martes, 28 de mayo de 2024

La metamorfosis

Entre las muchas reflexiones que comparte con el lector el personaje principal de La flaqueza del bolchevique, novela de Lorenzo Silva que fue finalista del Premio Nadal en 1997 y que en estos últimos días he releído, hay una en la que me veo claramente reflejado. Y cito textualmente: "lo importante no es estar en lo cierto, sino estar a gusto". He tendido siempre, desde muy joven, a evitar el conflicto, pero en estas últimas semanas me he sentido cada vez más cómodo sorteando debates innecesarios y esquivando conflictos inútiles. Incluso eludiendo aquellos que en otras épocas pudieran resultarme más trascendentales. He aprendido que el tiempo quita y da razones, así que ¿para qué molestarme en gastar energías y quemar neuronas en intentar convencer a otros que defienden posiciones, a veces incluso de manera cerril e inflexible, opuestas a las mías? Argumentar y razonar parece que no está de moda. Ahí están nuestros políticos dando ejemplo. Cuando el diálogo es fluido y el intercambio de opiniones enriquecedor, todo es diferente, pero ese escenario me resulta cada vez más esquivo, desconozco si porque con el paso de los años me he vuelto yo más cuadriculado o si porque hoy en día la línea entre la comunicación y la crispación se ha vuelto más fina. La perra gorda para ti me sale más a cuenta que entrar en un tira y afloja del que a lo mejor salimos los dos mal parados. Insisto: prefiero estar a gusto que estar en lo cierto.


No sólo en este sentido me percato de que mi forma de relacionarme con el resto de mi especie ha cambiado. Por poner otro ejemplo, últimamente me estoy volviendo un tanto asocial. De mí nadie podrá decir que haya sido alguna vez el alma de la fiesta, aunque he tenido mis momentos, supongo. Pero es que ahora encuentro en el anonimato y en la falta de protagonismo una serenidad que nunca antes había valorado. Sin ir más lejos, en el trabajo. La dinámica en la que nos desenvolvemos en la oficina tampoco da mucho pie a las interacciones sociales y por eso hay días que, entre las nueve y media de la mañana y las seis y media de la tarde, más allá de los saludos y las despedidas a los que la buena educación obliga o se sitúe a mi vera alguna de esas personas que anteponen su necesidad de sociabilizar a la obligación de producir , no hablo más que con los asegurados a los que atiendo. Y mira que somos un ejército los que compartimos sala, pero no me pide el cuerpo conversar más que lo estrictamente necesario con quienes se sientan a mi lado. Supongo que a esto también contribuye el hecho de que nunca son los mismos, ya que no tenemos posiciones fijas al tratarse el edificio de una suerte de espacio de coworking corporativo. Me provoca una pereza tremenda iniciar la misma conversación cada día con los mismos tópicos: "bueno, ¿y tú cuánto tiempo llevas aquí?", "yo me llamo Santi, ¿y tú?" o el tan socorrido "a ver si hoy se pasa rápido el día". Tampoco siento ninguna clase de resquemor por no estar integrado en ninguno de los pequeños grupúsuculos que observo ya creados entre mis colegas. Aun sin ser especialmente divertido o locuaz, soy de verbo fácil, bastante educado y domino con cierta soltura las premisas básicas exigidas para mantener una conversación de cortesía con cualquiera, e intuyo que, en base a esas cualidades, a poco que lo intentara podría representar un papel algo más activo en la vida social de la empresa, pero lo cierto es que no siento que lo necesite. Sospecho que más de uno y de dos me habrán tachado ya de tímido, rarito o vete tú a saber, pero lo cierto es que me resulta completamente indiferente. Más allá de la relación que mantengo con mis seres más cercanos (mi familia y algunos amigos), que me resulta hoy por hoy más que suficiente y de las que no podría prescindir, no me tienta el mostrar de mí mismo más que lo que yo quiero que se vea, aunque el mío pueda en algunos casos parecerles a los demás un comportamiento hosco o distante. Me siento bien. Y no me importa no tener razón en esta manera de actuar. Sí, eso es, porque prefiero estar a gusto.

