sábado, 28 de enero de 2023

Las cosas de Nuria

Groucho Marx, célebre actor norteamericano, pero también padre y esposo machista y grosero, hizo célebre una frase de la que tan sólo me voy a quedar con la primera parte para dar pie a esta entrada en la que, como bien sabéis los que conocéis a mi adorada mujer, tengo más que perder que ganar. Pero es que hoy, desde el más profundo respeto, la más honda admiración y el más sincero cariño, me apetece contaros cosas sobre ella.


Dudo mucho que la grandeza sea una cualidad atribuible a mi persona. A lo sumo, y con eso voy más que servido, se podría decir que soy buena gente. O al menos es el epitafio que me gustaría dejar grabado en el corazón de mis seres queridos el día que yo falte. Es lo que intento, día tras día. Pero insisto en que la grandeza me queda, valga la redundancia, demasiado grande. Pero, y esto no es negociable, a mi lado -que no detrás de mí- hay una gran mujer. Con sus cosas, claro, como todos. Las cosas de Nuria.

Y allá vamos, que veo ya a alguno frotándose las manos.

Además de seguir pareciéndome, tras treinta años juntos, una mujer imponente que, como los buenos vinos, mejora cada año, es una persona que funciona con pilas Duracell triple A. Pura energía y máximo voltaje. Intensidad a tope, incluso cuando duerme. De sus charlas y actuaciones noctámbulas ya he dado fe en uno de los primeros artículos que compartí a través de este blog, pero hoy os voy a contar, para quien no la conozca, cómo es Nuria en su día a día doméstico.

Es dueña de un carácter fuerte y no se cohibe a la hora de sacarlo a pasear. Ni en casa ni en ningún lugar. Si tiene que llamar a alguien "perro judío", lo hará. La diplomacia no es su fuerte, pero en transparencia no tiene rival. No adorna las cosas. Dice lo que piensa tal cual, con sus puntos, comas y emoticonos. A mí aún, después de tanto tiempo, me deja en ciertas situaciones con la boca abierta, en modo "tierra, trágame". Pongo ejemplos:

En un restaurante, ante un error de la camarera o de cocina, yo diría "disculpe que le moleste, creo que ha habido un error porque yo había pedido una ensalada de pollo". Una fórmula cortés y educada de reclamar que no hay ni una pizca del susodicho entre tanto verde. Nuria se expresaría de la siguiente manera: "oiga, el pollo me lo traen aparte, ¿o qué?".



En el trabajo, hablando con la supervisora sobre la última incorporación al equipo, yo diría "Menganita, tú mandas, pero no sé si esta chica va a encajar aquí; es muy maja, pero...". Nuria es más de "a ver, Menganita, ¿y a esta de qué geriátrico la habéis sacado? Porque mi hijo pequeño es más apañado, no me jodas".

Viendo a los niños jugar, ante una decisión arbitral dudosa, yo exclamaría "árbitro, por favor, preste atención a los contactos". Con Nuria las cosas son diferentes. "¡Sinvergüenza! ¡Que no tienes ni puta idea!".

Llamada de número desconocido o incluso aquella en la que el propio teléfono te avisa que es spam. Rara vez atiendo estas llamadas, pero cuando lo hago mi discurso viene a ser el siguiente: "mire, le agradezco su llamada, pero no estoy interesado". Ella atiende siempre este tipo de llamadas, no deja de responder a ninguna, y cuando eso ocurre, yo, que he trabajado en el mundillo del telemarketing, me compadezco silenciosamente de la pobre teleoperadora. "Sí, sí, muy bien, muy bonito todo, pero ¿de dónde ha sacado usted mis datos? Porque yo no se los he facilitado".

Por eso, entre amigos, la llamamos la señora Hoja de Reclamaciones.

Lo más asombroso para alguien como yo es que son más los que agradecen su sinceridad, aunque a veces resulte insolente, que los que se la reprochan.

Cuando vuelve del trabajo, es como una ametralladora de ráfaga continua. No es siempre así, pero lo normal es que en diez minutos haya superado el récord Guiness de palabras por minuto y a mí me haya provocado una sobrecarga en mis circuitos neuronales. Que si el paciente de la 8.2 se ha quitado las vías el muy cabrón, que si el celador que nos han mandado hoy es un puto vago, que si los cambios en la planilla que voy a hacer para el próximo mes y que si fíjate lo que le ha pasado a Fulanito, que, por si no te lo he dicho antes, es gay (sí, lo ha hecho y varias veces además). Y así durante un rato. Aunque su cabeza, una vez ha soltado todo lo que le hierve dentro, sigue mareando todo lo anterior y otros asuntos que, por asociación fulminante, se le van ocurriendo. Esto hace que en ocasiones repita las cosas o no preste atención a lo que se le está diciendo. Porque su cerebro sigue ahí, desenredando o enredando más la madeja de sus pensamientos. Esto genera situaciones como la siguiente.

- ¿Qué tal en el instituto, hijo? -pregunto yo.
- Bien, he tenido hoy el examen de Historia - responde el aludido.
- ¿Y de qué asignatura era el examen? - pregunta Nuria de la manera más natural.
- Pero bueno, mamá... - suele enfadarse el chaval.



Ahora que estoy siempre en casa, las tareas domésticas, en la medida que mi cuerpo me lo permite, recaen sobre un servidor. Las ataco con gusto y la satisfacción de que cuando ella vuelva, cansada del trabajo, podrá sentarse en el sofá o tumbarse a descansar y no tener que preocuparse de cenas, limpiezas o lavadoras. A pesar de eso hay días en que la energía que le sobra la obliga a activar el modo "ama de casa" y relimpia a conciencia lo que tú ya habías limpiado el día anterior. Y no porque se haya ensuciado en esas veinticuatro horas o porque no lo hayas hecho correctamente, no, es porque no puede parar. En días así intuyo que el botón de OFF se trastabilla y hay que esperar pacientemente a que logre desatascarlo.

