domingo, 30 de octubre de 2022

De noctámbulos y ronquidos estacionales


Ayer me he eché una siesta de las que crean afición. De esas que, cuando abres un ojo, lo cierras de nuevo y te dejas llevar otra media hora larga. De las que, cuando por fin te levantas, no sabes si es por la mañana y tienes que ir a trabajar o si es de noche y aún puedes dormir un poco más. Si estás en Madrid o en la Patagonia. Una siesta de época. Sumado este hecho a las quejas recientes del benjamín de la casa en relación a mis ronquidos, he pensado que quizá este blog se está volviendo demasiado serio y que las historias de alcoba siempre dan juego, que también podemos reirnos un rato. No me refiero a la intimidad sexual del dormitorio, eso queda para otros foros, sino a esas otras anécdotas que, contadas entre cervezas, hacen reír a quienes las relatan y, cómo no, a quienes las escuchan.

Admito que ronco. No es nada extraño: siendo generoso, me sobran un par de kilos, además soy fumador y para colmo no hago tanto deporte como debería y me gustaría. Pero es el mío un ronquido estacional. No lo hago siempre. La época del año en que mi bestia interior se muestra más activa es cuando el otoño ya está entre nosotros, como en estos últimos días. Es la época del año en la que mejor duermo, así que roncar, aunque a los demás pueda molestarles, no deja de ser una forma de expresar lo mucho que uno está disfrutando con lo que está haciendo. Como el eructo en la cultura árabe, señal de que el comensal ha quedado satisfecho.



Hay otros que hablan cuando están dormidos. Menos mal que Nuria, mi mujer, no se gasta a escondidas los millones que no tenemos en el bingo, por ejemplo, porque estoy seguro que, después de veintiún años de convivencia, ya me habría enterado. Qué conversaciones mantiene consigo misma. Y qué sustos me ha pegado en alguna ocasión cuando me voy a acostar. Como aquella vez en que, para no despertarla, entré sigiloso en la habitación (ella llevaba ya durmiendo un par de horas), rodeé la cama controlando cada uno de mis movimientos cual curtido samurai y, cuando ya estaba a punto de tumbarme, gritó:

- ¡¡¡¡PERO ¿DÓNDE VAS CON ESOS PLATOS?!!!

No salí volando por la ventana porque era invierno y estaba cerrada. Casi se me cae al suelo la supuesta vajilla. El corazón me estuvo palpitando aceleradamente hasta las cinco de la mañana. En el silencio de la noche el susto fue mayúsculo. Y si el vecino estaba despierto a aquellas horas, alucinaría imaginando a qué retorcidos juegos se dedicaba esa pareja tan discreta por las noches. Con platos, ahí es nada.

Cuenta mi suegra como anécdota que, cuando Nuria era niña, se la encontraron a oscuras en la cama con un cuadro que había descolgado de la pared en las manos. Y como esta, puede contar unas cuantas más. Creo que hay otra por ahí, aunque puede ser mi imaginación desbocada, de Nuria corriendo por la casa a altas horas de la madrugada porque un burro (animal, no persona) la perseguía.

Y eso que las cosas han mejorado, ya que antes no sólo hablaba, sino que también, como habréis comprendido con los anteriores ejemplos, se levantaba. A los pocos días de estar viviendo juntos me percaté de que todas las noches, antes de meterse en el sobre, iba a la puerta de casa, daba todas las vueltas posibles a la llave y corría el cerrojo, asegurándose de que nuestro hogar se convertía en un búnker.

- No va a entrar nadie, cielo -la dije yo, de natural confiado como he sido siempre.

- No, si es para no salir yo -me respondió.

Incluso hubo una etapa en que no era raro que, al rato de haberse ido ella a la cama, apareciese por el salón, donde yo estaba viendo la televisión, y empezase a contarme algo como si nunca se hubiera acostado. Juro que en esas ocasiones, sobre todo al principio, yo no sabía si estaba sonámbula o si realmente no se había llegado a dormir, de tan coherente como parecía lo que me decía.

Muchos me han preguntado, al contar estas historias, sobre qué ocurre si yo intento entrar en la conversación que está manteniendo en sueños. Cuando lo he hecho, cuando he intervenido en sus charlas nocturnas, su subconsciente me ha añadido con total naturalidad al diálogo. No he abusado mucho en estos años de esta ventaja, pero alguna conversación interesante sí que hemos mantenido, ella dormida y yo despierto aguantándome la risa.

Ahora ya no se levanta, tan sólo habla. Y además últimamente las noches han perdido parte de su gracia, ya que en sueños continúa, muy a mi pesar,  trabajando. Que si "chicas, vamos a tomar un café", que si "es que a este paciente no se le ha lavado bien", que si "vamos a tener que hacer un escrito a Dirección porque esto no puede ser". Ya no es tan divertido.Mejor lo de los platos o el burro, ¿dónde va a parar?

Atravesamos también hace unos años una época que para mí fue angustiosa, ya que Marcos, el pequeño de la casa, que parece haber heredado el noctambulismo de su madre, mostró una actividad inusual en esta faceta. Sufrió dos accidentes a cuenta de esto. El primero, aquí en Madrid. La cama de Marcos es alta, de estos modelos que tienen otra para las visitas y cajoneras empotradas debajo, así que desde muy pequeño ha dormido con una barandilla para evitar caídas. Pero hubo un día en que la barandilla no fue suficiente y decidió hacer puenting en sueños. El golpe fue escalofriante. Llevaba unos minutos hablando bastante alterado primero y luego gritando y a nosotros ya nos pilló la caída irrumpiendo como dos locos en la habitación. Por la postura en que vi cómo caía en el suelo pensé que se había roto el brazo y pegué un grito desesperado que provocó que a Nuria, que venía detrás de mí, casi le diese un infarto. Otro gran susto lo tuvimos de vacaciones en casa de mi hermano Carlos, en Figueiró (Pontevedra). Marcos se levantó en sueños y su pie se enganchó con la sábana, yendo de bruces contra el suelo. De aquella se le quedó el tabique nasal ligeramente desviado.

Como digo, fue una época angustiosa. Me acostaba después de ellos, con un ojo abierto y las pulsaciones aceleradas, pendiente de cualquier movimiento o sonido que saliese de la habitación de Marcos. Ya no sólo para reaccionar a tiempo si pasaba algo raro, si no también porque en mi caso, y no sé si esto les pasará a todos los padres, si el niño se hace daño, la primera reacción de la madre es responsabilizarme a mí, ya sea por acción o por omisión. "Haz algo", "es que no estás pendiente", esas cosas. Sé que son los nervios, claro. No es algo que yo le pueda tener en cuenta a mi querida esposa, pero quienes la conocen, saben de sobra que mejor no enfadarla. Así que ahí me teníais, con los ojos como platos y más alerta que el retén de un cuartel de la Guardia Civil en Euskadi en los años ochenta. Cuando por fin consideraba que Marcos dormía tranquilo y me proponía dormir yo, era Nuria la que se ponía a contarme en sueños una de sus historias. Y cuando por fin ambos callaban, yo, agotado, me quedaba dormido y claro, roncaba. A la mañana siguiente lo normal es que Nuria estuviese enfadada porque decía que no la había dejado dormir. Angustioso.

