En el preciso instante en que comienzo a escribir estas líneas son las cuatro de la madrugada del primero de mayo y el dolor me mantiene completamente desvelado. Me acabo de tomar una ampolla de Metamizol y he ajustado a potencia media la manta eléctrica con la esperanza de que las molestias remitan y consiga descansar al menos unas horas.
Me parece mentira que haya transcurrido ya casi un año desde que el médico de urgencias que me atendió aquella tarde me diagnosticase un herpes zóster y yo escuchase por primera vez el término "neuralgia postherpética", pero que este lobo continúe aún enganchado a mi costado y haga sentir a diario, en mayor o menor medida, su presencia, me resulta, por el contrario, muy real.
Me parece también mentira que después de todo este tiempo yo aún no haya conseguido discernir qué provoca que en determinadas circunstancias este lobo que me tiene apresado apriete o afloje la mandíbula.
De hecho, me encantaría que todo esto fuese una gran mentira y que no estuviese sucediendo realmente.
Siempre he pensado que el ser humano tiene una capacidad ilimitada para adaptarse a cualquier situación que el destino le depare, pero, aunque mi moral se encuentre a día de hoy más alta que cuando escribí por vez primera sobre mi enfermedad en este blog, debo admitir mi fracaso hasta la fecha tratando de acostumbrar a mi cuerpo y a mi mente a vivir de esta manera.
Mi hijo Marcos, que durante estos meses se ha erigido por sorpresa como uno de los pilares más firmes en los que apoyarme durante este trance, se expresó hace unos días en unos términos que, debo confesar, hicieron que mi ánimo se tambalease como no lo había hecho antes.
- Papá, ¿y tú estás seguro que esto que te pasa no comienza a ser ya un tema mental?
Me resisto a creerlo, pero al mismo tiempo me atemoriza pensar que primero la malhadada doctora de la Unidad del Dolor y ahora mi hijo estén en lo cierto y que sea realmente mi cabeza la que esté agigantando las sensaciones que mi sistema sensorial me transmite de forma clara. Me duele que Marcos llegue a creer que su padre no posee la fortaleza suficiente para superar este obstáculo. Que sea mi subconsciente el que esté prolongando innecesariamente lo que yo percibo como un cruel tormento cuando acometo ciertas actividades. Me hace sentir débil también no ser capaz de aceptar y cumplir con los preceptos del estoicismo que mi buen amigo Pablo propugna en las charlas que mantenemos alrededor del dolor en general y de mi neuralgia en particular. Me preocupa no lograr retomar mi vida y al mismo tiempo me intimida el momento de hacerlo, ya que me obligo a alejarme del pozo de desesperanza en el que corro el riesgo de despeñarme y me fuerzo a mí mismo a pensar que ese momento, tarde o temprano, acabará llegando.
He mejorado mucho, sí. Ya no soy ese ser encogido que frente al dolor se dejaba caer en la cama y permanecía allí dos horas mirando al techo y lamentándose de su suerte. Pero la recuperación está siendo exasperantemente lenta y aún hay ocasiones, como en esta madrugada festiva en que escucho a lo lejos el jolgorio de la macrodiscoteca del Parque Liana y la escandalera de la gente que regresa de las casetas o del Recinto Ferial con dos copas de más, en que el lobo clava de nuevo sus colmillos con ímpetu desmesurado y me recuerda que todavía no he conseguido escaparme, que el esfuerzo mental que a diario realizo debe ir más encaminado, me guste o no, a asumir como crónica esta neuropatía que a plantearme cualquier otra alternativa más optimista.
No me siento deprimido, sino más bien desconcertado y lleno de interrogantes sobre un futuro que todavía no puedo controlar, pero que mi entorno parece exigirme que empiece a controlar, cansados como deben sentirse también ellos de verme vivir de esta manera.