Siempre me ha atraído la psicología. No en el plano teórico, sino en ese otro nivel que tiene ver con la observación silenciosa y el análisis racional de lo observado. Escucho y miro la manera en que la gente se relaciona y encuentro una mayor satisfacción en ponderar y calibrar los motivos que puedan empujar a una persona a afirmar según qué cosas o a actuar de tal o cual manera ante los demás que en intervenir en una conversación grupal abierta. Me siento cada vez más una especie de analista pasivo de la conducta humana que se esfuerza por hablar únicamente cuando tengo algo realmente importante que decir. Antes callar que sumar más ruido a una conversación vacía. Mejor estar a gusto que en lo cierto, de nuevo, como el bolchevique moderno de la novela.


Habrá quien afirme - y en el fondo sé que con bastante buen criterio - que no puede ser sano minimizar hasta estos extremos la importancia emocional e intelectual del intercambio social. Admito que es la mía una postura que podría en el futuro depararme más tristezas que alegrías. Cabe sin lugar a dudas esa posibilidad y tal vez en el futuro el arrepentimiento por no haberme manejado de diferente modo en esta etapa de mi vida y en este tipo de contextos me pase la correspondiente factura, pero lo cierto es que a día de hoy tan sólo me preocupa sentirme tranquilo conmigo mismo y, en todo caso, que aquellos que realmente me importan sepan distinguir en mi actitud, muy diferente a la descrita, el valor que les doy mostrándome tal cual soy, sin tapujos ni filtros. Porque con ellos sí debato, sí me integro y sí muestro todos mis ángulos y aristas.

Una metamorfosis anómala quizá, pero a, fin de cuentas, la mía. Y me trae al pairo si no gusta.


sábado, 11 de mayo de 2024

Sobre algunos de mis monstruos

Muchas de las ideas a partir de las que surgen las entradas que a través de este blog comparto nacen cuando conduzco, actividad que me resulta extraordinariamente anodina e insulsa, pero que, por alguna recóndita razón, me ayuda a situarme en una suerte de trance consciente en el que mi pobre imaginación y mi exigua creatividad se acentúan levemente. Tampoco es que se produzca en mi cabeza una suerte de combustión intelectual deslumbrante, pero oye, alguna bombilla que antes sólo titilaba, se ilumina por completo. También esos minutos que discurren entre el despertar y el acto de levantarse de la cama por las mañanas son terreno fértil para que mi subconsciente proyecte alguna imagen, frase o elucubración a las que, durante el desayuno, mi cabeza intentará dar forma literaria. Pero es generalmente al volante de mi Sportage donde parece que mi yo escritor adquiere una presencia más tangible y donde comienza el proceso que desemboca en entradas como esta. Y fue precisamente en tal coyuntura, circulando a cien kilómetros por hora por la carretera de Extremadura, a la altura de los campos de fútbol Iker Casillas de Móstoles, cuando repentinamente se apareció en mi memoria el recuerdo nítido del primero de los monstruos reales a los que he tenido la desgracia (o la fortuna, según se mire, dado que todo es aprendizaje) de tener que enfrentarme en mi devenir por esta vida.


