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sábado, 11 de mayo de 2024

Sobre algunos de mis monstruos

Muchas de las ideas a partir de las que surgen las entradas que a través de este blog comparto nacen cuando conduzco, actividad que me resulta extraordinariamente anodina e insulsa, pero que, por alguna recóndita razón, me ayuda a situarme en una suerte de trance consciente en el que mi pobre imaginación y mi exigua creatividad se acentúan levemente. Tampoco es que se produzca en mi cabeza una suerte de combustión intelectual deslumbrante, pero oye, alguna bombilla que antes sólo titilaba, se ilumina por completo. También esos minutos que discurren entre el despertar y el acto de levantarse de la cama por las mañanas son terreno fértil para que mi subconsciente proyecte alguna imagen, frase o elucubración a las que, durante el desayuno, mi cabeza intentará dar forma literaria. Pero es generalmente al volante de mi Sportage donde parece que mi yo escritor adquiere una presencia más tangible y donde comienza el proceso que desemboca en entradas como esta. Y fue precisamente en tal coyuntura, circulando a cien kilómetros por hora por la carretera de Extremadura, a la altura de los campos de fútbol Iker Casillas de Móstoles, cuando repentinamente se apareció en mi memoria el recuerdo nítido del primero de los monstruos reales a los que he tenido la desgracia (o la fortuna, según se mire, dado que todo es aprendizaje) de tener que enfrentarme en mi devenir por esta vida.


Aunque desconozco si aún seguirá viva, ya que cuando la conocí yo era tan sólo un universitario en prácticas y ella la directora del gabinete de prensa en el que las ejercí, y arrastraba ya a sus espaldas algunas décadas dedicada al mundo de la prensa del motor, me reservaré su nombre y me referiré a ella empleando las iniciales del mismo: PG. No estoy del todo seguro, veintiocho años después, si padecía un ligero estrabismo o si, por el contrario, era el efecto que en los demás provocaba su ceja siempre alzada, modo Carlo Ancelotti, que constituía el rasgo facial más llamativo de su rostro. No era demasiado alta, pero solía calzar zapatos de tacón alto y vestidos de alta costura que portaba, a falta de elegancia y estilo, con arrogancia e indiferente soltura. Era una déspota con un carácter belicoso y autoritario que tenía a todo el departamento en vilo cuando zascandileaba por la oficina. No eran muchos los días que nos castigaba con su presencia, ya que solía ser invitada frecuentemente a simposios, congresos y eventos, pero a nosotros siempre nos parecían eternos los días que desfilaba con sus andares decididos por los pasillos de aquellos despachos de la Castellana repartiendo latigazos verbales. Y si te llamaba a su cubil, fueses el becario - como lo era yo - o fueses el responsable de las relaciones con los más afamados periodistas del sector, como lo era un tal Luis que ejercía, a ojos de los más jóvenes, de marido maltratado de la arpía aquella, un sudor frío comenzaba a deslizarse por tu espalda y sentías cómo te ibas haciendo más y más pequeño a medida que te ibas aproximando a su guarida. Reconozco que, en lo económico, fui tremendamente afortunado, ya que no sólo eran unas prácticas remuneradas, sino que además la cantidad que percibía era muy superior a la que algunos compañeros recibían en sus respectivos destinos. También admito que las funciones que yo desempeñaba por aquel entonces en el gabinete eran fundamentalmente de archivo y documentación, bastante alejadas de su interés y de su radio de acción, por lo que durante aquellos primeros meses, si lo pasé mal, no fue tanto por cómo me trataba a mí, sino por la crueldad con la que trataba al resto del equipo, hasta el punto de que todos los días alguien se iba llorando a su casa al terminar la jornada. Sucedió que unos meses después de finalizar las prácticas, aquella empresa se puso en contacto conmigo directamente y me ofreció sustituir a la secretaria de PG. durante unos meses, dado que Rosa, la que ostentaba aquel cargo, iba a ser madre. Me debatí indeciso durante unas horas entre ser la víctima principal de aquella arpía durante medio año, el extraordinario salario que se me abonaría y la magnífica oportunidad que me ofrecía aquella primera propuesta laboral tras mi graduación. Era joven y acepté con algunas reticencias que me guardé para mí mismo por miedo a mostrar debilidad alguna ya en el primer envite. Sabía que iba a ser una etapa complicada, pero me quedé corto. Fue un tormento que casi termina con mi autoestima nada más iniciar mi andadura profesional. Tampoco es que yo fuera entonces un tipo con un elevado concepto de sí mismo, pero salí de aquella experiencia laboral sintiéndome el más inútil gusano que pululaba por Infojobs a la búsqueda de un trabajo estable en el mundo del periodismo. Si hasta tuve que viajar con ella a lugares idílicos como un castillo en Cork (Irlanda) y una mansión a orillas del Rhin a su paso por Alemania para la presentación a la prensa nacional de un par de productos de la compañía. Un estreno terrorífico. Mi primer monstruo laboral y seguramente el que mi memoria conserva como el más aterrador de todos ellos.

