¿Qué sentís cuando tan sólo queda un 7% de batería en vuestro teléfono móvil y no tenéis a mano un cargador? ¿Y cuando habéis agotado los datos y estáis en una zona sin wifi? ¿Y cuando os encontráis en un lugar sin cobertura?
Alertan médicos y especialistas de una nueva patología entre nuestros jóvenes relacionada con el uso de los teléfonos móviles y otros dispositivos. Estiman estos estudios que en torno al 45% de nuestros universitarios la padecen y que afecta de manera muy directa al rendimiento académico, pudiendo suponer hasta cuatro puntos en la nota media. El dato en sí ya es preocupante, pero si vamos un poco más allá y tenemos en cuenta lo que cada día vemos, barrunto que el porcentaje, de no remediarlo de alguna manera, irá en aumento. E intuyo que podría derivar en una disminución de la población universitaria en España.
La nomofobia es la angustia que genera el no tener operativo el teléfono móvil. Pueden darse numerosas circunstancias que nos lleven a esa situación. No he hecho la prueba, pero intuyo que si desconectase la wifi durante unos minutos en casa, ni una alarma de incendios generaría semejante pánico. Imagino que se me echarían encima mis "zombies", angustiados porque "no pueden hacer nada". Y lo de "zombies" lo digo con cariño, pero es que eso parecen cuando salen de sus cuevas con ojeras, caras pálidas y el móvil inútil en la mano.
Aunque sonriamos al escuchar anécdotas o bromas de este estilo, considero que se trata de un tema muy serio. Pocas veces en la historia el ser humano se ha encontrado tan encadenado a algo.
La nomofobia se trata en estos momentos como un problema asociado a la juventud, pero ¿realmente podemos los adultos ignorar que también muchos de nosotros padecemos esta enfermedad y que en gran medida somos responsables de estos comportamientos en nuestros hijos? Al fin y al cabo suelen imitar los comportamientos de los adultos. Así pues, ¿es de recibo que les llamemos la atención cuando pasan mucho tiempo con el móvil? ¿Es justo que reprochemos a esta generación el vivir esposados a sus dispositivos?
Lo más curioso de todo es que la función de los smartphones que menos utilizamos es aquella para la que se crearon: hablar con otras personas. La relación con el exterior, con nuestro entorno, se hace a través de las redes sociales, el whatssap, los juegos online... Colgamos detalles de nuestra vida privada constantemente, conversamos a través de los servicios de mensajería, incluso se inician, se mantienen y se rompen relaciones personales a través de esos mismos canales.
No soy especialmente curioso, pero sí me gusta conocer cómo actúan nuestros jóvenes ante ciertas encrucijadas de la vida. Conversando con Marcos, mi hijo de catorce años, sobre las chicas, le pregunté cómo iniciaban unos y otros una conversación.
- Me acerco y le pido su insta.
- ¿Y te lo dan?
- Hombre, papá, la duda ofende (no lo dijo así, pero queda más literario y no cabía ninguna duda sobre el fondo de la cuestión).
- Y luego, ¿qué pasa?
- Pues nada, empezamos a hablar y a conocernos por Insta, compartimos stories y ya si nos caemos bien, pues ya quedaremos.
Lo cierto es que no me sorprendió su explicación, me divirtió más bien, especialmente porque es un artista cuando se lo propone y no pude dejar de sonreír mientras me lo contaba. Pero es un ejemplo muy significativo de cómo se han transformado las relaciones sociales. Y explica también el elevado número de horas que los jóvenes pasan mirando la pantalla de sus móviles.
¿Qué ocurre si el canal que nos conecta con la sociedad deja de estar abierto? En el caso de las personas que padecen nomofobia, según los estudios realizados, pueden sufrir ansiedad, taquicardias, dolores de cabeza o estómago, etc. El terror a la desconexión. El Robinson Crusoe moderno.
No es difícil detectar a una persona que pueda padecer esta patología: es alguien que mira constantemente su móvil para ver si ha recibido algún mensaje, duerme menos para poder sumergirse en las redes sociales, nunca apaga el móvil, se niega a ir a sitios sin cobertura y si lo hace lleva siempre consigo una batería portátil, al entrar en sitios donde va a pasar un tiempo prolongado se asegura de que haya enchufes en los que conectar el dispositivo...
¿Soluciones? Para empezar sería necesario un consenso entre entidades gubernamentales, fabricantes de dispositivos móviles, redes sociales, creadores de aplicaciones, familias... Me resulta complicado pensar que tantos agentes sociales puedan ponerse de acuerdo en un sistema de control para erradicar este problema. Puestos a imaginar, sería necesario que cada móvil estuviese vinculado a una identidad personal, tal vez mediante el escaneo obligatorio del DNI del que vaya a ser el propietario del aparato, y que en función de su edad el propio teléfono móvil se configurase de manera automática para regular a qué funciones puede ese usuario acceder y durante cuánto tiempo. Debería también programarse para que esas funciones y ese tiempo fuesen ampliándose a medida que el usuario vaya acercándose a la mayoría de edad. Por poner un ejemplo.
Pero soy muy pesimista al respecto. Ya no es sólo la dificultad, como indicaba, de que tantas partes implicadas acuerden una regulación de estas características, sino que las trabas legales y la burocracia administrativa retrasarían irremediablemente la puesta en marcha de cualquier medida al respecto. Y es más. ¿Realmente habría un interés generalizado en poner freno a estas tendencias? Hablamos de un mercado que genera muchos millones de euros al año a gobiernos y empresas.
Los que hemos crecido sin móviles disponemos de una visión mucho más amplia de este problema, pero los adultos de mañana serán generaciones en cuyas vidas el teléfono móvil ha estado presente desde el día que nacieron. ¿Podemos realmente confiar que serán capaces en el futuro de comprender la magnitud de este problema cuando no han conocido otra realidad diferente? Es más, ¿identificarán esta dependencia como un problema?.
El momento es ahora. La hora de actuar está a punto de caducar. Y ya vamos tarde.


Muy interesante y de difícil solución, como cuentas. Para ellos, pasar cuantas más horas con el móvil o las pantallas, no es un problema. Y queramos o no, no habrá marcha atrás, salvo que algún día nos lo inserten en nuestro cuerpo y dejemos de estar pendientes de la batería. Me parece urgente darles otras herramientas para que descubran otros campos en los que pueden relacionarse y ser felices de otra forma sin la dependencia de los moviles: practicar deportes, teatro y danza, meditación, naturaleza, voluntariado... y siempre con nuestro ejemplo por delante.
ResponderEliminarMe alegra muchísimo leerte, Angel. De esas visitas al blog que uno no espera, pero que sabe que aportan valor a lo escrito y que además emocionan.
ResponderEliminarCreo que la clave está en "darles otras herramientas" y dentro de las mismas incluyo, en uno de los primeros lugares, el ejemplo de nuestros mayores. En nuestro caso hemos fracasado en algunos casos, pero nos da una gran tranquilidad ver que el deporte es para ellos vital, imprescindible. Nunca fue una imposición y quizá por eso, porque es algo que ellos eligieron, ya no pueden ni quieren renunciar a ello. Creo que la clave está en ponerles delante tantas alternativas como sean posibles, sin forzar, y que sientan que es su elección. Y en cuanto a los mayores también en ese sentido es agradable ver qué escuchan con atención y respeto a sus abuelos, que tanto pueden enseñarles.
Un abrazo muy fuerte y muchas gracias por comentar.