Aunque desconozco si aún seguirá viva, ya que cuando la conocí yo era tan sólo un universitario en prácticas y ella la directora del gabinete de prensa en el que las ejercí, y arrastraba ya a sus espaldas algunas décadas dedicada al mundo de la prensa del motor, me reservaré su nombre y me referiré a ella empleando las iniciales del mismo: PG. No estoy del todo seguro, veintiocho años después, si padecía un ligero estrabismo o si, por el contrario, era el efecto que en los demás provocaba su ceja siempre alzada, modo Carlo Ancelotti, que constituía el rasgo facial más llamativo de su rostro. No era demasiado alta, pero solía calzar zapatos de tacón alto y vestidos de alta costura que portaba, a falta de elegancia y estilo, con arrogancia e indiferente soltura. Era una déspota con un carácter belicoso y autoritario que tenía a todo el departamento en vilo cuando zascandileaba por la oficina. No eran muchos los días que nos castigaba con su presencia, ya que solía ser invitada frecuentemente a simposios, congresos y eventos, pero a nosotros siempre nos parecían eternos los días que desfilaba con sus andares decididos por los pasillos de aquellos despachos de la Castellana repartiendo latigazos verbales. Y si te llamaba a su cubil, fueses el becario - como lo era yo - o fueses el responsable de las relaciones con los más afamados periodistas del sector, como lo era un tal Luis que ejercía, a ojos de los más jóvenes, de marido maltratado de la arpía aquella, un sudor frío comenzaba a deslizarse por tu espalda y sentías cómo te ibas haciendo más y más pequeño a medida que te ibas aproximando a su guarida. Reconozco que, en lo económico, fui tremendamente afortunado, ya que no sólo eran unas prácticas remuneradas, sino que además la cantidad que percibía era muy superior a la que algunos compañeros recibían en sus respectivos destinos. También admito que las funciones que yo desempeñaba por aquel entonces en el gabinete eran fundamentalmente de archivo y documentación, bastante alejadas de su interés y de su radio de acción, por lo que durante aquellos primeros meses, si lo pasé mal, no fue tanto por cómo me trataba a mí, sino por la crueldad con la que trataba al resto del equipo, hasta el punto de que todos los días alguien se iba llorando a su casa al terminar la jornada. Sucedió que unos meses después de finalizar las prácticas, aquella empresa se puso en contacto conmigo directamente y me ofreció sustituir a la secretaria de PG. durante unos meses, dado que Rosa, la que ostentaba aquel cargo, iba a ser madre. Me debatí indeciso durante unas horas entre ser la víctima principal de aquella arpía durante medio año, el extraordinario salario que se me abonaría y la magnífica oportunidad que me ofrecía aquella primera propuesta laboral tras mi graduación. Era joven y acepté con algunas reticencias que me guardé para mí mismo por miedo a mostrar debilidad alguna ya en el primer envite. Sabía que iba a ser una etapa complicada, pero me quedé corto. Fue un tormento que casi termina con mi autoestima nada más iniciar mi andadura profesional. Tampoco es que yo fuera entonces un tipo con un elevado concepto de sí mismo, pero salí de aquella experiencia laboral sintiéndome el más inútil gusano que pululaba por Infojobs a la búsqueda de un trabajo estable en el mundo del periodismo. Si hasta tuve que viajar con ella a lugares idílicos como un castillo en Cork (Irlanda) y una mansión a orillas del Rhin a su paso por Alemania para la presentación a la prensa nacional de un par de productos de la compañía. Un estreno terrorífico. Mi primer monstruo laboral y seguramente el que mi memoria conserva como el más aterrador de todos ellos.

La avalancha de licenciados que en aquellos tiempos saturábamos el mercado laboral provocó que muy pocos pudiéramos terminar ejerciendo de aquello para lo que habíamos estudiado y muchos fuimos a parar al depauperado sector del telemarketing, territorio hasta entonces ocupado mayoritariamente por amas de casa de mediana edad que trabajaban a media jornada y cuyos salarios complementaban a los de sus maridos, por lo general mejor situados y mejor pagados en aquella época en que la mujer era todavía una figura más vinculada, salvo casos como el de PG., a la crianza de la prole familiar y al ámbito de las tareas domésticas. A todos aquellos universitarios que aterrizamos en aquellas plataformas telefónicas que tanto se alejaban, en lo profesional y lo salarial, de nuestras expectativas, las empresas nos recibieron con los brazos abiertos. Carne joven, JASP y dispuestos a trabajar jornadas completas, fines de semana y fiestas de guardar. Una ganga. Tuve, antes de recalar en aquel escenario donde transcurrirían mis siguientes veinte años, una breve experiencia en el sector hostelero, como coordinador en una tienda de Telepizza. Y también allí me topé con algunos monstruos, pero estos se encontraban generalmente al otro lado de la barra y por lo tanto, salvo algún que otro susto que recibí de manera muy puntual, no merecen ser incluidos en mi pequeña antología de criaturas malvadas y ruines 

