Es una aventura apasionante ser testigo directo de las personas en que los hijos se van convirtiendo a medida que crecen. Supongo que a cualquier padre le ocurrirá lo mismo, pero dejadme que os cuente cosas de los míos. Quienes hayáis leído en este blog entradas anteriores sobre la adolescencia habréis llegado a la conclusión de que en nuestra casa la convivencia no es sencilla, lo cual es completamente cierto, pero yo comienzo ya a contemplarles tal y como intuyo que lo hace un entrenador presenciando un partido de sus antiguos pupilos. Orgulloso de lo que les hemos enseñado, de lo que ellos han aprendido y de lo que aportan de su propia cosecha. Incluso cuando la suma de todo ello implica que se posicionen desafiantes ante nosotros.
El pequeño, de catorce años de edad, empieza a sorprendernos con iniciativas que muestran lo que yo entiendo como un deseo de autonomía anticipada, unas ganas de no depender, en lo rutinario, de nadie, que a mí personalmente me ponen tierno. A lo mejor mi amor de padre me hace perder la perspectiva y lo que en ciertas ocasiones me sorprende es natural en otras casas o tal vez lo era cuando yo tenía su edad y me engaño a mí mismo obviándolo. Si es así, bendito engaño, ya que cada paso adelante que le veo dar, cada decisión que toma en aras de formarse como adulto independiente, me hacen sentir muy satisfecho.
Estaba yo sentado frente al ordenador la otra mañana, intentando darle cuerpo a unos textos en los que estoy trabajando, y de repente apareció Marcos en la habitación enseñándome, todo ufano, un tupper lleno de jamón serrano recién cortado. Le gusta mucho y es además muy observador, así que seguramente, en alguna de esas ocasiones en que merodea a mi alrededor o al de su abuelo cuando nos ponemos a la faena, haya tomado nota de la técnica de corte. Sin que yo me percatase de ello, concentrado como me hallaba en mis escritos, quiso darnos la sorpresa. Por supuesto, como adolescente que es, se considera inmortal, por lo que no tiene en cuenta el riesgo que entraña para sus manos blandir un cuchillo jamonero. Pero le vi tan orgulloso de sí mismo que fui incapaz, en un primer momento, de regañarle por el peligro que había corrido. De todos modos le entusiasma la cocina. No sólo porque la pise diez o doce veces al día para rapiñar lo que pueda entre horas, sino porque se le ve afición por los fogones. La otra noche, cuando fui a la cocina para prepararle la cena, me lo encontré zampándose una tortilla francesa que él mismo se había preparado y que, para ser honestos, tenía una pinta estupenda.
Si hay algo que le apasiona más que la comida y la cocina es la moda. Anda todo el día buceando por internet buscando ropa de su gusto y le falta tiempo, cuando ha ahorrado lo suficiente, para cogerse el autobús y acercarse al Xanadú a gastarse los cuartos en unos vaqueros, una camiseta o unas deportivas. Me recuerda en eso a mí, que cuando conseguía ahorrar diez o quince mil pesetas de las de entonces, me saltaba las clases y me iba a Callao a pasar una mañana entera recorriendo los pasillos de la Fnac, maravillado por toda la cultura que me rodeaba, y regresando a casa con bolsas llenas de... libros. La ropa que me la comprase mi madre. Y a diferencia de Marcos, me daba igual que la etiqueta fuese de Continente o de Adidas. Ahí es donde a él le flojean las cuentas, ya que, si por él fuese, de Puma no bajaba. Y claro, no le queda más remedio que irse de vez en cuando con Nuria a Primark o Kiabi y terminar de llenar su armario con ropa más acorde con nuestra economía.
Y luego está Sergio, el mayor, a punto de cumplir diecinueve. A este se le tuerce el gesto y se le agría el carácter, como me ocurría a mí, cuando no le queda más remedio que acompañar a su madre a comprar ciertas prendas que requieren primero que él se las pruebe. Sería feliz si pudiese ir por la vida como Tarzán por la selva. Un taparrabos y marchando.
Pero es en el ámbito social, en sus relaciones con la gente, cuando ya el orgullo de padre se desborda y ni siquiera un babero tamaño XL es suficiente. Lo pensaba la otra mañana, muy temprano, cuando le dejé en la puerta del instituto para iniciar un viaje escolar a Cerler, donde les han enseñado a esquiar. Ver cómo se desenvolvía, ya no sólo entre sus compañeros y amigos, sino también entre el profesorado, hizo que no me importase que se olvidase de que su botella de agua y yo mismo anduviéramos todavía por allí.
Al final, todos deseamos que nuestros hijos nos quieran, pero el amor que nosotros, los padres, les ofrecemos va más allá. Lo que para nosotros debe ser absolutamente prioritario no es que nos tengan presentes, sino que, sobre todas las cosas, se quieran a sí mismos y que estén adecuadamente preparados para la vida que tienen por delante. Porque si ellos logran ser felices de la manera que deben serlo, nosotros habremos cumplido nuestro mayor cometido.



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