Cuando se divierte, lo hace con tanta pasión que a veces Marcos, el pequeño de la casa, se acaba marchando enfadado y avergonzado por las carcajadas escandalosas que Nuria emite. "Que me meeeeeo...". Cuando Nuria te dice eso, retorciéndose, sujetándose la barriga, con lágrimas en los ojos y todos los músculos del rostro contraídos es porque se lo está pasando fenomenal. Y no es mentira. No es raro que se acabe meando encima.

A veces sucede también que finaliza mis frases o me interrumpe constantemente para terminar ella de contar aquello que yo esté relatando. Al principio me molestaba, me parecía de mala educación. Y hay días, según lo importante que me parezca compartir mi perspectiva sobre el asunto, que todavía me enoja. Pero lo cierto es que generalmente me apoyo en el respaldo de la silla, sonrío, me relajo y bebo un trago de la cerveza que nos estemos tomando con unos amigos. Porque ya me he dado cuenta que esas interrupciones proceden de esa energía arrolladora que todo lo barre. También, supongo, una pizca de impaciencia ante mi narración, que suele ser más detallada y pausada. Porque la inmediatez es algo que también la perturba. ¡Ay de aquel que no responde a sus whatsapp antes de dos minutos!

Se dice que un hombre no puede hacer dos cosas a la vez, de lo que se deduce que una mujer sí. Pero, en determinadas cuestiones, eso no es cierto en el caso de Nuria. Si está escribiendo un whatsapp, puedes entrar, salir, tirarte un pedo a su lado, romper un cristal, preguntarla algo. No esperes respuesta. Eso no quiere decir que no te oiga. Puede que sí, puede que no. Pero no te escucha, eso tenlo claro, no existes. También con el teléfono móvil es intensa, pero por si no fuese suficiente con el ejemplo descrito, ahí va alguno más. Si te llama y la comunicación se entrecorta o uno de los dos no escucha al otro, aunque sea su dispositivo el que da error porque se encuentra a quinientos metros de profundidad y con varias placas de titanio encima, ya te puedo avanzar que cuando consiga hablar contigo te va a montar un buen pollo. Tan intensa es que no puede vivir sin sus cascos para poder hablar con alguien y escribir un mensaje a la vez. Curioso, ahí sí le da para realizar dos tareas simultáneamente. Un invento infernal el de los cascos. Vivir así debe generar más estrés que mi última experiencia laboral. 



La cocina. ¡Madre mía, qué tortillas de patata prepara! Para chuparse los veinte dedos. Pero sólo cuando la dejo invadir ese espacio, el de los fogones, que he hecho más mío que suyo. Riquísima su tortilla, sí, pero en el tiempo que ella la hace, yo, además de tan suculenta cena, he preparado unas lentejas con chorizo y unas albóndigas en salsa. Y me ha dado tiempo a echarme un par de cigarros. Ritmo y organización. Y no estar tan pendiente del móvil. Porque ella sabe que se pueden usar las tres placas de la vitrocerámica al mismo tiempo, así que por desconocimiento no es. Porque si yo estoy cocinando, tendiendo una lavadora o, perdón por la expresión, cagando, estoy a lo que estoy. Ya me puede escribir el Papa, que tendrá que esperar. Bueno, salvo si el teléfono emite el tono que la tengo asignada a ella. Entonces sí, ya se pueden pegar las lentejas. No vayamos a tener un disgusto.

En cualquier caso, lo vive todo intensamente y la envidio por ello. A mí no me sale, me siento más cómodo en la pausa, en el silencio, lejos del conflicto. Quizá por eso nos complementamos tan bien. Porque ella me acelera a mí y yo la freno a ella. Visceral como es, también vive la maternidad, la amistad o el amor con una entrega absolutamente incondicional. Cualquier problema que puedan tener nuestros hijos, si por ella fuese, sería noticia en todos los telediarios del país y tema de debate en el Consejo de Ministros. Si un amigo tiene un problema, antes de que termine de contárselo, ella ya está allí, a su lado, dispuesta a lo que haga falta para ayudar. 



Y en mi caso, pues qué decir que no sepa todo el que me mira cuando estoy a su lado: que mi vida no sería vida sin este terremoto a mi lado, que el mundo sería más feo si me faltase su sonrisa, que yo sería mucho menos de lo que soy si ella no se hubiese fijado hace treinta años en mí. Que la admiro cuando le echa la bronca a la teleoperadora que nos quiere vender un seguro. Que la adoro cuando me aplasta con todas las historias que se le ocurren, una detrás de otra, sin pausa. Que una alegría animal me invade cuando la veo salir corriendo al baño porque está disfrutando tanto que no se aguanta. Que, aunque a veces me moleste, me encanta por lo general que me interrumpa o que se despiste y no sepa de lo que estamos hablando. Que me vuelve loco hasta cuando me regaña porque he tardado tres minutos en responder a su mensaje.

En definitiva, que soy el hombre más afortunado de la tierra por tener a mi lado a tan gran compañera de viaje.  

PS: no os preocupéis por mi integridad ni mi matrimonio. He salido, no sólo ileso, sino coronado. Nuria casi se mea encima cuando le he leído el presente artículo y me ha dado su autorización para publicarlo.

¿O qué os pensabais?


 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Los motivos de este blog

¿Por qué este blog?