sábado, 16 de marzo de 2024

Atocha, 2004

Nunca me he alegrado de las tragedias ajenas, pero admito que a veces he sentido un abrumador alivio al ver que esas desgracias golpeaban a otros y no a mí. Ni a los míos. Y la ocasión en que ese sentimiento adquirió una mayor presencia fue el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha. Veinte años se han cumplido esta semana desde que aquella noticia sacudió a todo el país durante uno de los amaneceres más oscuros de nuestra historia reciente. Exageraría si dijera que aquello no me pilló  por los pelos, pero sí es cierto que me anduvo cerca. Y es curiosa la memoria dado que, de aquella mañana trágica y de los días que le siguieron, conservo flashes y no un recuerdo preciso y ordenado de mis acciones. Hay preguntas a las que aún no soy capaz de dar respuesta. Como, por ejemplo, ¿cómo volví a casa aquel día? ¿Se reanudó el servicio de trenes? ¿Me llevó alguien en coche? ¿Cambié el recorrido y retorné en Metro? Esa parte está muy difusa en mi cabeza.

Trabajaba yo en aquel entonces en Tres Cantos, en las oficinas que en ese municipio tiene Siemens. Nuestra empresa era la que proporcionaba a los alemanes todos los servicios de atención al cliente. Generalmente me desplazaba hasta allí desde casa en Renfe Cercanías, leyendo y escuchando música la mayor parte del trayecto, dormitando a ratos, conversando en ocasiones con algún compañero que subiera a mi vagón durante el trayecto. El viaje era largo, más o menos una hora y media con transbordo en la estación de Atocha, y las horas muy tempranas, ya que iniciaba la jornada laboral a las ocho de la mañana. Me organizaba para coger el tren que cada mañana pasaba a las siete y doce minutos por allí y que solía llegar al municipio tricantino a las siete y cuarenta minutos aproximadamente. Si te dormías, tenías que esperar en Atocha dieciséis minutos al siguiente. Y eso fue lo que me ocurrió aquel día. O quizá no me dormí pero fui más lento esa mañana en mis preparativos. Tampoco de eso me acuerdo con exactitud. Es jugetona la memoria. El caso es que salí de Atocha en torno a las siete y veintisiete de la mañana. Nadie - y mucho menos yo - podía imaginar que ese andén se convertiría, veinte minutos después, cuando yo debía andar ya por la estación de Cantoblanco, en un infierno dantesco. 

Internet ya existía, pero, quitando Facebook, las redes sociales y Whatsapp andaban todavía en pañales. Todo iba más lento que ahora y la información no se recibía con tanta inmediatez. La forma escrita más común de comunicación era el SMS. Y a pesar de todo eso, cuando llegué a la oficina, las caras que me recibieron mostraban un cierto desasosiego. Nada alarmante todavía dado que nadie sabía aún la magnitud de lo que acababa de suceder, pero había un cierto run run en el ambiente. De hecho, iniciamos la jornada casi con absoluta normalidad. Algunos compañeros que acostumbraban a ser siempre puntuales, se retrasaban aquel día. Un atasco, tal vez algún problema en el transporte público. No era frecuente pero tampoco extraño: a partir de Chamartín, aquello era el más allá. Pero los compañeros empezaron a llegar y, con ellos, las noticias. Y con las noticias, la preocupación por los que aún no habían llegado.

Yo había sido padre por primera vez hacía poco más de dos semanas. De hecho, llevaba sólo unos días trabajando, arrastrando una tibia nostalgia por ese recogimiento familiar que acompaña al nacimiento de una nueva criatura. Había empleado parte de mis vacaciones en alargar la mísera baja por paternidad de la que por entonces disfrutábamos los hombres: tres días. Y encima a Sergio se le había ocurrido nacer un sábado. Cuando supimos ya con certeza lo que había ocurrido, llamé a Nuria, incluso a sabiendas de que ella y el bebé aún estarían durmiendo. Las líneas telefónicas estaban colapsadas. Me aterrorizaba la idea de que ella se hubiera despertado, hubiera encendido la televisión y hubiera pensado erróneamente que yo me encontraba en Atocha cuando las bombas explotaron. Le mandé un SMS para que supiera que estaba bien y que había alcanzado mi destino sin dificultad. No respiré en condiciones hasta que me respondió dándose por enterada.