No hace tanto, cuando Marcos empezó a ser más autónomo, ha ocurrido alguna noche que, al rato de haberse acostado, ha aparecido en el salón, arreglado y con la mochila al hombro, dispuesto para irse al instituto.

- Pero, ¿dónde vas, Marcos?

- Al insti, que me he dormido -me responde apurado.

- Hijo, que es la una de la madrugada.

- Ah, pues ya me quedo contigo, total.

- Anda, hijo, vete a dormir que si no mañana no vas a dar pie con bola.

Y, obediente, aunque a veces enojado porque en sueños él entendía que le seguía tratando como a un niño pequeño, regresaba a su cuarto y se volvía a dormir, ya preparado para la mañana siguiente, sin quitarse la ropa que previamentr se había puesto.

Para poner una taquilla en la puerta de casa y cobrar entrada, ¿a que sí?

Resulta realmente curioso, y esto es algo sobre lo que también a veces me pregunta a veces la gente, que ni Nuria ni Marcos recuerdan por las mañanas nada de sus andanzas nocturnas. Ni un detalle. Y el que desde luego no se entera de absolutamente nada es el mayor, Sergio. Duerme tan profundamente que si entrase en su habitación a la una de la mañana y me pusiese una peli en Netflix con el Home Cinema que no tenemos él seguiría a lo suyo.

En alguna ocasión yo también les he dado algún susto a ellos, no os vayáis a pensar. Una noche pegué tal salto de la cama cuando Nuria me tocó con un pie que casi rompo el radiador. Yo estaba soñando con serpientes, que me atraen y me horrorizan a partes iguales, y claro, cuando sentí que algo me rozaba, me tiré de la cama como el que se lanza desde un trampolín a una piscina. "Ay, amor, ay, amor", recuerdo que decía Nuria, despierta y asustada.

Nuestras noches ahora son más tranquilas y todos dormimos mejor. A veces echo de menos esas peripecias noctámbulas y esa intranquilidad que me mantenía en vela hasta altas horas de la noche, pero reconozco que la nostalgia no me dura demasiado. Ahora caigo a plomo y ronco. Como un auténtico verraco.

Qué le vamos a hacer.





viernes, 28 de octubre de 2022

Nomofobia: la angustia moderna.

¿Qué sentís cuando tan sólo queda un 7% de batería en vuestro teléfono móvil y no tenéis a mano un cargador? ¿Y cuando habéis agotado los datos y estáis en una zona sin wifi? ¿Y cuando os encontráis en un lugar sin cobertura?

Alertan médicos y especialistas de una nueva patología entre nuestros jóvenes relacionada con el uso de los teléfonos móviles y otros dispositivos. Estiman estos estudios que en torno al 45% de nuestros universitarios la padecen y que afecta de manera muy directa al rendimiento académico, pudiendo suponer hasta cuatro puntos en la nota media. El dato en sí ya es preocupante, pero si vamos un poco más allá y tenemos en cuenta lo que cada día vemos, barrunto que el porcentaje, de no remediarlo de alguna manera, irá en aumento. E intuyo que podría derivar en una disminución de la población universitaria en España.

La nomofobia es la angustia que genera el no tener operativo el teléfono móvil. Pueden darse numerosas circunstancias que nos lleven a esa situación. No he hecho la prueba, pero intuyo que si desconectase la wifi durante unos minutos en casa, ni una alarma de incendios generaría semejante pánico. Imagino que se me echarían encima mis "zombies", angustiados porque "no pueden hacer nada". Y lo de "zombies" lo digo con cariño, pero es que eso parecen cuando salen de sus cuevas con ojeras, caras pálidas y el móvil inútil en la mano.



Aunque sonriamos al escuchar anécdotas o bromas de este estilo, considero que se trata de un tema muy serio. Pocas veces en la historia el ser humano se ha encontrado tan encadenado a algo. 

La nomofobia se trata en estos momentos como un problema asociado a la juventud, pero ¿realmente podemos los adultos ignorar que también muchos de nosotros padecemos esta enfermedad y que en gran medida somos responsables de estos comportamientos en nuestros hijos? Al fin y al cabo suelen imitar los comportamientos de los adultos. Así pues, ¿es de recibo que les llamemos la atención cuando pasan mucho tiempo con el móvil? ¿Es justo que reprochemos a esta generación el vivir esposados a sus dispositivos?

Lo más curioso de todo es que la función de los smartphones que menos utilizamos es aquella para la que se crearon: hablar con otras personas. La relación con el exterior, con nuestro entorno, se hace a través de las redes sociales, el whatssap, los juegos online... Colgamos detalles de nuestra vida privada constantemente, conversamos a través de los servicios de mensajería, incluso se inician, se mantienen y se rompen relaciones personales a través de esos mismos canales. 

No soy especialmente curioso, pero sí me gusta conocer cómo actúan nuestros jóvenes ante ciertas encrucijadas de la vida. Conversando con Marcos, mi hijo de catorce años, sobre las chicas, le pregunté cómo iniciaban unos y otros una conversación.

- Me acerco y le pido su insta.
- ¿Y te lo dan?
- Hombre, papá, la duda ofende (no lo dijo así, pero queda más literario y no cabía ninguna duda sobre el fondo de la cuestión).
- Y luego, ¿qué pasa?
- Pues nada, empezamos a hablar y a conocernos por Insta, compartimos stories y ya si nos caemos bien, pues ya quedaremos.

Lo cierto es que no me sorprendió su explicación, me divirtió más bien, especialmente porque es un artista cuando se lo propone y no pude dejar de sonreír mientras me lo contaba. Pero es un ejemplo muy significativo de cómo se han transformado las relaciones sociales. Y explica también el elevado número de horas que los jóvenes pasan mirando la pantalla de sus móviles.



¿Qué ocurre si el canal que nos conecta con la sociedad deja de estar abierto? En el caso de las personas que padecen nomofobia, según los estudios realizados, pueden sufrir ansiedad, taquicardias, dolores de cabeza o estómago, etc. El terror a la desconexión. El Robinson Crusoe moderno.

No es difícil detectar a una persona que pueda padecer esta patología: es alguien que mira constantemente su móvil para ver si ha recibido algún mensaje, duerme menos para poder sumergirse en las redes sociales, nunca apaga el móvil, se niega a ir a sitios sin cobertura y si lo hace lleva siempre consigo una batería portátil, al entrar en sitios donde va a pasar un tiempo prolongado se asegura de que haya enchufes en los que conectar el dispositivo...