Mi compromiso con quienes me quieren y sobre todo conmigo mismo es firme e innegociable. Sigo peleando a pecho descubierto para abandonar dignamente esta casilla de castigo en la que he ido a parar durante la partida, que nadie tenga dudas al respecto. Pero sigue habiendo momentos como este en que el sufrimiento físico toma los mandos y yo no puedo hacer nada más que intentar ahuyentarlo poniendo en negro sobre blanco, mientras aprieto los dientes, mis sentimientos y sensaciones.
Sigo acostándome y levantándome con dolor, eso apenas ha cambiado. Sí ha variado, sin embargo, lo que entre ambas acciones sucede. Hay ratos (todavía demasiado pocos) en que me muevo y actúo como cualquier persona completamente sana. La mayor parte de la mañana esto es tan sólo una incómoda molestia. Pero cuando se acerca la hora de comer, también el lobo parece querer alimentarse y aprieta ligeramente las fauces. Después de comer, ambos nos dormimos la siesta: yo, a causa de la medicación y de noches demasiado cortas; él, saciado tras los pequeños bocados que me ha pegado como aperitivo o para cobrarse las dos o tres horas que se ha ausentado para dejarme trabajar frente al ordenador en mi novela.
Las tardes suelen ser peores y se muestra más inquieto. Aún no lo he conseguido amaestrar lo suficiente, aunque suelo sacarnos a pasear un rato porque mientras caminamos parece desentenderse un poco de mí.
He descubierto ciertas cosas que tengo la certeza de que no le gustan porque me lo hace saber con lacerantes dentelladas: ver la tele sentado en el sofá, por ejemplo, no me queda más remedio que tumbarme si quiero entretenerme con una serie o una película; entrar en un coche, ya sea para conducirlo o para dejarme llevar, algo que le vuelve sumamente irritable; permanecer ocioso en una terraza con amigos tomando unas cervezas o sentado en la grada viendo jugar a mis hijos al baloncesto, ratos en que me exige que me levante de vez en cuando para estirar el lomo; las alteraciones meteorológicas como las de este pasado sábado en Móstoles, frente a las que no hay nada que yo pueda hacer; doblarme sobre mí mismo para ponerme los calcetines o los zapatos, acción que realizo soportando su mordisco mientras emito bufidos provocados por el esfuerzo; que mi cuerpo cometa la imprudencia de estornudar, algo que le enrabieta y provoca.
Esa es mi vida ahora. El dolor ya no es constante ni por lo general tan intenso, pero sigue ahí y todos los días hace acto de presencia. Aún no me permite vivir una vida normal, pero intento que lo parezca. Y de vez en cuando me procura noches tan lamentables como esta.
Las cinco menos cuarto de la madrugada y parece que el Metamizol, la manta eléctrica y la escritura sincera de estas líneas van surtiendo efecto: una tenue somnolencia va apoderándose de mí, los párpados me pesan y el lobo parece por fin aflojar su presa. Hora de cerrar esta entrada que tal vez publique mañana o quizá nunca vea la luz, quién sabe.
Cantaban en 1996 Joan Manuel Serrat, Miguel Ríos, Víctor Manuel y Ana Belén que "hoy puede ser un gran día", aunque confesaré como despedida que yo, por el momento, me conformo únicamente con que el día de hoy sea simplemente mejor que el de ayer.

Muchos ánimos Santi, podrás con el lobo, no lo dudes. Una abrazote
ResponderEliminarMuchas gracias, Carlos. Un fuerte abrazo para los cuatro
ResponderEliminarComo te entiendo Santi, levantarte y acostarte con dolor a veces puedes parecer ya algo mental y la gente no lo comprende. Se aprende a vivir con el dolor, algunos días con más y otros con menos...es frustrante. Estoy segura que todo irá mejor. Un besazo
ResponderEliminarGracias, Vane. Sí, uno llega a pensar que se ha vuelto loco y que el dolor que sientes está sólo en tu cabeza. Pero voy dándome cuenta de que no es así. El dolor existe y a veces es paralizante, pero también he comprendido que voy a tener que aprender a convivir con él. Besos
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