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martes, 28 de mayo de 2024

La metamorfosis

Entre las muchas reflexiones que comparte con el lector el personaje principal de La flaqueza del bolchevique, novela de Lorenzo Silva que fue finalista del Premio Nadal en 1997 y que en estos últimos días he releído, hay una en la que me veo claramente reflejado. Y cito textualmente: "lo importante no es estar en lo cierto, sino estar a gusto". He tendido siempre, desde muy joven, a evitar el conflicto, pero en estas últimas semanas me he sentido cada vez más cómodo sorteando debates innecesarios y esquivando conflictos inútiles. Incluso eludiendo aquellos que en otras épocas pudieran resultarme más trascendentales. He aprendido que el tiempo quita y da razones, así que ¿para qué molestarme en gastar energías y quemar neuronas en intentar convencer a otros que defienden posiciones, a veces incluso de manera cerril e inflexible, opuestas a las mías? Argumentar y razonar parece que no está de moda. Ahí están nuestros políticos dando ejemplo. Cuando el diálogo es fluido y el intercambio de opiniones enriquecedor, todo es diferente, pero ese escenario me resulta cada vez más esquivo, desconozco si porque con el paso de los años me he vuelto yo más cuadriculado o si porque hoy en día la línea entre la comunicación y la crispación se ha vuelto más fina. La perra gorda para ti me sale más a cuenta que entrar en un tira y afloja del que a lo mejor salimos los dos mal parados. Insisto: prefiero estar a gusto que estar en lo cierto.


No sólo en este sentido me percato de que mi forma de relacionarme con el resto de mi especie ha cambiado. Por poner otro ejemplo, últimamente me estoy volviendo un tanto asocial. De mí nadie podrá decir que haya sido alguna vez el alma de la fiesta, aunque he tenido mis momentos, supongo. Pero es que ahora encuentro en el anonimato y en la falta de protagonismo una serenidad que nunca antes había valorado. Sin ir más lejos, en el trabajo. La dinámica en la que nos desenvolvemos en la oficina tampoco da mucho pie a las interacciones sociales y por eso hay días que, entre las nueve y media de la mañana y las seis y media de la tarde, más allá de los saludos y las despedidas a los que la buena educación obliga o se sitúe a mi vera alguna de esas personas que anteponen su necesidad de sociabilizar a la obligación de producir , no hablo más que con los asegurados a los que atiendo. Y mira que somos un ejército los que compartimos sala, pero no me pide el cuerpo conversar más que lo estrictamente necesario con quienes se sientan a mi lado. Supongo que a esto también contribuye el hecho de que nunca son los mismos, ya que no tenemos posiciones fijas al tratarse el edificio de una suerte de espacio de coworking corporativo. Me provoca una pereza tremenda iniciar la misma conversación cada día con los mismos tópicos: "bueno, ¿y tú cuánto tiempo llevas aquí?", "yo me llamo Santi, ¿y tú?" o el tan socorrido "a ver si hoy se pasa rápido el día". Tampoco siento ninguna clase de resquemor por no estar integrado en ninguno de los pequeños grupúsuculos que observo ya creados entre mis colegas. Aun sin ser especialmente divertido o locuaz, soy de verbo fácil, bastante educado y domino con cierta soltura las premisas básicas exigidas para mantener una conversación de cortesía con cualquiera, e intuyo que, en base a esas cualidades, a poco que lo intentara podría representar un papel algo más activo en la vida social de la empresa, pero lo cierto es que no siento que lo necesite. Sospecho que más de uno y de dos me habrán tachado ya de tímido, rarito o vete tú a saber, pero lo cierto es que me resulta completamente indiferente. Más allá de la relación que mantengo con mis seres más cercanos (mi familia y algunos amigos), que me resulta hoy por hoy más que suficiente y de las que no podría prescindir, no me tienta el mostrar de mí mismo más que lo que yo quiero que se vea, aunque el mío pueda en algunos casos parecerles a los demás un comportamiento hosco o distante. Me siento bien. Y no me importa no tener razón en esta manera de actuar. Sí, eso es, porque prefiero estar a gusto.

Siempre me ha atraído la psicología. No en el plano teórico, sino en ese otro nivel que tiene ver con la observación silenciosa y el análisis racional de lo observado. Escucho y miro la manera en que la gente se relaciona y encuentro una mayor satisfacción en ponderar y calibrar los motivos que puedan empujar a una persona a afirmar según qué cosas o a actuar de tal o cual manera ante los demás que en intervenir en una conversación grupal abierta. Me siento cada vez más una especie de analista pasivo de la conducta humana que se esfuerza por hablar únicamente cuando tengo algo realmente importante que decir. Antes callar que sumar más ruido a una conversación vacía. Mejor estar a gusto que en lo cierto, de nuevo, como el bolchevique moderno de la novela.


Habrá quien afirme - y en el fondo sé que con bastante buen criterio - que no puede ser sano minimizar hasta estos extremos la importancia emocional e intelectual del intercambio social. Admito que es la mía una postura que podría en el futuro depararme más tristezas que alegrías. Cabe sin lugar a dudas esa posibilidad y tal vez en el futuro el arrepentimiento por no haberme manejado de diferente modo en esta etapa de mi vida y en este tipo de contextos me pase la correspondiente factura, pero lo cierto es que a día de hoy tan sólo me preocupa sentirme tranquilo conmigo mismo y, en todo caso, que aquellos que realmente me importan sepan distinguir en mi actitud, muy diferente a la descrita, el valor que les doy mostrándome tal cual soy, sin tapujos ni filtros. Porque con ellos sí debato, sí me integro y sí muestro todos mis ángulos y aristas.

