jueves, 9 de febrero de 2023

Lo que la cancha nos da: un título con sabor agridulce

Cuando abandonas el Real Madrid, aunque sea para regresar a tu antiguo club, las cosas nunca son tan fáciles como puede parecer. Intentas convencerte de que hay otros caminos para alcanzar tus sueños deportivos, que en el baloncesto de Madrid no todo pasa por Valdebebas, pero en ti queda un poso de frustración, la sensación de haber retrocedido varias casillas en el tablero de juego. Debes lidiar con ello. Además debes adaptarte a un grupo que ya no es exactamente el que era cuando te fuiste: nuevos entrenadores, nuevas tácticas, algunos compañeros nuevos. Y por último están las expectativas que tu club deposita en ti. Porque de un descarte del Real Madrid se espera mucho, no en vano son numerosos los clubes de primera línea de cantera que intentan convencerte de que, con ellos, triunfarás. Todos estos pensamientos estuvieron rondando por mi cabeza aquel verano, tras la salida de Sergio del Madrid. Como siempre, él me hizo comprender que todo era mucho más sencillo, que presión era la que había sentido en cada entrenamiento y partido que disputó con la camiseta blanca. Que estaba de nuevo en casa y que eso era lo único que importaba.

A pesar de su optimista predisposición la temporada 2018-19 fue complicada para él. Le costó arrancar, tardó en recuperar antiguas sensaciones. No jugó con sus compañeros durante la primera fase, sino que lo hizo con los mayores, que defendían plaza en Oro. Más avanzada la competición alternaba con ambos grupos y finalmente, tanto a nivel personal como colectivo, se cumplieron los objetivos marcados. Lo que sí recuperó aquel año, y con esto termino en lo referente a Sergio, porque de Marcos hay mucho que contar, fue la sonrisa y la ilusión por jugar a su deporte favorito. Y eso, sin lugar a dudas, fue mucho más importante que cualquier título que hubiese conquistado.


Era a partir de esta temporada cuando les llegaba el turno a los pequeños de comenzar a protagonizar momentos inolvidables para ellos y, por supuesto, también para nosotros, sus padres y abuelos.

Para afrontar la temporada de alevin de primer año hubo varias incorporaciones que resultarían clave en el devenir de este equipo. Mira que habíamos tenido buenos entrenadores hasta aquel momento, pero del equipo se hizo cargo Ángel, que aunaba lo mejor de cada uno de ellos y aportó además un conocimiento profundo y una gestión espléndida de la cabeza de cada chaval. A su lado, además de David, que ya había sido segundo entrenador con Juanpe, se nos unió Jesús, un chaval muy joven que pronto se identificó con el espíritu que desde el primer día en benjamín caracterizaba a este grupo de chavales. Desde el principio nos dimos todos cuenta de que Jesús era un tipo muy especial que padecía serios problemas de salud que le impedían en ocasiones acompañar al equipo. Se incorporó también Hugo, un base muy bajito pero con una técnica descomunal. Venía de Arroyomolinos, donde se habían producido problemas internos que habían motivado la salida del club de varias familias. Estábamos listos para arrancar una nueva temporada y con ilusión por llegar, de una vez por todas, a disputar nuestro primer Día del Mini.


La primera fase de la competición, que nos enfrentaba a algunos de los mejores equipos de la competición, sirvió para potenciar nuestras habilidades y reconocer nuestras carencias. Era importante corregir errores porque veíamos que el grupo podía alcanzar, esta vez sí, el objetivo de llegar a las semifinales, pero ganar el campeonato se antojaba enormemente complicado viendo el nivel de Las Rozas (nos ganó los dos partidos) y, sobre todo, de Alcobendas, que se mostraba intratable en el otro grupo y que ya nos había derrotado por quince puntos en un amistoso en pretemporada.

