Tal y como me lleva ocurriendo durante toda la semana, hoy me he despertado temprano a causa del dolor. Mi doctora ni me da ni me quita la razón -entiendo que porque mi teoría carece de base científica-, pero sospecho que el cambio de estación, las primeras lluvias otoñales y la bajada de temperaturas tienen mucho que ver. No en vano llevo toda la vida oyendo, especialmente a mis mayores, achacar muchos de sus dolores a los cambios climáticos. Esas predicciones que de niño me parecían mágicas, cuando mi padre decía "hoy me duele mucho la pierna, yo creo que va a llover". Y tú mirabas por la ventana, veías un día claro y despejado, y pensabas "sí, hombre". Y la mayoría de las veces, para tu asombro, se ponía a llover un par de horas después. Así pues, estoy bastante convencido de que esta semana estoy sufriendo más porque el verano se marcha y el otoño ya está llamando a la puerta para ocupar el lugar que le corresponde.
El caso es que el mordisco en la zona del riñón derecho estaba ahí esta mañana cuando pasé lista a la tropa, dándome muy educado los buenos días. Durante estos cuatro meses ha tenido un comportamiento moderadamente tímido, no más que un pellizco intermitente, más atrevido en algunas ocasiones en las que me obligaba a doblarme sobre mí mismo, pero un pellizco al fin y al cabo: molesto, pero tolerable. Sin embargo, estos últimos días ha alcanzado la categoría de mordisco. Porque así imagino que debe ser la mordedura de un lobo que no suelta a su presa hasta que esta se debilita y se rinde. El dolor debe ser similar. O eso creo.
Curiosamente el suplicio dura hasta que me levanto de la cama y me dirijo al aseo. Antes de llegar al baño el mordisco ha desaparecido y ya no es ni siquiera pellizco, simplemente es ese ligero entumecimiento que permanece tras un golpe fuerte. Pero sé que ni se ha ido muy lejos ni por mucho tiempo. Volverá, como hace siempre, en el momento que me siente a desayunar o a charlar con los chicos antes de que se vayan a sus respectivos institutos. Que me acompañe durante todo el día o me conceda algún rato de respiro dependerá en gran medida del efecto de los fármacos y de las actividades que yo lleve a cabo durante la jornada. Y de que sea capaz de evitar al más cruel de mis enemigos en estos momentos: el estornudo.
Leí no hace demasiado sobre una enfermedad, llamada neuralgia del trigémino, que afecta al nervio craneal encargado de transmitir las sensaciones de tacto y dolor desde la cara, los ojos, la nariz y la boca hasta el cerebro, y a la que comúnmente se conoce como enfermedad del suicida. No induce necesariamente a quitarse la vida, pero el dolor es tan insoportable que a muchos pacientes se les pasa la idea por la cabeza con mucha frecuencia. Encabeza la lista de enfermedades más dolorosas que pueden atacar al ser humano. La neuralgia post-herpética que yo padezco está varias posiciones por debajo en esa lista, y desconozco si al resto de pacientes les ocurrirá lo mismo que a mí, pero lo cierto es que cuando estornudo, cuando no soy capaz de contener a tiempo esa expulsión involuntaria y violenta de aire de los pulmones, cuando el diafragma se somete a ese movimiento repentino, ese instante de dolor agudo e intenso es tan poderoso que también siento la necesidad de acabar con todo. Se me doblan las rodillas, las lágrimas asoman a mis ojos, me quedo sin aire. Como si varios puñales al rojo vivo se clavasen simultáneamente en mi costado derecho, especialmente en la zona lumbar. O como imagino que debe sentirse aquel al que diesen matarile de esta manera. Y luego dos o tres horas de no poder hacer nada más que tumbarse y esperar que el dolor se vaya mitigando.
Mientras desayuno solo en la cocina, Nuria ya trabajando y los chicos en clase, las palabras que me dirigió ayer la doctora vuelven con nitidez: “tienes que tener paciencia y recordar que hay pacientes a quienes este dolor acompaña el resto de sus vidas”. Lo habría recordado si en alguna de mis anteriores visitas me lo hubiese dicho. Pero no lo había hecho hasta ayer. No sé si consistirá en una estrategia encaminada a ir mentalizando al paciente o simplemente ha cometido un desliz conmigo, su último paciente de la tarde, tal vez ya fatigada y hastiada de tratar el dolor ajeno. Pero sé que la memoria no me falla. Que esto pudiese ser para toda la vida no me lo había mencionado en ningún momento. Cómo cambia el discurso y en consecuencia cómo cambia tu perspectiva de la vida que te queda por delante.