¿Soluciones? Para empezar sería necesario un consenso entre entidades gubernamentales, fabricantes de dispositivos móviles, redes sociales, creadores de aplicaciones, familias... Me resulta complicado pensar que tantos agentes sociales puedan ponerse de acuerdo en un sistema de control para erradicar este problema. Puestos a imaginar, sería necesario que cada móvil estuviese vinculado a una identidad personal, tal vez mediante el escaneo obligatorio del DNI del que vaya a ser el propietario del aparato, y que en función de su edad el propio teléfono móvil se configurase de manera automática para regular a qué funciones puede ese usuario acceder y durante cuánto tiempo. Debería también programarse para que esas funciones y ese tiempo fuesen ampliándose a medida que el usuario vaya acercándose a la mayoría de edad. Por poner un ejemplo.

Pero soy muy pesimista al respecto. Ya no es sólo la dificultad, como indicaba, de que tantas partes implicadas acuerden una regulación de estas características, sino que las trabas legales y la burocracia administrativa retrasarían irremediablemente la puesta en marcha de cualquier medida al respecto. Y es más. ¿Realmente habría un interés generalizado en poner freno a estas tendencias? Hablamos de un mercado que genera muchos millones de euros al año a gobiernos y empresas.

Los que hemos crecido sin móviles disponemos de una visión mucho más amplia de este problema, pero los adultos de mañana serán generaciones en cuyas vidas el teléfono móvil ha estado presente desde el día que nacieron. ¿Podemos realmente confiar que serán capaces en el futuro de comprender la magnitud de este problema cuando no han conocido otra realidad diferente? Es más, ¿identificarán esta dependencia como un problema?.

El momento es ahora. La hora de actuar está a punto de caducar. Y ya vamos tarde.

 


martes, 25 de octubre de 2022

La madre que me parió se llama Marisol

Anda mi madre, la mujer, transitando por los inhóspitos senderos de la tercera edad, intentando asir con las dos manos, para que no se le escapen, sus habilidades, capacidades y recuerdos. Y andamos los demás, sobre todo mi padre, detrás de ella,  intentando que la angustia y la desesperanza no le hagan extraviarse cuando yerra en su intento.

No es fácil envejecer, al menos para la mayoría de nosotros. Porque el deterioro físico es inevitable, y eso lo asumimos casi todos con naturalidad, pero el fantasma del deterioro cognitivo es sin duda el mayor miedo que puede dominar a una persona en el ocaso de su vida.

Se llama Marisol y de niña quería ser bailarina, de las que llenan teatros flotando por el escenario sobre las puntas de sus pies. Pero mi abuelo, condicionado por una dictadura donde el poder de la Iglesia llegaba todavía a casi todos los rincones, se opuso por parecerle aquella una profesión poco apropiada para una señorita. Y tuvo que conformarse con lo mismo que otras muchas jóvenes en aquellos tiempos: estudiar Secretariado primero, el matrimonio después, familia numerosa y, como consecuencia de todo ello, ama de casa a tiempo completo.

Sonaba música habitualmente a su alrededor. Y si no lo hacía, era ella la que cantaba. Acumulaba también algunos cuadernillos y libretas en los que iba plasmando recuerdos y experiencias, quién sabe si para no olvidar cuando llegase el momento. Como muchas mujeres de aquella época, no tenía un trabajo remunerado y su vida era en cierto modo la de otros: la de sus hijos, la de su esposo, la de sus padres. Quizá esas frases, escritas de manera apresurada, entre biberón y baños, eran su manera de dejar constancia, de no caer en el olvido de sí misma.




Encajó mal la marcha de sus hijos de casa, los cuatro en poco menos de un año. La causa a la que había dedicado más de media vida perdía parte de su sentido, difícil reducir la marcha tras casi tres décadas de existir a un ritmo vertiginoso. La música siguió ayudándola y, tal y como en su día había hecho la suya, mi madre ingresó en una Coral. Formar parte de un grupo que hace lo que le gusta, tener a tu lado un marido honrado y atento, seguir quedando con la cuadrilla de tu juventud, ver nacer y crecer a tus nietos... todo eso estabiliza. Y así fue también en su caso.

Pasaron uno, cinco, diez años, entre viajes a visitar a los hijos que marcharon a Galicia para formar sus propias familias, temporadas en Basida -la ONG en la que mi hermana Elena encontró su lugar en el mundo-, ayudarme a mí y a mi esposa aquí en Madrid en lo que pudiésemos necesitar y alguna que otra escapada con el Inserso. Y la música siempre acompañándola.

Hoy la Coral sigue siendo para ella una ilusión, pero también una angustia, ya que cada día la cuesta más memorizar partituras, especialmente cuando muchos de sus compañeros, mejor adaptados a las nuevas tecnologías, parecen siempre llegar a los ensayos y conciertos mejor preparados. Los nietos, o se hacen mayores o están muy lejos. Reunir a la familia ya no es tan sencillo. Viajar no compensa como antes, es un trastorno y un agobio andar con las maletas de aquí para allá. Y a veces se te olvidan las cosas. O las preguntas tres veces.


Me ha prestado, porque yo se las pedí hace unos días, esas notas que guardaba, supongo que escritas cuando los niños, siendo pequeños, dormíamos la siesta o cuando esperaba despierta, siendo ya adolescentes, a que regresásemos a casa por las noches. Es su historia y merece ser contada. Como lo merece también la de mi padre, que antes de conocer a mi madre ya había recorrido media Sudamérica y posee en su memoria un baúl repleto de recuerdos. Ignoro si será en este blog, pero espero ser capaz de dar sentido a sus historias, a las de ambos y a la que juntos escribieron.

Mermada, pero presente; cansada, pero aún soñadora; angustiada, pero siempre cariñosa; también a veces cabezota y reivindicativa, pero a la vez solidaria y comprensiva.

Es la madre que me parió, se llama Marisol y sigue aquí.


sábado, 22 de octubre de 2022

Vuestras primeras canciones

¿Recordáis vuestras primeras canciones? No me refiero a esas que sonaban cuando eráis niños, como en mi caso fueron "Vamos a la cama que hay que madrugar" o aquella otra que decía "Tigres, tigres, leones, leones, todos quieren ser los campeones", por poner un par de ejemplos. Me refiero a aquellas que os acompañaron cuando dejasteis de jugar en el parque y comenzó a importaros más quién os miraba y cómo os veían; cuando empezasteis también vosotros a observar a los demás de forma diferente. ¿Recordáis esas canciones? ¿Las de vuestra primera fiesta sin gusanitos, ni medias noches de mortadela ni padres? ¿La que sonaba cuando os atrevisteis a sacar a bailar a la persona que os gustaba por primera vez? 

