Es que no falla. Las tres veces que me he visto en una situación como la actual me ha ocurrido lo mismo. Supongo que la ley de Murphy es tan infalible como la de la gravedad o como el teorema de Pitágoras. Te puedes pasar meses moviendo tu currículum vitae, confiando que alguna empresa se interese por ti, y no recibir ninguna contestación. Y el día menos pensado, cuando empieza a invadirte el desánimo, suena tu teléfono y ya no deja de hacerlo en toda la mañana y tienes finalmente que hacer el pino puente para cuadrar en tu agenda todas las entrevistas para las que te citan. Es, por supuesto, una gran noticia esta, sarna con gusto no pica, pero te entra un poco de agobio, especialmente cuando llevas alejado del entorno laboral tanto tiempo y temes estropear el negocio sin darte cuenta con una palabra fuera de lugar o una frase poco apropiada. Pero, como supongo que pensará el entrenador de cualquier club grande, bendito problema el tener dónde elegir.
Ahora tengo por delante un par de días en los que deberé tomar decisiones importantes sobre mi futuro laboral inmediato. La última vez que me vi en esta misma encrucijada, aunque sólo lo comprendí meses después, elegí mal. En realidad, es presuntuoso afirmar tal cosa ya que nadie me garantiza que me hubiera ido mejor en los trabajos que rechacé entonces. Quizá todo habría sido aún peor, ¿quién sabe? Pero el caso es que la elección final me reportó pobres beneficios y numerosos disgustos. Confío que estaré más acertado en esta ocasión, aunque no puedo negar que la experiencia previa dejó en mí una huella tan profunda que, aunque lo intento con todas mis fuerzas, noto cómo me condiciona ahora. Esa sutil inseguridad que amenaza con atenazarte y nublarte la razón esta ahí, picoteando mi ánimo.
Tenía mis objetivos claramente definidos, pero ahora se han enturbiado ligeramente al no cumplir ninguna de las ofertas todas mis expectativas. Habría pecado de ingenuo si hubiese creído realmente que iba a presentarse una vacante cerca de casa, con un salario interesante, un horario que me permitiera gozar de una conciliación familiar digna y realizando unas funciones de mi gusto. No lo hice. Supe en todo momento que la mesa estaría coja. Y a pesar de tener esa certeza, siento un leve resquemor. Nada me hace creer que lo mereciese, pero habría estado bien encontrar a estas alturas el trabajo de mi vida, ¿no? Toca ahora decidir si opto por ese contrato que me permitiría trabajar desde casa pero que tiene fecha de caducidad o ese otro que apriori me garantiza una estabilidad indefinida pero que me exigirá atravesar de nuevo cada mañana Madrid. O ese otro con un salario más alto que los demás, pero donde tendré que cumplir un horario endemoniado. O aquel que me ofrece una empresa de prestigio pero en el que intuyo que me tocará de nuevo verme sometido a una presión y un estrés que malditas las ganas que tengo de volver a sufrir.
En fin, son curiosas estas paradojas. Como la de llevar dos meses peinando el mercado, preocupado por no llamar la atención de ninguna empresa, y ahora, a la vista de que en pocos días volveré al mundo laboral, salvo que ocurra un desastre, sentir ya que voy a extrañar ser responsable de las tareas domésticas, tener tiempo de sobra para charlar con mis hijos o para avanzar en mi novela y el caprichoso temor de no haber aprovechado estos meses de asueto adecuadamente. Pero la vida es en sí misma una hermosa paradoja en la que muchas veces no apreciamos lo que tenemos y envidiamos aquello de lo que carecemos y que disfrutan otros. Estoy ansioso por sumergirme en una nueva aventura y a la vez decaído por dejar atrás esta vida de amo de casa en la que tan cómodo - dolores aparte- me he sentido.
En cualquier caso, me siento afortunado. Las preocupaciones que ahora me inquietan en nada se parecen a las que llevo padeciendo desde hace ya demasiado tiempo. Aquellas eran feas y desagradables y estas, al menos, se dejan mirar y, en muchos aspectos, sobre todo en el económico, me aportan una cierta calma y serenidad.
Ahora sólo queda acertar con la combinación ganadora y regresar al redil del que he vivido apartado durante casi año y medio. Con optimismo e ilusión. Como deben afrontarse todas las cosas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario