miércoles, 10 de enero de 2024

Empatía en números rojos

No hagas de tu problema mi problema

De la prolija formación que estoy recibiendo en mi nuevo empleo, tal vez sea esa frase, para mí y para el resto de compañeros que se han incorporado a la par que yo, la que en buena medida recoge el espíritu que nos debe guiar en la correcta realización de nuestras recién estrenadas funciones. Ya escribí una entrada, titulada Frente al defecto de pedir y que no llegué a publicar por temor a herir la susceptibilidad de algunas personas, en la que esa idea, aunque no era la base sobre la que se sustentaba aquel ejercicio literario, se escurría subrepticiamente entre las líneas de algunas de las frases que lo componían. Aquella hablaba más del egoísmo de algunos en sus interacciones con otros individuos de corte más generoso y esta pretende hablar de la empatía que en ciertas situaciones uno debe amordazar. Son cosas diferentes.

Pensaba que supondría para mí un reto más exigente prescindir de una cualidad sobre la que, si bien no creo que pueda presumir en exceso, he estado trabajando arduamente durante estos últimos años, tanto en lo personal como en lo profesional. No sé si debido a que me están adiestrando a conciencia para atender desde una cierta distancia emocional a personas que contactan conmigo en busca de ayuda o si la razón del fenómeno se encuentra en esta nueva perspectiva con la que enfoco mi vida en esta nueva etapa, en la que lo laboral queda, sin que por ello se vea afectada mi productividad, reducido a un rol secundario, pero el caso es que en estas primeras semanas de tanteo no he sentido lástima alguna ante situaciones que en otro tiempo me habrían hecho dudar entre el deber y la compasión. Que, todo hay que decirlo, siempre acababa cumpliendo fielmente con el primero, aunque internamente me estuviera rasgando las vestiduras por no poder ejercer la segunda.

Por poner algunos ejemplos. Hija ya acercándose a la tercera edad que llama desesperada y asustada desde el teléfono de la vecina porque se ha dejado dentro de la vivienda las llaves, el móvil y... a la madre centenaria, más sorda que una tapia y con problemas de salud. La hago partícipe de mi comprensión e incluso comparto su preocupación, pero es todo maquillaje en realidad, ya que me siento emocionalmente alejado de su drama. Las normas son las normas. Antes de tres horas no puedo garantizarle que un cerrajero vaya a su domicilio. Ruegos y súplicas. No hagas de tu problema mi problema, pienso para mí mismo. Un señor que informa de que desde hace tres días, debido posiblemente a la rotura de una tubería comunitaria, se le está viniendo abajo el techo del baño. Que vayamos urgentemente porque teme que se derrumbe sobre el lavabo que compró y le instalaron hace un mes. Las normas son las normas. Si ha dejado usted pasar tres días para comunicárnoslo, tan urgente no es. El fontanero pasará en el plazo máximo de veinticuatro horas. Es lo que hay. Con educación, pero sin piedad. Empatía en números rojos. Que luego las cosas no tienen por qué ser tan rígidas como aquí las cuento porque, con la debida autorización y un poco de presión sobre los operarios en cuestión que deban acometer la reparación, los plazos se acortan. Pero la base es esa: no hagas de tu problema mi problema. Como nos dijo aquel el primer día de formación. Y nos puso un ejemplo muy ilustrativo: un rayo cae sobre el columpio metálico que una familia tiene en el jardín. El impacto provoca que el columpio salga impulsado contra la fachada de la casa y la derrumbe como una bola de demolición. ¿Qué cubre el seguro? Lo afectado por la caída del rayo, no por el desplazamiento del columpio. Y yo, ¿para qué quiero el columpio si mi hijo tiene ya cuarenta años y no me ha dado nietos? Lo comprendo, señora, pero es su problema, no el mío.

Así que ahí andamos. Escuchando las historias más psicodélicas y los ayes más sentidos de nuestros amados asegurados. Buscando la mejor solución que podamos ofrecerles, pero ciñéndonos letra por letra a lo contratado y firmado por ellos mismos. Simpatizando con sus desvelos de cara a la galería, pero poniendo barreras necesarias a sus espaldas para que, cuando llegue la hora de apagar el ordenador y regresar a nuestras casas, esos problemas que a ellos les afectan hasta poner patas arriba sus vidas, no hagan lo mismo con las nuestras. Como hacen otros tantos profesionales - y a un nivel aún mayor- con el fin de salvaguardar su integridad emocional, como, por ejemplo, médicos o personal de las fuerzas del orden.



Sintiéndolo mucho, como diría Sabina. O poco, no sabría decir en realidad si analizo la distancia que con tanta facilidad estoy interponiendo entre mis interlocutores y yo. No me siento peor persona por ello, así que sin remordimientos ni lamentos de ningún tipo. Que ya sufrí lo mío por no ser capaz en trabajos anteriores de comportarme así. Y uno ya va, metafóricamente hablando, peinando canas.

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