Una de las mayores frustraciones que como padre arrastro -y creo que en uno de los primeros artículos de este blog ya dejé debida constancia de ello- es la falta de interés que mis hijos muestran por una de las materias que a mí más me apasionan: la literatura. Ni siquiera se asoman de vez en cuando a este blog en el que tanto y tan a menudo hablo de ellos. Salvando las distancias obvias, entiendo bien ahora a ese padre, personaje recurrente en multitud de historias, que ha dedicado su vida a construir y hacer crecer un negocio que sus hijos puedan heredar y que, cuando llega el momento, se lo tiene que comer sin guarnición porque su ingrata descendencia rechaza el legado familiar. Pero en mi caso, aunque la cuestión no sea quizá tan sangrante en lo que a su futuro laboral se refiere, sí es profundamente preocupante (o así me lo parece) en lo relativo a su desarrollo como personas con un cierto pensamiento crítico. En realidad, no es culpa tan sólo de ellos, ni tan siquiera creo que lo sea mía. No les puedo reprochar el desinterés porque me temo que es hoy en día un mal global extendido entre los jóvenes de nuestra sociedad. Pero como en todo, hay esperanzadoras excepciones.
Ha sido la mía, sobre todo por rama materna, una familia de lectores empedernidos que siempre lograba hacer un hueco en sus estanterías para un libro más. Y no era una escena inusual, en aquellos tiempos y en ese contexto, vernos a todos reunidos en el salón, en completo silencio, cada uno de nosotros con un volumen abierto sobre el regazo. Como tampoco lo era, en esas comidas que cada pocos fines de semana celebrábamos, que abuelos, tíos, padres, primos y hermanos alargásemos la sobremesa con juegos de mesa o simplemente comentando lo que tal o cual novela nos parecía.
Después de unos años sin reunirnos, pandemia y otras circunstancias mediante, acordamos que era el momento de juntarnos de nuevo todos los que en Madrid vivimos. Ahí estaban mi madre, su única hermana, mi tía Eva (¡cuánto hizo en su día para alimentar mi hambre literaria!), mi prima Ireide y mi primo David. Y por supuesto nuestras respectivas parejas y parte de las nuevas generaciones con sangre Rincón en las venas. Cómo nos habría gustado tener con nosotros, aunque sólo fuese por unas horas, a mis abuelos. Que viesen cómo la familia ha crecido y que aún, aunque haya sido después de tanto tiempo, podamos ponernos de acuerdo para compartir un rato todos juntos.
No hablamos, sin embargo, de las ausencias. Tampoco de las últimas novelas leídas o de mi artículo Amarraditos los dos, que creo fue en cierta medida lo que desencadenó la necesidad de recuperar la sana costumbre de sentarnos todos alrededor de una mesa. No hablamos de lo que hacíamos hace tres décadas cuando nos reuníamos en Móstoles, Molino de la Hoz, Las Suertes de Villalba o en la calle Vinaroz; tal vez porque no hace falta, ya que forma parte de nuestro ADN y siempre está presente. Básicamente nos limitamos a ponernos al día.
Pero hubo algunos detalles durante esas horas que pasamos juntos que me recordaron a aquellos otros días en que era yo el niño y mis abuelos aún vivían.
Nuestros hijos jugaron al Monopoly y luego se bajaron con una pelota a la calle, tal y como hacíamos nosotros en aquel pasado que a veces regresa a recordarme quién fui. Hay algo mágico en eso. A los genes que comparten se sumarán ahora recuerdos nuevos, recuerdos que quizá serán el prólogo de otras aventuras que compartirán en el futuro. Como aquel descubrimiento que una vez hicimos nosotros en la sierra. No recuerdo si alguno de mis hermanos estaba conmigo aquel día o si estaba yo sólo con mi primo, con mi prima o con ambos. Deberéis disculpar a mi memoria, que es frágil y muy selectiva, la inexactitud de mi recuerdo. Aquella casa abandonada (o sus restos) en la que entramos y nos topamos con uno de los mayores tesoros que chavales como nosotros podíamos encontrar allá por finales de los años ochenta: libros. Eso es lo único de aquella excursión de lo que me acuerdo con absoluta nitidez. Algunos en distintos estados de descomposición, pero muchos bien conservados. Tampoco soy capaz de recordar ni cuántos confiscamos ni cómo los llevamos de vuelta a casa de mis tíos. Sé que para mí aquel día fue muy especial, como si me hubiese tocado la lotería. Aún conservo algunos de esos libros en una de las cajas que tengo en el patio. Aventuras como esas. Quién sabe. Quizá nuestros hijos compartirán en el futuro alguna aventura que dentro de treinta años les vendrá a la cabeza como me ocurre ahora a mí.
Hubo más deja vus: mi primo haciéndonos reír durante los cafés como siempre hacía cuando era un mico; sólo faltaba mi hermano Carlos para hacerle los coros, ya que lo que no se le ocurría a uno se le ocurría al otro. También mi tía contó algún chiste, otra de esos hábitos que teníamos entonces y que alegraban nuestras sobremesas. Recuerdo intentar memorizar alguno de los que en el colegio escuchaba para luego soltarlo, con mayor o menor éxito, en aquellas reuniones del pasado. Una de las niñas de mi primo, todavía en esa edad en la que aceptan un libro como si de otro juguete se tratara, leyendo un volumen infantil de Anna Kadabra.
Pero como decía al principio, en esto del amor a las letras, aún queda esperanza ya que había también una joven escritora en aquella reunión que se prestó, incómoda y no sé si sintiéndose un poco obligada a ello, a dejarme leer un relato corto que había escrito y que, si no entendí mal, había sido galardonado con un premio literario en su instituto. Traté de sumergirme en la narración, a pesar de las conversaciones que en aquel salón se sucedían, con la ceremonia que estas cosas precisan. Si por mí hubiera sido, me habría encerrado en una habitación alejada del tumulto para llevar a cabo mi tarea con más calma. Aún así, pude comprobar en aquel texto la pasión por la literatura de Jimena, la hija de mi prima Ireide, una pasión que espero mantenga durante mucho tiempo porque le regalará, como ha hecho con todos nosotros, momentos mágicos que no le ofrecerá la realidad. Aprecié también el esfuerzo que a una niña de su edad le supone plasmar sobre un papel esas cosas que se remueven dentro de ti durante la primera adolescencia. La historia tenía su aquel y estaba muy bien escrita. Fue una experiencia entrañable que me hizo recordar a aquel que un día fui, enlazando versos y extrayendo de mi interior las historias que pedían ser escritas en la dulce soledad de mi habitación infantil.
Ay, si mis hijos leyesen. Ay, si también escribiesen. Les adoro y estoy tan orgulloso de ellos que no me cansaré nunca de decírselo sean cuales sean los méritos que en sus vidas vayan alcanzando, pero tengo la absoluta certeza de que si la literatura formase parte de su vida, tal y como lo hace en la de Jimena, me iban a sacar, con mi consentimiento y sin apenas esfuerzo, hasta los higadillos.
Palabra de padre todavía en prácticas, lector empedernido y escritor novato.
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