Vivo convencido de que no hay adolescente que se convierta en tal sin que en ese proceso intervenga la música, de que hay un momento en que una canción (o un puñado de ellas) se te meten dentro y ahí se quedan para siempre. Y de que te cambian. O te ayudan a cambiar.

A mí ese momento me llegó entre 1985 y 1986. Y la canción fue Así estoy yo sin tí, de Joaquín SabinaSé que no fue esa la canción que me enganchó a una afición por la música que dura hasta el día de hoy, ya que estoy seguro que hubo otras antes, pero sí que fue la primera en la que me perdí durante semanas, paladeando la poesía que había tras esas letras cargadas de melancolía, esa secuencia de comparaciones con las que el jienense pintaba los sentimientos de un hombre que, "sin ti", se encontraba "más triste que un torero al otro lado del telón de acero". También tuvo un significado especial para mí aquella que hoy se me atraganta de tan empalagosa que resulta y que fue la que sonaba cuando, en un guateque con amigos, bailé por primera vez con una chica. Patricia se llamaba. Nada más y nada menos que "Nada cambiará mi amor por ti" de Glenn Medeiros. ¿Alguien se acuerda de ese cantante y esa canción? La teníamos hasta en la sopa y durante unos meses había una foto del susodicho en todas las carpetas de las chicas de clase, justo al lado de la de Tom Cruise o la de Rob Lowe. Que aquello era como ser del Madrid o del Barça, de los dos no podías ser.



Llegué un poco tarde a la movida madrileña, ese fenómeno contracultural que se desarrolló durante los primeros años de la Transición, pero sus ecos constituyen la base de mi formación musical: Nacha Pop, Los Secretos, Danza Invisible, Gabinete Caligari... o esas otras formaciones procedentes de las provincias que aportaron también su granito de arena en aquellos momentos: Mecano, Tino Casal, La Unión...

De fuera del país nos llegaba casi de todo, sobre todo gracias a Los 40 Principales y a Joaquín Luqui, ese animal radiofónico que fue piedra angular del descubrimiento musical para muchos españoles, ya superado el franquismo. Me veo a mí mismo los sábados por la mañana, los deberes hechos la tarde anterior, bien abastecido de papel y lapiceros, y el dedo índice fijo en la tecla Record del radiocassette, preparado para escuchar de principio a fin la lista de los 40, tomar notas e intentar conseguir grabaciones limpias de las canciones que me gustaban. Porque, claro, yo era un chaval de trece años sin mucho dinero en el bolsillo y comprar vinilos o cassettes no era barato. En verano de 1986 había conseguido ahorrar dos mil pesetas y, con los dos billetes metidos en el calcetín, por si me encontraba con algún indeseable por el camino -y en Móstoles aquello era más habitual de lo que a uno le gustaría en aquellos tiempos-, me dirigí al Simago y me compré el cassette Canciones de Duncan Dhu ("Cien gaviotas, ¿donde irán?") y el vinilo Romantic warriors de Modern Talking. ¡Qué sensación más grande cuando volvía a mi casa con ambos tesoros (o eso me parecían entonces) metidos en una bolsa de plástico!

Escuchábamos en la radio temas de grupos ya consagrados como Depeche Mode, Pet Shop Boys o Queen, artistas en ciernes como Michael Jackson o Bruce Springsteen y productos artificiales y absolutamente comerciales de la fábrica Stock, Aiken & Waterman como Rick Astley, Jason Donovan o una jovencísima Kylie Minogue. La revista Superpop era referente para muchos de nosotros, ¡cuántas veces la compré en el kiosko del barrio!.

Todo era diferente. Estábamos abiertos a todos los sonidos que venían de fuera de España, ya fuese pop, rock, heavy o rap y queríamos que lo nuestro, lo de casa, también sonase fuera. A falta de plataformas como Spotify la publicación de un nuevo disco podía convertirse en un fenómeno social con colas interminables en las puertas de El Corte Inglés o Galerías Preciados, como cuando salió a la venta Descanso Dominical de Mecano. Ese disco giró en el plato de la cadena musical familiar durante meses.




Los que vivieron la adolescencia en los 70 defenderán que esa fue la década prodigiosa. Los que lo hicieron en los 90 dirán que dónde va a parar, nada como Nirvana, Madonna, George Michael... Y así sucesivamente. Incluso nuestros hijos, dentro de treinta años, dirán que los 20 fueron insuperables con la explosión del reggaeton. 

Musicalmente yo soy hijo de los 80 y creo que, más allá de la calidad o cantidad de grupos y canciones, en España era tal el hambre de abrirnos al mundo y de que el mundo pudiese llegar a nosotros, que no ha habido una década donde se haya producido en este país un fenómeno social vinculado a la música semejante. Lo compararía con la aparición de The Beatles en Reino Unido o de Elvis en USA.

Qué años aquellos...

PS: Fijaros en esta foto que he encontrado por Internet. Aunque no están todos los que fueron, sí fueron todos los que están. ¿Reconocéis a alguien?



jueves, 20 de octubre de 2022

Pérez-Reverte y el iceberg del Titanic

¡Qué grande es Don Arturo! Terminé hace un par de días de leer Revolución, su última novela, una vez más espléndido en la reconstrucción histórica y en la creación de personajes memorables. De hecho era el artículo previsto para compartir hoy en el blog.  Pero mira tú por dónde que, un rato después de dar por válido lo escrito, me entero que esa misma noche es el invitado de El Hormiguero. Vista y escuchada con atención la entrevista, obligatorio cambio de planes, ya que en este caso el hombre es más grande que su propia obra, cosa harto difícil, pero aplicable en toda regla a Pérez-Reverte.


Pocos autores, y menos aún septuagenarios como él, se muestran tan activos en redes sociales ni alientan con sus tweets debates tan encarnizados sobre asuntos de importancia, en mi opinión, nacional. Sus detractores son belicosos y sus defensores, aguerridos. Aunque en mi opinión estos últimos sobran. Pérez-Reverte dispone de un arsenal lingüístico, ideológico y vital suficiente para apabullar a cualquiera que le rebata sin ningún tipo de ayuda. No en vano es Real Académico de la Lengua Española, entre otras muchas cosas.

Su intervención en el Hormiguero provocó en tiempo real cientos de comentarios en redes, unos aplaudiendo sus ideas, otros mostrando su estupefacción por las opiniones vertidas ante las cámaras.

Deja frases memorables, como ya lo hizo en su anterior intervención hace un año:

"La mujer tiene una manera de mirar, unos silencios, que el hombre no tiene".
"No puedes tratar igual al alumno brillante que al que se niega a estudiar o no tiene talento".
"Un ocaso no es malo. Todos vamos a morir".

