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martes, 28 de mayo de 2024

La metamorfosis

Entre las muchas reflexiones que comparte con el lector el personaje principal de La flaqueza del bolchevique, novela de Lorenzo Silva que fue finalista del Premio Nadal en 1997 y que en estos últimos días he releído, hay una en la que me veo claramente reflejado. Y cito textualmente: "lo importante no es estar en lo cierto, sino estar a gusto". He tendido siempre, desde muy joven, a evitar el conflicto, pero en estas últimas semanas me he sentido cada vez más cómodo sorteando debates innecesarios y esquivando conflictos inútiles. Incluso eludiendo aquellos que en otras épocas pudieran resultarme más trascendentales. He aprendido que el tiempo quita y da razones, así que ¿para qué molestarme en gastar energías y quemar neuronas en intentar convencer a otros que defienden posiciones, a veces incluso de manera cerril e inflexible, opuestas a las mías? Argumentar y razonar parece que no está de moda. Ahí están nuestros políticos dando ejemplo. Cuando el diálogo es fluido y el intercambio de opiniones enriquecedor, todo es diferente, pero ese escenario me resulta cada vez más esquivo, desconozco si porque con el paso de los años me he vuelto yo más cuadriculado o si porque hoy en día la línea entre la comunicación y la crispación se ha vuelto más fina. La perra gorda para ti me sale más a cuenta que entrar en un tira y afloja del que a lo mejor salimos los dos mal parados. Insisto: prefiero estar a gusto que estar en lo cierto.


No sólo en este sentido me percato de que mi forma de relacionarme con el resto de mi especie ha cambiado. Por poner otro ejemplo, últimamente me estoy volviendo un tanto asocial. De mí nadie podrá decir que haya sido alguna vez el alma de la fiesta, aunque he tenido mis momentos, supongo. Pero es que ahora encuentro en el anonimato y en la falta de protagonismo una serenidad que nunca antes había valorado. Sin ir más lejos, en el trabajo. La dinámica en la que nos desenvolvemos en la oficina tampoco da mucho pie a las interacciones sociales y por eso hay días que, entre las nueve y media de la mañana y las seis y media de la tarde, más allá de los saludos y las despedidas a los que la buena educación obliga o se sitúe a mi vera alguna de esas personas que anteponen su necesidad de sociabilizar a la obligación de producir , no hablo más que con los asegurados a los que atiendo. Y mira que somos un ejército los que compartimos sala, pero no me pide el cuerpo conversar más que lo estrictamente necesario con quienes se sientan a mi lado. Supongo que a esto también contribuye el hecho de que nunca son los mismos, ya que no tenemos posiciones fijas al tratarse el edificio de una suerte de espacio de coworking corporativo. Me provoca una pereza tremenda iniciar la misma conversación cada día con los mismos tópicos: "bueno, ¿y tú cuánto tiempo llevas aquí?", "yo me llamo Santi, ¿y tú?" o el tan socorrido "a ver si hoy se pasa rápido el día". Tampoco siento ninguna clase de resquemor por no estar integrado en ninguno de los pequeños grupúsuculos que observo ya creados entre mis colegas. Aun sin ser especialmente divertido o locuaz, soy de verbo fácil, bastante educado y domino con cierta soltura las premisas básicas exigidas para mantener una conversación de cortesía con cualquiera, e intuyo que, en base a esas cualidades, a poco que lo intentara podría representar un papel algo más activo en la vida social de la empresa, pero lo cierto es que no siento que lo necesite. Sospecho que más de uno y de dos me habrán tachado ya de tímido, rarito o vete tú a saber, pero lo cierto es que me resulta completamente indiferente. Más allá de la relación que mantengo con mis seres más cercanos (mi familia y algunos amigos), que me resulta hoy por hoy más que suficiente y de las que no podría prescindir, no me tienta el mostrar de mí mismo más que lo que yo quiero que se vea, aunque el mío pueda en algunos casos parecerles a los demás un comportamiento hosco o distante. Me siento bien. Y no me importa no tener razón en esta manera de actuar. Sí, eso es, porque prefiero estar a gusto.