Una metamorfosis anómala quizá, pero a, fin de cuentas, la mía. Y me trae al pairo si no gusta.


martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


miércoles, 20 de diciembre de 2023

Madrugones que no pesan

No he sido nunca de mucho dormir. Mi temprana afición a la lectura transformó en algo más que hábito, desde niño, el resistirme al sueño con un libro entre las manos hasta que se me cerraban los ojos por el cansancio o hasta que mis padres me hacían apagar la luz, circunstancia esta última que se producía con poca frecuencia, dado que ellos eran también consumados lectores y nos alentaban a mis hermanos y a mí a ampliar nuestros horizontes a través de la literatura. Sospecho que por esa razón no consideraban excesivamente perjudicial para mi salud que yo apurase hasta el último segundo (y un poco más) la hora de rendirme a las seductoras artes de Morfeo. Es más, creo que se sentían orgullosos de mi adicción. Recuerdo que uno de los regalos que más ilusión me produjo en mi infancia fue un artilugio consistente en una especie de varilla flexible que portaba en uno de sus extremos una bombilla diminuta y en el otro unas pinzas que se enganchaban a las páginas del libro que estuviera devorando en aquellas noches en que todos me creían ya dormido. Y algo similar ocurría al amanecer. Si eran las siete de la mañana de un domingo, cuando un silencio sepulcral anegaba la casa y el día estaba aún por estrenar, y a mí me despertaban las ganas de orinar, no era yo de los que, tras descargar la vejiga, se arropara de nuevo e intentara regresar al algodonoso mundo de los sueños. Yo encendía mi pequeña luz portátil y me ponía a leer, completamente abstraído, hasta que escuchaba a mis hermanos colarse en la habitación de mis padres y obligarles a retomar los juegos y las risas interrumpidos el día anterior, actividad a la que yo habitualmente me unía de manera inmediata y animosa. No es de extrañar, teniendo todo esto en cuenta, que ya desde mis años de instituto, comenzara a encontrar en la siesta frente al televisor el merecido reposo del guerrero.

Durante once años de mi vida adulta, esos en los que atravesaba Madrid cada mañana desde mi casa en Móstoles hasta mi trabajo en Tres Cantos para iniciar mi jornada laboral a las ocho de la mañana, tuve que renunciar entre semana a mis costumbres noctámbulas dado que el despertador sonaba antes de las seis de la mañana y la siesta era un oasis en el que tan sólo podía solazarme los sábados, fiestas de guardar y vacaciones, pero compensaba aquella alteración de mis rutinas lectoras con una de las experiencias más absorbentes que he experimentado en mi vida: dadme un libro a las seis y media de la mañana, metedme en un vagón de Cercanías y programarme un recorrido de hora y media. Me convertiréis en un hombre feliz. Y además no me oiréis hacer un triste ruido durante todo el trayecto.

He pasado los últimos dos años, a cuenta de la enfermedad padecida, durmiendo por las noches aún menos de lo que acostumbro, y no sólo la lectura me ha acompañado en las horas de insomnio más oscuras y solitarias, sino que también lo han hecho la escritura, las plataformas de streaming y los videojuegos. La siesta se ha terminado consolidando en mi día a día, ya no como un lujo, sino como un medicamento de rescate sin el que me resultaría difícil sobrevivir. Para dar descanso a mi mente, con cuyos desvaríos he tenido que combatir con toda la entereza que he sido capaz de reunir - a veces a todas luces insuficiente -, y a la zona afectada por el herpes, que me exigía adoptar irremediablemente la horizontal durante las sobremesas a fin de que todas mis terminaciones nerviosas pudieran estirarse y poder seguir rindiendo durante las tardes. Durante todo este tiempo he intentado en distintas fases eliminar de mi rutina ese reparador sueñecito tan español por si fuera el culpable de mis desvelos nocturnos. Puedo asegurar que en absoluto. Que los días sin siesta no dormía por la noche ni más ni menos que antes. Así que terminé claudicando y permitiendo a mi cerebro que se ralentizara cuando mejor le pareciera. Y en los dos últimos meses, en que los dolores comenzaron a reducirse, me adapté a una nueva dinámica. El sueño nocturno, a causa de algunas punzadas de dolor esporádicas que persisten y de las acuciantes ganas de orinar que con bastante frecuencia me provoca una medicación que me veo obligado a tomar para regular mis niveles de azúcar, seriamente alterados por la inactividad forzosa de estos meses, se ha convertido en un conjunto de microsiestas que suelo alargar hasta las nueve de la mañana aproximadamente. Y sin por ello permitirme perdonar la cabezada de después de comer, por supuesto.

Pero ahora que por fin he comenzado a trabajar de nuevo, ando amaestrando a mi cuerpo para que se adapte cuanto antes al brusco y forzoso amanecer del despertador y a la ausencia de siestas. Estos primeros días me está costando que los párpados se separen y que mi cerebro emplee menos tiempo en activarse, ya que las noches aún siguen siendo duras. También contener los bostezos tras las comidas. Intuyo que me resultará aún más complejo cuando se acabe este período de teleformación y deba cumplir mi jornada de manera presencial.

Pero la realidad es que, aunque a mi cuerpo y a mi mente no les esté resultando sencillo este nuevo cambio de ritmo, estos madrugones, después de la pesadilla que ha controlado mi vida durante casi dos años, no pesan nada. Sentirte útil, levantarte de la cama con un objetivo y poder respirar aliviado al comprobar que la merma en la cuenta bancaria es cada vez menos dolorosa lo compensa todo.