Pero de todas las lecciones que impartió ayer el maestro no tengo duda alguna de que la más importante, aunque nos suene a predicción fatalista, es la de "estamos criando jóvenes indefensos para cuando mañana venga el apagón". Y cuánta razón tiene.


Esa dependencia del enchufe, esa creencia de que todo se soluciona mediante un dispositivo, una conexión Wifi y una toma de corriente nos hace extremadamente frágiles. A quien ha vivido tan de cerca y durante tanto tiempo la guerra, a quien ha contemplado la crueldad en tantos lugares del planeta, no se le puede ignorar cuando nos recuerda lo peligroso que es el mundo. Como tampoco podemos obviar el hecho de que el mundo está cambiando y que no estamos proporcionando a nuestros hijos las herramientas necesarias en caso de que este barco choque con un iceberg y se hunda.

Pero claro, y este charco sí lo evitó, ¿cómo le metemos mano a esto? ¿Quién es el valiente que osa acometer la tarea? Buscar una solución a este futuro problema debería ser algo que Occidente se plantease, pero me temo que están todos demasiado ocupados debatiendo temas presentes, no hay tiempo para analizar con detenimiento lo que ocurrirá el día de mañana.

P.S.: No puedo finalizar mi entrada de hoy sin recomendaros encarecidamente Revolución. Me guardo la reseña para mi archivo personal, pero está a disposición de quien esté interesado en leerla.

P.S.2.: Es posible que no saliese nada de provecho, pero no dejo de pensar en lo bien que me lo pasaría si Don Arturo compartiese mesa y mantel con Joaquín, el jugador del Betis, que estuvo también recientemente en El Hormiguero. ¡Cuánto arte junto!


miércoles, 19 de octubre de 2022

De Tobalos, Tobalines y palmeras de chocolate

Cuando me preguntan de dónde soy, siempre respondo que de Móstoles. Mi familia y yo nos instalamos aquí en la segunda mitad de los setenta, yo no tendría más de dos o tres años. Imagino a mis padres llenos de sueños y sintiéndose en cierto modo pioneros en la migración hacia las que se dio en llamar "ciudades dormitorio". Fue aquí donde di mis primeros pasos y donde articulé mis primeras palabras. Ha sido siempre mi ciudad. 

Pero cuando me preguntan de dónde vengo, es Morata de Tajuña mi respuesta. Sí, ya sé lo que todos estáis pensando: el pueblo de las célebres palmeritas de chocolate. Que también es curioso que el municipio sea hoy conocido en todas partes por algo que yo no recuerdo haber comido de niño. La memoria es lo que tiene, que ciertos recuerdos se borran, otros se fragmentan y algunos permanecen nítidos e imborrables. 

Las risas de niños chapoteando en el agua de la piscina de la finca de Valhondo, la cara y las manos pegajosas por el jugo de las uvas que nos íbamos comiendo al regresar al pueblo bajo un sol de justicia, el pilón de la calle Real en el que parábamos a lavarnos y salpicarnos unos a otros, atrincherarnos bien fresquitos en el sótano de mis tíos Félix y Mari Carmen, lleno de tesoros por descubrir y herramientas con las que construir, entre otras cosas, aquellos pinball con los que nos entreteníamos tanto, hechos con gomas elásticas, chapas de botellas, pinzas de la ropa y una plancha ligera de madera. Conservo esos recuerdos y otros muchos. Asumo que algunos posiblemente se hayan distorsionado con el paso del tiempo. Pero son bonitos y por ello no me importa si pueden no ser completamente ciertos. También los hay malos, claro, como cuando me caí por las escaleras de casa de mi abuela y una pequeña cicatriz en forma de cometa en el muslo izquierdo pasó a formar parte de mi anatomía. Todos ellos, los recuerdos buenos y los malos, constituyen lo que soy y de dónde vengo.


Pasaba bastante tiempo en Morata, sobre todo durante los fines de semana y las vacaciones de verano. Esperaba ansioso el momento de abandonar la formalidad de la ciudad para sumergirme en aquel ambiente más rural donde ahora entiendo que todo giraba alrededor de los niños, con mucha disciplina, pero también con mucho amor. No habría sabido expresarlo en aquel entonces, pero para mí ir a visitar a mi legión de primos y tíos era conectar con una infancia diferente, más salvaje, más al límite. Y siempre había algo que celebrar, todos juntos.

El tiempo voló y durante los primeros años de mi adolescencia las visitas se espaciaron. Formé mi grupo de amigos en Móstoles, hacíamos otras cosas (o las mismas pero de manera diferente), ya no me apetecía tanto "malgastar" un sábado o domingo en el pueblo. Llegó un momento en que tan sólo iba cuando se celebraban bautizos, comuniones o bodas, eventos familiares en los que, aunque me lo pasaba bien, no me sentía tan cómodo como antaño. Aunque siempre fui recibido con cariño, sentía que ya no estaba en la misma onda que mis primos. Hasta que dejé de ir.

Mi memoria no es capaz de fijar ni la fecha ni el  motivo que me llevó de vuelta a Morata años después. Yo ya era un hombre hecho y derecho, con mi hipoteca bajo un brazo, mi preciosa mujer agarrada al otro y posiblemente al mayor de mis hijos, muy pequeño aún, sobre mi espalda. Antes de volver a Móstoles aquella tarde, entré en la Pastelería Real para abastecerme de palmeritas de chocolate. Que recordase o no haberlas comido de niño ya no importaba, de mayor las encontraba deliciosas. Ocurrió algo inesperado mientras la pastelera preparaba mi pedido y yo observaba los productos tras las cristaleras, deleitándome con la visión de todo aquel dulce elaborado a mano, lleno de tradición e historia.

- Tú eres un Tobalo, ¿verdad?

Ni recuerdo lo que contesté. Si esa mujer me había visto alguna vez, es posible que hubiese pasado más de una década desde entonces. Es más, apostaría o bien a que nunca nos habíamos cruzado o a que si lo habíamos hecho, debió ser cuando yo era un niño. Sentí asombro y orgullo al mismo tiempo. El primero porque no me explicaba cómo había podido la pastelera saber que yo era un Tobalo. El segundo porque efectivamente lo era y porque me sentía especial por serlo y porque se me identificase como tal.



A raíz de aquello, sin excesos pero al menos una o dos veces al año, comenzamos a volver a Morata. Mis hijos, como suele ocurrir con los niños allí, se sentían protagonistas, gravitando los adultos a su alrededor, siempre pendientes de que los pequeños aprendan lo importantes que son los lazos familiares. Para mi satisfacción y deleite observaba además que, especialmente el pequeño, Marcos, se acoplaba a la misma frecuencia que el resto de Tobalines de la familia. Pasó algún fin de semana allí, como yo hice de niño, y si mis padres iban a visitar el pueblo y a nosotros no nos era posible por razones laborales, se lo llevaban para allá, más contento que unas castañuelas para volver horas después agotado, pero feliz.

