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sábado, 23 de marzo de 2024

Me he vuelto Classic

Me sucedió una cosa curiosa la otra tarde mientras circulaba con el coche por mi antiguo barrio, a la búsqueda de un sitio donde aparcarlo con la intención de subir un rato a casa de mis padres y compartir un rato agradable con ellos. La cosa estaba imposible. Por más vueltas que daba a la manzana, no encontraba ni un solo hueco libre. Mal día y mala hora. Es una zona residencial que en su día presumió de ser joven y que ha envejecido bien, en buena medida porque parte de la vida que transcurre entre sus calles se concentra en el Polideportivo Estoril II, lugar con más de cuatro décadas que acoge a niños, jóvenes y adultos con su extensa oferta sociodeportiva. Mientras recorría las calles Picasso, Velázquez, Españoleto y Alcalde de Móstoles una y otra vez, bordeando sus instalaciones y el parque en el que yo jugaba de pequeño, mi mente empezó a entretenerse recuperando recuerdos de años pasados con inusitada nitidez: el banco en el que me sentaba todas las tardes con mis amigos a comer pipas y a discutir si Hugo Sánchez era el mejor delantero de la historia o si alguna vez la selección española volvería a superar los cuartos de final en un Mundial de fútbol; la pequeña pradera de césped en la que, cuando no andaban por la zona los jardineros, nos colábamos a jugar al fútbol; el poyete en el que en las noches de verano, cuando mi amigo y vecino Mati y yo bajábamos la basura, nos quedábamos charlando durante un largo rato sobre las chicas que nos gustaban y el futuro que nos esperaba; el portal en el que vivía mi amigo Iván, el de mi amiga Carmen o el de la primera chica a la que besé, sin pena ni gloria, una tal Mercedes a la que tardé poco en perder la pista; el lugar donde antiguamente se encontraba el único kiosco del barrio, en el que me compraba de niño chicles, cromos, tebeos y algo más tarde, cuando ya mis preocupaciones eran otras menos inocentes, novelas de bolsillo, tabaco y alguna que otra revista porno. Y todos aquellos recuerdos me envolvieron en una nube de dulce nostalgia que hizo que aquel rato se me hiciera un poco más corto. Y comencé a pensar que han pasado muchos años desde entonces, tantos que parece que todo aquello sucedió en otra vida. Mi memoria se afanaba extrayendo con avidez de sus entrañas las cosas que entonces hacíamos, la ropa que vestíamos, la forma en que hablábamos, el modo en que nos relacionábamos unos con otros, las costumbres que nos representaban.


A todo esto, para hacer aún más inmersiva la experiencia, sonaban de manera consecutiva en la radio del coche, sintonizada mi emisora favorita, canciones de aquellos 80 y 90 en los que se desarrolló mi infancia y mi adolescencia. Y es que recientemente deserté, hastiado de escuchar tanto reggaeton y horrores similares, de mis amados 40 principales. Pero no me fui muy lejos, ya que sintonicé una mañana, silenciando enfadado a Omar Montes, los 40 Classic. Justo en ese instante el locutor, un tal Javier Peredo, lanzaba a los oyentes una pregunta del tipo ¿eres de los que se lanzaba, sin casco ni protección alguna, por un terraplén, montado en tu bicicleta BH o tu Orbea, como si fueras un esquiador profesional compitiendo en los Juegos Olímpicos de invierno? Y concluyó: Si hiciste eso, eres Classic y esta es tu emisora. Y cuando terminó de hablar, casualmente comenzaron a sonar los acordes de la que sin duda es mi canción favorita de la historia: With or without you, de U2. Y a esa, durante el recorrido le siguieron I don't want a lover, de Texas, Summer 69, de Bryan Adams, Cruz de navajas, de Mecano y Al calor del amor en un bar, de Gabinete Caligari. Llegué aquel día a mi destino berreando, completamente desmelenado (ojo a la metáfora), eso de "jefe, no se queje y ponga otra copita más".

Así pues, ahí estaba yo, escuchando la música de otros tiempos, dejando que mi memoria trabajase a pleno rendimiento, sintiéndome cómodo en mi nostalgia, intentando encontrar, sin prisa, un lugar donde aparcar mi coche. Identificándome como nunca en los días anteriores con lo que venía a ser el oyente tipo de la emisora de radio clasiquera. De los que piensa que otro gallo nos habría cantado en este país si la EGB, el BUP y el COU no hubieran desaparecido. De esos que no logra entender el sentido de llevar los pantalones colgando y dejando a la vista los calzoncillos. De los que aún, de vez en cuando, sigue utilizando expresiones como "guay del Paraguay", sabe quienes eran los Goonies y también lo que significa la palabra "supercalifragilisticoespialidoso. De los que no duda sobre cómo continúa la canción que comienza "por la mañana yo me levanto y voy corriendo desde mi cama". O esa otra que decía "sufre, mamón, devuélveme a mi chica". De los que se emociona cuando escucha la melodía de Verano azul o ve en televisión que están reponiendo Farmacia de guardia. De los que se acuerda de cómo se jugaba a las canicas, a burro o al destornillador. De los que manejaba pesetas y no euros. De esos a los que sus padres mandaban a la cama cuando en la pantalla del televisor, en la esquina superior, aparecían dos rombos.

Así que me he vuelto Classic. Y tan feliz y orgulloso. Que sí. Que es otra manera de decir "carca", "viejales" o como se nos llame hoy en día. Acepto mi naturaleza y mi edad, estoy la mar de a gusto con ambas, reconciliado conmigo mismo. Pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor. Me encanta la sensación de caminar por algún rincón de mi ciudad y que me sacuda el recuerdo de lo que, treinta o cuarenta años atrás, me ocurrió allí a mí. Y no sólo pensarlo. Si voy acompañado de alguno de mis hijos, les castigo contándoles la anécdota de turno y alabando la vida que entonces llevábamos. Batallitas del abuelo Cebolleta. Pues vale, me encanta haber llegado aquí y verlo todo de esta manera. O, volviendo a mi coche, recorrer cien kilómetros de autopista y ser capaz de cantar todos y cada uno de los versos que van sonando en los 40 Classic. O al menos, tararear los estribillos. Y que suene Cuando brille el sol, de La Guardia, y me vengan a memoria las fiestas veraniegas que se organizaban para los jóvenes en lo que entonces era la pista de patinaje del polideportivo; que Glen Medeiros entone el Nada cambiará mi amor por ti y yo me acuerde de esos primeros amores platónicos de mi adolescencia; el We are the champions de Queen y me retrotraiga a aquel gol de Pedja Mijatovic con el que lloré de alegría cuando mi pasión era el fútbol; el You give love a bad name de Bon Jovi y me acuerde de lo grande que me sentía al pasear por mis calles con mi "loro" sobre el hombro y la música tronando a mi alrededor; y o el Así estoy yo sin ti de Joaquín Sabina que despertó mi pasión por la música y la poesía.



Supongo que, en cualquier caso, he sido Classic desde antes de saber que lo soy. En realidad, creo que lo he sido siempre. De los que no se atrevía a decirle a una chica lo mucho que le gustaba, pero la escondía en la mochila de manera anónima cualquier tontería el día de San Valentín. De los que siempre han sujetado la puerta al prójimo. De los que se partía la cara en el patio del colegio con el chulo de turno si se metía con alguna niña, incluso aunque no fuera de mi clase, y aceptaba el castigo que el profesor le impusiese sin rechistar, con la cara dolorida por los golpes recibidos y el orgullo henchido por haber actuado como un héroe. De los que se ponían americana y corbata en las ocasiones especiales y nunca se pondrá calcetines blancos con los vaqueros. De esos a los que una chica deja porque quiere menos poesía y más marcha. De los que escribían poesía y leían a oscuras cuando los demás ya dormían. Un tío que, para según qué cosas, ya les parecía un poco rarito a los de mi quinta y al que seguramente los chicos de hoy en día serían incapaces de comprender.