Así que, aunque todavía a trompicones, ya estoy de vuelta.




martes, 21 de noviembre de 2023

La biblioteca

¿Se puede afirmar que uno ha soñado cuando lo que realmente ha hecho mientras dormía ha sido recordar?

He abierto mis ojos esta mañana sintiéndome abotargado por una pegajosa nostalgia, mecido por sensaciones que en otro tiempo me eran cotidianas y que creía haber extraviado, pero que el sueño (o la memoria) me han devuelto al despertar.

En mi sueño visitaba la Biblioteca Pública de Móstoles y me dejaba imbuir como antaño por el reverencial respeto que desde niño se apodera de mí en este tipo de lugares: el silencio, la ilusión, la expectativa y, sobre todo, la posibilidad de retirar un libro de una estantería, hojearlo percibiendo la textura del papel impreso y dirigirme al mostrador de préstamos para certificar que, durante quince días, ese ejemplar sería únicamente mío. Bueno, esos tres ejemplares. Porque eran los que cada quince días me llevaba a mi casa.

Supongo que visitar la biblioteca y elegir mis tres libros sería el equivalente cultural del joven enamorado de la moda que decide acercarse un rato al centro comercial a comprarse unos trapos y acaba echando allí la tarde completa. A mí me ocurría lo mismo. Siempre había más de tres libros que me apetecía echarme al coleto. Incluso a veces utilizaba el carnet de Nuria y en vez de tres eran seis los que me llevaba.

Un día pedí que me regalasen un Kindle por mi cumpleaños. Tenía meridianamente claro que iba a extrañar el tacto del papel, el olor de la tinta fresca o el de las páginas manoseadas por otros muchos lectores que hicieron suyos antes que yo esos ejemplares. Que añoraría la excitación de revisar los títulos grabados en los lomos, el arte de las portadas y la promesa de las contraportadas. Pero también que mi espalda agradecería el no tener que cargar siempre con el peso de dos libros en la mochila al ir a trabajar. Que ganaría tiempo al no tener que desplazarme para conseguir mis libros. Que en un dispositivo sólo un poco más grande que un teléfono móvil podría llevar miles de novelas. Que ya no tendría que inventarme formas de hacer sitio en mis estanterías para hacerle un hueco a mi última adquisición. Y todo ello, tanto las nostalgias del papel en mis manos como las certezas digitales de mi e-book, se ha cumplido.


Y a ello me he acostumbrado. No me arrepiento, aunque admito que cuando voy a un centro comercial, La Casa del Libro o la Fnac son paradas obligatorias en las que permanezco al menos media hora intentando reencontrarme con aquellas sensaciones, aún a sabiendas de que no me llevaré ningún ejemplar.

Pero, tal y como mi sueño me demostró, no es lo mismo ni mucho menos. Porque una biblioteca es más que una tienda y, por supuesto, mucho más que un libro electrónico. Porque en una biblioteca no sólo el silencio o la comunión existente entre los que pasamos horas allí convierte la visita en una experiencia íntima. Porque en una biblioteca pareces escuchar los susurros de las voces mudas de los autores, muertos o vivos, de éxito o casi desconocidos, de nuestra tierra o de otras más lejanas. Porque en la biblioteca se palpa el respeto y el aire huele a cultura.


No sé si soy capaz de explicarlo adecuadamente, pero de lo que tengo una absoluta certeza tras este sueño es de que en breve, aunque sea tan sólo para revivir un pellizco de todo aquello, haré una visita tranquila y relajada al que fue, durante muchos años, uno de mis lugares favoritos del mundo.




sábado, 18 de noviembre de 2023

Un Red Bull para las musas

Llevo días intentando sin demasiado éxito encontrar el tiempo suficiente y reunir la inspiración necesaria para volver a escribir y me he alarmado al darme cuenta de que el primero me falta y la segunda parece haberse esfumado. No sé qué ha cambiado durante estas últimas semanas para que ocurra esto. Quizá pueda resultar más sencillo determinar las razones que explican la falta de huecos en mi agenda que las que justifican el bloqueo mental que parece haber acallado mi voz literaria. Porque al final, a poco que me pare a pensarlo, no me cuesta tanto distinguir qué ha variado en mi día a día para no poder escaparme a este rincón con la frecuencia con la que antes lo hacía y aún menos para avanzar en esa novela que ansío terminar algún día. Las tareas domésticas, la búsqueda de empleo - que no deja de ser un trabajo por sí mismo -, devolver la vida a mis distintos dispositivos electrónicos, que acordaron vilmente averiarse todos al mismo tiempo, querer pasar más tiempo por las tardes con mi familia, el curso online que después de muchos meses el Sepe se ha dignado por fin a concederme... en fin, que ando más liado que la pata de un romano.




Pero, ¿dónde se han ocultado las musas que hasta hace no mucho me bendecían con tanta generosidad? Porque antes podía escribir una entrada para el blog medianamente digna en poco más de una hora e incluso había mañanas en que iba engarzando una detrás de otra sin pausa y almacenaba material suficiente para una semana y del que además me sentía muy orgulloso. Y sin embargo ahora... compruebo que durante estos últimos siete días he iniciado hasta siete posts que no han superado ni siquiera la prueba del algodón por insulsos y anodinos. Sólo este que ahora escribo parece apuntar hacia algún lado en concreto y hacerlo además con un cierto criterio y una precisión aceptables.

