Hoy, mientras escarbaba entre los pliegues de mi memoria a la búsqueda de un esquivo recuerdo de mi infancia que se resistía a ser recuperado, con la intención de utilizarlo en uno de los capítulos de mi novela, me he topado de repente con una pregunta que escuché en infinitas ocasiones de niño y que yacía olvidada en el cajón de sastre de las anécdotas perdidas.
¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?
Eran unos tiempos aquellos en los que la figura de Santiago Apóstol todavía se alzaba como referente social y cultural en el imaginario de una España en plena transición en la que aún resonaban los ecos de aquel imperio, extinguido hacía ya unos siglos, y en que la influencia de la Iglesia católica en los organismos públicos y en el ADN del pueblo continuaba prevaleciendo. Se celebraba en toda España el día de Santiago Apóstol como fiesta nacional y el apodo que se asociaba al santo, el de Matamoros, se utilizaba con orgullo patrio y admiración. Que mi abuelo se llamara Santiago y que a mí me bautizaran también con un nombre tan cargado de historia, hizo que en casa el 25 de julio fuera una fecha muy señalada, y que todo lo relacionado con el Apóstol poseyera un significado muy especial para mí.
Ese ladino interrogante se repetía en muchas de nuestras reuniones familiares. Incluso cuando ya el truco no colaba, siendo ya más mayores, seguía apareciendo de tarde en tarde en nuestras charlas, una especie de consigna familiar bien arraigada. Supongo que se perdió en el olvido cuando la salud de mis abuelos comenzó a deteriorarse, o quizá antes. Es difícil recordar el momento exacto en que un chascarrillo de estas características deja de utilizarse, aunque sí me acuerdo de haber practicado yo la misma jugada en alguna ocasión con mi hijo mayor, Sergio, cuando él no alzaba todavía un palmo del suelo, y de reírme a mandíbula batiente cuando, todo ufano y orgulloso, me ofrecía la respuesta correcta.
La campana sacapuntas de Santiago de Compostela. Me viene también a la memoria ahora, engarzada con el acertijo ya mencionado del caballo de Santiago, ese objeto decorativo que alguien de la familia me regaló en aquellos felices y remotos días de mi infancia. A esa santa ciudad, por los mismos motivos que ya expuse antes y por algunos más que obvié, le atribuía mi bisoña mirada una excelencia similar a la de otras de mayor simbolismo como El Vaticano o Jerusalén. En aquella época en que tan sólo existían dos canales de televisión, la misa del 25 de julio se retransmitía en directo desde la Catedral y éramos testigos fascinados de cómo el botafumeiro se columpiaba de un lado al otro del transepto, esparciendo sobre los fieles el humo provocado por la mezcla de carbón e incienso almacenada en su interior. Era un espectáculo que contemplábamos en medio del silencio reverencial que el acto exigía y de la curiosidad propia de unos niños que no terminábamos de comprender el mecanismo que sostenía aquella monstruosidad recubierta de plata y que la permitía flotar a semejante velocidad. Quizá mis padres puedan corroborarlo, pero creo recordar que mi ilusionada expectación el año que viajamos hasta la capital gallega para conocer la catedral. Significaba algo muy especial, similar supongo a lo que probablemente sintieron mis hijos cuando les anunciamos que visitaríamos Eurodisney.
Pues tal vez fue en aquel viaje cuando mis padres me compraron el sacapuntas, ahora que lo pienso. Era de color cobrizo, la base un pedestal en cuyo lateral se encontraba el orificio para introducir los lapiceros. Sobre ella los soportes verticales que sostenían el listón metálico del que colgaba la campana. En algún lugar, tengo dudas si en el cuerpo de la misma o en la parte inferior, una leyenda que hacía referencia a Santiago de Compostela. Un sacapuntas que inicialmente usaba al hacer en casa los deberes, ya que no era plan de ir al instituto con el tolón tolón que emitía el badajo al golpear las paredes de la campana, y que finalmente se quedó en el típico adorno que acumula polvo en alguna de las baldas de la estantería. Se perdió en algún momento. O continuará en casa de mis padres, en algún rincón. Vete a saber.
Son curiosas las conexiones que la memoria establece, cómo un recuerdo hace que otros regresen con el ímpetu de lo sucedido ayer mismo, aunque por suerte o desgracia, hayan transcurrido desde entonces cuarenta años que parecen haber, por desgracia, volado.



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