Anda mi madre, la mujer, transitando por los inhóspitos senderos de la tercera edad, intentando asir con las dos manos, para que no se le escapen, sus habilidades, capacidades y recuerdos. Y andamos los demás, sobre todo mi padre, detrás de ella, intentando que la angustia y la desesperanza no le hagan extraviarse cuando yerra en su intento.
No es fácil envejecer, al menos para la mayoría de nosotros. Porque el deterioro físico es inevitable, y eso lo asumimos casi todos con naturalidad, pero el fantasma del deterioro cognitivo es sin duda el mayor miedo que puede dominar a una persona en el ocaso de su vida.
Se llama Marisol y de niña quería ser bailarina, de las que llenan teatros flotando por el escenario sobre las puntas de sus pies. Pero mi abuelo, condicionado por una dictadura donde el poder de la Iglesia llegaba todavía a casi todos los rincones, se opuso por parecerle aquella una profesión poco apropiada para una señorita. Y tuvo que conformarse con lo mismo que otras muchas jóvenes en aquellos tiempos: estudiar Secretariado primero, el matrimonio después, familia numerosa y, como consecuencia de todo ello, ama de casa a tiempo completo.
Sonaba música habitualmente a su alrededor. Y si no lo hacía, era ella la que cantaba. Acumulaba también algunos cuadernillos y libretas en los que iba plasmando recuerdos y experiencias, quién sabe si para no olvidar cuando llegase el momento. Como muchas mujeres de aquella época, no tenía un trabajo remunerado y su vida era en cierto modo la de otros: la de sus hijos, la de su esposo, la de sus padres. Quizá esas frases, escritas de manera apresurada, entre biberón y baños, eran su manera de dejar constancia, de no caer en el olvido de sí misma.
Encajó mal la marcha de sus hijos de casa, los cuatro en poco menos de un año. La causa a la que había dedicado más de media vida perdía parte de su sentido, difícil reducir la marcha tras casi tres décadas de existir a un ritmo vertiginoso. La música siguió ayudándola y, tal y como en su día había hecho la suya, mi madre ingresó en una Coral. Formar parte de un grupo que hace lo que le gusta, tener a tu lado un marido honrado y atento, seguir quedando con la cuadrilla de tu juventud, ver nacer y crecer a tus nietos... todo eso estabiliza. Y así fue también en su caso.
Pasaron uno, cinco, diez años, entre viajes a visitar a los hijos que marcharon a Galicia para formar sus propias familias, temporadas en Basida -la ONG en la que mi hermana Elena encontró su lugar en el mundo-, ayudarme a mí y a mi esposa aquí en Madrid en lo que pudiésemos necesitar y alguna que otra escapada con el Inserso. Y la música siempre acompañándola.
Hoy la Coral sigue siendo para ella una ilusión, pero también una angustia, ya que cada día la cuesta más memorizar partituras, especialmente cuando muchos de sus compañeros, mejor adaptados a las nuevas tecnologías, parecen siempre llegar a los ensayos y conciertos mejor preparados. Los nietos, o se hacen mayores o están muy lejos. Reunir a la familia ya no es tan sencillo. Viajar no compensa como antes, es un trastorno y un agobio andar con las maletas de aquí para allá. Y a veces se te olvidan las cosas. O las preguntas tres veces.
Mermada, pero presente; cansada, pero aún soñadora; angustiada, pero siempre cariñosa; también a veces cabezota y reivindicativa, pero a la vez solidaria y comprensiva.
Es la madre que me parió, se llama Marisol y sigue aquí.


Qué entrada tan bonita y tan real. Muchas mujeres como ella no tendrán quien cuente su historia...
ResponderEliminarLa realidad es que este país cambió gracias al sacrificio personal de muchas mujeres que se vieron obligadas a renunciar a sus aspiraciones y sueños por una sociedad que las reprimía y las forzaba a asumir un rol que, aunque las dio muchas alegrías (al menos a la mía), pero que también las anuló como población activa. Gracias por tu comentario.
ResponderEliminarDesdibujarse es tan terrible. Entiendo su angustia y la sensación que debe de tener cuando ves como poco a poco, aquello que resultaba sencillo de retener, ahora se convierte en un gran reto.
ResponderEliminarGracias por compartir tus momentos. Es maravilloso leerte y entrar un poquito más en tí. Un beso amigo. Ana
Desdibujarse. Es la definición perfecta, Ana. Y sí, veo que para ella, que durante tantos años ha hecho malabarismos con tantos platos a la vez, esto es muy duro. Pero ahí sigue, con sus bajones, pero peleando para no perderse.
ResponderEliminarGracias a tí por leerme, guapa. Besos.
Debería ser obligatorio para cada uno de nosotros escuchar, recopilar y reescribir su historia para recordar y reconocer a nuestros padres y abuelos.
ResponderEliminarEstoy completamente de acuerdo. Me arrepiento de no haber escuchado con mayor atención las historias de mis abuelos. Ahora veo que el mayor aprendizaje que podemos recibir procede de ellos, de nuestros abuelos, tíos y padres.
EliminarGracias por tu comentario