jueves, 27 de julio de 2023

Una piedra en el camino

Durante mis vacaciones en Figueiró adopté la costumbre de irme por las mañanas a caminar por los alrededores de esa escondida parroquia del Ayuntamiento de Tomiño en la que residen mi hermano Carlos y su familia y donde desde hace unos años nos acogen en verano. Se duerme allí mucho mejor que bajo el asfixiante calor madrileño, pero nuestra habitación está orientada hacia el este, de manera que los primeros rayos de sol caldean desde muy temprano la habitación. También ocurre que siempre hay una sagaz y osada mosca que logra colarse en el dormitorio y dirigir con prestancia su vuelo hacia mi cara de manera constante hasta que logra que el sueño se diluya de mala manera. Entre una cosa y otra, a las ocho de la mañana me ponía muchos días en marcha, mientras los demás dormían, y me echaba animoso al camino. Un poco a la aventura, ya que no conozco apenas la zona, pero el ejercicio físico era necesario para compensar los efectos de las muchas cervezas, churrascos, empanadas, mariscos y demás delicias que fueron desfilando por la mesa durante esos días de holganza y desconexión. Y, después de tantos meses sin poder caminar, saltar o corretear debido a mis problemas de salud, verme capaz de subir al monte o pasear al lado del río me hacían sentir que las cosas comenzaban de nuevo a situarse en su lugar.

Un día subía por la carretera en dirección al centro del pueblo, topándome en el camino en la misma medida con casas derruidas y abandonadas y con parcelas de césped cuidado y viviendas de fachadas deslumbrantes, contraste muy común en estas aldeas gallegas donde el pasado y el.presente se abrazan de manera natural. Dejaba atrás el centro y la iglesia y seguía ascendiendo. Pasaba al lado de la Tapería A Carla y del Alojamiento Rural A Pousa y me encontraba ya en el monte, fuera del pueblo.

Otros días encaminaba mis pasos en dirección contraria y me dirigía hacia el río Miño por un camino rural que atraviesa unos riquísimos viveros y me sumergía de lleno en un mar de frondosa vegetación. Descubrí una mañana por esta senda un pequeño recodo del camino que alberga un fresco rincón cerca de su desembocadura. Me senté sobre una roca cubierta de musgo, aislado del mundo y de sus ruidos artificiales, y me fumé un pitillo mientras contemplaba el cauce del río y en la orilla opuesta, Portugal, el país vecino. Todo era paz y calma a esas tempranas horas de la mañana pontevedresa.

En una de mis escapadas, al regresar a la casa, me encontré el portón cerrado. Andaban mis hijos en el interior de la casa, pero por estar el videoportero estropeado y por haberse llevado mi sobrina y Nuria uno de los mandos del portón y mi hermano y mi cuñada el otro, no había opción de acceder a la casa. Me animaron Sergio y Marcos a saltar la valla, pero no me parecía adecuado tal acto por ser yo un extraño en aquellos lares y poder despertar con la actitud propuesta las lógicas sospechas de alguno de los vecinos que pudiesen descubrirme acometiendo semejante lance. Aparte de que no sé yo si mi escasa agilidad habría sido suficiente para triunfar en tamaña hazaña física. Pero lo más importante es que no tenía la menor de las prisas. Así que me senté en una piedra del camino, bajo el agradable sol gallego de las once de la mañana, escuchando en el móvil a Sons of the East y observando a unos sesenta metros la casa a la que no podía entrar.

No sé si fue el ritmo pausado de la poca gente que por allí pasaba, la música que acariciaba mis oídos o la brisa fresca que refrescaba mi rostro tras el sofoco provocado por la excursión. El caso es que me encontraba a gusto allí, sin sentir ninguna urgencia por que alguien me abriese. Pensaba por el contrario en lo afortunado que era por tener la oportunidad de mimetizarme durante un rato con la quietud que me rodeaba. Pretendía grabar en mi interior esa sensación tan inusual de no sentir ninguna urgencia; sólo importaba ser y estar, allí y en ese momento. Nada más.

Sueño con retirarme en unos años a un lugar como este, no necesariamente tan lejos de la capital, pero sí lo suficiente como para poder experimentar cada día ese estilo de vida en que nadie corre, en que cada paso se disfruta, en que uno es capaz de valorar como se merece lo que tiene a su alrededor, en que el tiempo no es oro, pero reluce más. Y digo sueño porque no es más que eso, una fantasía que difícilmente se cumplirá, ya que apartar a mi querida esposa y a mis hijos del mundo civilizado, los centros comerciales, la cháchara intrascendente con unos o con otros, los amigos, el baloncesto y otro sinfín de cosas sería por ellos considerado secuestro.

Así que por el momento me conformaré con exprimir esos pequeños momentos que a veces nos asaltan, durante las vacaciones o incluso también en el atropellado día a día de nuestras rutinas, en que todo ralentiza su discurrir, los colores parecen más vivos y los olores más dulces, cobrando para mí durante unos preciosos instante un sentido de la vida mucho más íntimo que las aglomeraciones en el Xanadú, los atascos en la M-40 o el repugnante olor a sobaco del Metro de Madrid.


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