Aunque escribir constituye para mí una tarea gratificante y reconfortante, debo confesar que hay ocasiones en que la parte más inconsistente y pragmática de mi psique me tortura con pensamientos del tipo:
- Venga, hombre, ¿estás seguro de que te merece la pena seguir perdiendo el tiempo con esto?
Sé perfectamente cuándo y por qué a un pedazo de mi cerebro le rechina que dedique mi tiempo libre a esta actividad, en mi caso, tan poco lucrativa. Matizaré que estas neuronas rebeldes no muestran su disconformidad cuando de este blog se trata. He adquirido ya el hábito necesario para que las entradas que aquí publico no requieran demasiado tiempo o esfuerzo y las suelo escribir de un tirón y publicar ya sin revisión de ningún tipo. Para mí, redactar un artículo para el blog es como para otros hacer un sudoku o echar una partida de Candy Crush. Un entretenimiento inocente, tranquilizador y antioxidante. Es muy difícil que en tan pocas líneas queden cabos sueltos o que alguien exija más aclaraciones que las ya expuestas.
Esa voz que pretende hacerme desistir en mis propósitos sólo se pronuncia cuando me enfrento a la novela en la que trabajo, especialmente cuando llego a alguna encrucijada en la historia que pretendo relatar y no me queda más remedio que echar la vista atrás de nuevo para ubicarme y poder dar una continuidad mínimamente coherente a la narración. O cuando observo que las pinceladas con las que pretendo retratar a un personaje no son lo suficientemente precisas, algo que, para mi desesperación, ocurre con bastante frecuencia. Me considero un crítico exigente con los autores a los que leo. No podría por tanto no serlo menos conmigo mismo y doy fe de que mi principal talón de Aquiles, aunque no el único, se encuentra en la creación de aquellos que tienen que representar con verosimilitud los papeles que mi imaginación les ha asignado: los personajes.
Compartió conmigo hace unos días Antonio Larrey, buen amigo mío, compañero de grada los fines de semana desde hace siete u ocho años, entusiasta de las letras como yo y escritor serio y constante que con cada novela eleva un poco más el listón de su excelencia, un relato breve titulado Reunión general que me gustó especialmente porque define a la perfección la importancia crucial de los personajes en un relato. Y de hecho me sentí plenamente identificado con el protagonista, que sufre precisamente porque los personajes de su libro no terminan de cumplir con su trabajo adecuadamente.
Volviendo al tema del que hablaba tras este pequeño paréntesis, ¿por qué dudo en esos momentos? ¿Por qué mi subconsciente me martillea con que el tiempo que empleo en inventar e imaginar historias y plasmarlas en el papel debería destinarlo a hacer un curso, preparar una oposición o simplemente, si de aprovechar los momentos de ocio se refiere, no limitarme a disfrutar de lo que otros, para las paginas de un libro o para los píxeles de una pantalla de televisión, ya han creado? Creo que es una cuestión de autoestima, de que en esos momentos de debilidad y duda la figura del escritor fracasado o del desempleado inactivo se ciernen disuasorias sobre esa otra, más pequeña y frágil, aún en fase de crecimiento, que se encoge momentáneamente y amaga con retirarse a la esquina más oscura de la habitación y dejarse caer en el olvido.
Pero escribir es, al fin y al cabo, una tarea de pico y pala en la que no cabe desfallecer, así que cuando percibo esa presencia intentando provocar que mi creatividad huya en estampida, me recuerdo a mí mismo que es precisamente esto, escribir, lo que más me ha ayudado a superar los meses de dolor, rabia y pesadumbre por los que he pasado. Y que ahora ni puedo ni debo claudicar.
Así que ahí sigo, dando forma muy lentamente, pero con mucho cariño y perseverancia, a la que espero será mi primera novela y que, salvo cambio inesperado de rumbo, llevará por título Todo lo que me ocultaste. Espero ser capaz de llegar hasta el final, aunque calculo que tan sólo he completado una cuarta parte del recorrido y que aún serán muchos y muy empinados los riscos que tendré que escalar hasta que pueda compartirla con todos vosotros.
En definitiva, creo sinceramente que merece la pena seguir malgastando mi tiempo en ello, ¿no os parece?
No hay comentarios:
Publicar un comentario