No cambio nada de todo aquello. Ni una coma. Y ahora me reconforta pensar así. Contemplar mi pasado desde la atalaya de mi madurez presente y ser consciente de ello me hace enfocar el futuro con una perspectiva privilegiada. Porque sé que venga lo que venga, va a sumar tanto o más que lo ya vivido.

viernes, 9 de febrero de 2024

Zorra

Aunque han pasado ya unos cuantos días desde que resultara elegida como canción que representará a nuestro país en el próximo festival de Eurovisión, no me quería quedar con las ganas de comentar la jugada. Porque a mí el sarao este me parece ya un despropósito de magnitudes apocalípticas. Y es que, en el intento de RTVE por reinventarse y mantener la atención del público, el susodicho certamen se ha convertido en una pasarela de monigotes, esperpentos y aspirantes a famosillos que me provocan a veces auténticas arcadas. No he sido nunca yo demasiado eurovisivo y a buen seguro estaré, en opinión de muchos, completamente incapacitado para emitir opiniones al respecto, pero mi libertad de expresión - y mucho más en mi terreno, es decir, aquí, en este blog - me empuja a no callármelas ni debajo del agua. 

Siempre he ido a contrapié con este festival: cuando Bravo y su Lady lady consiguieron un tercer puesto tras el batacazo de Remedios Amaya y su barca, yo escuchaba a Parchís y a Enrique y Ana; cuando la Década Prodigiosa y su Made in Spain sonaba en las emisoras del país a todas horas, yo estaba en mi fase de rock patrio ochentero;  cuando nos representó un jovencísimo (y feo) Sergio Dalma con Bailar pegados, yo me encontraba - musicalmente hablando - en las Antípodas de las baladitas ñoñas con perfume italiano y sacudía mi exigua melena con Aerosmith, Van Halen o Bon Jovi; con el fenómeno OT, como casi todos los españoles, me enganché al Europe's living a celebration de Rosa López, aunque llegado el día señalado estaba hasta la glotis de la cancioncita y me encerré en mi habitación a escuchar a Estopa; y así, sucesivamente. Y estos últimos años, para qué negarlo, mirando el concurso por encima del hombro, incrédulo ante nuestra falta de buen gusto. 



Y este año iba por el mismo camino, es decir, desdén e indiferencia absoluta hacia todo lo relacionado con esta pantomima musical, pero por casualidad cayó en mis manos el listado de artistas que iban a participar en el Benidorm Fest y debo confesar que me entusiasmé porque algunos de los artistas incluidos son de mi agrado y pensé que sí, que este año por fin llevaríamos un tema en condiciones. Que ganase o no era otra cosa. Pero al menos presentar una canción de la que pudiera sentirme orgulloso. Marlena y su Amor de verano era mi favorita. Las sigo desde hace un par de años, cuando su Me sabe mal fue una de las canciones del verano. Me hipnotiza la voz de Ana y sus melodías son optimistas y bailables. Pero también se presentaba uno de mis más recientes descubrimientos, Miss Cafeina. O Lérica y María Peláe, que sin volverme loco, se dejan escuchar. Localicé una playlist en Deezer con las dieciséis canciones y me quedé absolutamente horrorizado. Por Dios, qué desastre de selección. Y la que menos me gustó, con diferencia, fue Zorra. Y pensé: "ya está, esa va a ser". Y si no, por ahí le andará. Toma ya, En el blanco. Otro año que ni me molestaré en consultar las redes sociales para ver cómo hemos quedado.

Si salgo sola, soy la zorra
Si me divierto, la más zorra
Si alargo y se me hace de día,
Soy más zorra todavía 

Pura poesía y musicalidad, sí, señor. Original y con mensaje. Que Sabina no la escuche, por favor, que se da un garbeo hasta el Wizink y se tira - esta vez de cabeza - desde el escenario y sin bombín  Acabaremos todos tarareándola, por supuesto, de eso no me cabe ninguna duda. Y ¿quién sabe? En el escenario tan LGBTQ+ en que se ha convertido Eurovision a lo mejor hasta ganamos. Pero con la música tan variada que se produce en este país y la calidad y el arte que tienen muchos de nuestros artistas, vergüenza me da que nos represente esta bazofia electrónica cuyo único mérito reside en el impacto de repetir la palabreja que le da título al tema en cada verso. Supongo que no hay otra manera de que este tipo de músicos consiga enlazar dos rimas. Así nos va: en los últimos 20 años sólo Channel y su SloMo (que tampoco es que sea una obra maestra) ha logrado quedar entre las diez canciones más votadas. 


Yo, visto lo visto, iba preparando para el año que viene una versión a lo David Ghetta de Paquito, el chocolatero, interpretada a ser posible por Don José Luis Zapatero y Don Mariano Rajoy, ambos equipados con el último modelito de Cristina Pedroche y coros a cargo del Cholo Simeone y de Yolanda Díaz. ¿Qué no? Pues yo creo que triunfábamos. Total: puestos a ponernos en ridículo, hagámoslo con un poco más de originalidad.

martes, 26 de diciembre de 2023

El chico de las listas - Año 2

Leía el otro día un artículo en que el autor se preguntaba si hay lector para tanto libro como se edita hoy en día. Después de muchas divagaciones, llegaba a la misma conclusión que yo había alcanzado simplemente leyendo el titular: no, no lo hay. Y lo dice alguien que, sin leer tanto como le gustaría, se mete cada año entre pecho y espalda unas sesenta o setenta novelas. Y lo mismo ocurre con el mercado musical. Las plataformas de streaming como Spotify, Deezer o Amazon Music, a las que tanto temía la industria discográfica cuando aquellas comenzaron a extenderse por todo el planeta han provocado un cambio importante, ya no sólo en las formas de consumo, sino también en las estrategias de distribución por parte de las compañías. Y ¿qué decir de Netflix, HBO o Disney? ¿Puede alguien estar al día de todo lo que se estrena. Es absolutamente imposible absorber tanta oferta. No hay tiempo material.

Por ese motivo, le reconozco importantes carencias a este propósito mío de sugerir lecturas o álbumes musicales a quienes de vez en cuando os asomáis a este blog. Es más lo que queda fuera de mi radar, especialmente en lo literario, que lo que logro abarcar. Porque siempre voy con retraso y alterno novelas recién publicadas con otras a las que no llegué en años anteriores o incluso, como en este último trimestre de 2023 que ya se nos esfuma, con clásicos que de repente me apetece recuperar. Son también propuestas condicionadas por mis hábitos y debilidades, como por ejemplo, anteponer el producto nacional al foráneo o ser de los primeros en leer a alguno de mis autores favoritos, cuando les da por regalarnos alguna perla, antes que embarcarme en las de autores más desconocidos o que en lecturas anteriores no me calaron tanto. Pero, a pesar de estas carencias, aquí os dejo, como he hecho otros años y con el mayor cariño, mis favoritos en libros y música de este año. Espero que alguno de ellos se convierta también en el vuestro.


VA DE LETRAS

Volver a dónde, de Antonio Muñoz Molina.

Parece que ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos confinados en nuestras casas a cuenta de la pandemia de Covid, pero Muñoz Molina, una de las plumas vivas más interesantes de la literatura española, nos recuerda con gran sensibilidad que, en términos históricos, aquellos sucesos son todavía muy recientes y que muchas de las enseñanzas que nos dejó aquella etapa tienen también hoy, de vuelta a una aparente normalidad, validez. Un retrato cercano y entrañable que emociona por momentos. 