Veinte años en una empresa donde la rotación de personal es elevada y las condiciones laborales son precarias dan para tener que enfrentarte a toda clase de criaturas horribles y amenazantes, aparte por supuesto de los energúmenos que, desde el otro lado del teléfono, te increpan e insultan y a los que, más pronto que tarde, uno termina acostumbrándose irremediablemente. Pero también me topé con monstruos a este lado de la línea a los que en más de una ocasión, de no ser yo, según dicen, tan educado, respetuoso y diplomático, a buen seguro habría mandado a Siberia de una buena patada en las posaderas y un Sayonara, baby al más puro estilo Terminator.



El primero no lo era, pero supongo que la experiencia con P.G. y mi obvia bisoñez hicieron que desde el primer día etiquetara a JR., la cabeza visible del cliente para el que trabajábamos, como un nuevo monstruo y que todo mi cuerpo se pusiera en tensión cuando se acercaba a mi mesa, aunque fuera tan sólo para darme los buenos días o felicitarme por mi labor. Supongo que a JR. - continuemos con las abreviaturas - debió sorprenderle e incomodarle que, el día que regresé a la oficina tras haber sido padre por primera vez y él se acercó a mi puesto para interesarse por cómo habían ido las cosas, yo me pusiera a sudar tan profusamente que la camisa azul claro que llevaba puesta viró en un par de minutos en un tono tan oscuro que cuando él, muy discreto y prudente, optó por retirarse a su despacho sin hacer referencia alguna a los goterones de sudor que caían por mi ya despoblada frente y a la transformación del color de mi camisa, tuve que salir corriendo al aseo y permanecer allí encerrado cerca de una hora intentando por todos los medios que la prenda volviera a su estado original. JR. no era ni mucho menos un monstruo, como fui entendiendo con el paso del tiempo, pero yo no podía verlo en aquel entonces de otro modo. 

Después de JR. aterrizó en mi departamento, para reorganizarlo y dirigirlo desde una perspectiva diferente, una pareja inusual que me hizo pasar unos años duros. No me generaban tanto terror como en su día lo hizo PG. pero me llevaron al límite en tantas ocasiones que no soy capaz de relatar una anécdota concreta sin que se interpongan y superpongan en la narración detalles de otras situaciones de similar pelaje. Lo cierto es que, cada uno a su manera, eran personajes caricaturescos, de esos que habrían podido aparecer sin desentonar en aquella serie de Tele Cinco que tanta fama alcanzó en aquellos años: Camera Café. La jefa era GS. y en lo físico se asemejaba peligrosamente a mi primer gran monstruo: mujer madura, conocedora del poder que sobre ella recaía y tan encantada de que fuera así que lo esgrimía en ocasiones sin venir a cuento y de manera desproporcionada. Se ceñía tanto a lo que de ella se esperaba y era tan condenadamente corporativa que a veces el respeto que su posición me provocaba tornaba en chanza cuando abandonaba la sala en la que nos habíamos reunido. Le daban igual los métodos, tan sólo le importaban los resultados. Y si estos no se alcanzaban, nunca alzaba la voz ni parecía asomarse al borde de un ataque de locura asesina como ocurría con PG., aquella arpía que me desvirgó laboralmente en lo que a jefes se refiere. No, a GS., cuando las cosas no funcionaban como ella había previsto, la musicalidad de su acento argentino se le iba diluyendo y viraba hacia el tono seco y tajante de la lengua germánica, que manejaba con maestría, y la mirada limpia y clara que solía dirigirte al saludar se transformaba en una oscuridad apabullante que te hacía sentir un ser tan, tan inferior y tan poco digno de cualquier aprecio que debías sentirte agradecido porque se te permitiera respirar el mismo aire que ella consumía. La secundaba en todas sus acciones su secuaz - valga la redundancia - IG. Tan cómica era su apariencia física que, de haberse rodado en aquella época la mítica Campeones, habría protagonizado el papel principal del equipo entrenado por Javier Gutiérrez. Calvo, con unas gafas similares a las de Rompetechos y una minusvalía visual del 80%. Pesado y cansino en el diálogo, saltaba del colegueo fuera de la oficina al totalitarismo laboral con la agilidad de un saltamontes. Al finalizar la jornada yo intentaba salir antes que él, dado que ambos tomábamos el mismo tren y adquirió la costumbre de acoplarse a mí en el viaje de vuelta siempre que le era posible. A pesar de su ceguera, no sé cómo lo hacía, lograba yo pocas veces escaparme de su vigilancia a la hora de abandonar la empresa y me veía obligado a aguantar sus soliloquios durante la hora y cuarto que tardábamos en llegar a Móstoles. Resultaba incómodo escuchar en el tren sus propuestas para quedar un fin de semana por ahí los dos para cenar y tomar unas copas como si fuéramos amigos de toda la vida cuando tan sólo unos minutos antes te había estado amenazando en la oficina con rescindir el contrato que como clientes tenían con mi empresa o con prescindir de la mitad de mi equipo si yo no lograba que se alcanzaran los resultados. Eran, por decirlo de algún modo, monstruos amables, de esos que asustan poco y molestan mucho. O quizá es que yo ya no era el mismo que vivió aterrorizado en el gabinete de prensa que PG. dirigía o el que rompió a sudar frente a JR. cuando se interesó por mi situación familiar y yo entreví en él al payaso Pennywise.

Tal vez me creí entonces que ya ningún jefe o cliente me podría aterrorizar. Craso error. Y es que el miedo tiene muchas caras, ya que cuando logré salir de aquella empresa, a la que, no obstante, debo casi todo lo que profesionalmente soy y de la que me marché con más tristeza que alborozo, recalé en una aún mayor, en un sector diferente, con una posición y un salario que nunca había disfrutado y me topé con el último (hasta la fecha) de mis monstruos. En cierto sentido, el peor de todos. Porque los anteriores siempre fueron de frente, les veías venir. Pero este último me engañó desde el primer minuto bajo su apariencia servicial, colaboracionista y confiado en tus posibilidades. A su lado comprendí que hay personas que ocupan cargos elevados tan sólo por su capacidad para exprimir hasta la última gota a los que les rodean sin despeinarse y hacerte sentir culpable al mismo tiempo por no cumplir nunca sus expectativas. Hagas lo que hagas. Eches las horas que eches.


Y sin embargo, tengo la sensación de que GQ., mi último monstruo, y yo habríamos congeniado a las mil maravillas fuera del entorno laboral si nos hubiéramos topado en algún momento de nuestras vidas en territorio menos hostil. Pero me generan una gran desconfianza, y más aún después de haber compartido ocho meses de mi vida laboral con él, las personas que necesitan utilizar un disfraz en el despacho para generar confianza, respeto e incluso en ocasiones miedo entre sus subalternos. Tal era el caso de este responsable entre cuyas garras fui a caer y que nunca me dio pistas, a pesar del buenrollismo con el que maquilló sus palabras de bienvenida, sobre el funcionamiento del departamento, sobre las funciones que desempeñaría o sobre la posición que debía adoptar en las numerosas reuniones semanales que mantendría con los clientes a los que brindábamos nuestros servicios. Dejé por ello en evidencia a la compañía y quedé yo peligrosamente expuesto desde el primer día al no haber sido informado de que nunca debíamos presentar en aquellas reuniones interminables los datos reales de productividad y rendimiento de nuestro equipo, sino aquellos que el cliente quería escuchar. Intentar adaptarme por mí mismo a aquel pandemonio, algo que nunca conseguí del todo, me costó cientos de horas que regalé a la empresa y buena parte de mi salud, recibiendo siempre como reconocimiento a mi esfuerzo una nueva exigencia o un sibilino rapapolvo. Era GQ. un maestro en el uso de las artimañas más viles para sacar el máximo partido a su plantilla y no parecía sufrir en exceso al hacer sentir a quienes trabajábamos para él que no estábamos a la altura del salario que la empresa nos pagaba. 