La avalancha de licenciados que en aquellos tiempos saturábamos el mercado laboral provocó que muy pocos pudiéramos terminar ejerciendo de aquello para lo que habíamos estudiado y muchos fuimos a parar al depauperado sector del telemarketing, territorio hasta entonces ocupado mayoritariamente por amas de casa de mediana edad que trabajaban a media jornada y cuyos salarios complementaban a los de sus maridos, por lo general mejor situados y mejor pagados en aquella época en que la mujer era todavía una figura más vinculada, salvo casos como el de PG., a la crianza de la prole familiar y al ámbito de las tareas domésticas. A todos aquellos universitarios que aterrizamos en aquellas plataformas telefónicas que tanto se alejaban, en lo profesional y lo salarial, de nuestras expectativas, las empresas nos recibieron con los brazos abiertos. Carne joven, JASP y dispuestos a trabajar jornadas completas, fines de semana y fiestas de guardar. Una ganga. Tuve, antes de recalar en aquel escenario donde transcurrirían mis siguientes veinte años, una breve experiencia en el sector hostelero, como coordinador en una tienda de Telepizza. Y también allí me topé con algunos monstruos, pero estos se encontraban generalmente al otro lado de la barra y por lo tanto, salvo algún que otro susto que recibí de manera muy puntual, no merecen ser incluidos en mi pequeña antología de criaturas malvadas y ruines 

Veinte años en una empresa donde la rotación de personal es elevada y las condiciones laborales son precarias dan para tener que enfrentarte a toda clase de criaturas horribles y amenazantes, aparte por supuesto de los energúmenos que, desde el otro lado del teléfono, te increpan e insultan y a los que, más pronto que tarde, uno termina acostumbrándose irremediablemente. Pero también me topé con monstruos a este lado de la línea a los que en más de una ocasión, de no ser yo, según dicen, tan educado, respetuoso y diplomático, a buen seguro habría mandado a Siberia de una buena patada en las posaderas y un Sayonara, baby al más puro estilo Terminator.



El primero no lo era, pero supongo que la experiencia con P.G. y mi obvia bisoñez hicieron que desde el primer día etiquetara a JR., la cabeza visible del cliente para el que trabajábamos, como un nuevo monstruo y que todo mi cuerpo se pusiera en tensión cuando se acercaba a mi mesa, aunque fuera tan sólo para darme los buenos días o felicitarme por mi labor. Supongo que a JR. - continuemos con las abreviaturas - debió sorprenderle e incomodarle que, el día que regresé a la oficina tras haber sido padre por primera vez y él se acercó a mi puesto para interesarse por cómo habían ido las cosas, yo me pusiera a sudar tan profusamente que la camisa azul claro que llevaba puesta viró en un par de minutos en un tono tan oscuro que cuando él, muy discreto y prudente, optó por retirarse a su despacho sin hacer referencia alguna a los goterones de sudor que caían por mi ya despoblada frente y a la transformación del color de mi camisa, tuve que salir corriendo al aseo y permanecer allí encerrado cerca de una hora intentando por todos los medios que la prenda volviera a su estado original. JR. no era ni mucho menos un monstruo, como fui entendiendo con el paso del tiempo, pero yo no podía verlo en aquel entonces de otro modo. 