Púa, de Lorenzo Silva.

Revisando mis recomendaciones de años anteriores me he percatado para mi sorpresa de que si hay un autor que se repite año tras año en todos mis listados ese es el madrileño, natural de Carabanchel, Lorenzo Silva. Me pasó bastante desapercibido, allá por los noventa, cuando alcanzó popularidad con Noviembre sin violetas y con La flaqueza del bolchevique, finalista del Premio Nadal, pero fue precisamente con el inicio del siglo cuando comenzó a llegar al gran público con la serie de novelas de los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Yo me enganché a la serie tras la segunda entrega, El alquimista impaciente, y no sólo no la he soltado durante todos estos años, sino que espero con ansia cada nueva entrega. Pero este año nos ha privado de un nuevo episodio de sus célebres personajes para regalarnos a cambio un thriller magistral sobre la condición humana que no han podido dejar de recomendar autores tan populares como Dolores Redondo o César Pérez Gellida. Idóneo para leer bajo la sombrilla con una cerveza bien fría. 



El problema final, de Arturo Pérez-Reverte.

Otro de mis tótems. Quizá al que más venero por su verbo y por su habilidad para reconstruirse a través de personajes irrepetibles. Esos "héroes cansados" que protagonizaban sus primeras historias siguen presentes en sus novelas, pero han adquirido un protagonismo más secundario en sus últimas novelas. ¿Cómo no iba a ser así si entre sus personajes se encuentran ahora figuras como las de Pancho Villa en Revolución o, como en este caso de El problema final, Sherlock Holmes? Recomendable para revertianos y holmesianos por igual. Y para cualquiera que aprecie el uso sublime que de nuestra lengua hace el autor cartagenero. 


Valencia Roja, de Ana Martínez Muñoz.

Sin el bombo y platillo que acompañó a otras autoras al iniciar sus millonarias sagas de la Trilogía del Batzán o de Kraken y la Ciudad Blanca, esta autora valenciana da inicio a la que se anticipa como una nueva serie de novela negra que protagoniza Nela Ferrer, la recién nombrada Jefa del Grupo de Homicidios de Valencia, quien se enfrentará en este primer caso a una serie de asesinatos relacionados con el mundo de la pornografía. Buenos personajes y mucho, mucho ritmo narrativo.


Todas las piezas rotas, de John Boyne.

A pesar de no frecuentar en exceso la literatura que de otros países nos llega, me asombra cada nueva publicación de este autor irlandés, que con El niño del pijama a rayas, quizá una de sus obras más flojas, se ganó un sitio privilegiado en las estanterías de medio mundo. Tras haber abordado de manera sobresaliente la polémica sobre la pederastia en el seno de la iglesia de su país en su anterior novela, regresa ahora a ese universo al que ya se asomó en su primer éxito y nos regala una historia que podría considerarse la inevitable secuela de El niño del pijama..., pero la maestría con la que engalana el relato convierte a Todas las piezas rotas en uno de sus más emocionantes obras. Para aquellos a los que les gusta derramar alguna lagrimilla al recordar lo salvaje que puede llegar a ser el ser humano.


La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón.

Otra de las revelaciones serias de la literatura española actual, a pesar de contar ya en su haber con una digna carrera previa como autora. Una fiel recreación de la Sevilla del siglo XVI, apoyada en una concienzuda investigación histórica, y del tráfico comercial del Imperio con la recién descubierta América. Y a pesar de su importante aportación a la novela de este género y de adaptar el lenguaje a los usos de la época -siempre, no obstante, haciéndolo asequible a los lectores de nuestra época-, es una novela en la que todo gira en torno a los macabros asesinatos cometidos contra las meretrices del prostíbulo La Babilonia. Todo un descubrimiento.


La metamorfosis infinita, de Paul Pen.

Es una lástima que este escritor no encuentre aquí, en su país, el reconocimiento que se merece y que, sin embargo, sea tan valorado fuera de nuestras fronteras como uno de los autores más prometedores del panorama internacional. Le sigo con fervor desde El aviso, su primera novela, que contó con una mediocre adaptación al cine de la mano del director Daniel Carpasoro. Confluyen en su obra algunos de los géneros que más me atraen y para colmo es un narrador excelente. A pesar del marcaje al que le tengo sometido, quizá por lo poco que vende en España, su última novela, publicada en 2022, me pasó desapercibida hasta que la descubrí hace dos meses. Dejé aquello que tenía entre manos y me sumergí en ella como el adicto al tabaco que lleva días sin fumar. Maravillosa, llena de giros de guión que te hacen enloquecer. Paul Pen en esencia.


Los chicos de Biloxi,
de John Grisham.


Es Grisham uno de mis vicios confesables, de esos que uno no oculta aunque pueda parecer contradictorio en alguien que presume de leer novelas de calidad. Pero me ocurre con él como con Stephen King: hay algo en su manera de escribir que me atrapa - lo llevan los dos haciendo ya casi cuarenta años - y no me suelta hasta llegar a la última página. Y la verdad es que leer a Grisham es como leer día tras día en el periódico el artículo que se publica religiosamente sobre tal o cual escándalo político de interés público. Literatura, la justa. Acción, la necesaria. Misterio, escaso. Drama, plano. Y, sin embargo, más allá de que me apasiona el género judicial que antes que él pusieron de moda primero Harper Lee en los años 50 y luego Scott Turow en los 80, me subyugan las historias que relata, situaciones que definen a una sociedad norteamericana capaz de la más increíble de las hazañas y de los más deplorables comportamientos. Los chicos de Biloxi es posiblemente la mejor novela que ha publicado desde aquellas primeras ("La tapadera", "El informe Pelícano", "El cliente") que, en buena medida gracias a las versiones cinematográficas que Hollywood distribuyó, hicieron que muchos nos volviéramos adictos a las tramas judiciales que idea. Para leer de un tirón.

VA DE ACORDES

Uno, de Alvaro de Luna.

Desde que abandonó Sinsinati, la banda que lideraba y con la que tan sólo publicó cuatro temas, he vivido enfadado con este músico conquense. Fueron sólo cuatro canciones, pero me enamoraron una detrás de otra. Les auguraba un futuro impresionante. Pero mira tú por dónde que el señorito decidió ir por libre. Alguna colaboración importante, el interés que muy pronto mostró la prensa del corazón por él y seguramente la industria actual, que apuesta poco por las bandas y aconseja mucho a los artistas trabajar en solitario, le empujaron a empezar una carrera que dio como resultado un primer trabajo completamente prescindible. ¡Qué desperdicio! Y sin embargo este segundo álbum, llamado curiosamente Uno, es una colección de temazos que han conseguido que le perdone en parte su deserción de Sinsinati. Por ahora. Ya veremos hacia dónde se dirige a partir de ahora.

Cold War Kids, de Cold War Kids.

Les faltaba un disco tan redondo como lo es este - y que además lleva por título el nombre de la propia banda - para consagrarse como una de las bandas de rock más potentes de los Estados Unidos. Mira que habían compuesto canciones memorables, como Can we hang on? en 2014 o Who's gonna love me now? en 2020, pero, aunque alabados por la crítica, no terminaban de llegar al gran público. Pero este disco lo tiene todo. Arranca a toda mecha con Double life y Run away with me y tan sólo permite un par de respiros con un par de baladas absolutamente hipnóticas como son Another name y Betting on us. El cielo es el techo para ellos y me da que lo alcanzarán en cuatro o cinco años.