Me quedan tantos recuerdos sobre Morata por sacar del baúl de la memoria, tantas anécdotas y curiosidades por compartir, que una única entrada en este blog me parece ahora, ya en faena, lamentablemente poco. Ni siquiera he explicado cómo surgió el apodo de Tobalo.

Lo dejaré por tanto hoy aquí, pero prometiendo volver en breve a contaros más historias no del sitio del que soy, sino del pueblo del que vengo.

Quiero hacer constar mi más sincero agradecimiento a mi primo Alberto por tomarse la molestia de revisar y comentar este artículo antes de su publicación.

¡Gracias, primo!

lunes, 17 de octubre de 2022

Lo que la cancha nos da

 

Nunca imaginé que un deporte como el baloncesto, que en mi juventud seguía poco y practicaba aún menos, nos daría a mí y a los míos tanto durante mi madurez. ¿Cómo es posible si yo hasta soñaba fútbol? Era de esos que se buscaba las mañas para poder quedarse de madrugada a ver un Perú - Ecuador del Mundial de México o que se tragaba hasta el Oviedo - Logroñés de la Liga Española en Telemadrid un sábado por la noche en vez de salir a dar una vuelta con los amigos. Me acuerdo que tenía una caja de herramientas vieja en la que coleccionaba chapas con las caras recortadas de todos los jugadores. Cualquier alfombra servía de campo de juego. Unos cuantos palillos y unos garbanzos componían las porterías y el balón. Horas y horas encerrado en mi cuarto jugando todos y cada uno de los partidos que conformaban la Liga de fútbol. Cómo volaba el tiempo aquellas tardes de chapas y goles. Y qué decir cuando era yo el que jugaba en el Polideportivo Estoril II: noches sin dormir si el partido del día siguiente era importante, dos horas antes ya en la grada del pabellón esperando a mis compañeros, minutos que se me hacían eternos hasta que el árbitro pitaba y el balón echaba a rodar. Yo era todo fútbol.



Y lo seguí siendo e intentando transmitírselo a mis hijos hasta el otoño del año 2013. Para mi disgusto y sorpresa se nos comunicó entonces desde el colegio que no había niños suficientes para poner en marcha la extraescolar de fútbol-sala. Una de las opciones era baloncesto, así que inscribimos a los niños. Ahí nos empezó a cambiar la vida.

La verdad es que aquello parecía una película de los hermanos Marx. Se juntaban en el mismo equipo niños de entre cinco y diez años, chavales que se iban del partido al ver pasar una mariposa, otros que escuchaban al entrenador como si fuese un juez dictando sentencia, a unos el pantalón se les caía y a otros la camiseta les quedaba peligrosamente ajustada. Más allá de lo bien que ellos se lo pasaban y lo mucho que los padres nos reíamos viéndoles, empecé a interesarme por las normas, los sistemas, el juego en general, y empezó a resultarme enormemente atractivo.

Sucedió que durante aquel curso mi hijo Sergio empezó a crecer y a estilizarse de manera inusitada. Casi cada mes había que comprar zapatillas más grandes o ropa más holgada. Unido esto a que el baloncesto había despertado en él una pasión inesperada, el entrenador nos propuso que hiciese las pruebas en el equipo federado del Ciudad de Móstoles. Y allá que fuimos. Empezaba una aventura que, sin ni siquiera poder imaginarlo, nos llevaría por buena parte de España persiguiendo una pelota de baloncesto y nos daría un sinfín de alegrías.

Más allá de las anécdotas y experiencias personales atesoradas durante estos años y que iré compartiendo en una serie de artículos, lo que nos da la cancha a padres y sobre todo a los chicos, sea cual sea la disciplina, tiene un valor incalculable para nuestra formación y enriquecimiento como seres humanos. El deporte es salud, pero no sólo física, sino también mental y social. 

O en nuestro caso lo ha sido (y lo sigue siendo).




martes, 11 de octubre de 2022

Tienen que dejar de ser niños

 

La convivencia en un hogar con hijos adolescentes puede ser en ocasiones complicada. Lo cierto es que con los hijos casi siempre lo es, pero cuanto más autónomos se vuelven, más tienden al conflicto las relaciones paterno-filiales   A nadie le preparan para ser padre (o madre) y, cuando te engañas pensando que ya lo dominas, tu hijo avanza a un nuevo nivel y te das cuenta que hay que volver a empezar, que lo aprendido sirve de relativamente poco. Hay que diseñar nuevas estrategias y  articular nuevos argumentos, replantearte tu posición, intentar recordar quién eras y qué sentías cuando tenías su edad, negociar contigo mismo y por supuesto con tu pareja para luego poder regatear con tu hijo. Alinearse, en definitiva. O armarse para la batalla, que estoy seguro que para muchos en esta situación el símil tendría validez. Sin embargo, hay veces en que te invade la frustración porque tus esfuerzos no dan el resultado que esperabas o porque simplemente llegas a callejones sin salida y no sabes cómo comportarte. O porque, a pesar de haberte entrenado para ese momento, en el ardor de la discusión, te invade la ira y la desesperación y lo tiras todo por la borda con cuatro gritos.


La intensidad de los primeros escarceos sexuales, la presión de los estudios, la competitividad en el deporte, las discusiones con los amigos, la preocupación por el futuro laboral, los conflictos en la convivencia familiar… todos hemos pasado por ello y cada cual lo gestionó como mejor supo, pudo o se le enseñó. Todos hemos transitado por ese risco plagado de precipicios que debemos escalar para abandonar la adolescencia e integrarnos en la vida adulta. Pero mi sensación es que la juventud actual se desorienta en el camino debido a las numerosas distracciones que por el sendero encuentran y que inevitablemente aumentan el riesgo de despeñarse y estrellarse contra el suelo. Nada es más importante para la mayoría de ellos que echar un vistazo a las últimas historias de Instagram y Tik Tok o escuchar y responder ese audio que por whatsapp le ha enviado su mejor amigo, o mejo, como ahora dicen ellos en ese eterno afán juvenil por renovar (o despedazar) la gramática castellana.

¡Qué generación la nuestra! Hemos construido un mundo tecnológico que ha enjaulado a nuestros hijos en un mundo de bits y ha obligado a nuestros padres a vivir sus últimos años angustiados por no tener el conocimiento ni las herramientas para seguir activos en la sociedad. Tenemos a nuestra disposición un número ilimitado de recursos informáticos y una gran variedad de dispositivos para hacer nuestra vida más sencilla, aunque también más incompleta. Y en esas aguas nuestros mayores se ahogan. Pero de su situación ya hablaré otro día, que me voy por los cerros de Ubeda.