Siempre me ha atraído la psicología. No en el plano teórico, sino en ese otro nivel que tiene ver con la observación silenciosa y el análisis racional de lo observado. Escucho y miro la manera en que la gente se relaciona y encuentro una mayor satisfacción en ponderar y calibrar los motivos que puedan empujar a una persona a afirmar según qué cosas o a actuar de tal o cual manera ante los demás que en intervenir en una conversación grupal abierta. Me siento cada vez más una especie de analista pasivo de la conducta humana que se esfuerza por hablar únicamente cuando tengo algo realmente importante que decir. Antes callar que sumar más ruido a una conversación vacía. Mejor estar a gusto que en lo cierto, de nuevo, como el bolchevique moderno de la novela.


Habrá quien afirme - y en el fondo sé que con bastante buen criterio - que no puede ser sano minimizar hasta estos extremos la importancia emocional e intelectual del intercambio social. Admito que es la mía una postura que podría en el futuro depararme más tristezas que alegrías. Cabe sin lugar a dudas esa posibilidad y tal vez en el futuro el arrepentimiento por no haberme manejado de diferente modo en esta etapa de mi vida y en este tipo de contextos me pase la correspondiente factura, pero lo cierto es que a día de hoy tan sólo me preocupa sentirme tranquilo conmigo mismo y, en todo caso, que aquellos que realmente me importan sepan distinguir en mi actitud, muy diferente a la descrita, el valor que les doy mostrándome tal cual soy, sin tapujos ni filtros. Porque con ellos sí debato, sí me integro y sí muestro todos mis ángulos y aristas.

Una metamorfosis anómala quizá, pero a, fin de cuentas, la mía. Y me trae al pairo si no gusta.


martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


martes, 6 de junio de 2023

¡Mira que eres canalla, Silva!

Juro que hay autores que le quitan a uno las ganas de escribir mientras a la vez te tientan a dedicar el resto de tu vida a leerles una y otra vez. No encontrarás en sus textos un adjetivo o un adverbio que chirríe o esté mal aparcado. La historia que narran es perfecta en su cuadratura, no quedará un hilo suelto del que puedas tirar para deshilachar el conjunto. Los personajes estarán tan bien definidos que no hará falta que seas retratista, de esos que aparecen en las series de televisión, dispuestos siempre en las comisarías para dibujar el retrato robot del delincuente de turno; no será necesario porque mentalmente habrán logrado que les veas tal y como son. Juegan con la voz narrativa como el empollón de clase lo hace con el cubo de Rubik. A los diálogos no sólo no les sobrará ni les faltará nada, sino que aportarán además matices a los protagonistas que uno sólo será capaz de detectarlos cuando su creador les haga abrir la boca y te quedes asombrado de lo bien que ese rasgo encaja en el personaje.


Son todos ellos unos canallas. Admiración, celos, rencor, fascinación, amor, odio. Son tan buenos en lo suyo que recorro su trabajo permitiendo que todas esas emociones, y otras que me callo o no sé ni siquiera expresar (ellos sí sabrían), me abofeteen sin piedad y me hagan sentir como un asno en medio de una caballeriza de sementales de pura raza.

Con algunos, como en el caso que da pie a esta entrada, voy ya preparado por conocerles, a ellos y a su arte, gracias a experiencias anteriores. Cuando publican un nuevo libro, me falta el tiempo para sumergirme en eso último que sus mentes preclaras han dado en alumbrar, aún a sabiendas de que en el goce voy a toparme también con dosis altamente dañinas para mi autoestima de la más insana envidia. Pero soy incapaz de resistirme y, para colmo, cuando me voy acercando al final de la historia, me martirizo tratando de discernir cuándo publicarán su siguiente libro. Porque se me va a hacer eterno. Mi único consuelo es la certeza de que, para plasmar las palabras con semejante maestría, han estado antes donde yo me encuentro ahora, al principio, emborronando páginas en blanco que terminan en el contenedor de reciclaje de papel.