Sospecho que mucho tiene que ver en ello que mi estado de ánimo haya sintonizado una emisora diferente durante estos días y que mi mente haya sido abducida por otras preocupaciones y necesidades que antes no me acuciaban de la misma manera antes. Sea como fuere, el caso es que esta mañana, mientras intentaba conciliar de nuevo el sueño tras un prematuro despertar que no estaba en absoluto programado, arrebujado bajo las sábanas y sintiendo la ausencia de Nuria, ya de regreso al trabajo tras unos días de descanso forzoso, me he propuesto recuperar el hilo de la novela a la que hace ya más de un mes que no me asomo y me ha entristecido darme cuenta de que ni siquiera era capaz de recordar en qué punto la había abandonado. Los personajes, más allá de la neblina matutina que pone al amanecer palos en las ruedas de mi memoria, aparecían difuminados, desdibujados los contornos que tan firmemente había trazado en mi imaginación, diluidos sus anhelos y sus aspiraciones en la bruma del olvido. Tras varios intentos infructuosos y desmoralizadores de tomarle el pulso de nuevo a esa narración que con tanta fuerza latía hasta hace no demasiado en mi interior, mis divagaciones se han desviado hacia este blog. He revivido mentalmente la numerosa cantidad de situaciones que he vivido durante los últimos días y que eran susceptibles de haber originado un buen post y que, sin embargo, no he explotado como acostumbro: el abuelo de noventa y dos años que tropezó el otro día delante de mí, al que no pude agarrar con la suficiente agilidad, y cuya sangre tuve que restañar hasta que llegó la ambulancia cincuenta minutos después, mientras el buen hombre, más lúcido y con un humor más afilado que el que gasto yo en mi madurez, me hablaba de su neuropatía, de las cuatro cochinas medicinas que se toma cada día (mucho más inofensivas que las que tomo yo, hay que fastidiarse) y del susto que se iba a llevar su mujer cuando apareciera de esa guisa por casa; las curiosas anécdotas que me deparan las entrevistas de trabajo a las que he sido convocado durante estas semanas y la decepción que me produce el ver que hasta el momento nadie ha conseguido detectar, tras las cortinas de mi currículum y de mis argumentos, la valía que atesoro; las medidas con las que hemos tenido que poner freno de manera radical a la progresiva rebeldía con que nuestro  hijo mayor nos ha estado zarandeando; incluso, a pesar de no ser de mi agrado escribir sobre estos temas, los despropósitos presenciados durante los discursos de investidura de Feijoo y Sánchez, que lo único que han conseguido, al menos en mi caso, ha sido sentir vergúenza una vez más de la chusma que pretende gobernarnos. Anda que no he tenido material para explayarme y sin embargo ni una sola entrada publicada durante los últimos siete días.



No queda otra, en fin, que buscar por dónde meterle mano al reloj y robarle de donde se pueda un par de horas diarias a fin de recuperar hábitos. Ni tengo intención de desatender este blog, ni de abandonar el resto de proyectos literarios que me ilusionan. Y mucho menos de dejar de darme el gusto de escribir, que me ha ayudado -y sigue haciéndolo- a sortear esta mala racha que sé que muy pronto terminará. Y en cuanto a las musas, las acariciaré, las cantaré y, si fuera necesario, las empacharé de Red Bull, a ver si se animan a regresar a mi vera.


viernes, 6 de octubre de 2023

Curva de aprendizaje

Sabía que fácil no iba a ser, pero no podía imaginar que me fuera a costar tanto. Que iba a detenerme y a recular tantas veces por el camino. Que llegaría a ser tan exigente conmigo mismo y con lo que de mi pluma sale. Pero no cabe duda de que lo estoy siendo. Cuantos más tropiezos, sin embargo, más me atrae la tarea y más cerca me siento de tocar la tecla adecuada. Por eso sigo intentándolo. Una y otra vez. Todas las que hagan falta. Estoy aprendiendo en el proceso a valorar cada vez con mayor justicia a quienes sí son capaces de, a partir de una idea previa apenas bosquejada, elaborar una historia que cautive a los lectores, crear unos personajes con los que uno pueda identificarse, desarrollar las distintas escenas que harán creíble la narración de unos hechos ficticios y construir unos diálogos lo suficientemente inteligentes como para que los protagonistas den a conocer sus sentimientos y la motivación de sus actos de una manera resuelta e inequívoca. Y todo ello hilvanado de tal manera que al final dejen en quienes les leemos una huella lo suficientemente profunda como para que deseemos leer más de lo que son capaces de crear. En consecuencia, también leo ahora de otra manera. Tanto como antes, por supuesto, pero más despacio, saboreando y no engullendo, descubriendo los trucos que los profesionales de la escritura esconden bajo la manga y emplean con maestría en el momento más oportuno.

Nada tiene que ver escribir una entrada para este blog, una crónica de un encuentro deportivo o incluso un relato corto con montar todo el andamiaje que sostiene a una novela. Eso ya lo sabía cuando me planteé el reto. Era una certeza, no una intuición. Encontrar mi propia voz narrativa no me está resultando tan difícil. Sé cómo quiero escribir y de lo que quiero hablar, y de hecho estoy muy satisfecho con mis avances en esa dirección, pero en lo referente al relato, todo se me desmorona cuando alcanzo puntos cruciales de la trama. Como un castillo hecho de cartulina bajo un aguacero. ¿Hacia dónde voy ahora? Porque si tiro hacia la izquierda, entro en contradicción con lo que dije veinte páginas más atrás. ¿Hacia la derecha? Tampoco porque en ningún caso mi protagonista se comportaría de esa manera. Y aunque no descarto en ningún caso lo escrito hasta llegar a ese cruce de caminos y sigo dándole vueltas aún durante unos días, finalmente queda aparcado porque una nueva idea me viene a la cabeza y no puedo ya librarme de ella hasta que la plasmo en el papel. Y ya estoy liado de nuevo. Vuelta a empezar.