Arrancábamos la segunda fase en el grupo Oro, lo que nos garantizaba jugar los playoffs, pero debíamos intentar obtener la mejor posición posible para tratar de evitar a Alcobendas hasta la final, ya que era el único equipo al que veíamos claramente superior. De hecho, el primer partido de la segunda fase fue precisamente contra ellos en Alcorcón y nos vapulearon por un claro 35-63. La cosa se complicó aún más la semana siguiente cuando perdimos por tres puntos contra unos viejos conocidos, Brains. A excepción de Alcobendas, la igualdad era máxima y acabamos aquella fase con un balance de cuatro victorias y seis derrotas. Los cruces estaban ya establecidos y, salvo que algo lo remediase, en caso de llegar a semifinales, estas se disputarían precisamente con aquellos a los que no queríamos encontrarnos.

Pero ocurrió algo en el ámbito extradeportivo que dejó marca en nuestros chicos, algo que todavía hoy, cuatro años después, creo que tienen bajo la piel, algo que en cierto modo hizo que se confabulasen para hacer algo grande aquel año. Durante el descanso de la Semana Santa, el jueves si no recuerdo mal, nos comunicaron que Jesús, aquel chico enfermo que sentía verdadera pasión por nuestros chavales y que tantos entrenamientos se había perdido debido al mal que padecía, había fallecido. Fueron días complicados en las casas de los "chinchetas", haciéndonos todos a la idea de que se había ido una de esas personas que se van tan jóvenes y dejando tantas cosas por hacer que resultaba complicado hacer comprender a los niños lo cruel que a veces es la vida. Muchos descubrieron en aquellos momentos que la muerte no era sólo cosa de los ancianos. Cuando volvimos a los entrenamientos, los niños lo hicieron con el semblante triste de quien ha perdido a un ser querido, pero también con la determinación de brindarle a Jesús los mejores partidos de sus vidas.



El cruce de octavos de final, contra Uros de Rivas, fue bastante sencillo y no tuvimos problemas, ganando ambos partidos con claridad, pero en cuartos nos esperaba un rival que, aunque había ido de más a menos en la temporada, nos había ganado dos de las cuatro veces que nos habíamos enfrentado a ellos aquella temporada, la última mes y medio antes: Menesianos, un equipo rocoso, aguerrido y con un par de jugadores muy talentosos que iban a constituir una prueba importante para demostrar que era nuestro momento de llegar a un día del Mini. Jugamos primero en su campo, una cancha complicada, con los padres a pie de pista, mucha presión. En un partido muy igualado nos logramos imponer por nueve puntos, lo que no dejaba sellada la eliminatoria, pero sí muy bien encarrilada para el día siguiente en Alcorcón. Y no les dimos opción: 85-61. Y, por fin, después de tres años buscándolo, estábamos en la fiesta del Mini. Si lo haríamos como finalistas o para luchar por la medalla de bronce estaba por decidir, pero lo habíamos conseguido.

Alcobendas era aquel año un auténtico rodillo. Algunos de sus jugadores ficharían después por el Real Madrid, tal era el nivel. No habían dado opción a ningún rival, llegaban imbatidos a las semifinales y contaban con jugadores de una grandísima calidad. Lo cierto es que yo no contaba con darles ninguna sorpresa, pero sí sabía que les competiríamos, que no íbamos a dejar que nos ganasen tan fácilmente. El primer partido se disputó en Alcorcón, dado que ellos tenían el factor campo a su favor por sus mejores resultados en fase regular. Fue un partido a cara de perro donde efectivamente les hicimos sudar de lo lindo. El marcador fue bajo y la diferencia final dejaba la eliminatoria aún abierta: 47-52. Teníamos que remontar cinco puntos ante el mejor equipo de la competición y en su cancha. Yo tan sólo confiaba en que compitiésemos lo mejor que pudiésemos. Pero Ángel, el entrenador, tenía un plan y los chicos una firme convicción en que la victoria, que querían brindar a Jesús, era posible.