Back on track,
de Eagle Eye Cherry

Pocos se acuerdan de este artista sueco y su Save tonight, allá por 1997, que sirvió además para hacernos ver que su hermana, Neneh Cherry, que había hecho lo propio un par de años antes, no era la única artista de la familia. Engarzó tres buenos discos y desapareció durante casi una década, hasta 2012, cuando publicó Can't get enough. Se prodiga menos de lo que nos gustaría, ya que tan sólo ha publicado dos discos desde entonces, muy completos ambos, especialmente este Back on track, del que rescatamos como tema principal Rising sun, una de esas canciones que gusta escuchar los lunes por la mañana para coger fuerzas para la semana. A ver si no se hace tanto de rogar la próxima vez...

Broken by desire to be heavenly sent, de Lewis Capaldi.

Le dediqué un post entero tras ver un documental que recoge el proceso de grabación de este álbum, momento en el que le es diagnosticado el síndrome de Tourette. Su carrera musical, tras dos trabajos maravillosos que han llevado a muchos a compararle con Elton John o Ed Sheeran, está en el aire por ello. Si aquí terminara su aventura, el legado que deja en este disco es brutal. Ójala no sea así...

Acantilados, de Los Zigarros.

Desde Pereza, aquel grupo formado por Rubén del Pozo y Leiva, no escuchaba un disco de rock en español con una producción tan esmerada. Herederos de grupos como Loquillo y los Trogloditas o Los Rebeldes nos regalan un puñado de buenas canciones como Aullando en el desierto o 100.000 bolas de cristal. El futuro es suyo.


Me vuelvo a la vida,
de Lorena Gómez.

¿Se acuerda alguien de ella? Musicalmente, me refiero, dado que es una habitual de televisión. Pues allá por 2006 ganó Operación Triunfo, pero su carrera musical pasó tan desapercibida que ha dejado transcurrir más de tres lustros para volver a meterse en un estudio de grabación. Y oye, nada que ver. Un gran trabajo melódico que en ocasiones, salvando las distancias, recuerda a Malú. No la escucharás en los 40 principales (más bien en Cadena Dial) y posiblemente este álbum no pasará a la historia, pero a mí me parece un regreso inesperadamente recomendable.
El arte de perder, de Veintiuno.

Pues lo han hecho de nuevo y van camino de convertirse en una de mis bandas fetiche. Los de Toledo se marcan otro discazo, menos conceptual y quizá más comercial que Corazonadas, pero también cargado de melodías frescas y optimistas. Y asumen, tanto por el tema de presentación del álbum, Dominó, como por el título del mismo, que el éxito es pasajero y se comprometen a seguir juntos cuando dejen de ganar. Acertadísimas las colaboraciones elegidas, especialmente la de Love of Lesbian en La vida moderna.

Pretty vicious, de The Struts.

Una de las bandas emergentes del momento en Gran Bretaña, siempre presta a generar talento en esto del pop-rock. Tras el éxito de Strange days, con la colaboración del icónico Robbie Williams, nos presentan un álbum la mar de "vicious". Y adictivo además. Abriendo con el tremendo Too good at raising hell y cerrando con una balada colosal como es Somebody someday. Entre medias, un puñado de perlas rockeras de gran calibre.


lunes, 23 de octubre de 2023

Seis vueltas de campana

Hay magia en la poesía, y en estos extraños tiempos en que nuestros jóvenes parecen despreciar la literatura, sólo la música parece ser capaz de agitar sus almas, abrir sus mentes y avivar sus instintos con la misma efectividad que los versos de un poema. Cierto es que no son el reggaeton, la música electrónica, el urban o el trap géneros que transmitan mensajes excesivamente profundos, pero ¿quién es este cincuentón trasnochado para valorarlo como se merece? ¿Tú qué sabrás?, como acostumbra mi hijo quinceañero a decirme cuando le doy mi opinión sobre las canciones que nos hace escuchar en el coche durante los viajes. Porque la realidad es que, tal y como me ocurrió a mí a su edad, la música le tiene atrapado y, tal y como hice yo, ha tomado sin compasión alguna el control de la radio de nuestro Kia Sportage. Yo machacaba a mis padres con los Hombres G, Héroes del Silencio y Bon Jovi y él hace lo propio con los suyos a base de Maka, Quevedo o Cano. Todos los caminos llevan a Roma y como me sucedió a mí con la que mis padres escuchaban, a él le llegará el momento en que la música que a mí me gusta le terminará seduciendo.


A mí últimamente, tal vez para compensar los excesos a los que me veo sometido por los gustos musicales de Marcos, me ha dado por escuchar de nuevo cantautores. A los de antes y a los de ahora. Son en cierto modo los poetas de nuestros días. Juglares que son minoría y que reciben poco apoyo de la industria; no están nunca de moda, pero su estirpe se perpetua. Sobreviven frente a todos los elementos y siempre tienen algo que decir. Y cuando tocan la tecla, la piel del alma se pone de gallina... puede ser una canción completa, que hable de las cosas que sientes pero que no sabes cómo expresar; tal vez sea una imagen que te zarandea y te espabila en un momento de apatía o inseguridad; quizá un simple verso que, en la cuadratura de su perfección, provoca que una sonrisa bobalicona se dibuje en tu rostro o que un nudo se asiente en tu garganta.

Soy más de Sabina, Serrat, Aute... gente que ya comenzaba a peinar canas cuando yo escuché por vez primera Pongamos que hablo de Madrid, Mediterráneo o Rosas en el mar, pero siempre permanezco atento a los que osadamente inician su carrera en este género tan poco agradecido. Y poco importa si su primer disco toca en hueso y me deja frío. Me convierto en su leal seguidor simplemente por su valentía. Y tarde o temprano, crean algo que justifica mi fidelidad hacia su arte.

Viene todo esto a cuento de un verso que escuché el otro día de uno de estos jóvenes (aunque en su caso, ya no tanto) que no habían todavía logrado engancharme. Y es que cuando lo oí, pensé, "¡qué cabrón! Eso es justo lo que yo siento cuando Nuria me sonríe". Creo que hasta ahora ninguno de ellos, noveles o veteranos, había logrado poner en palabras esa polka que mi corazón se pone a bailar cuando la que me acompaña en el camino sonríe y soy además yo el causante de que su semblante resplandezca de esa manera. He intentado cientos de veces describir con mis propias palabras el alboroto interior que me sacude cuando ese sencillo gesto asoma a la balaustrada de sus ojos. Y confieso, tras oír ese fragmento concreto del tema Ángeles, de Marwán, que no, que ni siquiera me había acercado.

Normal es que, cuando me miras, la vida me da seis vueltas de campanas.


Me siento como unos calcetines girando dentro del tambor de una lavadora, como el niño que da vueltas por primera vez en un tíovivo, como el que comprueba que su número de la lotería ha sido premiado. No hay trampa ni cartón, no hay hipérbole o fingimiento en la primavera que florece repentinamente en mi pecho cuando ella me dedica su sonrisa, marca exclusiva de la casa.

Y no, no creo haber normalizado ese pequeño milagro que cada día se produce en mi presencia. Es el regalo con el que nunca me canso de jugar y que sigo recibiendo con la misma fascinación del primer día. Todo lo demás no importa. Lo que me inquieta, se esfuma; lo que me entristece, se vuelve irrelevante; lo que me alegra, queda empequeñecido ante el poder de su sonrisa. Sigue pareciéndome que nadie hay sobre este suelo que pisamos más afortunado que yo.

Ando estas últimas semanas, sin embargo, mendigando ese gesto que me haga dar seis vueltas de campana una vez más. Siento que me falta algo en momentos como estos en que Nuria no encuentra con tanta facilidad las ganas de reír. Y aunque sé que no soy yo el responsable de que esto ocurra, que poco o nada tengo que ver en su actual estado de desánimo, siento como si me estuviesen sometiendo a una tortura inmisericorde. Y tan sólo puedo tumbarme a su lado, compartir el mismo aire que ella respira, acariciar su mano con la mía, que parece dibujar en la suya un grito de socorro, que me sienta a su lado también ahora que las sombras se ciñen sobre su espíritu.