Cientos de páginas, no exagero. Desde que me propuse seriamente escribir una novela, ese es mi bagaje, del que, insisto una vez más, estoy sumamente orgulloso. El problema es que corresponden a nueve posibles historias distintas que mi mente ha engendrado y que se han quedado estancadas en diferentes etapas del proceso. La más extensa de ellas ocupa noventa y siete hojas y la más breve no llega a las veinte. Entre medias, un puñado de narraciones y una legión de personajes que no terminan de desarrollar todo su potencial. Algunas ya con título provisional, otras a la espera de que la bombilla se ilumine. La mayoría orbitan alrededor de las personas, describen sus maneras de enfrentarse a la vida y de relacionarse con sus semejantes. Muchas construidas a partir de pequeños retazos autobiográficos; las menos, fruto de la imaginación. Está en todas ellas muy presente un tema hacia el que inevitablemente termino dirigiéndome: el peso de la memoria, cómo lo vivido en el pasado nos va convirtiendo en lo que hoy somos y cómo nos hace comportarnos ante situaciones extremas en el presente de una determinada manera. Nada nuevo bajo el sol, pero desde mi propia perspectiva y experiencia. Y cuidando mucho el estilo narrativo y el ritmo.

Y aunque es el primer consejo que recibe quien quiera escribir una novela, no puedo resistirme a pensar si gustará a quien lo lea. Me peleo con esa cuestión con cierta frecuencia, aunque sé que no es a los demás, sino a mí, a quien debe satisfacer cada frase que escribo. Y sin embargo, ahí está, rondándome. Supongo que al final lograré ignorarla y que, cuando lo consiga, todo fluirá de una manera más natural.

Como ocurre en cualquier profesión, existe también en la escritura una curva de aprendizaje que nunca termina, ya que uno continúa enfrentándose cada día a nuevos obstáculos y retos que no había previsto previamente. Yo todavía me encuentro, en lo referente a la escritura, en un punto muy bajo de la curva, pero no tengo prisa y me enorgullece decir que cada paso que doy requiere menos esfuerzo que el anterior, que la cuesta cada día me parece menos empinada y que llegará un momento en que vislumbraré a lo lejos la cima. Estoy seguro de ello.

Mientras tanto, seguiré disfrutando de cada cosa nueva que aprendo de esta afición y de mí mismo mientras escribo.



sábado, 16 de septiembre de 2023

Elemental, querido Watson

Ardía en deseos de que se publicara "El problema final", la última novela de Arturo Pérez-Reverte. Esta no era como mis anteriores primeras veces con las distintas historias que el autor cartagenero había compartido con sus lectores durante las últimas tres décadas. Por decirlo de una manera poética, venía sintiendo mariposas en el estómago desde que se anunció antes del verano este nuevo lanzamiento. Suelo aguardar sus relatos con impaciencia, pero con este en concreto eran tan grandes las ganas que incluso me tentó la idea de presentarme a primera hora de la mañana en la puerta de la librería más cercana y comprar el libro en papel el día de su salida al mercado, como hacía en los tiempos en que los dispositivos electrónicos de lectura eran tan sólo un prototipo. Aparte de mi declarada admiración por su literatura, en este nuevo proyecto ya adelantó en alguna entrevista que el argumento giraría en torno a uno de esas figuras literarias únicas y universales que me acompañaron en las tardes lluviosas de los últimos años de mi infancia y los primeros de mi adolescencia: Sherlock Holmes. Nada más y nada menos. Un nuevo giro de tuerca en el variado crisol que conforma la producción novelística del escritor, miembro de la Real Academia de la Lengua Español, vilipendiado por muchos y venerado por otros tantos. Desde el Club Dumas y el Capitán Alatriste, pasando entre medias por la batalla de Trafalgar, la Reina del Sur y la revolución de Pancho Villa, hasta llegar al 221B de Baker Street.


Aunque los personales trazos del autor son fácilmente identificables en cada uno de los capítulos que componen la historia y aunque el personaje principal guarda grandes similitudes con los clásicos "héroes cansados" que pueblan su obra, por momentos tuve la extraña sensación de no estar leyendo realmente a Don Arturo, sino de nuevo a Sir Arthur Conan Doyle, el creador del celebérrimo detective y de su ayudante, el doctor Watson. Han pasado por mis manos otras recreaciones de estos personajes y aún tengo alguna pendiente de leer, como es "Estudio en negro", de José Carlos Somoza, pero hasta la fecha ninguna de ellas había logrado retrotraerme al universo holmesiano y al género de la "novela-problema" de manera tan contundente. No sólo he recordado relatos concretos de las aventuras del investigador londinense, sino que han regresado también a mí otras historias cumbre de la literatura detectivesca de finales del XIX y principios del XX, especialmente las de Gaston Leroux y Maurice Leblanc, a los que, aunque de soslayo, también se hace referencia en "El problema final". Puede ser en cualquier caso que la alta estima en que tengo al otrora corresponsal de guerra y a su obra literaria distorsione la impresión que otros puedan llevarse a leer esta novela, pero en cualquier caso estoy convencido que los que en su día disfrutaron del sabueso más famoso del género como yo lo hice, encontrarán entre sus páginas entretenimiento en abundancia y misterios de sobra que resolver.