"Puede acompañarte durante unos meses o incluso un par de años".
"Puede acompañarte el resto de tu vida".
Para mí hay una distancia importante entre ambas afirmaciones.
Volví cariacontecido y preocupado a casa. Pasé un rato reflexionando y llegué a la conclusión de que no puedo dejarme vencer por la auto compasión. Recogí la cocina, me fumé un cigarro tranquilamente en la terraza interior tras abrigarme con una sudadera (sólo me faltaría coger un constipado) y me puse a ver un rato la tele.
Reconstruirme profesionalmente. Esa debe ser mi prioridad. Buscar la forma de poder trabajar desde casa y sin horarios fijos, que es la única fórmula que se me antoja válida en este momento de mi vida.
¡Cuántas veces hemos comentado en casa o entre amigos que la vida te puede cambiar sin pretenderlo en cualquier momento! Sobre todo lo hemos hablado durante estos últimos meses, tras el fallecimiento de un buen amigo de Nuria, la inesperada viudez de su esposa y la orfandad de su hijo. Un hombre sano, fuerte, tan sólo cincuenta y seis años a la espalda. Adicto a las relaciones sociales, poco amigo de acomodarse en casa delante de la televisión; una cerveza y una buena charla en la terraza de un bar eran su visión ideal de la vida. Se lo llevó una pancreatitis aguda en un mes exacto, sin casi tiempo de despedirse o mentalizarse de que todo se acababa.
A veces me arrepiento de haber salido de Sitel. Por mucho dinero que me diesen en el ERE y por muy fea que fuese la deriva que la empresa llevaba. El sueldo no nos permitía grandes excesos, los tres últimos años ni siquiera nos concedimos unas vacaciones de verano dignas, y además trabajaba muchos fines de semana pero, tras veinte años en la empresa, era un empleo estable. Me sentía querido, aunque no reconocido. Sin embargo la mayoría de las veces creo que hice lo correcto. La hipoteca pagada, los chicos ya adolescentes y Nuria con su oposición aprobada. Si no era ese el momento de intentar ir un poco más allá, de conseguir algo mejor, ¿cuándo lo habría sido?
Y luego vino Marsh. Una oportunidad única, o eso parecía al conocer las condiciones y aceptar el trabajo. La realidad fue otra. Nada que reprochar sobre salario y ventajas sociales. Ahí cumplieron. Pero nadie me habló de que todos los días tendría que echar dos o tres horas más y que los fines de semana los iba a pasar mayoritariamente pegado al ordenador para conseguir llegar a todo. O tal vez sería más justo pensar que yo no supe manejar la situación adecuadamente. Ocho meses de constante estrés, durmiendo poco y con la mandíbula apretada, soportando cientos de reuniones que apenas me aportaban nada. Al final, que me despidiesen era más un deseo que un temor. Y ocurrió.
Cuatro días después, los dolores me llevaron a urgencias. El diagnóstico inicial fue un cólico nefrítico, pero pronto rectificaron al verme en el costado unos pequeños granos. Herpes Zóster. Causa de la enfermedad: bajada de defensas por un estrés intenso y prolongado. El virus latente de la varicela se ha aprovechado de la brecha y ha atacado. En el paro y enfermo sin fecha definida de recuperación.
Y ya van más de cuatro meses así. Leyendo mucho, quemando Netflix, dejándome los pulgares en el mando de la Play y estudiando, ya que algo de provecho tenía que hacer, para unas oposiciones de vigilante de sala en el Museo Nacional del Prado y para otras de Auxiliar Administrativo en Ayuntamientos. Sin mucha constancia, no porque no la tenga, sino porque los dolores muchas veces limitan mi capacidad de concentración.
Ahí vuelve el mordisco. ¿Será que va a llover? ¿Que llevo demasiado tiempo sentado escribiendo? ¿Que se está pasando el efecto de los fármacos que me tomé hace unas horas? Sea lo que sea, toca poner punto final al texto de hoy. El lobo no espera.


No hay comentarios:
Publicar un comentario