Sé que su sonrisa regresará a mí en el momento más inesperado, y como el padre primerizo que teme perderse el alumbramiento de su hijo, aguardo expectante a que el sol vuelva a salir en su boca para iluminar nuestro camino. Y mientras tanto, escucho a aquellos que, como Marwán, saben poner letra a todo lo que late en mi interior.









martes, 17 de octubre de 2023

Los grandes musicales

Durante un breve período de tiempo, tal vez un par de años, mi padre trabajó en la ya extinta Guía del Ocio, una publicación escrita que, como tantas otras cosas que en su día nos parecían eternas, acabó desapareciendo de forma abrupta con la llegada de Internet y cuya misión principal era mantener a todos los españoles puntualmente informados, con mayor detalle que el que la prensa generalista proporcionaba, de la oferta cultural y de entretenimiento de la que disponíamos en cada ciudad española. Nuria y yo ya estábamos juntos por aquellas fechas y quiso el azar que, unos meses antes de que mi padre se hiciera con aquel puesto de trabajo, mis suegros nos regalaran entradas para asistir a una representación de Los Miserables en la Gran Vía. Sorprendentemente yo no había leído aún la célebre obra de Víctor Hugo, por considerarla muy alejada de mis gustos literarios de entonces. Esto, unido a las cerca de cuatro horas que duraba la obra, me hizo recibir aquel regalo con una cierta desconfianza, pero con una sana curiosidad, dado que el espectáculo estaba en boca de todos los madrileños y la opinión mayoritaria recomendaba, a todo aquel que pudiera permitírselo, no dejar de verlo. Y lo cierto es que constituyó en mi caso, sin duda, una de las experiencias más intensas de toda mi vida. Nunca había presenciado algo tan majestuoso y emocionante como aquello. Regresé a casa flotando en una nube, reviviendo las escenas que más me habían impresionada y tarareando en voz queda las melodías más pegadizas. Esa misma noche me sumergí por vez primera en la novela. Todavía hoy, casi treinta años después, me sorprendo a mí mismo, mientras me dedico a otros menesteres, canturreando alguno de los temas que componían el libreto de la obra, a la que regresaríamos tiempo después, cuando volvió años más tarde a la Gran Vía, con una compañía distinta y una puesta en escena, a mi parecer, de inferior calidad, pero que hizo que los pelos se me volviesen a poner como escarpias.


Aquella fue mi primera vez. Que mi padre consiguiera aquel empleo en la Gaceta del Ocio posibilitó que pudiéramos asistir, mientras lo mantuvo, a un buen manojo de musicales de manera gratuita y que se avivara mi afición por este género teatral, que no ha disminuido con el paso de los años ni un ápice: Cabaret, El fantasma de la ópera, We will rock you, Dirty dancing, etc. Fueron todas ellas experiencias que viví con entusiasmo y sumo deleite, aunque ninguna logró estremecerme como lo hizo aquella primera representación de Los miserables que permanece grabada con tinta indeleble en mi interior.

Cuando mi padre dejó aquel empleo, habíamos asistido a la gran mayoría de musicales que por entonces se encontraban en cartelera en Madrid. Nuestra vida en común, la llegada de los hijos y los elevados precios de estos eventos culturales nos alejaron de la Gran Vía durante años, aunque logramos encontrar algún hueco y tirar de hucha para asistir a alguna representación teatral de corte más sencillo y precio más económico, como fueron la adaptación de Ocho apellidos vascos o la magistral interpretación de Nancho Novo en El cavernícola, siendo esta última también una revelación para mí, dado que nunca he estado tan cerca de perecer de carcajadas como entonces. También, como se puede deducir, asistimos con los chicos a alguna representación infantil, pero los grandes musicales quedaron aparcados hasta nuevo aviso y nos limitábamos, a lo sumo, a alguna escapada puntual al cine, más del gusto por otra parte de Sergio y Marcos. Fueron desfilando por la escena madrileña nuevos musicales que nos habría gustado entonces ver, pero que se convirtieron en deseos vanos que no pudieron ser cumplidos.

Le regalé a Nuria las pasadas Navidades, no obstante, dos entradas para el de Tina Turner, musical al que yo aspiraba poder asistir, aunque no estaba muy seguro de si mis dolores, que se agravan cuando permanezco sentado más de media hora, especialmente si no dispongo de espacio para estirar las piernas, me permitirían acompañarla. No me preocupaba excesivamente no ser yo su acompañante, ya que mi suegro, ya fallecido, era, al igual que yo, un gran admirador de la artista, y yo sabía que sería también muy especial que Nuria y mi suegra fueran juntas en esa ocasión si yo no podía hacerlo. Al final no me quedó más remedio que optar por esta segunda opción, ya que las molestias continuaban siendo demasiado intensas y todo apuntaba a que, de empeñarme en asistir al espectáculo, iba a disfrutar poco y a sufrir mucho. Me consta que fue una ocasión única para ambas, por hacer juntas algo distinto y por todo lo que removió en ellas escuchar los temas de la Reina en aquel escenario. Me consta que se emocionaron y que derramaron algunas lágrimas en memoria del padre y del marido desaparecido, así que me doy por satisfecho por todo ello, aunque me quedase finalmente sin poder ver el espectáculo, que pocos días después dio por concluido su periplo por nuestro país.



Pero a mí aquello me hizo pensar que debíamos darles a nuestros hijos la oportunidad de vivir la experiencia, aunque sólo fuera una vez, de asistir a un evento de estas características, así que anduve al acecho, como hacía antaño, de la cartelera, a la espera de la obra adecuada y la ocasión propicia. Consideré también, sin necesidad de consultarla al respecto, que a buen seguro a Nuria le haría una particular ilusión verse acompañada por sus tres hombres en una coyuntura de este pelaje, antes de que nuestros hijos se acomoden definitivamente en esa postura que todos en su momento adoptamos de no querer hacer nada con quienes nos han dado, literalmente, la vida. Con estos propósitos en mi ánimo, terminé sacando cuatro entradas para la nueva adaptación de We will rock you en el Teatro Príncipe Pío y fue ese mi regalo por su cumpleaños la pasada primavera. No acogieron con la misma ilusión la ocurrencia, como es de suponer, los chicos que Nuria, pero no dejamos los adultos margen ni siquiera para la protesta o el pataleo, y allá que nos encaminamos por fin el viernes pasado, con muy diferentes predisposiciones, los cuatro. A pesar de la expectación suscitada, no era la de mi habitualmente jovial esposa la idónea, ya que había trabajado la noche anterior, apenas había podido descansar unas horas aquella mañana y venía arrastrando un catarro que mermaba sus fuerzas y también, en consecuencia, enturbiaba sus ánimos; en el caso de Sergio, coronado por una aureola grisácea de aceptación ante lo inevitable, a buen seguro extrañando en nuestra comitiva la presencia de su novia, pero resignado en definitiva a la penitencia de compartir una tarde de viernes con sus padres y hermano en vez de con quien hoy es dueña de su corazón; Marcos, que había sido quien menor interés había mostrado ante la aventura familiar que sin su consentimiento había yo organizado, se mostró seco y huraño hasta que, mientras hacíamos tiempo para acceder al teatro, su madre le concedió el capricho de invitarle a unos cruasanes en Manolo Bakes; y en mi caso, por último, oscilaba mi estado anímico entre el temor a que mis molestias me impidiesen disfrutar de la representación, el ansia por volver a verme como espectador de un musical, más aún con la banda sonora de una de mis bandas favoritas, y la esperanza de que en mis hijos se despertara el mismo gusanillo que con Los Miserables cobró vida en mí hace tres décadas.