Como aficionado al cine que se tragaba todas aquellas películas clásicas que echaban en la 1 los sábados después de comer, he disfrutado además como un cochino en una porqueriza con las numerosas referencias y las curiosas anécdotas verídicas sobre aquel Hollywood dorado en el que campaban a sus anchas los Gary Cooper, Laurence Oliver, James Stewart, Grace Kelly o Greta Garbo, entre otros. No revelaré a cuento de qué se mezcla a Sherlock Holmes y su leal Watson con todo ese elenco de artistas excepcionales que dieron vida a algunos de los personajes más emblemáticos de la historia del cine, simplemente os animo a que os sumerjáis también vosotros en la novela para descubrirlo y quizá disfrutarlo tanto como yo.

La lectura de "El problema final" ha avivado un propósito que he ido postergando durante muchos años. Yo acostumbraba a releer libros, algunos hasta cuatro o cinco veces. No era extraño dado que, aparte de los que por mi cumpleaños y en Navidades me regalaban, pocos más caían en mis manos. Las bibliotecas de Móstoles no estaban tan bien surtidas como lo están hoy, no existían, como ya he señalado antes, los ebooks y comprar libros era algo que mi economía no siempre podía permitirse. Y yo era un ávido lector, así que no me quedaba otra, para alimentar mi hambre lectora, que regresar a aquellos que ya había leído y que, de una manera u otra, me habían impresionado. Dejé de hacerlo a medida que el acceso a las novedades literarias fue haciéndose más sencillo. Ahora siempre hay algo nuevo al que hincarle el diente. Sin ir más lejos, en mi Kindle me esperan ahora mismo un centenar de libros publicados en los últimos tres años. Retornar a Sherlock Holmes no sólo ha despertado en mí las ganas de volver a sumergirme en aquel mundo victoriano en el que transcurren sus aventuras e intentar de nuevo resolver los crímenes que Conan Doyle ideó, sino también encontrarme de nuevo con otros relatos y aventuras que marcaron mis años más jóvenes, así que ya he descargado en mi dispositivo algunos libros como "Miguel Strogoff", "Historia de dos ciudades", "Ivanhoe", "El conde de Montecristo" o "Los miserables". Y para empezar a cumplir este capricho y sin más demora, me he embarcado ya en una recopilación maravillosa, con comentarios aclaratorios y multitud de notas a pie de página, titulada "Todo Sherlock Holmes". El reto promete, puesto que no sólo recopila en más de mil páginas todo lo que Sir Arthur escribió teniendo como protagonista a nuestro detective, sino que a parte de una introducción sumamente amena sobre todo el universo holmesiano, a cada relato le acompaña un pequeño estudio que realiza oportunas aclaraciones sobre la historia en cuestión.

Podría haber empezado a releer mi pasado con el "Drácula" de Bram Stoker o con "Los hijos del capitán Grant", de Verne, por poner un par de ejemplos, pero no, no podía ser de otra manera tras la experiencia de estos últimos días. El cuerpo me pedía regresar a Holmes cuanto antes y ahí ando, dichoso de regresar al Londres del inspector Lestrade, el profesor James Moriarty y la fatal Irene Adler, enfangado ya hasta las cejas con un "Estudio en escarlata", pasmado de nuevo ante las sagaces deducciones del más famoso detective literario de todos los tiempos: Sherlock Holmes. 

lunes, 17 de julio de 2023

Wallapop con y sin dolor

Durante el pasado verano, debido a los desvelos que me provocaba la angustiosa preocupación por encontrarme desempleado e indefenso ante la enfermedad que me asolaba y que en aquel momento aún no había alcanzado su punto más álgido, decidí registrarme en Wallapop y poner a la venta ciertos artículos a los que no les tenía un especial cariño y a los que ya no se daba en casa ningún uso: una Playstation Vita con sus respectivos juegos, unos Funkopops, algunas colecciones de cromos... cosas de las que, en líneas generales, no me dolía desprenderme. Sorprendentemente lo vendí casi todo y conseguí unos ingresos que, sin ser elevados ni proporcionar a la economía familiar demasiado oxígeno, me hicieron sentir mejor en lo que a mi contribución económica a las arcas familiares se refería.

Para ciertas cosas soy un tipo materialista. O más bien, coleccionista. Pero sin demasiados dramas visibles, llegado el momento de prescindir de ciertos objetos. Así ocurrió en su día, cuando urgía convertir el cuarto de estar en un dormitorio más, con mi colección de cassettes, que fueron a parar a la basura, y de cedés, que acabaron en cajas de cartón que desde entonces no han vuelto a ser abiertas. En aquella ocasión sí me invadió un leve pesar al desembarazarme de aquella gran colección de cintas de música que me había llevado años recopilar. También una suerte de derrota menor por verme obligado a quitar de mi vista y condenar a un ostracismo acartonado la selecta colección de cedés que hasta entonces había ocupado una estantería completa, del suelo al techo, en el cuarto de estar. Pero no monté ningún número. Era necesario hacerlo.

Seguí vendiendo algunas cosas esporádicamente, como los seis o siete vinilos que aún conservaba y que me compró un desaliñado coleccionista de música de los años ochenta, los juegos de la PS4 a los que ya les habíamos sacado todo el partido que podíamos en casa o los libros de Los futbolísimos con los que tanto disfrutaban mis hijos cuando yo aún pensaba inocentemente que llegarían a ser unos lectores tan ávidos como lo he sido y lo soy yo.

Durante unos meses las ventas se frenaron en seco, especialmente porque en mi muro de Wallapop quedaban ya muy pocos artículos expuestos. Hasta que hace un par de semanas un comprador se puso en contacto conmigo para interesarse por un raro ejemplar en perfecto estado de revista de El diario de Ellen Rimbauer: mi vida en Rose Red que yo había dejado en mi muro a un precio relativamente razonable. Aunque el libro no es obra de Stephen King, muchos se la atribuyen al haber escrito él el guión de la miniserie Rose Red y es hoy por hoy muy difícil encontrar primeras ediciones de la novela, como la que yo estaba dispuesto a vender. En la contraportada aún conservaba incluso la etiqueta de Continente (lo que luego se convirtió en Carrefour) con el precio: 595 pesetas. Se lo vendí por 80 euros.