Hoy, ya dos años después de aquella pesadilla, no hay monstruos a mi alrededor en esta nueva empresa. O al menos no han dado aún la cara. He conseguido camuflarme entre el pelotón de trabajadores del escalafón más bajo del organigrama corporativo, donde las responsabilidades que asumo son mucho más limitadas que en mis anteriores posiciones y donde me limito a fichar, a realizar mi labor de la manera más eficaz y eficiente posible y a volver a mi casa sin presión, miedos o trabajos pendientes. Alejado de los monstruos. Y ahí pretendo quedarme, cómodo y tranquilo, mientras pueda. Porque lo peor del ser humano aparece sin duda en otro tipo de escenarios, muy alejados de estos en los que han discurrido hasta la fecha mis andanzas laborales, pero cierto es también que fluye mucha maldad y bajeza en los pasillos de cualquier oficina moderna. También entre esas paredes habitan los monstruos. Tened cuidado con ellos.

sábado, 4 de mayo de 2024

El diccionario

Ferroprusiato. Gamón. Palimpsesto. Prohijar. Bahorrina. Jerapellina. Palabrejos, en resumen, que forman parte de nuestra rica lengua castellana, aunque su uso no sea habitual y no tengamos la mayoría de los hispanohablantes conocimiento, de hecho, ni de su existencia ni de su significado. Y en torno a esta ignorancia gravita uno de los juegos con los que, cuando yo era tan sólo un proyecto del hombre que hoy soy, por entonces un idealista barbilampiño con muchos pájaros en la cabeza, jóvenes y mayores, hasta tres generaciones de la familia Rincón, nos entreteníamos dentro de las casas familiares cuando la climatología nos era adversa. Y a veces también, sólo por el capricho de compartir momentos divertidos con padres, hermanos, primos y abuelos y de modelar nuevos recuerdos en común, cuando el sol brillaba en su cénit.


No era el único entretenimiento que reunía a nuestra familia en torno a una mesa. Somos todos de buen comer y proclives al diálogo y a la confidencia, especialmente cuando nos sentimos amparados por la tranquilidad que proporciona saberse rodeado de personas en las que sabes que puedes confiar, así que cualquier recuerdo que prevalece de aquellas reuniones arranca con opíparas y prolongadas comidas cuajadas de conversaciones animadas y en las que los más jóvenes adquiríamos, participáramos en mayor o menor medida de ellas, conocimientos que en ocasiones nos aportaban herramientas, a efectos prácticos, mucho más útiles que las que en el colegio o instituto nuestros profesores nos trataban de proporcionar. Y aunque disfrutábamos de aquellos ratos, a casi todos, antes de que los postres y los cafés aterrizasen sobre el mantel, nos empezaba ya a urgir el sacar del armario de los juegos de mesa el que sirviera para alargar durante algunas horas aquellos encuentros. Tal vez mi memoria me juegue una mala pasada, pero creo recordar que el Trivial Pursuit y el Intelect eran los favoritos de todos. Hubo otros, como el Scattergories, el Cluedo o el Pictionary. También juegos más clásicos como el ajedrez, el parchís, las damas, el dominó o el tute. Pero yo creo que con el que mejor nos lo pasábamos era precisamente con el más económico de todos ellos: el diccionario.