El teatro en sí, como instalación cultural, me decepcionó profundamente, dado que era una construcción moderna con más aspecto de salón de conferencias que de cualquier otra cosa. Nuestras entradas estaban situadas en el patio de butacas, cuarta fila, algo escoradas a la izquierda, con buena visibilidad, si bien debíamos mover la cabeza de vez en cuando para esquivar las cabezas de quienes estaban sentados delante de nosotros y poder ver sin perder detalle lo que en escena se representaba. La acústica no era mala, si bien tardamos un par de escenas en lograr comprender en su totalidad lo que los actores declamaban, posiblemente más por la falta de costumbre de nuestros oídos a esos estímulos que por un desajuste relevante en los controles acústicos del equipo de sonido.



En cuanto a la obra, como me ocurrió con Los Miserables, se me antojó más floja esta vez que en la anterior ocasión que tuve la fortuna de presenciarla en directo, bien porque realmente lo fuera, bien porque las segundas veces de algo memorable nunca igualan a las primeras. El argumento era similar, un mundo post-apocalíptico en el que toda la música que se consume es generada por ordenadores, los instrumentos musicales han desaparecido de la faz de la Tierra y donde aquellos soñadores que recuerdan lo que el rock'n'roll representaba son perseguidos por las autoridades y severamente castigados. Las interpretaciones son aceptables, ninguna es gloriosa ni entrará en los anales de la historia, pero tampoco ninguna es reprochable o ridícula. Y lo mismo sucede con el vestuario, la coreografía o la iluminación. Un espectáculo amable en el que la verdadera protagonista es la música del legendario grupo británico.

Dediqué buena parte de las dos horas y media que dura la representación, incluidos los quince minutos de intermedio que aproveché para estirarme y aliviar las molestias que permanecer sentado me provoca, a observar a mis hijos con atención, realmente intrigado por cuáles serían sus reacciones y aunque al principio fueron comedidas, comprobé con regocijo que, a medida que la obra iba avanzando, reían a mandíbula batiente cuando tocaba, movían los pies al ritmo de la música, daban las pertinentes palmas con el We will rock you e incluso se animaron a alzar las manos al compás del We are the champions.

Que esto sea el germen de algo en sus vidas como lo fue en la mía, ya no depende de nosotros, aunque no tengo ninguna duda, si a los escenarios de Madrid regresa el musical de Tina Turner o si a alguien en Broadway se le ocurre la feliz idea de hacer algo similar con la música de U2 o Bon Jovi, ahí estaré yo para intentar enredarles para que me acompañen.








miércoles, 27 de septiembre de 2023

Fábula de los conejos

Nunca ha sido Ismael Serrano uno de mis cantautores favoritos. Me cuesta encontrarle el punto, pero lo mismo me ocurre con Serrat y dudo que ni yo ni nadie se atreva a desdeñar su arte, así que escucho de tarde en tarde sus canciones porque, a pesar de mis vastas limitaciones, entre los versos de uno y de otro siempre doy con alguna historia que despierta mi interés o con alguna frase que me atrapa entre sus redes. Tienen este tipo de individuos, sin lugar a dudas, más de poetas que de cantantes. No hay que irse muy lejos para encontrar el mejor de los ejemplos: justo ahí al lado, en la Calle Melancolía, habita Sabina, un inigualable poeta que es, al mismo tiempo, un deficiente cantante.


Sea como sea, en el último disco de Ismael Serrano he encontrado una pequeña joya, llamada "Fábula de los conejos" que ejemplifica y representa, en estos tiempos esperpénticos de elecciones generales en pleno mes de julio, investiduras, amnistías y habituales reproches entre los que afirman ser la izquierda de este país, los que hacen otro tanto por el lado opuesto y los que les hacen los coros a ambas facciones, el dislate político en el que vivimos desde hace ya unos cuantos años. Yo, como españolito de a pie y miembro en pleno derecho de esta colonia de conejos, estoy ya muy, pero que muy cansado. Que ya sé que en realidad el único derecho que en realidad me queda -no hace falta que nadie me lo recuerde- es el del pataleo. Viene a contar este cuentecillo musical de Ismael que, habiendo puesto los conejos suficiente distancia con los lobos, al escapar de sus fauces, se detuvieron a tomar resuello y les dio por ponerse a hablar. Que si hay que ir a la guerra contra nuestros depredadores, que si quién de nosotros es el más apto para liderarnos, que si tal vez deberíamos montar una asamblea para decidirlo, que si eso no es necesario porque no cabe duda de que yo soy el más apropiado, que si déjame que me ría, etc. Y mientras ellos discutían bobadas, llegaron los lobos y les dieron alcance. Inmersos en ese bucle estamos en este país durante este siglo XXI: cuando creemos haber superado una crisis, nuestros líderes políticos nos abocan indefectiblemente a otra porque, mientras se la miden para ver quien la tiene más grande, se descuidan y los problemas nos vuelven a cercar.

Y luego están los medios de comunicación, que no dejan de ser herramientas que los partidos utilizan de manera sibilina para inclinar la balanza de la opinión pública hacia su flanco. El Cuarto Poder lo llaman y con razón. Una vez más, de un mismo hecho, los dos diarios de información general informan de manera muy diferente. Dice El Mundo; aliado tradicional de la derecha y fan incondicional del candidato del PP, que "Sánchez desprecia al Congreso", haciendo alusión a su negativa a rebatir a Feijoo en el primer día del debate de investidura y a enviar en su lugar al estrado a uno de los miembros de su cohorte. El País, siempre más a la izquierda que su contrincante periodístico, titula "Sánchez descoloca al PP". ¿Se trata entonces de desprecio o de una maniobra de distracción? ¿Es el Congreso el agraviado o lo es el PP? Pues según el periódico que leas, puede ser que te formes una opinión u otra. 

Y mientras tanto, los conejos permanecemos en nuestra madriguera, haciendo malabarismos para que nuestros gazapos puedan estudiar, se alimenten y puedan vestirse con algo más decente que un taparrabos, para que la luz siga llegando a nuestro hogar por las noches y para que no pasemos frío este invierno, para que el precio de la gasolina y los préstamos hipotecarios no nos terminen de ahogar, mientras nos conformamos con las escasas migajas que los poderosos dejan de vez en cuando caer sobre nuestras praderas en forma de Bono Cultural o Ayudas Sociales y nos entretenemos viendo programas del corazón y partidos de fútbol. Y a todo esto, Lorena Castell riéndose de todos nosotros...

Y de esta manera, queridos amigos, el año 2023 se nos irá de las manos escuchando cómo los aullidos de los lobos se van acercando cada vez más y sin terminar de decidir quién nos gobernará en este país de toros y pandereta.


domingo, 13 de agosto de 2023

Lewis y el síndrome de Tourette

Todos hemos tenido alguna vez ese sueño en el que nos enfrentamos a una situación en la que nuestras vergüenzas quedan expuestas ante un auditorio que se burla de nosotros. Hay numerosas variantes, pero supongo que la más recurrente es la de aparecer desnudos sobre un escenario. Aunque no se trate más que de una jugarreta de nuestro subconsciente mientras dormimos, la sensación de vulnerabilidad, inseguridad y pudor que nos produce es tan real que no nos cuesta ponernos en el lugar de otros cuando esa pesadilla se hace real. Y viral, ya que hoy en día la desgracia ajena interesa a todo el mundo. El otro día me vinieron estos pensamientos a la cabeza al conocer la historia de Lewis Capaldi.