Esta venta, unida a nuestra intención futura de remodelar el salón y convertirlo en otro más moderno y diáfano, sin tantas estanterías ni adornos, me animó a poner a la venta mi colección completa de novelas de Stephen King. La friolera de unos sesenta libros, desde algunas colecciones de relatos como La niebla o La expedición, que compré en tapa blanda ya en el siglo XXI y por las que no puedo pedir demasiado, hasta Rabia, la joya de la corona, una primera edición, también en tapa blanda, del único libro del Rey del Terror que él mismo ordenó descatalogar por haber sido referente sociológico de uno de esos adolescentes tarados que se lían a tiros en los institutos de Estados Unidos. Entre medias de ambos extremos, de todo, la mayoría primeras ediciones en tapa dura y perfectamente conservados que Nuria siempre, llegadas las Navidades o mi cumpleaños, conocedora de mi obsesión por King, me entregaba cuidadosamente envueltas.

Mientras fotografiaba cada volumen, redactaba la descripción del producto, calculaba el precio que me parecía más justo y subía todo ello a mi muro, notaba ya cómo esos meros preparativos me producían sarpullidos emocionales de importancia. A algunos les sorprenderá que yo, que suelo abogar por la literatura de calidad, sobre todo en lengua castellana, tenga como uno de mis autores de cabecera a este escritor norteamericano. Reconozco que tanto su estilo como sus historias se alejan muchísimo de lo que a mí me apasiona leer. Siempre priorizo, tal y como he comentado en anteriores ocasiones, el cómo me cuentan las cosas frente a la historia en sí misma, pero Stephen King es mi excepción a esa regla. Por eso y por el esfuerzo que sé que le costaba a Nuria ahorrar el dinero suficiente para comprarne el último King, la emoción con que me entregaba su regalo y la ilusión con que yo lo recibía, por todo ello, estas ventas en Wallapop, que ya he empezado a realizar, me están doliendo lo inimaginable.


Me he convencido a mí mismo de que al final, lo físico, lo material, tan sólo ocupa espacio, pero las emociones y las sensaciones que en mí generaba el momento en que abría estos libros por primera vez, el olor a nuevo imundaba mis fosas nasales y la imaginación se me disparaba sólo con acariciar los dibujos de las portadas o las ilustraciones de su interior, eso siempre permanecerá en mí y nunca me será necesario desprenderme de ello.

Porque si no me engaño pensando así, el dolor de estas ventas por Wallapop me va a perseguir al final de mis días.




jueves, 29 de junio de 2023

Merece la pena

Aunque escribir constituye para mí una tarea gratificante y reconfortante, debo confesar que hay ocasiones en que la parte más inconsistente y pragmática de mi psique me tortura con pensamientos del tipo:
- Venga, hombre, ¿estás seguro de que te merece la pena seguir perdiendo el tiempo con esto?

Sé perfectamente cuándo y por qué a un pedazo de mi cerebro le rechina que dedique mi tiempo libre a esta actividad, en mi caso, tan poco lucrativa. Matizaré que estas neuronas rebeldes no muestran su disconformidad cuando de este blog se trata. He adquirido ya el hábito necesario para que las entradas que aquí publico no requieran demasiado tiempo o esfuerzo y las suelo escribir de un tirón y publicar ya sin revisión de ningún tipo. Para mí, redactar un artículo para el blog es como para otros hacer un sudoku o echar una partida de Candy Crush. Un entretenimiento inocente, tranquilizador y antioxidante. Es muy difícil que en tan pocas líneas queden cabos sueltos o que alguien exija más aclaraciones que las ya expuestas.

Esa voz que pretende hacerme desistir en mis propósitos sólo se pronuncia cuando me enfrento a la novela en la que trabajo, especialmente cuando llego a alguna encrucijada en la historia que pretendo relatar y no me queda más remedio que echar la vista atrás de nuevo para ubicarme y poder dar una continuidad mínimamente coherente a la narración. O cuando observo que las pinceladas con las que pretendo retratar a un personaje no son lo suficientemente precisas, algo que, para mi desesperación, ocurre con bastante frecuencia. Me considero un crítico exigente con los autores a los que leo. No podría por tanto no serlo menos conmigo mismo y doy fe de que mi principal talón de Aquiles, aunque no el único, se encuentra en la creación de aquellos que tienen que representar con verosimilitud los papeles que mi imaginación les ha asignado: los personajes.

Compartió conmigo hace unos días Antonio Larrey, buen amigo mío, compañero de grada los fines de semana desde hace siete u ocho años, entusiasta de las letras como yo y escritor serio y constante que con cada novela eleva un poco más el listón de su excelencia, un relato breve titulado Reunión general que me gustó especialmente porque define a la perfección la importancia crucial de los personajes en un relato. Y de hecho me sentí plenamente identificado con el protagonista, que sufre precisamente porque los personajes de su libro no terminan de cumplir con su trabajo adecuadamente.


Volviendo al tema del que hablaba tras este pequeño paréntesis, ¿por qué dudo en esos momentos? ¿Por qué mi subconsciente me martillea con que el tiempo que empleo en inventar e imaginar historias y plasmarlas en el papel debería destinarlo a hacer un curso, preparar una oposición o simplemente, si de aprovechar los momentos de ocio se refiere, no limitarme a disfrutar de lo que otros, para las paginas de un libro o para los píxeles de una pantalla de televisión, ya han creado?  Creo que es una cuestión de autoestima, de que en esos momentos de debilidad y duda la figura del escritor fracasado o del desempleado inactivo se ciernen disuasorias sobre esa otra, más pequeña y frágil, aún en fase de crecimiento, que se encoge momentáneamente y amaga con retirarse a la esquina más oscura de la habitación y dejarse caer en el olvido.

