sábado, 9 de marzo de 2024

Educar a bofetones

La bofetada, torpemente contenida en el último segundo, impactó en el rostro de Sergio con contundencia. Sus gafas iniciaron un vuelo sin motor ni dirección, como un murciélago en una noche de verano, y aterrizaron aparatosamente en el suelo del salón, con la fortuna de que ni montura ni cristales sufrieron daño aparente. La cara de mi hijo mayor acusó el golpe y durante unos segundos la torsión del cuello obligó a sus ojos, que hasta ese instante habían permanecido fijos y desafiantes en los míos, a desviarse abruptamente. El barullo que, hasta un momento antes de que el sonido de la guantada lo silenciara había ido de manera paulatina soliviantando mis nervios, cesó de inmediato, a buen seguro a causa de la perplejidad que lo inusual de mi acción ocasionó entre los que nos acompañaban aquella mañana de domingo en la casa de Martos, para regresar de modo insistente a los pocos segundos, pero esta vez acompañado por un tono de perplejidad, reproche y alarma. Una vez frenada la inercia del mamporro y sin prestar demasiada atención al lugar donde habían ido a parar sus gafas o mostrar preocupación alguna por el estado en el que pudieran hallarse, Sergio volvió a cuadrarse ante mí, mirándome de nuevo, esta vez de una manera diferente, esforzándose inútilmente porque sus facciones no reflejasen en modo alguno ni la sorpresa ni la rabia que en él había despertado aquel primer y último bofetón de nuestros trece años de convivencia en común. Tratando de comportarse como el hombre que aún no era. Sujetándose las lágrimas a fuerza de amor propio.


Si se me concediera la oportunidad de regresar al pasado y borrar una escena de mi biografía como padre, sería sin lugar a dudas esa. Pero no es así y aquello, muy a mi pesar, forma parte de mi historia. Obviarlo sería inmaduro e intentar justificarlo con la excusa de que aquella mañana la casa de los abuelos de Nuria era una jaula de grillos en la que el volumen y el tono de los gritos no me dejaba ni siquiera pensar sería de cobardes. Jamás había pegado a mis hijos, más allá de alguna palmada admonitoria e inofensiva en sus traseros que había suscitado en ellos más risas que lágrimas. Nunca me había sentido tan defenestrado y culpable como cuando los ojos de Sergio se volvieron a posar sobre los míos y me transmitieron sin ambages - también sin una sola palabra - la frustración y la decepción que mi acción había despertado en su interior. Porque lo cierto es que su delito - hablar mal a su madre - no había sido tan grave. O lo había sido, pero nunca antes había recibido semejante castigo. Creo recordar que, para no transmitirle mi flaqueza, cerré el episodio con una advertencia enojada y poco creíble de que no se le ocurriera repetirlo, pero no estoy seguro del todo. Sí me acuerdo con claridad, sin embargo, de que me escabullí en cuanto tuve ocasión a la habitación que ocupábamos Nuria y yo para intentar llenar mis pulmones de aire y derramar las lágrimas que yo también había estado conteniendo durante ese penoso capítulo. Me sentía avergonzado, triste y enfadado conmigo mismo. No se me permitió ni una cosa ni otra, ya que mi amada esposa, en ebullición en aquel momento a cuenta de no sé qué discusión con su hermana pequeña o su madre que había hecho que mis nervios saltaran por los aires, irrumpió detrás de mí en el dormitorio, terriblemente alterada, con la intención firme de hacer las maletas y volver a Madrid. Y entre las barbaridades que brotaban de su boca a cuenta de aquel enfrentamiento, intercalaba reproches por ese momento estelar que yo había protagonizado y que me hacía sentirme como la persona más infame del mundo. Lo único que yo quería era meterme dentro de la cama, esconderme y no escuchar a nadie. A la vista de que aquello no iba a ser posible, opté (creo) por no llevarle demasiado la contraria y por ayudarla a preparar nuestra inminente partida.

Jamás he creído en eso de que "la letra, con sangre entra". Me declaro completamente en contra del castigo físico como herramienta educacional e, ignorando aquel lamentable y puntual hecho, he predicado siempre con el ejemplo. El diálogo como manual de conducta único. Cierto es que más de una vez habré pronunciado expresiones tan horrendas al dirigirme a ellos como "se está rifando una ostia y llevas todas las papeletas" o "te daba un guantazo que te quitaba la tontería". Pero también esos exabruptos, y sólo en ocasiones muy excepcionales, forman parte de ese diálogo que he procurado siempre emplear a la hora de educar a mis hijos. Antes encerrarme en una habitación y darme cabezazos contra la pared que ponerle a mis hijos la mano encima con intenciones alevosas o violentas. Y aquel episodio me afianzó más aún en mi creencia de que emplear la fuerza bruta para inculcar en ellos principios, valores o códigos de conducta es una atrocidad. Por mucho que en el pasado fuera la manera universal, como si fueran ovejas, de guiar a los hijos por el camino que el padre marcaba. Por mucho que, todavía hoy, existan quienes siguen pensando y actuando de esa manera.


Y si recupero hoy del baúl de mis vergüenzas aquel triste suceso es porque hace un par de días, en un vagón del metro, contemplé atónito cómo un padre atizaba dos guantazos memorables a su hijo de unos ocho años porque, sin querer, el niño le había tirado el móvil al suelo al troglodita de su progenitor. Y no me impresionó tanto el acto en sí mismo como la naturalidad con la que el mostrenco zurraba a la criatura y la normalidad con la que el pequeño encajó los dos bofetones. Como si eso ocurriera a diario. Varios pasajeros nos miramos con asombro y estupor, pero hubo también alguno que sonreía mostrando una muda aprobación. Como es de suponer, ni unos ni otros intervenimos. La mayoría desviaron la mirada o volvieron la vista a sus propios teléfonos, indiferentes unos pocos, haciéndose más pequeños otros. Una mujer de unos cuarenta años y yo fuimos los únicos que mantuvimos nuestros ojos fijos en el neandertal en cuestión, intentando de algún modo transmitir nuestra indignación ante lo que acabábamos de presenciar, pero no dio opción a que reparase en nuestra postura puesto que no dejó de zarandear y reñir al hijo hasta la siguiente parada, en la que ambos se bajaron, sin parecer en ningún momento que al padre le preocupara la imagen que estaba dando.

Me cuesta entender situaciones como esta. Sé que la paternidad puede ser muy complicada y que no siempre puede uno controlar la ira. Somos humanos al fin y al cabo. Lo que me ocurrió con Sergio es un claro ejemplo de ello. Pero educar a bofetones, como hacen ese padre del metro y otros muchos que todos sabemos que habitan entre nosotros, me produce arcadas. Las mismas que la mirada asombrada de mi hijo me provocó hace ya unos cuantos años aquella mañana de domingo en Martos y que todavía hoy me encoge el corazón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?