lunes, 17 de octubre de 2022

Lo que la cancha nos da

 

Nunca imaginé que un deporte como el baloncesto, que en mi juventud seguía poco y practicaba aún menos, nos daría a mí y a los míos tanto durante mi madurez. ¿Cómo es posible si yo hasta soñaba fútbol? Era de esos que se buscaba las mañas para poder quedarse de madrugada a ver un Perú - Ecuador del Mundial de México o que se tragaba hasta el Oviedo - Logroñés de la Liga Española en Telemadrid un sábado por la noche en vez de salir a dar una vuelta con los amigos. Me acuerdo que tenía una caja de herramientas vieja en la que coleccionaba chapas con las caras recortadas de todos los jugadores. Cualquier alfombra servía de campo de juego. Unos cuantos palillos y unos garbanzos componían las porterías y el balón. Horas y horas encerrado en mi cuarto jugando todos y cada uno de los partidos que conformaban la Liga de fútbol. Cómo volaba el tiempo aquellas tardes de chapas y goles. Y qué decir cuando era yo el que jugaba en el Polideportivo Estoril II: noches sin dormir si el partido del día siguiente era importante, dos horas antes ya en la grada del pabellón esperando a mis compañeros, minutos que se me hacían eternos hasta que el árbitro pitaba y el balón echaba a rodar. Yo era todo fútbol.



Y lo seguí siendo e intentando transmitírselo a mis hijos hasta el otoño del año 2013. Para mi disgusto y sorpresa se nos comunicó entonces desde el colegio que no había niños suficientes para poner en marcha la extraescolar de fútbol-sala. Una de las opciones era baloncesto, así que inscribimos a los niños. Ahí nos empezó a cambiar la vida.

La verdad es que aquello parecía una película de los hermanos Marx. Se juntaban en el mismo equipo niños de entre cinco y diez años, chavales que se iban del partido al ver pasar una mariposa, otros que escuchaban al entrenador como si fuese un juez dictando sentencia, a unos el pantalón se les caía y a otros la camiseta les quedaba peligrosamente ajustada. Más allá de lo bien que ellos se lo pasaban y lo mucho que los padres nos reíamos viéndoles, empecé a interesarme por las normas, los sistemas, el juego en general, y empezó a resultarme enormemente atractivo.

Sucedió que durante aquel curso mi hijo Sergio empezó a crecer y a estilizarse de manera inusitada. Casi cada mes había que comprar zapatillas más grandes o ropa más holgada. Unido esto a que el baloncesto había despertado en él una pasión inesperada, el entrenador nos propuso que hiciese las pruebas en el equipo federado del Ciudad de Móstoles. Y allá que fuimos. Empezaba una aventura que, sin ni siquiera poder imaginarlo, nos llevaría por buena parte de España persiguiendo una pelota de baloncesto y nos daría un sinfín de alegrías.

Más allá de las anécdotas y experiencias personales atesoradas durante estos años y que iré compartiendo en una serie de artículos, lo que nos da la cancha a padres y sobre todo a los chicos, sea cual sea la disciplina, tiene un valor incalculable para nuestra formación y enriquecimiento como seres humanos. El deporte es salud, pero no sólo física, sino también mental y social. 

O en nuestro caso lo ha sido (y lo sigue siendo).




2 comentarios:

  1. Me siento tan identificada... Este año comenzamos la aventura del baloncesto con Ángel, como tenemos tobalos por todos los deportes, casualidades de la vida Itziar es una de sus profes. Nos quedan muchas normas que aprender y muchos momentos por vivir, pero siempre tendremos grandes ejemplos que seguir.

    ResponderEliminar
  2. Nuestros Tobalines han salido deportistas y eso les da a ellos mucha estabilidad y a nosotros alegrías y tranquilidad. Llegue uno donde llegue, que el deporte forme parte de sus vidas desde pequeños es una garantía de salud física y sobre todo mental. Dentro de poco tendremos que montar unas Olimpiadas Tobalo, jajaja

    ResponderEliminar

Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?