Después de JR. aterrizó en mi departamento, para reorganizarlo y dirigirlo desde una perspectiva diferente, una pareja inusual que me hizo pasar unos años duros. No me generaban tanto terror como en su día lo hizo PG. pero me llevaron al límite en tantas ocasiones que no soy capaz de relatar una anécdota concreta sin que se interpongan y superpongan en la narración detalles de otras situaciones de similar pelaje. Lo cierto es que, cada uno a su manera, eran personajes caricaturescos, de esos que habrían podido aparecer sin desentonar en aquella serie de Tele Cinco que tanta fama alcanzó en aquellos años: Camera Café. La jefa era GS. y en lo físico se asemejaba peligrosamente a mi primer gran monstruo: mujer madura, conocedora del poder que sobre ella recaía y tan encantada de que fuera así que lo esgrimía en ocasiones sin venir a cuento y de manera desproporcionada. Se ceñía tanto a lo que de ella se esperaba y era tan condenadamente corporativa que a veces el respeto que su posición me provocaba tornaba en chanza cuando abandonaba la sala en la que nos habíamos reunido. Le daban igual los métodos, tan sólo le importaban los resultados. Y si estos no se alcanzaban, nunca alzaba la voz ni parecía asomarse al borde de un ataque de locura asesina como ocurría con PG., aquella arpía que me desvirgó laboralmente en lo que a jefes se refiere. No, a GS., cuando las cosas no funcionaban como ella había previsto, la musicalidad de su acento argentino se le iba diluyendo y viraba hacia el tono seco y tajante de la lengua germánica, que manejaba con maestría, y la mirada limpia y clara que solía dirigirte al saludar se transformaba en una oscuridad apabullante que te hacía sentir un ser tan, tan inferior y tan poco digno de cualquier aprecio que debías sentirte agradecido porque se te permitiera respirar el mismo aire que ella consumía. La secundaba en todas sus acciones su secuaz - valga la redundancia - IG. Tan cómica era su apariencia física que, de haberse rodado en aquella época la mítica Campeones, habría protagonizado el papel principal del equipo entrenado por Javier Gutiérrez. Calvo, con unas gafas similares a las de Rompetechos y una minusvalía visual del 80%. Pesado y cansino en el diálogo, saltaba del colegueo fuera de la oficina al totalitarismo laboral con la agilidad de un saltamontes. Al finalizar la jornada yo intentaba salir antes que él, dado que ambos tomábamos el mismo tren y adquirió la costumbre de acoplarse a mí en el viaje de vuelta siempre que le era posible. A pesar de su ceguera, no sé cómo lo hacía, lograba yo pocas veces escaparme de su vigilancia a la hora de abandonar la empresa y me veía obligado a aguantar sus soliloquios durante la hora y cuarto que tardábamos en llegar a Móstoles. Resultaba incómodo escuchar en el tren sus propuestas para quedar un fin de semana por ahí los dos para cenar y tomar unas copas como si fuéramos amigos de toda la vida cuando tan sólo unos minutos antes te había estado amenazando en la oficina con rescindir el contrato que como clientes tenían con mi empresa o con prescindir de la mitad de mi equipo si yo no lograba que se alcanzaran los resultados. Eran, por decirlo de algún modo, monstruos amables, de esos que asustan poco y molestan mucho. O quizá es que yo ya no era el mismo que vivió aterrorizado en el gabinete de prensa que PG. dirigía o el que rompió a sudar frente a JR. cuando se interesó por mi situación familiar y yo entreví en él al payaso Pennywise.

Tal vez me creí entonces que ya ningún jefe o cliente me podría aterrorizar. Craso error. Y es que el miedo tiene muchas caras, ya que cuando logré salir de aquella empresa, a la que, no obstante, debo casi todo lo que profesionalmente soy y de la que me marché con más tristeza que alborozo, recalé en una aún mayor, en un sector diferente, con una posición y un salario que nunca había disfrutado y me topé con el último (hasta la fecha) de mis monstruos. En cierto sentido, el peor de todos. Porque los anteriores siempre fueron de frente, les veías venir. Pero este último me engañó desde el primer minuto bajo su apariencia servicial, colaboracionista y confiado en tus posibilidades. A su lado comprendí que hay personas que ocupan cargos elevados tan sólo por su capacidad para exprimir hasta la última gota a los que les rodean sin despeinarse y hacerte sentir culpable al mismo tiempo por no cumplir nunca sus expectativas. Hagas lo que hagas. Eches las horas que eches.


Y sin embargo, tengo la sensación de que GQ., mi último monstruo, y yo habríamos congeniado a las mil maravillas fuera del entorno laboral si nos hubiéramos topado en algún momento de nuestras vidas en territorio menos hostil. Pero me generan una gran desconfianza, y más aún después de haber compartido ocho meses de mi vida laboral con él, las personas que necesitan utilizar un disfraz en el despacho para generar confianza, respeto e incluso en ocasiones miedo entre sus subalternos. Tal era el caso de este responsable entre cuyas garras fui a caer y que nunca me dio pistas, a pesar del buenrollismo con el que maquilló sus palabras de bienvenida, sobre el funcionamiento del departamento, sobre las funciones que desempeñaría o sobre la posición que debía adoptar en las numerosas reuniones semanales que mantendría con los clientes a los que brindábamos nuestros servicios. Dejé por ello en evidencia a la compañía y quedé yo peligrosamente expuesto desde el primer día al no haber sido informado de que nunca debíamos presentar en aquellas reuniones interminables los datos reales de productividad y rendimiento de nuestro equipo, sino aquellos que el cliente quería escuchar. Intentar adaptarme por mí mismo a aquel pandemonio, algo que nunca conseguí del todo, me costó cientos de horas que regalé a la empresa y buena parte de mi salud, recibiendo siempre como reconocimiento a mi esfuerzo una nueva exigencia o un sibilino rapapolvo. Era GQ. un maestro en el uso de las artimañas más viles para sacar el máximo partido a su plantilla y no parecía sufrir en exceso al hacer sentir a quienes trabajábamos para él que no estábamos a la altura del salario que la empresa nos pagaba. 