Decía que la situación es complicada porque cuesta adaptarse a esta nueva realidad. Hace cuatro días estabas cambiándoles el pañal y haciéndoles monerías, hace tres construías con ellos castillos de arena en la playa y diseñando en el parque pistas de carreras para las chapas, hace dos disfrutabas con ellos como un igual en el Parque de Atracciones o en el Aquópolis… y hoy ves cómo ya no tienes un hijo, sino un inquilino al que le has alquilado a precio cero una habitación, con derecho a tres comidas (más los picoteos puntuales a los que obliga el desarrollo en estas edades), WIFI y Netflix, y que parece no querer tener contigo más que la relación estrictamente necesaria mientras construye su futuro. A veces esos mínimos no incluyen ni siquiera un "buenos días" o un "qué tal". Y esta es una relación, además de pobre, tensa, dado que tú no sabes qué, pero él te hace intuir por su manera de mirarte que le debes algo.

Así que en esas andamos, intentando mantener abiertos los canales de comunicación sin que nada se rompa por el camino. Que uno sabe que normalmente nada se romperá realmente, que esto es una etapa que hay que sufrir, que volverá al redil, aunque seguramente de otra manera, más él que a los cuatro, a los once o a las quince. Pero uno se asusta.

Como ha sido siempre y debe ser. Tienen que dejar de ser niños, aunque nos pese.



 

 

 

domingo, 9 de octubre de 2022

El mordisco del lobo


Tal y como me lleva ocurriendo durante toda la semana, hoy me he despertado temprano a causa del dolor. Mi doctora ni me da ni me quita la razón -entiendo que porque mi teoría carece de base científica-, pero sospecho que el cambio de estación, las primeras lluvias otoñales y la bajada de temperaturas tienen mucho que ver. No en vano llevo toda la vida oyendo, especialmente a mis mayores, achacar muchos de sus dolores a los cambios climáticos. Esas predicciones que de niño me parecían mágicas, cuando mi padre decía "hoy me duele mucho la pierna, yo creo que va a llover". Y tú mirabas por la ventana, veías un día claro y despejado, y pensabas "sí, hombre". Y la mayoría de las veces, para tu asombro, se ponía a llover un par de horas después. Así pues, estoy bastante convencido de que esta semana estoy sufriendo más porque el verano se marcha y el otoño ya está llamando a la puerta para ocupar el lugar que le corresponde. 

El caso es que el mordisco en la zona del riñón derecho estaba ahí esta mañana cuando pasé lista a la tropa, dándome muy educado los buenos días. Durante estos cuatro meses ha tenido un comportamiento moderadamente tímido, no más que un pellizco intermitente, más atrevido en algunas ocasiones en las que me obligaba a doblarme sobre mí mismo, pero un pellizco al fin y al cabo: molesto, pero tolerable. Sin embargo, estos últimos días ha alcanzado la categoría de mordisco. Porque así imagino que debe ser la mordedura de un lobo que no suelta a su presa hasta que esta se debilita y se rinde. El dolor debe ser similar. O eso creo.



Curiosamente el suplicio dura hasta que me levanto de la cama y me dirijo al aseo. Antes de llegar al baño el mordisco ha desaparecido y ya no es ni siquiera pellizco, simplemente es ese ligero entumecimiento que permanece tras un golpe fuerte. Pero sé que ni se ha ido muy lejos ni por mucho tiempo. Volverá, como hace siempre, en el momento que me siente a desayunar o a charlar con los chicos antes de que se vayan a sus respectivos institutos. Que me acompañe durante todo el día o me conceda algún rato de respiro dependerá en gran medida del efecto de los fármacos y de las actividades que yo lleve a cabo durante la jornada. Y de que sea capaz de evitar al más cruel de mis enemigos en estos momentos: el estornudo. 

Leí no hace demasiado sobre una enfermedad, llamada neuralgia del trigémino, que afecta al nervio craneal encargado de transmitir las sensaciones de tacto y dolor desde la cara, los ojos, la nariz y la boca hasta el cerebro, y a la que comúnmente se conoce como enfermedad del suicida.  No induce necesariamente a quitarse la vida, pero el dolor es tan insoportable que a muchos pacientes se les pasa la idea por la cabeza con mucha frecuencia.  Encabeza la lista de enfermedades más dolorosas que pueden atacar al ser humano. La neuralgia post-herpética que yo padezco está varias posiciones por debajo en esa lista, y desconozco si al resto de pacientes les ocurrirá lo mismo que a mí, pero lo cierto es que cuando estornudo, cuando no soy capaz de contener a tiempo esa expulsión involuntaria y violenta de aire de los pulmones, cuando el diafragma se somete a ese movimiento repentino, ese instante de dolor agudo e intenso es tan poderoso que también siento la necesidad de acabar con todo. Se me doblan las rodillas, las lágrimas asoman a mis ojos, me quedo sin aire. Como si varios puñales al rojo vivo se clavasen simultáneamente en mi costado derecho, especialmente en la zona lumbar. O como imagino que debe sentirse aquel al que diesen matarile de esta manera. Y luego dos o tres horas de no poder hacer nada más que tumbarse y esperar que el dolor se vaya mitigando. 

Mientras desayuno solo en la cocina, Nuria ya trabajando y los chicos en clase, las palabras que me dirigió ayer la doctora vuelven con nitidez: “tienes que tener paciencia y recordar que hay pacientes a quienes este dolor acompaña el resto de sus vidas”. Lo habría recordado si en alguna de mis anteriores visitas me lo hubiese dicho. Pero no lo había hecho hasta ayer. No sé si consistirá en una estrategia encaminada a ir mentalizando al paciente o simplemente ha cometido un desliz conmigo, su último paciente de la tarde, tal vez ya fatigada y hastiada de tratar el dolor ajeno. Pero sé que la memoria no me falla. Que esto pudiese ser para toda la vida no me lo había mencionado en ningún momento. Cómo cambia el discurso y en consecuencia cómo cambia tu perspectiva de la vida que te queda por delante. 

"Puede acompañarte durante unos meses o incluso un par de años". 

"Puede acompañarte el resto de tu vida". 

Para mí hay una distancia importante entre ambas afirmaciones.

Volví cariacontecido y preocupado a casa. Pasé un rato reflexionando y llegué a la conclusión de que no puedo dejarme vencer por la auto compasión. Recogí la cocina, me fumé un cigarro tranquilamente en la terraza interior tras abrigarme con una sudadera (sólo me faltaría coger un constipado) y me puse a ver un rato la tele.

Reconstruirme profesionalmente. Esa debe ser mi prioridad. Buscar la forma de poder trabajar desde casa y sin horarios fijos, que es la única fórmula que se me antoja válida en este momento de mi vida.

