jueves, 26 de enero de 2023

Los hombres también lloran

No he sido nunca un tipo duro, más bien todo lo contrario. Siempre me ha costado decir que no y suelo escapar del conflicto como quien huye de la peste negra. Se me pone un nudo en la garganta con mayor frecuencia de la que desearía. Siempre me he encontrado más cómodo hablando de emociones y sentimientos que del Ibex, de la guerra en Ucrania o del último fichaje del Real Madrid. Prefiero Titanic y La vida es bella antes que Terminator o John Wick. Alejandro Sanz antes que Mago de Oz.  Odio las discotecas pero me encanta tomarme unas birras en una terraza. Me gusta más la soledad que la aglomeración. Cuando voy a comprar algo y no lo encuentro, no acostumbro a preguntar a los dependientes a la primera, sino que intento encontrarlo por mí mismo. No tengo muy claro en qué lugar me deja todo esto, pero ese, a fin de cuentas, es quien soy.


Durante años, allá en la prehistoria de mi adolescencia, traté de revertir aquello, ocultar lo que en esa etapa mis compañeros podían entender como una señal de debilidad. Somos crueles con el que es diferente, especialmente en la infancia, y la adolescencia es como el mar Caribe, infestado de tiburones preparados para devorarte. Todavía me viene a la cabeza, al hablar de este asunto, Francis, el hijo del pescadero, por dos veces repetidor, un armario con cara de hombre de Cromagnon que durante un tiempo tomó por costumbre, al llegar a clase cada mañana, el cogerme de las solapas del abrigo y colgarme del perchero. Con pocos colaron mis intentos de camuflaje, en las distancias cortas (y a veces también en las largas) se me veía rápido el plumero. Hasta que un día me cansé de fingir y terminé por asumir que yo era un blandito y que no había nada malo en ello.

El problema -aunque no estoy muy seguro de que definirlo así sea correcto- es que, de un tiempo a esta parte, me emociono con una facilidad inusitada. No hacen falta grandes dramas para que mis lacrimales se activen y que la congoja me atenace el pecho. Para soltar un abrazo a quien más cerca tenga. Lo observo también en las cosas que escribo, donde el verbo sentir aparece reiteradamente. No sé aún muy bien a qué atribuir esta hipersensibilidad mía actual que no me desagrada por completo. Tal vez sea el paso del tiempo, que reblandece el corazón; tal vez se deba a que ya son muchos los meses que se prolonga mi enfermedad. Quizá se debe a que llevo mucho tiempo observando más de cerca a mis hijos y, aunque aún les queden aún varias primaveras para abandonar el nido, puedo confirmar que van soltando ya algunas amarras. Seguramente será la combinación de todos estos factores -y alguno más que se me queda en el tintero- la que hace que casi cualquier historia en la que me sumerjo o noticia que leo me provoca esta aflicción. Si es que úitimamente se me escapa una lagrimilla hasta cuando veo en la tele a un león zamparse una gacela. Y echo de menos a rabiar durante unos días a los personajes de tal o cual serie que recientemente haya terminado de ver.

Pero no me siento triste o deprimido, más bien lo contrario, ya que cuanto más profundamente siento las cosas, más vivo me parece que estoy. Y eso es bueno. Creo que no es preocupante que mi corazón lata a un ritmo distinto al habitual cuando veo a uno de mis hijos darle un abrazo, sin habérselo solicitado, a su madre, o que se me humedezcan los ojos al terminar un libro, añorando ya a sus personajes. Quizá sencillamente, ahora que no vivo para trabajar y que me esfuerzo por no agobiarme con aquello que no controlo, estoy contemplando mi existencia y todo lo que la rodea con una mirada distinta, más limpia e íntima.


Y estoy escribiendo como un loco. Al fin y al cabo es para lo que cree este blog, para darme ese gusto que durante tantos años he tenido abandonado. Podría mantener activo Sin agenda ni calendario hasta el verano, a ritmo de publicar un artículo cada tres días más o menos, sólo con lo que ya tengo escrito. Pero cada día me asaltan nuevas ideas que dejan obsoleto los que escribí hace una semana. Y aunque el proyecto aún está en pañales (treinta páginas tan solo hasta el momento) he comenzado también a escribir una novela. No sé hasta dónde me llevará o si algún día la terminaré, pero ahora que las compuertas se han abierto, deseo dejarme llevar por la corriente. Sé que debería dedicar más tiempo a estudiar para la oposición que estoy preparando, que la fecha se acerca y que debería centrarme única y exclusivamente en ello, pero, en este via crucis que me está tocando recorrer, es en la escritura donde estoy encontrando un mayor consuelo.

Así que, salvo que ocurra algo que tuerza mis intenciones, este hombre blandito seguirá compartiendo con vosotros sus pensamientos y sentimientos aún durante bastante tiempo a través de esta ventana que me he abierto al mundo y que permite que, sin apenas salir de casa, me de el aire.

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