. Pero por mencionar algunas situaciones, recuerdo una mañana de sábado en que a la una de la tarde, con la casa ya organizada y la comida, que se basaba fundamentalmente en retales, lista para ser servida cuando llegara el momento, me llamó Nuria por teléfono para anunciarme que había decidido que alguien a quien estaba visitando (no recuerdo si era mi suegra o mi cuñada y mi sobrino) vinieran a comer a casa. Fantástico. Una visita y yo, atropellado. Sin comida suficiente para todos y siendo la poca disponible unos restos de aquí y otros de allá. Claro, es genial que improvises, como el que se tiene ahora que buscar la vida soy yo... O una tarde, justo cuando estamos preparados para pasar una tarde de cine, manta y palomitas frente al televisor, y aparece nuestro hijo mayor con su grupo de amigos, a los que ha invitado a ver una película porque, "¿sabes, papá?, hace un frío en la calle y es que ya hemos comprado el avituallamiento".

También sucede, habitualmente en verano, que mi cocina se convierte en un restaurante con tres turnos de comida. Presumiblemente cenaremos los cuatro juntos y para hoy he previsto, por ejemplo, hamburguesas, así que tengo todos los ingredientes más o menos listos para ponerme a la faena media hora antes, ya que si saco el pan de su bolsa a destiempo se va a poner duro con el calor que hace o si cocino ya la carne y el bacon no van a tener la misma consistencia ni sabor que si lo paso por la sartén minutos antes de cenar. Pues el pequeño te escribe a las ocho y media para decirte que le prepare la hamburguesa para cenar pronto porque se va a ir con los amigos a dar una vuelta por el parque, el mayor sobre las diez y media para decirte que cenará ya cuando vuelva, pasada la medianoche, y Nuria, mientras tanto, se engancha al teléfono durante dos horas con la amiga de turno y tú no sabes muy bien a qué hora encender la vitrocerámica. Tú, que lo tenías todo bien cuadrado para amortizar bien el tiempo y poder compartir los cuatro un rato juntos te ves obligado a servir tres cenas a las horas que el caos de los demás marca.

Ser capaz de improvisar, lo admito, es una cualidad fantástica. Incluso podría llegar a reconocer que envidio a quienes la emplean con tanta alegría, pero obligar a los demás a que se tengan que adaptar a tu errático ritmo de vida es, y perdón por la expresión, una auténtica putada. Improvisa, pero no me obligues también a que yo lo haga.

Digo yo.




  

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