En estos años que llevamos siguiendo a nuestros hijos por todas las canchas de Madrid, hemos vivido algunos momentos mágicos, inolvidables. El Campeonato de España Mini de Sergio, partidos contra Estudiantes de alto voltaje, la victoria ante Brains que luego no valió... Cuando aquella mañana nos dirigimos a Alcobendas no podíamos imaginar que nos encontrábamos a punto de vivir uno más, quizá el más bonito y meritorio de todos ellos. El partido fue intenso desde el primer momento, una gran rivalidad con las gradas cantando y aplaudiendo a rabiar. Ellos fueron siempre por delante, ampliando la ventaja que habían conseguido el día anterior en Alcorcón. No sé si fue un exceso de confianza, la presión desde nuestra grada, el trabajo que hicieron los chicos, el magnífico partido que hizo Hugo, ese base que habíamos traído de Arroyomolinos, o una combinación de todo ello. Pero cuando llegamos al último cuarto, lo hicimos empatados. Como al principio, tenían la ventaja de los cinco puntos del día anterior. Y entonces ellos cortocircuitaron... ante el asombro de todos los que allí estábamos nos pusimos por delante y terminamos ganando, no por cinco, sino por ocho puntos y clasificándonos para la final del Campeonato de Madrid. Espectacular. Irrepetible. Cánticos desde la grada, dedos al cielo recordando a Jesús, alguna lágrima por la emoción y mucha, mucha alegría.

Hubo aquel día un gesto de esos que desgraciadamente se ven poco, o menos de lo que yo desearía, y que a mí se me ha quedado grabado para siempre. Era ya casi la hora de comer y además aquello había que celebrarlo, de manera que nos dirigimos todos al McDonalds que hay al lado del pabellón. Allí, en otra zona del restaurante, algunos de los chicos de Alcobendas comían junto a sus padres, algo más cabizbajos que los nuestros, como era normal, pero en ningún caso hundidos o tristes. Eso ya habla de la grandeza de esos chavales en la derrota y de la educación que sus padres les estaban dando, pero lo que para mí resultó realmente emocionante fue que, una vez terminaron de comer, y creo que sin que nadie se lo dijese, se levantaron y vinieron a nuestra mesa para felicitar a aquellos que les habían derrotado en buena lid. Esa muestra de deportividad me caló muy hondo porque casi se me había olvidado, tras nuestro paso por el Madrid con Sergio, lo más importante que la cancha nos da: amigos en todas las plazas.


El subtítulo de esta entrada es "un título con sabor agridulce". Lo primero es porque ganamos el Campeonato de Madrid aquel año, vencimos con claridad en la final a Las Rozas. Lo segundo, lo de agridulce, no fue únicamente porque durante el transcurso de la temporada hubiésemos perdido a una persona importante para aquel grupo, sino porque se cometió un error en la planificación de aquel año que tuvo sus consecuencias. Generalmente un equipo tiene doce fichas porque ese es el número máximo de jugadores que se pueden presentar en un partido. Aquel año el grupo estaba compuesto por quince jugadores, lo que obligó al entrenador a realizar en cada partido tres descartes, algo que provocó controversias, especialmente cuando llegaron los playoffs, momentos en los que todos los jugadores quieren sin lugar a dudas participar, y especialmente en la final. Celebramos el título, por supuesto, pero algunos (y me incluyo por lo que ahora explicaré) no lo hicimos con el mejor ánimo. 

Marcos no era inicialmente uno de los descartes para la final, pero en aquel entonces él era un niño especialmente sensible a lo que se cocía fuera de la cancha, y anduvo los días previos lamentándose de que tres amigos, en concreto uno, Hugo Samu, no fuesen a participar en el partido. Creo que aquello le provocó una cierta ansiedad y el día del partido, ese esperado día del Mini, amaneció con gastroenteritis. Hicimos lo posible porque llegase a la hora del partido en condiciones, pero no lo conseguimos y él mismo, tras hablarlo con Ángel, decidió ceder su plaza a uno de sus compañeros no convocados. En lo personal aquello nos supuso un pequeño disgusto, pero lo más grave fue que esta situación, la de tener quince fichas, rompió muchas cosas en aquel grupo, y de hecho al año siguiente, como consecuencia de lo sucedido, hubo niños y padres que decidieron no continuar, por lo que comenzaba una nueva etapa para el grupo de chavales que desde Benjamín habían sido una piña.


De la final contra Las Rozas no hay mucho que contar. Fuimos por delante en el marcador durante todo el partido y en ningún momento permitimos que ellos pudiesen aspirar a algo más que la medalla de plata. El equipo pudo rendir a Jesús el homenaje que se merecía y, por fin, fuimos Campeones de Madrid.









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