Hoy, ya dos años después de aquella pesadilla, no hay monstruos a mi alrededor en esta nueva empresa. O al menos no han dado aún la cara. He conseguido camuflarme entre el pelotón de trabajadores del escalafón más bajo del organigrama corporativo, donde las responsabilidades que asumo son mucho más limitadas que en mis anteriores posiciones y donde me limito a fichar, a realizar mi labor de la manera más eficaz y eficiente posible y a volver a mi casa sin presión, miedos o trabajos pendientes. Alejado de los monstruos. Y ahí pretendo quedarme, cómodo y tranquilo, mientras pueda. Porque lo peor del ser humano aparece sin duda en otro tipo de escenarios, muy alejados de estos en los que han discurrido hasta la fecha mis andanzas laborales, pero cierto es también que fluye mucha maldad y bajeza en los pasillos de cualquier oficina moderna. También entre esas paredes habitan los monstruos. Tened cuidado con ellos.

sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


jueves, 2 de marzo de 2023

Jefes que nunca te abandonan

Lealtad y compromiso hacia quienes pagaban mi nómina han sido siempre dos de las principales virtudes de las que he intentado hacer gala a lo largo de mi vida laboral. Pero eso no quita para que ahora, sin más pagador que el SEPE, con una perspectiva más global de la vida y un futuro algo incierto, dedique unas líneas sinceras a quienes en su día fueron mis jefes. Los de verdad, no los que lo fueron de manera circunstancial o poco relevante, que de algunos de ellos ni me acuerdo, sino de los que dejaron en mí alguna clase de marca. De los que no me abandonarán nunca.

Con la primera me topé en el Gabinete de Prensa de Opel España, donde al principio colaboré como becario y luego como secretario ejecutivo. Su nombre era Pilar Guridi y era de sobra conocida por los periodistas españoles de las revistas del motor. Por lo que Google me cuenta, ya que no quise nunca hasta ahora seguirle la pista, se jubiló ya hace nueve años, lo que me confirma que debía rondar el medio siglo cuando este novato de veintipocos estuvo a su cargo. También significa que ya nadie más la tendrá que soportar en una oficina, a Dios gracias. Entiendo que todavía en los noventa una mujer ejecutiva debía ser a veces muy zorra para poder convivir con tanto machito, pero esta se llevaba la palma. No tenía una palabra amable para nadie más que para ella misma. Y latigazos recibíamos todos los días. Y aún así, ya ves, treinta años como Directora de Comunicaciones de General Motors en España. Estuve a sus órdenes (a aquello no podía llamársele colaborar) en dos etapas: un verano en tareas de archivo y más tarde cubriendo la baja maternal de su mano derecha. De esta última etapa datan los dos únicos viajes de negocios que he hecho a lo largo de mi vida laboral: a Cork, en Irlanda, y a Frankfurt, en Alemania. También de aquella etapa, de la que salí anímicamente bastante trastornado, conservo seguramente algún trauma. Creo que nadie me ha tratado con tanto desprecio como ella lo hizo en aquel momento.


Hay quien afirma que es conveniente sufrir una experiencia como esa para valorar las siguientes con mayor perspectiva. No sé si será cierto o no, pero la realidad es que, después de Pilar y tras mi etapa en Telepizza, llegó alguien que también dejó huella en mí. Podría decirse incluso que, laboralmente hablando, me moldeó.

Se llama Isabel López Saldaña y era Coordinadora en Sitel. Fue de hecho la que me dio la bienvenida a la compañía en el edificio de Siemens en Tres Cantos, cliente para el que trabajábamos. A pesar de ser más joven que yo y de percatarme pronto que eran más las cosas que nos separaban que las que nos unían, siempre me pareció una jefa extraordinaria. Durante los más de diez años que trabajamos juntos construimos una relación profesional bastante productiva. Me exigía, pero también me hacìa sentirme valorado y solía tener en cuenta mi opinión. Siempre hubo respeto mutuo, y si alguna vez nos lo faltamos, lo corregíamos a base de empatía y de tener claros los objetivos que compartíamos. Creo que ella siempre fue más comprensiva con mis quejas que yo con algunas de sus indicaciones. Ambos teníamos además en común que éramos padres de niños pequeños y un largo recorrido en tren de vuelta a casa al terminar la jornada, así que hablamos mucho sobre cómo les educábamos en nuestros respectivos hogares.