Viene esto a cuento de que hace unos días nos reunimos de nuevo todos, a excepción lógicamente de aquellos que nos han ido dejando por el camino desde entonces y con la incorporación de las nuevas camadas. Una vez más una fotografía similar: tres generaciones alrededor de una mesa con viandas, bebida y prisas por ponernos todos al día de nuestras respectivas peripecias. Celebramos el reencuentro en Valdemorillo, en la urbanización de mi primo David, propietarios él y su mujer de una extensa parcela que en su día - hace ya años - me pareció agreste y descuidada y en la que han ido ampliando magistralmente el espacio habitable mediante anexos edificados mayoritariamente con sus propias manos. En el más reciente, una suerte de cabaña acristalada que me devolvió reminiscencias de la típica casa del árbol que vemos habitualmente en las películas americanas, comimos, charlamos y reímos durante esa agradable tarde de primavera. Y alguien propuso, cuando estábamos ya con los cafés, jugar a algo. Y otro alguien sugirió recuperar aquel juego que tantas tardes nos tuvo entretenidos, de manera que mi primo desapareció durante unos minutos en el interior de la vivienda para regresar portando un completo diccionario.

Las reglas del juego son muy simples pero el objeto del mismo puede llevar a confusión si no se explica con claridad. Tan sólo es necesario un diccionario o una enciclopedia, tantas hojas de papel y lapiceros como participantes haya y un buen puñado de mentes curiosas e ingeniosas dispuestas a trabajar. Uno de los participantes, llamémosle Maestro, busca en el diccionario una palabra poco común y la pronuncia en voz alta. Cada uno de los concursantes escribe una posible definición de ese término. El Maestro debe copiar en un papel la acepción que figura en el diccionario. Una vez todos los participantes han terminado, el Maestro recoge todas las hojas de papel, las mezcla y a continuación las va leyendo en voz alta. Gana aquel que adivina cuál de todas las definiciones leídas es la correcta, siendo además quien tomará a continuación el diccionario y buscará una nueva palabra con la que desafiar a los demás. Podría entenderse que el objetivo es componer una definición que se acerque lo más posible al significado real del vocablo. Y lógicamente, si alguien fuera capaz de clavar dicha definición, despertaría el asombro y provocaría el aplauso de todos los presentes, dado que hablamos de palabras raras y poco conocidas. Pero la meta no es esa, sino mostrar la suficiente habilidad e imaginación para despertar la duda en los demás y se confundan. Da lugar esto a situaciones hilarantes y desternillantes, como es de suponer.

Así que ahí estábamos todos, expectantes ante el primer reto, cuando una voz joven preguntó, como podía esperarse, si se podía utilizar Google. Un fiel reflejo de cómo han cambiado los tiempos en pocas décadas. Los diccionarios, como en su día los dinosaurios, van camino de la extinción. Tras aclarar el asunto (obviamente se descartó ese tipo de ayudas), la primera palabra resonó entre aquellas cuatro paredes, generando las primeras risas y murmullos. Hubo quien optó precisamente por el humor, otros que se aplicaron a la labor de acumular en la misma frase un puñado de tecnicismos para generar una duda razonable entre todos los demás, los más jóvenes tiraban de cultura popular con referencias, por ejemplo, al Demogorgon de Stranger things... en fin, cada cual intentaba despistar, con mejores o peores resultados, al resto de rivales. Pasamos un rato tan divertido como los de antaño y nos resultó gratificante ver que nuestros hijos, víctimas de una cultura eminentemente tecnológica, se olvidaban durante un rato de teléfonos móviles y demás cacharros, se relajaban y trataban de potenciar todas sus capacidades con el fin de vencer a sus mayores. Aunque creo, y eso me congratula, que al final, como nos pasaba a nosotros cuando teníamos su edad, llegaron a la conclusión de que lo menos importante de este inofensivo entretenimiento era ganar.




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