Su voz me llamó inmediatamente la atención hará ya unos años, cuando comenzó a adquirir cierta popularidad con Grace y me encandiló (como a medio planeta) con Someone you loved. Un talento musical como el suyo y unas letras tan íntimas y a la vez tan universales. Iba a triunfar, seguro, yo no tenía la menor duda. Que fuese escocés, gordo y demasiado joven, o que aparentase ser el típico friqui marginal que vive encerrado en su cuarto enganchado a un ordenador eran aspectos completamente irrelevantes. Un artista como la copa de un pino al que le auguraba el mayor de los éxitos a nivel internacional.


Soy aficionado a la música, pero también siento una profunda curiosidad por las personas que con sus letras, con sus instrumentos y con sus voces, desde un escenario, un estudio de grabación o incluso un despacho, hacen que llegue hasta nosotros y que cambie y mejore nuestras vidas. Me gusta escarbar en los entresijos de la industria discográfica y en la vida de los artistas. ¿Cómo han llegado hasta ahí? ¿Qué les inspira? ¿Cómo fue su infancia? Navego en Wikipedia, leo biografías sobre ellos (la última, la de Antonio Vega) y veo documentales (el último, sobre P!nk). Sorprendentemente, con Lewis Capaldi no llevé a cabo, a pesar de cuánto me habían gustado sus primeros temas, ese ejercicio detectivesco. Incluso el episodio de su colapso en Glastonbury, en que el público tuvo que terminar el tema porque él colapsó, me pasó desapercibido.

Tenía pendiente desde hace un par de meses en mi lista de Netflix el documental llamado Lewis Capaldi: How I'm feeling now. Me encantan este tipo de programas porque ahondan casi siempre en la persona más que en su trabajo, pero hay tan pocos en las plataformas digitales que los dosifico. Hace unos días le llegó el momento al de Lewis y me quedé anonadado.


El reportaje se rodó mientras el artista preparaba su segundo disco, Broken by desire to be heavenly sent, una pequeña joya musical que cobra un valor mayor tras el visionado del documental, y acompaña al cantante en el proceso de introspección al que se ve abocado a causa de ciertos problemas de salud que ni su entorno ni él mismo son capaces de identificar. Los realizadores, mediante entrevistas realizadas a los padres, a los amigos, a los colaboradores y al propio Lewis, logran que la magia de sus canciones queden relegadas a un segundo plano y que emerja la figura del chaval que desde los dos años de vida, cuando comenzó a trastear con la guitarra y el piano, encontró en la música su razón de ser. Siempre quiso componer. Siempre quiso cantar. Uno se mete en la piel de Capaldi de tal manera que es capaz de palpar la angustia que se va apoderando de él al descubrir, cuando por fin ha alcanzado su objetivo, que algo extraño le sucede. Que los tics que en el pasado eran sólo eso, pequeños tics, se están poco a poco convirtiendo en un serio impedimento para hacer aquello para lo que ha venido al mundo.

Es estremecedor y al mismo tiempo emocionante ver las imágenes del concierto de Glastonbury. Cómo los espasmos musculares se adueñan de tal manera de su cuerpo que es el público quien tiene que terminar Someone you loved. Cómo él, a quien imaginamos devastado y avergonzado por la penosa situación en la que se encuentra, no puede hacer otra cosa más que observar y agradecer a esos miles de personas que corean una de sus canciones más emotivas sin poder ni siquiera acompañarles con su voz.


A raíz de este episodio, Lewis comunicó a la prensa que cesaba indefinidamente toda actividad musical a causa de sus problemas, que inicialmente atribuían a la ansiedad. Pero a lo largo del reportaje descubrimos que no es tal la enfermedad que el artista padece, sino el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico cuyos primeros síntomas son movimientos involuntarios de la cara, de los brazos o del tronco. Con su nuevo álbum en el mercado - insisto, una maravilla - su gira, que iba a pasar por Madrid y Barcelona, ha sido cancelada. El artista ya ha informado de que está trabajando para tomar el control de su enfermedad y poder reanudar su carrera musical, pero que en el caso de que hacerlo perjudique más su salud, dejará la música definitivamente.

Y uno, tras ver el documental completo, siente inevitablemente una simpatía cómplice con el cantante, cruza los dedos para que no sea así como termine esta aventura para la que llevaba toda la vida preparándose y tararea uno de sus temas más hermosos, Wish you the best. Porque al menos en mi caso, eso es lo único que puedo desearle en un trance como este: lo mejor.





miércoles, 9 de agosto de 2023

Aquellos veranos ochenteros

Los veranos de mi niñez y de mi primera adolescencia nada tenían que ver con los que hoy disfrutan nuestros hijos. Eran harina de otro costal. Ni mejores ni peores, aunque a mí me parezca que cualquier tiempo pasado fue mejor, especialmente si nos referimos a esa etapa de la vida en que todo está aún por descubrir.

Pocas urbanizaciones tenían por aquel entonces piscina, por lo que la opción más económica y sencilla para los jóvenes era acercarse a las municipales a fin de refrescarse y combatir los calores secos del verano madrileño. En ese sentido nosotros éramos unos privilegiados dado que a dos calles de nuestra casa se hallaba el Polideportivo Estoril II, un club privado cuyas cuotas les costaba a mis padres un gran esfuerzo abonar, pero que les compensaba porque nos ofrecía a mí y a mis hermanos un espacio controlado en el que teníamos a nuestra disposición decenas de actividades deportivas con las que poder desfogarnos y en el que nos juntábamos con otros chavales de nuestras mismas edades. También ellos, mis padres, encontraban allí un espacio para el esparcimiento y la diversión, dado que contaban con un grupo estupendo de amigos, vecinos la gran mayoría, con los que compartían canchas de tenis, partidas de mus, amena conversación y modestos aperitivos. Contaba el club, además de con una piscina olímpica y una amplia pradera, con un merendero con servicio también de restaurante, por lo que eran muchos los días en que yo me marchaba de casa a las diez de la mañana, mochila al hombro, con mi bocadillo envuelto en papel de aluminio, y no regresaba hasta medianoche, cuando el polideportivo cerraba sus puertas al público. A esa hora quedábamos toda la familia en la puerta del recinto y regresábamos a casa disfrutando de la fresquita y contándonos cómo había ido nuestro día. Yo era el socio 548-B. Es sorprendente cómo nuestro cerebro almacena información tan poco útil como esta, pero me emociona de vez en cuando desenterrar datos de este tipo.

Las opciones de movilidad eran tan reducidas en Móstoles por aquel entonces que trasladarse a Madrid a la búsqueda de una oferta cultural más amplia era una aventura. Y peligrosa además, dado que la delincuencia en los años ochenta estaba más presente, era más cercana y era entendida por todos como una circunstancia mucho más común. No estoy seguro de si se debía a que la seguridad ciudadana no era una prioridad política o a que los malos tenían menos miedo, más necesidad o menos conciencia de las consecuencias que sus delitos les acarrearían en caso de ser detenidos, pero era relativamente frecuente -dos o tres veces al año en mi caso- que algún yonqui te parase por la calle, sobre todo en las inmediaciones de la estación de tren, y te exigiese, con un pincho o una jeringuilla que afirmaba estar contaminada de SIDA - no existía una amenaza más efectiva que esa en aquellos tiempos - que le entregases todo lo que llevaras encima. A veces ni siquiera iban armados, pero sólo la apariencia desastrada e intimidatoria de quien ha vivido al otro lado de la línea era suficiente para amedrentarte y disuadirte de alejarte tanto de tu barrio en la próxima ocasión. Aunque a veces también podía ocurrirte a cincuenta metros de tu casa, como me ocurrió una vez a mí, justo enfrente de la ferretería de Manolo y a plena luz del día. Probablemente el paso del tiempo ha magnificado el suceso en mi memoria pero recuerdo al tipo, un chaval no mucho mayor que yo, que me asaltó llamándome colega e intentando convertir aquel episodio en una amistosa transacción. Que su aspecto fuera el de una persona fácilmente abatible que llevara sin alimentarse varios días y al que posiblemente le costaba hasta caminar, con los pómulos severamente marcados, la mirada un tanto perdida, el habla trabada y marcas en la cara como de viruela pasó a ser irrelevante desde el momento que me dejó entrever bajo su chaqueta un delgado cuchillo jamonero pero de una longitud amenazante. Intenté hacerle entender que nada llevaba encima, pero debió percatarse de que aquello no era cierto y al final me dejó allí cariacontecido, sin que mediase violencia de ningún tipo, todo hay que decirlo, llevándose consigo el dinero que mis padres me habían dado aquel día para pagar las clases de inglés particulares a las que me dirigía. 

