Creo que una vez estuve a punto de morir. Si no estoy completamente seguro de ello es porque a veces el paso del tiempo distorsiona los recuerdos. Por eso, cuando visitamos un lugar al que no regresábamos desde niños, todo nos parece más pequeño de lo que recordábamos. No es sólo debido a la perspectiva desde la que contemplábamos el mundo, encerrados en un cuerpo diminuto aún por desarrollarse, sino porque la memoria es volátil y traviesa, se queda sólo con aquello que considera útil o relevante y lo moldea según la importancia que le otorga. Más de treinta años después de aquel suceso, dudo si mi subconsciente no estará jugando conmigo y lo que ocurrió fue en realidad para tanto. Pero sí sé que fui un irresponsable y que aquello pudo haberme costado la vida.
Veraneaba todos los años Miguel, mi mejor amigo de entonces y durante dos décadas, en un camping en el Lago de Sanabria y pugnamos aquel verano, él con sus padres y yo con los míos, porque nos permitieran irnos los dos solos a pasar allí unos días, antes de que se le uniera el grueso de su familia. Creo que las negociaciones fueron arduas y complejas, especialmente en su caso, pero al final fuimos autorizados a emprender aquel viaje. Nunca me atrajo - y sigue sin hacerlo - esta modalidad vacacional. La había probado unos años antes, siendo aún un niño de no más de doce años, a instancias de mis padres, que nos enviaron a mi hermana y a mí a unas colonias en la sierra donde dormíamos en tiendas de campaña escuchando por las noches de fondo el sonido del río y de la fauna que allí habitaba. Aunque en líneas generales me divertí, me resultó sumamente incómodo dormir sobre el suelo en un saco de dormir, andar siempre espantando a los insectos y tener que estar constantemente quitándome los hierbajos que se adherían a mi ropa. Aunque no me seducía en absoluto la idea de repetir todo aquello, la posibilidad de pasar unos días con mi amigo, alejados de nuestras familias y viviendo a nuestro aire, pudo finalmente más que todas las objeciones que me argumentaba a mí mismo.
Me impresionó notablemente aquel lugar desde que montamos la tienda y nos acercamos a la orilla a remojarnos. Poseía una belleza majestuosa que me dejó sin habla. Recorreríamos durante los siguientes días la zona a través de algunas rutas que Miguel conocía, permitiéndome disfrutar de unas vistas aún más espectaculares de aquellos parajes que con tanta elegancia retrató en su día Miguel de Unamuno en su novela "San Manuel Bueno, mártir", que casualmente me mandarían leer el curso siguiente en el instituto. Aquel sitio era, sin lugar a dudas, uno de los más hermosos que a lo largo de mi vida había podido contemplar.
Permanecimos allí los dos solos durante cuatro o cinco días, perdiéndonos por el monte, bañándonos en las aguas del lago, cocinando nuestra propia comida, jugando a las cartas y debatiendo por las noches sobre lo divino y lo humano, bajo una alfombra de estrellas, en un chiringuito muy coqueto cercano al lago que hacía negocio a costa de los turistas, por entonces aún escasos, mientras bebíamos cerveza o sidra.
Llegado el día, hicieron acto de presencia en el camping los padres, hermanos y primos de Miguel y nos propusieron ir aquella noche a un bar de copas para la gente joven que se encontraba también muy próximo al lago. Creo recordar que se llamaba Los Pitufos. Anduve hasta el amanecer, bailando, bebiendo y tonteando con una de las primas, incursión amorosa en la que fracasé estrepitosamente porque ni un beso la robé, pero entre unas cosas y otras la noche se me fue en un periquete. Miguel y su hermano desaparecieron sin que yo me percatase en algún momento de la noche y se fueron a las tiendas a descansar. Por la mañana, habiendo ya desayunado generosamente pero sin haber dormido yo nada, propusieron darnos un baño en el lago. Entre broma y no broma alguien sugirió intentar cruzar a nado de una orilla a otra. Mi amigo Miguel, que siempre ha sido un tío más cabal y prudente que yo, calificó aquello de locura y logró disuadir a todos los que con nosotros estaban, pero a mí, bastante más acostumbrado que él al esfuerzo físico, me pareció un desafío seductor. Supongo que algo influiría también que la prima a la que yo había estado cortejando anduviera, tan ojerosa como yo, por allí cerca. El caso es que me lancé al agua con el firme propósito de impresionar a todos.
He comprobado, mientras redacto estas líneas, la distancia que pretendía recorrer a nado tras una noche de jarana y debo admitir que me vine muy, muy arriba: un kilómetro y medio, es decir, treinta largos de una piscina olímpica. Ni siquiera estoy seguro de que lo hubiera conseguido en condiciones normales, dado que no era la natación la especialidad deportiva que más practicaba en mi vida diaria, así que os podéis imaginar cuál fue el resultado.
Tuve suerte. No sé si había recorrido un trecho muy corto cuando los calambres comenzaron a castigar mis músculos o si el hermano de mi amigo, algo más joven que nosotros pero ya con el carnet de socorrista en el bolsillo, sospechó lo que podía ocurrirme y se mantuvo alerta por si sus predicciones se cumplían. Nunca había sufrido tirones en ambos muslos y ambos gemelos simultáneamente. Era incapaz de mover las piernas y tan sólo me mantenía a flote, y a duras penas, por los movimientos de mis brazos, que se fueron volviendo cada vez más precipitados y espasmódicos a medida que el pánico se enseñoreaba conmigo. No me preguntéis cuánto tiempo estuve así, ya que en momentos así uno pierde cualquier noción espacio-temporal. No debió ser demasiado ya que no llegué a sumergir la cabeza por completo en ningún momento. Cuando mis fuerzas empezaban a flaquear sentí un brazo rodear mi cuello y tirar de mí con decisión hacia la orilla. Escuché a mi amigo Miguel gritar, no demasiado lejos de mí. Giré la cabeza y le vi a unos diez metros de nosotros, subido en una barca a pedales o una canoa o algo similar, no recuerdo exactamente. Se me hizo eterno el viaje hasta la orilla y posiblemente aún más duro se le haría a mi salvador, que era más bajo que yo. No fue necesario el boca a boca ni ninguna técnica de reanimación, aunque sí masajes para desentumecer las piernas. Una vez recuperado, me llevaron a la tienda y, hasta donde yo sé, el padre de Miguel, hombre severo y riguroso, abroncó severamente a mi amigo mientras yo dormía. También yo recibí, una vez recuperado y despierto, un sermón sobre la responsabilidad que habían contraído ellos con mis padres al llevarme allí y todo lo que podría haber ocurrido de haberme ahogado. No hubo gritos o insultos, pero aún me escuece en la memoria lo imprudente e infantil que aquel discurso me hizo sentir.
¿Quién sabe? Como dije al principio la memoria es juguetona y no siempre podemos confiar en ella. Tal vez haya adulterado mi recuerdo para exagerar o minimizar lo sucedido. Quizá incluya aportaciones irreales que ha agregado a la narración para hacerlo más verídico. A lo mejor ocurrieron más cosas que no superaron su inflexible filtro y el relato está incompleto por haberse perdido en el olvido detalles de importancia en aquel episodio de mi vida. Pero sé que aquello sucedió, que pude haberme ahogado aquel día. Hay cosas que no se olvidan y una de ellas es el miedo cerval que me invadió cuando comprendí que mis piernas no me respondían. Nunca más he vuelto a sentir algo parecido. Y espero no sentirlo de nuevo jamás.



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