¡Cuántas veces hemos comentado en casa o entre amigos que la vida te puede cambiar sin pretenderlo en cualquier momento! Sobre todo lo hemos hablado durante estos últimos meses, tras el fallecimiento de un buen amigo de Nuria, la inesperada viudez de su esposa y la orfandad de su hijo. Un hombre sano, fuerte, tan sólo cincuenta y seis años a la espalda. Adicto a las relaciones sociales, poco amigo de acomodarse en casa delante de la televisión; una cerveza y una buena charla en la terraza de un bar eran su visión ideal de la vida. Se lo llevó una pancreatitis aguda en un mes exacto, sin casi tiempo de despedirse o mentalizarse de que todo se acababa.

A veces me arrepiento de haber salido de Sitel. Por mucho dinero que me diesen en el ERE y por muy fea que fuese la deriva que la empresa llevaba. El sueldo no nos permitía grandes excesos, los tres últimos años ni siquiera nos concedimos unas vacaciones de verano dignas, y además trabajaba muchos fines de semana pero, tras veinte años en la empresa, era un empleo estable. Me sentía querido, aunque no reconocido. Sin embargo la mayoría de las veces creo que hice lo correcto. La hipoteca pagada, los chicos ya adolescentes y Nuria con su oposición aprobada. Si no era ese el momento de intentar ir un poco más allá, de conseguir algo mejor, ¿cuándo lo habría sido?

Y luego vino Marsh. Una oportunidad única, o eso parecía al conocer las condiciones y aceptar el trabajo. La realidad fue otra. Nada que reprochar sobre salario y ventajas sociales. Ahí cumplieron. Pero nadie me habló de que todos los días tendría que echar dos o tres horas más y que los fines de semana los iba a pasar mayoritariamente pegado al ordenador para conseguir llegar a todo. O tal vez sería más justo pensar que yo no supe manejar la situación adecuadamente. Ocho meses de constante estrés, durmiendo poco y con la mandíbula apretada, soportando cientos de reuniones que apenas me aportaban nada. Al final, que me despidiesen era más un deseo que un temor. Y ocurrió.

Cuatro días después, los dolores me llevaron a urgencias. El diagnóstico inicial fue un cólico nefrítico, pero pronto rectificaron al verme en el costado unos pequeños granos. Herpes Zóster. Causa de la enfermedad: bajada de defensas por un estrés intenso y prolongado. El virus latente de la varicela se ha aprovechado de la brecha y ha atacado. En el paro y enfermo sin fecha definida de recuperación. 

Y ya van más de cuatro meses así. Leyendo mucho, quemando Netflix, dejándome los pulgares en el mando de la Play y estudiando, ya que algo de provecho tenía que hacer, para unas oposiciones de vigilante de sala en el Museo Nacional del Prado y para otras de Auxiliar Administrativo en Ayuntamientos. Sin mucha constancia, no porque no la tenga, sino porque los dolores muchas veces limitan mi capacidad de concentración. 

Ahí vuelve el mordisco. ¿Será que va a llover? ¿Que llevo demasiado tiempo sentado escribiendo? ¿Que se está pasando el efecto de los fármacos que me tomé hace unas horas? Sea lo que sea, toca poner punto final al texto de hoy. El lobo no espera.





viernes, 7 de octubre de 2022

¿Por qué este blog?


Bienvenidos a mi blog,

Tuve la fortuna de crecer en un entorno en que la literatura no era una afición, sino más bien una necesidad. Pero en mi familia no sólo los libros estaban muy presentes en nuestro día a día: visitar museos, ir al cine, escuchar música, asistir al teatro... todas ellas eran actividades cotidianas tanto en casa de mis padres como en las de abuelos, tíos, primos, etc. Sobra decir que eran tiempos en que no existían más dispositivos móviles que los que iban a pilas, como aquellos transistores que todas las abuelas y madres tenían en sus cocinas para escuchar noticieros o radionovelas mientras atendían las tareas domésticas. La aparición de teléfonos móviles, tablets u ordenadores portátiles acaeció tiempo después y cambió por completo nuestra visión de la cultura y de la distribución de la misma. Sobre si fue para bien o no, probablemente reflexionaré otro día sobre ello de manera más profunda..

No me cuesta recordarme, con once o doce años de edad, negociando con mis padres minutos por las noches, ya en la cama arropado, para leer un poco más antes de dormirme. O aplastado en el despacho de mi abuelo bajo el peso de uno de los voluminosos tomos de aquella colección de obras completas de Julio Verne que me parecía el tesoro más valioso que se podía descubrir en aquella casa. No teníamos Netflix, por lo que las películas de Gary Cooper, John Wayne o Robert Mitchum de TVE los sábados después de comer se convertían en un acontecimiento para el que toda la familia se reunía ante la televisión. Y como estos, muchos más recuerdos vinculados a la presencia de la cultura en mi infancia.




Pero fueron las letras las que me marcaron para siempre. Nunca he dejado de leer. Creo que jamás he pasado más de veinticuatro horas sin perderme unos minutos entre las líneas de la novela que tuviese entre manos en ese momento. Y ya desde pequeño, aunque en algún momento soñé con ser un James Dean o un Elvis Presley a la española, quise ser escritor. Me tomaba muy en serio, tal vez demasiado, todo lo relacionado con esa ambición. Escribía cuentos al principio, reseñas de mis autores favoritos o, más adelante, cuando Bécquer irrumpió en mi vida, poesías. Durante la adolescencia, con las hormonas revolucionadas, empecé a escribir menos. Y lo dejé casi por completo cuando me introduje en el mercado laboral, me casé y comencé a formar una familia.

Así que, ¿por qué este blog? Por el momento simplemente por el gusto de escribir. Con eso me bastaría... pero también me agradaría que se convirtiese además en un espacio donde intercambiar opiniones y experiencias de manera que todos los que se animen a darse un paseo por el blog puedan sumar y sacar también algo de provecho.

¿Por qué ahora? Porque llevo meses encallado en una situación desesperante. Desempleado y sin opción de buscar trabajo debido a una enfermedad que no me matará, pero que me lo está haciendo pasar mal y lo que te rondaré, morena. Porque ahora dispongo, en consecuencia, de más tiempo libre. Y sobre todo porque tengo unas ganas de escribir que me superan.

¿Y de qué voy a hablar? De lo que me apetezca, sin periodicidad fija, sin una agenda. Habrá días que hable de cómo me siento, otros de las cosas que van ocurriendo a mi alrededor, al siguiente de la última película que me ha emocionado o me ha hecho reír. Habrá días en que no escriba y otros en que me vuelva loco y publique tres entradas. El caso es escribir, volver a disfrutar de esos ratos en los que de niño, asomando la punta de mi lengua por la comisura de mis labios y cogiendo con torpeza el lapicero, soñaba e imaginaba historias que contar.

Espero que aquellos que me acompañéis disfrutéis también leyéndome.






Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?