Era por tanto raro que me alejase mucho del barrio, más allá de los días que pasaba en Collado Villalba con mis abuelos maternos o en Morata de Tajuña con mi familia paterna, experiencias ambas que durante varios años me garantizaron un surtido de aventuras y anécdotas que despiertan, cuando me vienen a la cabeza, unas ganas irrefrenables de regresar a aquel tiempo y a aquellos lugares. Los viajes a la playa con la familia no eran frecuentes e incluso a veces, cuando mis padres podían permitírselo, a mis hermanos y a mí no terminaba aquel lujo de entusiasmarnos como a ellos, ya que eran días que íbamos a desperdiciar, alejados de nuestros amigos del barrio y del polideportivo. Aunque una vez metidos en pomada, jugando con las olas, haciendo castillos en la arena o disputando reñidos partidos de tenis en la orilla con mi padre y con mi madre, nos parecía que no podía existir un privilegio mayor que aquel. No importaba que no hubiese dinero para alquilar una barca a pedales o que tuviésemos que comernos los mismos helados de Tang que mi madre hacía en Móstoles en vez de comprar los artesanales de cucurucho en una heladería del paseo marítimo de turno. El mero hecho de estar los seis juntos, de poder disfrutar de un tiempo de calidad con mis padres del que sus obligaciones nos privaban durante el curso, era suficiente para que nos olvidáramos durante unos días de lo que habíamos dejado atrás.   

Por encima de todo aquello, de mis estancias en la sierra o en el pueblo, de las vacaciones con mis padres y mis hermanos o incluso de las veinticuatro horas del deporte en Estoril II, a las que ya dediqué una entrada, estaban mi cumpleaños y mi santo. Siendo como era yo, un adolescente que no terminaba de dejar atrás la niñez o un niño que no terminaba de aventurarse en la adolescencia, según se quiera mirar, un chaval que se sentía orgulloso y afortunado por la familia con la que había sido bendecido, que veneraba a su abuelo materno, el cual se llamaba como yo, Santiago, ese breve período entre el 23 y el 25 de julio era para mí el más esperado y trascendental del año. No sólo el día de Santiago Apóstol era en aquella España aún extremadamente religiosa una fiesta nacional innegociable, sino que, por la cercanía con mi cumpleaños y con el de mi prima Ireide, amén de la onomástica que mi abuelo y yo compartíamos, eran esos unos días muy especiales en el calendario familiar. Raro era el año en que no se organizaban mis padres, mis abuelos y mis tíos para que todos nos juntásemos y celebráramos por todo lo alto ese cúmulo de eventos. Casi eran para todos nosotros más importantes aquellas reuniones que las de Navidad. O al menos para mí lo eran. Curiosamente, con el paso de los años, mi memoria ha ido perdiendo por el camino detalles de los regalos que en aquellos días recibía, salvo quizá el de aquella caja enorme que mis padres me entregaron en uno de mis cumpleaños y que contenía las obras completas de Emilio Salgari, colección que aún conservo y a la que le tengo un especial cariño. Sin embargo, sí permanece inalterable en mi recuerdo esa sensación de gozo que sentía cuando, generalmente el día 25 de julio, nos reuníamos todos, ya fuera en nuestra casa, en Collado Villalba o en Las Rozas, donde por entonces vivían mis tíos y mis primos, y pasábamos todos juntos el día. Quizá los de mi quinta y los que son mayores que yo se acordarán de que durante varios años, precisamente el día de Santiago Apóstol, caían en Madrid las mayores tormentas de verano, fenómeno que en aquella época era bastante habitual y que hoy, debido al cambio climático, ya no se ven. Incluso que lloviera como lo hacía durante aquellos días era algo para mí, no sólo especial, sino deseable. Recuerdo un año en que celebramos aquella reunión en mi casa y que el cielo derramó tal cantidad de agua y con tal intensidad sobre nuestro barrio que la papelería que teníamos debajo de nuestra terraza se inundó por completo, hecho que me divirtió y trastornó a partes iguales, dado que era el lugar en el que compraba los libros de Elige tu propia aventura de la editorial Timun Mas, una de las pasiones que por aquel entonces me dominaban, y me asaltó el temor de que tuvieran que cerrar y no poder seguir ampliando mi colección.

Volviendo al hecho de que apenas me movía en verano del polideportivo y del barrio, había sin embargo un acontecimiento que se volvió para mí imprescindible cuando empecé a sentir inclinación hacia la música. No creo ser el único que lo recuerde, pero hubo un tiempo en que uno podía comprar una entrada de paseo en el Parque de Atracciones. No era excesivamente cara y te permitía acceder a las instalaciones y pasear por sus calles contemplando a los que habían abonado la entrada completa disfrutar de la montaña rusa, el paseo en barca por el lago, el tiovivo, los columpios giratorios y todas las atracciones que por entonces ofrecía el Parque. Obviamente, al tener entrada de paseo uno no tenía derecho a subirse a las mismas, a no ser que pagases su importe aparte. Pero a lo que sí te daba derecho era a asistir a los conciertos gratuitos que en el auditorio se ofrecían. Así que, durante un par de veranos, vivía pendiente de que se publicase en el periódico el listado de conciertos programados y marcara en mi calendario las fechas en que actuaban mis grupos y artistas favoritos. Allí vi a grupos como Duncan Dhu, Mecano, Hombres G, La Guardia, Danza Invisible y, sobre todo, Los Rebeldes, que fueron durante muchos, muchos años mi banda española favorita. Recuerdo incluso que yo solía lucir en aquellas fechas una gorra blanca como parte de mi indumentaria, una gorra a la que mi madre debía tenerle cierta tirria, dado que no hacía más que repetirme que, de tanto ponérmela, me iba a quedar calvo. ¡Qué poco se equivocó! En cualquier caso, tras el concierto de Los Rebeldes, logré acercarme a Carlos Segarra, su fundador y cantante, y que me firmara la gorra. No se me olvidará que su rúbrica tenía la forma de una guitarra eléctrica y que durante muchos años la conservé como un trofeo al que le tenía un enorme aprecio. Ignoro - y me duele - qué fue de ella, aunque intuyo que cuando mis gustos cambiaron y me fui haciendo mayor, en una de esas limpiezas domésticas en las que me embarcaba cada cierto tiempo a fin de ganar espacio para mis nuevas adquisiciones, terminaría sus días de gloria en la basura.


Aquellos veranos no eran mejores, tal y como afirmé en las primeras líneas, pero sin lugar a dudas son días que añoro y me empeño en reproducirlos de nuevo en mi cabeza todos los años, cuando llega el calor y me siento a contemplar pensativo el reflejo del sol de Móstoles sobre el agua de la piscina de mi urbanización.

Mientras escucho la música de aquella época, por supuesto...

   

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