Y a partir de ese momento, la angustia. Por los compañeros que no llegaban. Por los que no lograban contactar con sus seres queridos. Por las cifras de muertos y por los detalles que íbamos conociendo de la masacre. No recuerdo si seguimos atendiendo llamadas, aunque intuyo que ni nuestra empresa ni nuestro cliente nos permitieron abandonar nuestros puestos. Aunque estábamos a muy pocos kilómetros de Atocha, en cierto modo nos hallábamos a la vez muy lejos del punto cero. En torno a las doce de la mañana ya habíamos constatado que nuestras familias estaban bien y que todos nuestros compañeros habían llegado. Excepto una persona.


Se llamaba Cristina y era la responsable de todo el tinglado que nuestra compañía tenía montado allí. Su cargo era el de Supervisora. Yo ocupaba en aquel momento una posición incierta, la de un agente con gran potencial para la gestión de equipos al que se le empezaban a encomendar tareas de coordinación. Mi relación con ella, en consecuencia, era superficial. Ni yo me atrevía a representar un rol que oficialmente no me había sido concedido aún, ni ella, supongo que por deferencia a mis compañeros, me lo quiso otorgar antes de tiempo. Casi todo lo que de ella me llegaba pasaba primero por mi responsable directa, el filtro jerárquico que a ambos nos separaba. Su presencia en la oficina era habitual, pero no venía todos los días, ya que repartía su tiempo entre las oficinas centrales de Méndez Alvaro y las de nuestro cliente en Tres Cantos. Por eso y porque marcaba mucho las distancias con los que estábamos al pie del cañón nadie la echó en falta hasta mediodía. Se nos comunicó entonces que nadie la localizaba, que andaba desaparecida. Fueron unas horas de incertidumbre, esperando lo peor, ya que de alguien tan comprometida con su trabajo ninguno de nosotros, ni siquiera los más optimistas, esperábamos que se hubiera saltado una jornada laboral sin causa justificada y sin comunicárselo a nadie en la empresa. La confirmación de su muerte en Atocha no nos llegaría de manera oficial hasta el día siguiente, pero aquella tarde regresamos todos a casa con la certeza de que ella era una más de las víctimas de aquel 11-M. 

En mi memoria sigue habitando como una mujer guapa, cinco o seis años mayor que yo, demasiado seria y muy competente, con dotes innatas para la dirección. Emanaba de ella una autoridad que iba más allá del cargo que ocupaba, algo intangible que se desprendía de su manera de moverse por la plataforma y de dirigirse a nosotros. Y resuena un eco en mi cabeza al rememorarla que me retrotrae al latín. Un detalle de esos que yo no conocía y que se revelan cuando las malas noticias arrecian, haciéndolas aún peores. Y es que al parecer había estudiado Filología Latina y tenía dos hijos pequeños a los que había bautizado con nombres de emperadores romanos. O tal vez también este detalle es una alteración aleatoria sufrida por mi memoria con el paso del tiempo. Pero estoy casi convencido de que era así.

Del camino de vuelta a casa, como ya dije, no recuerdo nada, pero cada vez que pienso en aquel día, como me ha ocurrido durante esta semana conmemorativa, hay una imagen que se reproduce en bucle en mi mente. Y es una imagen en que me veo derramando lágrimas de alivio, de pie en lo que era nuestro cuarto de estar, poco antes de acostarme aquella noche, acunando en brazos a mi hijo recién nacido, pensando una y otra vez en cómo habría sido la vida para él y para Nuria si, en vez de Cristina, hubiera sido yo el fallecido. Respirando como nunca hasta entonces lo había hecho el aroma de la piel de mi hijo, sintiendo, sin sentirme apenas culpable por ello, un profundo y reconfortante sosiego y al mismo tiempo un miedo paralizador por todo el dolor que este mundo podía infligirle a mi pequeño bebé.


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