Entre las muchas reflexiones que comparte con el lector el personaje principal de La flaqueza del bolchevique, novela de Lorenzo Silva que fue finalista del Premio Nadal en 1997 y que en estos últimos días he releído, hay una en la que me veo claramente reflejado. Y cito textualmente: "lo importante no es estar en lo cierto, sino estar a gusto". He tendido siempre, desde muy joven, a evitar el conflicto, pero en estas últimas semanas me he sentido cada vez más cómodo sorteando debates innecesarios y esquivando conflictos inútiles. Incluso eludiendo aquellos que en otras épocas pudieran resultarme más trascendentales. He aprendido que el tiempo quita y da razones, así que ¿para qué molestarme en gastar energías y quemar neuronas en intentar convencer a otros que defienden posiciones, a veces incluso de manera cerril e inflexible, opuestas a las mías? Argumentar y razonar parece que no está de moda. Ahí están nuestros políticos dando ejemplo. Cuando el diálogo es fluido y el intercambio de opiniones enriquecedor, todo es diferente, pero ese escenario me resulta cada vez más esquivo, desconozco si porque con el paso de los años me he vuelto yo más cuadriculado o si porque hoy en día la línea entre la comunicación y la crispación se ha vuelto más fina. La perra gorda para ti me sale más a cuenta que entrar en un tira y afloja del que a lo mejor salimos los dos mal parados. Insisto: prefiero estar a gusto que estar en lo cierto.
No sólo en este sentido me percato de que mi forma de relacionarme con el resto de mi especie ha cambiado. Por poner otro ejemplo, últimamente me estoy volviendo un tanto asocial. De mí nadie podrá decir que haya sido alguna vez el alma de la fiesta, aunque he tenido mis momentos, supongo. Pero es que ahora encuentro en el anonimato y en la falta de protagonismo una serenidad que nunca antes había valorado. Sin ir más lejos, en el trabajo. La dinámica en la que nos desenvolvemos en la oficina tampoco da mucho pie a las interacciones sociales y por eso hay días que, entre las nueve y media de la mañana y las seis y media de la tarde, más allá de los saludos y las despedidas a los que la buena educación obliga o se sitúe a mi vera alguna de esas personas que anteponen su necesidad de sociabilizar a la obligación de producir , no hablo más que con los asegurados a los que atiendo. Y mira que somos un ejército los que compartimos sala, pero no me pide el cuerpo conversar más que lo estrictamente necesario con quienes se sientan a mi lado. Supongo que a esto también contribuye el hecho de que nunca son los mismos, ya que no tenemos posiciones fijas al tratarse el edificio de una suerte de espacio de coworking corporativo. Me provoca una pereza tremenda iniciar la misma conversación cada día con los mismos tópicos: "bueno, ¿y tú cuánto tiempo llevas aquí?", "yo me llamo Santi, ¿y tú?" o el tan socorrido "a ver si hoy se pasa rápido el día". Tampoco siento ninguna clase de resquemor por no estar integrado en ninguno de los pequeños grupúsuculos que observo ya creados entre mis colegas. Aun sin ser especialmente divertido o locuaz, soy de verbo fácil, bastante educado y domino con cierta soltura las premisas básicas exigidas para mantener una conversación de cortesía con cualquiera, e intuyo que, en base a esas cualidades, a poco que lo intentara podría representar un papel algo más activo en la vida social de la empresa, pero lo cierto es que no siento que lo necesite. Sospecho que más de uno y de dos me habrán tachado ya de tímido, rarito o vete tú a saber, pero lo cierto es que me resulta completamente indiferente. Más allá de la relación que mantengo con mis seres más cercanos (mi familia y algunos amigos), que me resulta hoy por hoy más que suficiente y de las que no podría prescindir, no me tienta el mostrar de mí mismo más que lo que yo quiero que se vea, aunque el mío pueda en algunos casos parecerles a los demás un comportamiento hosco o distante. Me siento bien. Y no me importa no tener razón en esta manera de actuar. Sí, eso es, porque prefiero estar a gusto.
Siempre me ha atraído la psicología. No en el plano teórico, sino en ese otro nivel que tiene ver con la observación silenciosa y el análisis racional de lo observado. Escucho y miro la manera en que la gente se relaciona y encuentro una mayor satisfacción en ponderar y calibrar los motivos que puedan empujar a una persona a afirmar según qué cosas o a actuar de tal o cual manera ante los demás que en intervenir en una conversación grupal abierta. Me siento cada vez más una especie de analista pasivo de la conducta humana que se esfuerza por hablar únicamente cuando tengo algo realmente importante que decir. Antes callar que sumar más ruido a una conversación vacía. Mejor estar a gusto que en lo cierto, de nuevo, como el bolchevique moderno de la novela.
Habrá quien afirme - y en el fondo sé que con bastante buen criterio - que no puede ser sano minimizar hasta estos extremos la importancia emocional e intelectual del intercambio social. Admito que es la mía una postura que podría en el futuro depararme más tristezas que alegrías. Cabe sin lugar a dudas esa posibilidad y tal vez en el futuro el arrepentimiento por no haberme manejado de diferente modo en esta etapa de mi vida y en este tipo de contextos me pase la correspondiente factura, pero lo cierto es que a día de hoy tan sólo me preocupa sentirme tranquilo conmigo mismo y, en todo caso, que aquellos que realmente me importan sepan distinguir en mi actitud, muy diferente a la descrita, el valor que les doy mostrándome tal cual soy, sin tapujos ni filtros. Porque con ellos sí debato, sí me integro y sí muestro todos mis ángulos y aristas.
Una metamorfosis anómala quizá, pero a, fin de cuentas, la mía. Y me trae al pairo si no gusta.

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