Pero escribir es, al fin y al cabo, una tarea de pico y pala en la que no cabe desfallecer, así que cuando percibo esa presencia intentando provocar que mi creatividad huya en estampida, me recuerdo a mí mismo que es precisamente esto, escribir, lo que más me ha ayudado a superar los meses de dolor, rabia y pesadumbre por los que he pasado. Y que ahora ni puedo ni debo claudicar.


Así que ahí sigo, dando forma muy lentamente, pero con mucho cariño y perseverancia, a la que espero será mi primera novela y que, salvo cambio inesperado de rumbo, llevará por título Todo lo que me ocultaste. Espero ser capaz de llegar hasta el final, aunque calculo que tan sólo he completado una cuarta parte del recorrido y que aún serán muchos y muy empinados los riscos que tendré que escalar hasta que pueda compartirla con todos vosotros.

En definitiva, creo sinceramente que merece la pena seguir malgastando mi tiempo en ello, ¿no os parece?

martes, 6 de junio de 2023

¡Mira que eres canalla, Silva!

Juro que hay autores que le quitan a uno las ganas de escribir mientras a la vez te tientan a dedicar el resto de tu vida a leerles una y otra vez. No encontrarás en sus textos un adjetivo o un adverbio que chirríe o esté mal aparcado. La historia que narran es perfecta en su cuadratura, no quedará un hilo suelto del que puedas tirar para deshilachar el conjunto. Los personajes estarán tan bien definidos que no hará falta que seas retratista, de esos que aparecen en las series de televisión, dispuestos siempre en las comisarías para dibujar el retrato robot del delincuente de turno; no será necesario porque mentalmente habrán logrado que les veas tal y como son. Juegan con la voz narrativa como el empollón de clase lo hace con el cubo de Rubik. A los diálogos no sólo no les sobrará ni les faltará nada, sino que aportarán además matices a los protagonistas que uno sólo será capaz de detectarlos cuando su creador les haga abrir la boca y te quedes asombrado de lo bien que ese rasgo encaja en el personaje.


Son todos ellos unos canallas. Admiración, celos, rencor, fascinación, amor, odio. Son tan buenos en lo suyo que recorro su trabajo permitiendo que todas esas emociones, y otras que me callo o no sé ni siquiera expresar (ellos sí sabrían), me abofeteen sin piedad y me hagan sentir como un asno en medio de una caballeriza de sementales de pura raza.

Con algunos, como en el caso que da pie a esta entrada, voy ya preparado por conocerles, a ellos y a su arte, gracias a experiencias anteriores. Cuando publican un nuevo libro, me falta el tiempo para sumergirme en eso último que sus mentes preclaras han dado en alumbrar, aún a sabiendas de que en el goce voy a toparme también con dosis altamente dañinas para mi autoestima de la más insana envidia. Pero soy incapaz de resistirme y, para colmo, cuando me voy acercando al final de la historia, me martirizo tratando de discernir cuándo publicarán su siguiente libro. Porque se me va a hacer eterno. Mi único consuelo es la certeza de que, para plasmar las palabras con semejante maestría, han estado antes donde yo me encuentro ahora, al principio, emborronando páginas en blanco que terminan en el contenedor de reciclaje de papel.

Luego están esos otros de los que te han hablado pero cuya lectura, por las razones que sean, has ido postergando. Cuando al final te tiras a la piscina, antes de acabar el libro, ya andas buceando en Google para averiguar más sobre sus vidas y, por supuesto, sus obras. Y si descubres que tienen seis o siete novelas ya publicadas, ronroneas de placer ante los miles de páginas que tienes por delante para azotarte a tí mismo por no poseer la habilidad o la costumbre de hacer lo que ellos hacen. 


Lo peor es cuando la contraportada del libro que te ha hipnotizado te informa de que el autor (o autora) tiene tan sólo treinta primaveras y que esta que sostienes entre tus manos es su primera novela. Ahí ya lloras por partida doble: porque es más joven que tú (algo cada vez más sencillo dado que yo ya he soplado bastantes velas) y porque vas a tener que esperarte uno, dos o tres años - depende de lo prolífico que sea el muchacho y de las condiciones del contrato que haya firmado con su editorial - para poder llevarte a la boca una porción de ese pastel del que tan sólo te han dejado probar un bocado.

¿Y a qué estas reflexiones? Pues a la última novela de mi admirado Lorenzo Silva, titulada Púa y que me ha dejado absoluta y completamente estupefacto. No se puede ser más canalla, estimado Señor Silva. He perdido la cuenta de los años que lleva usted jugándomela con las novelas del sargento Bevilacqua. He disfrutado con sus investigaciones durante todo este tiempo casi tanto como de su manera de narrarlas. Y ahora esto. ¿Cómo puede alguien escribir una novela así y quedarse tan ancho? Es que no me explico cómo lo hace y le aclaro que desde este preciso momento me pongo a su disposición para que en el futuro me haga usted padecer tanto placer como el que he sentido leyendo las andanzas de este agente (que suponemos del GAL), ya retirado, al que se le encomienda su última misión.

No pare usted. Siga deleitándome al tiempo que me tortura. Pero eso sí, insisto una vez más, es usted un maldito canalla, señor Silva.



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