Ella aún sigue allí, en la que fue mi casa durante veinte años, y quiero pensar que, más allá de su escalada en el organigrama de la empresa, es feliz y que la cuidan como se merece.


Cuando mi época con Isa terminó, y tras un par de experiencias irrelevantes en cuanto a lo que jefaturas se refiere, fui a caer, siempre dentro de Sitel, en los brazos de Gema Fernández. Llegaba yo a su servicio, el de Carrefour, un tanto reticente. Primero porque dejaba atrás una experiencia, la de La Nevera Roja, que profesionalmente me había hecho sentirme muy orgulloso de mí mismo y del equipo que dirigía. Supuso un varapalo que aquello se acabase, aunque nada tuvo que ver en ello nuestro rendimiento. En segundo lugar, las referencias que yo tenía de aquella campaña eran confusas y algunas, como pude comprobar, con muy mala baba. 

Gema tardó un tiempo en ganarme para la causa. No porque ella hiciese las cosas mal, sino porque yo mantuve más de lo debido una actitud muy prudente y conservadora. Y que no venía por dónde me venían porque ella era dd la escuela de la pista americana. Pero es que al final era imposible resistirse al peculiar carácter de mi nueva jefa. Si Isa me había dado un curso básico de gestión de equipos, con Gema hice un máster. Si la primera me moldeó, la segunda me perfeccionó. Cada sentencia suya merecería un marco en la pared o ser grabada en una taza. Conseguía elevar a la enésima potencia cualquier sentimiento que pretendiese provocarte. Si quería motivarte, dejabas su mesa sintiendo que el mundo se te quedaba pequeño. Si se proponía asustarte, te ibas pensando que acababas de tener una conversación con la niña de El exorcista. Si su propósito era alabar tu trabajo, sentías que te habían dado el Nobel. Todo era híper con ella, para lo bueno y para lo malo.

Aprovechó el mismo ERE que yo para dedicarse en cuerpo y alma a una labor en la que no tenía ninguna experiencia, pero en la que seguro está superando también los objetivos marcados: ser madre. Mala suerte para aquellos que se han quedado sin trabajar con ella. Toda una experiencia. De las positivas.



Tras unos meses en el paro, llegó la que a priori iba a ser mi gran oportunidad. La que me sacaría de la medianía en la que siempre me había movido y que, sin embargo, me tiene ahora en el pobre estado de salud en el que me encuentro. Y era en este caso un hombre quien iba a ser mi superior directo, alguien cuyo nombre prefiero obviar por si, nunca se sabe, pudiese tener repercusiones legales no habiendo pasado todavía un año de mi despidoy también porque excluyo a esta persona de cualquier responsabilidad sobre mi presente situación. Llamémosle simplemente G.

Todos los jefes mandan. A algunos les sale con tanta autoridad y naturalidad que su palabra es ley. Algunos, los buenos, a pesar de esta habilidad, escuchan con atención lo que sus subordinados tienen que decir.  En G todas estas cualidades estaban muy a la vista. El trabajo de jefe le iba como anillo al dedo. Y sin embargo... 



La experiencia fue muy corta, yo boqueaba ahogado bajo montañas de trabajo y me consta que él no vivía mejor que yo. Creo que intentó ayudarme y acompañarme como buenamente pudo, que para mi sufrimiento y su pesar, como se pudo ver más adelante, no fue suficiente. Y sin embargo...

Creo que valoró mi esfuerzo y mi dedicación. Que intentaba a su manera enfrentarme a mis propias carencias con el deseo de que yo las superase y me convirtiese en un miembro válido de su equipo. Y sin embargo....

No sé, supongo que quien haya trabajado durante más tiempo con él quizá sea capaz de completar esos puntos suspensivos que yo no acierto a cerrar, pero sé que su marca, o mejor dicho, la de la experiencia que allí viví, nunca se borrará del todo.

Hoy me ha dado por aquí, por echar un vistazo al pasado y, con la perspectiva que me han dado los años, acordarme de ellos, de los que un día fueron mis jefes. Pero escribiendo estas líneas y asociados a los susodichos me han venido a la cabeza un puñado de nombres de compañeros que, sin querer menospreciar al resto, fueron tan importantes, incluso diría que más aún, que aquellos que nos dirigían a todos nosotros.

Pero sobre algunos de ellos, tranquilamente, hablaré otro día.

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