La otra tarde me pidió Nuria, secuestrada en el Ramón y Cajal debido a un curso al que tenía que asistir, que me acercase a la Administración de Loterías para validar el boleto semanal de la Primitiva, ya que ella no iba a llegar antes de que cerrasen. Salvo alguna quiniela de euro y medio que de forma esporádica echo, por si la flauta, el trombón y la tuba sonasen, es ella la que se ocupa de este tipo de asuntos en este bendito hogar, En general, los juegos puramente de azar no despiertan en mí ningún interés. No tengo la misma percepción con las quinielas y las apuestas deportivas: la fortuna juega un papel importante, pero si toca, uno puede presumir de haber acertado y no sólo de que la suerte le haya sonreído.
El caso es que me envió una foto de los boletos de la semana anterior para que me sirviesen de modelo, dado que los números deben ser -y esto no es algo que yo vaya a discutir con mi aguerrida esposa- los mismos todas las semanas. Jamás había rellenado un boleto de estas características, así que, además de la cartera, las llaves y el móvil, me equipé con las gafas por si me hacían falta, que uno ya no ve como antes, y con la firme decisión de no meter la pata en tan heroica misión. Una vez en el establecimiento, desplegué todo mi arsenal sobre el poyete habilitado a modo de escritorio para que los clientes cumplimenten sus apuestas. Me llevó un ratillo: que si Joker sí o no, que si apuesta simple o combinada, que sí el número del reintegro. Complicado incluso para un hombre maduro como yo. O quizá precisamente por eso. Cuando terminé, recogí todo, me dirigí a la ventanilla, aboné la apuesta y me marché a casa, revisando por el camino los papeles para asegurarme de no haber cometido errores que pudiesen provocar una discusión de más en casa.
Hablé no hace mucho de la nomofobia y doy fe de que yo no padezco tal patología, pero cuando me di cuenta, mientras comenzaba a preparar la cena, de que el teléfono no aparecía por ningún lado, un sudor frío me empezó a recorrer la espalda. Puedo vivir sin móvil, pero me empezó a agobiar el hecho de que estaba incomunicado (no había nadie más en casa y el teléfono fijo es un adorno más que ni siquiera sé si funciona) y de las numerosas gestiones a las que me vería abocado si no lo encontraba en la administración de lotería, único sitio en el que podía haberlo dejado. Y, para calmar mi ansiedad, para allá que me dirigí con premura.
- El cuarto móvil que se dejan hoy olvidado aquí -me dijo el dependiente mientras extendía el brazo para entregármelo con una sonrisa comprensiva-. Debe ser este tiempo, que nos tiene locos.
Agradecí con un gesto la excusa que él mismo había pergreñado y que me permitía salir del paso con mi dignidad intacta ante el resto de clientes, que me miraban con cara de guasa, y regresé a casa.
Sirvió esta anécdota para hacerme ver que hemos llegado a un punto en el que en nuestros teléfonos móviles está almacenada gran parte de nuestra vida. Antiguamente no salíamos de casa sin la cartera, donde llevábamos el Dni, el carnet de conducir, la tarjeta sanitaria, las tarjetas bancarias, algo de dinero en metálico y hasta fotos de nuestros seres queridos. Y, en función del plan que tuviéramos, cargábamos también con la cámara de fotos, el walkman, discman o mp3, un libro, las llaves de casa, las del coche... No teníamos bolsillos para tanto. Ahora casi todo lo llevamos en el móvil. Incluso podemos ver series y películas metidos en el tren, camino del trabajo, sin necesidad de cargar con la televisión bajo el brazo.
Así que perder el móvil no es cosa baladí. Entenderéis por ello el nerviosismo que me invadió al no encontrarlo en casa. Porque ya no es sólo que tengas que comprar otro, eso casi es lo de menos. Sin móvil, somos menos nosotros. De hecho, he escuchado ya a muchas personas, gente corriente como vosotros y como yo, predecir que el día de mañana el teléfono será una parte más de nuestro cuerpo, como un brazo, el cabello o los ojos. La realidad siempre acaba superando a la ficción, así que puedo imaginar, sin forzar demasiado mis neuronas, que en las consultas ginecológicas del futuro, junto al especialista, habrá un comercial amabilísimo que te orientará sobre el modelo más adecuado para que tu criatura salga de la sala de partos con él implantado, ambos, criatura y dispositivo, nuevos y relucientes.
Por otra parte, estoy seguro de que nuestra civilización, si un día se produjese un gran apagón, sería capaz de salir adelante sin estos dispositivos, tras, eso sí, superar un período de adaptación traumático para gran parte de la población. Se precisaría un elevado número de psicólogos y psiquiatras para dejar a nuestra espalda esta dependencia que nosotros mismos hemos generado y que alimentamos cada día con más funcionalidades. Estoy también convencido de que, en este hipotético caso, una vez superásemos el trauma, descubriríamos aquella prehistórica forma de vida en la que las riñoneras estaban de moda y uno caminaba por la calle mirando, no una pantalla, sino simplemente a los demás. No estaría mal. Por el momento, y para evitar disgustos, me planteo seriamente acercarme al chino a comprar un cordón al que enganchar mi teléfono y colgármelo al cuello hasta para dormir. Por si las moscas...
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