Cuando me preguntan de dónde soy, siempre respondo que de Móstoles. Mi familia y yo nos instalamos aquí en la segunda mitad de los setenta, yo no tendría más de dos o tres años. Imagino a mis padres llenos de sueños y sintiéndose en cierto modo pioneros en la migración hacia las que se dio en llamar "ciudades dormitorio". Fue aquí donde di mis primeros pasos y donde articulé mis primeras palabras. Ha sido siempre mi ciudad.
Pero cuando me preguntan de dónde vengo, es Morata de Tajuña mi respuesta. Sí, ya sé lo que todos estáis pensando: el pueblo de las célebres palmeritas de chocolate. Que también es curioso que el municipio sea hoy conocido en todas partes por algo que yo no recuerdo haber comido de niño. La memoria es lo que tiene, que ciertos recuerdos se borran, otros se fragmentan y algunos permanecen nítidos e imborrables.
Las risas de niños chapoteando en el agua de la piscina de la finca de Valhondo, la cara y las manos pegajosas por el jugo de las uvas que nos íbamos comiendo al regresar al pueblo bajo un sol de justicia, el pilón de la calle Real en el que parábamos a lavarnos y salpicarnos unos a otros, atrincherarnos bien fresquitos en el sótano de mis tíos Félix y Mari Carmen, lleno de tesoros por descubrir y herramientas con las que construir, entre otras cosas, aquellos pinball con los que nos entreteníamos tanto, hechos con gomas elásticas, chapas de botellas, pinzas de la ropa y una plancha ligera de madera. Conservo esos recuerdos y otros muchos. Asumo que algunos posiblemente se hayan distorsionado con el paso del tiempo. Pero son bonitos y por ello no me importa si pueden no ser completamente ciertos. También los hay malos, claro, como cuando me caí por las escaleras de casa de mi abuela y una pequeña cicatriz en forma de cometa en el muslo izquierdo pasó a formar parte de mi anatomía. Todos ellos, los recuerdos buenos y los malos, constituyen lo que soy y de dónde vengo.
Pasaba bastante tiempo en Morata, sobre todo durante los fines de semana y las vacaciones de verano. Esperaba ansioso el momento de abandonar la formalidad de la ciudad para sumergirme en aquel ambiente más rural donde ahora entiendo que todo giraba alrededor de los niños, con mucha disciplina, pero también con mucho amor. No habría sabido expresarlo en aquel entonces, pero para mí ir a visitar a mi legión de primos y tíos era conectar con una infancia diferente, más salvaje, más al límite. Y siempre había algo que celebrar, todos juntos.
El tiempo voló y durante los primeros años de mi adolescencia las visitas se espaciaron. Formé mi grupo de amigos en Móstoles, hacíamos otras cosas (o las mismas pero de manera diferente), ya no me apetecía tanto "malgastar" un sábado o domingo en el pueblo. Llegó un momento en que tan sólo iba cuando se celebraban bautizos, comuniones o bodas, eventos familiares en los que, aunque me lo pasaba bien, no me sentía tan cómodo como antaño. Aunque siempre fui recibido con cariño, sentía que ya no estaba en la misma onda que mis primos. Hasta que dejé de ir.
Mi memoria no es capaz de fijar ni la fecha ni el motivo que me llevó de vuelta a Morata años después. Yo ya era un hombre hecho y derecho, con mi hipoteca bajo un brazo, mi preciosa mujer agarrada al otro y posiblemente al mayor de mis hijos, muy pequeño aún, sobre mi espalda. Antes de volver a Móstoles aquella tarde, entré en la Pastelería Real para abastecerme de palmeritas de chocolate. Que recordase o no haberlas comido de niño ya no importaba, de mayor las encontraba deliciosas. Ocurrió algo inesperado mientras la pastelera preparaba mi pedido y yo observaba los productos tras las cristaleras, deleitándome con la visión de todo aquel dulce elaborado a mano, lleno de tradición e historia.
- Tú eres un Tobalo, ¿verdad?
Ni recuerdo lo que contesté. Si esa mujer me había visto alguna vez, es posible que hubiese pasado más de una década desde entonces. Es más, apostaría o bien a que nunca nos habíamos cruzado o a que si lo habíamos hecho, debió ser cuando yo era un niño. Sentí asombro y orgullo al mismo tiempo. El primero porque no me explicaba cómo había podido la pastelera saber que yo era un Tobalo. El segundo porque efectivamente lo era y porque me sentía especial por serlo y porque se me identificase como tal.
A raíz de aquello, sin excesos pero al menos una o dos veces al año, comenzamos a volver a Morata. Mis hijos, como suele ocurrir con los niños allí, se sentían protagonistas, gravitando los adultos a su alrededor, siempre pendientes de que los pequeños aprendan lo importantes que son los lazos familiares. Para mi satisfacción y deleite observaba además que, especialmente el pequeño, Marcos, se acoplaba a la misma frecuencia que el resto de Tobalines de la familia. Pasó algún fin de semana allí, como yo hice de niño, y si mis padres iban a visitar el pueblo y a nosotros no nos era posible por razones laborales, se lo llevaban para allá, más contento que unas castañuelas para volver horas después agotado, pero feliz.
Me quedan tantos recuerdos sobre Morata por sacar del baúl de la memoria, tantas anécdotas y curiosidades por compartir, que una única entrada en este blog me parece ahora, ya en faena, lamentablemente poco. Ni siquiera he explicado cómo surgió el apodo de Tobalo.
Lo dejaré por tanto hoy aquí, pero prometiendo volver en breve a contaros más historias no del sitio del que soy, sino del pueblo del que vengo.
Quiero hacer constar mi más sincero agradecimiento a mi primo Alberto por tomarse la molestia de revisar y comentar este artículo antes de su publicación.
¡Gracias, primo!


Aun recuerdo esa comida sorpresa que le hicimos a la abuela, para juntarnos todos, que bonito día. Ojala tengamos muchos más momentos de reencuentro, aquí siempre sois bien recibidos.
ResponderEliminarO aquel otro, poco antes del Covid, en que nos reunimos todos los primos ¿en el Cid?... pero el de la abuela fue memorable. Por ella, que pudo juntar a todos sus nietos (somos legión) y por nosotros, por la alegría de estar todos juntos. Tendremos que escribir nuevos recuerdos.
ResponderEliminarMe ha encantado el artículo primo. Gracias! Eres un grande
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