Hay magia en la poesía, y en estos extraños tiempos en que nuestros jóvenes parecen despreciar la literatura, sólo la música parece ser capaz de agitar sus almas, abrir sus mentes y avivar sus instintos con la misma efectividad que los versos de un poema. Cierto es que no son el reggaeton, la música electrónica, el urban o el trap géneros que transmitan mensajes excesivamente profundos, pero ¿quién es este cincuentón trasnochado para valorarlo como se merece? ¿Tú qué sabrás?, como acostumbra mi hijo quinceañero a decirme cuando le doy mi opinión sobre las canciones que nos hace escuchar en el coche durante los viajes. Porque la realidad es que, tal y como me ocurrió a mí a su edad, la música le tiene atrapado y, tal y como hice yo, ha tomado sin compasión alguna el control de la radio de nuestro Kia Sportage. Yo machacaba a mis padres con los Hombres G, Héroes del Silencio y Bon Jovi y él hace lo propio con los suyos a base de Maka, Quevedo o Cano. Todos los caminos llevan a Roma y como me sucedió a mí con la que mis padres escuchaban, a él le llegará el momento en que la música que a mí me gusta le terminará seduciendo.
A mí últimamente, tal vez para compensar los excesos a los que me veo sometido por los gustos musicales de Marcos, me ha dado por escuchar de nuevo cantautores. A los de antes y a los de ahora. Son en cierto modo los poetas de nuestros días. Juglares que son minoría y que reciben poco apoyo de la industria; no están nunca de moda, pero su estirpe se perpetua. Sobreviven frente a todos los elementos y siempre tienen algo que decir. Y cuando tocan la tecla, la piel del alma se pone de gallina... puede ser una canción completa, que hable de las cosas que sientes pero que no sabes cómo expresar; tal vez sea una imagen que te zarandea y te espabila en un momento de apatía o inseguridad; quizá un simple verso que, en la cuadratura de su perfección, provoca que una sonrisa bobalicona se dibuje en tu rostro o que un nudo se asiente en tu garganta.
Soy más de Sabina, Serrat, Aute... gente que ya comenzaba a peinar canas cuando yo escuché por vez primera Pongamos que hablo de Madrid, Mediterráneo o Rosas en el mar, pero siempre permanezco atento a los que osadamente inician su carrera en este género tan poco agradecido. Y poco importa si su primer disco toca en hueso y me deja frío. Me convierto en su leal seguidor simplemente por su valentía. Y tarde o temprano, crean algo que justifica mi fidelidad hacia su arte.
Viene todo esto a cuento de un verso que escuché el otro día de uno de estos jóvenes (aunque en su caso, ya no tanto) que no habían todavía logrado engancharme. Y es que cuando lo oí, pensé, "¡qué cabrón! Eso es justo lo que yo siento cuando Nuria me sonríe". Creo que hasta ahora ninguno de ellos, noveles o veteranos, había logrado poner en palabras esa polka que mi corazón se pone a bailar cuando la que me acompaña en el camino sonríe y soy además yo el causante de que su semblante resplandezca de esa manera. He intentado cientos de veces describir con mis propias palabras el alboroto interior que me sacude cuando ese sencillo gesto asoma a la balaustrada de sus ojos. Y confieso, tras oír ese fragmento concreto del tema Ángeles, de Marwán, que no, que ni siquiera me había acercado.
Normal es que, cuando me miras, la vida me da seis vueltas de campanas.
Me siento como unos calcetines girando dentro del tambor de una lavadora, como el niño que da vueltas por primera vez en un tíovivo, como el que comprueba que su número de la lotería ha sido premiado. No hay trampa ni cartón, no hay hipérbole o fingimiento en la primavera que florece repentinamente en mi pecho cuando ella me dedica su sonrisa, marca exclusiva de la casa.
Y no, no creo haber normalizado ese pequeño milagro que cada día se produce en mi presencia. Es el regalo con el que nunca me canso de jugar y que sigo recibiendo con la misma fascinación del primer día. Todo lo demás no importa. Lo que me inquieta, se esfuma; lo que me entristece, se vuelve irrelevante; lo que me alegra, queda empequeñecido ante el poder de su sonrisa. Sigue pareciéndome que nadie hay sobre este suelo que pisamos más afortunado que yo.
Ando estas últimas semanas, sin embargo, mendigando ese gesto que me haga dar seis vueltas de campana una vez más. Siento que me falta algo en momentos como estos en que Nuria no encuentra con tanta facilidad las ganas de reír. Y aunque sé que no soy yo el responsable de que esto ocurra, que poco o nada tengo que ver en su actual estado de desánimo, siento como si me estuviesen sometiendo a una tortura inmisericorde. Y tan sólo puedo tumbarme a su lado, compartir el mismo aire que ella respira, acariciar su mano con la mía, que parece dibujar en la suya un grito de socorro, que me sienta a su lado también ahora que las sombras se ciñen sobre su espíritu.
Sé que su sonrisa regresará a mí en el momento más inesperado, y como el padre primerizo que teme perderse el alumbramiento de su hijo, aguardo expectante a que el sol vuelva a salir en su boca para iluminar nuestro camino. Y mientras tanto, escucho a aquellos que, como Marwán, saben poner letra a todo lo que late en mi interior.



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