Luego están esos otros de los que te han hablado pero cuya lectura, por las razones que sean, has ido postergando. Cuando al final te tiras a la piscina, antes de acabar el libro, ya andas buceando en Google para averiguar más sobre sus vidas y, por supuesto, sus obras. Y si descubres que tienen seis o siete novelas ya publicadas, ronroneas de placer ante los miles de páginas que tienes por delante para azotarte a tí mismo por no poseer la habilidad o la costumbre de hacer lo que ellos hacen. 


Lo peor es cuando la contraportada del libro que te ha hipnotizado te informa de que el autor (o autora) tiene tan sólo treinta primaveras y que esta que sostienes entre tus manos es su primera novela. Ahí ya lloras por partida doble: porque es más joven que tú (algo cada vez más sencillo dado que yo ya he soplado bastantes velas) y porque vas a tener que esperarte uno, dos o tres años - depende de lo prolífico que sea el muchacho y de las condiciones del contrato que haya firmado con su editorial - para poder llevarte a la boca una porción de ese pastel del que tan sólo te han dejado probar un bocado.

¿Y a qué estas reflexiones? Pues a la última novela de mi admirado Lorenzo Silva, titulada Púa y que me ha dejado absoluta y completamente estupefacto. No se puede ser más canalla, estimado Señor Silva. He perdido la cuenta de los años que lleva usted jugándomela con las novelas del sargento Bevilacqua. He disfrutado con sus investigaciones durante todo este tiempo casi tanto como de su manera de narrarlas. Y ahora esto. ¿Cómo puede alguien escribir una novela así y quedarse tan ancho? Es que no me explico cómo lo hace y le aclaro que desde este preciso momento me pongo a su disposición para que en el futuro me haga usted padecer tanto placer como el que he sentido leyendo las andanzas de este agente (que suponemos del GAL), ya retirado, al que se le encomienda su última misión.

No pare usted. Siga deleitándome al tiempo que me tortura. Pero eso sí, insisto una vez más, es usted un maldito canalla, señor Silva.



jueves, 1 de diciembre de 2022

Que el cachorro se estampe

Ando estos días deleitándome con La llama de Focea, la última aventura que Lorenzo Silva ha imaginado para mi admirado Bevilacqua y hay una frase, muy en la línea de lo que yo comentaba en una de las primeras entradas de este blog, Tienen que dejar de ser niños, que ha hecho que mi memoria retroceda casi veinte años y recupere a aquellos padres primerizos que en su día fuimos y que ocupábamos la mayoría de nuestras tardes sentados en un banco del parque, supervisando los primeros juegos de nuestro hijo mayor, cuando todavía era él quien tenía que alzar la vista para hablarnos y no a la inversa, como ocurre ahora.

Siempre va así. Hay que dejar que el cachorro se estampe. Y darle un mapa para salir.

Me veo entonces, con más pelo y menos certezas que ahora, intentando retener a Nuria cada vez que Sergio se subía, con esa torpeza propia de quienes aún no se han congraciado con sus cuerpos, a un columpio o a un tobogán, o cuando algún otro niño, con cara de futuro delincuente  se acercaba con andares intimidatorios al nuestro, que era más inocente que el día de la madre. Y, aunque con palabras distintas a las que utiliza Vila en el libro, yo intentaba hacerle entender a Nuria, que como buena madre que es no me hacía caso la mayoría de las veces, que es crucial que el niño aprenda por sí solo que, cuando uno se sube a ciertas alturas, corre el riesgo de caerse o que de algunos individuos es mejor apartarse. Dejar, en definitiva, que el cachorro se estampe. Pues depende de la ostia que se pueda dar, argumentaréis algunos, y admito, con la experiencia acumulada con los años, que tenéis razón, que a veces hay que ahorrarles el castañazo.


Durante los casi diecinueve años que en unos meses celebrará nuestra paternidad, han sido numerosas las veces en que, como dos placas tectónicas desplazándose una contra la otra, mi deslumbrante media naranja y yo hemos colisionado aparatosamente en los parajes de la educación casera. Definir dónde dibujamos la línea que separa nuestra obligación natural de proteger a la camada y la necesidad de que aprendan por ellos mismos la inconveniencia de ciertos actos y actitudes es todavía hoy, aunque con menor frecuencia, motivo de conflicto. Porque la cosa, lógicamente, no terminó en aquel parque, ni mucho menos; aquella era sólo una de las muchas pruebas que afrontamos como padres durante la educación de nuestros hijos y que, mal que nos pese, se nos seguirán presentando incluso cuando estos sean ya entes autónomos e independientes. No sólo cuando existe un riesgo físico para nuestras criaturas, sino también en situaciones del día a día en que se ven obligados a tomar decisiones. Que si ir con esos amigos no puede ser bueno para él, que si sale por la noche es inevitable que un día beba, que si no aprecian el valor del dinero, etc.  Pero, al menos en nuestro caso, hemos aprendido a escuchar los argumentos que la otra parte pone sobre el tapete con menos soberbia y una mente algo más abierta. Yo no creo, como dice el dicho, que dos personas que comparten colchón se vuelvan de la misma opinión, pero sí que doy fe de que las posturas se acercan y las distancias se acortan. Las consecuencias de las posiciones mantenidas y defendidas durante tantos años te hacen también volverte menos osado y mucho más prudente: que el cachorro se haya roto una pata cuando no intervenías porque "tiene que aprender a caer antes que aprender a volar", o lo contrario, que le hayan dado gato por liebre una vez más porque en su momento no permitiste que aprendiese aquella lección por miedo a...

Pero lo más importante, lo que siempre debemos asegurarnos de poner a su alcance para cuando se pierdan -que lo harán- es el mapa que les ayude a encontrar la salida. Es nuestra principal obligación proporcionarles, siempre y en cualquier circunstancia, las herramientas y mecanismos necesarios para  encajar los golpes que recibirán y para aprender de sus errores. Que sean capaces de caminar por la vida con seguridad y que dispongan de recursos suficientes para levantarse cuando tropiecen.


Hay que dejarles equivocarse, incluso cuando somos capaces de anticipar desde nuestra atalaya, a la que la experiencia y nuestros propios trompazos nos han llevado, los errores que van a cometer. Deben saber que estamos ahí, incluso cuando el orgullo les impida aceptar nuestra ayuda. Pero por si no estamos o dejamos de estar, serán los valores que les hayamos inculcado quienes les guiarán por el camino correcto. La comunicación es en este sentido un arma que nunca debemos dejar de emplear en la convivencia con nuestros hijos, debemos cuidar cada momento en que ellos estén dispuestos a conversar más allá del "¿qué hay para comer?", "déjame en paz" o "dame la paga". Podemos estar cansados, por nuestra cabeza pueden estar pululando como gusanos cientos de preocupaciones, puede quizá que nos sintamos enfermos o tengamos dolores, pero, como padres que somos, debemos apartar a un lado nuestros problemas y temores cuando ellos decide contarnos cómo les ha ido el instituto o el entrenamiento, cuando nos den una tregua en esa batalla que todo adolescente emprende contra sus progenitores. Porque ese instante es una oportunidad de mostrarle los golfos y cordilleras de la geografía humana por la que su vida transcurrirá, de transmitir lo que la vida nos ha enseñado por si les fuese de utilidad. 

Debemos tener presente, no obstante, y me permito aquí recuperar de nuevo a Bevilacqua, que "los tiempos cambian y no existe garantía de que los aprendizajes antiguos conserven alguna vigencia". No lo sabemos todo. O puede que lo que sabemos, ya no valga. No tenemos la verdad absoluta, debemos escucharles, intentar entenderles y adaptar nuestro discurso a su realidad. Y aún así, no lo olvidemos, seguiremos sufriendo porque siempre nos parecerá que el cachorro camina por la cuerda floja y en todo momento correrá el riesgo de estamparse. Asumámoslo.


 



 




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